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  • Masoquismo 2.0

    Tengo pocas oportunidades de tomarme un ómnibus en el esquema o guión que sigue mi vida actualmente. El solitario trabajo vía internet; luego, los talleres presenciales en mi casa. Eso, sumado a las dichas y exigencias de la vida familiar y al poco tiempo libre. Todo, para colmo, en plena cruel mediana edad (cruel, entre otras cosas, por descargada de pilas).

    Mis desplazamientos obligatorios, entonces, se reducen a ir y venir del colegio de Astor (a cuatro paradas de casa); luego, a la tertulia semanal con mis viejos amigos en el café Tribunales, y finalmente, a la irregular aunque desesperada lucha contra mi naturaleza de monja de clausura. Quiero decir, en ocasiones me obligo a trabajar en algún café -laptop o papeles impresos de por medio- para apaciguar un poco esa tan conocida sensación de saberme, como nadie, una mónada de Leibniz. La habitación de mi mente/sin ventanas, decía y me decía un poema que escribí a los veinte años. Se extraña el mundo, tener compañeros de ruta, compartir presencia incluso sin hablarse. Luego se asombran de que uno se vuelva adicto a internet.

    Me gusta mirar por la ventana de un bar, ver a la gente hacer sus cosas, a la fauna habitual de un café tomar sus puestos. Sentirme, también, amparada por el reconocimiento de los meseros del lugar, tipo perrito adoptado (lo máximo es cuando ellos se adelantan y me preguntan “¿Un cortado cargado?”, o lo que sea que consuma allí: en el bar Sporting, donde paraba media hora por reloj todos los jueves, el mozo ya largaba el cortado al verme atravesar la puerta, sin siquiera corroborarlo). El placer de presenciar el desfile de la rutina cotidiana -seguramente porque no es la mía propia-, ese movimiento que me rodea pero no logra tocarme. Por eso, porque me hace bien, trato de salir de mi casa a trabajar afuera al menos dos veces por semana (además de las esperas en el club de Astor, donde no puedo más que garabatear un poco o empezar a leer alguna consigna impresa). “¿Adónde vas después?”, me pregunta el niño cuando lo dejo en la escuela esos días en que cargo con la laptop, cruzada al pecho. “A una oficina en la que a veces trabajo”, le contesto muy segura. Inocente. Ya bastante lo confundo con mis atipicidades como para que además piense que me instalo por ahí a tomar café en el epicentro de la tarde, mientras él tiene que lidiar con la letra cursiva, las sumas y el inglés.

    Por eso, porque salir al mundo 3D es, en mi caso, una excepción, es que lejos quedó aquel tiempo en que tomaba ómnibus todos los días, a menudo varios: que para ir a la universidad, que prácticamente a diario al Sorocabana, años después a la productora de video, más mi bien ganada fama de obsesiva espectadora de cine y habitué de los bares nocturnos (“…lejos quedó el tiempo…” para ambas cosas). El ómnibus es como una segunda naturaleza en la juventud; uno se vuelve casi un centauro de Cutcsa. Claro, la gente adulta con trabajos normales igual tiene que mantener tal condición, aunque en general la viva como un calvario. Pero para mí, para mi aislamiento (o hiperconexión por internet, depende), subirme a un ómnibus no deja de ser una oportunidad -quizás una esperanza- de que algo imprevisto pase fuera de mi mundo doméstico, de mi mente.

    El otro día, por ejemplo, el chofer saludaba con floridos “Buenos días” a cada uno de los pasajeros -quiero decir: uno por uno-  que abordábamos su ómnibus. Miré por todos lados a ver si se trataba de una cámara oculta, pero nada. Siguió dándole la bienvenida, amabilísimo, a cada nuevo que ingresaba por las escaleritas a lo largo de todo el viaje, hasta que al final llegué a mi destino. Entonces decidí irme por la puerta trasera, presa de la súbita timidez de imaginarme que también me despediría al bajar.

    Otro encuentro significativo fue con un muchacho new age que se subió a vender libros autoeditados por él y su grupo esotérico. Hablaba sin parar sobre el sentido del karma, el significado de la vida,  la misión personal, el estar perdido, la búsqueda, el camino. No me venía nada mal su speech motivacional, y la verdad es que parecía convencido de lo que decía. Yo también lo estuve, también iluminé y hasta vibré por cuanto predicaba, o quizás porque sentía hasta el alma ese rol tan importante de mentora, de inspiración y guía de otros que pretendía cumplir -quizás cumplía verdaderamente, o quizás cumpla todavía, no lo sé bien-. Pero ahora da la impresión que algo en mí se desengranó y pisa en falso, como tratando de hacer pie sobre el suelo fangoso de una nueva identidad. Estuve hasta tentada de comprarle el libro esotérico: la sola idea me avergonzó mucho más que la perspectiva de haber recibido un “Hasta luego” de aquel chofer tan inusualmente amable. Creo que nadie en el ómnibus le compró, pero -como corresponde a una persona cuya fe en un propósito le arde adentro como fuego del hogar- él ni se inmutó, guardó sus libros y continuó su viaje.

    Ahora bien: la experiencia más relevante que viví a bordo de un ómnibus en los últimos meses tuvo que ver con un músico. El tipo subió, sacó su guitarrita y empezó a cantar -como pudo- aquella conocida canción de José Luis Perales en que el protagonista, obviamente víctima de previos cuernos, quiere averiguarlo todo sobre su rival antes de separarse para siempre de la mujer que ama. ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre? Uno se preguntaba, en aquella extraña época previa a internet (A.I.), cómo era posible que el hombre de la canción fuera tan masoquista: in ille tempore, cuando existía la separación real, definitiva -ese “cada uno sigue su camino”-, bastaba con resistir al principio aquella tentación malsana de querer saber para simplemente ir dejando que la herida cauterizara tranquila. Cualquiera sabía que estar metiendo el dedo en la llaga sólo retrasaría la cura de lo que, por otra parte, no estaba en sus manos evitar; el sentido común prescribía no concurrir a los mismos lugares que se frecuentaban antes con el amante occiso; evitar por un tiempo a los amigos en común para no tener noticias: ni nuevos dolores ni tentadoras añoranzas; tampoco llamar por teléfono para escuchar su voz una vez más o, peor aún, para conocer al fin la temida voz de nuestro relevo, ya instalado en su casa; cualquiera sabía que guardando las cartas, fotos y objetos personales en una caja se minimizaba bastante la tortura; que, en lo posible, había que evitar pasar por delante de su casa, lugar de estudio o de trabajo, para no alimentar inconvenientemente los recuerdos, la curiosidad ni las casualidades. Y la piedra angular de la estrategia para sobreponerse al abandono era, por supuesto, saber lo menos posible del o la rival: si la comparación no nos favorecía (en el aspecto que fuera que nos quitara el sueño), el ego sufría y quedábamos devastados; en cambio, si la comparación nos favorecía, menos aún entendíamos el abandónico proceder del amante occiso y quedábamos devastados.

    Perdóname si te hago otra pregunta.

    Pero ahí estaba Perales reencarnado, en el ómnibus, trayéndome a la memoria aquel tema, himno al regodeo en el autopatetismo. Lo recordaba bien porque, cada vez que por azar lo escuchaba, se me daba por imaginar a mi primer novio cantándomela, si alguna vez le hubiera dado la oportunidad (o mejor dicho, si yo hubiera tenido las agallas). Es ilustrativo cómo el tipo de la canción, salvo cuando se despacha abiertamente “Es un ladrón que me ha robado todo”, muestra y dice una cosa por otra con tal de aparecer digno, civilizado y -por supuesto- más caballero que su rival. O de manipular con la culpa: como si en el fondo esperara que, con su teatrito del profundo respeto hacia su libertad, ella se fuera a echar para atrás en el último momento, conmovida por su nobleza:

    llévate el paraguas por si llueve/
    y abrígate
     (¡ojalá te agarres una pulmonía y te le mueras, bruja!)
    sonríete, que no sospeche que has llorado
    (¡ma´qué... que vea que estás destrozada por hacerme esto, cretina, y que se les arruine la noche!)  
    y déjame que vaya preparando mi equipaje
    (pero... ¿no te das cuenta de que me estás jodiendo la vida, so ramera?) 

    De pronto, me descubrí pensando en la nueva realidad vincular del Facebook y las redes sociales. Parece como que ahora los finales de antes se hubieran vuelto imposibles (y no hablo únicamente de relaciones amorosas: siempre que no se haya llegado a una declaración de guerra, hablo también de amistades que se terminan, de familiares políticos luego de una separación, de vínculos importantes que se diluyen). Uno convive en directo con todo aquello que, luego de un alejamiento, naturalmente le duele; tiene que ser testigo, por ejemplo, del reality show del embarazo de su ex cuñada mientras piensa que, por muy pocos meses, ese bebé bien podría haber sido su sobrinito. O tiene que contemplar cada mañana cómo su ex novia -que se ve divertida y feliz- ya está rodeada de galanes, multietiquetada en fotos de fiesta en fiesta, mientras uno apenas está logrando salir de la madriguera luego del golpazo. Nos sorprendemos a nosotros mismos embarcados en rituales tan masoquistas como los del tipo de la canción, visitando a menudo los perfiles de la misma gente que nos lastimó -en un sentido u otro, a total conciencia o en inocencia total, lo mismo da-, sólo para constatar una y otra vez el vacío que dejaron; tratamos de no perder del todo el rastro de sus vidas, ahora vividas lejos de nosotros; conocemos a sus nuevos amigos, parejas, colegas; seguimos escuchando sus opiniones o presenciando sus intercambios, pero ahora nuestras interacciones son en el más puro silencio de la mente; hasta sabemos adónde fueron o adónde irán. Allí, en la pantalla de las redes sociales, desfila nuestro pasado, nuestro presente y hasta nuestro futuro; las cordilleras y los oceanos tampoco existen. Difícil de manejar para seres que todavía venimos a la Tierra en formatos tridimensionales, con necesidades presenciales o des/presenciales.

    Porque hay algo medio perverso en ese seguir tan (semi) conectados cotidianamente cuando un vínculo de cualquier orden se complica, se enfría o se termina; por lo menos durante el período de duelo, eso no debe ayudar. Especialmente al más damnificado. Pero muchos psicólogos vienen recogiendo la impresión de que borrar a alguien del Facebook equivale casi como a matarlo: un último recurso que sólo se arriesga cuando el asunto es definitivo y gravísimo. Nadie lo hace con la gente que le importa o que alguna vez le importó (sí, claro, con desconocidos); el dejar de verse, que en el mundo real sería parte de los ciclos naturales de algunas relaciones, aquí se vuelve una salida de violencia extrema. Tampoco solucionan los settings de privacidad, porque -en la maraña de la hiperconexión por default– eso termina siendo el (también doloroso) equivalente de estar evitando a la persona o siendo evitado por ella. Y entonces se corre el riesgo de que la canción de Perales ya no sea la excepción, sino la nueva regla.
    ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?

     
    Por algo, en sus preceptos de Remedium Amoris, Ovidio recomendaba irse de Roma cuanto antes. Y hacer, básicamente, todo lo contrario de lo que terminamos haciendo en un mundo cada vez más ubicuo. Pero ahora no nos queda otra que ser los forzados ciudadanos contemporáneos de una Roma virtual omnipresente. De la que huir, por cierto, es prácticamente imposible. 
    No te entretengas en leer las misivas que guardes de tu dulce amiga: 
    el temple más firme vacila con tan peligrosa lectura.

    Quiera el cielo que tengas el valor de pasar sin detenerte 
    por el umbral de tu abandonada amiga, 
    y los pies no desmientan tu resolución.
    Sobre todo huye, por fuertes que sean los vínculos que te encadenan, 
    huye lejos y emprende viajes de larga duración.
    Consejos no por añejos menos sabios. Y que todavía considerábamos vigentes hace (sólo) tres décadas, cuando Perales cantaba su canción y casi todos nos reíamos de su masoquismo sin el menor miramiento. ¡Pobre de él, si hubiera tenido Facebook, con semejantes inclinaciones naturales!

    Sí, tiene lo suyo tomar ómnibus. Tendré que hacerlo más a menudo.


  • Mi vida secreta

    Todos tenemos perversiones clandestinas, retorcidos deseos o comportamientos que nos empeñamos en ocultar de los ojos de los conocidos. Es parte del mundo privado, de las potestades que nos da ese momento fundacional de la libertad interior: cuando el niño -si le va bien y es un niño sano y/o si no tiene por madre o padre a la Medusa- se da cuenta de que, por más mirada inquisidora con que lo amenacen sus progenitores, si miente nadie podrá realmente averiguarlo, como tampoco persona alguna llegará a penetrar en sus sueños, fantasías y conflictos silenciosos. Eso está bien: es parte del ser persona. Por eso, creo que en realidad las peores son nuestras perversiones menores, esos pequeños tics o conductas que no pertenecen del todo a nuestro perfil público y, a su vez, nos resultan irrelevantes. No se explica, por lo mismo, cuál es el motivo real para mantenerlas, dado que muestran bastante incoherencia con lo que somos, valoramos y decimos ser, pero tampoco valen demasiado la pena; tics a los que se podría renunciar sin ningún perjuicio, pero que por alguna ignota necedad/necesidad nos empeñamos en conservar, en alimentar con la ritual repetición. Como si dejar algunas zonas privadas, en las sombras de la mirada ajena, nos diera  cierta paz, aire y la saludable sensación de ser libres. “Ellos creen que soy todo un consagrado intelectual y ¡ja, si supieran la radio que escucho cuando estoy solo! Hasta bailo, me emociono y lloriqueo con las letras (me las sé todas, je je)…”. “Seré madre de seis, pero me gusta ver lencería sexy en esas tiendas medio escondidas de las galerías. Claro que nunca me compro nada -¡a mis años!-, pero igual me imagino. Odiaría pensar que alguna vecina me viera merodeando por ahí, así que me fijo bien y entro rapidito!”. Cositas inocentes, solo que no van del todo con el identikit público.

    No encuentro mucha explicación para una de esas recurrentes perversiones menores en mí, pero cada dos por tres me entrego a ella sin culpa, hasta divertida por la posibilidad de que algún conocido -amigo, alumno del taller, contacto profesional- me agarre in fraganti. Consiste en comprar una medialuna rellena y una lata de Coca Light o similar en el Disco de Punta Carretas; luego me voy a una jardinera de plantas al lado del ascensor y me siento allí a comérmela groseramente mientras observo el movimiento humano del shopping (como si se tratara de algo lindo de ver). La medialuna es enorme pero sale $39.90, mucho menos que lo que me saldría cualquier refrigerio por ahí, y con esto me aseguro de pedir luego tan solo café. En realidad, creo que la perversión menor comienza por el propio hecho de ir de vez en cuando al shopping con la excusa de trabajar o escribir, en el Bonafide o donde sea: ¿a quién le puede gustar estar en esa maqueta de avenida muerta, que parece una vereda a la calle pero está bajo techo, hormigueante y repleta de gente ávida de consumo, paseadores de bolsitas, música estándar, reiterativa, aire acondicionado, comercios? Lo más parecido a los sobrevivientes de una guerra nuclear, años después, o a una civilización cuyo problema con el ozono obligara a los habitantes del mundo a refugiarse bajo tierra, con luz artificial y ambiente climatizado. Me gusta imaginarme eso para luego bendecir el sol y el viento cuando salgo a la calle verdadera.

    Lo peor del asunto de la medialuna es comer al paso en semejante entorno, olímpicamente instalada en contemplativo gozo. A la gente le da vergüenza hacer esas cosas; en un restaurant o café, todo bien, pero sentarse ahí a la vista, con la evidente intención de ahorrar -y quedarme luego en el shopping, porque de otro modo me podría llevar la comida a mi casa- es algo que llama la atención e incluso causa gracia. A menudo he sentido que si me pusiera a hacer abdominales o a cantar mantras a voz en cuello quizás me mirarían menos al pasar. Hoy una veterana simpática y juvenil que iba a toda máquina se dio la vuelta para sonreirme, como aprobando el desparpajo.

    A veces a uno le toca ser testigo -precisamente por ese estar allí como no estando- de conversaciones insólitas; también es posible observar sin mucho pudor a todo tipo de personajes que circulan o se detienen en los alrededores. El otro día, había un gordito con cierta calvicie que intentaba concertar una especie de cita con una mujer por celular, o mejor dicho de convencer a dicha mujer de que fuera a su casa a comer sushi, pero dejando claro que con ellos estaría un tal Dante (cosa de que la mujer no fuera a detectar sus intenciones). Estaba tan nervioso que ese asunto de Dante y el sushi lo repitió varias veces; luego le preguntó por unos paquetitos aromáticos para los roperos que no recordaba dónde era que se compraban. Me recordó al protagonista de La vida útil; no puedo decir que la película me gustó porque me sumergió de cabeza en los patéticos años ochenta uruguayos (si hay algo de lo que no me quiero acordar, es de aquella sensación descorazonada y opresiva). Pero sin duda este tipo de hombres torpes, aniñados y entrañables existen en el mundo. Estas viñetas conviven conmigo todo el tiempo gracias a mi privilegiado escondite en las rutas del consumismo.

    Seguramente las respetables señoras de casi medio siglo no deberíamos sentarnos de vaqueros y piernas cruzadas a comer enormes medialunas en el medio del shopping como liceales. Debe ser verdad que aún tengo muchas actitudes adolescentes. Por otro lado, en la vida me toca o he elegido actuar  como vieja sabia, ayudando a la gente a lidiar con sus profundidades y sus sombras. Creo que también me merezco jugar, flotar, perder el tiempo, dejar salir mis zonas inmaduras para que algo de liviandad me ayude a sobrellevar el comprometido y preciado paquete. Así que seguiré cultivando mi vida secreta en todas sus formas porque me hace bien. Con estas tonterías, que no le reporto a nadie, aunque las tome de excusa para escribir aquí. Y lo mismo haré con estados de ánimo, vínculos viejos y nuevos, exploraciones, visiones, sueños, fantasías, conversaciones callejeras, memorias que le corresponden únicamente a mi soberanía territorial, el primero y más elemental derecho humano. De todo eso elegiré cómo, cuándo y con quién compartir cada cosa, si acaso le llega su momento. Espero querer compartir mucho, pero no lo haré por decreto.

    Es lindo pasar toda una noche charlando con una amiga y tomar vino mientras se cuentan secretos y reflexiones. También lo es llorar junto a un ser querido nuestras miserias, nuestro lado perdedor, y no tener que esconderse. La confesión alivia, las revelaciones de algo viejo sorprenden. Las pasiones calladas que un día se dicen. Las pesadillas que se cuentan entre ahogos. Los sueños de lo improbable que uno se atreve a formular. Y pocas cosas deben ser más reconfortantes que una pareja de muchos años que nos mira y nos conoce más que nadie. Pero siempre quedará una zona privada en el alma, y está bien que así sea: ese mismo espacio será la tierra que pisaremos cuando llegue el día de nuestra muerte. Que, aunque idealmente pudiera encontrarnos rodeados de afectos, no dejará de ser en solitario.

    Hay cajitas guardadas en el desván y llenas de telarañas, hay diarios rojos con llavecitas, hay olores en el frasco y en los roperos abandonados, hay todo lo que pudo haber sido, hay danzas efímeras, hay miradas que descubren y son descubiertas, hay lágrimas que se contienen y también lágrimas que se lloran, pero cuya causa se elige no decir.

    Qué suerte que todavía me puedo sentar allí, al lado del ascensor, en ese lugar medio decadente de las privadas manías incomprensibles.

  • Curiosidad con la firma del Darno

    Hace días que estoy por meterme un poco en cierto abanico de sentimientos y vivencias que he venido acumulando sobre mi amigo Eduardo desde su fallido cumpleaños 55 el pasado noviembre (por cierto, mañana hubiera sido el de Levrero: ¡el 69! Me cuesta creerlo, todo, la edad que tendría, la ausencia). Pero siento que no he podido hacerme el tiempo y el espacio –como dice F., se me terminó la jodita y ya estoy en el ruedo de la autodisciplina laboral otra vez). Pensé, entonces, en un lindo abrebocas, un aperitivo para empezar a marcar la presencia tan fuerte de D. en estos últimos tiempos. Parece sobrevolar mis días como una mariposa necia, como un sonámbulo, como un fantasma empecinado.

    Sé que a algunos de sus amigos y fans les gustará. Se trata de un mantelito de papel que me trajo el día de mi despedida rumbo a México en 1999; supongo que un pedacito mágico de bar con la chonga estampa del mapa de Uruguay le pareció una tábula óptima donde estampar sus cómicos versos (lo que más me gusta es la rima de “Coyoacán”, uno de mis lugares favoritos de la ciudad, con “Darnauchan(s)”). Lo pongo al derecho y al revés, porque la gracia es ver después su puño y letra; favor de aguzar la vista, que hay una hoz y martillo en la firma, como los hubo encima de su ataúd también.

    Debo decir que aquel día de abril del siglo pasado coseché –además de su hermosa presencia, primer invitado en llegar a mi fiesta– una de sus chalinas que desde entonces tengo al lado de mi escritorio como inspiración y protección, una foto suya que me trajo, con guitarra y dedicatoria (saqué una de Levrero y Darnauchans juntos ese día, qué tino, qué destino, qué desatino), y varias llamadas telefónicas de Patricia enojada porque había venido (él dijo: “Vengo a despedirme… ¡aunque me cueste mi matrimonio!“). Qué buenos recuerdos, los repaso y me río sola. Así que hoy no quiero ni pensar en el desenlace, en todo ese desenlace previsible del barranca abajo y la confirmación de su muerte en 2007, como bien dijo Victor Cunha en el videoclip. Lo único que me consuela es concentrarme en su alivio, su descanso, su merecida salida del círculo del dolor y de ese miserable planeta Saturno que le apretó las clavijas desde el principio.

    Triste destino de los escorpianos, según dicen.

  • Cuando uno no escribe, tiene que buscar viejos divertimentos…


    TARDE DE TE

    Dos mujeres hablaban de lo lindo alrededor de una mesa bien servida con masitas y una humeante tetera de Earl Grey. La de más edad observaba detenidamente la figura de la otra, pensando que no se daría cuenta. Pero la más joven, molesta, percibía lo que a su juicio era una ojeada crítica. “ Claro”, pensó. “ Una no puede pasarse un poco con los bocadillos en una fiesta, que enseguida las demás mujeres ¡plick! se adhieren como ventosas al elogio de la silueta redondeada. Parece como si tuvieran un radar: se dan cuenta antes que una de que, en donde había una cintura fina, ahora hay dobleces sospechosos. En donde había un par de muslos estilizados, ahora hay toneles paquidérmicos, anclas de acero imposibles de levantar. Festejan, festejan encantadas la buena nueva de la gordura en sus rivales. Un cañoncito de dulce de leche, una bombita de más y ¡plick!, tenemos arriba cientos de ojos revisándonos con sorna, explorándonos el cuerpo como si fuéramos esclavas a punto de ser rematadas en la plaza pública frente a los jeques árabes más codiciosos. ¿Se creerá que no me doy cuenta de su telescopio rastreador de sobrepeso? Me habla de sus hijos, de su casa, sólo para distraerme, para que yo baje la guardia del verdadero punto de interés: mi deterioro físico. ¿Por qué habría de mirarme tanto, si no? Si fuera para una opinión favorable, ya me la habría dado hace rato, pero es evidente que lo que está pensando no puede decírmelo de frente sin ser grosera: se lo reserva para una buena tertulia con otras urracas como ella. Seré el plato fuerte de la tarde, el comentario jugoso de la jornada. ¡La querida Annette se ha vuelto al fin una gordita feliz, como nosotras! Y entonces, ¡plick!, de golpe todas las otras fulanas del club empezarán a llamarme por teléfono, ¡tanto tiempo, corazón!, etcétera, y me invitarán a tomar el té sólo para escudriñar mis kilos recién estrenados. Y pretendiendo ser amables, en un gesto cruel me ofrecerán tentadoras masitas secas. Será la consagración de mi obesidad, el bautismo de la cofradía de las señoras gordas. Ahí está otra vez, ¡plick!, la odiosa mirada de Marta en mis caderas…”

    Inspirada por las recetas de tarta de brócoli que intercambiaban con entusiasmo, Marta – la de más edad- pidió otra medialuna rellena mientras le confesaba a Anette su debilidad por los bizcochos del domingo. “ El resto de la semana resisto la tentación”,dijo, “pero el olor a café con leche del desayuno familiar es demasiado para mí voluntad”. Anette hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa, pero no le salió. “Claro”, pensó Marta, “como ella es una flaca divina que nunca tuvo que hacer dieta para tener el cuerpazo que tiene, le parece muy fácil poner caras de asco ante una muestra de la debilidad humana, ante un titubeo comprensible en el pesado camino de las gordas sin remedio. Que por más régimen, por más gimnasia, por más maestros chinos que nos dejen como un alfiletero, nunca podremos adelgazar como las modelos de la tele. ¿Se creerá que no me di cuenta que cuando pedí la medialuna me miró con desprecio , como si toda mujer que no tenga su figura espectacular fuera digna de lástima? Así cualquiera: si yo tuviera esa cinturita de avispa, si tuviera sus piernas largas y elegantes, también me creería parida por las hadas. Pero no tengo otra elección: soy yo, tengo hambre y me mando mis medialunas cuantas veces se me antoje. Es una odiosa, ¡pero qué bien que le queda el vestido tan justito! Seguro que se lo puso para que me muriera de envidia, para que le cuente a las muchachas del club lo fantástica que volvió de su viaje. Pero conmigo se jorobó. No pienso decirle a nadie que la vi. Yo seré gordita, pero soy feliz. No preciso público como ella, que siempre se pone unos escotes acalambrantes. Además, seguro que se hizo cirugía; ninguna mujer tiene las tetas tan perfectas por naturaleza….”

    Marta y Anette siguieron hablando sin parar incluso mientras pagaban la cuenta. Al salir del salón de té, era de noche y hacía frío. “ ¿Vas para tu casa?”, preguntó Marta mientras se despedían. “ Sí, pensaba ir caminando” respondió Anette. Era la gran oportunidad de Marta. “ Te arrimo. Vine en el auto de mi marido”, dijo tratando de disimular su triunfo. Anette se tragó la velada alusión a su propia soltería y contraatacó. “Gracias, prefiero caminar, así mantengo la línea”, contestó. Si iban a tratarla de gorda, al menos la otra no se quedaría afuera. A Marta le cayó mal la medialuna y peor aún la ostentación de Anette de que su deseable figura se la tenía bien ganada. Con ejercicio y dinamismo , a diferencia de Marta que se apoltronaba en la comodidad del matrimonio, del auto del marido, del control remoto de la televisión. Pero antes muerta que demostrarle todo lo que la envidiaba. “Bueno, querida Anette, en ese caso será hasta la próxima vez. ¡Qué noche tan encantadora!¿no te parece?”. La otra le apretó el brazo afectuosamente diciéndole: “ ¡ Ay, Martita! Siempre son encantadores los momentos que paso contigo. Que se repitan más a menudo.”

    Las dos mujeres se abrazaron y besaron en ambas mejillas. Luego cada una siguió su camino.

  • Un pedacito de Levrero (1998)

    “En cuanto a herir a otros… no es algo que vos desees, ni es una consecuencia necesaria de tus actos. Más bien hay que pensar que alguien podría lastimarse a sí mismo con el pretexto de tus acciones, lo cual no es buena política, no es sana. Creo que nadie puede renunciar a su libertad y más aún, a su mismidad, por el temor de que alguien se lastime con el cuchillo que inocentemente dejamos sobre la mesa para cortar el pan.”