Etiqueta: demonios

  • “En eso tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo” (1997)

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    Mas que empeñarte en espantar al infradotado Belcebú que vive en mí, me ayuda más que te empeñes en que *me crea* que realmente puedo o podría tener los méritos, y que todos estos episodios no son un lamentable error de identidad con otro participante mas idóneo


    Date: Mon, 22 Dec 1997 17:17

    To: “G.Onetto” artemis@adinet.com.uy
    From: jvarlott@adinet.com.uy
    Subject: Re: The day after.

    Vos sabés, porque creo habértelo dicho más de ochenta u ochenta y
    dos veces, que en mi modesta opinión NADIE en este país puede escribir como
    vos; que sos pura literatura; que no conozco a nadie que reúna tantas
    cualidades; que sos Gardel.

    Ahora bien: hay en vos una parte quintacolumna (llamada
    probablemente “narcisismo no asumido”) que no cree en esas cosas, ni cree en
    mí, pero sí cree en los concursos, en contra de todas las evidencias de que
    allí no se premia el talento sino que es un lugar más de luchas políticas.
    Muchas veces se premia a una obra que lo merece, cuando se da el juego
    apropiado de circunstancias; pero ello difícilmente porque se haya
    privilegiado la calidad de la obra. Esa calidad, que bien saben reconocer
    los corruptos (y a la cual temen), recién cuenta una vez dirimida la
    cuestión política. (Por ejemplo, una vez establecido que el concurso lo
    ganará una mujer, será muy difícil que alguien pueda presentar mayor mérito
    que vos). Y así sucesivamente.

    Es muy peligrosa para vos esa asociación entre mérito y triunfo. A
    vos se te dio en este concurso; en otros, quizás hubieras merecido algo más
    que una mención. En fin; sea como fuere, *tenés* que creer en vos misma
    *independientemente* de esos resultados; y cuando no figures con ni siquiera
    una mención, no se te ocurra dudar ni por un instante de vos misma. En eso
    tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo.

    Está bien que te presentes a los concursos, está bien que ganes
    premios y menciones, está bien que leas en público y todo el show; lo que no
    está bien es que creas que todo eso implica un reconocimiento real y sincero
    por parte de esas gentes, y que dependas de ese (falso) reconocimiento para
    creer en vos misma.

    Todo eso nos lleva a la cuestión de la quintacolumna, ese bicho
    asociado con el enemigo. (¿Te das cuenta? Es una sola y misma cosa: la duda
    con respecto a vos misma = credulidad con respecto al mundo).

    Bueno, no sé si logro expresarme con la claridad necesaria. Pero que
    por lo menos te quede claro que NADIE escribe ni puede escribir como vos.

    Besos,

    CG

    PS: En cuanto a la novela-diario, no sé qué decirte. Sería bueno que
    estuvieras conectada con alguna editorial extranjera, pero a esta altura no
    sé qué conviene. Yo estoy personalmente desorientado, con nuevos proyectos
    de una editorial propia de los que desconfío al momento siguiente. En todo
    caso, podrías intentar publicarla en Trilce, por ejemplo (aunque están
    tardando en leer), o sea en Uruguay, y orientar tu vida a vivir de las
    becas, por ejemplo. (Becas, proyectos, ese tipo de curros). (Eso te
    independizaría un poco del problema de dónde publicar). También podrías
    dirigir talleres literarios, o tener audiciones de radio. (Lo digo en serio).

     

     

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  • El sobre azul de Franco

    El sobre azul de Franco

    Él nunca me deja secarme las lágrimas.

    Cada vez que quiero irme
    (y siempre quiero irme)
    me deja irme
    (o siempre creo que una vez más me dejó irme)
    pero al final me corta el paso
    (como un tímido centauro apenas ebrio)
    (como un ángel encaramado en el pretil de un tribunal)
    (como un eco de aljibe con miedo a ser olvidado).
    Entonces yo freno
    casi cauta
    dejo de irme del todo
    creo que hasta me convence de no secar mis lágrimas.
    “Mejor tenerlas siempre a mano”
    parece mascullar en su silencio.
    “Mejor un paso atrás,
    darse la vuelta y correr”
    respondo yo. 
    Pero no corro nada:
    regreso caminando
    y las lágrimas se me van secando con el sol. 

  • Com/pasión

    Com/pasión

    Algún día
    aullarás como un lobo
    y tu luna será
    el amor que no entendiste.
    (Laura Fedele, Oda a Piritoo)

    Me da pena el centauro. Sucumbe a la salvaje fuerza bruta de sus cascos, el caballo de crines al viento que galopa en las llanuras; corre, retumba, lanza fuego por el hocico. Relincha, desesperado, como buscando la dirección sedienta de las casas, del reposo, del galpón donde al fin lo podrían desensillar. Pero no hay reposo para los centauros. Resiste en vano su condición: con los ojos verde fosforescente, buscará a las mujeres, las señalará como un blanco móvil, las apuntará con sus flechas, sus bramidos. El sudoroso pelaje al fin rodeará a una, la cercará, la retendrá; sus cuatro patas le cortarán la huida. Pero aunque sienta que va ganando, la bestia igual no tendrá descanso: quisiera dejar su piel aparte, renunciar a lo que es, a su naturaleza de brasas, a su hambre. A sus insomnios con el deseo prendido al cuerpo, voraz, furioso, dando vueltas como un jinete perverso en las inmediaciones del pueblo.

    Me da pena el centauro porque probó el vino y ahora ya es seguro que no podrá contener más el torrente; acorralará sin ambigüedades a esa mujer, la agarrará fuerte con sus manos, como un ave rapaz al indefenso conejo. Sus herraduras le cerrarán el paso a la desafortunada, sonarán impetuosas y cortantes contra la calle de piedra. El hocico del centauro entonces maldecirá, odiará su parte salvaje, la prisión, la condena, el no querer enterarse de lo que hizo. Pero más odiará despertarse luego en su parte humana, con resaca de civilización, y querer exiliar para siempre al animal.

    Me da pena el centauro porque sospecho que nunca ha querido, en el fondo, lastimar a nadie.

  • San Benito Ora Pro Nobis

    San_benito_himselfRevolviendo en el cajón, me topo de pronto con mi cruz de San Benito. Es enorme, pesada, casi medieval: un peto digno para una monja ad honorem, escudo metálico adornado con la intimidante cara de Medusa; compuerta brutal, esclusa de canales que le cierra el paso al corazón para intentar protegerlo. Hace tiempo que la tenía en el cajón de mi mesa de luz, bien cerca, por si acaso -San Benito es el patrón de la Buena Muerte-; en cambio, cuando vivía en Guanajuato solía usarla, aunque por debajo de la ropa para no sumarme al sello cristero del Bajío. Tiene un exorcismo grabado, un verdadero exorcismo contra demonios; supongo que cuentan por igual los propios o ajenos, internos o externos, reales o imaginarios.

    Non Draco Sit Mihi Dux/ No sea el demonio mi guía

    Me llega de pronto la certeza de que necesito el frío peso protector de la cruz custodiando ese oscuro escondite entre mis pechos: el corazón, flanco por el que podria filtrarse el mal y hacerme perder la vida, el alma. No: perderme a mí. La debilidad de no ser auténtica. Así que -sin darle más vueltas, sin pensar ni un instante en el país ateo y agnóstico e intelectual- tomo la tosca cadena y me la paso por la cabeza, quizás sugestionada por el inminente olor a hierro, a tardes solitarias, a tormentas por venir: “cadena al cuello” que no es igual a “cadena perpetua”. Y no entiendo nada de lo que me sucede. Como todo buen poseído por el diablo, no entiendo nada. Sin embargo, la función de la cruz de San Benito es traerle a uno la paz a toda costa: sea aplacando los demonios, expulsándolos o, mejor aún -esto lo agrego yo, desde una sensibilidad menos dualista que la judeocristiana-, redimiéndolos, transformándolos otra vez en bellos pero equivocados ángeles. O, en su defecto, por lo menos dándonos la garantía de una buena muerte. Tampoco está tan mal.

    Z_benito_crucifijo

    El padre que nos casó en Guanajuato era, precisamente, un exorcista. El abad Juan Rodríguez, de la Basílica, aunque nos casamos en el precioso y pequeño templito de San José que queda a la vuelta. Por supuesto que en su momento no conocíamos semejante detalle: lo averigüé años más tarde por azar, leyendo un artículo de la revista Gatopardo. “Con razón…”, me dije. “Él sí pudo”. Cuando le dije que no había ni siquiera tomado la Primera Comunión, el Abad -tampoco sabíamos que lo fuera- no se inmutó: lo hice allí mismo, a los 38 años, frente al altar y con nuestros siete invitados por testigos. Qué astuto exorcista, el Padre Juan.

    También en mi cuento “La ofrenda“, publicado en El mar de Leonardi y otras humedades, la narradora habla al final con un cura para que realice un exorcismo en la casa de unos amigos (por cuyo diabólico espíritu huésped se siente culpable). En la verdadera historia detrás del relato, en realidad fuimos Alinda y yo, juntas, quienes se lo pedimos al viejísimo sacerdote de la Iglesia de Punta Carretas, aunque finalmente el exorcismo jamás se concretó. Los dueños de la casa se rieron de nosotras. Lo bien que hicieron. Los exorcismos sólo dan resultado cuando es el dueño de la casa el que quiere deshacerse de los demonios, dice mi cuento.  

    Lo que tiene la cruz de San Benito es que equivale a exorcismo portátil. Siempre a mano, en una especie de USB móvil: así, uno se asegura siempre la conexión, sin tener que pasar por papelones al  pedirlo ni bochornos al enterarse de haberlo recibido en secreto.

    Ya pertrechada nuevamente con la cruz bajo la blusa, tapa blindada que ahora me cubre el cuarto chakra o Anahata, el del atormentado y delicado corazón -siempre que pienso en el corazón como órgano, me acuerdo de los aztecas y sus tzompantlis rebosantes de carne sangrienta que palpita-, siento cierto supersticioso alivio. Oh, mi Sagrado Corazón.

    Sagrado_corazon

    Vade Retro Satana/ ¡Apártate, Satanás!
    Numquam Suade Mihi Vana/ No sugieras cosas vanas

    En eso, reparo en un trocito de metal sobre la cama, una especie de horqueta, una i griega. Sé, desde lo racional, que sería imposible que se tratara de un dispositivo intrauterino (diu), pero eso es lo primero que me viene a la mente. Me perturba esa pieza triangulada de no se sabe dónde que apareció allí no se sabe cómo. ¿Un moco seco, enorme? ¿Una astilla del piso traída por las medias, gigantesca y opaca?

    Lo tomo al final entre los dedos y quedo estupefacta, en silencio total, incluso en los pensamientos. Se trata de un pequeño Jesús crucificado, un Cristo que -ahí lo recordé- solía ser parte de mi cruz. Siempre me puso mal aquel memento del martirio, la tortura, el sacrificio, la culpa, pero es que el artefacto de San Benito lo incluye por default: ni modo. No entiendo cómo llegó de la cruz hasta la cama: creo que se desprendió por su propia voluntad, se tiró desde la cruz como un suicida de pretiles y cornisas. Cauto, pudoroso, compasivo, me ahorró el contacto piel a piel con su bello cuerpo -magro, dolido- de hombre vital y todavía joven. Y, justamente, ahora la cruz de San Benito sin él se me figuraba perfecta.

    20080527002336-medalla-imagenAl no estar más la cruz por detrás, me pareció que los brazos del mini Jesús estaban, en realidad, extendidos hacia mí; festivos, lejos de clavos y sufrimientos. Danzaba, me recibía entusiasmado y libre (igual que cuando uno gira boca arriba la carta XII del tarot, El Colgado, y se le figura un bailarín en vez de un preso del tobillo). Pero yo seguía prefiriendo tener sólo aquella cruz de signos contra el pecho; despejada, lisa y sin nadie que no fuera yo misma junto a mi invisible San Benito protector. O -más certero todavía- sin nada más que todas esas letras y palabras, todo aquello que se concentra en la medalla central.

    Ipse Venena Bibas/ Bebe tú mismo el veneno

    LuciferSoy compasiva con los demonios que percibo afuera porque nunca se sabe si, en realidad, no podrían llegar a aparecer dentro de mí bajo alguna circunstancia. Hay una historia persa sobre Lucifer que reporta Joseph Campbell cuya versión cambia totalmente la idea que tenemos de la rebelión del demonio. No fue orgullo ni desobediencia: Luzbel se negó a inclinarse frente al hombre, como se le exigía, porque su amor por Dios era tan desmedido y absoluto que no soportaba la idea de reverenciar a nada ni a nadie más. Por eso su bien amado lo condenó al infierno; claro, tomando la idea del infierno como verse apartado de lo que se ama. Y ahí me viene a la memoria algo que leí (seguramente también fue en algún libro de Campbell, pero sería un libro 1.0 porque no encontré su cita en internet): ¿Cómo soporta Lucifer estar apartado para siempre de Dios, que era todo su amor? Por la memoria del eco de su voz cuando le dijo: “Vete al infierno”. Siempre me impresionó cómo aquella última reverberación de la presencia del amado podía ser capaz incluso de aportarle consuelo, aunque el dolor que implicaba en sí fuera terrible. Quizás todavía tengamos mucho que aprender del diablo, al menos según la tradición persa. Dice Nietzsche que los que más han amado al ser humano le han hecho siempre el máximo daño. “Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes“. Me parece que se aplica a todo.

    Levanté entonces aquella figurita de Cristo de la cama. Me dio pena y la guardé en un bolsillito del monedero. Pero me siento más cómoda así. A solas con la azarosa configuración personal que ahora va oculta, como un secreto y contra mi cuerpo, en aquella viejísima cruz.

    Medallita
    Satanas_y_cristo
    “Demuéstramelo…”

  • El Santo Patrón de los temporales

    Me cansa mucho la tristeza, más todavía en ciertas coyunturas que parecen no dar tregua. Como me vino pasando estos últimos diez días, que de una marea amniótica pasé a una marea turbia para desembocar en un súbito e inesperado temporal. No sé cómo hago, pero siempre consigo que Dios me preste sus efectos especiales para acompasar mis ánimos. Efecto sensorround, Dolby, 3D. Creo que con los años he logrado una cierta banca en el reino de los cielos (también en los infiernos, pero eso en realidad no viene al caso ahora). “Siempre que llovió paró…”, me dijo ella por SMS, sospechándolo todo y aprovechando la meteorología bipolar de este país para camuflar su consuelo.

    ¡Tantas cosas que agotan, que me agotan! Tironear de las cuerdas, tratar de que las velas no se vayan volando, mantener el rumbo pese al zangoloteo de las olas enormes, resbalarse una y otra vez tratando de alcanzar el timón. Sí, da miedo escuchar todos esos truenos retumbando y no poder acordarse completa la oración al ángel de la guarda. Pero lo que más cansa, en verdad, es esa cruz de tener que -a la vez- ser marinero, ser barco y ser también tormenta. Qué fácil sería poder echarle la culpa a esas tormentas y considerarlas las enemigas a vencer, las maldiciones del afuera.

    En cambio, cuando ella está triste, es como un vendabal del cual uno no puede protegerse con un paraguas“, decía mi amiga V. acerca de esta servidora hace unos años (lo decía entre otras cosas más, sobre ella y sobre mí, igual de atinadas y a cual mejor dicha) en su precioso texto Tristes comparaciones.

    Mi padre siempre contaba que, cuando novios, iba con mi mamá a una confitería o bar (creo que se llamaba Payaso y estaba dentro de una de las otrora movidas galerías de Dieciocho) y ella a menudo se echaba a llorar en público. Él se ponía nerviosísimo; no sabía qué hacer y sentía todas las miradas de la gente sobre sí, reprobándolo. Como le llevaba diez años y era muy jovencita, en la mente de mi padre, trajeado y formal, sonaba lo que seguramente estarían pensando los otros concurrentes: “Mirá al cretino ese… seguro que hasta es casado y ahora se lo dijo a la pobre chiquilina, por eso la hace llorar!”. Las lágrimas femeninas son tramposas socialmente, lo sé. Mi madre seguro que también lo sabía, así que mi atribulado futuro progenitor pagaba por su torpeza frente a las emociones; en el fondo, se creería un villano. No me conocía a mí; lo de ella era apenas el tímido goteo de una manguera de balneario mal cerrada.

    Pero ella secuestra al resto del mundo con su tristeza, le pone un cerrojo ajustado y nadie más puede salir, clausura las salidas, derriba las puertas y no se puede pasar.

    No puedo menos que agradecerle a quienes se han ocupado de reflejarme en formatos varios mis temporales: no hay nada más doloroso que sentir semejantes fuerzas internas capaces de destruir y destruirnos, y que de afuera nos miren como si, con un poco de voluntad, bien pudiéramos haber pasado la tarde remontando cometas y soplando reguiletes de colores en el parque. Esos colegas de caminata que, cuando la negra ola se empieza a alzar una vez más por el horizonte, se han animado a sostenerle la mirada y a quedarse, así sea para devolverme un texto con matices tormentosos (como el de V.) o  un tranquilizador memento entre sus propias prisas. Tales gestos se cristalizan, se vuelven presencias internas. Porque me son la huella de que alguien entiende o entendió alguna vez el pathos de mis inundaciones, de mis mástiles desesperados en altamar, de esos recurrentes temporales que rugen y hasta rompen las claraboyas, simbólicas y materiales, pero que -en tanto quede vida- siempre se terminan, pasan. “Todo se pasa”, decía Santa Teresa de Ávila, patrona de los escritores. Poseidón, en cambio, es el santo patrón de los escritores que no escriben.

    Es terrible que los dolorosos vendabales propios lastimen a quienes amamos. Uno se siente indigno de ese amor, de esos amores. Qué maravilla sería disponer de acceso a alguna torre lejana, de durísima piedra, para cobijarse hasta que pase y  minimizar los daños. Sobre esto, a menudo me pregunto qué explicación darán los hombres lobo luego de sucumbir a la amarga tentación de la luna llena y volver en sí rodeados de cadáveres. Pero por suerte, los hombres lobo no existen.

    Sí, les agradezco mucho a esos que me valoran, aceptan, quieren o buscan todavía, a pesar de los vientos y de las mareas que no pienso ocultar nunca más (como hace muchos años hacía, escondiéndome del mundo avergonzada). Hay incluso quien, por amor, los ha presenciado una y otra vez, voluntariamente, en sus peores expresiones y es cierto que hasta la fecha consiguió sobrevivir (no sé si salir indemne). Yo trato de nadar hasta la otra orilla, como el pobre Leandro buscando la luz del faro. No logro hacer mucho más que eso ni nada menos egoísta.

    Uno puede ver en sus ojos las raíces de los árboles a la intemperie, arrancados para siempre por la tormenta.   

    La mayor paradoja y misterio es que, a pesar de las ocasionales y espectaculares zozobras, soy sin duda una estupenda capitana de barcos. Quizás por eso mismo: porque el mar embravecido me habla al oído, enamorado, y las sirenas toman el té conmigo entre las rocas, y los tritones me dedican canciones submarinas para arrullar mis sueños en el momento en que por fin logro soltar mis inútiles riendas y caigo, agotada del todo. Soy como el centauro Quirón: puedo curar la herida ajena porque bien sé lo que es estar herido.

    También es verdad que, cuando la posesión eólica y la inundación descontrolada termina, soy una de esas personas que se entienden en silencio con el sol y con la luz, con los frutos, y que van sembrando por pura generosidad y hasta iluminando, si sonríen. Las polaridades de Deméter y Perséfone, para empezar.

    Esta mañana íbamos caminando con Astor rumbo a la escuela y le saqué el tema: “No tenés que preocuparte cuando me ves triste. Yo soy así. Nadie tiene la culpa. Siento de golpe un gran dolor adentro mío y necesito llorar. Como a ti, con la piel tan blanquita,que te lastima el sol, y tenés que usar filtro y te salen pecas, pero a tu amiguito [ ], que es de raza negra, si está bajo ese mismísimo sol no le pasa nada”. Él asintió, tranquilo. Vaya uno a saber si entendió algo o si quiso simplemente contentarme desde su incondicional amor de niño.

    Y con la vana esperanza de que aprendiera en una frase lo que a mí me llevó, me seguirá llevando, toda una larguísima vida,  terminé nuestra conversación entonces: “Todos somos diferentes y yo, para bien o para mal, soy así”.

    (Será una torre, pero igual no da la impresión de ser demasiado segura…)
  • Caperucita Feroz (1)

    Por el lugar más tupido, por allí se entra al bosque. Pero las canastitas no sirven para nada: sirven en cambio las espadas, los escudos, los brillos metálicos, las cadenas pesadas, los yelmos, la cota de malla; sirven los mapas para buscar los griales debajo de las piedras, o las piedras para desollar lobos, o hasta las pieles de los lobos para taparse del frío; sirven los pasteles de manzana de la abuela, las cerezas, el olor a canela y a vainilla, la leña crepitando después de una tarde de lluvia. Toda la mitología de los bosques es inútil, las canastitas son del todo inútiles en el bosque. Pero no sé por qué cuentan tanta cosa desatinada de los bosques, como para que las niñas estúpidas los atravesemos sin preocuparnos, sin poner el dedo en el gas pimienta, como deberíamos, en cambio. Un bosque suele estar lleno de zorros haciendo zancadillas, de jabalís acosadores, de lagartos ladrones. Sí, el bosque es un cierto lugar donde a menudo se refugian las sombras de violadores ajusticiados, donde van a parar los aullidos de parto, donde crecen árboles gigantescos de voz grave. Y yo, sacando mi canastita, mi mantelito deshilado, mis deslucidos recuerdos de contienda.

  • Perdidos/ Desaparecidos/ Lost in translation

    [et_pb_section fb_built=”1″ admin_label=”section” _builder_version=”4.16″ global_colors_info=”{}”][et_pb_row admin_label=”row” _builder_version=”4.16″ background_size=”initial” background_position=”top_left” background_repeat=”repeat” global_colors_info=”{}”][et_pb_column type=”4_4″ _builder_version=”4.16″ custom_padding=”|||” global_colors_info=”{}” custom_padding__hover=”|||”][et_pb_text admin_label=”Text” _builder_version=”4.16″ background_size=”initial” background_position=”top_left” background_repeat=”repeat” global_colors_info=”{}”]

    El martes, cerca de la medianoche, luego de que Astor se durmiera -he descubierto tardíamente la hipnótica capacidad de ciertas músicas para inducirlo al sueño: ¡de haberlo sabido hace cuatro o cinco años!-, prendí la televisión. AXN: el default, lleno de forenses, criminales, abogados, médicos. Por algún perverso motivo, ese tipo de serie me atrae, pero esa noche no daban ninguna; evidentemente, se trataba de una película, ya que la escena exudaba solemnidad, silencio, misterio. Un hombre joven (pero no tan joven: óptima combinación), agradable, con aspecto de buena persona, vestido de traje oscuro, acercaba su mano a la tapa de un ataúd y lo abría. Listo: entró la muerte a la imagen, el duelo, y ya no puedo dejar de mirar. Lo más desconcertante es que no encuentra nada: sólo unas almohadas blancas durmiendo su propio sueño. El hombre titubea, no entiende nada, se voltea hacia otro personaje que, al parecer, ya estaba presente, o quizás acaba de entrar a escena. En ese momento, me doy cuenta de que se trata de Jack Shephard, de la serie Lost, y que precisamente aquella noche emitirían -¡estaban emitiendo!- el capítulo final. No lo había reconocido, tan elegante, fuera de los salvajes entornos de la isla.El esperado cierre del programa de culto -que tan nerviosos tenía a los fanáticos ante la impenetrabilidad de sus guionistas y la secreta esperanza de una explicación, luego de seis temporadas devotas de eventos cada vez más pirados- a mí me tenía absolutamente sin cuidado, ya que a pesar de que la serie me parece atractiva, fascinante, osada incluso en lo comercial -en su momento, digo: ahora, como todo, empezó a inspirar “atrevidas propuestas” como Flash Forward, pero sobre camino recorrido cualquiera lo hace-, jamás vi nada en orden secuencial (más que la primera temporada durante una vieja gripe, la última que tuve). El argumento me resultaría el doble de desconcertante que a cualquiera, si no fuera porque simplemente me entrego a la narración en el momento en que la pesco: no busco respuestas, no interrogo, no tengo elementos ni información para exigir coherencia. Llego cuando llego, me subo al barco y desde allí miro la isla, sus laberintos, el zoom sobre el personaje en turno, y todos los hilos que se van entrecruzando, como si los tejiera una Ariadna loca que corre descalza de un pasillo a otro, soñando que con sus enredos de madeja al final termine tropezando el Minotauro.

    La historia, o lo que sea, me gusta por cómo está armada, por su profundidad azarosa, por sus exageradas pistas que, supongo, no llevan a ninguna parte (nombres de filósofos, de figuras bíblicas, numerología), por animarse a rozar dimensiones intangibles, casi espirituales o metafísicas. Con eso, me basta y sobra: miro Lost cuando el destino la pone frente a mis ojos, en repeticiones, capítulos de temporadas salteadas. La linealidad -que la serie trata de romper todo el tiempo, pero que no deja de existir- no es una de mis preocupaciones. Entender, mucho menos: disfruto de la experiencia estética, la complejidad de niveles, la arquitectura del asunto.

    El destino, entonces, puso frente a mí los últimos minutos del último capítulo de Lost. Jamás se me hubiera ocurrido moverme de allí, si podía presenciarlos, pero tampoco me calentaba no haber prendido la tele antes; de hecho, no me calentaba desconocer grandísima parte del corpus de la serie con su creciente mitología. No entendía nada, y así estaba bien. No es necesario conocer todos los vericuetos del Olimpo para dejarse tocar por un mito concreto, un episodio protagonizado por ciertos mortales y algun dios aderezando por ahí. Es placentero, sí, poder establecer relaciones, paralelismos y genealogías, pero no indispensable.

    Tengo una relación ambigua con Jack Shephard. Lo veo como un hombre estupendo, idealista, leal, líder nato (con su muy peculiar estilo), competente. Sin embargo, no puedo evitar que los ojos, y todo lo que los ojos arrastran consigo cuando de hombres se trata, se me vayan sobre Sawyer (“James”, como el apóstol Santiago, que se suma a la pista alusiva al clásico personaje literario Tom Sawyer: no pienso entrar en estas trampas de guionistas malévolos y ociosos). Jack, el buen pastor (“shepherd“: casi, casi) quedaba totalmente opacado en mis deslumbramientos por el sexo opuesto frente al otro, cínico, egoísta, perro con las mujeres, vicioso en todos los flancos. Era como una atracción satánica que no intenté nunca resistir simplemente porque me sabía protegida por el obstáculo de la pantalla. Sawyer miraba a la cámara, con esa sonrisita inconfundiblemente jodida que tienen ciertos hombres conscientes de su belleza pero heridos, y yo inmediatamente recordaba aquel chiste o desafío lógico en el que a uno le preguntaban: “¿Qué te llevarías a una isla desierta?”. Y me sentía terriblemente culpable de que no me gustara Jack. Debe tratarse de algo arquetípico y potencialmente masoquista. Pero el conflicto no debe ser mío solamente, ya que los guionistas bien que lo explotaron sembrándolo en la encantadora Kate, nada menos (quien sin duda es la protagonista femenina más importante). Algo debe suceder con estos personajes como Sawyer, algo muy oscuro; en uno de los capítulos alternos de las últimas temporadas que miré alguna vez, aparecía destrozado, en pleno duelo, autodestrucción y mar de lágrimas, por una enamorada que tuvo en la isla misma y que, al parecer, había muerto. Me dio pena verlo así, pero para mi vergüenza ya no me parecía tan irresistible. “Parece que el actor hubiera envejecido más que los demás durante estos años de rodaje. Como que tiene papada, está abotagado… ¿le estará dando al alcohol?”.

    Sí, debe ser algo arquetípico y oscuro, muy oscuro… Mientras tanto, en un estúpido test de Facebook -como todos los tests de Facebook- me dio como resultado que, entre todo el plantel de personajes de Lost, yo era precisamente Jack Shephard.

    En esos últimos minutos que presencié -espero haber entendido bien-, Jack se encuentra con su padre muerto. Hay enorme emoción; el padre parece un ser pleno de sabiduría, de amor y compasión, como un Padre Universal. Es la primera vez que veo a Jack quebrarse, hacerse chiquito, dejarse sostener por un otro, por los demás. Inmediatamente me viene a la memoria Joseph Campbell y sus etapas del viaje del héroe: desde el primer capítulo, Jack Shephard fue el protagonista, la primera mirada e hilo conductor de la serie; ahora la historia llegaba a su fin, y la muerte, el reencuentro, el misterio espiritual de Lost se ofrecían también desde su particular vivencia como héroe. En cierto punto del viaje, el héroe masculino realiza su linaje, su origen, se asocia con su padre. Es una etapa de comunión, de integración y aceptación de sí mismo, y como tal aparece sobre el final de la travesía misma. The atonement with the Father, dice Campbell. Hasta en Star Wars, de George Lucas (quien ex profeso siguió paso a paso las etapas del héroe propuestas por el gran mitólogo, y no le fue nada mal, por cierto), Luke Skywalker descubre que Darth Vader, su archienemigo, es en realidad su propio padre: una extraña manera de verse obligado a integrar los polos. Pero los ejemplos de héroes huérfanos o de origen incierto que en cierto momento conocen a su verdadero padre (hecho que cambia su destino, como en el caso del rey Arturo, Edipo o Hércules), o que lo añoran y expían su ausencia con elegidas misiones protectoras (Batman, Superman, e incluso Jesucristo) abundan  en la mitología, los cuentos infantiles y la literatura en general. El encuentro del héroe hombre con esa fuerza masculina del padre, que internamente es percibida como más poderosa que la suya propia y, sobre todo, protectora, es indispensable para llegar a destino. Aquí, Jack Shephard llora, ríe y no entiende nada, pero se siente sostenido; tampoco el Padre tiene todas las respuestas, pero eso no le preocupa en lo más mínimo.

    Mi hermano Mopri, subido a la fiebre twittera y el revuelo frente al capítulo final, comentó:

    Para los que no han visto la serie, los pongo al día rápido. Hasta ahora todo lo que ha pasado es: Plane crashes on island, weird shit happens…. everybody dies

    Luego, frente a la orfandad en que quedaron sumidos los fans, la sensación de algunos de haber sido estafados por el desenlace, y la de otros de casi haber tocado los ocultos secretos del universo, mi hermano completó su intervención con envidiable e ingenioso poder de síntesis:

    Y así termina Lost: Jack y Locke malo se pelean a muerte, muchos besos inecesarios, Desmond se convierte en Indiana Jones, los que estaban muertos viven felices en su vida paralela … al final sale un Oso Polar y se los come a todos.

    (¡Mopri, spoiler! ¡Sólo me faltaban cinco temporadas y ya me vendiste el final! ¿Qué sentido tiene ahora?)

    Otro excelente aporte de Kanuto, stage manager mexicano:

    Así termina LOST: Vida paralela: Jack finds god. Isla: Jack finds dog. Punto.

    Yo, de todo ese remate tan esperado, únicamente presencié el confuso descubrimiento de Jack sobre su propia muerte, su aceptación de que, de un modo u otro, la conciencia prevalece, y el emocionante encuentro con sus muertos queridos. Entre los que estaban -tal como reporta la sinopsis de mi hermano- sus amigos y compañeros de infortunio de la isla purgatorio de Lost. Lo recibían, luminosos, entregados de lleno a la celestial bienaventuranza. Cada uno estaba con su pareja, todos hermosos (hasta Hurley, me atrevo a decir), juntos y felices en los bancos de una iglesia. Por primera vez, encontré atractivo a Jack Shephard; parecía un niño, un joven ruborizado. No se sentía ya en la obligación de sostener, de salvar, de ser el fuerte. Era como era, en el fondo: sin misiones redentoras, sin cruces, sin luchar hasta el último instante por la supervivencia. Se había entregado a la muerte y sonreía; ya no tenía nada que perder, e increíblemente la vida que le esperaba detrás de lo desconocido era mil veces mejor que el miedo, la guerra, la tortura, los accidentes aéreos, las enfermedades sin medicamentos, los osos polares y las pérdidas constantes. Sí, sonreía, y eso lo volvía bello. Más bello incluso que Sawyer, allá sentado con su enamorada entre el gentío, totalmente inofensivo.

    Al final, en el último minuto de la serie, pude desanudar el viejo error de enamorarme de Sawyer y no de Jack, que siempre fue el mejor de los dos. Claro que los malditos guionistas, como dije, siguieron explotando el conflicto hasta el final: al parecer, no me sucedió sólo a mí, sino también a Kate, que sentada a su lado jugueteaba y le sonreía en -¡al fin!- decidida aprobación como hombre. Con semejantes rivales estoy frita, como sea.

    Lost ha fundado toda una mitología contemporánea, con personajes ricos y contradictorios que han terminado por convertirse en modelos para toda una generación de seguidores, picados por la curiosidad de sus misterios existenciales. Modelos éticos, modelos épicos, incluso; cada conflicto, cada decisión que estos tomaban movía algo en el interior de estos adictos espectadores, dándoles marco de referencia para entender asuntos de sus propias historias. Esto es lo que sucede cuando se entra en el camino de la mitologización, algo que en los vertiginosos tiempos que corren, con figuras e íconos desechables que se sustituyen antes de que puedan cuajar realmente en un modelo de vida, es sin duda muy festejable.

    Por eso, decidí dejar arrumbado todo un largo comentario que había escrito ya sobre La Ilíada para dedicarme de lleno a estos pequeños chispazos de la incierta mitología contemporánea. Pero volveré otro día con la mitología clásica, que nunca pierde vigencia. Esperemos que la historia de Lost siga dando frutos y conserve esos imperfectos héroes marcados a fuego en quienes siguieron su llamado, más allá de los vicios y las modas de las temporadas que otros nos imponen.

     

     

    Grupo Facebook “¿Qué les pareció el final de Lost?”
    http://www.facebook.com/topic.php?uid=54915203494&topic=14428

    Hitler ve el último capítulo de Lost
    http://www.youtube.com/watch?v=XFKoxKQHOk4

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  • Duelos tropicales

    La señora que trabaja en casa de mis padres -bueno: lo de “señora” es parte de esa negación inconsciente con la que uno vive cuando deja atrás la propia juventud, ya que debe tener mi edad o menos- se llama Marta. Como casi todas las mujeres en Panamá, se viste, se arregla, camina irradiando un no sé qué, una vocación de Reina de la Belleza; no tiene inhibiciones para mostrar que quiere estar linda, que se siente linda, y que hará todo lo que esté a su alcance para resultar llamativa y sensual. Tampoco provoca ni seduce -nada de ese estilo “minita histérica rioplatense”, que tira los anzuelos sin consideración alguna y después no se hace cargo de la pesca-. Las panameñas simplemente se agradan así, vistosas, emperifolladas, en su mejor expresión y atractivo. Para sí mismas y para el prójimo. Y lo más sorprendente de todo es que ese estado interno no tiene relación alguna con su belleza externa, “objetiva”: una panameña llena de rollitos y celulitis en la panza cruza la calle, con su top ajustado y sus calzas de licra flúo, tal como si fuera la heredera al trono, motivo que la hace merecedora al innegable derecho de parar el tránsito con su paso majestuoso. No necesitan ser perfectas primero para ser bellas después (imagino que los índices de anorexia y cirugía plástica son mucho más bajos que por estos países). Para ellas, sentirse sexy es uno de los derechos humanos elementales; eso parecen compartirlo con las brasileñas, las cubanas y otras mujeres de los trópicos. No hay duda de que el sol acerca a la gente a la vida, a lo mejor de sí, porque finalmente la profecía se autorrealiza: al paso de estas Miss Panamá en cada semáforo, es inevitable reparar en ellas así sea por la actitud o lo que proyectan, por más que sean gordas, escuálidas, comunes o patizambas. En Uruguay se convertirían en señoras asexuadas, de cabello discretamente al hombro y teñido de claro, con un empleo público aburrido y un celular desde el que explicarle una receta a la empleada mientras vuelven a casa colgadas de algún ómnibus.

    Marta no: Marta es panameña. Vendrá colgada, sí, de una chiva parrandera (autobuses que no merecen el grado de tales, si bien son pintorescos para quien no los padece), pero huele a flores e irradia sonrisas. Llega muy arreglada; no importa que al rato esté en ropa de trabajo y quizás descalza, en plena faena doméstica. La forma en que se presenta al mundo parece ser un tema de autoestima, de respeto por su familia, de acariciarse a sí misma. ¡Y no hablemos de cuando regresa a su casa, luego de la jornada laboral!: toma una ducha eterna, seguramente con ungüentos aromatizantes varios, se seca y arregla el pelo, se pone su minifalda y sus aretes, sus moños y sus encajes, se maquilla y luego sale decidida a que los hombres se den vuelta cuando pasa. Eso, sin la menor contradicción con su dulzura y su condición de esposa fiel, de madre amorosa. Nosotros -hombres y mujeres de estos lares- tenemos menos integradas esas facetas femeninas: la sexy es una peligrosa devoradora, de escudos contradictorios o de armas tomar (todo bélico, de dulzura nada); en cambio, la esposa y madre suele tener divorciado el erotismo, al menos en su manifestación pública (e, igual, si hiciéramos una encuesta…). Marta no, las panameñas no. Verla salir tan acicalada y despedirse hasta el otro día rumbo a su humilde barrio era un esperado momento durante mis visitas. Me divertía y me dejaba envidiosamente boquiabierta.

    Un primero de enero, unos mafiosos del barrio irrumpieron en su casa, un copamiento; la hicieron callar y le pegaron un tiro en la cabeza a su joven hijo, que dormía acurrucado en la confianza del hogar, de su cama. Su único, queridísimo hijo (que además dejaba familia propia desamparada). El muchacho había intervenido para defender a alguien en los habituales prepoteos de estas pandillas y se la juraron: de escarmientos así están llenos los lugares soleados, como mi México. De golpe, el dolor se tragó a Marta, la envolvió en pesadillas de esas donde no hay Madre Universal capaz de consolarlo a uno. Que no haya ocurrido, volver el tiempo atrás, y si yo hubiera esto o aquello, no puede ser real... Pero, sí, había ocurrido, le ocurrió a ella. La noche oscura del alma. La injusticia, la impotencia, además del miedo paralizante. Porque esta gente sabía dónde vivían Marta y su familia, testigos presenciales; de hecho, habían podido entrar en la casa sin problemas, y por supuesto dejaron amenazas tras de sí. Pero nadie debería desestimar el innato poder de leonas de las madres.

    Mucho tiempo después, se logró encarcelar a los culpables. Marta nunca sacó el dedo del renglón. Imagino que dormiría con mucho miedo, atenta a cada ruido; quizás el esposo tuviera un arma bajo la almohada. No lo sé, pero se logró justicia. Es decir, justicia legal, que el crimen no quedara impune. El duelo, el duelo no tiene arreglo: es para siempre. Únicamente se mitiga, uno aprende a integrarlo a su vida, a rearmarla bajo otra forma, pero no deja de tenerlo siempre ahí, como un convidado de piedra.

    Hoy Marta sigue vistiendo riguroso luto, como acostumbran en su pueblo: toda la ropa negra (lo que en Panamá es un contrasentido: llama tanto o más la atención que cuando alguien aquí se viste de verde cotorra o fuchsia chillón). pero hace tiempo que empezó a arreglarse nuevamente; sigue queriendo estar linda (para su esposo, para sus nietos -que ya no para su hijo-, para los hombres, para sí misma). Se ríe cuando conversa con la señora Vera, un personaje de novela que los viernes va a planchar (y que le dice diablofuertes a los jeans, algo que me causó pánico en un principio, cuando me preguntaba por los míos: no le entendía, pero me era imposible evitar imaginar lujuriosos demonios atléticos sin camisa que me seguían a todas partes, aunque yo no pudiera verlos, y de ahí que ella considerara que eran mis diablos fuertes, pero al final resultó ser sólo un malentendido), y uno se pregunta cómo hizo para volver a reir luego del demoledor golpazo que le dio la vida. Obviamente, los efectos de dicho golpe irán con ella hasta la muerte, no tienen cura: el hijo no volverá. No se me ocurre dolor más insoportable que ver morir a mi hijo, y aquí no fue en sentido figurado, además. Pero ella optó por la vida, por tomar la vida, por volver a encontrar espacios de alegría, por seguir respirando y regalando sus perfumes.

    Y vuelve a salir al final de la tarde, cada día, toda arreglada, encaramada en sus tacones altos y de minifalda. Negra, porque hay cosas que llevan sus larguísimos procesos. El vino está, pero uno tiene que sentirse preparado para volver a beberlo y a embriagarse. Lo importante es que el dolor, la pérdida, la culpa, lo que no fue, lo que ya no será, no nos lleve a decirle no a los vinos de la vida. “No ahora” está bien: es como la minifalda negra de Marta. Pero tener claro -aun durante los peores huracanes del duelo- que, si bien lo lacerante parece haberse convertido en nuestra  única realidad, esto también pasará. Y que, cuando esto pase -aunque nunca será olvido de lo perdido, como tampoco lo será de lo hermoso que se vivió, de la memoria que uno quiere defender-, uno seguramente querrá volver a brindar, a degustar la copa, a permitirse el juego del vino, a disfrutar la liviandad que emborracha en comunión; esa que, expansivos, nos hace arrojarnos a las exploraciones. Claro que eso sería, hoy, como querer que Marta vuelva a llevar su antigua ropa de colores.

    Sin embargo, ella ha sido capaz de rearmarse desde la caída más terrible y elegir vestir, orgullosa, una minifalda negra.

    Cómo me gustaría aprender las artes de sobrellevar un duelo tropical. Pero creo al escribir terminé detectando alguna que otra pista.


    Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
    anegado sin brújula y perdido
    llegar a puerto con las velas rotas?

    Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
    El mismo viento que rompió tus naves
    es el que hace volar a las gaviotas.

    (De El doliente, Oscar Hahn)

     

  • Mi México lindo y… herido…

    Hoy hubiera sido el cumpleaños de José Manuel De Rivas (1964-1996), mi brillante amigo Peabody, mi galante pareja de graduación, que me llegaba al hombro y vestía una capa negra. Se lo llevó el metro en la estación Bellas Artes; si suicidio o asesinato, no me importa. Fue la Ciudad de México y sus demonios. Ciudad rodeada de palacios.

    Mi segundo país siempre me hizo temer por mi seguridad y la de la gente que quiero. Es que México es generoso y cruel, festivo e impredecible, delicado y salvaje. Sublime, vital, sombrío: es una tierra de arquetipos danzantes. La muerte, siempre agazapada, como precio por la vida a manos llenas. Flores, mariachis, fiesta, Dios, mezcal, colores, ruido, escalas desmesuradas, olor a copal, mercados, espectros, montañas, multitudes, frutas. En México vive la gente más despiadada, cruda y mala de la tierra; en México vive la gente más noble, buena y pura de este mundo. México inocente, dijo Jack Kerouac, y también tenía razón.

    Pero ahora hay una guerra civil. No se trata más del cielo y del infierno, dualidad que tan atinadamente descubriera Malcolm Lowry durante sus iniciáticas andanzas por allí: hoy la gente está en la línea de fuego cruzado de varios ejércitos que luchan por su territorio. Parece que ya nadie sabe qué hacer; los narcos se disputan la frontera, las acciones del ejército quedan bloqueadas por cortes sorpresivos a lo largo y ancho de la ciudad (si alguien pensaba que en el Tercer Mundo somos flojos, ineficientes e improvisados, es que no ha reparado en la delincuencia organizada!), hay policías corruptos integrados a la mafia, el tráfico de armas es inmenso, la impunidad prevalece, civiles mueren o son secuestrados, sigue el misterio de las “muertas de Juárez”, se reportaron casi 2.500 ejecuciones en lo que va de este año, EE.UU. se está involucrando porque la olla va a explotar en cualquier momento y dicen que la situación es más grave que en Irak. ¿Qué le pasó a mi México, claro y oscuro, pero cuando era luz sí que lo era, en formas cegadoras de tan intensas? ¿Cómo puede vivir la gente así, entre miedos y negaciones, con amenazas, o la amenaza de la amenaza misma?

    Mi hermano dice que ya ve como inevitable que este año se arme un despelote grande (sic), que cada 100 años México tiene una revolución. Es cierto. Este año no sólo es el Bicentenario de la Independencia sino el Centenario de la Revolución Mexicana. En una, durante diez años las cabezas de los líderes estuvieron colgadas y pudriéndose dentro de jaulas, a la vista de todos los guanajuatenses para que les sirviera de escarmiento; en la otra, te fusilaban nomás por divertirse y la gente escondía a las muchachas en sótanos cuando llegaban los revolucionarios, quienes (muy lejos de esas versiones idealizadas que uno suele hacerse, tipo Che Guevara) se apropiaban de todo lo valioso y bello que encontraran, como fieras desbocadas.

    ¿Qué clase de revolución habrá de librarse este año, entonces? ¿Una guerra sanguinaria, un retorno paulatino al orden, una sublevación social, un terremoto que destruya las ciudades para poder empezar de nuevo, una intervención armada de otro país, una operación fulminante de los servicios de inteligencia, una movilización pacífica? Porque el problema ya no es únicamente la frontera, Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey: se va extendiendo como un derrame de petróleo en el mar.

    Leo las noticias (gracias a internet, porque aquí se habla muy poco de esto en los medios) y trago saliva; me preocupan mi hermano, mis amigos, el país mismo. A menudo pienso lo que sería vivir allá todavía, con Astor niño, y siento la gran bendición de habernos escuchado a nosotros mismos, de haber cometido de golpe y sin aviso aquella locura de volver a Uruguay. El tronar de la fiesta, de los fuegos artificiales, se me figura ahora como los ruidos que están tapando la balacera. Pero sigo creyendo en el alma de México, en su poder de ave fénix, en su águila, en el embrujo inmortal de su serpiente.

    Al llegar al ataúd de cristal, el menor de ellos (de tres años) toca el cristal y se acerca a los pies de la estatua, vuelve a tocar el cristal y yo pienso: “estos niños entienden lo que es la muerte, están en la iglesia debajo del cielo, poseen un pasado sin comienzo y se dirigen hacia un futuro infinito, esperando la muerte, a los pies de un muerto, en un templo sagrado”.

    (Jack Kerouac, fragmento de México inocente y otros relatos de viaje, México: Ediciones del Milenio, 1999)



    Guerra sangrienta entre cárteles se recrudece (El Universal TV)
    http://www.eluniversaltv.com.mx/detalle17812.html
     
    Narcotráfico: la lucha por el territorio (El Universal)
    http://www.eluniversal.com.mx/coberturas/esp207.html

     

  • Memoria siempre, nunca más.

    Anoche me llegó una certeza a modo de rayo (de Zeus, pero también de luz). Da la impresión de que, en mi caso, la memoria se hubiera erigido en una especie de bastión infranqueable que preserva lo que ya no es de la desintegración. Un pacífico espacio de pastos verdes, plaza y arbolitos detrás del muro de los lamentos, una porfiada isla puesta en el mar para atajar a los náufragos, un invisible museo portátil, la puerta secreta al misterioso holograma laberinto. Recordar o, más que recordar -que siempre implicaría una clara conciencia del retorno a lo que ya no es pero proyectado desde el presente-, mantener con vida en forma necia, insuflarle una y otra vez el aliento vital a lo que se fue para siempre, atrapar con una red de mariposas, no dejar ir, sostener lo insostenible. Una memoria casi asilo.

    Los muertos.

    Los amores pasados.

    Las ciudades habitadas.

    Empiezo a entender mejor mi sueño del pajarito de colores. Debí animarme a romper esa burbuja, aunque el pasado saliera volando y lo perdiera de vista para siempre. Los pajaritos de colores no se hicieron para las burbujas: se quedan sin aire y terminan siendo tan sólo tristes pajaritos desfalleciendo hasta la muerte. Pero intentar darles ese aire que precisan es -si acaso sirviera- una empresa agotadora y hasta arriesgada. No es natural convivir con el cadáver embalsamado de un ser querido. Basta recordar a Norman Bates.

    La memoria ha sido mi única militancia, el decálogo de honor de toda una vida. Me precio de ejercer el amor de no olvidar, que en vez de fluir hacia adelante requiere un esfuerzo titánico en sentido contrario, una fuerza opuesta a la newtoniana gravedad, a la inercia, a las órbitas que tironean y a las corrientes marinas. Los muertos, los amores pasados, las ciudades cuyas campanadas ya no escucharemos, los adoquines que no pisaremos más, el cilantro perdido para siempre, el epazote añorado y distante, el copal de las iglesias, el organillero dormido. Es cierto que los grandes capitales de un escritor -al menos como lo entiendo yo- son la introspección, el narcisismo y la memoria, pero todo eso es la arcilla de una obra que vive afuera de nosotros y que, por lo mismo, nos descansa. En cambio, esta otra es una memoria insomne que no puede cerrar los ojos un instante, pues el mudo riesgo de haber perdido un mundo al despertar le corroe el sueño. Lealtades costosas. Hay un necesario verbo en inglés, to move on.

    Quizás mis ayeres estén necesitando la conflictiva piedad de la eutanasia. Porque sacar a Eurídice del mundo de los muertos es, en sí mismo, un despropósito. “No mires atrás”, le dijeron al empecinado, le dicen una y otra vez, pero sigue cayendo en la trampa sin remedio.


    Eso hace sonreír con sorna a la otra cabeza dura. A la quieta, callada mujer de Lot.