Etiqueta: arqueología personal

  • Le decía “mi casa” pero era alquilada…

    Le decía “mi casa” pero era alquilada…

    …me di cuenta cuando tuve el accidente, es decir, cuando perdí prácticamente todas las ilustraciones de mi blog en un mal movimiento cibernético. En el tsunami, fue arrastrada también la plantilla (que era original, diseñada para mí por artes ajenas, un generoso regalo irrepetible que me representaba). Ahora tiene una plantilla estándar, como ven: masiva, repetida, anónima. Blogger era mi casero y me cambió las leyes, o yo cometí un error, o ambas cosas se juntaron en conspiración fría; luego me enteré de que lo mismo le pasó a varios blogueros, caídos en el campo de batalla. Un buen día, mis imágenes desaparecieron. El blog lo empecé en el 2004; luego lo dejé intocable hasta el 2007, y a partir de entonces escribí mucho aquí, muchísimo. Un mal movimiento, sí. Un accidente. Lo que pasa es que un blog es una delicada criatura que se alimenta, cuida, acaricia y cura; como un Billikín del misterio bíblico, un coacervadito de Oparín de código binario que se desliza nadando, gozoso, en el caldo primigenio de internet. No, no tiene arreglo. Así se quedó el mío, flotando boca arriba, mortalmente herido, zozobrando en los océanos de la World Wide Web. Porque un blog es también una obra multimedia, no solamente textual. Necesita sus imágenes, sus links, sus videos arqueológicos de YouTube, sus soundtracks absurdos, sus complicidades. Se lee en varias dimensiones simultáneas. Un blog de casilleros grises con enormes signos de exclamación para marcar la ausencia de una ilustración es, sobre todo, una obscenidad. Semejante presencia de su plataforma es imperdonable para la vista, como si le miráramos la ropa interior.

    Perdí las ganas de escribir. Al menos aquí, bajo estas circunstancias.

    Y sin embargo, creo que llegó el momento de que nos vayamos poco a poco de ese enjambre infernal de las redes sociales, que volvamos a concebir narraciones unitarias, con cierta extensión o desarrollo; salirnos de ese parloteo ubicuo del megusta/nomegusta en el que nos hemos embarcado todos como liceales bobos mirándose al espejo. Tenemos que resucitar la blogósfera, antes de que sea demasiado tarde. Por eso he tratado de remendar algunos posts, de recuperar sus imágenes, de rellenar las cicatrices. Pero no me da la paciencia, me falta capacidad de tejido, de telar, de araña, de Penélope. Yo me harto tarde o temprano del telar, tiro todo con el brazo y me pongo a buscar la espada, como un Aquiles disfrazado que, cuando se aburre, termina delatándose a sí mismo. Y sin embargo a veces el dolor regresa, y me veo allí, tan torpe, intentando remendar otra vez; me veo bordando con hilo contrahecho, cosiendo a cáñamo con mis groseras puntadas. Pero no, nunca lo recuperaré como era.

    Quizás deba dejarlo ir como una ballena perdida, internándose en altamar cada vez más lejos, hasta que pueda olvidarlo.

    Tener hosting propio sería un primer paso razonable.

    Igual, se sabe que Job no recuperó a su familia muerta: únicamente formó otra.

    Es un final feliz bastante tramposo.

  • Arquetipos

    Arquetipos

    Todo está oscuro, menos el rayo de luna que entra por la ventana del hall. El cuarto de mis padres se abre como un eco gutural, un no, un no te atrevas. Vigila mis movimientos desde su aburrida inmovilidad de lápida matrimonial, de años estáticos, de permanencia hueca. Un perseverante desatino con final feliz. En mi cuarto de adolescente, me abraza Franco a escondidas de los ojos omniscientes de mis padres, de la patrulla hiena instalada en mi mente. Pero no hay sigilo que valga, porque no puedo dejar de pensar que la puerta del dormitorio de ellos se abrirá en cualquier momento. Que mi padre aparecerá en silencio con su mirada de serpientes venenosas, reclamará su siembra, me enlazará a su feudo. Le digo a Franco que corra, que por lo menos se esconda  debajo de la cama mientras tanto, que se convierta en mi secreto eterno: Dios Padre ha despertado, estamos en peligro. Mi madre corre también, se adelanta para cerrar la puerta de mi cuarto, pero todo es en vano: los ojos de mi padre están a punto de encontrarme. Destilan pócimas verde fosforescente como la absenta, licores de insomnios crueles, vapor de los últimos suspiros inútiles. Los ojos de mi padre me buscan como faros en la noche, iluminan las tinieblas de mi dormitorio. Son duros como los de Medusa, su pupila de piedra se cuartea mientras arrastra todo en su derrumbe. Le digo, no, le grito a Franco que corra, que no deje que lo encuentre, que se salve. Si mi padre lo mira, tendré que destruirlo: no podré serle fiel a ambos. Voy a tener que elegir y elegiré a mi padre. Soy como un hombre lobo a punto de ser transformado por la luna, en plena impotencia de la voluntad de sus garras. Que corra, que se vaya, que no vuelva nunca más, que se esconda de mí, que me deje, que me odie, que se salve. La puerta del dormitorio de mis padres se abre realmente, ahora sí; sus pasos resuenan, me quedo inmóvil en la soledad fría de mi cama. Está en el umbral, su figura a contraluz, enojado, husmeando sus territorios como un león furioso, alerta como un galgo atento a cada posible movimiento de los zorros. No, no hay nadie aquí, parece convencerse. Yo estoy paralizada mirándolo mirarme, con el aliento contenido, tratando de no pensar en Franco o descubrirá en el acto mi traición. A Franco con suerte lo he espantado, lo he expulsado una vez más, lo he desterrado hasta la última frontera de mis reinos. Mi padre respira aliviado pero firme; se nota que sigue en guardia, listo a disparar sus flechas con una crueldad que no le conozco en la vigilia. Sí, todo me parece un sueño: miro a mi padre y me doy cuenta con horror de que sus ojos verdes son idénticos a aquellos inolvidables ojos verdes de Franco.


    30/8/2013
    café La Diaria
    (sobre un recuperado sueño, caricatura de manual freudiano, año 2000)


    Brooke Shaden Photography

  • Plagiando a Lawrence Durrell

    Plagiando a Lawrence Durrell

    Este es un ejercicio que hice en 1996, el año que fui al taller de Levrero. Se trataba de intentar escribir cercano al estilo de un escritor que admiráramos mucho como tal, aunque no tenía por qué extenderse al contenido. No sé si lo logré, pero me gustó hacerlo. Luego Levrero publicó un fragmento de esto en la revista Posdata; creo que a partir del segundo párrafo, porque le quería sacar un poco, precisamente, el tufo a Durrell. 


    Cuando escribía, en mi interior veía el pueblo de Tepoztlán, aunque deliberadamente trataba de camuflarlo hacia el Oriente. José Manuel era José Manuel de Rivas, cuyo destino no quedó ligado para siempre al Asturian Express sino al metro de la Ciudad de México. La niña solitaria sentada en un banquito seguramente era yo. Quién puede saberlo. 



    Resurrecciones de archivo. 





    Fragmento de Nuestro paso por la Ciudad de Luna (hipotética novela ficticia)

    La niña y yo llegamos hambrientas al mercado del pueblo, a la
    Ciudad de Luna que tan bien conocíamos. Calladas y sombrías, con  la noticia del descarrilamiento del Asturian
    Express revoloteando aún sobre nuestras cabezas, el cansancio nos atacaba el
    alma con su pico lastimoso; a la niña todavía le quedaban fuerzas para cantar
    la canción de San Patricio, aunque en adelante todo conjuro fuera  inútil para
    nosotras. De verme caminando por allí, Livia seguramente me lo hubiera
    reprochado. En lo que finalmente se convertía el regreso a un lugar infeliz,
    eso ella lo conocía  mejor que nadie ( “Tiempo, tiempo”, decía Livia en uno
    de sus  diarios personales, “a causa tuya supe lo que era  la vergüenza; nunca he llegado a
    entender tus simples señales, diáfanas y
    suplicantes).
    Años atrás, ante la noticia de mi ansiado viaje a América, mi
    tutora me lo advirtió sin miramientos: “Querida mía: el día en que vuelvas
    sobre tus propios pasos, será porque estarás 
    caminando en la calzada de los muertos. A paso lento, solemne; tú misma
    en tu cortejo fúnebre. ¿Por qué otro motivo volvería alguien a un pueblucho
    como este? Solo a buscar la muerte, muchacha; no lo olvides”. Ahora Livia no
    estaría para festejar su acierto, pero sus palabras volvían a resonarme en los
    tacones al tiempo que avanzabamos sobre
    el empedrado. Sin quererlo así, la niña y yo habíamos tenido que regresar a esa
    ciudad que detestábamos, a la ciudad de los ladrones y los espíritus nocturnos.
    En lo alto del cielo, el mismo sol de años atrás -el mismo que rajaba las  ambiciones más porfiadas- parecía burlarse de
    nosotras en esos momentos de bautismo, de polvareda reseca en los  ojos lastimados. La niña llevaba su muñeca
    marroquí, regalo de la abuela paterna; yo tropezaba a cada paso cargando con
    una valija incómoda y pesada, llena de libros y antigüedades familiares.
    Subíamos esforzadamente por la mitad de la avenida principal, sudando en el
    agobio de un verano eterno y cansador.

    Me detuve a recuperar el aliento; la niña, que avanzaba bastante más rápido que yo, volvió a mi lado
    corriendo. Ninguna de las dos había pronunciado una palabra  desde que bajáramos en  la vieja Estación Ciudad de Luna. Sobre una
    de las aceras de la callecita lateral, un pordiosero barbudo anunciaba a
    grandes voces -catástrofe de la pobreza, el púlpito improvisado sobre un cajón
    de verduras- el inminente fin del mundo. Me hubiera acercado a escucharlo, a
    dejarme envolver por las imágenes oscuras de sus inmensos maremotos. Tifones anaranjados  de fuego y de pecado, de absolución rogada.
    Miré hacia la otra esquina; había un hombre rubio bastante joven cortejando a
    una muchachita india de blancos dientes que se reía todo el tiempo. Ambos
    parecían fingir cierta torpeza, enmascararse bajo dudosos indicios de pureza primeriza a fin de alentar
    al otro en sus pasiones. Una inocencia repentina, un falso retorno al paraíso
    del primer hombre y la primera mujer. “¡Fidelidad,
    fidelidad!”,
    hubiese  rezongado José
    Manuel, “¿qué invento es ese, que no
    explica la fiebre del jugador ni sus continuas recaídas?”.
    Pero
    irónicamente, la voz de José Manuel había quedado ligada  para siempre con el frío metal de las vías
    del Asturian Express, como las piernas entrelazadas de dos amantes que yacen
    juntos hasta lograr  la muerte. La niña
    tiró de mi manga para que le diera la mano; teníamos que pasar frente a un
    grupo de gitanas que se habían instalado en la entrada del mercado, riendo y
    molestando a la gente, permanente bullicio de cuervos huidizos. Siempre me
    pregunté por qué la niña temía que los gitanos la raptaran; acaso sospechara
    que entre ellos se murmuraban palabras mágicas, irrespetuosas de su confortable
    ignorancia del pasado y el futuro; palabras mágicas que podrían aclararle
    pavorosamente su origen misterioso, su astuto destino de pequeña abandonada.
    “¡Eh, tú, la pelirroja!”, me gritó una gitana vieja llena de collares de oro.
    “Vas a vivir muchos años todavía. 
    Aunque  parece que estás un poco
    amargada, chiquitita, un poco decepcionada de la vida. Muchos muertos, puedo
    verlo, muchos amores muertos”. Yo me 
    sonreí sin dejar de mirar el piso y seguimos caminando. La niña
    entretanto me apretaba la mano con todas sus fuerzas.



    La Ciudad de Luna parecía enredar sus callejuelas sobre sí misma,
    como hace el laberinto de los intestinos y el laberinto del oído. Llegar hasta
    la iglesia, al corazón de la ciudad, hubiera sido de una insensatez violenta.
    Multitudes abigarradas y danzantes se concentraban en el centro del mercado
    vendiendo pastelitos de curry, panes de centeno, canjeando pipas pintadas de
    colores, haciendo trucos de circo para engañar al caminante. Yo sabía todo eso;
    conocía ese pueblo como las gitanas conocen las líneas de la mano; también
    sabía dónde se alojaban sus peligros. Pero eso no frenaba mi necesidad urgente
    de llegar  hasta aquel  templo. No sabía por qué de improviso
    sentía  un  arrebatador deseo de rezar, en particular por
    el alma de Livia. Entré con la niña a la primera posada que apareció al doblar
    la plaza, y allí solté la valija en medio de la recepción, harta de tanto peso
    viejo. En aquel sitio todo olía a sudores del desierto, a frutas entrando en
    el  instante sagrado de la
    descomposición. Me dí cuenta entonces de 
    que, más que firmar el libro de huéspedes -manchado por la humedad de
    tantos años sin visitantes-, más que acostarme a dormir como revancha patética
    por  las noches pasadas, más que cuidar a
    la niña incluso, lo único que yo podría hacer en aquel momento era atender esa  
    llamada oscura y gutural que provenía de la iglesia. Senté a la niña en
    un banquito descolorido. “No te muevas de aquí”, le dije seria. “Vas a tener
    que cuidar la valija mientras que yo no esté”. La niña asintió con mirada de
    pánico; yo no quise compadecerme más de sus enormes ojos marrones. Salí
    corriendo rumbo a  la plaza y me interné,
    rabiosa, en el temido laberinto.



  • Autorretrato

    Autorretrato

    [et_pb_section admin_label=”section”]
    [et_pb_row admin_label=”row”]
    [et_pb_column type=”4_4″][et_pb_text admin_label=”Text”]


    Sísmica. Plutónica. Lábil lapidaria. Fluctuante como la meteorología. Contundente. De sangre italiana. De enconos matutinos.

    Obsesiva. Capaz de detectar una errata a los dos segundos de que la vista hace foco. Desconfiada pero salgo herida por mi ingenuidad. Paranoica pero vibro en comunión con los desconocidos. Brutalmente franca pero me engaño a mí misma. Narcisista negativa. Club de Groucho Marx. Síndrome de Estocolmo.

    “O te transformas o te destruyo”, dice el leitmotiv de mis planetas. Y yo, por supuesto, siempre me transformo. Porque, además de la sombría pulsión autodestructiva, llevo también en mí una luminosa pulsión de supervivencia. “Sólo lo que es realmente uno mismo tiene el poder de sanar.”[1] Sí, genero pieles nuevas de las pieles muertas. Soy una Ave Fénix nata.

    Lo había olvidado: contradictoria. “Do I contradict myself? Very well, I contradict myself. (I am large, I contain multitudes)”[2]. Extremista. Desconforme. Demasiado compasiva con el dolor ajeno. Empática. (Enfática). Burlada constantemente por el obstáculo saturnino, aunque siempre termino saliendo a flote. Lo haré hasta que me hunda. “Me hundiré con mis banderas flameando”[3].

    Casandra de mí misma. Casi vidente arropada sin remedio por súbitas intuiciones que a menudo desoigo. Toda una responsabilidad, oír, ver. Terrorista del autoconocimiento. Kamikaze del conocimiento ajeno. Puedo mirar a los demás hasta los huesos. Un poder peligroso. Necia. Devota de Prometeo Encadenado.

    Nadie le halla explicación, pero descompongo las máquinas cuando estoy alterada. En los trámites, sufro todas las excepciones, nefastas coincidencias, atrasos y errores posibles. Tampoco nadie le halla explicación. Ahora maduré: aprendí a hacerlos con tiempo en vez de quejarme. A otros todo les sale fácil: a mí no. Pobre de mí. Es injusto. Blablabla. Pero igual no me cambio por nadie.

    Quiero escribir. Escribo. Esa es la clave de mí misma. Me saboteo. Quiero escribir hasta que muera.

    Amo a dos países por distintas razones. Bígama. Ahora maduré: aprendí que es cosa mía, que no tengo que comprobar nada, tomar o dejar nacionalidades ni rendirle cuentas a nadie. Es cierto que en un partido de futbol el corazón se me va con Uruguay. Pero no es menos cierto que, si me emborracho, canto rancheras y no tangos.

    (Qué buena cosa, la madurez.)

    Tengo un hijo. Eso es milagroso. Desde niña dejé bien claro que nunca sería madre. No jugaba a las muñecas y jamás lo haría.

    También al padre de mi hijo le dejé bien claro que nunca sería madre. Pero lo fui. Bendito Astor: el “sí para siempre” (bendito padre de mi hijo). Como dije antes, soy contradictoria. Gracias a Dios, gracias al Diablo.

    Y quiero escribir. Escribo. Esa es la clave de mí misma. Me saboteo. Voy a escribir hasta que muera.




    [1] Cita de C.G. Jung

    [2] Cita de Walt Whitman

    [3] Última entrada en el diario de Virginia Woolf


    [/et_pb_text][/et_pb_column]
    [/et_pb_row]
    [/et_pb_section]

  • Estatuas nocturnas

    1. Siempre era de noche. Por la ventanilla del auto, miraba aquellos edificios de vidrios oscuros y letreros luminosos en hilera. Para mí, pertenecían a una ciudad abandonada; sin embargo, tantos neones multicolores, el insistente efecto prende-apaga de los años setenta, palabras como “casino”, “hotel”, “bar”, todo apuntaba a dar a entender que allí había diversión, que allí había vida. Pero no: esa ciudad moría temprano. Creo que era pura utilería, que en esos edificios y casinos y hoteles y bares no había nadie.

    El auto recorría la rambla de ida y vuelta sin que supiéramos muy bien para qué. Al final, solo nos encontrábamos con la estatua fantasmal de Balboa mirando hacia el Océano Pacífico. Ni en eso había afinidades posibles.

    Rato después, volvíamos a casa. La salida tenía el efecto de hacernos sentir más solos que nunca.

    2. Otras noches, mis padres nos hacían poner el pijama y marchábamos al autocine. Eso era mejor; además, no se notaba mucho si no había demasiado tema de conversación. Me gustaban esos parlantes enormes de metal que se ponían en la ventanilla del auto; me gustaba el olor de la mantequilla caliente sobre el pop corn; me gustaba la magnífica pantalla gigante en un mundo de diminutos televisores blanco y negro. Con mi hermano llevábamos almohadas, pero yo jamás dormía. Ni en el autocine ni después: la cabeza rodando de un esclavo decapitado en Queimada, las heridas de un matrimonio de espías después de la tortura, la pobre mujer acosada por un asesino en Terror ciego… Vi, en la modalidad autocine, muchas películas que no debí haber visto a mis ocho, nueve años. Pero quizás el amor por el cine haya empezado allí.

    Al igual que los insomnios, claro. La desesperación de Taylor al encontrar la Estatua de la Libertad en El planeta de los simios. Que ya no sea posible regresar al lugar del que se partió porque ese lugar no es un lugar geográfico solamente. Su impotencia y sus maldiciones finales me erizaron. En algún lugar sin palabras, lo comprendía todo.

    “Oh my God. I’m back. I’m home. All the time, it was… We finally really did it … You Maniacs! You blew it up! Ah, damn you! God damn you all to hell!” (escena final de “El planeta de los simios”, 1968)


  • Esconderse/Revelarse

    Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría “a recibirlos” porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.

    Me gustó para ahora el tema que larga el inusual psiquiatra R.D.Laing como disparador de este artículo, por eso lo publico aquí. Hay gente cerca mío que anda con estos problemas del tironeo entre la necesidad de mostrarse, de ir hacia el afuera y comunicar, y el pavor que les hace correr a esconderse, a hacer como que duermen en la cama de los padres, con tal de que los demás no los puedan mirar hasta el fondo del alma. Es un sentimiento bastante universal, pero algunos lo hemos vivido en formatos particularmente paralizantes (aunque a mí hoy en día nadie me lo quiera creer).

    Además, esto me permite decirle a la revista aquella, casi 15 años después: “¿Quién te necesita? Ahora los que escribimos publicamos en Internet cuando se nos da la gana… “. Y terminarlo con una de esas trompetillas que Quico le hacía siempre a Don Ramón.

    Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.

    Parte de mi esconderme era, en aquel entonces, firmar todo como “G.Onetto”. Para que la gente no supiera cómo ubicarme realmente, cómo me llamaba, más allá del apellido. Pero, sobre todo, para que no se dieran cuenta de que era mujer (al menos a priori, antes de leer lo que escribía). 

    DESDE EL BARRIL (7)
    por  G. ONETTO
    En un maravilloso libro sobre la locura y el proceso de volverse loco [***] (y sin que esta lectura pueda resultar de riesgo para los interesados, siempre que no tengan un subsuelo fértil para semejantes asuntos), el padre de la anti-psiquiatría, R.D.Laing, protector de los esquizofrénicos y sopapeador de la familia como institución, dijo así:
    «Toda su vida ha estado desgarrada entre el deseo de revelarse a sí mismo y el deseo de ocultarse a sí mismo. Todos compartimos con él este problema y todos hemos llegado a una solución más o menos satisfactoria. Tenemos todos nuestros secretos y nuestras necesidades por confesar. Podemos recordar cómo, durante nuestra niñez, los adultos al principio eran capaces de ver claro en nosotros, traspasarnos con la mirada, y qué gran hazaña fue para nosotros cuando, llenos de miedo y temblando, pudimos decir nuestra primera mentira y hacer, para nosotros mismos, el descubrimiento de que estamos irremediablemente solos en algunos respectos, y saber que dentro de nuestro propio terreno sólo pueden verse las huellas que dejan nuestros pies.»
    _________________________________________________________________________________
     
    P
    or piedad, el universo nos otorga naturalmente una tregua de años -de décadas inclusive- para que lleguemos a asumir a fondo nuestro irremediable desamparo personal. Pero una cosa es segura, y es que una vez que todo esto empieza, una vez que nuestra conciencia descubre su hermética e incorruptible impenetrabilidad por mente externa alguna, una vez que padres y dioses y gurúes mágicos nos han abandonado a nuestra suerte, el proceso se torna irreversible.
    Lo único que nos queda es esa certeza ‒obsesiva e inquisidora, como las moscas‒ de que todo nuestro ser, nuestros maravillosos recuerdos y pensamientos, toda nuestra historia personal, es terreno inaccesible para los demás. Para ellos, seremos un oeste indómito y salvaje del cual sólo les llegarán, acaso, los cuentos fraccionados, misteriosos, narrados por nuestra propia voz titubeante.
                        *        *        *
    Recuerdo una de las primeras veces en que me enfrenté a este incómodo tironeo entre el deseo de revelarse y de ocultarse. Tenía 8 años y hacía unos pocos meses que vivía en un país extraño.  Por supuesto que no tenía amiguitos ni primos ni abuelos ni vecinos conocidos ni tíos ni nada: sólo aquel par de padres que con tanta perfidia tramaban desprenderse del timón de mi conciencia. Mi vida transcurría en una soledad que rayaba en lo autista, fomentada además  ‒como en casi todo niño siglo veinte‒ por los estúpidos programas de televisión. Todavía no iba al nuevo colegio y  mi tiempo transcurría lento, lento… Me sentía como una niña perdida en un castillo lleno de armaduras y mausoleos, de hermosas criptas y capillas en las que no se podía jugar porque, de hacerlo, mis ecos despertarían a los caballeros de su siesta; resonarían, agudos, perturbando a las monjas hasta en su clausura de hierro y naftalina; mis ecos y mis juegos les traerían a las reinas dolorosos recuerdos de hijos muertos. Me tiraba en la cama y sentía cumplirse las horas sobre mi estómago, como una mascota traviesa que me pisaba y me pasaba por arriba con negligencia, tan sólo  para acurrucarse al sol y dormir a pata suelta.
                           *        *        *
    Por entonces, me había atrincherado en un cuartito de servicio a los efectos de exorcizar mi soledad sin contaminar demasiado la apastelada armonía de mi dormitorio. Las tardes se hacían interminables allí, sin amigos, sin secretos para compartir, sin espejos que me devolvieran mi imagen (cada vez más incierta y borrosa por la súbita pérdida de referencias, de identidad). A falta de testigos, mi propia historia  empezaba a carecer de todo sentido. Era domingo; mis padres dormían la siesta. Yo comía galletas con avidez.
    Súbitamente, sentí que no estaba, en el fondo, tan perdida como pensaba: me di cuenta de que vivía en un edificio, por lo que seguramente existían otras personas en los pisos inferiores, otros niños, otros individuos capaces de apreciarme, aunque yo fuera tan sólo una extranjera sin hogar. Tomé la caja de galletas vacía e improvisé una rudimentaria botella al mar. Una larga cuerda atravesaba el cartón de la caja y la hacía oficiar de anzuelo, como si yo intentara pescar a alguien; pescar la atención de alguien, los ojos de alguien que entonces me devolverían la corporalidad y la existencia que había dejado en otro país. Adentro de la caja, puse una carta con dibujitos. La bandera uruguaya enmarcaba renglones de caligrafía infantil con los que yo me esmeraba ‒dentro de la primitiva oratoria que podía tener a mi alcance por aquel entonces‒ a fin de exhortar al testigo, al depositario de mi ambiguo deseo de revelarme, para que uniéramos los lazos entre nuestras patrias. Como si se tratara de dos delegaciones diplomáticas en tratativas para firmar un armisticio.
    Por la ventana del cuartito de servicio, tiré aquella caja de galletas que contenía mi oda a la amistad entre las naciones, no sin antes sujetar fuertemente el extremo de la cuerda que la sostenía. La caja quedó colgando frente a las ventanas de los otros pisos; cada tanto, yo cambiaba la altura de la cuerda para que se bamboleara frente a una ventana diferente. Esperé: la necesidad de confesar, de ser visto y reconocido estaba en plena marcha.
                       *        *        *
    De pronto, alguien tiró de la cuerda y en un instante fui despertada de mi somnolencia de pescador aburrido. Sentí terror, y traté de recuperar aquella cuerda rápidamente, palmo a palmo, sintiendo que en el extremo donde antes se encontraba la caja de galletas ahora bien podía haber un tiburón. Pero fue peor que eso: la caja depositaria de mi carta, de mi carta con propuestas de amistad y banderas, estaba vacía. Había sido interceptada, recibida; sabía, para mi espanto, que en esos momentos alguien la estaría leyendo realmente.
                               
    Creo que aquí interviene la otra parte: el deseo de ocultarse a sí mismo, de ocultar los secretos. En aquellos momentos, sentí una vergüenza indescriptible y corrí al cuarto de mis padres con el corazón desbocado. Jamás les contaría lo sucedido; me sentía humillada, indigna por haber mostrado mis verdaderos sentimientos de soledad y encierro. Estaba segura de que, de un momento a otro, un vecino furioso subiría a nuestro piso pidiéndonos explicaciones. “En realidad, los extranjeros deberíamos permanecer ocultos, no llamar la atención, guardarnos nuestras cosas”, me dije. “Y mucho menos pretender una alianza con los demás, como si tuviéramos derecho a que nos tomen en cuenta”.
    Me acurruqué en la cama de mis padres y decidí que, si aquel vecino finalmente venía a protestar por mi caja de galletas, yo lo negaría todo. Hasta la bandera. La carta no era mía: jamás había intentado mostrarme a mí misma. Cerré los ojos y fingí que dormía.  


    [***] El Yo Dividido, (The Divided Self /A study of sanity and madness), R.D.Laing, año 1960. 



  • Noche de Walpurgis: Ginebra, Arturo, Morgana, las hadas del bosque, mi novela y yo

     

    Cuando la gente se va a un retiro (religioso, profesional o en el marco de un proceso terapéutico), generalmente lo hace para encontrar la paz que le permita acometer ciertos proyectos u objetivos, o para que terminen surgiendo espontáneamente procesos que, de otro modo -de no ser por ese “fuera del mundo” artificial que se crea-, costaría demasiado contactar o por lo menos llevaría muchísimo más tiempo. Uno se va, confiado en que su rutina, su mundo de todos los días, lo estará esperando allí cuando regrese, intacto e inmóvil, como el castillo de la Bella Durmiente que seguía preso del hechizo un siglo después.

    Mi rutina, mi mundo de todos los días, saltó en pedazos recientemente, y “paz” es lo último que puedo esperar en medio del inmenso dolor que estoy viviendo ahora (dolor cuyo sentido es, precisamente, tratar de recuperar dicha paz). Creí que, para mí, el soñado retiro literario en Solís, con el ya probadísimo equipo femenino de escritoras -y amigas-, quedaría literalmente en el tintero. Nadie puede escribir una vez que el tsunami golpea y arrasa con todo: se dedica a salvar la vida, a recobrar las maltrechas pertenencias que flotan, a reparar la casa o improvisar un techito, a sostener a otros heridos, a dejarse curar por las brigadas solidarias, a buscar alimento día a día, sin acopio posible, a juntar leña para prender fuegos que recuerden el hogar. Sí: uno se dedica a sobrevivir cuando el tsunami golpea; lo último que podría hacer es escribir. Tampoco se puede escribir mientras se avista la ola a lo lejos, por cierto.

    Un amante del cine arte me comentó una vez sobre una película de aquel director interesante (aunque demasiado arriesgado en sus propuestas estéticas, a mi gusto) que filma ese preciso momento y lo sostiene como en una cámara lenta eterna: la ola gigante a lo lejos, imponente, majestuosa, durante rollos y rollos de filme. Los espectadores permanecen, igual, en sus butacas, por la arrolladora belleza de otras secuencias en la historia. Personalmente, semejante imagen me causaría torturantes pesadillas por su contenido arquetípico.

    “No importa, vení igual, aunque sea a pedacitos”, fue -más o menos- el mensaje de mis compañeras en la pasada noche de Walpurgis. Y milagrosamente fui. Claro que a pedacitos, pero rodearse de siete hadas y un bosque ayuda a la sanación, por más duros que hayan sido algunos momentos. El silencio creativo me hace bien; los momentos de amistad gozosa, también. Y aunque no haya escrito mucho más que mis bitácoras de la vida, leí con concentración  mi novela trunca (no puedo llamarle ya “proyecto” cuando tiene 180 páginas escritas, aunque haya sido hace siglos) que sorprendentemente me dijo mucho de mí, de lo que estoy viviendo ahora mismo, a años de distancia; me conectó, página a página, con mis búsquedas de siempre. Retomé nada menos que el sentido del juego, el desafío y el misterio de escribir esa novela. La tríada bendita. Nada mal para un retiro en el medio de un tsunami.

    Estuve llorando en la hamaca, tapada y escuchando música, hasta que en medio de esa desolación un hilito de luz, de esos que se filtran desde las copas de los árboles, me hizo sentir que encontraba algo como el camino de regreso a mí misma y a mi fuerza, a mi alegría de ser yo, la que soy. Al final, el Darno estaba cantando/me en francés; era parte de esos hilos de luz, de muchos hilos que se entretejen para sostenerme. No es cierto que la imagen de la telaraña implique lo malévolo, lo destructivo; quizás esa sea la realidad de los insectos. Para mí, los hilos, la red, la telaraña que se teje son todos huellas, rastros, señales y ovillos de salida.

    En ese mágico momento de retorno, me pareció ver una línea que aparecía y desaparecía a medida que la hamaca se iba meciendo. Una finísima línea vertical que se ocultaba y se dejaba ver en una danza de brillos y transparencias. Bajaba desde no se sabe dónde hasta mi bota; parecía un inesperado rayo láser de la Guerra de las Galaxias.

    Cuando al fin me di cuenta, quise correr a contarle a Morgana, pero me contuve para no distraerla de lo suyo. Allí, mientras estuve rearmando mis pedazos en la hamaca, asida a mis guías invisibles, entre temporales y naufragios, una araña tuvo el atrevimiento bendito de tejerme encima el primer hilo de su futura telaraña. Por un instante, tuve a Levrero frente a frente, o al menos habrá sido el recuerdo de su lección principal: la autenticidad, el valor de ser quien se es, incluso cuando la gente que amamos y que nos ama no pueda comprenderlo, mucho menos acompañarlo. Memento mori.

    Observé por última vez, maravillada, el fortuito brillo que me hablaba al oído, y tomé entonces el hilo casi invisible con la mano izquierda. El regalo de la araña se quedó conmigo. Estaba en paz. Sabía que no duraría, pero lo estaba.

    La noche de Walpurgis misma prendimos un gran brasero, comimos guiso de lentejas, tomamos vino, quemamos unos papelitos que guardaban todo aquello de lo que nos queríamos desprender en nuestras vidas y luego otros papelitos con lo que deseábamos con toda el alma. Fue una especie de ritual improvisado; yo comenté que iba a ser difícil que alguna iglesia lograra captarnos alguna vez, con semejante poder de autogestión. Cada una sacó, además, una carta del tarot del Rey Arturo que Morgana había llevado. Ocho cartas, como dardos certeros, con capas ocultas que continuarían luego, en los días por venir, su proceso de cebolla hasta develar la totalidad del oráculo. Un círculo de mujeres escritoras alrededor de un brasero prendido convoca fuerzas muy poderosas.

    A mí me tocó el Cuatro de Espadas. No sé qué dirá la estadística de estas cosas, pero desde mi experiencia personal era imposible que saliera un palo distinto que el de espadas. Conozco bien la carta, sus significados habituales, pero no en esta versión del Rey Arturo, que además me llega especialmente por mi condición de Ginebra. La imagen que presentaba este tarot para ilustrar dicha carta era Isolda la de las Blancas Manos. Recién como una semana después, los insights me empezaron a golpear, pero esa es otra historia (que quizás escriba luego aquí). El significado liso y llano que el librillo daba sobre mi Cuatro de Espadas decía así:

    Recuperación. Sanación. Retirada a un entorno seguro y tranquilo. Tomarse un respiro. Abandonar una situación tensa y caótica para aclarar la mente y evaluar los propios planes. Indagación serena en la propia alma. Recuperar la fuerza y dirección. Recibir protección y cálida hospitalidad. Convalescencia. Abandonar un estilo de vida peligroso. Puede indicar una estancia en el hospital. 

    [espero que esto último sea en un sentido metafórico, aunque a estas alturas todo es posible]

    El lugar común de hoy: “”Y, viejo, qué te voy a decir… ¡de que las hay, las hay!”  Mucho más todavía un 30 de abril, aquelarre de Walpurgis. Noche en la que, a cierta hora, los cielos y la luna se oscurecen por la multitud de brujas que surcan los espacios. Yendo al encuentro con sus pares.

  • Culpa

    De Muertes que me dejan atrás
    Libro de hace como diez años que, si es por mí, quedará virginalmente inédito, a pesar de algunos poemas premiados, etc.
    Publico esto ahora porque viene al caso. Y qué mejor que no tener que pedirle permiso al autor. 
    Culpa

    nada me ha bastado
    todavía tengo hambre de desgracias
    de mundos extintos sin papiros

    aún hoy me avergüenza sospechar

    que yo deseaba el mal
    que yo quería romper los vidrios de mis propios ventanales
    y ver morir las estrellas de una vez

    por eso me cuartearon contra el panal de abejas

    a causa mía los angelitos zumban y zumban

    protestan como mujeres encerradas 
    mujeres posibles dentro de las pupilas de las niñas
    mujeres enroscadas en el sedoso vientre de los cielos

    caderas paralizadas por mi culpa se derriten

    mi culpa
    sal de caracoles ajetreados

    dicen que enterrarán a mi padre

    el cortejo negro lo envolverá con gladiolos
    y el aire del mar le silbará una última plegaria
    que sólo yo denunciaré como burlona

    nada me ha bastado

    tal es mi hambre de desgracias
    en la esquina se confabularán contra mí las estrellas
    se juntarán marchitas en un ramo
    y harán languidecer al universo por mi culpa.
  • Un mundo sin hombres

    Las torturas internas a las que someto a mis pobres alumnos del taller virtual son inenarrables (¡y todavía les falta un mes, quizás el peor de ellos!). Pero, por aquello de la ley del karma, todos los ensalmos que lanzo sobre quienes me siguen en este misterioso asunto del hilo de Ariadna se me devuelven multiplicados, y cuando quiero acordar yo misma estoy envuelta en los mismos procesos que ellos. Si pergeño un inspirado speech sobre la sincronicidad, los encuentros mágicos, las señales del mundo a las que uno se cierra, me creo muy lista por haberlos dejado sintonizados en el canal de la vida y sus sentidos, prestos a caer por cualquier agujero de conejos de Alicia, cuando ¡zas! al otro día a mí me ocurre un episodio sísmico inesperado, o termino embarcada en una vuelta interna a Ítaca, una de esas cruzadas rebosantes de mapas, brújulas, faros, monstruos marinos, dioses aliados y bardos capaces de embelesar aun más que el peligroso canto de las sirenas. Si les mando una consigna sobre padres e hijos, me veo inmersa en mis propias revisiones hacia ambos lados del camino; si el taller es sobre historia personal, al poco me veo desempolvando mis propios diarios; si el trabajo literario es a partir de los sueños, rebrotan las imágenes más vívidas y mis cosechas de cuatro, cinco, hasta seis sueños por noche (movimiento incontrolable que se aplaca, cual volcán dormido, una vez que dicho trabajo ha terminado). Así, soy madre contenedora, padre estricto, guía sabia, compañera maravillada y víctima sacrificial de mis propios alumnos. Para hacerlos a la mar a ellos, me tengo que exponer a los tiburones; para lograr que muestren -y se muestren- sus complejidades, riquezas y particularidades internas, mi alma tiene que hacer primero el striptease de rigor. Así funciona: como en casi todo lo importante, hay que poner el cuello. Y rezar, por las dudas.

    Esta semana he estado evaluando los ejercicios literarios producto del tema La amenaza femenina: ecos del matriarcado. Básicamente, con una excusa trivial como un café al paso, esta consigna de ficción obliga a imaginar un mundo en el que gradualmente el narrador (o narradora, según el sexo del autor mismo) descubre que todas las personas a su alrededor son mujeres, como si los hombres hubieran sido borrados del mapa por algún motivo. La diversidad de miradas derivadas que provoca el disparador se vuelve interesantísima: tanto escenarios contundentes como cárceles, manicomios, dictaduras, experimentos científicos, como delicados y sutiles sentimientos frente a la pérdida del otro sexo, a su nostalgia. A veces, liberación: es cierto que las mujeres no somos el default de la especie. Pero lo que queda claro es que el asunto tiene muchas puntas posibles.

    Hoy estuve trabajando en los últimos textos: cuatro horas estupendas en un café, concentrada en la lectura. Claro, es un decir: mi estar concentrada abarca un montón de aspectos no demasiado ortodoxos, como apuntar cosas que se me ocurren en la libreta de turno, hojear el diario con la posibilidad de encontrar alguna noticia que me haga clavar la vista, escuchar alguna canción de la que tengo particular hambre, mirar por la ventana cómo pasa la gente, cómo van en sus propias cosas. Pero esas pausas son, digamos, la garantía que tengo para que el aparato intuitivo no se me sobrecargue y me cause un cortocircuito (hasta las pitonisas tienen que descansar, cuanti más las simples mortales). Me gustaron particularmente un par de momentos en los relatos que leí: en uno, la desaparición arbitraria de los hombres (a quienes un gobierno militar femenino expulsa y embarca por decreto fuera del país, impidiéndole a las mujeres seguirlos) provoca que la narradora no se encuentre finalmente con el amor de su vida, ese con el cual se había dejado de ver décadas atrás y que ese día la deja plantada involuntariamente. En el otro, la narradora -presa de un ataque de paranoia, durante el cual el “femenino oscuro” está desatado, acosándola multiplicado en infinidad de mujeres- tiene, durante su internación psiquiátrica, la visión cotidiana de un hombre, un señor que es su guardián y le acaricia la cabeza. Y gracias a ese contacto imaginario es capaz de sobrevivir.

    Se trata, sin duda, del arquetipo del Ánimus. Así desaparecieran todos los hombres del planeta, la experiencia interna del hombre no desaparecería para las mujeres, como tampoco se esfumaría el Ánima para los hombres. Tan es así, que uno de los participantes del taller, varón, transgredió la consigna misma y terminó creando un mundo en el cual los hombres eran sometidos a un tratamiento químico para perder la memoria de la pasada existencia de las mujeres (eliminadas del tablero). Pero había un hombre, al que terminan encerrando por peligroso, que tarde o temprano recordaba a alguna. Es la misma necedad interna de la mujer del manicomio al aferrarse a su señor guardián. “¡Si el mundo sería tanto más fácil, si no tuviéramos que vivir en esta torre de Babel en la que estamos recluídos!”, pienso. Y sin embargo, no.

    Con todos aquellos gineceos insanos, matriarcados dictatoriales, aquelarres persecutorios, con todas esas fuerzas femeninas desbocadas cual alcohólico al volante, sin nada que las contenga y les ponga límites, y también con algún que otro Edén ilusorio, me subí al ómnibus de regreso a casa. Los audífonos apuntando hacia adentro, la mirada hacia afuera por la ventana, y ese hipotético mundo de mujeres me seguía dando vueltas en la cabeza. Pronto haremos otro retiro literario, de esos de “autogestión”, en el que las nueve mujeres escribimos en silencio, cada una concentrada en lo suyo, todas diseminadas a lo largo y ancho de Solís. Confieso que la primera vez tenía mis serias dudas: temí que el asunto se volviera una reunión de amigas, todas parloteando sin pausa, riéndose y expandiéndose (debí poner “riéndonos” y “expandiéndonos”, pero no estoy segura: suelo ser una botona para estas cosas, o directamente me voy a la otra punta a hacer lo mío, aunque no dejaría de perturbarme). Sin embargo, la experiencia fue maravillosa: funcionó impecablemente, sin ningún tipo de coordinación o liderazgo de nadie, armónico equipo de individuos acompañándose en una especie de comunión, la escritura en este caso. Después, sí: en las noches avivábamos el caldero, servíamos vino, poníamos música, nos reíamos y conversábamos hasta que el sueño fuera más importante que la amistad. Pero, a pesar del éxito, debo admitir que nueve mujeres en introversión conjunta es la excepción, no la regla. ¿Qué pasaría si el mundo no contara con la energía equilibrante de los hombres, el bunker ese que se cierra para procesar en calma internamente, la mesurada cautela, la escéptica racionalidad, la voz grave, o lo que diablos sea que caracteriza a lo masculino? Todo sería un hervidero, un sonido sin fin, una danza loca de ménades y bacantes.

    A mi lado se sentó un hombre más o menos joven, de treinta y pico, digamos. Su brazo se apoyó contra el mío de un modo algo invasivo; hasta intencional, me hubiera parecido en otro momento. Pero con mis inquietantes pensamientos sobre la amenaza femenina -como hemos visto, si la cosa se sale de sus cauces la amenaza no es, al final, sólo para los hombres-, el roce me pareció de una extraña calidez protectora. Como si ese mínimo punto de contacto con el brazo de ese hombre me asegurara la continuidad, la supervivencia de la energía masculina entera.

    Los hombres brillantes, además, son mucho más brillantes que las mujeres brillantes. Porque son hombres. Para mí, que soy mujer. El error está en la incapacidad de invertir la ecuación.

    No, definitivamente no quiero un mundo sin hombres.

    Voy a tener que cambiar esa consigna. Le produce demasiados movimientos internos a los pobres alumnos…