Categoría: mario levrero

  • Dios los cría y Levrero los junta

    El otro día, encontré unas hojas impresas con la inconfundible letra de los archivos de Word de Levrero. Vaya uno a saber cuál es la dichosa tipografía -he probado hasta el cansancio, pero no soy una persona muy gráfica que digamos: ¿Lucida Bright, quizás?-; lo cierto es que, cuando encuentro esa font en un texto cualquiera, tengo la trasnochada esperanza de que el contenido de lo escrito provenga, en realidad, de su puño y letra, de su voz. Por supuesto, eso no ocurre, no es más que una de mis ilusiones negadoras. Pero, de cuando en cuando, sí: a veces son comunicaciones nuestras que quién sabe por qué motivo imprimí alguna vez (posiblemente porque quería leerlas varias veces y en cualquier lugar, no necesariamente frente a una computadora, o habré tratado de salvarlas de la dimensión desconocida de mi disco duro, de ese agujero negro, del laberinto donde tiempo después ya no hay hilo de Ariadna que valga). Y a veces, y no es excluyente, también son comunicaciones retroactivas.

    Esto que me encontré ahora es la prolija selección de todos y cada uno de los fragmentos de La novela luminosa en los que interviene Ginebra. Levrero, con su acostumbrado respeto, caballerosidad y fair play con el resto del mundo (de sus manías y aspectos al borde de lo insoportable hablamos otro día), pidió puntillosa autorización a todos y cada uno de los “personajes” que intervienen en esta, su novela póstuma. Parece que todas las mujeres lo aceptamos tal cual, sin cambiar una coma, más allá de la exposición que podía significar actuar de contraparte, en un sentido u otro, de una mente fenomenal y profundísima como la de este individuo. Sé que algún hombre le cuestionó ciertas cosas, cuándo no. Pero las mujeres fuimos incondicionales, pese a que sería muy fácil para un gran círculo de gente -lo que en Montevideo equivale a decir, a la larga, “para todo el mundo”- identificar a cada uno de los mencionados. Empero, Levrero recurre a un truco interesante, que es -en algunos casos solamente- hacer figurar al mismo personaje de su diario bajo dos identidades distintas, quizás para despistar. Supongo que eso se corresponde perfectamente con su estrategia existencial de dividirse en un “Jorge” -el de la cédula, el civil, el de la familia y amigos- y un “Mario” -el escritor, el maestro, el alma-. Yo siempre traté con Mario, pese a que -ahora me doy cuenta cuánto- Jorge era imprescindible para que Mario siguiera con nosotros. El corazón bombeando, el cuerpo viable, todo eso estaba en la maquinaria de Jorge, estuche de Mario. Y bueno.

    Me puse a leer los fragmentos de Ginebra, y eso me llevó a retomar partes salteadas de la propia novela luminosa. La leí cuando se publicó, en el 2005, y debo decir que me llevó muchos, muchos días animarme a empezarla. Luego me di cuenta de que era un regalo, un reality show de Levrero a lo largo de un año (un año en el que no estuve viviendo en Uruguay: apenas rocé su calendario con una visita al país en vacaciones), la oportunidad de estar un rato más con él. Me ha costado mucho dejarlo hablar desde que murió: cuando Chl me preguntó qué quería que me mandaran a México de su casa, yo ni dudé. “Una tacita de café y su voz grabada”. Necesitaba saber que no perdería la posibilidad de ese contacto, el vínculo con la hipnótica voz masculina que habla con esas verdades que, muy en el fondo, uno ya conoce y teme. Pero, a estas alturas, casi seis años después, aún no me he atrevido a escuchar dicha grabación. También compré Todo el tiempo cuando salió publicado, y ahí sigue, esperando, como si me resultara lacerante volver a oírlo, así sea en la silenciosa lectura de mi mente. El amor duele.

    Y bueno.

    Me impresionó cómo define Levrero a Ginebra. Ya lo había leído, varias veces: tanto en la famosa autorización como en la novela publicada, y él mismo me lo dijo montones de veces. Pero viéndolo así, ahora, en letra de molde y con tanto tiempo transcurrido en el medio, me pareció de una contundencia extrema:

    “…considero que es la representación más perfecta del Ánima junguiana 
    que mi inconsciente pudo encontrar”.

    Cualquiera pensaría que puede haber sido una carga ese ser “la representación del Ánima” de semejante genio, pero no: era una tarea grácil, apasionante y llena de vida. Por el permanente diálogo, por esa búsqueda incesante -individual y conjunta- de claves en la maravillosa complejidad del universo, como bien decía él. Por supuesto, la proyección era de ida y vuelta: Mario sostenía gran parte de los andamios de mi alma. Él también llevaba en sí -en todo eso que lograba percibir del mundo, en la envolvente voz con la que hablaba, en lo que era, finalmente- muchos islotes del archipiélago de mi Ánimus.

    Sí, me impresionó cómo lo expresa allí. Y luego me reí bastante con la críptica y abochornada secuencia de sus correos sobre aquel sueño clave con Ginebra (que con la verdadera Ginebra nada tenía que ver: queda claro que anticipa, por muy pocos días incluso, la fulminante aparición de Chl en su vida). Leído a la distancia de doce años, me hizo reir, realmente, porque en todas esas sostenidas obsesiones, la maravilla frente a las casualidades y sincronismos,la fascinación ante enigmas que jamás habrán de resolverse, y esa disposición a leer las señales de una especie de libro invisible que es uno mismo, se pinta a Levrero de cuerpo entero. Y poder charlar cara a cara sobre sus sueños eróticos o mis afanes de muerte -café mediante en su cocina y con la plena, absoluta convicción de que éramos realmente hermanos (de otra clase de familias, pero siempre hermanos, hermanitos)-, concentrados en una investigación de algo que no tendría, supuestamente, sentido para nadie más que nosotros, es una experiencia que le queda muy grande a las palabras.

    Pero no fueron mis involuntarias y comprometedoras actuaciones en el cine porno de lo simbólico ajeno lo que me horrorizó de esta lectura, sino que más adelante me describiera como “una mujer muy dada a las brujerías y a las percepciones místicas”. ¡Esto sí que no lo recordaba! Enseguida me vino a la cabeza -como esos padres que, sonrojados, son atrapados in fraganti por sus hijos en situaciones a primera vista contrarias a su condición de tales (léase “borrachos”, “desnudos”, etc)- qué pensarían mis alumnos ante semejante definición de su guía y coordinadora. ¿Habrá quienes se hayan sentido, entonces, más seguros frente a mis extravagantes propuestas de motivación literaria, como los argonautas apoyados por los trucos de Medea? ¿O quizás habrá quienes saldrán corriendo en cuanto tal definición llegue a su conciencia? ¡Esto sí que hizo que se me pusieran los cachetes de todos colores! La desnudez y “actitud proactiva” de Ginebra en el famoso sueño no es nada comparada con esta espeluznante exposición a partir de la cual el mundo sabe ahora de mis brujerías y percepciones místicas. No entiendo cómo fue que autoricé este pasaje.

    Y bueno. Lo escrito, escrito está, así que prefiero hacerle frente y divulgarlo. Ahora, en mi inmadura madurez, pienso que ser transparente es la mejor estrategia para no ser descubierto cuando se juega a las escondidas. Ganar de mano es importante. Aunque la mía sea siempre una transparencia que lleva hacia pistas y rastros: rara vez frontal, aunque parezca.

    No hay duda de que lo extraño. Más aún, en los momentos en que me siento perdida. Y me da rabia que no se me aparezca como un fantasma, que no haga sonar la campana de noche, que no participe más en mis sueños, que no detenga los relojes inexplicablemente. Me da rabia que nos haya abandonado, egoísta, embelesado como estará ahora con la bienaventuranza eterna. Y que, por piedad de mí, no se haya convertido en un espíritu chocarrero.

    No lo puedo creer: estoy escribiendo esto en el café de una librería, y cuando levanto la vista, frente a mí, a unos tres metros, veo un enorme cartón impreso. Sólo dice: “Miguel Ángel: obra completa”. Y está ilustrado con una enorme mano. La mano que toca el dedo de Dios, como -salvando las distancias- en el sueño de Ginebra.

    (Foto de la paloma: Mario Levrero)

     

  • El altillo

    “That is why I have laid so much stress on money and a room of one’s own.”
    Virginia Woolf, A Room of One’s Own
    Algo extraordinario me sucedió luego de la operación. Soy otra persona, o, mejor dicho, soy más yo otra vez. Más que nunca. Deben ser los efectos arquetípicos de la resurrección.Hace como un año estábamos varias amigas -vinculadas todas de uno u otro modo a la literatura- tomando unos vinos. Vesna me había regalado un tiempo atrás La azotea, de Fernanda Trías (un librazo, Ed. Trilce, difícil de conseguir, pero quien lo vea en Tristán Narvaja debería comprarlo). Esa noche, SuyFabi también me regaló un libro, El sótano de Mario Levrero, librillo para niños retorcidos -como Levrero- con lindísimas ilustraciones. La propia Fernanda dijo que era toda una casualidad: Levrero había escrito un sótano y ella una azotea.

    Las casas tienen enormes poderes de evocación, simbolismos adheridos a cada pared, a cada ladrillo; en una casa, los espacios son habitaciones del alma, estados de ánimo, capas manifiestas del inconsciente. Azoteas y sótanos. Hay momentos en la vida para cada uno.Y también hay escaleras entre ellos.

    Estoy a punto de escribir el tercer libro de esta trilogía involuntaria. Mi libro será invisible, estará escrito con tinta indeleble, no se publicará jamás porque el único papel que podría contenerlo sería el del calendario, y se llamará El altillo.

    Y es que al fin lo arreglé. Mi cuarto privado, mi escritorio. Luego de tres años de tener el piso cubierto de papeles, las cajas esperando, vacías. Caos externo casi espejo de un desorden primario y una falta de espacio interno. Soy feliz aquí. Es mi refugio de escritura, de trabajo, de papeles, de memorias. Una ventanita a la claraboya soleada o lluviosa. Pero suelo tardar tanto en escribir lo que me pasa, que cuando lo hago encuentro que se ha desvanecido, como ahora. Miro adentro y ya no encuentro su expansiva fuerza, su fueguito sencillo de subir cada mañana, cada noche, a comprobar que todo siguiera tan armónico, tan arreglado e inconfundiblemente mío. Simplemente, se me pasó el momento de mirarme resucitar el altillo, o quizás de resucitar en el altillo, porque ahora irrumpen otros movimientos internos que me reclaman el apretado espacio. Esta vez, son manifestaciones que rugen desde una distante juventud y una lejanísima niñez. Justicias postergadas. Esperanzas que había sepultado. Y seguramente tampoco escribiré sobre ello, tampoco llegaré a tiempo, tironeada por las cosas de la vida.

    Ya no importan tanto, entonces, los altillos. Al menos no este viernes, no mañana ni pasado mañana. Los altillos son torres, en esos casos.

    Igual sé que soy y siempre seré una mujer de altillos. El mío me estará esperando, fiel, cuando esta nueva oleada termine.

  • Oda al anestesista

    PROLEGÓMENOS LAPAROSCÓPICOS
    Madrugada del 23 de septiembre, Asociación Española, habitación 335 B

    Supongo que pocas personas le rezamos a Hades y Morfeo, a  Hipnos y a Perséfone, antes de caer en el vaho de la anestesia general. Me fascina ese sagrado e inefable momento de la pérdida de la conciencia misma; es realmente una inmersión en las aguas del río Leteo, mucho más honda que la que cada noche emprendemos al quedarnos dormidos, cuando vamos de un mundo a otro, organizado con sus reglas particulares, habitado por sus propios dramas. Y en cuanto al Leteo no funciona tanto, pues al menos yo busco desesperadamente recuperar la memoria de mi vida paralela en ese lugar de los sueños. Pero con la anestesia no: uno realmente va hacia la nada; quizás esa sea la nada de la muerte, no lo sabemos. Aquí se aplica aquel horrendo precepto machista sobre la violación: “Relájate y goza”. La única forma de pasar hacia otros mundos -alcohol, drogas, muerte, meditación, anestesia, sueños- es entregarse del todo al secreto y esperar.

    Hablando de esperar, desde que me despedí de G. en la habitación y salí -encamillada, muñida de gorrito y zapatones- rumbo al block quirúrgico o su antesala, me tocó esperar dos horas mirando el techo. Eso, en vez de ponerme tensa, me ayudó a serenarme al máximo e incluso relajarme físicamente. Yoga de camilla, spa de bisturí. Es curioso todo lo que se puede pensar en esos tiempos muertos; por ejemplo, que para mi sorpresa –dada la habitual asociación con personajes amanerados rodeados siempre de curvilíneas enfermeras rubias, cual eunucos en el harén del sultán-, se me dio por constatar que había varios enfermeros y asistentes de buen ver. “¡Zas!”, me dije. “¡Típico comentario de vieja! ¿Cómo cuando era joven jamás lo hubiera notado?”. En realidad, me alegré por las enfermeras y doctoras del hospital; recuerdo vagamente que motiva más ir al trabajo o al colegio cuando nos gusta alguien. Claro que mi información era visual nada más: quizás –oh, injusticias biológicas- estos dos o tres tipos de buen ver eran gays, como siempre. Pobres enfermeras y doctoras.  También pensé -en tren de recuperar ahora aquellos tiempos muertos- en esa serie de canal Fox que tanto me gustaba por crítica y decadente, “Nip/Tuck“: ¡hay que estar loco para operarse si no es por obligación, dejar que el cuchillo serruche, rompa, jale, penetre, traume nuestra pobre carcasa, si no es por un motivo de salud o secuela de accidente! Agrandarse las tetas o estirarse las arrugas no me parecen motivaciones suficientes, pero cada Narciso con su estanque. Y así se me fue el tiempo en este parloteo inútil, en vaivenes mentales provocados por el ocio pre quirúrgico. Era muy raro, pero no tenía nada que hacer, ni tenía nada no hecho por lo que me sintiera culpable. Casi el nirvana. No era yo del todo. Era yo, jubilada y mirando por el balcón.

    Me reconozco más en la seguidilla de pensamientos erráticos, obsesivos, que se me aparecieron en el momento mismo de salir de la anestesia. El primero es, por supuesto, el más universal: “Ah, estoy aquí de nuevo, no me quedé en la otra orilla”. En realidad no llegué a pensarlo verbalmente: fue una certeza tranquila que emergía entre el cuchicheo y los sonidos de la sala de operaciones mientras empezaba a volver. Salió todo brillante, dijo una voz de mujer, la anestesista, Perséfone en este caso. Me pareció curioso que, aparte de la contundencia inequívoca de la afirmación, usara ese término, “brillante”. Afuera la luz es brillante; afuera, al final del túnel de regreso que nos lleva del mundo de los muertos a la superficie. Ahí, justo ahí, donde Orfeo mete la pata y da vuelta la cabeza.

    Los anestesistas son un género aparte, único. Nunca hablé con un anestesista inquieto, nervioso, colérico o cínico. Todos tienen una especial parsimonia, un ritmo lento, de contacto humano pero distante, como si ellos mismos tuvieran siempre un pie en ese mundo al que nos llevan y del cual nos traen de regreso. Son como parteros de frontera, como embajadores con doble ciudadanía. Levrero –me doy cuenta ahora- era todo un anestesista.

    Ellos se ponen en la cabecera, cuidándonos, o están a nuestro lado mientras caemos en el sopor, y nos hablan con voz suave, segura, hipnótica, hasta que caemos en la inconsciencia, y quizás sigan todavía más allá. No sé cuánto del letargo es causado por la anestesia como sustancia misma, y cuánto será producto de la presencia misma del anestesista. Cuando nació Astor sufrí una cesárea, pero con anestesia epidural: no quería que después me trajeran a cualquier bebé cambiado, como en las telenovelas mexicanas. El anestesista fue el único que estuvo presente durante el parto (además de G., Astor y yo, se entiende): me hablaba con esa voz arquetípica, de ultratumba buena, que tienen los anestesistas; me acariciaba la cabeza. El resto del equipo médico hablaba de golf y de chistes de fútbol, mujeres y esas cosas. ¿Yo? El territorio impersonal de una carnicería, siguiendo para mis adentros, drogada y risueña, sus irreverentes conversaciones profanas escupidas en el piso de una iglesia. La anestesia semi consciente me arrastró aquella vez a una nube de valemadrismo total, a una distancia interior, de nave al garete, con lo que estaba pasando. Pero la calmada voz del anestesista me traía de regreso a lo importante; era el único que me explicaba lo que sucedía en cada fase.

    “Salió todo brillante…”

    Lo segundo que pensé fue en ubicar el dolor. Sí, estaba allí, a la derecha, en la otrora mansión de mi vesícula. No había sido víctima de una de esas trágicas confusiones,  como escuché una vez en México –y nunca olvidé- cuando era niña: en el IMSS, le habían amputado una pierna a uno y –digamos- las amígdalas a otro, intercambiados los expedientes por error. Esa es una de las desventajas de la anestesia general: por no estar uno mismo presente, no puede patalear contra la ineficiencia ajena (desde luego, si uno pierde la pierna la metáfora se vuelve literal). Ayer mismo escuché en el pasillo médico de este hospital una alarmada voz masculina diciendo que una señora había venido a sacarse la vesícula y le habían sacado el apéndice. A lo mejor era una broma interna entre enfermeros, pero, si no, yo no era, por suerte, dicha señora. A mí me duele donde me tiene que doler.

    Sí, la anestesia requiere un importante grado de confianza en los otros del que no todos disfrutamos. Pero la voz lenta, pausada, narcótica, del que conoce esos misterios de la vida y la muerte, secretos de la suspensión de la conciencia y la memoria, ayuda a animarse al tobogán.

    La tercera cosa que pensé –quizás la más absurda en esa situación, pero no para mí, que hasta pedí que me mostraran mi gigantesca placenta- fue que quería ver los cálculos, las piedras que me habían extirpado (“tus rocas de Sísifo”, diría mi amiga V.). Aún no había abierto los ojos –tardaría un buen rato, aunque igual seguía el accionar del entorno desde los oídos-, pero igual me preocupaba no poder concretar ese último ritual para honrar mi obra creativa: ver las famosas piedras. ¿Serían verdes, como dijo aquella extravagante ecógrafa que, cuando se jubilara, quería dedicarse a hacer bijouterie con esas piedritas ?

    *

    Cuando abrí los ojos, perdí las esperanzas en el asunto y no dije nada: estaba en una sala de recuperación, no en el quirófano. Ni rastros ya de la vesícula con todos sus cálculos. Igual, mi exiliado órgano no podría decir que no lo despedí con varias ceremonias: churros del Parque Rodó, mazzini de Carrera, vinos de todo tipo. Ahora vendrán tiempos de anacoreta.

    Para mi sorpresa, ya en la habitación, G. me entregó una bolsita transparente que le habían dado – ¡mi tesoro no se había perdido en la ni pena ni gloria de la basura!-, con piedras varias, grandes, grandísimas, chiquitas, diminutas. Me impresionó mucho que hubiera podido alojar dentro de mí, como si nada, tanta tierra, mineral, sólidos tan duros que hasta se pueden golpear ruidosamente contra la mesa. Para mí fue tan impactante como si dentro de la vesícula me hubieran encontrado una maceta con flores; me imaginaba algo más sutil y etéreo. No eran verdes como prometió la ecógrafa –aunque sí lo era la bilis fosforescente que vomité después-, no eran brillantes, como dijo Perséfone: la joyería original de marca propia quedó descartada. Ahora tengo que conseguir una cajita de vidrio para guardarlas.

    A G. le parece medio repugnante el asunto de exhibirlas, pero a mí no. Me reafirma la idea de que pasar por la operación fue lo correcto, que en verdad llevaba una bomba de tiempo al costado.  Claro que no me agradan, para nada: son duras, enormes, muchas (me dieron once, quién sabe si había más), y vivían como un alienígena malévolo en mi propio cuerpo, como un embrión sin futuro, como un terruño infértil. He enterrado cada una de las muelas del juicio que me sacaron (por ahora sólo cuatro, pues me salió una quinta tiempo después, otra de las anomalías que me persiguen). También guardé el cordón umbilical de Astor. Quería enterrarlo en el jardín de Guanajuato, en la casa donde empezó su vida, pero la súbita partida de México no me permitió volver al pueblo y concretarlo. Todavía lo conservo; algún día estará ofrendado donde debe.

    Así que, pese a los ribetines de aquella ecógrafa orfebre, o a las poéticas sugerencias de mi alumna Stella Maris que las comparaba con esmeraldas, mis piedras vesiculares son cetrinas, amarillentas. Me recordaron más bien, por su forma y peso, a la pirita de hierro, “el oro de los tontos”, como dicen los mineros de Guanajuato y otros pueblos ricos en tesoros de la tierra. Así que me voy hoy a casa, si me dan el alta (alguien que garabatea de madrugada, a oscuras y con la vena pinchada sin duda la merece), con mi bolsita de “oro de los tontos”. Sí, para mí tiene mucho valor, y sin embargo no lo tiene, salvo que encontrara a alguno de esos tontos aludidos, o quizás algún coleccionista excéntrico en eBay. Plomo y oro. No salió todo tan brillante como dijo la anestesista, o al menos no salieron brillantes las opacas piedras de mi vesícula, ahora convertidas en prueba irrefutable, acceso al club, medalla al mérito. Recordar siempre de qué piedras venimos y qué piedras dejamos.

     
    … que te operen por laparoscopia y no con cirugía tradicional, no tiene precio…

    EPÍLOGO. CON GRATITUD A TODO EL GREMIO DE ANESTESISTAS DEL MUNDO

    Un poemita de Gabriel Celaya que musicalicé cuando era adolescente decía que “la vesícula biliar le duele a los millonarios y es un lujo mortal”. Obviamente, mi diagnóstico médico de adulta entró en crisis con el previo diagnóstico poético, porque yo no soy millonaria, y entonces la litiasis no podía ser más que un error. No tengo más riquezas, en verdad, que las que guardo en cajitas de vidrio, visibles e invisibles. Puro “oro de los tontos”, de los que creen que tienen un misterioso tesoro que nadie más ve. Aunque quizás Gabriel Celaya se refería a eso, finalmente.

    POSDATA: OTRA ANOMALÍA PARA EL ARCHIVO
    Tampoco sé a qué se refería el cirujano al incluir en mi ficha vesicular el siguiente acertijo del que remito prueba: “Niega chucho solemne”. Se escuchan interpretaciones.

  • Levrero, el necio (2004-2009)

    Hace cinco años que murió Levrero. Me estoy convenciendo al fin: la cosa no tiene arreglo. Y sigo enojada, en el fondo, por su empecinada huída: ¿qué le costaba esperar un poco más? Fue un abandono dolorosísimo, incluso para gente que no lo conocía personalmente, pero para los que éramos sus amigos, sus interlocutores, sus referencias afectivas, fue y sigue siendo demoledor.

    O quizás sí, quizás esperó más de lo que yo creo… El tipo no era de este mundo. Quién sabe desde cuándo escuchaba la llamada.

    Murió Mario. Se fue Levrero, mi maestro, mi socio, mi hermanito del alma. Y es irremediable. Y es para siempre.

  • De Levrero (1996). De Mario, no de Jorge.


    Estás hecha con la sustancia de la Literatura y sos Literatura y no otra cosa. Eso no te impide hacer guiones para cine, pero no te olvides de la Literatura en ningún momento.
    El trabajo tuyo, así como tu deber y tu placer, y tu potro de tormento, es la Literatura, y ninguna otra cosa.
    No sigas mi ejemplo de escritor no asumido. Tenés que pasar a ganar dinero con la Literatura y con ninguna otra cosa. Está bien ganar dinero con la Literatura. Está mal no ganarlo.
    Ahora bien: no ganarás dinero en este país con la Literatura, de modo que no debés publicar aquí. Tenés que publicar en lugares donde a los escritores les paguen lo suficiente para vivir, aunque sea para vivir modestamente. No lo conseguirás de ningún modo en Uruguay ni en Argentina (con la Literatura). Un libro tuyo bien editado, promocionado y distribuido desde un país civilizado, tendrá muy buena venta, y ya no tendrás que preocuparte por el trabajo.
    Eso no quiere decir que tengas que irte del Uruguay, forzosamente. Podés publicar en otros lugares sin necesidad de irte, aunque puede costar un poco hacer los primeros contactos. Podría conectarte con algunos profesores que están en Universidades norteamericanas y que tienen un profundo conocimiento de la política literaria del continente (ya que no de otras cosas).
    Pero si tenés que irte, no vaciles. Yo soy tu maestro y te digo que no tengo nada que enseñarte. Ya estás recibida de Escritora. Ahora sólo tenés que publicar lo que tenés escrito, ganar dinero con eso, seguir escribiendo y publicando y ganando dinero y después podrás morir en paz.
    Un abrazo,
    Mario.

  • Gracias, gracias por el fuego (1920-2009)

    “Cuando parece que la vida imita al arte, es porque el arte ha logrado anunciar la vida”.

    (de Epílogos míos, MB)


    Es triste, muy triste despedirlo, mi primer don Mario montevideano. Le han acomodado una sala velatoria de lujo, “el Salón de los Pasos Perdidos”, en un día feriado, cansino, a media marcha (que ahora se volvió de luto nacional, decretado y espontáneo). Y además un día frío, gris, lluvioso: más montevideana la puesta en escena, imposible. Mis reverencias a la producción.

    Lástima que ser inmortal sea sólo en sentido figurado: es temible este “punto final” que (nos) ponen a cada rato los escritores… Mi adolescente acaba de terminar para siempre.

    La velan y lo velan aquí.

  • Querida Idea enlutada con verde mirar lento

    Otra muerte emblemática para agregar a mi colección. Al menos ahora tengo el alivio de vivir sólo la pérdida del ícono, del símbolo, del maestro invisible, no de la persona real. Algo que muchas veces se confunde desde la intimidad que se genera entre un poema, un texto, una canción y quien los recibe: los amigos, la familia, quienes trataron cara a cara a ese artista “propiedad de todos” viven las cosas distinto, porque la pérdida del ícono queda ensombrecida y aplastada por la pérdida del amigo o del familiar. Pero uno de afuera, abrumado por perder a sus maestros y juglares simbólicos, a veces cree que es lo mismo. La vi durante un curso de Paco Espínola que hice en la Facultad de Humanidades cuando tenía veinte años; le pedí para asistir de oyente, ya que yo cursaba Filosofía y no Letras. Paco Espínola no me interesaba en particular: sólo la quería a ella, estar cerca de mi poeta favorita (¿qué debo decir: “favorito”? ella era la que más me gustaba, entre hombres y mujeres poetas), recibir alguna onda sutil de la piedra en el charco de su fuerza, algún reflejo de su fiera pasión por la vida (no nos equivoquemos como con el Darno: la muerte duele mucho cuando uno quiere vivir), de su negra intensidad venenosa. Sin embargo, sólo encontré una triste, frágil y pequeña mujercita que podía haber sido cualquiera.

    Sí, lloré en silencio hoy cuando leí que murió Idea Vilariño. Podría ir a su velorio -como no pude ir al de Mario- pero no lo haré, no es importante, en este caso. Era un milagro que siguiera viva todavía, casi a los 90 (esa es la prueba de que el pesimismo y la amargura no son necesariamente malos para la salud, y en su caso tampoco lo eran para la salud de los otros), y estaba internada, así que no fue ninguna sorpresa. Pero, bueno, el mundo queda más solo y uno duda, un poco huérfano, de sus propias percepciones. Es una bendición que lo que se escribe permanezca, no dependa de cuerpos, corazones, presencias físicas.

    Gracias, maestra, reflejo, gran mujer dolida. Al fin empezarás a descansar, valiente guerrera. Aguantaste hasta el final. Morirse de dolor a los veintipico en medio del esplendor, la belleza, la vida a manos llenas, eso -la verdad- lo puede hacer cualquiera.


    Trabajar para la muerte

    El sol el sol su lumbre
    su afectuoso cuidado

    su coraje su gracia su olor caliente

    su alto

    en la mitad del día

    cayéndose y trepando por lo oscuro del cielo

    tambaleándose y de oro

    como un borracho puro.

    Días de días noches temporadas
    para vivir así para morirse
    por favor por favor
    mano tendida

    lágrimas y limosnas
    y ayudas y favores
    y lástimas y dádivas.

    Los muertos tironeando del corazón.
    La vida rechazando

    dándoles fuerte con el pie

    dándoles duro.

    Todo crucificado y corrompido
    y podrido hasta el tuétano

    todo desvencijado impuro y a pedazos

    definitivamente fenecido

    esperando ya qué

    días de días.

    Y el sol el sol
    su vuelo

    su celeste desidia

    su quehacer de amante de ocioso

    su pasión

    su amor inacabable

    su mirada amarilla

    cayendo y anegándose por lo puro del cielo
    como un borracho ardiente
    como un muerto encendido

    como un loco cegado en la mitad del día.

    Si muriera esta noche

    Si muriera esta noche
    si pudiera morir
    si me muriera

    si este coito feroz

    interminable

    peleado y sin clemencia

    abrazo sin piedad

    beso sin tregua

    alcanzara su colmo y se aflojara

    si ahora mismo

    si ahora

    entornando los ojos me muriera

    sintiera que ya está
    que ya el afán cesó

    y la luz ya no fuera un haz de espadas
    y el aire ya no fuera un haz de espadas

    y el dolor de los otros y el amor y vivir

    y todo ya no fuera un haz de espadas

    y acabara conmigo

    para mí

    para siempre

    y que ya no doliera

    y que ya no doliera.

    Quiero morir

    Quiero morir. No quiero oír ya más campanas.
    La noche se deshace, el silencio se agrieta.
    Si ahora un coro sombrío en un bajo imposible,
    si un órgano imposible descendiera hasta donde.

    Quiero morir, y entonces me grita estás muriendo,
    quiero cerrar los ojos porque estoy tan cansada.

    Si no hay una mirada ni un don que me sostengan,
    si se vuelven, si toman, qué espero de la noche.

    Quiero morir ahora que se hielan las flores,
    que en vano se fatigan las calladas estrellas,

    que el reloj detenido no atormenta el silencio.

    Quiero morir.

    No muero. No me muero. Tal vez
    tantos, tantos derrumbes, tantas muertes, tal vez,
    tanto olvido, rechazos,

    tantos dioses que huyeron con palabras queridas

    no me dejan morir definitivamente.


    Poema número 19

    Quiero morir. No quiero
    Oír ya más campanas.

    Campanas -qué metáfora-
    o cantos de sirena
    o cuentos de hadas
    cuentos del tío -vamos.

    Simplemente no quiero
    no quiero oír más campanas.

    Más sobre Idea:

    Los versos de la mujer triste
    Nuestra señora de la soledad
    Perfil: ida y vuelta (en El País de España)
    Entrevista por Elena Poniatowska

    (El título del post pertenece a una carta que Juan Ramón Jimenez escribiera a Idea Vilariño)

  • Cosas viejas en tercera persona

    (Rescaté esta pieza arqueológica del sótano. Es de hace 13 años, uf. No me gustan esas historias de “Juanes” y “Marías”, como decía Levrero, pero en ciertos casos se justifica).

    Aquella mañana, María salió temprano a alimentar a los animales. El establo olía a pasto fresco y a estiércol como siempre. Por entre las varillas del techo, se colaban los rayos del sol que iba ascendiendo lentamente. María llenó un cubo con agua del tinaco y refrescó el lomo de su burrito, le habló cariñosamente como todas las mañanas. Pero los animales estaban extraordinariamente inquietos, como si presintieran algo. Como si un ladrón estuviera agazapado entre ellos, escondido en el establo. A María le llamó la atención el creciente revuelo generalizado que empezaba a tener lugar: las aves corrían graznando y agitando las alas, como si de golpe sintieran nostalgias de un vuelo jamás vivido; los burros pateaban el piso con la bravura digna de un caballo árabe; los perros de la casa ladraban confundidos, sin saber a quién dirigir su reto temerario.

    María sintió miedo. En general, sus mañanas en el establo transcurrían en la mayor paz mientras cantaba y jugaba con las bestias. Pasaba sola la mayor parte del día y había aprendido a tener gran cariño por sus animales desde niña. Pero nunca los había visto comportarse en aquel temple desordenado, salvaje. Tuvo la sospecha de que había alguien más vigilando detrás de algún pajar. Quizás un caminante que se había cobijado en el establo, y ahora la vería a ella, apenas una muchacha y totalmente sola. María empezó a moverse con prudencia en dirección a la puerta. Su corazón latía desbocado; el caminante podria abalanzarse sobre ella si notaba que había sido descubierto. Si el hombre decidía tomarla por la fuerza, estaría perdida: no habría nadie para escuchar sus gritos, nadie para ayudarla. La muchacha palideció de pánico. Faltaba muy poco ya para su boda; si algo le pasaba con un hombre, todos pensarían que había sido por su culpa. Y nada estaba más lejos de la mente de María que engañar a su prometido. Pero las leyes eran las leyes; lo único que podía salvarla del castigo era escapar a tiempo.

    Los animales estaban cada vez más excitados y temerosos. La joven súbitamente tuvo una revelación: supo sin lugar a dudas que en el establo había otra persona, y que esa persona la estaba buscando a ella. Corrió hacia la puerta. Los perros ladraban hacia adentro del establo y hacia el techo, corriendo enloquecidos alrededor de ella. Una bandada de palomas cruzó los aires y salió libre, perdiéndose en los cielos.

    Pero a pesar de sus esfuerzos, María no logró salir del establo finalmente. Cuando estaba a punto de lograrlo, sintió que caía sobre sus espaldas un peso abrumador, caliente, que la tiraba al piso inmovilizándola. La joven trató de darse vuelta para ver la cara del hombre que la tenía sujeta, pero no lo conseguía: estaba totalmente paralizada por su cuerpo enorme. Extrañada, se dió cuenta de que no sentía nada: ni miedo ni dolor ni rabia alguna. Estaba quieta en el suelo del establo, esperando que ocurriera algo que no podía precisar siquiera. Debajo de aquel cuerpo, debajo de esa presión que le devolvía un calor singular que jamás había sentido antes, experimentaba una inmensa paz. Ese calor la acariciaba, la estremecía de alegría y no podía explicarse por qué le ocurría así.

    De pronto, otra nueva sensación inundó el interior de su cuerpo y entonces ella sintió que aquella unión con el desconocido era lo más importante que le ocurriría en la vida. No se asustó cuando tuvo la certeza de que había concebido un niño y que ese niño nacería, a pesar de las leyes humanas. Se vió a sí misma sentada en el desierto; el niño estaba jugando en la arena, a su lado. Sus manos pequeñitas cavaban un pozo, y de ese pozo surgía un manantial de agua purísima. Los dos reían bañándose en el agua y bebiendo todo lo que querían de ella. Suspiró aliviada y sonrió. Ya no le importaba nada lo que ocurriera con su boda.

    Entonces los animales se amansaron súbitamente; todos se quedaron quietos donde estaban, sin emitir sonido alguno. Apenas eran testigos perceptibles de la escena. María volvió a tener conciencia de la situación; pronto se percató de que ya no había hombre alguno a sus espaldas. En algún momento mientras estuvo al borde del desmayo, el caminante aquel había desaparecido. La muchacha se levantó y se sacudió las ropas. Se sorprendió cuando no encontró rastros de sangre entre sus piernas. Luego recogió su manto y se cubrió la cabeza, aún aturdida por lo que acababa de pasar. Cerca del tinaco de agua, levantó un cubo y se arrodilló para llenarlo.

    Entonces una luz dorada hermosísima inundó el espacio del establo. María soltó el cubo y toda el agua se volcó por el piso. Asombrada, escuchó una voz angelical que, llena de amor, le decía: “Dios te salve, María, llena eres de gracia...”

  • Electrocardiograma del duelo (8)


    Sí, aún se mueve abruptamente la gráfica, picos y descensos, violentos tajos en la pantalla del alma, ritmos marcados -“pip, pip, pip, pip”- que hacen sufrir taquicardias cuando llegan los aniversarios, como este 7 de marzo y todos los días previos, tristes, muy tristes. Lejos estoy todavía del temido y ansiado “piiiiiiiiiiiii”… A veces pienso que, por algún extraño juego de espejos, lo he llorado más que a Levrero, que era mi maestro, mi mejor amigo, socio y compañero de ruta. Otras veces pienso que es porque Mario -y fue por cabezón nomás (uno, que no podía más con la vida, y el otro, que prefirió morirse: eso hace que uno tome partido)- se me desapareció hace cinco años y me he venido olvidando de todo lo llorado; Eduardo, en cambio, hace dos (¡sólo dos! ¡ya dos!). Lo increíble es que en realidad al Darno no lo veía hace mucho, muchísimo, pero siempre estaba la posibilidad de salvación, de redención, de resurrección, de estatua vuelta a la vida, de hechizo deshecho. Ahora no: esto es para siempre, por lo menos según las reglas del mundo conocido.

    Pasó tanto desde su homenaje un sábado hace dos semanas que tengo ganas de tirar todos los papeles en los que febrilmente garabateé durante horas mis impresiones y movidas interiores. Lo que ocurrió allí fue hermoso, muy hermoso, pero ahora siento que es historia contada, que ya la gasté internamente, que sería hacer una crónica periodística del asunto y me da una pereza infinita. Es terrible lo que viene sucediendo con mi escritura desde que el mundo real -ese de la tierra y sus demandas continuas- me tironea sin tregua alguna: no sólo no puedo procesar lo que me pasa (porque no tengo tiempo y espacio para escribirlo, descubrirlo), sino que va tan atrasado que pierde su razón de ser como texto. Hoy he decidido rescatar lo que pueda de ese borrador y publicar en el blog: quiero ver el blanco y negro, la unidad, la narración hecha, así sea algo tan menor como estos fragmentos. El viernes pasado, en esa mini jornada de cuatro horas que estoy tratando de tomarme para escribir –cuatro, de ciento sesenta y ocho que tiene la semana-, me deprimí terriblemente al abrir los archivos viejísimos de aquella novela inconclusa 2001-2002 y darme cuenta de que a dosis homeopáticas jamás podré volver a conectarme con ese universo; que si lo hago me arrastrará o, si no permito que eso suceda por “razones de la tierra”, sufriré mucho al no poder dejarme ir. Nadie escribe una novela con tal patética dedicación de un viernes de tarde; quizás, sí, relatos o posts en un blog (algo es algo), cartas, poemas, pero nunca una novela, al menos no las que me interesan a mí. Meterme por un momento en la inmensidad de casi 200 páginas escritas, una estructura laberíntica, los ambientes de otro país, los personajes, los juegos planteados, y saber que el tiempo corría y que nunca llegaría a la etapa de seguir escribiendo fue dolorosísimo: hubiera preferido postear en el blog, escribirle al Darno el homenaje en letras que le había quedado debiendo y al menos aplicar mis energías, mi corazón, mi mirada, en algo que tomara forma. En cambio, perdí esas horas -¡esas valiosísimas horas, las horas que me hacen creer que no desapareceré disuelta en las necesidades ajenas!- en buscar un hilo de Ariadna entre una multitud de minotauros. Esta tarde no, esta tarde no caeré en la trampa de una novela perversa que no se deja escribir porque no puedo entregarme a ella, que es un amante a quien le gusta seducir para después abandonarme con una sonrisa sobradora.

    Pero reviso aquello que me pasó cuando el homenaje, leo las páginas y páginas escritas en el café aquel lunes –pagué caro esa rebeldía de dedicarme a mi alma en vez de a trabajar, empecé la semana con un gran atraso, pero quién me quita lo bailado, o lo escrito, no tanto por lo que quedó del proceso sino por la acción misma de escribir, mi cielo, mi infierno y, en este momento de mi vida, mi limbo más imperturbable– y me doy cuenta de que ya no me reflejan. Son de otro momento. Informan. Nadie quiere que le informen de algo que ocurrió hace dos semanas. Eran sólo un marco para incluir las fotos de la obra -a conciencia o no de su “intervención urbana”- de misteriosos grafiteros o grafitantes que en Piedras y Maciel convirtieron una derruida placita en la “Placita El Darno”. Ese miserable espacio entre edificios, con paredes sin pintura, rejas y algún jueguito infantil –casi limosna para los niños pobres, o los pobres niños, según- ahora se llenó de significados: Espacio Darnauchans, Tristeza, Plaza Triste, Desolación. Flechas que apuntan a su entrada, acompañadas de Bajón de un lado y Espacio Gris del otro. El uso de comillas y cierta connotación de advertencia al desprevenido transeúnte –como si ingresando por esa placita/agujero negro se corriera el riesgo de darse de bruces contra la realidad paralela de los dolorosos mundos darnianos- me recuerdan aquel famoso grafiti “Darnauchans esteta decadente”, junto al que se fotografió mi amigo, divertido y hasta orgulloso, con un aire de haber sido comprendido al fin (aunque la intención haya sido criticar, ofender o demarcar una postura). Aquí sucedió algo así: nadie que realmente apreciara y amara la música del Darno –entiéndase “música”, en este caso, por “melodía”, “voz”, “poesía”, “ambientes creados”, “persona oficiante”, o digamos mejor el conjunto de todo aquello- podría pensar en ella como un bajón.

    La gente mata al mensajero, sacrifica a aquel que nombra a la muerte, la convidada de piedra, como si nuestro destino fuera la vida eterna e insulsa. Y cree que -salvo cuando ocurre una desgracia inesperada- existen unos pocos necios como el Darno que, por alguna razón contra natura, se empecinan en morirse. El mismo malentendido de siempre, hecho ahora provocadora placita.

    Yo diría que bajón es esa mediatinta, esa tibieza vital socialmente aceptada en la que todos caemos, tarde o temprano. O casi todos: hay quienes se destruyen a sí mismos, ícaros que caen en picada desde el cielo, dioses que se arrojan a las piras para crear el mundo, ruiseñores y rosas, alacranes que desvían la cola y se pican a sí mismos (como dijo Agamenón Castrillón), hay quienes prefieren estallar en el cielo como una estrella luminosa.

    Los amigos cuando se mueren se llevan partes de uno, sobre todo si nos conocen de jóvenes. Partes que para los demás, para los que nos conocen ahora, son invisibles, insospechables. Se llevan papeles, libros, cafés, bares, guantes impares, mechones champán, risas, confesiones platónicas, retazos deshilachados. Después del homenaje seguí con un nudito en el corazón hasta que ese lunes me tomé un rato para bajar desde 18 por la calle Yí hasta el segundo Sorocabana. Por unos segundos, vuelvo a ser aquella yo otra vez y siento su fuerza, su pasión; sé perfectamente bien que es mentira, que nada estará en su lugar cuando llegue, que no llevo un guante impar ni un mechón champán (gracias a Dios), que no escribiré y leeré toda la tarde, que no habitaré esa, mi otra casa, que no estará cada viejo, cada habitué con nombres inventados. Los mozos del bar pensarán que soy una middle ager loca, sentada cada tanto en el banco de afuera, mirando hacia el interior y llorando por lo que ya no está y no se ve más. Como el Darno, con quien charlé tantas veces allí, y en el Sorocabana anterior, y en mi casa, y en La Cumparsita, y en Fun Fún… Interminable curriculum de cafés y bares, en ambos casos.


    Ahora me tocó conversar con él en el bar San Lorenzo, Washington y Maciel. Lindo lugar, y más lindo aquella noche de bellísimo y cálido homenaje no oficial, unplugged, de latidos cazados en el aire por los organizadores luego de una lluvia que amenazó con suspender todo. Pero no: se mandaron un aterrizaje improvisado en dicho bar entrañable. Qué providencial inspiración climática, qué acierto.

    Fue el Darno mismo quien nos arrojó a todos al bar, que hizo poner pies en polvorosa al apoyo oficial, y nos quedamos sin micrófonos, sin escenario, sin la posibilidad de pasar los videos, pero entre casa. No era un espectáculo: era una memoria, un ritual. Pequeños picos siguieron alimentando mi tenaz electrocardiograma del duelo durante todo el encuentro (sobre todo con la intervención de Washington Benavidez, que me disparó un sístole/diástole de casi lágrimas), con los homenajeantes acodados en la barra, las mesas, sentados en el piso, y el alcohol –cortesía espiritual del homenajeado- no faltó a la misa.

    El triunfo de lograr un pastiche de faunas que normalmente no conviven en el mismo ecosistema –sólo Eduardo Darnauchans es capaz de lograr semejantes fusiones imposibles, como las de su música tan rock/ folk/ sefaradí/ pop/ medieval/ country/ telúrica/ tanguera-; todos nosotros, los amigos y admiradores, nos conozcamos o no, los que sabemos que haber sido rozados por ED fue un verdadero regalo de la vida, nos convertimos aquella noche en animales benditos bajo la misma negra, luminosa, inolvidable comunión.


    Darno que me hiciste mal, y sin embargo te quiero…


    Más fotos (cortesía de Guzmán Sánchez) en mi album de Facebook

    Poster de “Plaza Trovada”


  • A que ésta no la tiene nadie…


    … al menos eso creo, porque es foto de rollo y una vez que uno se desprende del original no es fácil -aunque no imposible- que haya otra copia circulando. Hubo un tiempo hace no tanto tiempo -diez años, digamos- en que uno sacaba fotos con cámaras analógicas y las mandaba a revelar; obtenía, así, una serie de impresiones en papel y unos misteriosos negativos que guardaba bien, convencido de que ahí estaba el verdadero tesoro, la matriz de cada una de las fotos. Pero en la práctica, las cosas no eran así realmente: si uno regalaba la foto original, confiado en que igual tenía el preciado negativo, la verdad es que se quedaba sin ella. Pues rara vez se tenía la disciplina de mandarla a hacer nuevamente y mucho menos de rotular dichos negativos, por lo que al cabo de un tiempo todo eso era territorio propio de investigadores universitarios detrás de pistas sobre los usos y costumbres de las épocas históricas (ya bastante gracioso es verme a mí misma contándolo, como si fuera un relato de abuelitas: lo dejo aquí, que conste, para Astor). Encontrar el negativo que andábamos buscando para reimpresión era todo un desafío; que no hubiera agarrado humedad, hongos u otros males, otro.

    Por eso, la foto que a uno le entregaban con el revelado solía ser la única, salvo gente muy organizada que se mandara a hacer varias copias para regalar a los amigos. Y aún así, casi rayando en la candidez documental, uno entregaba sus fotos, incluso aquellas fotos realmente irremplazables, es decir, las de niñez y bella  juventud (las fotos de otras edades también son irremplazables como testimonio corporal y facial de uno mismo, desde luego, pero -seamos francos-… ¿quién quiere tenerlas documentadas?). 
    Esta me la regaló el Darno cuando me fui a México. Viene dedicada con delirantes comentarios al dorso y su clásica letra manuscrita, pero eso es aparte: la foto en sí me gusta, además de que él valoraba que también apareciera su guitarra. Y un cuadro de Alinda Nuñez, nuestra amiga. 
    No tiene caso quedarme las cosas sólo para mi. Sería injusto. Lo mismo con toda la experiencia docente y de escritor que me trasmitió Levrero. Pero todo lleva tiempo, claro, hasta compartir lo que no queremos que desaparezca con uno. 
    Marco del asunto: anoche soñé que le hacían un homenaje a Darnauchans en Buenos Aires y yo viajaba especialmente para asistir, pero luego me distraía en mil cosas y nunca llegaba a las actividades. No obstante, llegaba a escuchar varios comentarios del tipo: “A este bar venía el famoso Darno…” y alzaba mis ojos al cielo, como diciendo: “¡Otra vez, esperaron a que estuviera muerto para reconocerlo!”. Claro, me refiero a Levrero, pero al Darno también le llegará. Hoy escuchaba Las quemas; es increíble esa voz tan maravillosa, tan envolvente y profunda (si bien todavía no había llegado a los vuelos interpretativos y de composición de los dos siguientes discos). Debo tener un sentido muy siglo XII del amor cortés, los caballeros y todo esa parafernalia medieval, pero escucho la voz y me doy cuenta de que encarna mi idea de lo masculino mismo. Un espíritu firme pero dulce, sensual pero místico, capaz de cambiar lo externo pero sustentado por lo interno, aunque no al modo consciente e incisivo de lo femenino. Y en la nueva versión del disco -supe tener los de pasta, pero los vendí cuando me fui a México: gravísimo error- hay varias canciones más incluidas, creo que de Raras & casuales
    Lo del homenaje debe tener que ver con que el 7 de marzo ya serán dos años de su muerte y varios allegados están urdiendo cómo conmemorarlo. Al parecer, hay un miserable pedacito de Ciudad Vieja, en Piedras y Maciel, que han dado en llamar por ahí “Placita el Darno”, con graffitis alusivos a la tristeza y la desolación. Quizás un breve encuentro allí en su memoria, sencillo, con algunas actuaciones. Creo que lo lindo es que no se trata de un espacio oficial, decretado en un papel y con una chapa adosada a la pared: alguien que sabe dice que a él le daba urticaria sólo de pensarlo: “Plaza Darnauchans”, “Sala Zitarrosa”, “Plaza Mateo” (¡y en el estado que está! Lo malo de los simbolismos es que simbolizan). Pero creo que esto es otra cosa. Y, en todo caso, aunque me pese por Eduardo el hombre, para mí hay cosas que ya no le pertenecen a su identidad individual: aunque tenga algo de arrebato, Darno, el trovador es nuestro.