Etiqueta: consuelo

  • Levrero, el necio (2004-2009)

    Hace cinco años que murió Levrero. Me estoy convenciendo al fin: la cosa no tiene arreglo. Y sigo enojada, en el fondo, por su empecinada huída: ¿qué le costaba esperar un poco más? Fue un abandono dolorosísimo, incluso para gente que no lo conocía personalmente, pero para los que éramos sus amigos, sus interlocutores, sus referencias afectivas, fue y sigue siendo demoledor.

    O quizás sí, quizás esperó más de lo que yo creo… El tipo no era de este mundo. Quién sabe desde cuándo escuchaba la llamada.

    Murió Mario. Se fue Levrero, mi maestro, mi socio, mi hermanito del alma. Y es irremediable. Y es para siempre.

  • Electrocardiograma del duelo (9)

    Hacía tiempo que no subía a mi altillo. Mucho caos, desorden que sin remedio me termina recordando mi poca solidez interna, la reestructura de una nueva identidad que he tenido que emprender, mi doloroso alejamiento de la escritura (al menos por ahora).

    Empiezo a clasificar papeles, bultos, cuadernos. No se puede ni pasar: el piso está cubierto de una fina gramilla de hojas, de una rocosa prominencia de cajas por llenar.

    Entonces me doy vuelta y la veo allí colgada. Azul marino, con circulitos mandalas, con persas fantasías verdes, rojas y azules en los extremos. La chalina de E.D.

    La había olvidado. Sigue ahí desde que me la regaló. Colgada al lado de mi escritorio, ya fuera en el DF, en Guanajuato, Querétaro o Montevideo de regreso.

    “Ay, Darno…”, digo para mí misma en voz alta mientras apenas me atrevo a tocarla.

    Me había olvidado. A los dos años y medio, el electrocardiograma de mi duelo aún sigue mostrando señales, pero me empiezo a dar cuenta que los ciclos cardíacos que registra son cada vez más distantes, más débiles.

  • Mi Tristán

    En las afueras de Guanajuato, una especie de hostal con muchos estudiantes, piscina, campos. Allí me encuentro con Anita; entre el gentío alcanzo a ver también a Tristán. Es emocionante: no puedo creer que esté allí, y me alegro muchísimo de que haya estado vivo todo este tiempo. Nos reconocemos inmediatamente; para él, sigo siendo la dueña de su corazón. Nunca creí que lo volvería a ver. Nunca.

    Luego, en el cuarto, con G. y otras personas, me parece que pasa una rata gris junto al zócalo (más pequeña, quizás un ratón, pero su sola presencia y movimiento errático me desata todas las fobias). Enseguida, un gato del lugar caza a la rata y se la lleva a la boca; yo comento que, más allá de la opinión de G., tendría que tener en casa un gato por mera protección. Sin embargo, a los pocos minutos la rata logra escapar; para colmos, aparecen dos ratones más, aunque estos sí son cazados sin vueltas.

    Enseguida de esto, Tristán llega junto a mí y parece perturbado. No puede respirar, carraspea. Primero lo tomo a la ligera, pero despues me doy cuenta de que se le atoró algo; pienso que está envenenado o que insólitamente intentó tragarse a la rata que había escapado. Lo tomo en mis brazos y digo casi gritando que es necesario llevarlo urgente a un veterinario. Aparece mi madre y afirma que no serviría de mucho, que de todos modos moriría por el camino. Veo a Tristán debatiéndose, ahogándose, y me doy cuenta de que sí, que va a morir sin remedio. De repente siento que su cuerpo se afloja sobre mis brazos; simplemente sé, en ese momento, que Tristán murió. Lo abrazo, lloro, me levantó y lo cargo en brazos. Le pido a unos muchachos del hostal que me ayuden a enterrarlo en ese mismo jardín para poder volver siempre a su tumba y hablar con él. Recuerdo entonces cuando murió mi gatita; yo tenía once años, y la enterramos en el jardín de casa envuelta en una tela de peluche a rayas blanco y negro, un sobrante de la colcha de mis padres. Decido un lugar debajo de la tarima de la piscina, que me parece como más íntimo para estar con él. Los muchachos habían preparado el hueco cavando; yo había llevado el alma y los restos de Tristán en una caja mediana, cuadrada, que pongo en la tierra. No estoy durante el resto del entierro, pero después vuelvo al lugar y veo que por algún motivo han puesto trozos de carne encima de la caja. Temo que hayan desollado el cadáver -lo habíamos dejado aparte- pero no: ahí sigue, lo enterrado era tan sólo el alma. Ahora se me ocurre que quizás intentaron sepultarlo con algo de comida, como se hacía en los funerales aztecas de modo de que el muerto pueda alimentarse durante la infernal travesía por el Mictlán.

    Como no pude cerciorarme personalmente, le pregunto al muchacho si el entierro estuvo bien hecho, si están allí todos los restos, y me da todas las certezas del caso. Luego reparo en que han cubierto, aunque sin cementar, la tumba con mosaicos de talavera azul y blanca.

    Enseguida salgo rumbo a la ciudad misma de Guanajuato para deshacerme del cuerpo vacío de Tristán. Este es un trabajo desagradable, pues se percibe su condición de muerto, de contaminante energético: su almita quedó en la tumba, enterrada en ese lugar al que yo podré ir a hablarle, pero el cuerpo no se puede quedar inerte por ahí, descomponiéndose. Pienso en subir hasta nuestra antigua casa, donde nació, y tirarlo justamente en el Callejón de los Perros Muertos, pero me da mucha pena que quede en un baldío como si fuera basura (además de que Anita y Lalo se enojarían por el olor). Sigo, entonces, cargando su pesado cuerpo por las calles de Guanajuato; en cierto momento logro comprimirlo al máximo en un cuadradito compacto, como una cajita.

    Busco y busco el mejor lugar, y al final encuentro una hendidura que se forma, hacia abajo, entre una casa y otra. Es un espacio oscuro, parece una cripta. Quiero deshacerme cuanto antes del cuerpo de Tristán y arrojo el cuadradito allí, pidiéndole a los cielos que mi amigo no vaya a conservar ningún vestigio de conciencia con el que se perciba encerrado. Entonces me voy, continúo caminando por calles ahora algo derruídas, en reparación, llenas de canales o pasajes sobre los que cuelgan cables de colores para que uno se agarre y pueda avanzar con más seguridad. Yo uso uno naranja y llego por azar hasta una oficina como de policía, donde lo enrollo para dejarlo. Lo único que deseo es irme y terminar al fin el episodio, pero a la salida hay una mujer vieja que me recrimina que haya retirado el cable que otra gente utiliza. Vuelvo, un poco avergonzada, y ya no está; es todo un gran lío conseguirlo dentro de esa oficina, pero lo logro y regreso a tenderlo para que la vieja no siga acosándome.

    Me voy por Guanajuato. Paso por bellos edificios coloniales, grandísimos, incluso junto a una gigantesca iglesia protestante de color terracota. Está a la derecha del camino, a la izquierda hay campo y montañas. Se me ocurre que quizás sería bueno entrar allí a rezar luego de la muerte de Tristán; recuerdo que G. me había dicho que la había visitado y era maravillosa. Pero creo que al final no voy, que sigo de largo. Pienso en la oportunidad extraordinaria que tuve, a pesar de vivir tan lejos, de haber estado presente justo en el momento de la muerte de mi perrito. Y me doy cuenta de que él trató de hacerme un regalo de amor, que intentó cazar a la rata como si él mismo fuera un gato. Pero un gato es un gato, finalmente.

    Sí, estuve presente justo en el momento de la muerte de mi Tristán. Y ahora sé dónde está enterrado: por fin recuperé su cuerpo (o mejor dicho, su alma), por fin ahora sé cómo volver a hablarle.

    Fue mi amado primer hijo. Anita me había dicho que ya no lo podían tener en su casa, en su hostal de Callejón de los Perros Muertos # 57. Que lo habían mandado a vivir a un rancho en Pénjamo. Pero en el fondo yo siempre supe que Pénjamo es simplemente el cielo de los perros.

  • Hoy escuché trinar a Benedetti…

    “¿por qué será que los pájaros cantan
    después de los entierros memorables?


    Foto: El País de Uruguay

  • Almohadas

    “La almohada está húmeda. Creo que ha llorado”.

    Una vez, cuando era niña, leí una de esas revistas de Susy, secretos del corazón. Bah, las debo haber leído muchas veces, aunque no me afectó tanto como pudo haberlo hecho, considerando mis retorcidos caminos amorosos posteriores. Nada de bodas y príncipes azules, pero no voy a negar que espiar en esas revistitas me hacía latir el corazón con el sabor de lo prohibido. También leía Satanik sin permiso, pero esa es otra historia.

    Me acordé hoy, precisamente, porque una de las viñetas de Susy, secretos del corazón quedó grabada a fuego en mi alma para siempre (considerando que leo desde los tiernos tres años, aunque obviamente no empecé por dichos pasquines, puede decirse que “para siempre” es, en mi caso, una punta asombrosa de años). Fue como una revelación, o mejor dicho, una aspiración secreta que desde entonces cultivo. Una pareja entraba a una habitación oscura en la que dormía una joven rubia; no recuerdo qué cosa terrible le habría pasado -posiblemente el plantón de algún novio, porque en esa revista siempre se trataba de eso- pero estaba pasando por un momento muy duro. Se acercaban a ella sigilosamente, y entonces la mujer le decía a su compañero aquellas palabras mágicas:

    “La almohada está húmeda. Creo que ha llorado”.

    Toda la vida he deseado perversamente que alguien, mi padre, mi madre, mis novios, mis amigos, mi único hermano, anhelado que alguien se acercara calladito hasta mi lecho de dolor -por llamarlo de alguna manera rimbombante, propia de una amiga de Susy como yo- y tocara mi almohada, mientras yo dormía, buscando rastros de mis lágrimas. Que observara las señales, que supusiera, que me siguiera los pasos para desenmarañar mis tristezas. Pero como eso nunca ha ocurrido, no tengo más remedio que llorar bien visiblemente cuando lo hago, a mares y fúrica-y ahí se pierde el encanto de la sutileza y la preocupación ajena- o inundar mis almohadas durante los insomnios solitarios sin la menor intervención del mundo externo. Y ocultarme, claro, y ocultarme. Pero es que no tiene gracia sembrar pistas si nadie va a ocuparse en descifrarlas.

    ¿Tendrían acaso llave de la casa de esa muchacha para poder entrar así mientras ella dormía? ¿Estaría tan dopada para bancar su dolor que ni siquiera los escuchó? ¿O se haría la dormida únicamente para escuchar la frase bálsamo del amor ajeno?

    ¿Y, por cierto, quién anda por el mundo tocando almohadas?

    ¿Y por qué le sorprendería tanto a la detectivesca pareja que esa u otra persona hubiera llorado, como si se tratara de una enfermedad eruptiva? ¿Es que no llora la gente en el mundo normal? ¿Lo verán como tener fiebre, un estado semi inconsciente en el que uno precisa que otros se ocupen de cuidarlo y le traigan la sopita?

    Todo esto debe ser parte de los secretos del corazón que no entendí del todo por mi corta edad. Busqué la frase maravillosa en internet y di con mil situaciones problemáticas que escribían otros, pero no con la “escena primaria” a la que me arrojó Susy.

    Es como si viera todavía el estático dibujo característico y el globito con el texto…


  • Curiosidad con la firma del Darno

    Hace días que estoy por meterme un poco en cierto abanico de sentimientos y vivencias que he venido acumulando sobre mi amigo Eduardo desde su fallido cumpleaños 55 el pasado noviembre (por cierto, mañana hubiera sido el de Levrero: ¡el 69! Me cuesta creerlo, todo, la edad que tendría, la ausencia). Pero siento que no he podido hacerme el tiempo y el espacio –como dice F., se me terminó la jodita y ya estoy en el ruedo de la autodisciplina laboral otra vez). Pensé, entonces, en un lindo abrebocas, un aperitivo para empezar a marcar la presencia tan fuerte de D. en estos últimos tiempos. Parece sobrevolar mis días como una mariposa necia, como un sonámbulo, como un fantasma empecinado.

    Sé que a algunos de sus amigos y fans les gustará. Se trata de un mantelito de papel que me trajo el día de mi despedida rumbo a México en 1999; supongo que un pedacito mágico de bar con la chonga estampa del mapa de Uruguay le pareció una tábula óptima donde estampar sus cómicos versos (lo que más me gusta es la rima de “Coyoacán”, uno de mis lugares favoritos de la ciudad, con “Darnauchan(s)”). Lo pongo al derecho y al revés, porque la gracia es ver después su puño y letra; favor de aguzar la vista, que hay una hoz y martillo en la firma, como los hubo encima de su ataúd también.

    Debo decir que aquel día de abril del siglo pasado coseché –además de su hermosa presencia, primer invitado en llegar a mi fiesta– una de sus chalinas que desde entonces tengo al lado de mi escritorio como inspiración y protección, una foto suya que me trajo, con guitarra y dedicatoria (saqué una de Levrero y Darnauchans juntos ese día, qué tino, qué destino, qué desatino), y varias llamadas telefónicas de Patricia enojada porque había venido (él dijo: “Vengo a despedirme… ¡aunque me cueste mi matrimonio!“). Qué buenos recuerdos, los repaso y me río sola. Así que hoy no quiero ni pensar en el desenlace, en todo ese desenlace previsible del barranca abajo y la confirmación de su muerte en 2007, como bien dijo Victor Cunha en el videoclip. Lo único que me consuela es concentrarme en su alivio, su descanso, su merecida salida del círculo del dolor y de ese miserable planeta Saturno que le apretó las clavijas desde el principio.

    Triste destino de los escorpianos, según dicen.

  • No fue la última vez que lo vi (Darno)

    El inconsciente es impresionantemente sabio, sin duda mucho más que esto que llamamos “nosotros”, “yo”, y que sólo se refiere a la conciencia racional. Escribí que en uno de mis días aciagos, a punto de volver a vivir en México, vi al Darno por última vez en mi despedida; anoche soñé que él estaba grave, internado en un hospital, y yo tenía un problema muy importante en la espalda y estaba internada en la habitación de al lado. Era curioso que mi internación era, a su vez, ambulatoria: yo entraba y salía del hospital como si nada, pero mi habitación seguía siendo esa. Me llamaba la atención lo gigantesca que era, con enormes camas, y sin que hubiera otro ocupante que compartiera el espacio; ciertamente era como un hotel y de los buenos, con el inconveniente de que los fines de semana esa mutualista se convertía en centro de esparcimiento de innumerables familias que veían allí la TV, usaban los jardines y hacían muchas actividades recreativas. Yo regresaba uno de los días y me encontraba mi habitación plagada de gente, de niñitas que revisaban mi ropa en los placares y a quienes detenía con mi petrificante mirada de Medusa ante el desconcierto de las madres. De viejitos que se aposentaban por doquier a tomar el té y no me dejaban acceder a mis propias cosas, de hombres mirando interminables partidos de fútbol. Pero eso, tarde o temprano, terminaba y otra vez la semana normal empezaba tranquilamente.

    A todo esto, el Darno seguía convalesciente en la habitación de al lado. Me decía a mí misma que luego de bañarme y vestirme decentemente iría a verlo, que no podía ir en pijama, pero tanta gente invadiendo mi espacio hacía la operación más complicada. También, vanidosa, me daba cuenta de que yo estaba toda desarreglada y fea; no me gustaba visitar a mi admirado admirador en ese estado, aunque después me di cuenta que si yo misma estaba internada, cualquiera se daría cuenta que no me sentía demasiado bien y eso se reflejaría en el aspecto. Pero pasaba y pasaba el tiempo y yo no iba a verlo, aunque seguía el movimiento de su habitación por la ventana, lo veía pedir que le alcanzaran algo, y sentía renacer mis esperanzas de que no muriera. “En realidad, no era verdad eso de que lo vi por última vez en mi fiesta de 1999, ahora mismo lo estoy viendo!“, me decía con alivio. “Menos mal, su muerte fue sólo un malentendido, una conclusión apresurada...”

    Recuerdo que en el sueño también pensaba que era extraño que lo hubieran puesto en una habitación tan pequeña, que en aquel hospital había cuartos “para celebridades” (lo que no carece de lógica, pues la gente con muchos seguidores siempre recibe más visitas). Luego, en la vigilia, me vino claramente el recuerdo de mi amiga M. de México cuando estuvo aquí de paso: ella me contó que cuando trabajaba como arquitecta en Gayoso, la funeraria más importante del DF, diseñaron una sala para la gente de la farándula, políticos, etc en cuyo velorio se concentraban multitudes que distorsionaban el funcionamiento del lugar. El paralelismo con mi sueño es obvio: durante mi trayecto onírico, una parte de mí *sabía* perfectamente que el Darno estaba muerto, aunque quisiera concebir esa última esperanza de que sólo estaba enfermo. Y, por otra parte, también es una queja de que no se le reconociera lo suficiente en vida: estaba en una sala común cuando tendría que haber estado en una de esas salas gigantes que inventó mi mundo fantástico, cuartos de hospital donde internan a los famosos para que den conferencias de prensa y reciban tributos de los admiradores.

    Pero el insight del sueño no termina allí: en teoría, yo pude haber visto a Eduardo cuando regresé a vivir a Uruguay. El estaba muy mal, es verdad, y yo tenía un bebé de meses y estaba aterrizando en un nuevo-viejo país, pero en teoría igual podría haberlo visto: era sólo llamar y decir “¡Estoy aquí!”. Sin embargo no lo hice (y por supuesto, eso me pesa terriblemente, considerando el esperado-inesperado desenlace), y no lo hice porque *yo también estuve mal, muy mal* durante esos dos años que volvimos a coincidir en Uruguay sin vernos. Yo estaba “internada en la habitación de al lado“, yo no podía sostenerlo, comprenderlo, curarlo, y ahora mis antes precarias alarmas de supervivencia emocional estaban activadas por la existencia de un nuevo integrante en mi vida, un duende frágil, un sueño de ojos azules y sonrisa. Es tan, pero tan claro el planteo del sueño, que cuando él estuvo internado en 2006 yo ni siquiera me enteré porque yo misma estaba internada, aunque en mi domicilio. Y todas las veces que pensé en llamar al Bertolucci-Ñoquis-Ñoquis (si seguía siendo ese su teléfono), una voz interior me advertía que yo no podía esta vez con el paquete, que me protegiera. Que no podría ser su donante de sueños, como antes, que no podría llevarle una transfusión de vida y energía, de esperanza y luz, porque yo misma las necesitaba para mantenerme en este mundo. Porque ahora yo tenía una misión que iba más allá de mí misma. Sin embargo, siempre tuve la certeza de que él seguiría allí cuando yo volviera a estar bien (los de Escorpio, ambos, siempre nos regeneramos y levantamos de nuestras cenizas, hasta que somos cenizas), cuando volverlo a ver no me pusiera en un riesgo de sombras.

    Mi última oportunidad pasó de golpe cuando leí la necrológica de Patricia por casualidad; me recorrió un escalofrío por la espina dorsal: supe que Eduardo estaba en *grave peligro* y ahí sí, días después dudé. Podía sentir la oscuridad que lo estaba envolviendo y llegué a tomar el teléfono, pero no llamé. Luego supe que de todos modos él estaba en Villa Carmen en esos momentos, que nunca lo hubiera encontrado en su casa. Y luego el cajón envuelto en la bandera, las flores rojas, las notitas que deja la gente en la bitácora del velorio, la cara triste de los tíos viejitos, la mirada fuerte y llena de vida de Chichila, la muchacha desolada que tenía los mismos ojos que Patricia y seguramente era su hermana o familiar. No era una sala de Gayoso para celebridades; era sólo una sala de Martinelli, aquí, en Uruguay, país donde las estrellas no existen, y sin embargo estaba llena, llenísima, y la gente hablaba en susurros que sumados eran el final inconfundible de “Todavía las flores” (…quise decir “Ni siquiera las flores”…)

    Es decir, mi inconsciente hizo por mí dos cosas anoche: me devolvió por un rato la esperanza en la irrealidad de la muerte, en que Eduardo Darnauchans estaba todavía peleando por la vida y podíamos recuperarlo, quizás. Y me explicó, me consoló, me perdonó claramente: “Cuando él estaba internado, enfermo, tú también lo estabas. No podías ir como una visita más, no era tan fácil. Y eso que estaban en habitaciones contiguas“.

    Lo cuento acá para quien pueda servir, y así no atomizo a G., pobre, que siempre me mira con cara de “Mirá vos”…


    (foto de su último concierto en la Sala Zitarrosa, 25/11/2006, tomada por Sorgin/Agustinz)

  • El misterioso asesinato en la Catedral

    Hoy entré a la Catedral, en la Plaza Matriz, triste, tristísima. En México siempre hacía eso; de hecho, también entraba en las iglesias cuando estaba feliz, con buenas noticias o animada por un día soleado, o cuando iba de paso a mis 180 escalones rumbo a la casita de Guanajuato, y asimismo entraba cuando no tenía nada que hacer, y cuando quería estar conmigo misma, o cuando quería descansar, cuando se me antojaba mirar a algún santo específico (los hay extravagantes allá, como San Chárbel con cintas de colores colgándole, o el Santo Niño de Atocha en una vitrina llena de juguetitos, o el Anima Sola, mujer semidesnuda surgiendo entre las llamas), o para prometerle cosas –que luego tardo siglos en cumplir– a Santa Teresa de Avila, o recurrir al abogado de los casos difíciles y desesperados, santo patrón en cuyo día por casualidad nací y que lleva el nombre de Judas (pero Tadeo, no Iscariote: no llego a tanto). Me hubiera venido bien encontrarlo hoy, con su medalla en el pecho, rodeado de milagritos colgando y veladoras, con la llama que surge de su frente como un chakra abierto.

    Aquí en Montevideo, cuando se me ocurre entrar a una iglesia, primero tengo que refrenar mi impulso: “A ver si está abierta… ¿Para qué carajos sirve una iglesia cerrada, a la que uno puede ir “a misa” solamente?”. Pero estaba abierta, hoy estaba abierta. Será que es la catedral. Así que entré.

    Tenía un espantoso olor a viejo enfermo, a lugar donde hace siglos que no se prende incienso o mirra. A pesar del olfato malherido que me dejó la sinusitis, podía sentir cómo ese tufo a decadencia que no conocía esplendor previo, ese olor a hospital sin desinfectante por falta de fondos se adhería a mi piel, a mi aura. Pensé en irme, pero me pareció excesivo para alguien que se lamenta de haber dejado de percibir los olores casi por entero. Lo más triste no era ese aroma a piso sucio, a anciano agonizante sin bañar, sino la ausencia de otros aromas que recordaran la vida: aroma de flores, de ceras, de incienso de iglesia, ni hablemos del copal, que antes entraba desde el atrio impregnado en los danzantes aztecas. Igual me senté en una banca. El oro también faltaba allí: en el púlpito había un laminado propio de un aerosol graffitero, una capita apenas que emulaba no sé qué glorias celestiales que no se atrevía siquiera a rozar. El oro de esta tierra hubiera sido lo de menos, desde luego.

    No es una catedral. Si acaso pudo haber sido un palacio legislativo. De cielo no sabe nada, de cantos, de misterios. Se veía que allí no se había prendido una vela ni siquiera para el cumpleaños del sacerdote. Pasaron dos o tres personas caminando, solemnes, por los pasillos, sin hacer ruido alguno; luego miré mejor, y puedo apostar que la pareja era de turistas: ella con su mochila colgada, él, con lentecitos y rastros inconfundibles de gringo. De seguro pensarían: “What the hell are we supposed to see here?“, pero no se atrevían a decirlo en voz alta. Cerré los ojos para poder ver la Parroquia de San Francisco en Coyoacán, sobreponer su maravillosa luminosidad sobre aquella estampa desolada y pobre; por lo menos la nave, el altar y los laterales me ayudaban a lograr el efecto. Y confirmé que no se escuchaba nada, no había música afuera ni ecos adentro, no se colaban pregones desde la calle, nadie rezaba. Yo había sacado el MP3 dispuesta a darle mi propia voz al asunto, pero no pude escuchar música más que al final porque me pasé desenredando los cables que se habían confabulado como spaguettis. Supongo que es algo que nos sucede todo el tiempo, de uno u otro modo: perderse la música por desenredar los cables, pero insisto en que allí no había música alguna.

    Al fin, el berrido de un niño retumbó rompiendo aquella comodidad malsana, llena de naftalina y flores muertas que no se ven con los ojos.

    Salí, casi molesta por haber buscado refugio en un lugar donde no hay ni rastros de Dios. Enmarcan cada puerta horrorosas tumbas de señores blancos con cascos eclesiásticos, tan estáticos como el resto del edificio, yaciendo en segura muerte eterna. Y la pila de agua bendita estaba vacía, como era previsible. Vacía hace décadas, seguramente: ¿quién cree en Uruguay en el consuelo del agua bendita? Ni el cura. De hecho, dudo que se bendiga el agua, ni siquiera lo deben hacer para los bautismos: finalmente, es H2O. Luego se preguntan por qué alguna gente le pagó fortunas a los abusadores que traían el agua milagrosa de Querétaro (agua que el dueño de la hacienda de Tlacote daba gratis a los que la pedían). Yo por suerte traje a Astor de Querétaro, no los necesito.

    Me fui escuchando a Silvio Rodriguez que me cantaba en ambos oídos, una voz y otra, jugando con el estéreo y la poesía. Qué alivio. Desde la parada del ómnibus, miré hacia arriba y enfrente: exploré varios apartamentos viejos, que parecían hermosos, con balcones de hierro y vidrios que reflejaban Montevideo. Los muros tenían texturas irregulares, carteles de conciertos ya pasados, detalles que bien ameritaban una fotografía. Ahí sí estaba Dios.