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  • Inundaciones

    Mi último post fue a fines de octubre, cerca de mi cumpleaños. De esas fechas a esta parte -casi tres meses después-, ciertamente hubiera podido escribir al menos una docena más, si he de tomar como termómetro las ebulliciones internas, los descubrimientos, las maravillas, las emociones, las memorias, los proyectos, los sueños empecinados a lo largo del tiempo, los tímidos pasitos para hacerlos realidad, las polaroids de la vida a cada paso, los momentos kodak, los infiernos temidos, las sospechas. Pero -como es bastante evidente- jamás llegué a escribirlos, no pude hacerlo (lo que, en este caso, es lo mismo que decir que le he permitido a la vida práctica, a mis responsabilidades y mis culpas, impedírmelo). Menos mal que este blog se plantea desde el comienzo como meros “pedacitos” nada más, sin mayor continuidad, aunque hay veces en que se me va la  mano. ¿Quién puede vivir sin darse por lo menos un mínimo espacio para escribir cada semana, cada día, varias veces por día? Y, sin embargo, algunos pasamos meses respirando apenas desde nuestros irregulares diarios privados y apuntes oníricos.

    A estas alturas, es tanta la cantidad de temas y recuerdos que se me han venido asociando inconteniblemente con el título del post, Inundaciones, que debería escribir una novela para darles caza. El congestionamiento incluye la historia de mi casa inundada y de cómo dicho infortunio nos permitió comprarla; las dos operaciones de G. y las notas de sincronicidad del universo; la advertencia de que siempre me cuidara del agua -del peligro de morir ahogada- que me hizo una espectacular vidente hace muchos años; las reiteradas roturas de caños de OSE y saneamiento que desde la vereda inundaron nuestro sótano una y otra vez; las tristes e invernales goteras de la claraboya cuando regresamos a Uruguay; la afinidad con el palo de copas del tarot, con sus receptáculos adaptables y el peligro de sus pantanos; mi amado Guanajuato con sus inundaciones recurrentes; mi otro hogar, Querétaro, y su agua milagrosa; Felisberto Hernández con su casa tan inundada como la mía. Y Constantinopla, también Constantinopla, que ya no existe.

    La única forma de lidiar con las inundaciones internas, con los ríos inconscientes que se dejan crecer hasta el desbordamiento, es empezar narrando desde un hilito de agua, desde una precaria lluviecita, y reservar el resto para más adelante. Mi castigo por no escribir antes será no poder contarlo todo ahora, tener que postergar, diferir. Pero seguro podré retomarlo alguna vez, o estaré libre de hacerlo, si se da el caso. Porque esto no es solamente un propósito de año nuevo; he asumido, incluso, compromisos públicos en el asunto (para empezar, renunciando o aplazando espacios de trabajo muy gratificantes, propuestas que funcionan, lo que de por sí es un privilegio) a fin de tener algo de tiempo y concentración para escribir durante el 2010. Para escribir para mí, en principio; luego se verá. El blog será, entonces, un recordatorio, un lugar en el que monitorear mis propios procesos en tanto, a lo largo de este año distinto, abordo un proyecto mayor. Uno que viene trancado en el canal de parto, el creativo, desde mi último parto, el otro. Desde mayo tendré -me gané, tomo a codazos, me arriesgo, pienso en que me puede caer un piano en la cabeza en cualquier momento y que no hay que dejar tinteros rozagantes en este mundo de hambres- exactamente nueve meses (sic) con un poco más aire para reconectarme con mi escritura, si bien el mundo real me seguirá marcando el paso. Pero menos que antes. Así que pronto podré fraccionar las ahora inundaciones en pequeños chubascos, en chorritos constantes, en baños de piscina, en vez de pretender engarzar todo en un tsunami ocasional.

    Lo que iba a contar hace un buen tiempo (cuando debí haber escrito el post de Inundaciones y no ahora) es que una fuerza incierta me arrojó del sueño en el medio de la noche. Me desperté con el corazón desbocado; el sonido de la fuerte lluvia contra la claraboya terminó de volverme a la conciencia. Un instante antes, yo salía del altillo, fuera de mí, de mi centro, con una calavera de azúcar en cada mano; las había desenvuelto de entre un montón guardadas en una caja que justo había encontrado. Yo giraba en el patio con los brazos extendidos, mientras la lluvia me caía encima, empapándome, y las calaveritas poco a poco se iban derritiendo entre mis dedos. Masa húmeda de azúcar, recuerdos que se pierden para siempre, que se entregan como ofrenda en un misterioso ritual. Ecos de la fiesta de los muertos en México, quizás.

    No me podía sacar la imagen de la cabeza.

    Miré el reloj, aún con el pecho apretujado. Las cuatro de la madrugada. Tenía que disfrazarme, dejar el pijama calentito a resguardo, agarrar un paraguas y salir en el medio de la lluvia a verificar que el desagüe no se hubiera tapado.

    Las casas son seres implacables: demandan, exigen, protestan. Hemos de apaciguarlas, tranquilizarlas, hablarles en susurros. Finalmente, no hay que olvidar que se trata de nosotros mismos.

    Subí. Me mojé. Todo estaba en orden. Hacía como un mes que en casa habíamos sufrido una inundación mayúscula; el desagüe tapado formó un estanque en la azotea y el techo de nuestro cuarto no resistió: por alguna grieta se filtró el agua y dos chorros, tipo ducha, mojaban los muebles, el piso de madera, deslavando revoques ante mi atónita mirada. Creí que todo se vendría abajo; hasta ese día, el agua había sido en nuestra casa (además de un capítulo fundacional, con olas moviéndose en cámara lenta bajo la luz de la luna, pero esa es otra historia) un problema de la claraboya, de molestas goteras habituales en las casas viejas, de paredes con alguna mancha de humedad. Dudar de la solidez del techo ya era otra cosa; los cuartos eran el refugio lejos del patio, la protección de los vidrios que se rompen durante los temporales (tan habituales en Montevideo), con sus ruidos de viento inquisidor. Ese episodio lo trastocó todo. Creí que nunca más lograría dormir tranquila en mi cuarto. El agua parecía estar esperando la oportunidad para adueñarse de todo, para hacernos flotar sobre los colchones, ya cadáveres en nuestro sueño eterno. Así pasaba en Guanajuato antes de que entubaran el río: la gente no despertaba una vez que el agua subía cuatro, cinco, seis metros en una sola noche.

    Paradójicamente, una ciudad puede estar amurallada, pero solo en tanto disponga de agua. Su solidez depende de esto. No hay sistema de protección militar que valga sin un potente depósito de agua, un acueducto o similar. Habría que pensar qué puede significar esto, llevando la metáfora a nosotros mismos.

    Constantinopla, por ejemplo, tenía espectaculares murallas de 9 metros de alto, incluso con estructura anti sísmica. Pero, además de un acueducto que recorría kilómetros, disponía de un gigantesco sistema de almacenamiento, con agua suficiente como para llenar 27 piscinas. Tan solo para sostener su techo, contaba con 336 columnas. Imbatible. Reservas de agua y muros defensivos.

    Sin embargo, finalmente la ciudad fue vencida. Hunos que comían carne cruda, vestidos con pieles de ratones de campo hasta que el atuendo se les desintegraba, ya de podrido. Esos bárbaros salvajes violando, saqueando, matando…

    La estabilidad de un imperio puede, ciertamente, depender de sus murallas. Por algo la ciudad más rica del mundo era  la que mejores muros tenía (*). Y aún así, a toda Constantinopla le llega su Atila. No hay nada que proteja totalmente de los Atilas del mundo.

    En México, algunas veces el presidente tenía que declarar zona de desastre la mitad del país a causa de las inundaciones. Y la otra mitad también, pero a causa de las sequías.

    Sí, habrá que seguir pensando y aplicando metáforas…


    (*) Quizás todavía lo sea: bastaría contemplar con cierta malicia las medidas que se aplican actualmente en los aeropuertos de EE.UU.

  • Radiante

    Hoy viví una escena perfecta: el ómnibus, una tarde soleada, las típicas casas montevideanas a través del vidrio, “Penny Lane” y “Come together” en los oídos, un actor desocupado vestido con larga falda negra metiéndose con todo el mundo y haciéndolos reir en el pasillo (no escuché lo que decía, me da terror que me empiece a hablar, pero la gente se divertía). Nada podía ir mejor.

    Y paseé un poco por la Ciudad Vieja (me hace bien ese lugar, de día); ni siquiera podía quedarme a tomar un cafecito, pero lo respiré en el aire: energía, cielo azul. Estuve tentada a entrar en la Catedral nuevamente, a ver si con una mejor óptica interna las cosas se veían distintas, pero no: ya sé que en eso no. En cambio, disfrute los edificios antiguos como nunca. Mis muertos y mis ausentes lejanos estaban, como siempre, pero eran parte de la fuerza de mis alas, no buitres posados en ellas.

    Ahora me vengo a enterar de que cerrarán el Bar Mincho: ¡qué poco amor por el paso del tiempo, la historia! Y no lo digo por sus dueños, que a lo mejor están quebrados; lo digo por el gobierno, del bando que sea. ¿Cómo es posible que desaparezcan mapas enteros de nuestra propia identidad sin que nadie haga nada? Aún me lamo las heridas del Sorocabana (¡de los dos!); menos mal que no están ni el Darno ni Marosa para ver esto.

    Pero no me voy a amargar. La vida lo obliga a uno cada vez más a interiorizar lo importante y seguir sin ello a la vista. Por ejemplo, al mirarse en el espejo, juas!

    Chistecito de fin de tarde soleada.

  • El recuperador de pedacitos mágicos buen recuperador será

    El sábado pasado vivimos una cena mágica en casa de V. Ella había preparado un festín exótico para agasajarnos a nosotros, los afortunados invitados a su cumple. Una mezcla especiada e internacional de gente como para pasar una noche conversando, poniendo CDs al revés en un tocadiscos rebelde, tomando vino en torrencial abundancia, degustando delicias saladas, picantes y dulces, agitando el caldero invisible hasta que las velas ardan.

    Eso, en tiempos pasados, no nos hubiera parecido tan extraordinario como ahora. Me refiero a que saltábamos de alegría e incredulidad cuando nuestros hijos corrieron al piso de arriba y se dedicaron a jugar toda la noche casi sin ser notados. ¡Pudimos disfrutar de toda una noche como seres autónomos, charlando y embriagándonos (de vino y de estar contentos nomás) hasta las 4 AM! Se lo cuento a todo el que me encuentro; por dentro pensarán “¡Pobre!”. Pero para mí fue un rito iniciático, un antes y después en mi vida de los últimos años. Un terroncito de libertad otra vez. Lástima que el olfato (físico) ya no me funciona; casi lloro, literalmente hablando, cuando el delicioso vino de reserva que V. nos invitó generosamente (como todo lo suyo) tenía el mismo exacto aroma que el agua. Pero fue lo único que opacó mi simple y extraordinaria felicidad de aquella noche.

    Otro pedacito recuperado: el martes quedé de ver a mi amigo VF en el Café Irazú. Aproveché para quedar bien conmigo mismo diciéndome que allí también podría trabajar un rato antes porque hay wifi. Sí, trabajé (me encanta ir, allí o a casi cualquiera de los pocos cafés que quedan, pero ver gente pasar, gente haciendo sus cosas, viviendo ahí afuera). Pero las dos horas de trabajo no fueron nada comparadas con las cuatro horas que nos pasamos conversando y riendo (el activar los bordes, la resignificación, la intervención, los mapas, y todo el léxico con el que se construye el discurso actual de la crítica de arte en Uruguay, por no hablar de las “curadurías”) hasta que fue hora de irse. “Ir al baño hoy es hacer una intervención en la red cloacal montevideana”, dice VF. Descubrimos que fue un incomprendido artista conceptual de ultra vanguardia hace veinte años, cuando vivíamos en Ellauri, con aquellos botellones que me encontraba en el baño y que tenían al lado fotos de los botellones mismos, o los carteles que con flechitas apuntaban a un cuadrado que decía “Esta es una obra de arte” (que a su vez tenía un cuadrado en su interior, con su respectivo cartel y flechita apuntando, etc, ad infinitum). Mucha diversión para una sola tarde/noche, y a pocos días del evento de V. Mi espíritu amenazaba con salir desbocado, corriendo al galope por la rambla bajo la lluvia.

    Pero no: tomé el ómnibus y, no sin cierta nostalgia, volví a casa a las nueve…

  • Levrero y La Ciudad (no “La ciudad” de Levrero)

    El otro día me decidí a hacer un poco de arqueología e instalé mi entumecido lector de floppys para poder revisar algunos diskettes, o mejor dicho para copiar lo que me interesara a mi ibook y tenerlo más a mano. Encontré varias cosas, cómo no, pero aún no he tenido tiempo de leer nada con la calma que precisaría esa década o más de distancia. Sin embargo, reconocí inmediatamente un archivito “DIALEVR.doc” en el que figuran dos pequeñas historias que escribimos Levrero y yo “a cuatro manos” el primer día de taller con él, 18 de abril de 1996 en la Plaza Zabala (pobre de mí, primer día con el mismísimo Maestro y me tocó ser su pareja en un ping pong literario, ya que solo éramos tres alumnos y aquello tenía que hacerse en número par). Ya las publicaré acá. Nos reímos mucho tiempo con esto, e incluso durante años solíamos terminar algunos correos problemáticos, tragicómicos o que contaban situaciones aparentemente sin salida con la frase: “Después vinieron tiempos mejores“, que fue con la que él remató del todo el precipitado desenlace que yo escribí en una de las viñetas. Fue uno de nuestros acercamientos de aquel día (en realidad, las historias parecían escritas por una sola mente… por supuesto, una mente algo delirante).

    El otro acercamiento fue descubrir que ambos habíamos identificado una roñosa voz interna que maldice el lugar donde vive (él, Colonia; yo, Montevideo segunda etapa) en el poema La ciudad de Cavafis. Fue un momento mágico: yo comenté que me gustaba muchísimo L. Durrell y él dijo que a él lo que le había gustado era un poema que el autor citaba en uno de sus libros, y lo describió perfectamente; yo salté, cité (parafraseé) las primeras líneas, y no paramos de hablar de La Ciudad (no del poema: de ese sentimiento de vivir un exilio impuesto por fuerzas oscuras, imposible de romper, cuando en realidad hay algo dentro de uno que se niega al lugar, algo que se parece un poco al autosabotaje).

    Pasaron todavía tres años para que me fuera de Uruguay: sabía que por nada del mundo podría hacerlo si estaba peleada con el país (“La ciudad te seguirá“, advertía claramente). Uno tarda, pero con los años (y con los poemas, y con Levrero, y con las repeticiones de los errores, y con la intervención protectora de San Judas Tadeo) se vuelve un poco más sabio.

    Preferí partir tranquila, disfrutar el viaje que iba a ser para siempre, como quien paladea de lejos una Ítaca propia. Es decir, con la plena conciencia de todos sus defectos.

    Por suerte ya no tengo problemas con las ciudades. Vivo donde quiero vivir hoy (lo que no quiere decir que el puerto esté cerrado para cambiar de idea, o que haya renunciado a mi otra mitad del alma)

    “Dijiste: ‘Iré a otra tierra, iré a otro mar.
    Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
    Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
    y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
    ¿Hasta cuándo estará mi alma en este marasmo?
    Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
    veo aquí las negras ruinas de mi vida,
    donde pasé tantos años que arruiné y perdí’.
    No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
    La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
    calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
    y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
    Siempre llegarás a esta ciudad. Para otras tierras -no lo esperes-
    no tienes barco, no hay camino.
    Como arruinaste aquí tu vida,
    en este pequeño rincón, así
    en toda la tierra la echaste a perder”.