Etiqueta: erotismo

  • Sobres azules | 3 (2012)

    Sobres azules | 3 (2012)

    17.
    “Cruel en el cartel”.
    Es duro ver su rostro transformado por la edad, la magia a punto de quedar
    domesticada, tener que mirar a través para poder encontrarlo. Lo malo es que
    igual lo encuentro, tarde o temprano, escondido en el cartel.
    18.
    Condenada al cisne
    blanco. Qué bien. No, ya no: el cisne blanco termina asfixiando con sus espejos
    inmaculados. Es el cisne negro, el exiliado, el que está mucho más cerca de la
    vida. “Yo no quiero reincidir en mi inocencia: yo quiero el placer de volverla
    a perder”, masculla Fitzgerald, malhumorado, en un rincón. Y entonces llega,
    fulminante, la mala noticia: la vida tarde o temprano tendrá que destruir, ser
    egoísta, usar dolientes canales de parto para poder abrirse paso. Cisnes negros
    que irrumpen. Distintas formas de condena.
    19.
    “Alto. Hasta aquí
    llegaste”. El tobillo me lo advirtió: “Estás tropezando con la misma piedra y
    no han pasado ni dos meses”. Luego el médico mencionó la posibilidad de una
    fractura, pero no le creí. “Estoy magnificando, no debe ser para tanto”, me
    dije.

    Todavía me duele.

    Son mal negocio las
    fracturas. Uno no avanza, no puede caminar libre.
    20.
    Los encuentros eran
    breves. No importa. Breves como el café ristretto;
    como el café ristretto,
    intensos.  Lo caliente, lo fuerte, lo
    escaso: todo eso es bendición en el reino del café, opinaba el abuelo que
    alguna vez fue casi mío. Lo más importante es que no sea amargo, acoto yo. He
    decidido que no quiero nada amargo.
    21.
    Aquellas noches de
    interminables parpadeos hipnóticos, sola en aquella casa tan sola. Una casa
    embrujada o, mejor dicho, con invisibles cicatrices de violencia que únicamente
    yo percibía. El ruido del aire acondicionado. Ir a la cocina a servirme más
    café y sentir el escalofrío por  la
    espalda. En la isla de edición, los monitores siempre titilando.

    Ya de madrugada, la
    sirena de policía, algún escándalo, el golpe de un travesti o rufián que era empujado
    contra la puerta de la casa. Los hombres que alguna vez editaron conmigo en
    aquellos horarios, tan sórdidos e inusuales, pasaron mucho más miedo que yo.

    Por suerte, la casa tenía
    rejas (algunas rejas protegen). Yo llamaba al taxi y esperaba adentro hasta el
    último minuto: no quería arriesgar a la casa esa, me sentía responsable. Ponía
    la alarma y cerraba la puerta.

    La vida circundante de
    Maldonado y Yaro.
    22.
    Suben los globos
    morados, naranjas, rojos. Aplauden al futuro viajero: es el primer viaje en
    avión que recordará más adelante. Él calla, y sin embargo observa todo muy
    atento. Quién sabe qué pasará por su cabeza.

    Yo me fui a su edad
    también, pero mi pasaje era solo de ida.

    Vuelve a casa con un gran
    globo naranja que, con los días, se termina desinflando.
    23.
    Prescindir de la
    lógica gladiador: mejor Sun Tzu. Esquivar el golpe gladiador: mejor fluir.
    Renunciar a las caricias gladiador: mejor la ermita. Aguantar la ira gladiador:
    mejor la estrategia a largo plazo.
    24.
    Las nubes tapan el sol
    de golpe, sí. Pero no quiere decir que se hayan formado en ese mismo momento. 
  • Sobres azules | 2 (2012)

    Sobres azules | 2 (2012)

    9.

    La palabra “nido” tiene connotaciones acerca de las que nadie me preguntó. Love nest. Dejar el nido. Anidar en el útero. Todo tiene que ver con los vínculos afectivos. Debo estar susceptible en la materia. Nido. Permanecer. Nido. Volar. Gritar tero en una parte y tener en otra el nido. El arte de la guerra.

    10.

    Los lentes para poder ver. Muy bien. Ahora veo. Y no tengo ninguna intención de renunciar al paraíso de la selva, a mi propia belleza antes borrosa. “Miopía, astigmatismo y presbicia”, dijeron ellos sin decir palabra.

    11.

    La cinta costera no invita para nada a contemplar el océano Pacífico: siempre está nublado en estos días. Por un lado, los rayos y truenos que profetizan la lluvia colérica que volverá a caer dentro de instantes; por otro, la marea baja, mundo de lodo, despojada, un océano sin agua.

    No tengo ganas de estar acá. La nostalgia nubosa tropical sencillamente no funciona.

    12.

    El escenario de siempre, con su embriagante humareda de luces, de nunca antes, de ahora sí. Embriaguez. No encontrar el propio cuerpo, o, feliz, desentenderse de él. Luego, la música in situ que lo hacía a uno saltar en mil pedazos. El bar Nueve. Big Bang del Sí Mismo. Dionisos. Nietzsche.

    13.

    Nunca quise humillar: un día, el óxido de los cerrojos sencillamente me venció.

    14.

    Morder su cuello. No como lo haría un vampiro sediento, depredador: yo quisiera morder su cuello como un cachorro jugando, una y otra vez, de un lado, del otro, y alternando los suaves mordiscos con besos, con mejillas restregadas, la irritación de la piel suave contra la barba que amenaza con asomar. Quizás mordiera una vez, o dos veces, no lo sé (jamás se debería dejar rastros). Como un cachorro, jugando. No mucho más. Sí, eso quizás haría.

    15.

    En un minuto cabe este texto. Y la consigna de Levrero de un minuto. Y el vals de un minuto de Chopin. Y el mundo de un editor de spots publicitarios. No es poca cosa un minuto. Un minuto más de vida, podría implorarse, por ejemplo.

    16.

    Niño sandía, burbujeante, aceitoso como un delfín, impredecible, ígneo, imposible, angelito durmiente.

  • Arquetipos

    Arquetipos

    Todo está oscuro, menos el rayo de luna que entra por la ventana del hall. El cuarto de mis padres se abre como un eco gutural, un no, un no te atrevas. Vigila mis movimientos desde su aburrida inmovilidad de lápida matrimonial, de años estáticos, de permanencia hueca. Un perseverante desatino con final feliz. En mi cuarto de adolescente, me abraza Franco a escondidas de los ojos omniscientes de mis padres, de la patrulla hiena instalada en mi mente. Pero no hay sigilo que valga, porque no puedo dejar de pensar que la puerta del dormitorio de ellos se abrirá en cualquier momento. Que mi padre aparecerá en silencio con su mirada de serpientes venenosas, reclamará su siembra, me enlazará a su feudo. Le digo a Franco que corra, que por lo menos se esconda  debajo de la cama mientras tanto, que se convierta en mi secreto eterno: Dios Padre ha despertado, estamos en peligro. Mi madre corre también, se adelanta para cerrar la puerta de mi cuarto, pero todo es en vano: los ojos de mi padre están a punto de encontrarme. Destilan pócimas verde fosforescente como la absenta, licores de insomnios crueles, vapor de los últimos suspiros inútiles. Los ojos de mi padre me buscan como faros en la noche, iluminan las tinieblas de mi dormitorio. Son duros como los de Medusa, su pupila de piedra se cuartea mientras arrastra todo en su derrumbe. Le digo, no, le grito a Franco que corra, que no deje que lo encuentre, que se salve. Si mi padre lo mira, tendré que destruirlo: no podré serle fiel a ambos. Voy a tener que elegir y elegiré a mi padre. Soy como un hombre lobo a punto de ser transformado por la luna, en plena impotencia de la voluntad de sus garras. Que corra, que se vaya, que no vuelva nunca más, que se esconda de mí, que me deje, que me odie, que se salve. La puerta del dormitorio de mis padres se abre realmente, ahora sí; sus pasos resuenan, me quedo inmóvil en la soledad fría de mi cama. Está en el umbral, su figura a contraluz, enojado, husmeando sus territorios como un león furioso, alerta como un galgo atento a cada posible movimiento de los zorros. No, no hay nadie aquí, parece convencerse. Yo estoy paralizada mirándolo mirarme, con el aliento contenido, tratando de no pensar en Franco o descubrirá en el acto mi traición. A Franco con suerte lo he espantado, lo he expulsado una vez más, lo he desterrado hasta la última frontera de mis reinos. Mi padre respira aliviado pero firme; se nota que sigue en guardia, listo a disparar sus flechas con una crueldad que no le conozco en la vigilia. Sí, todo me parece un sueño: miro a mi padre y me doy cuenta con horror de que sus ojos verdes son idénticos a aquellos inolvidables ojos verdes de Franco.


    30/8/2013
    café La Diaria
    (sobre un recuperado sueño, caricatura de manual freudiano, año 2000)


    Brooke Shaden Photography

  • (Chinese) New Year´s Eve

    Dragón misterioso, sabio, irreal, animal de mitos, peligroso, profundo, milenario, híbrido, intenso, feo, intimidante, con un alma dulce disfrazada de hierro, tímido volador, pinchudo, hondo, ígneo, noble como un caballo, amoroso, terrible, erótico, calmo, viejo, entrañable. Ganas de acariciarte las alas y que al fin me sangren las manos ingenuísimas contra el borde de tus escamas, contra tu necia coraza, tu filosa fortaleza. Dragón de corazón defensivo, tenaz, ardiente pero asustado por el salón de los espejos, los bailes y los príncipes rubios. Lo peor es que la princesa huiría contigo, si supieras: le bastaría con abrazarse a tu espalda infinita mientras vuelas y acariciarte el lomo, le bastaría con abrasarse. 


    Dragón de espinas necesarias, de garganta volcánica, de secretos en leña. Tu madre fue una dragona de piedra y te sentiste solo. Tu padre no estaba: quería conquistar un reino. Dragón de todas las respuestas, o de las únicas que importan: de los misterios infinitos. Ahora serás rey; tú, no ya tu padre. Ahora saldrás de la herencia de piedra y podrás descubrir tu verdadera piel; tú, no ya tu madre. Te veo venir por el camino, armado de tanques y de trampas camuflaje; tan verde como una selva negada, cauto, duro, pero con el oculto y vergonzoso anhelo de ser domesticado al fin. Dragón, seme propicio, que yo te adoptaré; acariciaré tu negro hocico sin temor a que me muerdas o me quemes la mano. Aunque a veces me quemes, sí, aunque a veces me quemes. ¿Y qué podría importarme? Te adoptaré para que seas mi dueño, porque se sabe que un dragón jamás podría ser una mascota. Por eso, habrá que mantener las apariencias: te guardo en mi corral, te ato en mi cordón, pero sé que la que te espera ansiosa y fiel soy yo. Porque tú has vivido muchos más siglos que nadie, porque tú tienes el poder de contestar mis preguntas hambrientas. Incluso las que aún no he formulado: únicamente un dragón podría forjar las llaves para que se abran y florezcan mis preguntas. Dragón, me convienes. 


    Y me das tanta sed que no puedo dormir. Es natural: tengo calor con un dragón al lado que lo ocupa todo, que me hace dormir en el borde de la cama. Los dragones guardan el fuego dentro de sí, lo contienen pero se les escapa contra su voluntad. Salvo cuando están furiosos; entonces lo escupen, arrasan, se hacen notar. Dragón, no te enojes en tu año o temblaré. En el fondo, son solo bichos tiernos que quisieran restregarse contra uno como los gatitos, pero nomás no pueden. Por eso no me importa herirme la mano contra tu piel de esmeralda, si he de hacerlo: la escama lo lleva a uno directo al alma. Dragón, seme propicio, te repito. Me inclino a tus pies para que tengas la posibilidad de enterrarme las garras en el cuello, incinerarme desde tus narinas de carbón o decirme una sabia verdad que luego me lacere. Ah, mi dragón del almanaque, noche de murciélagos en vuelo de cortejo.

    Siempre trae suerte y felicidad (… pero tendremos también terremotos e inundaciones…)

    China da la bienvenida al Año del Dragón
    Dragones según Wikipedia
    Cómo entrenar a tu dragón

  • Atalanta Déjà Vu

    A mí siempre me gustaron los amores insomnes, famélicos, que no se notaran mucho más que la marca que deja un pocillo de café encima de un sobre. Los llevaba clavados en mí como un secreto mustio, los enterraba a punta de martillo, de ataúd. Eran amores de a uno. Si ellos se enteraban, el asunto solía arruinarse sin remedio, porque por lo general buscaban algún tipo de forzado encuentro o de ventaja, o incluso la mera sospecha de que así pudiera estar sucediendo mataba cualquier posibilidad interna mía de confiar,  de entregarme a la situación. Prefería el ardor de haberme lastimado sola con la flecha.

    Por suerte mi juventud -esa jungla espesa y salvaje, esa maraña de espinos rodeando un castillo de cualquier modo abandonado- queda ahora tan, tan lejos…

    *

    Para mi sorpresa, ya ni siquiera me importa haber resultado una diosa de pacotilla, una Artemisa domesticada.

    *

    El otro día leí un graffitti en las paredes del Estadio Centenario. Decía así:

    Ahora veo crecer las flores de abajo

    No sé cómo lo hacen, pero los graffittis siempre nos leen la mente.

    *

    Soy bastante susceptible a la arrebatadora vitalidad de la inteligencia ajena. Es más, hasta me atrevería a decir “la arrebatadora sensualidad de la inteligencia ajena”. Si no me resultara un prejuicioso contrasentido.

    *

    Fury of the Gods corrió en la delantera durante casi todo el Premio Ramírez. Al final cedió, desistió en su empeño de llevar todo hasta las últimas consecuencias: terminó ganando otro caballo y no me pagaron el improbable 25 a 1.

    Los dioses siempre hacen lo mismo con su furia.

    *

    Curioso: por un momento, pensé en Atalanta. Será otro déjà vu, para variar.

  • Menú ejecutivo 2012

    Cociné horas para la cena de este Año Nuevo. Porque me vino en gana: éramos solo tres (o dos y medio) y ni siquiera teníamos invitados. Por lo mismo, por la réplica exacta que la situación hacía de lo cotidiano, con los mismos tres (o dos y medio) personajes de siempre, me divertía acometer un despliegue desproporcionado a lo que bien pudo haberse arreglado con mucho menos que un asadito. Así que había que sacar platos y mantel y copas y decorar con tontas sombrillitas; multiplicar las opciones de los comensales; combinar los colores, las texturas, los sabores de México con los gustos más locales; la maniobra farisea de lo saludable junto a los excesos de las angelicales grasas y los benditos picantes.

    ¿Y quién se comería todo eso? De antemano se sabía que apenas probaríamos cada cosa, o ni siquiera eso; de hecho, luego de semejante picada que ocupaba la mesa entera, desistimos de las empanadas de carne que hubieran sido el grueso de nuestra cena (previendo su buen maridaje con vino tinto, que no por lugar común de la comida criolla deja de ser perfecto). La imprevista puntería de dejar hecho el almuerzo para el día siguiente.

    Mi primer post del año será entonces un menú. No porque tenga la menor intención de emular a Isabel Allende y sus compañeras literatas (¡en nada!) (si bien es cierto que ese libro, Afrodita, vale por sus recetas aunque creo que no son originales de ella), sino porque el juego de cocinar inventando y desplegando era una de las tantas habilidades vinculadas al placer y a la creatividad que se me habían bloqueado totalmente desde hace varios años. Pero en los últimos tiempos siento como si me estuviera volviendo una serpiente con la piel nueva, aceitosa y plena de dibujos desconocidos. Y me gusta ser serpiente, siempre me gustó. Podría escribir largamente sobre sus mitologías, su misterio helado y su vitalidad sinuosa. El canto, el cuerpo, la escritura, la risa, la cocina (pero no la cocina del día a día: yo digo la que se crea, la “gourmet”, la que es imposible volver a repetir exactamente igual, la comida que no se prueba durante el proceso de cocción porque hay un acto de fe implícito, la que nos va dictando al oído lo que lleva, la que lo va descubriendo a medida que se hace, como cuando uno se embarca en escribir un texto sin ningún mapa previo), todos territorios que voy recuperando palmo a palmo, con modestos e imperceptibles avances que un día, de golpe, se notan, o yo misma soy capaz de ver. Como en la preparación de esta cena especial. Hace dos años, me hubiera parecido imposible la mera posibilidad de recuperar estas danzantes destrezas: elegir alguna música, servirme una copa de vino, llevar un ventilador a la cocina y poner manos a la obra durante horas mientras me va envolviendo el halo exacto de comino, curry y pimienta gruesa. La cocina era, además, la única actividad de tierra que hasta ahora he sido capaz de hacer. Lo material, lo tangible, aquello que hago empleando mis manos. No hay duda de que fue una renuncia ardua, un extraño castigo interno; lo cierto es que por mí misma no fui capaz de revertir el maleficio, como tampoco lo pude hacer para todos los demás  territorios que había abandonado, la tierra baldía de Afrodita, the wasted land. Tuvo que alcanzarme un bendito rayo alquímico, el rayo que no cesa. Esos misterios de la mediana edad con sus urgencias vitales.

    Y así, palmo a palmo, como una serpiente que avanza silenciosa, empecé el año bien asentada en mis  viejos terruños redescubiertos. Sentada como Pancho Villa (… con un hombre maravilloso en cada orilla…), iluminados por las velas y comiendo más tarde las doce uvas tradicionales de los deseos -Astor tocaba la campana de Guanajuato, a falta de iglesias cómplices-, no puedo esperar más que un buen año. Me refiero a crecer, a vivir; no a que no nos toque pasar por tropiezos o dolores, como si las vitrinas de cristal fueran una opción para los seres humanos. Podrían serlo, claro, si fuéramos Santa Faustina o alguna de las momias de Guanajuato.

    Dos aclaraciones al menú/post del blog:
    1) Aunque no lo registre abajo, mi picada tuvo que incluir además pildoritas, Doritos, papas fritas, galletitas Club Social, esas cosas no muy gourmet ni tampoco fariséicamente saludables, pero que me permitieron ganarme el favor de Astor, un niño de nuestros tiempos.
    2) La bebida consistió en: a) un caballito de mezcal Alipús para cada adulto, cortesía de mi comadre Paulina; b) una botella de Chardonnay bien frío; c) una botella de Merlot Bouza, elixir de los dioses (y cortesía de mi socio Mintxo); d) para la concurrencia infantil, otra vez Astor: tres copas de vidrio, una con Coca, otra con Fanta, otra con Sprite. ¡Y a tirar la casa por la ventana!

    Tomatitos cherry
    Bastoncitos de zanahoria y rodajas de pepino con limón
    Dip de queso Philadelphia, crema y cilantro picado
    (palitos de apio, grisines o totopos)
    Quesadillas con rajas de chile poblano
    Aceitunas negras (perdón: afrodescendientes)
    Queso parmesano en cubitos
    Manzana con cáscara cortada en rodajas
    Dátiles
    Ciruelas pasa
    Canastitas rellenas de atún con mayonesa y aceituna
    Galletitas con queso crema y chapulines endiablados (sí: grillos)
    Brócoli hervido
    Empanadas de carne con pasas y comino
    Chiles pasilla y guajillo rellenos con queso de cabra
    Sopes de pollo con cebollita, lechuga picada, crema y salsa verde

    Y de postre: 
    Crepas de dulce de leche con jugo de naranja y mezcal
    Las uvas de los doce deseos a las doce
    Y un feliz año nuevo.  

  • Morfeo, je t ́aime et je t ́aimerai

    En el taller presencial de los lunes (“lunático”) estamos trabajando con sueños como disparadores de la creación literaria. Todos los años me mando algún modulito desde los misteriosos pantanos de Morfeo; los llevo a todos caminando, cautos, sobre su gelatinosa vegetación, sus oscuros lodos. Hay alumnos que se desesperan porque no consiguen recordar sus sueños -al principio, porque en general siempre terminan poniendo algún huevo victorioso en el gallinero del inconsciente-; otros reportan un pico maníaco de producción onírica, fenómeno que suele menguar y estabilizarse al terminar con el módulo y pasar a otros trabajos de motivación literaria. Yo misma, como siempre, recibo una sopa de mi propio chocolate y también debo vérmelas cada noche con una creatividad exacerbada de mi doble vida, la nocturna. Pero a estas alturas del partido, y como autora de un diario de sueños a lo largo de casi tres décadas (en varios tomos, se entiende), cuando se me da el privilegio de soñar tanto, lejos de causarme temor o incertidumbre, me parece una oportunidad, un regalo.

    Siempre me acuerdo del Darno, que decía no soñar más a causa de tanto psicofármaco. A mí esa resignación a haber sido despojado de una faceta tan indispensable me estrujaba el alma, así que le escribía algunos sueños míos y se los mandaba  como regalo por correo (postal: no había internet). Para que al menos tuviera algunos de su propiedad, pobre. Aquello me valió al final el mote de “mi donante de sueños”. Un honor. Lo que pasa es que a mí me brotaban de a tres, cuatro, hasta seis sueños por noche; no me gustaba volverme una avara, una hacendada en tierras de hambre y desierto. Para mi orgullo, en su mayoría eran impactantes, no con menor detalle y nitidez que la vida habitual en la vigilia. Lamentablemente, ya no puedo portar en mí semejante bendición-a-la-vez-que-maldición, pero de todos modos me las ingenio para mantener una prolífica producción de cuadernitos dedicados exclusivamente a mis ahora más pálidos sueños. Malgré tout. 

    Estos días vine a encontrar en mi altillo una cotizada agenda, la de 1992. Digo “cotizada” porque fue uno de los mejores años de mi vida, con mucha amistad y alegría en comunión, y además porque mi amiga Alais recordaba bien que allí habíamos dejado registrado una especie de viaje iniciático conjunto que hicimos al Cabo Polonio durante un par de semanas -hasta alucinaciones al natural tuvimos: a ese nivel de intensidad fue la travesía, con muchos insights y eventos surrealistas que uno diría que no son lo más autóctono de estas tierras- e insistía en que se la prestara alguna vez, cosa que hice ahora. Lo bueno es que escondidos allí, como apuntecitos entre los pendientes de trabajo en la productora, los eventos sociales -muchos- y las constantes llamadas de mis amigos (que tuve el tino de dejar consignadas allí para futuros y difíciles tiempos de eremita, que ya sé que siempre vuelven), más perlitas manuscritas de sentido incomprensible, del tipo Decadencia total: todo el día en la cama leyendo El informe Hite y durmiendo”, o “Historia del enanito que vende la sabiduría en tres tomos”, encontré un montón de sueños míos. Registrados de una forma muy escueta, un mero apuntecito que no iba más allá del argumento: me llama la atención que no llevara un diario de sueños comme il faut, aparte, como he venido haciendo desde los veinte años. Pero al menos no los perdí. 

    Es muy interesante -y eso intento trasmitirle a los alumnos del taller cuando nos embarcamos en este módulo, por lo general utilizando alguna cadena de sueños propios como ejemplo y luego de la que, boca abierta, comprueban que efectivamente existe una historia por debajo cuando uno pone los sueños en secuencia y los sabe “leer”- cómo la expresión onírica tiene hilos conductores, temas reconocibles, lógica interna. Tal como si se tratara de una novela. E incluso personajes que se reiteran: uno toma prestados a sus conocidos de la realidad para encarnar ciertos arquetipos, pero va mucho más allá del “civil” que aparece. Yo, por ejemplo, tengo más que identificadas a mi Hera y mi Afrodita, y los vericuetos que viven estas dos mujeres en mis sueños me van mostrando la evolución de mi relación con sus figuras simbólicas: trasciende con creces a las de carne y hueso, si bien nunca es arbitraria la proyección. Y así, el que lleva a conciencia un diario de sueños (a lo largo de los años) llega a darse cuenta de las gestas épicas en las que su inconsciente estuvo embarcado en determinada época: “Yo soy mi casa” y “Crecer duele” son dos de mis historias favoritas: se las cuento a los integrantes de los talleres cuando llega la hora de hacerle los honores a Hipnos. No hay caso: la única forma de lograr la desnudez del alma ajena es arriesgarse primero al striptease propio. Poner el cuello y confiar en que el otro no aprovechará el gesto de entrega para rematarlo, que más bien se sentirá en confianza para compartir lo más sagrado que tiene. 

    Revisando los sueños de esa agenda de 1992 -yo tenía 28, 29 años entonces-, me quedó claro que el tema que se jugaba allí en la cancha resbalosa de Morfeo tenía que ver con los hombres. Algo muy tortuoso y lastimado -sobre todo temeroso- se estuvo procesando en mis entretelones oníricos de todo ese año, proceso acompañado, además, por una soledad elegida en cuanto a parejas, amantes, pretendientes -los cortaba de raíz, los echaba más presta que un dragón escupiendo fuego por la boca- y toda posibilidad de vinculación hombre-mujer que no fuera llana amistad. O el pantano platónico con un tal P., que pergeñé inconscientemente para protegerme de los hombres reales, claro. En los sueños, en cambio, había un desfile permanente de todos los caballeros que habían sido importantes en mi vida; no tanto desde lo amoroso propiamente como desde los terrenos de la seducción, el sexo, el deseo. Parecía que todos se iban apareciendo para asistirme en tan difícil trance, en semejante parto alquímico. Sueños eróticos a mansalva (casi siempre sin consumación, al menos en lo que respecta a los sueños mismos: los cuerpos abandonados a los devaneos nocturnos del inconsciente suelen ser mucho más sugestionables), pero que en esta agenda 1992 no tienen mayor interés porque simplemente aparece su apunte como tal, el registro de ellos; no hay mayor argumento, no hay desarrollo, como seguro tendríamos si acaso se tratara de un auténtico cuaderno de sueños “pro”.  Igual -ya que le iba a terminar prestando mi valiosa agenda a Alais sin fecha de retorno, porque sé que se deslizará por quién sabe cuántos agujeros de conejos en cuanto empiece a recordar los pormenores de aquel viaje mágico al Polonio, así que seguro no volverá en algún tiempo- tomé nota de algunos sueños que me interesaron como residuo de mis transformaciones de aquel año. Desde aquella fóbica soledad autosuficiente -más que de amazona bélica, de Artemisa virgen- hasta la irrupción inesperada de Afrodita por una grieta fuera de cálculo: lo que pasa es que, para llegar a dar ese salto al vacío, primero cada noche hubo que dejarse ir en muchas aguas oscuras, inciertas, lunares. 

    Rescaté algunos pescaditos de aquel mar, ya tan lejano y hasta irreconocible para mí:


    Empiezo a encontrar máscaras y antifaces de disfraz. Los tenía guardados y ya no los recordaba.

    *

    Soy de Hungría (¿hunger?). Apuesto y pierdo, y me mandan de nuevo a mi lugar de origen. Tiburones. Voy en un submarino que llega a tierra, y veo cómo uno de los tiburones engulle a un hombre entero. Pido permiso a papá para llevar conmigo mis documentos de identidad. Hay una especie de campamento o colonia de vacaciones.

    *

    Sueño erótico con L. Voy por muchos boliches; uno de ellos recién inaugurado, desde donde trato de hacer una llamada y no puedo. Camino por la ciudad para hacer tiempo. Hay una pantalla gigante, y veo a M. cantando canciones de tipo melódico internacional.

    *

    Sueño con Alinda, me da un buen consejo (no seguir en el pasado, pasar la página con P.) y me dice (en dos sueños: uno “realidad” y otro “sueño” en el sueño) que no lo encontró y que no le pudo dar la carta.

    *

    Sueño con A., pero es algo pelado y viejo, grotesco. Sin embargo, yo razono que todo viene bien con tal de olvidar a P. Aparece Sofía; los tres vamos en un autazo. Catedral de Puebla. Almuerzo. Daniela.

    *

    Iba en un barco. Había estado con P. y nos habíamos apartado. El barco pasaba junto a un  mar que había crecido descomunalmente; la canaleta se había desbordado y el equilibrio del barco peligraba con las olas. A lo alto, en el monte, una enorme caldera estalla en llamaradas y cae al agua. Yo creo que las olas que provoca vendrán hirviendo y que nos quemarán vivos, pero no. Todo se llena de patrullas y humo. 

    *

    P_mylowriderheaven
    De Anita Rodríguez


    La necesidad de rescatar ese arquetipo masculino que se me moría en el interior y del cual me seguía retirando cada vez más, sin mayor remedio, se expresaba incluso en recurrentes sueños sobre mi padre herido o en peligro de muerte (en el sueño):

    Una mujer de mediana edad tiene de la mano a su padre agonizante, vendado y casi todo cubierto por una sábana blanca. Empieza a llegar gente para el inminente velorio, y el enfermo, a pesar de que no puede hablar, oye todo lo que dicen y los preparativos.

     *

    Sueño que no llego a tiempo para impedir que papá suba en ascensor con unos chantajistas o delincuentes. Desesperada, trato de alcanzarlos por el otro ascensor, pero es inútil. Me dicen que alguien se tiró del piso 60 y que aparentemente es mi padre. Yo no puedo aceptar que creyendo en Dios se haya suicidado, ni que nosotros no le hayamos importado. 

    *

    P_peregrinacion
    De Anita Rodríguez
     


    Recuerdo que por aquella época tuve tres episodios extrañísimos (que yo denominé “sueños astrales”) durante los cuales efectivamente percibí (despierta en mi habitación, aunque supuestamente dormida en la cama) una figura blanca, fantasmal, como si se tratara de un cono de energía, pero que yo reconocía intuitivamente como “masculina”. A tal punto me sería central la necesidad de curar ese vínculo distorsionado; en la dichosa agenda encontré sólo dos registros sobre eso (marcados con muchos asteriscos y colores, ya que para mí fueron experiencias de “antes y después”), pero no sé dónde habrá quedado el tercero o si acaso alguna vez lo escribí. Sólo sé que la figura blanca me habló también aquella última vez sentado tranquilo en el borde de mi cama. Al final dejó de venir; sé que se despidió por decisión mía:

    Sueño astral: una figura masculina blanca sentada en el borde de mi cama, induciéndome a algo. Veo cómo mi propio cuerpo astral se desprende, se levanta desde mi pecho como si se estuviera sentando en la cama (mi cuerpo físico permanecía tendido inmóvil: esto era como una transparencia blanquecina).  Entre ellos se comunican sin palabras; yo me resisto, rezo por protección. Dudo si mejor no tendría que dejarme ir, volar o lo que sea; en eso, siento el infinito que viene a toda velocidad hacia mí, estrellas y todo, sin que yo me mueva siquiera (como si volara “al revés”: se mueve lo demás, yo estoy quieta). Me da miedo. Traigo el cuerpo de vuelta. Me duelen las articulaciones. 

    *

    Sueño astral: una figura masculina parado al lado de la cama. Me toca el cuello; yo lo saco, le digo que no.

    *

    Pablonewl
    De Pablo Amaringo

     
    Pero mi pequeña obra maestra en el desarrollo de esta novela onírica -y en ese contexto de mujer solitaria por decisión propia, de monja ad honorem– es ésta. No podría ser más perfecta (ni más humorística, por cierto): 

    Soñé que un hombre que me gustaba o a quien yo quería golpeaba insistentemente la puerta de mi cuarto (estaba con llave). Yo le decía: “Ya voy, ya voy”, y mientras iba sacando una especie de sobre de dormir de madera. Lo desenrollaba; era un ataúd. Me metía adentro y le decía: “Ya podés entrar”. 

    *
    Pablonewb
    De Pablo Amarin

    Cuando -por fin- la etapa de la Bella Durmiente y su castillo de espinos terminó, cuando se cumplió el siglo y Afrodita encontró el cómplice demencial para tan titánica tarea, entonces tuve algunos sueños que claramente daban cuenta del asunto, o de los terrores del asunto. Todo bastante de manual, visto a la distancia: símbolos fálicos como cigarrillos -¡yo no fumo ni siquiera tabaco!- escondidos nada menos que en carteras  y que además desataban persecuciones policíacas; culpas y justificaciones por haber roto los votos de castidad; presuntos asaltos que al final resultaban ser liberadores festejos de cumpleaños con promesas de amistad, amor, pasión. Se diría que la puerta de mi casa aparecía abierta por eso, y no porque alguien hubiera entrado a robar, finalmente: 

    Sueño con cuatro policías de narcóticos vestidos de soldados que me van a buscar a una mesa y piden para revisar mi bolso luego de besarme las manos. Yo sé que tengo un canuto. L. rompe un vidrio y hace escándalo para posibilitar mi huida. Entonces corro y corro. Saco el cuete de mi bolso y lo dejo caer en la calle. 

     *

    Sueño que J. se mete en mi cama a dormir y yo le digo que no. Insiste, trata de que lo mime, pero a mí me da rabia que me reclame porque estoy viendo a otro. Le digo que hace un año y medio o mucho más que no me acostaba con nadie (él pretende que hace un par de meses nada más). 

    Luego llego a mi piso, y un hombre de gabardina negra y guantes sin dedos toca en lo de la vecina (que tenía puerta de rejas y estaba rodeada de hombres que la defendían, porque ese fulano la quería asaltar). Yo llego a mi puerta y está abierta. Pienso que me asaltaron a mí, pero en el interior están muchos amigos para festejar mi cumpleaños. Veo los cabellos rojos de T. entre ellos. 
    Artistdream
    The Artist´s Dream

    Los participantes del grupo de los martes o “marciano” -que por ahora no están trabajando con sueños: no me animo todavía, con tantos alumnos de nuevo ingreso- quieren que organice una jornada intensiva de sueños y escritura, como las que hice el año pasado. Y lo estoy considerando. No entiendo quién puede escribir -o cómo- sin atender a sus pequeñas obras de arte de cada noche. Ese es el tiempo en el que se escriben las novelas que jamás serán publicadas, aquellas para las que no se ha inventado género literario encasillador ni concurso al cual ser presentadas (por ahora). Pero la vida es sueño, dicen. O, por lo menos, lo es la tercera parte de ella.

  • SUAT Ovidio Emergencia Móvil

    El holograma de Ovidio, con sus más que atendibles consejos en materia de desamor, se plantó frente a mí el otro día cuando escribí Masoquismo 2.0. Entonces me acordé de este viejo articulito mío que se centraba precisamente en (la excusa disparadora de) este subversivo poeta latino, caído en desgracia por su afición literaria a la seducción y el erotismo. Seguramente para tratar de congraciarse nuevamente con el emperador y poder volver a Roma -algo que nunca ocurrió, pues murió en el exilio- fue que escribió su Remedium Amoris… lo que no puede faltar en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, aunque hayan pasado dos mil años!

    Omnis amans militat.

    “Contexto del texto”:

    Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría “a recibirlos” porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.

    Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.

    DESDE EL BARRIL  (6)
                                   por  G. ONETTO
    En un pequeño manual con el que trató de contener el escandaloso recibimiento que su más famoso libro, El Arte de Amar, tuviera en la Roma de Augusto *** (y que, como todo cuadro fidedigno de las costumbres de la época, termina siempre valiéndole al autor algún tipo de escarmiento, en este caso el destierro), Publio Ovidio Nasón, poeta ingenioso y preceptor del amor lascivo, compadecido de quienes sufren a causa de amores despechados, dijo así:
    «Si se está obligado a permanecer en Roma, diversos remedios pueden ser buenos: 1) pensar continuamente en los defectos de la amiga… Todo cuanto puedas, desfigura las cualidades de tu querida, y engaña por este medio tu juicio. Llámala gordinflona, si es fornida; negra, si es morena. A la de fino talle, puede achacársele la falta de que es seca. Ten por petulante a la que es cumplida, y por pusilánime a la que sea modesta… Bueno será también que la sorprendas, por la mañana, en su alcoba o en el tocador, cuando todavía no está arreglada y en disposición de agradar.»
    E
    n la desesperada lucha por recobrar los estribos cuando de asuntos del corazón se trata, se permite cualquier cosa; incluso recurrir a este práctico compendio con que Ovidio nos ampara a las generaciones posteriores. Los Remedios para el amor conforman muy decorosamente -hasta para los que nos bamboleamos con un pie sobre el mismísimo siglo veintiuno- un verdadero manual de primeros auxilios contra las quemaduras del amor desafortunado.
    Hoy en día, el recurso que me parece más remarcable es precisamente el citado arriba: convencerse, necedad mediante,  de los múltiples defectos de nuestro provocador de desvelos. No hay forma de perder con este método (excepto, claro está,  topándonos por azar con nuestro objeto de deseo frente a frente: por algún motivo, esa imprevista circunstancia tira abajo cualquier estrategia militar hasta el cansancio bosquejada).
                                          *        *        *
    Sería lógico pensar que siempre que nos encontraramos enredados entre los hilos de una pasión desafortunada (o que sabemos que irremediablemente nos llevará al infortunio, lo cual, para el caso, es lo mismo), intentásemos buscar, si somos razonables, el modo de apartarnos de ella y de olvidar a esa persona. Lamentablemente, nunca somos razonables: casi ninguno termina con sus pasiones sino hasta que se ha convertido en un maltrecho ciudadano,  presto candidato para  la lectura de Ovidio (el suicidio sería demasiado pedir, después de cierta edad). En el fondo, hay un cierto regodeo en el sufrimiento amoroso, una deliciosa herida que nos hace sentir vivos y a la que muchas personas no están dispuestas a renunciar bajo ningún concepto.
    Este inconsciente manifiesto de principios se da con mayor frecuencia, como es de suponer, durante la primera juventud. Después, por desgracia,  nos volvemos más prácticos y tontos.
                                          *        *        *
    Una vez, cuando tenía 17 ó 18 años apenas, me encontré en una playa perdida con un sujeto que años atrás había sido mi amor platónico, mi muso inspirador, mis ruborizadas taquicardias liceales, mi tábula rasa para toda clase de fantasías románticas. El mar rugía, frenético; las palmeras se doblaban con la brisa tropical; la laguna ocultaba hambrientos cocodrilos; las tortugas gigantes parían huevos en la orilla; las hamacas hacían un desesperante ruidito como de paso del tiempo. En fin: haré corta la historia. Volvimos a la ciudad en el mismo ómnibus; era de noche, y teníamos como ocho horas por delante. Toda una jornada laboral, digamos, pero de besos y manoseos varios.
    Me agarré un insomnio que todavía hoy, de vez en cuando, me aparece.
    Él, sin embargo, durmió durante un rato. A mí me subían y me bajaban las endorfinas, adrenalinas, feniletilaminas y otras cosas que ya no registro ni remotamente. A través de la ventanilla, vagué con la mirada por el paisaje buscando un tiempo de reacción: que el alma me aterrizara en el cuerpo, o al revés. A mi lado, dormía el hombre más misterioso, más peligroso, más inolvidable, más aterrorizante de la tierra, creía yo. De pronto, empecé a sospechar que mi libertad y mi vida misma estaban bajo una amenaza desconocida a causa de ese tipo. Que había contraído una enfermedad mortal, un mal que emanaba de su cara y de su cuerpo, y en el que ya no intervenía mi voluntad en lo más mínimo.
    Estaba frita y lo sabía. Pese a que esa conciencia de fiera acorralada era inédita para mí, me daba cuenta perfectamente de que había quedado en las manos de ese hombre: perdida para mí misma, por los siglos de los siglos.
    Entonces algo sucedió.
    El misterioso, peligroso, inolvidable y aterrorizante amante empezó a roncar. Ahí, en el ómnibus, cada vez más fuerte.
    Yo seguía mirando para afuera por la ventanilla. Algo -quizás el fantasma de Ovidio-  me advirtió en mi interior que, si yo lo miraba en aquel momento, si yo lograba presenciar con mis propios ojos la ridícula escena en la que mi bello durmiente gruñía a sus anchas con la boca abierta, ya sin ningún misterio (porque hasta las amígdalas se le exhibían impúdicamente), quedaría curada para siempre de su embrujo. Volvería a ser libre, lo vería como a un hombre ordinario, regresaría a mi propio ser como si aquel encuentro jamás hubiese sucedido.
                                          *        *        *
    Pero yo, por supuesto, no lo quise ver así, desarmado y humano, roncando como un patán cualquiera. Me quedé insomne y aterrada, mirando por la ventanilla de aquel ómnibus. Porque Ovidio será un sabio, ciertamente, pero los remedios sólo sirven para aquellos que han sufrido hasta el fondo las enfermedades.
    ***  Los Remedios contra el Amor,  Publio Ovidio Nasón, año 2 ó 3 de nuestra era.


     

    Para leer más:

    Esconderse/Revelarse (otro de los artículos inéditos desempolvados de “Desde el barril”, publicado aquí en el blog en febrero de este año, esta vez con la excusa de un fragmento del antipsiquiatra R.D.Laing)

    El último que me queda bajo la manga es un número a partir de San Agustín. Veré. 

  • Mirarse el ombligo/ La Reina de Pentáculos


    Hoy volví a hacer el ejercicio de sacar al azar una carta del Tarot Mítico, acompañando esta vez (para mis adentros) a los alumnos del taller de los martes. Motivación literaria nada más, claro, pero en el fondo del fondo todos dejamos susurrar a la sincronicidad en estas cosas. Reina de Pentáculos. Tomé la carta entre los dedos; le di vueltas, una y otra vez, incrédula. Con algo de vergüenza, incluso, cuando me percaté de mi emoción, de mis ganas de que fuera verdad. Que el campo, el trono, el racimo de uvas, el escote generoso, el cabello rojo fuego, la belleza misma de la reina, que todo eso tan vital fuera verdad y me estuviera hablando a mí; que la reina fuera inexplicablemente mi reflejo en algún espejo. Un pedazo de mí misma que, inadvertido de mirada alguna, resplandece inocente del otro lado de una cámara Gesell. Pero, claro, no es la Reina de Pentáculos quien parece estar en un centro de detención penal pasando por un crudo interrogatorio entre los puchos apagados de Kafka; no es ella la que toca el mapamundi de papel de lija en un jardín de infantes Montessori: ella -no yo, la que mira- es la que preside, soberana, y se rodea de onduladas colinas verdes, de animales pastando, de libertad, de vegetación serena con olor a flores, a vino tinto, a pinocha y eucaliptos.

    Ella -no yo, la que mira- es la que se sabe hecha para el trono (es curioso que los posabrazos estén adornados por cabezas de carnero, ecos del vellocino de oro por el que tanto se afanaba Jasón en el Cinco de Bastos que me salió anoche); lo que pasa es que fui yo, no ella, la que sacó la carta entre las otras setenta y siete del mazo.

    Es maravilloso: la Reina de Pentáculos, a pesar de sus connotaciones positivas -o precisamente por ellas- vendría a ser como mi Sombra en estos momentos, todo lo que siento lejos, muy lejos; lo que no puedo ver en mí misma y sin embargo me parece familiar. Ninguna carta sería más indicada para pintarme al revés, si me he de guiar por lo que vengo viviendo en las últimas semanas: cuando leo el apartado Cheerful me río en cada uno de sus cinco puntos, como si algún aciago demiurgo se hubiera empeñado en enfrentarme con mi caricatura maltrecha.

    Sin embargo, no puedo negar que casi todo esto me resuena en algún sitio; en alguna habitación del castillo, quizás ahora temporalmente cerrada con portones de hierro. No es que desconozca del todo los dones de esta Reina de Pentáculos. Como dije, yo fui quien la sacó de entre las otras setenta y siete cartas del mazo. Pero hoy nuestra cercanía no podría ser más que un chascarrillo del inconsciente, o quizás un rezo tácito.

    Attractive
    is appealing and popular
    creates a powerful first impression
    makes friends easily
    has great sex appeal
    is warm and outgoing

    Wholehearted
    is loaded with enthusiasm
    tackles a task with total dedication
    gives the utmost in any situation
    is open and sincere
    doesn’t hold anything back
    Energetic
    leads a busy and active life
    is vigorous and strong
    radiates health and vitality
    has an inner vibrancy
    is a natural athlete
    Cheerful
    is optimistic and upbeat
    has an encouraging word for all
    brightens whatever room he or she is in
    has a warm and sunny disposition
    can shake off the blues easily

    Self-Assured
    quietly demonstrates self-confidence
    handles any situation with aplomb
    can’t be easily rattled or provoked
    is spontaneous and gracious in defeat
    has faith in his or her abilities

    Sí; definitivamente es ella -no yo- la de la corona de oro puro, la de la túnica anaranjada, transparente, que delata sus formas femeninas sin la menor preocupación, sin culparse por ello; ella es la que funde sus pies con el pasto y con la tierra, como si echar raíces fuera algo casi a priori, un supuesto de todo ser vivo que aspire a la realeza, a realizarse, a ser rey o reina, a la realidad. En la mano derecha lleva una moneda gigantesca de oro, redonda y sólida como un globo terráqueo: cosas de reyes. Pero los que saben de esto dicen que no se trata de monedas, que los pentáculos son, más bien, herramientas para magos. Como sea, riqueza. Mucha riqueza.


    Mientras escribía durante los quince minutos del taller, me pareció recordar que dentro de este mazo en particular, con su corte mitológico, la Reina de Pentáculos representa a Penélope, reina de Ítaca (ciudad de la que soy ciudadana ilustre desde hace muchos años). Penélope, con todas sus connotaciones, sus tejidos destejidos que la hacían aparecer como una hiladora ineficiente, una laboriosa ama de casa frustrada, una insomne al borde de la iluminación maníaca, una araña presa del autosabotaje por negarse a tejer su telaraña, una dama sola y tristemente desnorteada. Cualquier cosa, excepto una estratega. Que vaya que lo era, como también era necia, tan necia. Porque sabía lo que quería y además le hacía caso a sus corazonadas: el Mc Combo existencial. Penélope era reina porque se sentía tan segura de sí como para no necesitar mostrarse especialmente competente frente al mundo. O quizás porque en su interior también moraba un rey, el Odiseo invisible (presumo que el visible no fue mucho más que un extra en su película). Es decir, tremendo Ánimus junguiano, capaz de determinar su fe en sí misma y la suerte de aquellos hermosos tejidos destinados al secreto, a no ver jamás la luz del día -a no ser vistos por nadie, más que por ella- para así evitar que las tramas siguieran avanzando. Una paradoja, ese deshacer los rastros de tiempo con el fin de poder seguir haciendo tiempo.

    Diría que el Ánimus, visible o invisible, es uno de los derechos fundamentales del ser humano; el Ánima también, desde luego. No estar en buena relación con estas figuras internas nos puede llevar hasta a morir de inanición.Y a Penélope le funcionaba, como fuera: el hombre que la acompañó y le dio fuerzas durante veinte años vino de su propio y exclusivo mérito, no de Odiseo-el-de-la-cédula (en ese caso).

    Entonces termina el taller y me lanzo a buscar a mi flamante Reina de Pentáculos en el librillo del mazo, a ver qué tiene para decirme (más allá de mis especulaciones desde la imagen misma de la carta). Y ahí me encuentro con que le erré de reina, que Penélope de Ítaca era, en verdad, la Reina de Bastos; en su lugar, conozco a Onfala, reina de Lidia. Este personaje, cuyo nombre significa “ombligo”, aparece en el ciclo de historias sobre Hércules: resulta que el héroe, en un momento poco estelar de su carrera, fue puesto a la venta como esclavo sin nombre.

    Y la reina Onfala, que había heredado el reino de su último esposo y era una gobernante más que hábil, no lo dudo demasiado: sacó su MasterCard, Plan Pentáculos Sin Recargo, y se llevó a Hércules quien le sirvió fielmente durante tres años. Pero hay que leer el librillo para contextualizar un poco el asunto:

    “Compró a Hércules como amante más que como luchador”; “Ella pasaba la mayor parte de su tiempo con el héroe, abandonándose completamente al placer”; “La Reina de Pentáculos es una imagen de la fuerza femenina y de la sensualidad, que puede esclavizar incluso a un hombre tan indómito y tan bruto como Hércules”; “No se trata simplemente del deseo de satisfacción fìsica, sino de una fuerza primordial que tiene dignidad y poder a la vez. Al servicio de la Reina Onfala, Hércules pasa por una especie de iniciación -y nosotros también: cuando la encontramos en nosotros mismos, debemos someternos al poder de los instintos y al reconocimiento de que incluso
    la mente más elevada y la espiritualidad más exquisita existe en un cuerpo que está hecho de tierra”; “Su adquisición del héroe como amante no se debe a que no tiene otros amantes a su disposición, sino a que ella quiere el mejor. Por eso puede ser tomada como una imagen de la valoración de uno mismo, porque Onfala se trata a sí misma y a su cuerpo lo mismo que a su país, con cuidado y abundante generosidad”; “De todos modos, Onfala no es meramente sensual. Es una soberana que actúa en su derecho, y está preparada para ser generosa pero siempre realista y conservadora de su riqueza y de su territorio”.

    Luego del primer impulso hacia el ataque de pánico que me provocó la idea de hacerme cargo de los inesperados mensajes de la otra Reina de Pentáculos -tan lejos de los conocidos, los de Penélope y todos mis camaradas de Ítaca a los que aludí primero-, lo pensé un poco y me di cuenta de que todo esto tiene bastante sentido. Lo de la soberanía sobre el territorio personal. Lo del cuidado propio. Lo del reconocimiento del cuerpo, que también sufre los embates del alma. Lo del deseo como motor y fuerza. Lo de la generosidad, que se cuida de prodigarse indiscriminadamente, a cualquiera, sin tomar en cuenta la economía global del reino. Lo de la valoración de uno mismo, en suma. Aplíquese esto a todos los órdenes, no sólo a la posibilidad de agenciarse a un escultural Hércules como esclavo. Alguien me habló una vez de una expresión legal de fidelidad a la corona (británica, por supuesto) que no podría ser más adecuada en este caso: At Her Majesty´s pleasure.

    ¡La Reina de Pentáculos hasta se burló de mí, intentando reconciliarme con el terrible dragón del Cinco de Bastos que anoche casi me lleva al envenenamiento! Por lo visto, ella tiene sus particulares recursos para enfrentarlo; a juzgar por la carita del dragón, le debe dar mejores resultados que las antorchas de Jasón con todos sus argonautas:

    Esto me pasa por sumarme a los ejercicios de los alumnos en secreto. Pero lo hago para no perder contacto del todo con los desafíos de las propuestas a las que los arrojo, pobres. Lo hago para sufrir un poquito, como ellos; para expiar mis culpas y no perder el camino como guía.

    Nadie vaya a creer que estoy tratando de encontrar alguna respuesta personal. Qué va.

    Todo hubiera sido tanto más fácil con los telares de Penélope…

    Maldición.

  • Santo varón

    Seguramente los publicistas -profesionales o empíricos nomás- lo tengan más que estudiado: rara sería tal insistencia de no ser así, porque pasan los años y la tanda de Radio Clarín siempre se ve bendecida con auténticas perlas de doctores que prometen curar “los trastornos sexuales del varón”. El esquema es una voz masculina que habla en una respetuosa segunda persona de “usted”, presentándose como el Dr. Fulano de Tal; a continuación, intenta propiciar un clima de confianza con el menguado candidato (en la tónica de “Lo escucharé atentamente” y “¡Hombre, si a todo el mundo le pasa!”). Y luego, como para rematar, detalla la enorme lista de los males que pueden estar aquejando al susodicho oyente, cosa que ya no le quede ninguna duda de la utilidad de la hipotética consulta: impotencia, eyaculación precoz, bajo deseo sexual, todo el catálogo… Como en los anuncios radiales no hay títulos sobreimpresos, el teléfono suele repetirse varias veces, tipo “Llame ya, lo estoy esperando”; la cosa debe funcionar así, supongo. Luego de haber escuchado casi en formato catálogo la lista de sus propios síntomas, más la nada velada promesa de una solución misteriosa, supuestamente el candidato debería correr desesperado hacia el teléfono.

    Me pregunto si la persistencia de esta curiosa tanda -por más que le doy vueltas, no puedo imaginarme la escena real de un cristiano en apuros llamando para atenderse con un doctor al que escuchó anunciándose en Radio Clarín, pero insisto: si no diera resultado, ya la hubieran dado de baja hace rato- tiene o no relación con el prototipo del macho tanguero, varón de arrabal, para quien (muy especialmente) las herramientas de la honra deben portarse siempre en alto. ¿Será un hecho que el público de Radio Clarín en particular es el segmento más productivo para este tipo de avisos? ¿Por el tango, quizás, y su melancolía amarga (que podría afectar la performance en espíritus sensibles)? ¿Por la edad? (ahora que me empecé a fijar, es cierto que también abundan los avisos de residenciales, prótesis dentales y audífonos) ¿Por la extracción social, acaso? Nebulosos borradores para sociólogos de café.

    Hace años que escucho y disfruto esta clase de publicidad allí; siempre me hizo gracia, sobre todo porque me sentía una intrusa involuntaria de las intimidades del apesadumbrado interlocutor, futuro paciente del Dr. Fulano de Tal. Pero ahora se ha puesto mucho más encantador el asunto, pues a un primer doctor se ha agregado un segundo doctor, en competencia por el mercado de los tangueros amedrentados. El doctor que me parece que es más nuevo en Clarín -abriendo su escaparate sexual entre anuncios de casas de cambio, marcas de yerba y control de plagas- es más canchero, entrador:

    “Escuchemé (sic): soy el Dr. Carlos Russo…
    … venga a verme, que sabré escucharlo!”

    Al rato se escucha la voz del otro doctor, delimitando su duramente ganado territorio, y dándole un tan inesperado como original nombre a su clínica:

    “Le habla el Dr. Moreira, 17 años de experiencia avalan…

    … consultorio sexológico ‘Hombres’…”

    Por lo general, entre uno y otro, como para matizar, se intercalan un sinnúmero de folklóricos anuncios que -no sé si me estoy sugestionando- parecen aludir a la misma temática:

    El carburador que el andar destruye
    Carbudis lo reconstruye

    ¡Qué no daría por escuchar la conversación telefónica de un interesado cualquiera con uno de estos doctores (o sus secretarias, si las hay)! ¿Cómo le explicará lo que le pasa? ¿O pedirá una cita sin más, simplemente mencionando que es oyente de Clarín y lo demás se supone, tal como si se tratara de una contraseña masónica? ¿Y si el doctor resultara no ser tal cosa, pero sí un médico brujo o chamán que le quiere hacer comer sospechosas hierbitas? ¿Podría negarse el paciente, teniendo el Cielo casi asegurado? ¿Cómo estar seguro de que, una vez con los datos clínicos en su poder, no lo chantajeará con la amenaza de revelarlos frente a los muchachos del café?

    Es todo muy, muy misterioso. Si yo fuera hombre, ya estaría agarrando el teléfono para sacarme tal curiosidad. Llamaría y empezaría así la conversación:

    “Doctor, tengo un amigo que… “

    SERVICIO SOCIAL DE EL LIBRO DE LOS PEDACITOS MÁGICOS EN SOLIDARIDAD CON NUESTROS LECTORES DEL SEXO MASCULINO

    Dr. Moreira: 2623 1412

    Dr. Russo: 2481 2992

    “Es ladino el corazón,
    pero la lengua no ayuda”

     CLARIN AM580, con mástil irradiante en 56º12’50” Longitud W., 34º47’50” Latitud S., trasmite las 24 horas al día, todo el año, en 580kc/s, desde la ciudad de Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay.