Etiqueta: electrocardiograma

  • Electrocardiograma del duelo (6)

    Quince días sin escribir, aquí ni en ningún lado, porque los espacios que van quedando para mi escritura son cada vez más mentales u oníricos, inasibles. No tienen más nada que ver con el papel o el teclado, y la verdad es que sufro mucho por ello. O quizás, a codazos con la realidad, escribo algún correo, algún post en la Levrero´s Tribe del Facebook, qué sé yo. Alguna servilleta. Alguna hojita en la sala de espera de un doctor. Pero el blog es, o debería ser, en estos tiempos de ya no poder estar conmigo misma, el cable a tierra, o mejor dicho, el cable al cielo, a lo que no es de este mundo nada más. Quince días sólo para poner estas pinches, miserables líneas.

    Y sí, las pongo ahora, cuando no debo, en el medio de cosas sin hacer y cosas por atender, pero es que hace unos instantes sonaba en la radio una canción del Darno, una canción que nunca escuché, como tantas (es decir, todas sus canciones de “El ángel azul”, primero porque me aterrorizaba poner el disco a pesar de que SyF me lo regaló, amorosa, y luego porque el día que decidí hacerlo no funcionó, decía “no hay disco”, lo que tomé como señal de no estar preparada todavía), una canción que decía algo de Sarajevo, y que sonaba en otro idioma, o así me pareció, y era la voz de él, a punto de extinguirse, y de pronto sentí que la serpiente subía otra vez desde mi corazón hasta mis ojos y lo único que quería era llorar. Esa voz que nada ni nadie nos devolverá, y que hay que agradecer tanto, tanto que haya quedado grabada, inmortal… incluso hay que agradecer por esas últimas, agónicas grabaciones que Ferradás logró ayudar a parir cuando nadie lo hubiera creído posible.

    Ya me lo había advertido mi amiga Morgana: “Vas a llorar mucho cuando lo escuches. Yo me dije entonces que era el último disco del Darno, y así fue”. Hadas, brujas, al fin de cuentas.

  • Electrocardiograma del duelo (5)

    Estuve escuchando El trigo de la luna, que es uno de mis discos favoritos. Y por enésima vez, “Desconsolados 2”. Siempre me pregunté de dónde saco esa crónica identificación con el Duque Penurias y Madame de la Mugre, ese amor por lo caído, esa compasión por quien duele y se duele, por lo oscuro y lastimado (pregunta capciosa, si las hay).

    Y entonces lo volví a sentir: subía por mi interior, se desbordaba desde el corazón, llegaba hasta mi cráneo y llenaba mis oídos de esa voz que mana belleza, como las llagas de Jesucristo. Era el duelo, la misma pérdida seis meses después. Saber que lo extrañaré hasta el día de mi muerte, aunque hiciera tanto tiempo que no lo veía. Confirmar con un nudo en la garganta que algo importante -algo que no solo tiene que ver con él, con el amigo, con el ícono, sino conmigo misma y quien yo fui, y cuya memoria él se llevó a la tumba, como se irán yendo todos y cada uno de mis pedacitos mágicos- ha terminado para siempre, que no hay posibilidad de resurrección. Que los muertos no nos quieren a los vivos allí, y está bien que así sea. Que los vivos tenemos que dejarlos en paz y seguir con la vida, del lado de la vida. Pero el duelo simplemente aparece una tarde, sin previo aviso, y nos saca lágrimas transgresoras de los órdenes del universo.

    No lo veía hace tanto, pero el cajón envuelto en la bandera y las flores rojas me parecieron preciosos… Y cuando subía las escaleras rumbo a la salita donde lo velaban, tuve la plena conciencia de estar escuchando el murmullo exacto de “Ni siquiera las flores”. Creo que faltaban las risas,aunque afinando el oído quizás podría haberlas escuchado: las de él, al fin libre del calvario de los últimos años…

    Por supuesto, a cada rato me vienen ráfagas de tristeza y lloro. De todos modos, hubiera sido muy difícil volver a encontrar a Eduardo, aunque se lo tuviera enfrente.

    Un genio. Un príncipe. Un mago. Un juglar. Un hombre.
    (9 de marzo, 2007/ fragmento de post)

  • Electrocardiograma del duelo (4)

    Nadie podría decir que te olvidé. Yo misma sé que no te olvidé, para nada te olvidé. Pero los dos meses de tu muerte me vinieron a la conciencia uno o dos días después de la fecha. La cosa del duelo siempre funciona así: el asunto empieza a pasar a otro plano, a uno menos urgente. El día del velorio dejé todo lo que estaba haciendo para ir. El día en que se cumplía un mes quise ir al cementerio a llevarte unas flores, pero después me pareció que quizás estaba haciéndolo desde el calendario, que todavía no era tiempo de semejante momento Kodak. (Además tenía un asunto de la vida que atender, una adolescente que coquetea con la muerte, y me/te dije: “Eduardo, podés esperar. Igual contigo ya no hay remedio: ahora ella tiene prioridad”, así que deshice el plan).

    Luego, el día en que se cumplían dos meses me olvidé. Se me pasó; me acordé enseguida, es cierto, el 8 ó 9, pero el 7 me olvidé. Me sorprendió. Simplemente no me acordé. No creí que fuera a sucederme. Por otro lado está bien: los muertos con los muertos…

    Lo que sí, algunos de esos días en falta soñé con el Darno, o con el mundo del Darno. Iba con otra gente al apartamento antiguo de Washington Benavidez; nos recibía tirado en una cama, tipo el Zeus de Malpertuis (Orson Wells), y le hacíamos muchas preguntas. Me dejaba un mensaje personal en una cartelera, una nota encabezada “Gabriela” donde contaba cosas que tenían que ver con Eduardo y unas instrucciones que había dejado, y yo lloraba de emoción, bajito. Nadie comentaba nada ni parecía comprender. Yo buscaba un papel (todos estaban rayados) y le contestaba a través de la cartelera: “Maestro Benavidez (así le gustaba a Eduardo que se le llamara)”, confirmándole la enorme alegría que tendría de ir a hablar con él sobre todo eso. Sueños de compensación, que les dicen. Supongo que lo de “Maestro” también tiene un eco en Levrero.

    Otro día (o mejor dicho, otra noche, en esa doble vida de lo onírico) el Darno no quería cantar más. Se involucraba en unas extrañas representaciones que se podían ver por circuito cerrado (¡espero que no fuera Big Brother!). Creo que su discurso deliraba un poco; además, estaba disfrazado y con los ojos cerrados. Luego, él y yo estábamos en un cuarto tipo juvenil, con dos camas de una plaza, todo desordenado. El tomaba su guitarra y se ponía a cantar Dylaniana; se acostaba y seguía cantando y tocando. Yo estaba haciendo tareas domésticas (tipo preparando la ropa sucia en el canasto) y me iba a ir a terminarlas, pero de pronto me daba cuenta: “Estoy aquí, con el Darno, que está cantando!”. En el sueño, recordaba la historia bíblica de Marta y María. Me tiraba yo también en la otra cama a escuchar.

    Al poco, él interrumpía la canción. No terminaba de cantarla. Se daba cuenta de que estaba cantando, pero sencillamente ya no quería volver a cantar. Nunca más.

    cuando no tengas dinero camisa ni amor
    y hayas quebrado el espejo
    y tengas los ojos ciegos del alcohol
    todos tus pasos se irán perdiendo
    a ningún lado podrás llegar
    ahora nadie abrirá las puertas
    para que tú puedas descansar…

    …será mejor que te mueras…

  • Electrocardiograma del duelo (3)

    Ahora vienen más suaves y espaciadas las oleadas de memorias, algunos brotes cortos de lágrimas e incredulidad, casi siempre mezclados con una inesperada y honda compasión. Algo casi intangible que vibra en diapasón espejo, como si quisiera cubrir con una frazada al Duque Penurias cuando tropiezo con él tirado en la vereda o desenredarle el cabello pacientemente a Madame de la Mugre. Casi siempre me pasa de noche, cuando la maquinaria para: entonces me acuerdo. La voz de D. me resuena todo el día en el cerebro, pero los otros pensamientos, los del reloj tic tac, y las ridículas listas de pendientes mundanos la van escondiendo, la tapan de hojas marrones y partituras. Otras veces me pasa de mañana; hoy puse canciones y en una de Las quemas rompí a llorar: ¡era tan perfecta la voz, tan sobrenatural!

    te quiero más que a mis ojos

    “Pero mirá que podés perder”, le contesta la madre desde el más allá del tiempo y de los símbolos. “Mirá que cuando estés en un cajón, ni siquiera las flores podrán alegrarte; nadie va a estar esperándote en ninguna parte, ni siquiera yo. Mirá que cuando te mueras ya no podrás cantar, no volverás a sentir el sabor del whisky, no reirás, no leerás a Shakespeare ni jugarás a ser Tristán, no podrás elogiar a Madame Bathory, no escucharás tangos buscando uno donde no se mencione la palabra “corazón”, todo será para siempre, se acabará el servant, nunca más harás el amor ni te enamorarás de lo que pudo haber sido, no llorarás, no actuarás más tu personaje público. Nadie nunca más, ni yo, ni las flores. Mirá que podés perder. Si vivís podés perder, seguro que vas a perder…”

    Las madres podemos ser bichos amargos.

    Dicen que ganó el concurso, a pesar de la piadosa advertencia, del recordatorio del principio de realidad. El concurso de canto, digo. Y vinieron las flores, y las flores sí, se marchitaron, terminaron en algún tacho de basura del cementerio. Y vinieron las flores, como bien lo vio la madre. Y el cuerpo de D., enterrado allí, a pocos metros quizás del tacho de basura que se llevó los restos rojos de las coronas, ese cuerpo lastimado y ya casi inservible también pasará a los reinos misteriosos del polvo y de la tierra. Pero la voz quedó, la música quedó, la poesía quedó.

    Podía perder, sí, pero no. Al final no perdió nada.

  • Electrocardiograma del duelo (2)

    Ahora no son ahogos, como al principio: son más bien eructos de tristeza. Imágenes que vuelven. Búsqueda de artículos y fotos para imprimir. Lágrimas cada dos o tres días, o como mucho una vez al día, sobre todo por compasión y por saber que no volveré a escuchar tu voz si no es grabada (o quizás en el Reino de los Cielos, si es que los Cielos están allí). Sonreir al mirar nuestra foto, sobre todo por tu actitud de osito de peluche.

    Eso es mala señal: sonreir con un recuerdo. En cualquier momento, en dos o tres meses, o un año quizás, empezaré a traicionarte: como siempre sucede, tarde o temprano, el electrocardiograma del duelo hará piiiiiiiiiiiiiiiiiii….

  • Electrocardiograma del duelo

    Lloro dos o tres veces al día. Desconsoladamente, como los desconsolados. Después me rearmo y vuelvo a la vida, aunque con menos energía que una diva de vampiro; tardo horas en hacer cada cosa, pero la hago.

    En un artículo de Búsqueda se dice al final que debe estar con Patricia tomándose unos whiskies. La imagen me da paz. Supongo que Escanlar podrá quedarse tranquilo, dado que en el Cielo no se gastan los fondos de las pensiones estatales…