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  • El especial del Juez

    Vengo cruzada con el mundo. Anteanoche organicé otro temporal sobre mi claraboya y casi no pude dormir, esperando escuchar de un momento a otro el nefasto sonido de los vidrios rotos una vez más, materializando mis propias fragilidades y recurrentes ataques en contra. Por suerte no fue así, no sucedió; sin embargo, el avisito interno fue eficaz y hace un rato me bajé en la oficina de Bomberos para retirar aquel  famoso informe que me debían, de modo de poder iniciar los  trámites legales y morales contra el edificio vecino y sus derrumbes. Realmente lo que menos quisiera volver a sufrir son ataques aéreos de corte misílico sobre mi techo: mi propia locura a lo Carrie no es controlable, lamentablemente, pero sí lo son los posibles desprendimientos de los muros linderos. O por lo menos  sancionables, luego de pagar un dineral y hacer frente a una burocracia pasmosa. Me incliné por lo práctico; lo otro requiere un exorcista.

    Como ya dije, estoy cruzada con el mundo, así que todo me parecía mal: el bombero ardiente que atiende el escritorio tenía un visible anillo de matrimonio en el dedo (sospecho que se lo puso luego de leer mi tetralogía involuntaria en este blog, asustado por todas las mujeres que fueron a requerir sus servicios profesionales de apaga fuegos); me hizo firmar y poner mi cédula en tres oportunidades (con amabilidad, no puedo quejarme, pero no deja de ser una pesadilla toda esa dinámica de papelitos y requetepapelitos corroboradores del primer papelito); tampoco pude enojarme porque el contenido del documento era realmente lo que esperaba: se destacaba el peligro de desprendimientos desde el  edificio vecino sobre mi claraboya, fijaba las precauciones a seguir y recomendaba que colocaran una malla sombra para contener los cascotes en tanto se reparaban los sectores peligrosos. Nada. Ninguna cruzada que librar. Y alguien cruzado sin cruzada es un peligro.

    Subo al ómnibus rumbo al café Tribunales, libre al fin. La tarjeta magnética me dice: “Viaje no válido”, con una difamante cruz electrónica para que no quedara duda. Me desconcierto un poco; hubiera jurado que estaba dentro del plazo para viajar, pero acepto pagar (todo lo que me diga que estoy en falta provoca en mí esa automática reacción de querer reparar la ilegalidad e incluso disculparme). Aparece el letrerito de “1 hora” y paso la tarjeta, pero algo sale mal, no marca; el guarda se molesta, me recrimina haberme apurado. Yo le digo que no, que el letrero ya había aparecido, y que si quiere le pago en efectivo el viaje común. “No, no… “dice, malhumorado. No es para tanto, che. Al final, se concreta el cargo del boleto y me voy a sentar atrás. Pero mis afanes controladores no descansan jamás, y hete aquí que busco el boleto anterior y lo reviso. ¡Já! Lo que sospechaba: efectivamente, mi viaje estaba dentro del plazo. El  boleto viejo decía: “12.45” y el nuevo 13.20″; me sobraba montones, además de que (por más extraño que parezca) en Montevideo los boletos de una hora duran 80  minutos.

    Vuelvo para atrás y se lo digo al guarda, pero de buen modo, tipo “¿Qué habrá sucedido?”. Pero él, lejos de tomar una actitud comprensiva y darme una palmadita en la espalda -no le estaba pidiendo que me devolviera el importe ni nada así-, comenzó a culpabilizarme. Que si yo creía que estaba dentro del plazo, por qué entonces había pagado (“El tiempo es muy relativo… “, le dije, pero enseguida me callé pues el tipo nunca entendería cómo alguien puede vivir tan en las nubes como para no tener demasiado claro si pasaron treinta minutos o tres horas). Que las tarjetas se descomponen (“¿Y su máquina no puede estar mal?”, discutí yo). Que yo me había apurado en pasar la tarjeta. En fin: causa perdida. Le dije que solo quería reportárselo por si le sucedía a algún otro pasajero y me senté en silencio en el asiento de adelante, pronta para bajar en breve. De lo poco que he aprendido en cuanto a ese afán que tengo de señalar la imperfección del mundo con el dedo es que en ciertos casos conviene claudicar y renunciar a tener razón: el tipo se iba a seguir defendiendo, sin ver que lo único que yo quería era que me dijera: “¡Pero qué barbaridad! ¿Qué habrá pasado?”. 

    Ahora, en cuanto a esa neurótica e incontrolable molestia que me produce tener que renunciar a gozar de un mundo perfecto, hay un caso claro en que la sabiduría todavía no me alcanza para tanto: cuando se meten con terceros, y con terceros que yo considero más débiles o vulnerables. El ómnibus paró, y un adolescente bastante tímido le dijo al chofer que se quería bajar. Fue suficiente para que el hombre le diera un sermón: que esa no era la parada de aquella línea sino de otras, que la parada estaba un par de cuadras después, que no se iba a morir por caminar un poco, etc. Yo subí las cejas, incrédula. Pero cuando la lengua se me disparó sin filtro alguno fue al escuchar: “¿Qué te crees, hermano, que esto es un taxi?”

    Ni el muchacho ni yo ni nadie tiene por qué conocer los pormenores, sutilezas, reglas y dificultades inherentes al oficio de la apasionante vida de los guardas y choferes de Cutcsa. Simplemente tomamos los ómnibus para desplazarnos, tratamos de pagar el boleto de formas razonables y de bajarnos en las paradas más cercanas a nuestro destino, no importa dónde queden ni cuáles sean estas oficialmente en cada caso. Todo eso es problema de ellos, gajes del oficio, instancias que se nos deben informar amablemente. Nosotros vamos por el mundo pensando en otras cosas. Los que por definición deben convivir con ese bodrio cada día son los trabajadores de las empresas de transporte, así como los burócratas que creen que sus reglas arbitrarias y ridículas están escritas en la bóveda celeste y uno, por desidia, no las consultó antes de aproximarse a solicitar un servicio. Pero para eso les pagan; nosotros, en cambio, pagamos por el servicio. Ahí fue cuando, ante el silencio del muchachito que no se defendió, me escuché decirle al chofer:

    -¡Che, pero para tomar este ómnibus hay que leer primero un manual! Si el pasajero no sabe dónde es la parada, no sabe: chau. Es asunto suyo explicárselo, no de él conocerlo.

    El tipo me miró, azorado, por el espejo. Me quiso explicar algo, no sin antes dejar claro que yo me había metido en su conversación -que libraba a voz en cuello- con el adolescente. Yo le dije que no podía ser que tanto guarda como chofer se pasaran rezongando a los pasajeros; el guarda también me miraba con los ojos grandes, pero no dijo nada. El cacareo siguió unos segundos más y el muchacho se bajó, seguramente confundido pero en el fondo sonriendo por la inesperada aparición de Super Ratón. El resto de los pasajeros, como siempre en Uruguay, miraba.

    Yo sabía que no sacaría nada con mi comentario, pero me pareció excesivo tener un par de “educadores” en el mismo ómnibus. Que le dijera que no era la parada estaba bien, pero lo del taxi era totalmente gratuito. Y acá todo el mundo se banca esas cosas: la dictadura del subalterno. ¿Quién se cree esta gente  para darnos cátedra de su pobre, minúsculo mundito de tantas, tantas horas por día, en las que básicamente se pasan charlando entre ellos como si estuvieran en el liceo todavía, haciéndose la rabona? Y cuando un pasajero molesta con esos asuntitos funcionales que no están escritos en el cielo, todavía lo sermonean. Lo cierto es que durante el resto del trayecto tanto el guarda como el chofer se quedaron calladitos. Yo también, y con visible cara de pocos amigos reflejada en el espejo.

    ¡Ah, qué fantástico resulta a veces permitirse ser una amargada de mediana edad que va por el mundo diciendo lo que se le pega la gana! Claro que no es muy buen pronóstico para la vejez, en que seguramente me pondré más irritable y obtusa. Pero lo importante es no consumirse en el caldo de la queja rumiante, como hace casi todo el mundo en este país. No: largar para afuera. La próxima vez dudo que (apostando que el pobre no se atreverá a contestarle) el chofer se abuse de un chiquilín con comentarios como: “¿Qué te crees, hermano, que esto es un taxi?” solo porque no supo dónde quedaba exactamente su estúpida parada. Pues podría estar, escondida entre el pasaje, una justiciera de mediana edad con disturbios hormonales propios del inminente climaterio (digo yo) dispuesta a pararle el carro.

    Ni “mú” me dijeron cuando me bajé del ómnibus. Me vine al Tribunales y me pedí una copa de vino blanco y un especial del Juez. Creo que, tratándose de mí, ese siempre será el sándwich que mejor sabor me deja en la boca. Life rules.

  • Elogio del Bombero/ Una ardiente novela por entregas (1)

    (Este relato/post de blog se desarrolla en cuatro entradas numeradas, con el mismo título. Las otras tres están publicadas a continuación de esta. Es decir, lo de novela por entregas es una farsa, pues las entregas ya están entregadas. Aviso por  si alguien cree que la historia termina aquí: no, hay más, solo hay que seguir leyendo hacia abajo del blog, contrario a lo que se estila: lo más reciente arriba).

    1.

    Voy a empezar aclarando que siento una particular debilidad por los bomberos. No erótica ni nada así, como esas mujeres que se emocionan ante la cercanía de un uniforme de policía. O las famosas botineras, mucho más astutas que fetichistas, siempre prestas a atarles los cordones a los futbolistas -¡me emociona mi elegancia en el insinuar!- a cambio de la ilusión de sus millones. No: lo mío por los bomberos es ciertamente puro, noble, sin intenciones aviesas. Lo he sentido desde niña, cuando mis amiguitos confesaban qué trabajo elegirían cuando fueran mayores; una vez sorteados los “maestro”, “estanciero”, “payaso”, “presidente” y esas cosas, siempre había alguno que decía “bombero”, y la mirada se me escapaba, fulminante, en su dirección, como en una suerte de así me gustan, estos idealistas que ganan poco y se arriesgan a morir por las causas perdidas, las mujeres caeremos rendidas a tus pies, etcétera con que pretendía reforzarlo en su altísima elección vocacional. Pero bien sé que ninguno persistía en el intento más allá de la adolescencia (aunque supongo que algunos efectivamente se harían bomberos, porque si no cuesta explicarse la subsistencia del oficio, más allá del arquetipo). Los bomberos son de los pocos resabios que conservamos de la estirpe heroica. Son maravillosos, con sus trajes rituales, sus yelmos alados, sus sirenas y sus luces, su capacidad de bajar al inframundo y avanzar entre las llamaradas, su sacrificio, su asociación con el rojo de la vida, la sangre, la boca, la manzana, su notable manejo de los cuatro elementos y los destructivos excesos de estas fuerzas, y sus hachas de semidioses, y su arrojo de titanes. Seres mitológicos, los bomberos. Le agradezco a la vida por tenerlos. No hubiera confiado, por ejemplo, en ningún otro uniformado durante la Dictadura; ni siquiera en el heladero y apenas, por interesada, en el cartero. En los bomberos sí; sus miradas prometeicas de compasión por el sufrimiento humano, sus carros rojos, insomnes, listos para salir al rescate a cualquier hora del día y de la noche, me infunden absoluta confianza. Gente de bien, los bomberos.

    Hace poco, tuve que llamarlos porque era la segunda vez que del edificio vecino caían cascotes sobre mi claraboya, rompiendo los vidrios estrepitosamente, con el consiguiente peligro ya que debajo está el corazón de la casa misma. Fueron dos temporales en un mismo mes (típico de esta ciudad), para colmos de madrugada; dos enormes sustos y cuatro vidrios rotos, además del frío polar, el agua entrando por todas partes y demás perjuicios derivados. Más las facturas del vidriero: unos ochenta dólares en cada oportunidad. Durante el primer temporal, lo tomé estoicamente; apreté los dientes, me abrigué y salí a reparar con plástico y arpillera aquel enorme agujero visible en mi techo, so riesgo de salir volando. “Son cosas de la vida, qué se le va a hacer”, me dije, tragándome la furia. Pero la segunda vez me liquidó: ya me daba pavor estar en mi propia casa, hervía de rabia por tener que pagar otra vez y peor fue cuando constaté que se trataba de un derrumbe: el edificio, con sus descuidadas zonas ruinosas, se estaba empezando a caer sobre mí, sobre mi casa. Sobre la sala de montevideanos techos de vidrio donde juega, inocente de todo, mi niño. Al otro día llamé a los bomberos; el sector de Seguridad Edilicia de la Intendencia Municipal de Montevideo había dicho que, para proceder a intimar al edificio a arreglar su irresponsable fuga de cascotes sobre las crismas ajenas, debía contar con el informe oficial de Bomberos. El paso número uno de la más que probable cadena de trámites interminables. Pero la justicia tiene que existir, debe existir, seguramente, en alguna parte.

    Los bomberos, entonces, vinieron. Llegaron en su enorme carro, con las luces prendidas girando a plena tarde; al rato estaban todos los vecinos preguntando qué había pasado, si un incendio, una fuga de gas, una inundación; el asunto no fue muy low profile que digamos. A pesar de que yo había explicado de qué se trataba -no había emergencia alguna-, vinieron raudos y dispuestos a la hazaña, desplegando su bomberidad: estacionaron su nada discreto carro en la angostísima callecita en la que vivo y, a continuación, se bajaron tres de ellos. ¡Tres, para mirar desde la azotea cuál era el problema del edificio y escribir en un cuaderno! “No importa”, me dije. “Los bomberos son así, ellos necesitan sentir que están ayudando, que su vida y su tarea tienen sentido. Que se bajen en tropel, si eso les hace felices. Total, no los tengo que alimentar ni nada comprometido…”

    *

    Me acordé en ese momento de una situación ocurrida en México DF, hace más de diez años. Más concretamente en la célebre Mopriland, el particular (por llamarlo de alguna manera) departamento de mi hermano Mopri en la colonia Narvarte. G. y yo habíamos llegado a vivir a México hacía no más de un mes, y la verdad es que nos llamaba un poco la atención el permanente olorcito a gas, que por cierto no es el mismo olor que tiene en Montevideo. Pero aquella noche el olor era tremendo, mucho más insistente, y parecía entrar por el pozo de aire del edificio. Creo que Mopri había desarrollado anticuerpos y ni siquiera lo percibía, pero aquella vez era particularmente fuerte, porque se convenció de que no estaba igual que siempre. “Voy a llamar a los bomberos como para consultar”, dijo. Me consta -porque escuché la conversación- que lo planteó muy tranquilo, como para simplemente despejar una somera duda, asegurando que el olor no era muy distinto que otras veces, que era solo para verificar si tenía que hacer algo en particular, en fin. Ellos dijeron entonces que vendrían a inspeccionar. Mi hermano colgó el teléfono y me comentó que había sido particularmente cuidadoso para que no sonara a emergencia, ya que los bomberos podían ser muy exagerados en ocasiones.

    Salimos al balconcito; G.y él -ninguno de los dos fuma más, por suerte, aunque tengo entendido que se comen las uñas atormentados por las ganas- sacaron sus compulsivos cigarrillos de otrora en la plácida tranquilidad de la noche estrellada (eso lo inventé ahora mientras escribía: con el smog, uno racionalmente sabe que allí arriba existen las estrellas, pero jamás se ven). En realidad, nos habíamos situado allí afuera por el molesto olor a gas, pero a ninguno de los tres se le ocurrió la posibilidad de que con los cigarritos pudiera volar el edificio completo, si realmente se trataba de una fuga grave. Esa posibilidad se nos ocurrió, en realidad, cuando vimos dos gigantescos camiones de bomberos dar vuelta la esquina en cámara lenta, no solo con las luces giratorias prendidas sino también con las sirenas. A todo volumen.

    Mi hermano abrió la boca -creo que se le cayó el cigarro incluso- y dijo alguna mexicanidad del tipo: “¡No manches, güey!”. Todos los vecinos de la colonia Narvarte se asomaron por sus ventanas, alarmados; la gente del puesto de quesadillas salió en masa a la vereda, los del mercadito se daban codazos, doña Chole le preguntaba a mi hermano qué le había pasado y si se sentía bien. G. y yo empezamos a reírnos, con esa culpa que da reírse en lugares inapropiados, como por ejemplo un velorio: estábamos siendo rescatados por el heroico Cuerpo de Bomberos en pleno, y este par de inconscientes no había tenido mejor idea que esperarlos fumando un cigarrito frente a una posible fuga de gas (así es como se desperdician  los impuestos). Y más inútil fue la pretensión de ejercer cualquier clase de control sobre la risa cuando de los camiones no se bajó uno, ni dos, ni siquiera tres, como en mi casa el otro día: ¡seis, seis bomberos se bajaron, listos para la acción y el peligro! Para colmos, el sexteto venía en todos los formatos posibles: un bombero muy gordo, otro bajito, otro flaquísimo y larguirucho, uno bien moreno, todos tan distintos como muestrario de catálogo y provocando un efecto visual desopilante. Los seis subieron raudos las escaleras hasta el primer piso, hop, hop, hop, doce piernas -más las de mi hermano, bufando, que había bajado a recibirlos-, y pidieron para entrar a la cocina a inspeccionar el gas.

    La cocina de Mopriland medía con mucha suerte dos por dos metros; era de esos fregaderos con una mínima mesada, un par de estantes y una cortina hindú de bolitas que la separaba de la sala. Así que la parte locativa del operativo se volvió un poco complicada. Desde el balcón, todo parecía una comedia de pastelazos, y la risa que debía contener dándome vuelta hacia afuera me dejaba en evidencia frente a los otros bomberos que, listos para la acción y la gloria, esperaban abajo en los carros. Seguramente ya desde entonces me ingresaron en alguna base de datos del gremio como persona sospechosa.

    Recuerdo que el diagnóstico de los bomberos fue un tanto surrealista, como casi todo en México. Dijeron que no nos preocupáramos, que no era gas lo que se fugaba: que era únicamente anhídrido carbónico. Así que nos quedamos tranquilos y nos fuimos a dormir: lo habían dicho los bomberos.

  • Elogio del Bombero/ Una ardiente novela por entregas (2)


    2.

    Pero volviendo al presente, ahí estaba yo, subiendo por la escalera hacia la azotea con mis tres bomberos (Miguel, Gabriel y Rafael), presta a mostrarles la terrible ignominia de la que había sido objeto sin que nadie hasta ese momento me hubiera defendido. Los vidrios y cascotes brindaban un triste espectáculo en la zona de mi claraboya lindera al edificio; las vigas a la vista, oxidadas, de tres de sus pretiles también. Ellos alzaron sus claras miradas bondadosas y vieron el peligro. Uno tomó nota en el cuaderno; los otros dos lo acompañaban, solidarios. Palabras comprensivas, serenas, salían de sus bocas; parecían gente sabia, con una inteligencia, digamos, de campo, de acento apaisanado. Tenían algo -¿cómo se podría expresar?-, una cierta belleza no visible con los ojos, la profundidad del que conoce algo más allá, del iniciado. Nada que ver con el policía de la seccional que, cuando llamé pidiendo que me levantaran un acta (para así probar el daño contra la propiedad, más allá de los problemas de seguridad del edificio, ámbito de otras esferas) -y como ante su negativa sistemática le pregunté qué podía hacer uno, entonces, para defenderse-, me respondió: “Y, bueno… como le podría decir… a embromarse y a aguantar“. Los bomberos no; los bomberos no son ignorantes como ese policía, pobre. Los bomberos son comprensivos y su presencia en sí misma oficia de consuelo. El que hablaba (Gabriel) era alto, seguro; tenía los ojos claros y serenos. “Jamás vi una claraboya tan grande en toda mi vida”, dijo (Miguel) el segundo de ellos, cuando íbamos bajando de la azotea; lo dijo, seguro, para hacerme sentir mejor.

    El tercero (Rafael) atravesó el patio junto a los demás, pero una vez en el zaguán dio dos pasos hacia atrás y se quedó observando durante unos instantes una gigantesca planta, la Aralia Elegantíssima que el año pasado me regalaron los alumnos de la tarde (y que, milagrosamente, ha logrado sobrevivir/me) . La miró. Me miró. La volvió a mirar, y finalmente me dijo: “¿Esto es lo que yo creo que es?”.

    Ahí observé bien el inocente arbolito, tratando de captar las intenciones ocultas del comentario del bombero -quien tenía una sospechosa sonrisa contenida-y me di cuenta de que, efectivamente, las hojas de la Aralia guardan cierta reminiscencia lejana que quizás podría llegar a evocar las hojas de la marihuana! “Noooooooo….”, dije yo, medio aguantándome la risa, mientras le aclaraba el nombre científico de la planta y todo aquello. “Ya me parecía”, respondió él, como maestro de escuela que pone a prueba a un niño, divirtiéndose para sus adentros. Me quedé pensando en qué clase de fertilizante tendría que haberle puesto a una macetita para lograr semejante arbusto, así como en la descontractura general con que tendría que aprender a cultivar mi vida -además de la planta misma- para llegar a ser tan fresca como para exhibirla en pleno patio. Pero uno no bromearía de eso, por ejemplo, con un policía y mucho menos con un militar. Los bomberos son distintos. Yo los llamé y ellos vinieron ese mismo día; ni el vidriero, que iba a cobrar, lo hizo con tal presteza. Y dictaminaron que efectivamente había un problema de seguridad, que al edificio le correspondería arreglarlo; que mientras tanto deberían poner un tejido de protección o similar porque el proceso llevaría su tiempo -con la Intendencia de por medio, ay, más los vecinos reacios a pagar, como otra de las variables-. “Sí, sí”, decía yo. “El informe estará la semana que viene, pero tiene un costo”, decían ellos. “Sí, sí”, decía yo. Jamás desconfiaría de un bombero.

    *

    Ahora me acordé también de otro incidente remoto en el que quizás pareció que mi intención fue tomarles el pelo, como cuando me reía de la escena en el balcón de México DF. Seguro que esta y no aquella fue la que marcó mi destino, la que me valió la lista negra, porque ocurrió aquí en Montevideo. De última, se trataba del mismo Cuerpo de Bomberos que el actual, aunque hayan pasado como quince años. El Ministerio del Interior goza todavía de un intachable sistema de Inteligencia. Deben haberme fichado, nomás.

    Lo hice sin querer. Fue un lapsus que después me generó cierta culpa, como cuando esos niños que juegan ring/raje en el medio de la noche se dan cuenta de que, con sus tonterías, despertaron a un insomne que justo acababa de conciliar el sueño y que, para colmos, al otro día tiene que madrugar para cruzar la ciudad entera rumbo a un trabajo opresivo en una fábrica insalubre. Los bomberos siempre están allí, al firme: unos, atendiendo el teléfono para detectar las emergencias y poner la operación en marcha; otros, esperando el timbrazo que los hará dejar a medio hacer lo que sea que estén haciendo, para correr y tirarse sin pensarlo (en las películas, uno ve que bajan por un caño, pero con tanta mala fama que agarró el asunto con Tinelli ya no sé qué pensar) rumbo al deslumbrante carro rojo de los salvadores. Obviamente, que alguien les tome el pelo mientras están alertas frente a sus funciones no debe hacerles gracia, y con razón; juro que soy inocente. Yo editaba video de noche, durante los horarios en que no funcionaba el staff habitual de la isla de edición; normalmente, se iban a las siete, ocho de la noche, pero en algunas ocasiones estaban trancados con un plazo y las horas pasaban, pasaban, y yo no podía entrar a empezar mi turno. Y cuanto más tarde empezara, pues más tarde -o mejor dicho temprano, a plena luz del día- me iría a dormir. Pero tampoco me podía poner demasiado repelente con mis colegas editores. Lo que sí, más o menos cada hora llamaba a ver en qué andaba todo, a ver cuánto pensaban que les faltaba todavía, etcétera.

    Después de muchas horas en la isla, privado de sueño y de descanso,en plena oscuridad, uno empieza a despegarse de los comportamientos habituales; mucho café, estrés, clientes estúpidos, todo el kit. Así que no me extrañó cuando en una de las llamadas al interno de los editores, uno de ellos me contestó:

    -Bomberos…

    Yo, risueña, enseguida me di cuenta de que estaban hasta el copete y decidí, por conciencia gremial, seguirles la corriente:

    -¿Quién habla? ¿El bombero Tato [*] o el bombero Daniel [**]?

    La voz me contestó, seca, del otro lado:

    -No, señorita: está usted hablando con la Central de Bomberos.

    Estaban de vivos, sobre todo porque bien sabían por qué motivo estaba llamando una vez más. Querían evadirse con bromitas, pero conmigo no iban a poder.

    -¡Ah, sí, cómo no! Dale, entonces sos Álvaro [***]… Che, ya es tarde, déjense de pavadas que quiero saber como hasta qué hora tienen trabajo! ¿Cuándo puedo ir por ahí?

    La voz de hombre, con tono ya molesto, me volvió a decir que me encontraba en comunicación con los bomberos. Que les estaba ocupando la línea de emergencia y que ellos estaban trabajando. No parecía albergar la menor duda de que lo mío era una broma ociosa, y hasta diría que estaba a un ápice de tomar medidas contra mí en algún sentido (desconozco cuál). Ahí fue cuando un frío me recorrió la columna, y me di cuenta de que, en vez de marcar el habitual #104 de la isla de edición por el interno, había habilitado distraída la línea de llamadas externas, por lo que el 104 me comunicó realmente con Bomberos. Nunca me perdoné fastidiar a un servidor público heroico con mis bromas de colegiala (seguramente pensó, además, que lo estaba cargando o invitando a salir luego del turno). Me disculpé de todas las maneras posibles pero la culpa me persiguió por años. Y la lista negra, porque no puede ser que mis padecimientos burocráticos con el trámite ante la Dirección Nacional de Bomberos sean lo habitual. A pesar de mi loco amor por ellos, seguro me tienen mal catalogada en algún expediente y mi nombre salta en el sistema.

    Los falsos bomberos editores corresponden a:
    [*] Tato Ariosa
    [**] Daniel Márquez
    [***] Álvaro Zinno
  • Elogio del Bombero/ Una ardiente novela por entregas (3)


    3.

    Come on, baby, light my fire

    El idilio con los bomberos trastabilló cuando supe que me cobrarían 2 UR (unidades reajustables) por el informe oficial, lo que al chistecito de los vidrios rotos en dos ocasiones le estaría agregando cincuenta dólares más (llevamos doscientos diez, a puro temporal y derrumbe), sin contar las inclemencias monetarias con las que me salga la Intendencia de Montevideo cuando inicie el trámite en sus mostradores. Con aquello del idealismo, ganar poco y arriesgarse a morir por las causas perdidas -que tanto me gustaba en mis amiguitos varones de la infancia, candidatos a bomberos, y que tan bien he sabido cumplir conmigo misma-, mis arcas no son lo que se dice un modelo de abundancia; sin embargo, reconozco cuando no hay otro recurso que las vías legales -salir en Telenoche 4 por apuñalar a mis vecinos del edificio no me parece una opción educativa para Astor- y, tarde o temprano, juntando o pidiendo, termino abonando el importe correspondiente en todos estos asaltos legales de los que somos objeto (del Fondo de Solidaridad retroactivo, creado con posterioridad a la obtención de un inútil título en Filosofía, Bellas Artes o similares, hablamos otro día). Me pregunto qué derechos como ciudadano tiene, entonces, alguien que realmente no puede pagar esos $ 940 para que le acrediten oficialmente que el edificio lindero se está derribando sobre los vidrios que coronan su cabeza y la de su familia. Y lo mejor es que uno, el damnificado, es el que tiene que pagar.

    En fin: la decisión ya estaba tomada y fui, ilusa, con la pretensión de retirar el dichoso informe que me había prometido el bombero alto, seguro y de mirada clara. Para mí el asunto era entrar, decir la dirección de mi casa, pagar -sí, la vileza del mundo- e irme, pero hubiera sido todo demasiado sencillo, considerando que uno se adentra temerariamente en las fauces de un organismo del Estado (para eso sí que se precisa arrojo: ¡apagar un incendio o sacar a una abuela de un pozo es solo un juego de niños, en comparación!). Me acerqué al escritorio cubierto de expedientes de uno de esos rubios de ojos celestes que, cuando te miran, te cuesta darte cuenta de lo que están pensando, o si acaso están pensando, o si la instalación fue hecha siquiera alguna vez: todo es un profundo misterio, similar al de los boxeadores que han recibido muchos golpes en la cabeza encima del ring; o quizás el efecto sea intensificado por esos ojos claros, casi acuosos, que en algunas personas logra este efecto inexpresivo. Lo último que podría decir es que tenía nada interesante, aunque sí, de pronto, algo atractivo (algo no demasiado meritorio entre hombres jóvenes y de rostros relativamente bien ensamblados). Le dije a lo que venía, mientras me parecía detectar en él un aire de paisano que inmediatamente me recordó a mis primos de Trinidad, Flores.

    -Ah, no… Usted primero tiene que hacer la solicitud para que le podamos tramitar el informe. Es este formulario.
    -Qué raro, porque el bombero me dijo que lo pasara a buscar. Que tenía que pagar, eso sí.
    -¿Eso le dijo? Pero no: primero se hace la solicitud… Porque, además, me tiene que traer la credencial cívica. ¿No le dijo?
    -Pero ¿y la cédula, que la tengo acá, no le sirve?
    -Nooooooo…. no, no. Tiene que ser la credencial cívica, y fotocopiada ¿ve? -y me mostró varios ejemplos de otros pobres cristianos, en pleno vía crucis burocrático, luciendo sus perfiles de juventud en el dichoso documento.

    El tipo se levantó para atender una llamada. Se trataba, a todas luces, de un bombero real castigado a tareas de escritorio: no pude dejar de reparar en que era fuerte, musculoso, joven, rubio, hablaba con esa suavidad agreste que tienen los bomberos (el mito del Buen Salvaje) y medía cuando menos 1.95 mts. Con horror escuché una vocecita interna que decía: “¡Ven, bombero… apaga mi fuego!” o algún cliché similar. ¡Mancillar con mis sucios pensamientos el aura sacrosanta de un bombero! Luego, por fortuna, el imperdonable desliz momentáneo se terminó cuando el tipo volvió a dirigirme la palabra: aquella hipnosis de incendios, mangueras y carros cisternas, si hubiera hecho falta, se desvaneció instantáneamente en cuanto abrió la boca. Mis primos de Trinidad, Flores, eran espectacularmente bellos en su juventud; el mayor se parecía incluso a Tom Cruise, pero en el momento en que se largaban a hablar con su tono pajuerano se rompía irremediablemente el hechizo. Lo curioso es que se casaron con mujeres también muy bellas que repetían ese mismo fenómeno (debe ser por este tipo de comentarios que, a lo largo y ancho del planeta, los provincianos nos detestan a los capitalinos).

    A la pregunta de cuál era el horario en que atendían, me dijo que de 9 a 16.45 hrs. “Pero no vaya a venir 16.45, porque 16.45 es el horario en que terminamos. Tiene que venir 16.30 como mucho”.

    *

    Pasaron unos días. Junté la plata, llené el formulario y saqué la fotocopia; alguien tuvo a bien advertirme que lo que en realidad me estaban pidiendo no era la fotocopia de la credencial cívica en sí, sino la constancia del voto de dicha credencial. Solo que en el formato moderno ya no hay sellos que comprueben dicho voto, porque la credencial nueva consta de un código de barras; lástima que casi ninguna dependencia del Estado pueda leer la información contenida en dichos códigos, por lo que ahora hay que concurrir con los ridículos papelitos que a uno le extienden como constancia. Ese comentario me ahorró un viaje más a Bomberos, pero solo uno.

    Estaba lleno de gente esta vez, todos para pedir habilitaciones, así que el hot punished fireman que se ocupaba de tramitar los partes (sic) estaba a mi total disposición libidinosa. Saqué, uno a uno, los requisitos burocráticos, depositándolos sobre su escritorio en una suerte de streap tease inverso: formulario, fotocopia, credencial cívica… Y cuando estaba a punto de arrojarle el billete -no olvidemos que se trataba de un streap tease inverso-, me entró el pánico: decidí asegurarme de que el costoso documento fuera realmente lo que yo precisaba para proseguir con el trámite frente a la Intendencia, no fuera a ser que tuviera mal la información.

    -Para verificar nomás… ¿este parte es lo que piden en la Intendencia para tramitar frente a Seguridad Edilicia?

    El hot punished fireman me miró, con esa mirada celeste de la vacuidad, y me dijo con su serena voz de leve tinte pajuerano: “Este es el documento que la Dirección Nacional de Bomberos emite, en carácter oficial, a fin de que pueda ser presentado en las dependencias que así lo exijan, o funja de comprobante frente a una instancia judicial, por ejemplo”.

    Quedé muy impresionada por el discurso y la seguridad con que lo pronunció. “Bien, vamos bien”, me dije. Pero proseguí con mis constataciones previas a largar el tan preciado y doloroso billete:

    -Bueno, entiendo, pero el bombero dijo que, provisoriamente, el edificio tendría que poner un tejido metálico o malla para evitar que, de acá a que la Intendencia intervenga y se concreten las reparaciones, vuelvan a caer cascotes sobre mi claraboya. ¿Eso vendrá también en el informe?

    Demasiado pedir. 

    -¡Ah, noooo: yo no puedo saber lo que contiene el informe! Capaz que usted paga las 2 UR y resulta que en el informe no dice lo que usted estaba esperando que dijera ¿vio? Lo que puede hacer es elevar una nota al Director para solicitarle conocer previamente el contenido del informe, así ve si paga las 2 UR o si es al santo botón…

    Ahí me imaginé volviendo a mi casa a escribirle la carta al Director, imprimir, volver a Bomberos… Pero, claro, los mil pesos…

    – (suspiro) (no de pasión, aclaro) ¿Y cuánto tiempo tendría que esperar para tener una respuesta del Director a partir de que traiga la nota?

    El hot punished fireman me contestó, con suma solvencia, que el Director tenía por ley un plazo de cuarenta días para contestar dicha nota. Que no significaba que necesariamente se iba a tomar los cuarenta días, pero era lo que él tenía por ley. Que una vez que me contestara, sería para darme una cita para que yo concurriera personalmente a leer el contenido del informe, y entonces pudiera decidir si lo pedía o no.

    A esas alturas, ya sentía una angustia alojada en la boca del estómago; esas angustias sartrianas del darse de bruces contra lo absurdo. Mi admiración, simpatía y respeto extremo por los bomberos de todas partes del mundo se estaba derrumbando, como los pretiles del edificio lindero, todo por culpa de una burocracia ridícula que pierde de vista lo importante, su razón de ser. Menos mal que esto se trata únicamente del peligro de cascotazos caídos desde cinco pisos de altitud sobre la claraboya  de vidrio bajo la cual vivimos personas: para la kafkiana organización del Estado, se ve que hay muchas, muchas cosas que pueden esperar.

    Sobreponiéndome a la angustia existencial y a la sensación de ser estafada por la inoperancia de todo un sistema aceptado por default, le dije que no, que pagaría ahora. Y que si el informe no decía lo que yo pretendía que dijera, iba, sí, a pedir una entrevista con el Director. Solo en ese caso, no antes. Y que me la iba a tener que conceder, así fuera que la ley dijera que le daba plazo de un año.

    Creo que todas las fantasías románticas en cuanto al hot punished fireman se desvanecieron en ese momento. Igual, el bombero ardiente me pidió mi teléfono. Para poner en el formulario nomás, claro. Subí, pagué, bajé, le di el recibito, me apuntó números de expedientes y teléfonos para consultar -por supuesto, también comentó que tomaría un mínimo de tres días hábiles-, y recién después podré ir a la Dirección de Bomberos a retirarlo. Por tercera vez. Pudo ser la cuarta (de no haber sabido que el requisito es la constancia del voto, no solo la credencial) o la quinta o sexta (de haber solicitado conocer previamente el contenido del informe por el que pagué cincuenta dólares).

  • Elogio del Bombero/ Una ardiente novela por entregas (4)

    4.


    A partir de esta desilusión amorosa, del oprobio de ver mi idealizada profesión entreverada en trámites ridículos pero sobre todo frente al desconcierto de haber tenido que pagar tanto dinero -para mí, que es muchísimo, pero para otra gente incluso será mucho más grave- por algo que debería ser un derecho, he estado investigando un poco el tema. Entiendo que las instituciones se desfinancien, pero siempre hay salidas creativas para las crisis, y ni siquiera voy a plantear algo que distorsione el espíritu del gremio o que ofenda la profesión; antes bien, creo que los bomberos en particular, por sus condiciones -hombres fuertes, entrenados, sometidos a todo tipo de exigencia física-, tienen potenciales inexplotados que podrían aprovechar.


    “Los bomberos de Tenerife se desnudan para ayudar a los refugiados del Sahara(cita textual)

    Tanto hablar de la modernización de las instituciones y la globalización, bueno: ahí tienen a los bomberos de toda España, cultura muy similar a la nuestra. Cuando salió el calendario de los bomberos de Bilbao, se agotó a las pocas horas y la segunda reimpresión fue de 10.000 ejemplares; los bomberos de Alicante destinan parte de los fondos de su calendario a la Asociación de Afectados de Daño Cerebral Adquirido, los bomberos de Huelva, por su parte, donan parte de su almanaque contra la esclerosis múltiple, y así todos.

     

     A mí me parece que los bomberos de mi país hacen un gran trabajo, pero siempre es posible dar un poco más. Y como precisamente los bomberos se distinguen por su espíritu de sacrificio, un calendario como el de sus pares españoles sería una buena vía para colaborar con el presupuesto del Estado, tema que tantos conflictos viene padeciendo porque muchos empleados públicos no entienden que los recursos no son infinitos, que hay que generarlos y que, en todo caso, hay necesidades mucho más imperiosas que subirles el sueldo indefinidamente a ellos. Bueno: he aquí una forma inocua de poner a trabajar creativamente al Cuerpo de Bomberos (sic); ya le llegará el turno a otras dependencias. De paso, sanear un poco las arcas de la institución en vez de sangrarnos a los civiles. Ahora, si me dicen que las 2 UR que me están cobrando me incluyen un calendario 2011 como estos, entonces las cosas cambian.



    ADVERTENCIA: Los atributos y sex appeal del bombero que atiende los trámites están exagerados para beneficiar los intereses narrativos del relato. Mujeres: este es un texto de semificción, no acudir en tropel a las oficinas de la calle Mercedes. Repito: no molestar al bombero.
    Espero sinceramente que los bomberos uruguayos no sean rencorosos y que, si un día se me empieza a quemar la casa y llamo desesperada al 104, no me conteste una (falsa) grabación del otro lado de la línea: “Lo sentimos, pero no podemos procesar su solicitud… Lo sentimos, pero no podemos procesar su solicitud… Lo sentimos, pero…” 


    POSTERIOR AL CIERRE:

    Colaboración de un lector: “Los bomberos están bien dotados” (video). Por lo que se ve, los bomberos españoles se las traen, asi que si en mi destino está el sufrir algún incendio preferiría estar convenientemente radicada en la Madre Patria. Con los bomberos de acá  ya estoy más que  quemada.





    Otra lectora colabora sugiriendo como soundtrack la canción de Daniela Romo “Que vengan los bomberos”:





    Por último, mis amigas Maca y Gumita proporcionan esta foto de su archivo personal en la que puede constatarse la acción heroica del bombero rochense: ¡el tipo salva cuatro vasos de vidrio mientras el techo del rancho de Punta del Diablo está a punto de desplomarse!