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  • Sobres azules | 3 (2012)

    Sobres azules | 3 (2012)

    17.
    “Cruel en el cartel”.
    Es duro ver su rostro transformado por la edad, la magia a punto de quedar
    domesticada, tener que mirar a través para poder encontrarlo. Lo malo es que
    igual lo encuentro, tarde o temprano, escondido en el cartel.
    18.
    Condenada al cisne
    blanco. Qué bien. No, ya no: el cisne blanco termina asfixiando con sus espejos
    inmaculados. Es el cisne negro, el exiliado, el que está mucho más cerca de la
    vida. “Yo no quiero reincidir en mi inocencia: yo quiero el placer de volverla
    a perder”, masculla Fitzgerald, malhumorado, en un rincón. Y entonces llega,
    fulminante, la mala noticia: la vida tarde o temprano tendrá que destruir, ser
    egoísta, usar dolientes canales de parto para poder abrirse paso. Cisnes negros
    que irrumpen. Distintas formas de condena.
    19.
    “Alto. Hasta aquí
    llegaste”. El tobillo me lo advirtió: “Estás tropezando con la misma piedra y
    no han pasado ni dos meses”. Luego el médico mencionó la posibilidad de una
    fractura, pero no le creí. “Estoy magnificando, no debe ser para tanto”, me
    dije.

    Todavía me duele.

    Son mal negocio las
    fracturas. Uno no avanza, no puede caminar libre.
    20.
    Los encuentros eran
    breves. No importa. Breves como el café ristretto;
    como el café ristretto,
    intensos.  Lo caliente, lo fuerte, lo
    escaso: todo eso es bendición en el reino del café, opinaba el abuelo que
    alguna vez fue casi mío. Lo más importante es que no sea amargo, acoto yo. He
    decidido que no quiero nada amargo.
    21.
    Aquellas noches de
    interminables parpadeos hipnóticos, sola en aquella casa tan sola. Una casa
    embrujada o, mejor dicho, con invisibles cicatrices de violencia que únicamente
    yo percibía. El ruido del aire acondicionado. Ir a la cocina a servirme más
    café y sentir el escalofrío por  la
    espalda. En la isla de edición, los monitores siempre titilando.

    Ya de madrugada, la
    sirena de policía, algún escándalo, el golpe de un travesti o rufián que era empujado
    contra la puerta de la casa. Los hombres que alguna vez editaron conmigo en
    aquellos horarios, tan sórdidos e inusuales, pasaron mucho más miedo que yo.

    Por suerte, la casa tenía
    rejas (algunas rejas protegen). Yo llamaba al taxi y esperaba adentro hasta el
    último minuto: no quería arriesgar a la casa esa, me sentía responsable. Ponía
    la alarma y cerraba la puerta.

    La vida circundante de
    Maldonado y Yaro.
    22.
    Suben los globos
    morados, naranjas, rojos. Aplauden al futuro viajero: es el primer viaje en
    avión que recordará más adelante. Él calla, y sin embargo observa todo muy
    atento. Quién sabe qué pasará por su cabeza.

    Yo me fui a su edad
    también, pero mi pasaje era solo de ida.

    Vuelve a casa con un gran
    globo naranja que, con los días, se termina desinflando.
    23.
    Prescindir de la
    lógica gladiador: mejor Sun Tzu. Esquivar el golpe gladiador: mejor fluir.
    Renunciar a las caricias gladiador: mejor la ermita. Aguantar la ira gladiador:
    mejor la estrategia a largo plazo.
    24.
    Las nubes tapan el sol
    de golpe, sí. Pero no quiere decir que se hayan formado en ese mismo momento. 
  • Le decía “mi casa” pero era alquilada…

    Le decía “mi casa” pero era alquilada…

    …me di cuenta cuando tuve el accidente, es decir, cuando perdí prácticamente todas las ilustraciones de mi blog en un mal movimiento cibernético. En el tsunami, fue arrastrada también la plantilla (que era original, diseñada para mí por artes ajenas, un generoso regalo irrepetible que me representaba). Ahora tiene una plantilla estándar, como ven: masiva, repetida, anónima. Blogger era mi casero y me cambió las leyes, o yo cometí un error, o ambas cosas se juntaron en conspiración fría; luego me enteré de que lo mismo le pasó a varios blogueros, caídos en el campo de batalla. Un buen día, mis imágenes desaparecieron. El blog lo empecé en el 2004; luego lo dejé intocable hasta el 2007, y a partir de entonces escribí mucho aquí, muchísimo. Un mal movimiento, sí. Un accidente. Lo que pasa es que un blog es una delicada criatura que se alimenta, cuida, acaricia y cura; como un Billikín del misterio bíblico, un coacervadito de Oparín de código binario que se desliza nadando, gozoso, en el caldo primigenio de internet. No, no tiene arreglo. Así se quedó el mío, flotando boca arriba, mortalmente herido, zozobrando en los océanos de la World Wide Web. Porque un blog es también una obra multimedia, no solamente textual. Necesita sus imágenes, sus links, sus videos arqueológicos de YouTube, sus soundtracks absurdos, sus complicidades. Se lee en varias dimensiones simultáneas. Un blog de casilleros grises con enormes signos de exclamación para marcar la ausencia de una ilustración es, sobre todo, una obscenidad. Semejante presencia de su plataforma es imperdonable para la vista, como si le miráramos la ropa interior.

    Perdí las ganas de escribir. Al menos aquí, bajo estas circunstancias.

    Y sin embargo, creo que llegó el momento de que nos vayamos poco a poco de ese enjambre infernal de las redes sociales, que volvamos a concebir narraciones unitarias, con cierta extensión o desarrollo; salirnos de ese parloteo ubicuo del megusta/nomegusta en el que nos hemos embarcado todos como liceales bobos mirándose al espejo. Tenemos que resucitar la blogósfera, antes de que sea demasiado tarde. Por eso he tratado de remendar algunos posts, de recuperar sus imágenes, de rellenar las cicatrices. Pero no me da la paciencia, me falta capacidad de tejido, de telar, de araña, de Penélope. Yo me harto tarde o temprano del telar, tiro todo con el brazo y me pongo a buscar la espada, como un Aquiles disfrazado que, cuando se aburre, termina delatándose a sí mismo. Y sin embargo a veces el dolor regresa, y me veo allí, tan torpe, intentando remendar otra vez; me veo bordando con hilo contrahecho, cosiendo a cáñamo con mis groseras puntadas. Pero no, nunca lo recuperaré como era.

    Quizás deba dejarlo ir como una ballena perdida, internándose en altamar cada vez más lejos, hasta que pueda olvidarlo.

    Tener hosting propio sería un primer paso razonable.

    Igual, se sabe que Job no recuperó a su familia muerta: únicamente formó otra.

    Es un final feliz bastante tramposo.