Etiqueta: alcohol
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Un poco de luz y liviandad…
Una amiga muy querida de México y de mi juventud (de mi primera juventud, digamos) rescató este video. La veo como si fuera hoy, cantando el estribillo como si estuviera frente a grandes reflectores, de enorme sonrisa y gesto pícaro, mientras nos preparábamos para ir a la primera fiesta de la noche.
¡Si estaré vieja que, luego de tanto tiempo viendo su versión deteriorada, con estas imágenes hasta se me llegó a ocurrir que Raphael tenía su pinta! Es como escuchar a Sanguinetti dar un discurso y quedar embelesado por sus ideas… Dura un instante el embrujo, y luego uno se despierta del desliz como quien sale de una borrachera que lo llevó a dormir con un esperperpento -dicen, a mí nunca me pasó, que conste-, y reza para sus adentros, horrorizado por los recovecos oscuros del espíritu humano…
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Respirar
El otro día al final de la clase de Pilates, F. nos hizo respirar muy hondo al final en una especie de torsión relajada, casi a oscuras, nada demasiado distinto que otras veces. Pero por algún motivo -ella dice que la propia respiración hizo ceder un bloqueo, una memoria enquistada- desde ese momento empezaron a sucederse en mi mente, sin buscarlas, las imágenes de mi vida como asmática. Cosas de las que ya no me acordaba para nada. Eran sobre todo imágenes entre los tres y los ocho años; claro, de antes no me acuerdo mucho, y después me fui del país, lo que arregló el problema. Los ataques de asma al regresar de grande duraron un par de años hasta que me convencí de que era una membresía que me hacía pagar demasiado cara la cuota y renuncié al benedettiano club de la disnea.
El consultorio del Dr. Artucio tenía peces de colores. Una vez había uno de ellos que nadaba con el ojo negro, hinchado; me impresionaba mucho y no podía dejar de mirarlo. El alergista también tiene peces de colores, con un extraño cartel en letras mayúsculas: “NO TOQUE EL VIDRIO. ELLOS SE ASUSTAN, SE GOLPEAN Y SE MUEREN”. Cualquiera diría que lo escribió Malcolm Lowry.
Mi madre decía que el Dr. Artucio era alcohólico. Yo lo quería, me curaba, o al menos hacía como si pudiera curarme. Me recetaba Betacor (blanca) y Polaramine (roja). Maldita cortisona. De chiquita me daban inyecciones día por medio en el hospital; yo esperaba, estoica, y el gallego que hervía las jeringas antes de clavármelas me regalaba el frasquito. A veces me compraban pastillitas Plucky a la salida.
Tenía que hacer ejercicios respirando con una bolsa de tela azul marino en el estómago, una bolsa llena de arena. Fue extraño conectarme otra vez con esa bolsa. Se parece a la bolsa de semillitas que caliento en el microondas cuando me duele mucho la nuca. Qué casualidad, también es azul marina cuando le saco el forro, pero no tiene tanto peso como aquella. Tanto, tanto peso.
Mi vida de niña fue un largo ataque de asma mientras los otros niños -mis primos, los vecinitos- me miraban por la ventana del cuarto con pena y se compadecían de que no pudiera salir a jugar. Era mirar al arenero de la estancia de mis tíos desde el cuarto del fondo, el que tenía una ventana para que no me aburriera y una salamandra que daba calor. Si corría, me atacaba; si me reía mucho, me atacaba; si me ponía nerviosa y/o interactuaba socialmente, me atacaba. ¿Qué podía hacer, entonces?
Por eso no tiene ningún mérito leer desde los tres años y escribir desde los cuatro.
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Ginebra y las lágrimas
“El whisky vierte lágrimas sobre los mostradores,
la ginebra sonríe como una niña muerta”.Arturo Camacho Rodríguez…encontrado inesperadamente en una web sobre mi respetado alter ego John Cheever...…
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La Pistolera…. c´est moi!
¿Qué clase de blogger de pacotilla deja pasar un momento como el primer festejo del Grito de Independencia al que –por fin– logra concurrir en Uruguay? ¿Y de qué calaña innombrable estará hecho, si recurre a las maravillosas crónicas de una amiga escritora, en vez de sentarse y recrearlas por sí misma?
Vergonzoso lo mío. Pero acá está: el 15 de septiembre de 2008, en el ex Parque Hotel. Una noche divertida, llena de cerveza y tequila, guacamole y mariachi. Hubiera querido lanzarme al día siguiente a contar la experiencia surrealista de escuchar y ver a la banda de la Armada Nacional tocando canciones de Juan Gabriel, mientras un marinero querendón le robaba la noche a los mariachis. Esa escena, en la que se me juntaban ambos países y se encimaban visiones en una especie de Photoshop existencial, mientras pensaba –al calor de los alcoholes, claro– que este, precisamente, era un país que había vivido una dictadura militar, ese momento no tiene con qué pagarse. Y que ahora nos entretenían estos buenos muchachos, que no tenían culpa ni recuerdo de nada, en un instante poético extraño, quizás malabarismo de diplomacias entre gobiernos, cantando con nosotros “De qué manera te olvido”. Mientras –para coronar la noche, cual cereza en pastel– Soraya y sus amigas mexicanas, en primera fila, gritaban como groupies y ella me decía, con su gracia característica: “¡Ya le tiré el brassier al cantante!”
A la mañana siguiente, los sucesos terroristas de Morelia durante ese Grito me amargaron la noche en retroactivo y no tuve ganas de escribir. Por segunda vez cantaba rancheras en el Parque Hotel, recordé luego (la primera vez fue luego de la primera gran degustación de vinos, en 1996, cuando se juntaron todas las bodegas uruguayas de la mano de Cava Privada: nosotros, jóvenes dionisíacos, macerados en deliciosas uvas de la Patria, terminamos como convidados de piedra en ya desiertos salones, genuino producto de la decadencia del evento, y yo canté ante improvisado auditorio de borrachos y porteros “Ella”, “El rey” y quizás, no estoy segura, “No volveré”). Pero esta vez fue con mariachi y ni siquiera tuve la culpa: el cantante me subió a la tarima. Fue muy divertido. Sin embargo, al otro día me sentí culpable al imaginarme la fiesta número uno de México empañada para siempre por muertos y heridos.
Por suerte, estaba Ana Arjona presente (otra de las “mujeres con hormonas”) para no dejarme perder el momento para siempre. Aquí está su relato.
La Pistolera II
Un marecito de cerveza va cubriendo lento el salón de parquet donde los tacos se asordinan delictuosos, los vestidos comienzan a crujir, las palabras están todas por decirse y las piñatas tiñen ya el aire con alaridos de colores. Sus olitas rubias chocan y van a morir detrás de las columnas y debajo de las mesas de largos manteles blancos, con espumoso murmullo juguetón.
Las gentes se van embebiendo suavemente en ellas. Abrazos y palmoteos –primero con el brazo derecho arriba, luego con el izquierdo- apretones de manos, antiguo lenguaje finalmente aprendido, comentarios, sonrisas y carcajadas dan cuenta del buen humor y la alegría de los reencuentros abraza el aire.
A la grupa de las chelas rubias de cuello largo o de los caballitos llenos de tequila transparente que navegan sin cesar sobre las redondas bandejas, aparece otra algarabía, más bella, más enérgica, casi salvaje. Salta con click de cajita de sorpresa y sale a escena. Es la que arremete los quince de septiembre al acercarse la medianoche cuando
la ceremonia llega a su punto culmine.
La densidad de los himnos bate en las entrañas.
La bandera, aunque quieta, parece flamear por sobre el mundo
La sangre se agolpa acechando el momento del grito.-¡Que Viva México!
-¡Que Viva México!
-¡Que Viva México!El pabellón se retira entre aplausos. Aparecen los mariachis.
El son de guitarras, trompetitas, violines y guitarrones fusionado a las inigualables voces, suelta los últimos cabos de la nostalgia por la patria lejana. Ya en un revuelo de faldas y rebozos, miradas y zarandeos, el baile se desliza.
En una de esas vueltas, se la ve cuchichear al oído del cantante perdido como ángel del camino.
Y de golpe, subida ya a la tarima, compartir el micrófono.
El solista la abraza y la cubre con el sombrero negro de ala ancha.
Un calor de manzana irradia su bello y agudísimo perfil.
Surge la voz como desde la infancia, delicada y grave. Arrastra las raíces de otra tierra. Exige ser escuchada. Trae el desgajado amor a México. Oscura y redonda, cruza los territorios. Se la puede palpar. Es verdadera.
No volveré, te lo juro por Dios que me mira
Te lo digo llorando de rabia
No volveré.
No volveré hasta ver que mi llanto ha formado
Un arroyo de olvido anegado
Donde yo tu recuerdo ahogaré!La canción habla del desamor exuberante, del amoroso odio. Pero genera el efecto contrario. Un camino de pasión de ida y vuelta, mantiene fuertemente conectados a los allí reunidos, mientras cantan, maldicen y vociferan vibrando en la misma tensión.
De pronto, dando una magnífica, dramática vuelta de tuerca, ella la relanza con maravillosa picardía. Se vale de la mirada relampagueante de estrellas y del sombrero cómplice. Emerge como vestal guerrera. Arremete hacia el público. Pero todo su cuerpo, sus vaivenes, las sombras de sus flechas, los brazos extendidos y los dedos-dardos que salen de su último refugio, lo buscan a él.
En el tren de la ausencia me voy
Mi boleto no tiene regreso
Lo que quieras de mi te lo doy
Pero no te devuelvo tus besos!Admirado, divertido, amorosamente sorprendido, su cámara no cesa de disparar doblegada ante la imponente majestuosidad de la mariachi en que se ha convertido.
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Mis tribulaciones en este Día de Muertos
Además del enorme resfrío que me ha estado haciendo zancadillas desde el martes (y del que no puedo zafar porque nunca me llega el momento de dormir, descansar o simplemente no tener algún plazo de trabajo que venza ese día), anoche ocurrieron varias cosas durante lo que debía ser, y terminó siendo contra mi voluntad, la velación. Es que estoy rodeada de mimosos, incluso entre los muertos me las apaño para conseguirlos divos, celosos e histriónicos. Y yo no ayudo mucho con esa naturaleza parrandera que trato de esconder en el baúl, por aquello de “madre”, “docente” y “resfriada”, pero justo en el día en que hay que celebrar la vida para cerrarle el paso a la Pelona no me voy a echar pa´atrás.
Veamos:
INVOLUNTARIA VELACIÓN DEL 1 AL 2 DE NOVIEMBRE, 2007
MONTEVIDEO, URUGUAY- Embajada de México – El asunto empezó con la inauguración de la ofrenda a Frida Kahlo, que era, por otro lado y en cierto modo, la culminación de mi taller sobre la muerte. Estaba hermosa, monumental, y en México no hubiera tenido nada que envidiar. Había gente de los talleres presenciales, del sábado pasado, gente de la colonia mexicana que conocía y trabajó creando esta obrita de arte que estará toda la semana que viene en exhibición, y luego empezó a circular el chocolate y el pan de muerto entre la concurrencia nutrida. Astor se prendió y eso le dio más baterías para seguir jugando entre la gente (finalmente, es su embajada ¿no?), conocí al Embajador, macanudo, y luego la Agregada Cultural dijo que nos lleváramos nuestro itacate. Salimos con un pan de muerto para el desayuno.
- Bar Bacacay – Allí nos esperaba la bruja V. y su consorte; llegamos cuatro más y Astor, quien sopeó papas fritas en el agua y comió dos bolas de helado de chocolate, además de improvisar una piscinita para dinosaurios en los vasos y dibujar los manteles. A mí me esperaba el altarcito que le había armado al Darno antes de salir, pero ¡una botella más! ¡otra cosita! ¡un nuevo tema! ¡pájaros pintados por doquier! ¡el mozo es un poeta cubano que no sabe que existe el Premio Casa de las Américas y cuya cara se transmuta cuando recita sus décimas! ¡coincidencias! ¡confesiones de borrachos! Astor se durmió y los rufianes padres (y tíos postizos, taxistas y demás) llegamos a las 2 AM a casa. Por lo menos ya era la noche de Muertos (tenía la inocente idea de que podría llegar a dormirme antes de la medianoche); yo le había dejado una lámpara prendida al altarcito de Eduardo, no fuera a ser que anduviera por ahí dando tumbos.
- Altar del Darno – Una foto del diario, con los ojos llenos de tristeza, desesperación y cansancio. Sorprendido, como quien no se sabe observado en tales sombras. Candelabros y cirios del mismísimo Pátzcuaro, lugar de lo negro. Flores. Una chalina que siempre llevé conmigo desde 1999 en que me fui a México otra vez. Un par de mails que, más que eso, son actuaciones privadas del inconsciente del Darno para mí, con sus “cantinflescas cortesías”. Una botella de Chivas Regal y un vasito bien servido que hoy de mañana estaba más abajo (sí, ya sé, la evaporación, la ley de gravedad y el índice Dow-Jones). Discos para una grata visita (canciones de cuna sefaradíes, música medieval y renacentista, Nick Drake, una selección de tangos reos en disco de pasta), libros (clásicos como La Odisea, La Eneida, La Divina Comedia, poesía medieval italiana, y hasta un librito de Leopardi como guiñada). Fotos: montones. Bares, cafés, amigos, recortes de diario. El inhalador para el asma. El pan de muerto de la Embajada (no sólo de Chivas vive el hombre, aunque ahora sea cadáver!). También discos de él, por si le entra la nostalgia. Papel y pluma para escribir (la guitarra, suya, aparece en una foto que me regaló: supongo que servirá). La letra de “Sonatina” clavada con un milagrito mexicano de corazón, con los que decoré también cerca de su foto. Calaveritas. Una, grande y muy canchera, sentada con un vaso en una mano, como luego de una borrachera; a ese vaso le puse agua bendita just in case. Puse el disco de Canciones sefaradíes mientras prendía los cirios. Sí, el tiempo había pasado desde aquel recital mágico de 1984 cuyo cassette pirata también había colocado en el altar. Su voz estaba destruída, como la mía cuando trato de volver a cantar; la energía no fluye, la vida ya se retiró con un reproche ahogado. Este disco es lindo de oír sólo porque sabemos que efectivamente, se trataba del último aliento. Lindo de oír por la belleza que recuerda, no por la que en verdad crea. Pero era la música de su altar de muertos y, como tal, era perfecta.
- Saqué fotos como recuerdo. Es bueno tener en mente que nuestro amigo realmente no está más en esta tierra, y que por eso protagoniza un altar, y no se trata de una broma cómplice. Las fotos me quedaron horribles: fuera de foco las que tenían flash (salvo las que tienen los cirios apagados, qué gracia), totalmente oscuras las otras, y en una de mis artísticas tomas me llamó la atención un brillito lindo que captaba el lente. Volví a mirar. Nada. Por el lente, más brillito. De pronto, reparé en que parte de los papeles, la calavera mayor de madera y una de las fotos del Darno se estaban prendiendo fuego (¡sobre piso de parquet!): tiré el vaso de agua bendita para refrescarle los pies a la Calaca, que quedó tiznada y en brasas por un rato. Una tapa plástica de Raras & Casuales se derritió un poquito. Al Darno se le hizo un agujero misterioso y lleno de colores en el aura, de la cabeza hacia arriba; en la foto se lo ve concentrado, con una lapicera en la mano, a punto de escribir algo. Lleva la chalina roja, distinta de la mía azul.
- Después, leí los mails, reí, lloré, tomamos whisky, miré las fotos (especialmente la nuestra juntos), le dije un par de cosas, le pedí perdón por no haber ido cuando estaba mal (¡yo, la kamikase del inframundo, me daba cuenta de que me tenía que cuidar a mí misma!), y sobre todo le di las gracias por haber cambiado mi vida, por seguir cambiándola, por haber sido un privilegio en las casualidades, un honor.
- También le prendí una velita a Levrero, Rubén y Pocho, no se fueran a sentir por mi dedicación al Darno. De nada sirvió. Pinches muertitos. No me dejaron dormir en toda la noche.
- Eran ya las 4 AM. Ni miras de descansar y con resaca amenazando (no estoy para cocktails de Marylin Monroe, ya no estoy en edad). En la duermevela, un calambre terrible en una de las pantorrillas; trato de sacudirla para salir del espasmo muscular, levantarme. Inmediatamente entra en calambre la otra y me duele horrores. “Son mis muertitos rompebolas que quieren llamarme la atención. Claro, no les armé nada este año, sólo al Darno…me quiero dormir!”
- Al rato: Astor por primera vez se cae de la cama. Cae arrodillado en el colchoncito, el cuerpo encima de la cama estirado, casi dormido. Parece que estuviera rezando. Lo acomodo. Son las 6 AM y todavía no logré dormir, me pasé “velando”. Al rato amanece y todo el mundo se pone a llamar por teléfono.
Qué nochecita! El Darno casi me incendia la casa, los otros me tiraron de los pies (como si tuviera diez años y pudieran asustarme), y yo para colmos, con cruda. Por suerte, a partir de mañana empezamos a salir del ciclo de la muerte. Al menos del voluntario, claro.
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Alquimia silenciosa
Recientemente (por esos recovecos invisibles de este laberinto virtual) me puse otra vez en contacto con Leoncio Lara, el célebre Bon de “Bon y los enemigos del silencio”, un músico talentoso, original y -lo que es más inaudito- humilde. “¿Y qué has hecho los últimos 25 años?”, dijo él. El resurgimiento de “Bon” como parte fundamental del nuevo hit de Aleks Synteks, “Hasta el fin del mundo”, me ha traído muchas memorias, incluso de canciones con la particular voz de Leoncio, Areán y Giacomán, todos compañeros del Colegio Madrid. Ninguno estaba en mi clase, ni siquiera en mi generación, pero éramos de los que colonizábamos los pasillos con guitarras y canciones de nuestra autoría (o no), y eso creaba una complicidad tácita. En realidad, Giacoman no andaba en los pasillos pues tocaba los teclados.Y entonces me acordé: allá por 1980-1981, Giacomán participó en un proyecto de José Manuel de Rivas, “el Pibody”. Era una especie de audiovisual con transparencias (diapositivas: en esos tiempos, nada de video y mucho menos de edición multimedia, ni vil PowerPoint!). Se llamaba “Alquimia” y era increíble: la voz de José Manuel, augurando negros finales en la plácida vida de clase media alta de nuestros compañeros, sus terribles carcajadas, las escalas y disonancias de Giacoman perturbando el ambiente, la poesía, la sugerencia… Recuerdo que César, mi querido, joven y brillante profesor (se suicidó a los 32 años dejando una estela de dolor detrás de sí entre sus alumnos), premió el trabajo de José Manuel y el mío como “categorías especiales”: no había cómo hacerlos competir con trabajos más sensatos (el mío era “Bioquímica del deporte”). Pero el de él era sencillamente descollante, inspirado, maníaco, loco, genial…
A mí no me gustaba decirle “Pibody”, aunque se pareciera a la caricatura; para mí era “José Manuel”, y el día en que me preguntó si me graduaría con él, para mí fue como si el galán del colegio, capitán del equipo de futból en las películas americanas, me hubiera pedido tal cosa: era el más inteligente, el más transgresor, el más blancucho y flacucho, de lentes, insignificante, pero con una enorme personalidad, capaz de robarse en la Librería Gandhi las Obras Completas de Borges e ir gritando que necesitaba ese libro y no podía comprarlo, mientras todos los empleados corrían detrás de él. El único capaz de querer estudiar chino, el fan número uno de Cortázar, el editor de la revista “Grugri”, el que se disfrazaba del Santo Niño de Atocha… Me llegaba al hombro, así que protagonizamos una entrada extravagante durante la graduación: yo, la única que no tenía vestido blanco sino beige; él, con una larga capa negra de poeta maldito. Eramos los últimos de la fila, en solemne procesión con las barbillas en alto. También fuimos los únicos papeloneros que sacaron 10 de promedio.
A los 32 años, y la historia se repite, José Manuel murió arrollado por el metro en la estación de Bellas Artes. Los amigos cercanos dicen que tuvo que ser un asalto, pero la policía dictaminó “suicidio”. A mí no me extrañó tanto: fue en el aniversario de la muerte de su padre. Un día antes había muerto Ana trágicamente, en el Periférico, envuelta en el olor a alcohol que delataba que su maldición la había alcanzado nuevamente. Y por esas casualidades pegajosas del azar o la sincronía, vaya uno a saber, en el pasado el padre de Ana había estado casado con la madre de José Manuel. Eran o habían sido hermanastros, pero sólo se juntaron durante un par de años en la preparatoria del Madrid. Sin embargo, al final sus destinos quedaron entrelazados para siempre en dos golpes mortales que recibimos sus amigos, uno trás otro.
Lo único que atiné a hacer fue escribir “Los funerales dobles”. Se sumaban a las muertes de Manolo, Sergio, César, Marcela, Juan, todos antes de los 30 o por ahí. Pero hacía mucho tiempo que no recordaba a José Manuel, “Peabody”, como le decían por joder. Fue uno de los mejores editores de México durante su breve carrera, un editor de los que opina, se involucra, rebosante de cultura y de referencias para guiar al autor. Mucho tiempo sin recordarlo. “Bon y los enemigos del silencio” le dieron voz nuevamente.
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Electrocardiograma del duelo (4)
Nadie podría decir que te olvidé. Yo misma sé que no te olvidé, para nada te olvidé. Pero los dos meses de tu muerte me vinieron a la conciencia uno o dos días después de la fecha. La cosa del duelo siempre funciona así: el asunto empieza a pasar a otro plano, a uno menos urgente. El día del velorio dejé todo lo que estaba haciendo para ir. El día en que se cumplía un mes quise ir al cementerio a llevarte unas flores, pero después me pareció que quizás estaba haciéndolo desde el calendario, que todavía no era tiempo de semejante momento Kodak. (Además tenía un asunto de la vida que atender, una adolescente que coquetea con la muerte, y me/te dije: “Eduardo, podés esperar. Igual contigo ya no hay remedio: ahora ella tiene prioridad”, así que deshice el plan).
Luego, el día en que se cumplían dos meses me olvidé. Se me pasó; me acordé enseguida, es cierto, el 8 ó 9, pero el 7 me olvidé. Me sorprendió. Simplemente no me acordé. No creí que fuera a sucederme. Por otro lado está bien: los muertos con los muertos…
Lo que sí, algunos de esos días en falta soñé con el Darno, o con el mundo del Darno. Iba con otra gente al apartamento antiguo de Washington Benavidez; nos recibía tirado en una cama, tipo el Zeus de Malpertuis (Orson Wells), y le hacíamos muchas preguntas. Me dejaba un mensaje personal en una cartelera, una nota encabezada “Gabriela” donde contaba cosas que tenían que ver con Eduardo y unas instrucciones que había dejado, y yo lloraba de emoción, bajito. Nadie comentaba nada ni parecía comprender. Yo buscaba un papel (todos estaban rayados) y le contestaba a través de la cartelera: “Maestro Benavidez (así le gustaba a Eduardo que se le llamara)”, confirmándole la enorme alegría que tendría de ir a hablar con él sobre todo eso. Sueños de compensación, que les dicen. Supongo que lo de “Maestro” también tiene un eco en Levrero.
Otro día (o mejor dicho, otra noche, en esa doble vida de lo onírico) el Darno no quería cantar más. Se involucraba en unas extrañas representaciones que se podían ver por circuito cerrado (¡espero que no fuera Big Brother!). Creo que su discurso deliraba un poco; además, estaba disfrazado y con los ojos cerrados. Luego, él y yo estábamos en un cuarto tipo juvenil, con dos camas de una plaza, todo desordenado. El tomaba su guitarra y se ponía a cantar Dylaniana; se acostaba y seguía cantando y tocando. Yo estaba haciendo tareas domésticas (tipo preparando la ropa sucia en el canasto) y me iba a ir a terminarlas, pero de pronto me daba cuenta: “Estoy aquí, con el Darno, que está cantando!”. En el sueño, recordaba la historia bíblica de Marta y María. Me tiraba yo también en la otra cama a escuchar.
Al poco, él interrumpía la canción. No terminaba de cantarla. Se daba cuenta de que estaba cantando, pero sencillamente ya no quería volver a cantar. Nunca más.
cuando no tengas dinero camisa ni amor
y hayas quebrado el espejo
y tengas los ojos ciegos del alcohol
todos tus pasos se irán perdiendo
a ningún lado podrás llegar
ahora nadie abrirá las puertas
para que tú puedas descansar……será mejor que te mueras…





