Categoría: mario levrero

  • Levrero y La Ciudad (no “La ciudad” de Levrero)

    El otro día me decidí a hacer un poco de arqueología e instalé mi entumecido lector de floppys para poder revisar algunos diskettes, o mejor dicho para copiar lo que me interesara a mi ibook y tenerlo más a mano. Encontré varias cosas, cómo no, pero aún no he tenido tiempo de leer nada con la calma que precisaría esa década o más de distancia. Sin embargo, reconocí inmediatamente un archivito “DIALEVR.doc” en el que figuran dos pequeñas historias que escribimos Levrero y yo “a cuatro manos” el primer día de taller con él, 18 de abril de 1996 en la Plaza Zabala (pobre de mí, primer día con el mismísimo Maestro y me tocó ser su pareja en un ping pong literario, ya que solo éramos tres alumnos y aquello tenía que hacerse en número par). Ya las publicaré acá. Nos reímos mucho tiempo con esto, e incluso durante años solíamos terminar algunos correos problemáticos, tragicómicos o que contaban situaciones aparentemente sin salida con la frase: “Después vinieron tiempos mejores“, que fue con la que él remató del todo el precipitado desenlace que yo escribí en una de las viñetas. Fue uno de nuestros acercamientos de aquel día (en realidad, las historias parecían escritas por una sola mente… por supuesto, una mente algo delirante).

    El otro acercamiento fue descubrir que ambos habíamos identificado una roñosa voz interna que maldice el lugar donde vive (él, Colonia; yo, Montevideo segunda etapa) en el poema La ciudad de Cavafis. Fue un momento mágico: yo comenté que me gustaba muchísimo L. Durrell y él dijo que a él lo que le había gustado era un poema que el autor citaba en uno de sus libros, y lo describió perfectamente; yo salté, cité (parafraseé) las primeras líneas, y no paramos de hablar de La Ciudad (no del poema: de ese sentimiento de vivir un exilio impuesto por fuerzas oscuras, imposible de romper, cuando en realidad hay algo dentro de uno que se niega al lugar, algo que se parece un poco al autosabotaje).

    Pasaron todavía tres años para que me fuera de Uruguay: sabía que por nada del mundo podría hacerlo si estaba peleada con el país (“La ciudad te seguirá“, advertía claramente). Uno tarda, pero con los años (y con los poemas, y con Levrero, y con las repeticiones de los errores, y con la intervención protectora de San Judas Tadeo) se vuelve un poco más sabio.

    Preferí partir tranquila, disfrutar el viaje que iba a ser para siempre, como quien paladea de lejos una Ítaca propia. Es decir, con la plena conciencia de todos sus defectos.

    Por suerte ya no tengo problemas con las ciudades. Vivo donde quiero vivir hoy (lo que no quiere decir que el puerto esté cerrado para cambiar de idea, o que haya renunciado a mi otra mitad del alma)

    “Dijiste: ‘Iré a otra tierra, iré a otro mar.
    Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
    Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
    y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
    ¿Hasta cuándo estará mi alma en este marasmo?
    Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
    veo aquí las negras ruinas de mi vida,
    donde pasé tantos años que arruiné y perdí’.
    No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
    La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
    calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
    y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
    Siempre llegarás a esta ciudad. Para otras tierras -no lo esperes-
    no tienes barco, no hay camino.
    Como arruinaste aquí tu vida,
    en este pequeño rincón, así
    en toda la tierra la echaste a perder”.


  • Electrocardiograma del duelo (4)

    Nadie podría decir que te olvidé. Yo misma sé que no te olvidé, para nada te olvidé. Pero los dos meses de tu muerte me vinieron a la conciencia uno o dos días después de la fecha. La cosa del duelo siempre funciona así: el asunto empieza a pasar a otro plano, a uno menos urgente. El día del velorio dejé todo lo que estaba haciendo para ir. El día en que se cumplía un mes quise ir al cementerio a llevarte unas flores, pero después me pareció que quizás estaba haciéndolo desde el calendario, que todavía no era tiempo de semejante momento Kodak. (Además tenía un asunto de la vida que atender, una adolescente que coquetea con la muerte, y me/te dije: “Eduardo, podés esperar. Igual contigo ya no hay remedio: ahora ella tiene prioridad”, así que deshice el plan).

    Luego, el día en que se cumplían dos meses me olvidé. Se me pasó; me acordé enseguida, es cierto, el 8 ó 9, pero el 7 me olvidé. Me sorprendió. Simplemente no me acordé. No creí que fuera a sucederme. Por otro lado está bien: los muertos con los muertos…

    Lo que sí, algunos de esos días en falta soñé con el Darno, o con el mundo del Darno. Iba con otra gente al apartamento antiguo de Washington Benavidez; nos recibía tirado en una cama, tipo el Zeus de Malpertuis (Orson Wells), y le hacíamos muchas preguntas. Me dejaba un mensaje personal en una cartelera, una nota encabezada “Gabriela” donde contaba cosas que tenían que ver con Eduardo y unas instrucciones que había dejado, y yo lloraba de emoción, bajito. Nadie comentaba nada ni parecía comprender. Yo buscaba un papel (todos estaban rayados) y le contestaba a través de la cartelera: “Maestro Benavidez (así le gustaba a Eduardo que se le llamara)”, confirmándole la enorme alegría que tendría de ir a hablar con él sobre todo eso. Sueños de compensación, que les dicen. Supongo que lo de “Maestro” también tiene un eco en Levrero.

    Otro día (o mejor dicho, otra noche, en esa doble vida de lo onírico) el Darno no quería cantar más. Se involucraba en unas extrañas representaciones que se podían ver por circuito cerrado (¡espero que no fuera Big Brother!). Creo que su discurso deliraba un poco; además, estaba disfrazado y con los ojos cerrados. Luego, él y yo estábamos en un cuarto tipo juvenil, con dos camas de una plaza, todo desordenado. El tomaba su guitarra y se ponía a cantar Dylaniana; se acostaba y seguía cantando y tocando. Yo estaba haciendo tareas domésticas (tipo preparando la ropa sucia en el canasto) y me iba a ir a terminarlas, pero de pronto me daba cuenta: “Estoy aquí, con el Darno, que está cantando!”. En el sueño, recordaba la historia bíblica de Marta y María. Me tiraba yo también en la otra cama a escuchar.

    Al poco, él interrumpía la canción. No terminaba de cantarla. Se daba cuenta de que estaba cantando, pero sencillamente ya no quería volver a cantar. Nunca más.

    cuando no tengas dinero camisa ni amor
    y hayas quebrado el espejo
    y tengas los ojos ciegos del alcohol
    todos tus pasos se irán perdiendo
    a ningún lado podrás llegar
    ahora nadie abrirá las puertas
    para que tú puedas descansar…

    …será mejor que te mueras…

  • Alerta tanatológica!

    Volví a hacer el Reloj de la Muerte, y a diferencia del test aquel, me da que me quedan sólo veinte años de vida: ¡moriré dos días antes de cumplir 64! Así que cuanto antes tengo que retomar mi novela de 200 páginas a la que le falta la mitad todavía, así como ayudar a Astor a desarrollar sus vocaciones, conocer Grecia y Venecia, además de hacer una pequeña cava de buenos vinos (tintos, se entiende, y tomármelos todos, si es posible con amigos), entre otras muchas cosas.

    ¡Y todavía copiándole a Levrero: 64!

  • Levrero, guru de la Sangrienta Orden de la Carne


    …y ahora que me metí a ese viejo portal, resulta que ahí le habíamos hecho una entrevista bastante inusual a Levrero (porque, según la temática de nuestro sitio, que se jactaba de ser La Gran Cofradía Humanista del Vino y el Carbohidrato, tenía que relacionarse con el hedonismo de la comida y la bebida), de la que no me acordaba para nada! ¡En mayo de 2004, a unos meses de su muerte!

    Está en la sección El invitado de Pantagruel. También viene un texto de Levrero publicado en Irrupciones y que seleccionó para la ocasión (todo ocurre en un restaurant).

    Se supone que Pantagruel era el conductor estrella, una especie de Mirtha Legrand cibernética, cuya voz estaba formada por las anónimas preguntas de todos los que colaborábamos en el proyecto. Nunca le dimos imagen, pero es obvio que era medio robusto, con rulitos canosos y algo histericón…

    ¡Salud, gorditos en potencia, beodos con credencial de enólogos, golosos anónimos del mundo! Su anfitrión Pantagruel tiene preparado algo muy especial para ustedes este mes –aparte del tradicional banquete secreto de la luna llena, sólo para cofrades! Esta vez, nuestro distinguido invitado hará las delicias de todos los lectores de portal con su originalísima contribución (además de haberse prestado –inocentemente, pobre- a concederme una entrevista, ñaca, ñaca…)

    ¡Pasen a mi set de filmación, que la mesa está servida para Pantagruel y sus selectos invitados!

  • Ay, aquellos músicos de Tacuarembó!


    Lo que no dije es que como ya no pude seguir oyendo al Darno por esa hermosura ausente, puse a Gardel, que siempre me hace reir con su sonrisa socarrona y sus exageraciones… El querido Carlitos, parte de nuestra Alma.

  • Levrero y Darnauchans

    Foto histórica (mala, muy mala, pero qué suerte que se me dió por sacarla: nunca se me pasó por la cabeza que hoy ambos estarían muertos) de dos pérdidas sin cicatriz a la vista, para mí y para gran parte de los uruguayos (entre ellos cuento a Astor, su generación, los que todavía no existen siquiera, los nietos de mis bisnietos que igual leerán sus libros y escucharán sus canciones: la inmortalidad pasa por otro lado, por suerte). Eduardo Darnauchans y Mario Levrero, el Darno y Carlitos, juntos en mi despedida a México. Sótano de mi casa en José María Muñoz, 17 de abril de 1999, milenio pasado.

  • Respirando la vida, luego de tanto

    2007. Ya no estoy en Guanajuato, ni en Querétaro, ni en la angelical y demoníaca ciudad de Tenochtitlán. Estoy en Montevideo. Astor se tira arriba mío a cada rato mientras ve su película favorita; tiene 2 años y medio. Yo, al fin, estoy recuperando parte de mis antiguos vicios, como usar mi laptop en la cama, ahora con comodísima conexión inalámbrica. Y leo todo mi calvario de tu muerte, Carlitos, Levrero, y sé que lo he aceptado… o más o menos aceptado, lo suficiente para poder vivir con ello, para respetar tu elección. Hace unos meses todavía estaba furiosa por el abandono. ¡Justo ahora que volví a Montevideo! ¡Justo ahora que perdí el rumbo por tener un hijo! ¡Justo ahora que no puedo hacerme el espacio para escribir y necesitaría que me putearan! ¡Justo ahora, que los talleres son el centro de mi vida profesional y estoy promocionándolos por todos los medios posibles, lo cual arrancaría las más despiadadas burlas de tu parte! ¡Justo ahora, que renuncié a la fuerza de México y superé el pasado! ¡Justo ahora, que iba a volver a la carga para darle una oportunidad más a los obtusos del Premio Juan Rulfo, que no te lo dieron cuando te presenté! ¡Justo ahora, que podría ayudarte más de cerca! ¡Justo ahora, que el bombardeo químico cambió y volví a soñar cada noche! ¡Justo ahora, que estoy envejeciendo! ¡Justo ahora, que publicaste en Alfaguara y mucha más gente te ha leído! ¡Justo ahora, que conozco más a algunas de tus maravillosas mujeres y musas! ¡Justo, justo ahora!

    Pero sí, hoy tengo cierta paz. En tu cumpleaños releí pasajes de La Novela Luminosa al azar, y también buscando los que tienen que ver con Ginebra. Gracias por todo el reality show de un año de tu vida; además yo no estaba en Uruguay, me fui distanciando de ese día a día (sin embargo, por alguna razón siempre tuve como una “cámara de seguridad” monitoreando lo que hacías, incluso por medio de imagenes espontáneas que me llegaban). ¡Ay, hijo mío! ¡Qué único e irrepetible que fuiste!

    Y ya has de saber las buenas nuevas de Chl: espera un niñito, enamorada, en las playas algo salvajes de Zipolite, Oaxaca. Sé que allí, donde estarás ahora, podrás disfrutar esta noticia, ya desprendido de los lazos de pulpo que generamos los humanos en esta tierra…

  • Mi angel de la guarda, o guardia, o que sé yo…

    Dejo abierto el cajón de la mesa de luz para poder ver todo el tiempo antes de dormirme la letra Arial caracteristica de tus escritos de cierta época. Ahí esta el texto original de “Mi amiga Ginebra había sido secuestrada por unos maleantes…” y el relato de la catástrofe ocurrida en el Convento. ¿Estará en Rio Nero in Vulture? ¿Para que hago estos comentarios que nadie, nadie, nadie mas podrá descifrar jamas?

    ¡Pinche Carlitos! Te fuiste y nos dejaste este problema de vivir sin contar contigo.

  • Adios Carlitos

    No te he escrito, Carlitos, no porque no te piense todos los días de mi vida, sino porque en el fondo no creo. Pero estoy feliz de charlar con Alicia, te haría tanta gracia ver a todas tus ninfas, hadas y brujas reunidas!

  • Lo subjetivo del tiempo

    Hoy hace apenas/tanto como un mes en que no se nada de ti. O lo que se me duele demasiado para poderlo creer. Me llego un paquete levreriano desde Montevideo gracias a varios amigos que me juntaron cosas: grabaciones de tu voz, copias de entrevistas, prensa con la noticia, quizas una tacita de café de tu mágica cocina, pero no he podido ni siquiera abrirlo. Todas son suposiciones, no he visto nada todavía, no puedo.

    Parece una pesadilla. Cuesta mucho pensar que ahora estamos en niveles de sabiduría tan abismalmente distintos, que mi ignorancia es mas flagrante que nunca y que allá donde estas mis incógnitas son materia de chiste en los saunas de los ángeles