Etiqueta: arañas

  • Le decía “mi casa” pero era alquilada…

    Le decía “mi casa” pero era alquilada…

    …me di cuenta cuando tuve el accidente, es decir, cuando perdí prácticamente todas las ilustraciones de mi blog en un mal movimiento cibernético. En el tsunami, fue arrastrada también la plantilla (que era original, diseñada para mí por artes ajenas, un generoso regalo irrepetible que me representaba). Ahora tiene una plantilla estándar, como ven: masiva, repetida, anónima. Blogger era mi casero y me cambió las leyes, o yo cometí un error, o ambas cosas se juntaron en conspiración fría; luego me enteré de que lo mismo le pasó a varios blogueros, caídos en el campo de batalla. Un buen día, mis imágenes desaparecieron. El blog lo empecé en el 2004; luego lo dejé intocable hasta el 2007, y a partir de entonces escribí mucho aquí, muchísimo. Un mal movimiento, sí. Un accidente. Lo que pasa es que un blog es una delicada criatura que se alimenta, cuida, acaricia y cura; como un Billikín del misterio bíblico, un coacervadito de Oparín de código binario que se desliza nadando, gozoso, en el caldo primigenio de internet. No, no tiene arreglo. Así se quedó el mío, flotando boca arriba, mortalmente herido, zozobrando en los océanos de la World Wide Web. Porque un blog es también una obra multimedia, no solamente textual. Necesita sus imágenes, sus links, sus videos arqueológicos de YouTube, sus soundtracks absurdos, sus complicidades. Se lee en varias dimensiones simultáneas. Un blog de casilleros grises con enormes signos de exclamación para marcar la ausencia de una ilustración es, sobre todo, una obscenidad. Semejante presencia de su plataforma es imperdonable para la vista, como si le miráramos la ropa interior.

    Perdí las ganas de escribir. Al menos aquí, bajo estas circunstancias.

    Y sin embargo, creo que llegó el momento de que nos vayamos poco a poco de ese enjambre infernal de las redes sociales, que volvamos a concebir narraciones unitarias, con cierta extensión o desarrollo; salirnos de ese parloteo ubicuo del megusta/nomegusta en el que nos hemos embarcado todos como liceales bobos mirándose al espejo. Tenemos que resucitar la blogósfera, antes de que sea demasiado tarde. Por eso he tratado de remendar algunos posts, de recuperar sus imágenes, de rellenar las cicatrices. Pero no me da la paciencia, me falta capacidad de tejido, de telar, de araña, de Penélope. Yo me harto tarde o temprano del telar, tiro todo con el brazo y me pongo a buscar la espada, como un Aquiles disfrazado que, cuando se aburre, termina delatándose a sí mismo. Y sin embargo a veces el dolor regresa, y me veo allí, tan torpe, intentando remendar otra vez; me veo bordando con hilo contrahecho, cosiendo a cáñamo con mis groseras puntadas. Pero no, nunca lo recuperaré como era.

    Quizás deba dejarlo ir como una ballena perdida, internándose en altamar cada vez más lejos, hasta que pueda olvidarlo.

    Tener hosting propio sería un primer paso razonable.

    Igual, se sabe que Job no recuperó a su familia muerta: únicamente formó otra.

    Es un final feliz bastante tramposo.

  • Tejidos

    Tejidos

    Maté a la araña ni bien entré al cuarto. Era enorme. 
    No me molestan, no me asustan: es solo esa irritante posibilidad de que me piquen mientras estoy dormida, una espada de Damocles que complicaría aún más mis insomnios. Imposible tolerarla en mi ecosistema. 

    Le pedí perdón y la aplasté. Varias veces, para asegurarme de no haberla dejado en un inmerecido loop de sufrimiento. Se veía tan pequeña sin esa expansividad estelar que tienen las patas de las arañas. Lo mío fue ese acto incomprensible de nuestro Dios injusto: la araña nunca hubiera podido vislumbrar mis motivos ni remotamente. 

    Al otro día, cuando me bañé, descubrí todo un maravilloso tapiz casi invisible que adornaba y unía el calefón con el vidrio al exterior. Flotaba, en su vaporosa condición de tejido mágico, movido por la brisa. Su brillo realzaba la vista del montecito arbolado, enmarcado por la ventana. 

    Tuve conciencia por un momento de que esa era la obra de la araña, su legado. Bello. Frágil también. Y ya ni siquiera estaría allí la araña para arremangarse y poder reponerlo, si acaso yo lo deshacía en ese momento con un dedo. 
    Cerré las canillas, me sequé y vestí. Afuera encontraría otros rastros de arañas todavía vivas. Ellas toman cada espacio, cada segundo; nunca pierden el tiempo. Saben bien quiénes son, y así lo expresan. No, no pierden el tiempo. 

  • Mirarse el ombligo/ La Reina de Pentáculos


    Hoy volví a hacer el ejercicio de sacar al azar una carta del Tarot Mítico, acompañando esta vez (para mis adentros) a los alumnos del taller de los martes. Motivación literaria nada más, claro, pero en el fondo del fondo todos dejamos susurrar a la sincronicidad en estas cosas. Reina de Pentáculos. Tomé la carta entre los dedos; le di vueltas, una y otra vez, incrédula. Con algo de vergüenza, incluso, cuando me percaté de mi emoción, de mis ganas de que fuera verdad. Que el campo, el trono, el racimo de uvas, el escote generoso, el cabello rojo fuego, la belleza misma de la reina, que todo eso tan vital fuera verdad y me estuviera hablando a mí; que la reina fuera inexplicablemente mi reflejo en algún espejo. Un pedazo de mí misma que, inadvertido de mirada alguna, resplandece inocente del otro lado de una cámara Gesell. Pero, claro, no es la Reina de Pentáculos quien parece estar en un centro de detención penal pasando por un crudo interrogatorio entre los puchos apagados de Kafka; no es ella la que toca el mapamundi de papel de lija en un jardín de infantes Montessori: ella -no yo, la que mira- es la que preside, soberana, y se rodea de onduladas colinas verdes, de animales pastando, de libertad, de vegetación serena con olor a flores, a vino tinto, a pinocha y eucaliptos.

    Ella -no yo, la que mira- es la que se sabe hecha para el trono (es curioso que los posabrazos estén adornados por cabezas de carnero, ecos del vellocino de oro por el que tanto se afanaba Jasón en el Cinco de Bastos que me salió anoche); lo que pasa es que fui yo, no ella, la que sacó la carta entre las otras setenta y siete del mazo.

    Es maravilloso: la Reina de Pentáculos, a pesar de sus connotaciones positivas -o precisamente por ellas- vendría a ser como mi Sombra en estos momentos, todo lo que siento lejos, muy lejos; lo que no puedo ver en mí misma y sin embargo me parece familiar. Ninguna carta sería más indicada para pintarme al revés, si me he de guiar por lo que vengo viviendo en las últimas semanas: cuando leo el apartado Cheerful me río en cada uno de sus cinco puntos, como si algún aciago demiurgo se hubiera empeñado en enfrentarme con mi caricatura maltrecha.

    Sin embargo, no puedo negar que casi todo esto me resuena en algún sitio; en alguna habitación del castillo, quizás ahora temporalmente cerrada con portones de hierro. No es que desconozca del todo los dones de esta Reina de Pentáculos. Como dije, yo fui quien la sacó de entre las otras setenta y siete cartas del mazo. Pero hoy nuestra cercanía no podría ser más que un chascarrillo del inconsciente, o quizás un rezo tácito.

    Attractive
    is appealing and popular
    creates a powerful first impression
    makes friends easily
    has great sex appeal
    is warm and outgoing

    Wholehearted
    is loaded with enthusiasm
    tackles a task with total dedication
    gives the utmost in any situation
    is open and sincere
    doesn’t hold anything back
    Energetic
    leads a busy and active life
    is vigorous and strong
    radiates health and vitality
    has an inner vibrancy
    is a natural athlete
    Cheerful
    is optimistic and upbeat
    has an encouraging word for all
    brightens whatever room he or she is in
    has a warm and sunny disposition
    can shake off the blues easily

    Self-Assured
    quietly demonstrates self-confidence
    handles any situation with aplomb
    can’t be easily rattled or provoked
    is spontaneous and gracious in defeat
    has faith in his or her abilities

    Sí; definitivamente es ella -no yo- la de la corona de oro puro, la de la túnica anaranjada, transparente, que delata sus formas femeninas sin la menor preocupación, sin culparse por ello; ella es la que funde sus pies con el pasto y con la tierra, como si echar raíces fuera algo casi a priori, un supuesto de todo ser vivo que aspire a la realeza, a realizarse, a ser rey o reina, a la realidad. En la mano derecha lleva una moneda gigantesca de oro, redonda y sólida como un globo terráqueo: cosas de reyes. Pero los que saben de esto dicen que no se trata de monedas, que los pentáculos son, más bien, herramientas para magos. Como sea, riqueza. Mucha riqueza.


    Mientras escribía durante los quince minutos del taller, me pareció recordar que dentro de este mazo en particular, con su corte mitológico, la Reina de Pentáculos representa a Penélope, reina de Ítaca (ciudad de la que soy ciudadana ilustre desde hace muchos años). Penélope, con todas sus connotaciones, sus tejidos destejidos que la hacían aparecer como una hiladora ineficiente, una laboriosa ama de casa frustrada, una insomne al borde de la iluminación maníaca, una araña presa del autosabotaje por negarse a tejer su telaraña, una dama sola y tristemente desnorteada. Cualquier cosa, excepto una estratega. Que vaya que lo era, como también era necia, tan necia. Porque sabía lo que quería y además le hacía caso a sus corazonadas: el Mc Combo existencial. Penélope era reina porque se sentía tan segura de sí como para no necesitar mostrarse especialmente competente frente al mundo. O quizás porque en su interior también moraba un rey, el Odiseo invisible (presumo que el visible no fue mucho más que un extra en su película). Es decir, tremendo Ánimus junguiano, capaz de determinar su fe en sí misma y la suerte de aquellos hermosos tejidos destinados al secreto, a no ver jamás la luz del día -a no ser vistos por nadie, más que por ella- para así evitar que las tramas siguieran avanzando. Una paradoja, ese deshacer los rastros de tiempo con el fin de poder seguir haciendo tiempo.

    Diría que el Ánimus, visible o invisible, es uno de los derechos fundamentales del ser humano; el Ánima también, desde luego. No estar en buena relación con estas figuras internas nos puede llevar hasta a morir de inanición.Y a Penélope le funcionaba, como fuera: el hombre que la acompañó y le dio fuerzas durante veinte años vino de su propio y exclusivo mérito, no de Odiseo-el-de-la-cédula (en ese caso).

    Entonces termina el taller y me lanzo a buscar a mi flamante Reina de Pentáculos en el librillo del mazo, a ver qué tiene para decirme (más allá de mis especulaciones desde la imagen misma de la carta). Y ahí me encuentro con que le erré de reina, que Penélope de Ítaca era, en verdad, la Reina de Bastos; en su lugar, conozco a Onfala, reina de Lidia. Este personaje, cuyo nombre significa “ombligo”, aparece en el ciclo de historias sobre Hércules: resulta que el héroe, en un momento poco estelar de su carrera, fue puesto a la venta como esclavo sin nombre.

    Y la reina Onfala, que había heredado el reino de su último esposo y era una gobernante más que hábil, no lo dudo demasiado: sacó su MasterCard, Plan Pentáculos Sin Recargo, y se llevó a Hércules quien le sirvió fielmente durante tres años. Pero hay que leer el librillo para contextualizar un poco el asunto:

    “Compró a Hércules como amante más que como luchador”; “Ella pasaba la mayor parte de su tiempo con el héroe, abandonándose completamente al placer”; “La Reina de Pentáculos es una imagen de la fuerza femenina y de la sensualidad, que puede esclavizar incluso a un hombre tan indómito y tan bruto como Hércules”; “No se trata simplemente del deseo de satisfacción fìsica, sino de una fuerza primordial que tiene dignidad y poder a la vez. Al servicio de la Reina Onfala, Hércules pasa por una especie de iniciación -y nosotros también: cuando la encontramos en nosotros mismos, debemos someternos al poder de los instintos y al reconocimiento de que incluso
    la mente más elevada y la espiritualidad más exquisita existe en un cuerpo que está hecho de tierra”; “Su adquisición del héroe como amante no se debe a que no tiene otros amantes a su disposición, sino a que ella quiere el mejor. Por eso puede ser tomada como una imagen de la valoración de uno mismo, porque Onfala se trata a sí misma y a su cuerpo lo mismo que a su país, con cuidado y abundante generosidad”; “De todos modos, Onfala no es meramente sensual. Es una soberana que actúa en su derecho, y está preparada para ser generosa pero siempre realista y conservadora de su riqueza y de su territorio”.

    Luego del primer impulso hacia el ataque de pánico que me provocó la idea de hacerme cargo de los inesperados mensajes de la otra Reina de Pentáculos -tan lejos de los conocidos, los de Penélope y todos mis camaradas de Ítaca a los que aludí primero-, lo pensé un poco y me di cuenta de que todo esto tiene bastante sentido. Lo de la soberanía sobre el territorio personal. Lo del cuidado propio. Lo del reconocimiento del cuerpo, que también sufre los embates del alma. Lo del deseo como motor y fuerza. Lo de la generosidad, que se cuida de prodigarse indiscriminadamente, a cualquiera, sin tomar en cuenta la economía global del reino. Lo de la valoración de uno mismo, en suma. Aplíquese esto a todos los órdenes, no sólo a la posibilidad de agenciarse a un escultural Hércules como esclavo. Alguien me habló una vez de una expresión legal de fidelidad a la corona (británica, por supuesto) que no podría ser más adecuada en este caso: At Her Majesty´s pleasure.

    ¡La Reina de Pentáculos hasta se burló de mí, intentando reconciliarme con el terrible dragón del Cinco de Bastos que anoche casi me lleva al envenenamiento! Por lo visto, ella tiene sus particulares recursos para enfrentarlo; a juzgar por la carita del dragón, le debe dar mejores resultados que las antorchas de Jasón con todos sus argonautas:

    Esto me pasa por sumarme a los ejercicios de los alumnos en secreto. Pero lo hago para no perder contacto del todo con los desafíos de las propuestas a las que los arrojo, pobres. Lo hago para sufrir un poquito, como ellos; para expiar mis culpas y no perder el camino como guía.

    Nadie vaya a creer que estoy tratando de encontrar alguna respuesta personal. Qué va.

    Todo hubiera sido tanto más fácil con los telares de Penélope…

    Maldición.

  • Noche de Walpurgis: Ginebra, Arturo, Morgana, las hadas del bosque, mi novela y yo

     

    Cuando la gente se va a un retiro (religioso, profesional o en el marco de un proceso terapéutico), generalmente lo hace para encontrar la paz que le permita acometer ciertos proyectos u objetivos, o para que terminen surgiendo espontáneamente procesos que, de otro modo -de no ser por ese “fuera del mundo” artificial que se crea-, costaría demasiado contactar o por lo menos llevaría muchísimo más tiempo. Uno se va, confiado en que su rutina, su mundo de todos los días, lo estará esperando allí cuando regrese, intacto e inmóvil, como el castillo de la Bella Durmiente que seguía preso del hechizo un siglo después.

    Mi rutina, mi mundo de todos los días, saltó en pedazos recientemente, y “paz” es lo último que puedo esperar en medio del inmenso dolor que estoy viviendo ahora (dolor cuyo sentido es, precisamente, tratar de recuperar dicha paz). Creí que, para mí, el soñado retiro literario en Solís, con el ya probadísimo equipo femenino de escritoras -y amigas-, quedaría literalmente en el tintero. Nadie puede escribir una vez que el tsunami golpea y arrasa con todo: se dedica a salvar la vida, a recobrar las maltrechas pertenencias que flotan, a reparar la casa o improvisar un techito, a sostener a otros heridos, a dejarse curar por las brigadas solidarias, a buscar alimento día a día, sin acopio posible, a juntar leña para prender fuegos que recuerden el hogar. Sí: uno se dedica a sobrevivir cuando el tsunami golpea; lo último que podría hacer es escribir. Tampoco se puede escribir mientras se avista la ola a lo lejos, por cierto.

    Un amante del cine arte me comentó una vez sobre una película de aquel director interesante (aunque demasiado arriesgado en sus propuestas estéticas, a mi gusto) que filma ese preciso momento y lo sostiene como en una cámara lenta eterna: la ola gigante a lo lejos, imponente, majestuosa, durante rollos y rollos de filme. Los espectadores permanecen, igual, en sus butacas, por la arrolladora belleza de otras secuencias en la historia. Personalmente, semejante imagen me causaría torturantes pesadillas por su contenido arquetípico.

    “No importa, vení igual, aunque sea a pedacitos”, fue -más o menos- el mensaje de mis compañeras en la pasada noche de Walpurgis. Y milagrosamente fui. Claro que a pedacitos, pero rodearse de siete hadas y un bosque ayuda a la sanación, por más duros que hayan sido algunos momentos. El silencio creativo me hace bien; los momentos de amistad gozosa, también. Y aunque no haya escrito mucho más que mis bitácoras de la vida, leí con concentración  mi novela trunca (no puedo llamarle ya “proyecto” cuando tiene 180 páginas escritas, aunque haya sido hace siglos) que sorprendentemente me dijo mucho de mí, de lo que estoy viviendo ahora mismo, a años de distancia; me conectó, página a página, con mis búsquedas de siempre. Retomé nada menos que el sentido del juego, el desafío y el misterio de escribir esa novela. La tríada bendita. Nada mal para un retiro en el medio de un tsunami.

    Estuve llorando en la hamaca, tapada y escuchando música, hasta que en medio de esa desolación un hilito de luz, de esos que se filtran desde las copas de los árboles, me hizo sentir que encontraba algo como el camino de regreso a mí misma y a mi fuerza, a mi alegría de ser yo, la que soy. Al final, el Darno estaba cantando/me en francés; era parte de esos hilos de luz, de muchos hilos que se entretejen para sostenerme. No es cierto que la imagen de la telaraña implique lo malévolo, lo destructivo; quizás esa sea la realidad de los insectos. Para mí, los hilos, la red, la telaraña que se teje son todos huellas, rastros, señales y ovillos de salida.

    En ese mágico momento de retorno, me pareció ver una línea que aparecía y desaparecía a medida que la hamaca se iba meciendo. Una finísima línea vertical que se ocultaba y se dejaba ver en una danza de brillos y transparencias. Bajaba desde no se sabe dónde hasta mi bota; parecía un inesperado rayo láser de la Guerra de las Galaxias.

    Cuando al fin me di cuenta, quise correr a contarle a Morgana, pero me contuve para no distraerla de lo suyo. Allí, mientras estuve rearmando mis pedazos en la hamaca, asida a mis guías invisibles, entre temporales y naufragios, una araña tuvo el atrevimiento bendito de tejerme encima el primer hilo de su futura telaraña. Por un instante, tuve a Levrero frente a frente, o al menos habrá sido el recuerdo de su lección principal: la autenticidad, el valor de ser quien se es, incluso cuando la gente que amamos y que nos ama no pueda comprenderlo, mucho menos acompañarlo. Memento mori.

    Observé por última vez, maravillada, el fortuito brillo que me hablaba al oído, y tomé entonces el hilo casi invisible con la mano izquierda. El regalo de la araña se quedó conmigo. Estaba en paz. Sabía que no duraría, pero lo estaba.

    La noche de Walpurgis misma prendimos un gran brasero, comimos guiso de lentejas, tomamos vino, quemamos unos papelitos que guardaban todo aquello de lo que nos queríamos desprender en nuestras vidas y luego otros papelitos con lo que deseábamos con toda el alma. Fue una especie de ritual improvisado; yo comenté que iba a ser difícil que alguna iglesia lograra captarnos alguna vez, con semejante poder de autogestión. Cada una sacó, además, una carta del tarot del Rey Arturo que Morgana había llevado. Ocho cartas, como dardos certeros, con capas ocultas que continuarían luego, en los días por venir, su proceso de cebolla hasta develar la totalidad del oráculo. Un círculo de mujeres escritoras alrededor de un brasero prendido convoca fuerzas muy poderosas.

    A mí me tocó el Cuatro de Espadas. No sé qué dirá la estadística de estas cosas, pero desde mi experiencia personal era imposible que saliera un palo distinto que el de espadas. Conozco bien la carta, sus significados habituales, pero no en esta versión del Rey Arturo, que además me llega especialmente por mi condición de Ginebra. La imagen que presentaba este tarot para ilustrar dicha carta era Isolda la de las Blancas Manos. Recién como una semana después, los insights me empezaron a golpear, pero esa es otra historia (que quizás escriba luego aquí). El significado liso y llano que el librillo daba sobre mi Cuatro de Espadas decía así:

    Recuperación. Sanación. Retirada a un entorno seguro y tranquilo. Tomarse un respiro. Abandonar una situación tensa y caótica para aclarar la mente y evaluar los propios planes. Indagación serena en la propia alma. Recuperar la fuerza y dirección. Recibir protección y cálida hospitalidad. Convalescencia. Abandonar un estilo de vida peligroso. Puede indicar una estancia en el hospital. 

    [espero que esto último sea en un sentido metafórico, aunque a estas alturas todo es posible]

    El lugar común de hoy: “”Y, viejo, qué te voy a decir… ¡de que las hay, las hay!”  Mucho más todavía un 30 de abril, aquelarre de Walpurgis. Noche en la que, a cierta hora, los cielos y la luna se oscurecen por la multitud de brujas que surcan los espacios. Yendo al encuentro con sus pares.

  • Pequeñas traiciones

    Cuando veo El libro de los pedacitos mágicos entre los enlaces favoritos de algunos internautas asiduos, me topo con la realidad que trato de obviar: “Actualizado hace 4 semanas”. Maldito letrero. Lo peor es que, en el fondo, bien que lo sé: no es que no me haya dado cuenta. Mil y una vez tuve ganas febriles de contar algo aquí, de compartir trozos de los diarios personales que estoy leyendo. Una caja entera subí del sótano. Son viejos, muy viejos, pero sabios, o por lo menos conscientes de sus procesos. Y uno que conoce los finales de las  historias (de algunas historias: otras están en progreso) se maravilla del privilegio de tener semejantes registros documentales. Es increíble, también, cómo va cambiando en nuestra memoria lo vivido: nos queda una “versión oficial” de los hechos, algo que nos hemos creído a fuerza de repetirlo. Pero cuando uno tiene acceso al momento, a la introspección desde el presente (que hoy es pasado, pero en el diario sigue siendo presente), no siempre coincide con aquello que finalmente hemos aceptado como cierto. La autobiografía es una mariposa cazada en el instante en que vuela; si no, es casi casi una ficción. Ahora que empiezo el taller de historia personal, será bueno tener esto presente.

    El asunto es que no escribo en el blog. Se me deshilachan las experiencias antes de sentarme a tejerlas. Soy una araña mala, un hilo de Ariadna sin madeja.

    Si escribiera cada día, o cada dos días, esto no me pasaría: serían comentarios pequeñitos, pedacititos mágicos o vulgares, no una maraña imposible de ordenar sin brincar de una cosa a otra, como si estuviera navegando en internet. ¡Pero no lo hago!

    En uno de mis diarios, encontré una frase que, en su momento, me hizo llorar de la impresión, cuando la leí por primera vez. Es de Kafka, aparece en uno de sus diarios o sus cartas:

    Un escritor que no escriba es, de hecho, un monstruo
    merodeando la locura

    Hay infinitos tesoros a recuperar en esos escritos, míos y ajenos. Lo único que tengo que hacer es un poco de arqueología, que la hago -a veces me quedo leyendo hasta las cuatro de la madrugada tomos de 15, 20, 25 años atrás, pacientemente borroneados con mi característica letra manuscrita-, pero de nada sirve la investigación sin reportes finales, conclusiones, documentos. No queda constancia de esos viajes, ni para mí siquiera. El juego de los tiempos es de ida y vuelta, no puede quedarse solamente en el pasado.

    Astor grita en este momento desde el baño: “¿Hay arañita?”. A menudo lo hace; necesita que esa tranquilizadora y mentirosa voz de su mamá le diga: “No, ya revisé hoy”. Pero no deja de ser curioso que justo ahora me salga con la araña. Yo, la araña que no teje su tela.

    Cuando le dije al terapeuta que lo que realmente me hace bien para descansar, o lo que me hubiera gustado poder hacer también en las vacaciones, es subir al altillo y leer los diarios viejos, pensó que me refería a los periódicos. Como si fuera a tener escondida una maniática hemeroteca con ediciones pasadas de El Día, Jaque, Marcha o quién sabe qué más. Pero mi único tema de arqueología soy yo misma.

  • La araña y el pajarito de colores

    Anoche yo tenía en las manos una burbuja de vidrio transparente en la que, luego de agregar agua o por algún otro procedimiento externo, la mezcla sólida que había en su interior se convertiría en una mascota, concretamente en una araña. Creo que estaba Astor conmigo, el más interesado en la supuesta mascota. Hacemos lo indicado, la mezcla se vuelve coloidal y, luego de que un bulto vivo forcejea en su interior contra la capa sólida de la superficie (tipo nata), emerge no una araña sino un pajarito de todos colores.

    Quedamos perplejos; el pajarito, claro, es mucho más lindo que una tarántula, pero al verse atrapado revolotea desesperado, volando y golpeándose contra las paredes de la burbuja. Como soy yo quien la tiene entre las manos, me da un poco de asco estar tan cerca -tengo cierta aversión por los pájaros-, incluso siento su calor contra la esfera. Me doy cuenta de que una araña sí, pero un pajarito no podrá sobrevivir con tan poco aire. No sé qué hacer; en el rostro del pájaro hay un gesto de angustia, se empieza a aquietar, a enfermar, y al final muere; queda tirado allí, en el interior de la burbuja. Yo me culpo -creo que frente a mi madre- porque tendría que haber buscado la forma de sacarlo de allí, de dejarlo volar. No supe qué hacer, quizás debí haber roto la esfera, pero la desesperación del pajarito chocando contra las paredes y su aleteo me intimidaron. “La adulta era yo”, digo. “Tendría que haber actuado para salvarlo”.

    Le pedí una interpretación a Guzmán, aunque no es demasiado amigo de los sueños. Me dijo algo más que atendible: que el sueño me advierte que yo por lo general espero lo malo (la araña), pero si lo bueno me sorprende (el pajarito) no sé qué hacer con eso e incluso puedo llegar a perder la oportunidad. Me gustó, reconocí que hablaba de algo mío, ciertamente. Estoy segura de que hay muchas formas de verlo y muchas me aportarían su parte. En el proceso de desentrañar el mensaje del sueño, sentí de golpe una emoción que reconocía de qué se trataba, finalmente. Tiene que ver tanto con la araña como con el pajarito de colores. Porque la araña no está puesta ahí por casualidad: en la araña, Levrero encarnaba su consejo de que escribiera sin tregua y sin que me importara nada. Que una araña no puede evitar ser quien es y tejer telarañas; que eso es lo que realmente sabe hacer, lo que pulsa en su interior, lo que quiere hacer: no sería araña, por cierto, si no tejiera telarañas. Ahora, que caiga una mosca o no en su tela, eso es otra cosa; quizás la araña muera de hambre tejiendo, pero esa es su naturaleza. No garantiza la supervivencia, pero sí la autenticidad. “También te podés emplear de cajera en un supermercado”, decía, o algo así. Algún día tengo que encontrar ese mail y publicarlo aquí, porque el mensaje, por supuesto, no es únicamente para mí (como casi todo lo de Levrero).

    El asunto es que yo ya no puedo ser la araña que teje la tela. Por muchas razones. Pero sí puedo, quizás, ser el pajarito de colores, menos metódico, más caprichoso. Nunca en una burbuja transparente porque me quedo sin aire; nunca sin poder volar porque me muero. Y en el sueño yo soy la que se equivoca, la que no sabe cómo reaccionar frente al cambio inesperado de la araña levreriana por mi pajarito de colores. La que lo deja morir de asfixia.

    Hace un rato encontré una correspondencia electrónica del 2005 con Alicia Hoppe, la ex mujer de Levrero. Fue antes de que me volviera de México. Parece que yo le había confiado una experiencia de esas inexplicables (porque son netamente intuitivas): a los pocos días de la muerte de Levrero, un pajarito se posó varias veces en mi ventana de Querétaro y golpeó insistentemente con su pico. Quién sabe por qué, pensé en aquel momento que se trataba del propio Mario (*).

    No era un pajarito de colores, pero tampoco una araña.

    (*) Quizás inconscientemente esta asociación venga de la vieja lectura de Diario de un canalla, en donde un gorrión -al que Levrero llama “Pajarito”- representa esa especie de “Espíritu”, de entrega a la escritura y sus misterios. Yo estoy en las mismas, seguramente, y el mío además era colorido, tan colorido como el dibujo de un niño antes de ir a la escuela. Recomiendo que lean este libro de la “segunda trilogía involuntaria”, o al menos el comentario en este enlace al respecto.

  • Cuentas regresivas

    Es inútil escribir luego de que las cosas pasan y se procesan: los dragones ya batieron sus alas espinosas en las mazmorras y los sótanos secretos quitándonos el sueño, las serpientes marinas dejaron ver sus larguísimos cuellos-cuerpos emergiendo por un instante de nuestras profundidades más turbias, los felinos depredadores hicieron chisporrotear, casi por crueldad, su ancestral mirada enemiga del hombre en la noche eterna de los orígenes. Pero eso ya pasó, todos están convenientemente guardados en los zoológicos, las tiendas de mascotas y los cuentos infantiles, y uno respira protegido por sus rutinas, rituales y apuros cotidianos, ebrio de falsa inmortalidad (tan ficticia como los dragones y las serpientes marinas, tan agazapada la muerte propia como un tigre). Hubo un momento hace un mes o mes y medio en que creí que el medidor de voltaje emocional y existencial me saltaría en pedazos ante tantas movidas interiores, los bomberos de la vida llegarían -con sus sirenas y sus luces cargadas de metáforas- a apagar mis incendios, y hasta un comando antiterrorista se descolgaría de mi Sí Mismo hacia mi inconsciente con intención de doblegarlo e imponer sus visiones llenas de luz y de “lo tengo en la punta de la lengua, pero no existen las palabras para nombrarlo“. Escribir hubiera sido no la solución -porque no se trata de un problema, sino de un viaje- pero quizás sí el boleto, el acuerdo, el espacio, el “Hágase”, el mapa del tesoro, el hilo de Ariadna para volver a tejerme y retejerme, para desanudar, para poder fijarse más en las paredes, olores, ecos del laberinto, porque uno está seguro de que será conducido a su salida tarde o temprano. Y no pude hacerlo: las experiencias se agolpaban sin asidero en mi alma, como naipes desplegados, y yo ahí, perdida, sin calderín ni red, tocando pompas de jabón que sin remedio estallaban sin dejar ni huella.

    Esto, por supuesto, me recuerda cosas que ya sé, como que escribir es un compromiso. No con una coherencia editorial ni una carrera, no con una identidad, ni siquiera con un público lector (que es, en el mejor de los casos, o debería ser, tan sólo una consecuencia). Escribir es un proceso de por vida, un idioma materno, una categoría kantiana que ordena lo impenetrable e inasible, lo que no se deja tocar. Escribir es como sería tomar los votos en un mundo en el que la religión institucionalizada realmente significara aquello a lo que apunta. Pero los votos se renuevan cada día, en el Ángelus, en la meditación, en los paseos alrededor del aljibe observando las flores y los pájaros, en el trabajo comunitario silencioso, en el claustro, en la celda al caer la noche, en los rezos a solas. Si no ingresamos al convento pensando en hacer allí la vida para siempre y en sagrado aislamiento (al menos simbólico, un rato por día), todo serán puros títulos, máscaras, disfraces mundanos sin contacto con Dios o como quiera que se llame eso que perseguimos. O que al menos yo persigo, cuando me adentro en mí misma y presto mi mirada para que se pose sobre el lomo cansado del mundo.

    De más está decir que este doloroso alejamiento de mi propia escritura es algo que no me cierra en el balance 2008. Gran ventaja de los ciclos: ordenan las excusas e imponen finales desde la convención social para darnos otra oportunidad.

    Creo que haré una cosa: empezaré de adelante para atrás, a ver si por alguna piedad del universo aún logro cazar alguna mariposa en la red, en la telaraña algún insecto. Alguien me dijo una vez en relación a la escritura que la araña teje la tela porque no tiene más remedio, porque es araña y no concibe no hacerlo. Si logra apresar algo en ella, bien, y si no morirá de hambre, pero lo hará siendo araña. Buscaré la cita: era mucho mejor que esta paráfrasis culposa, con todo eso que me ataca cada vez que me baño y veo por ahí una arañita ocupada en sus cosas.

    El Año Nuevo nos encontró en Atlántida, balneario que -como Piriápolis- suena a épica, gestas y mitología griega. Muchos fuegos artificiales que lucían más por la edificación baja de la ciudad y el plan vacacional de los visitantes (parece que no repararon en gastar bastante comprando caras lucecitas que duran un brevísimo instante: bien hecho). Los tres solos, y esos bracitos celestiales que nos abrazaban a ambos a la altura de las piernas, mientras una vocecita emocionada de niño decía: “¡¡¡Feliz Año Nuevo!!!”. Inolvidable. Si -según dictan mis supersticiones personales- el comienzo del año es una muestra significativa, un corte sincrónico de lo que será el ciclo entero, esto me da buen augurio [*]

    Claro, de vivir realmente en un convento, real o simbólico, me perdería estas cosas. Preguntadle a mi bella y concentrada tocaya; yo hace un buen rato que dejé de ser Sor Soneto Onetto, como en la adolescencia.

    [*] Bajo esta luz profética, prefiero no pensar demasiado en que tuve gastritis, es decir, que estaba enferma. Me fijaré solo en el buen clima de intimidad y en el hecho de haber cocinado una cena especial para mi familia, evento que por lo inusual merece ser publicado.