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  • El misterioso asesinato en la Catedral

    Hoy entré a la Catedral, en la Plaza Matriz, triste, tristísima. En México siempre hacía eso; de hecho, también entraba en las iglesias cuando estaba feliz, con buenas noticias o animada por un día soleado, o cuando iba de paso a mis 180 escalones rumbo a la casita de Guanajuato, y asimismo entraba cuando no tenía nada que hacer, y cuando quería estar conmigo misma, o cuando quería descansar, cuando se me antojaba mirar a algún santo específico (los hay extravagantes allá, como San Chárbel con cintas de colores colgándole, o el Santo Niño de Atocha en una vitrina llena de juguetitos, o el Anima Sola, mujer semidesnuda surgiendo entre las llamas), o para prometerle cosas –que luego tardo siglos en cumplir– a Santa Teresa de Avila, o recurrir al abogado de los casos difíciles y desesperados, santo patrón en cuyo día por casualidad nací y que lleva el nombre de Judas (pero Tadeo, no Iscariote: no llego a tanto). Me hubiera venido bien encontrarlo hoy, con su medalla en el pecho, rodeado de milagritos colgando y veladoras, con la llama que surge de su frente como un chakra abierto.

    Aquí en Montevideo, cuando se me ocurre entrar a una iglesia, primero tengo que refrenar mi impulso: “A ver si está abierta… ¿Para qué carajos sirve una iglesia cerrada, a la que uno puede ir “a misa” solamente?”. Pero estaba abierta, hoy estaba abierta. Será que es la catedral. Así que entré.

    Tenía un espantoso olor a viejo enfermo, a lugar donde hace siglos que no se prende incienso o mirra. A pesar del olfato malherido que me dejó la sinusitis, podía sentir cómo ese tufo a decadencia que no conocía esplendor previo, ese olor a hospital sin desinfectante por falta de fondos se adhería a mi piel, a mi aura. Pensé en irme, pero me pareció excesivo para alguien que se lamenta de haber dejado de percibir los olores casi por entero. Lo más triste no era ese aroma a piso sucio, a anciano agonizante sin bañar, sino la ausencia de otros aromas que recordaran la vida: aroma de flores, de ceras, de incienso de iglesia, ni hablemos del copal, que antes entraba desde el atrio impregnado en los danzantes aztecas. Igual me senté en una banca. El oro también faltaba allí: en el púlpito había un laminado propio de un aerosol graffitero, una capita apenas que emulaba no sé qué glorias celestiales que no se atrevía siquiera a rozar. El oro de esta tierra hubiera sido lo de menos, desde luego.

    No es una catedral. Si acaso pudo haber sido un palacio legislativo. De cielo no sabe nada, de cantos, de misterios. Se veía que allí no se había prendido una vela ni siquiera para el cumpleaños del sacerdote. Pasaron dos o tres personas caminando, solemnes, por los pasillos, sin hacer ruido alguno; luego miré mejor, y puedo apostar que la pareja era de turistas: ella con su mochila colgada, él, con lentecitos y rastros inconfundibles de gringo. De seguro pensarían: “What the hell are we supposed to see here?“, pero no se atrevían a decirlo en voz alta. Cerré los ojos para poder ver la Parroquia de San Francisco en Coyoacán, sobreponer su maravillosa luminosidad sobre aquella estampa desolada y pobre; por lo menos la nave, el altar y los laterales me ayudaban a lograr el efecto. Y confirmé que no se escuchaba nada, no había música afuera ni ecos adentro, no se colaban pregones desde la calle, nadie rezaba. Yo había sacado el MP3 dispuesta a darle mi propia voz al asunto, pero no pude escuchar música más que al final porque me pasé desenredando los cables que se habían confabulado como spaguettis. Supongo que es algo que nos sucede todo el tiempo, de uno u otro modo: perderse la música por desenredar los cables, pero insisto en que allí no había música alguna.

    Al fin, el berrido de un niño retumbó rompiendo aquella comodidad malsana, llena de naftalina y flores muertas que no se ven con los ojos.

    Salí, casi molesta por haber buscado refugio en un lugar donde no hay ni rastros de Dios. Enmarcan cada puerta horrorosas tumbas de señores blancos con cascos eclesiásticos, tan estáticos como el resto del edificio, yaciendo en segura muerte eterna. Y la pila de agua bendita estaba vacía, como era previsible. Vacía hace décadas, seguramente: ¿quién cree en Uruguay en el consuelo del agua bendita? Ni el cura. De hecho, dudo que se bendiga el agua, ni siquiera lo deben hacer para los bautismos: finalmente, es H2O. Luego se preguntan por qué alguna gente le pagó fortunas a los abusadores que traían el agua milagrosa de Querétaro (agua que el dueño de la hacienda de Tlacote daba gratis a los que la pedían). Yo por suerte traje a Astor de Querétaro, no los necesito.

    Me fui escuchando a Silvio Rodriguez que me cantaba en ambos oídos, una voz y otra, jugando con el estéreo y la poesía. Qué alivio. Desde la parada del ómnibus, miré hacia arriba y enfrente: exploré varios apartamentos viejos, que parecían hermosos, con balcones de hierro y vidrios que reflejaban Montevideo. Los muros tenían texturas irregulares, carteles de conciertos ya pasados, detalles que bien ameritaban una fotografía. Ahí sí estaba Dios.

  • Caricia

    Anoche, tarde y muy cansada, tapada con montones de frazadas porque un inexplicable frío se empezó a apoderar de mi cuerpo, sentí con toda claridad los dedos helados de la muerte tocándome la espalda.

    Me refiero a que lo sentí físicamente. Era un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente, una especie de cosquilla maligna, un burbujeo gélido que empezaba del cuello e iba bajando hasta el el final de la columna. Me tapaba más y más, me tapaba hasta la frente, pero no había manera de conjurarla.

    Recordé que Carlos Castaneda dice que nuestra muerte está siempre a la izquierda, más o menos a la distancia de un brazo. No es así. La mía, por lo menos, está en estos momentos a mis espaldas, demasiado cerca para mi gusto. Y no se trata de la muerte por mano propia ni mucho menos: es la clara sensación de que en este momento se abrieron agujeros difíciles de definir en el orden del universo, del universo que roza mi vida cotidiana, y ella está ahí, presta a empujarme por alguno. Mala compañía, realmente. No es la muerte linda, la muerte de los altares mexicanos, de las flores y la memoria, de la comida y la música, del tequilita para el finado, la muerte entrelazada con el amor y el recuerdo fiel: es la muerte esquelética, la gris, la que chupa la savia vital y se encarama en las espaldas como un mono, como una mochila, como un lisiado que finge.

    G. me dio la mano porque percibió mi angustia, que parecía la angustia esperable de alguien frente a un insomnio inoportuno, en medio de mucho trabajo. Esa mano era lo único que me mantuvo con vida anoche: era tibia, era una mano de vida. Si no hubiera sido por ese contacto, quizás no hubiera despertado esta mañana. Más tarde me abrazó; apenas el calor de un cuerpo grandísimo como el de él podía controlar los escalofríos. Supe que, si él estaba allí, sería el escudo que mantendría a la Huesuda lejos de mi espalda, la echaría para que ya no me acariciara sin permiso.

    Yo no puedo morirme, ciertamente. Tengo un niño chiquito, un ángel de capa, un dinosaurio de un metro de altura, con ojos azules que combinan con un cielo despejado de un Montevideo de buen humor o un Guanajuato ventoso por la altura.

    Anoche estuve en el huerto de los olivos y tampoco me contestó Dios.