Etiqueta: Guanajuato

  • Deseos extintos

    Llevo casi siete años lejos de mi segunda patria. Lo he aceptado, creo. He extinguido hasta el deseo otrora desesperado por su olor a cilantro, a tortilla de maíz, a mezcal, a fritos, a frutas, a incienso y copal, a rosas y mamey, a tequila y esquites; el hambre de sus sabores intensos, a chile poblano y queso Oaxaca, a nieves de gustos impensables, a limón verde y cerveza, a rábano y orégano en el pozole, a chipotle, a mole negro, rojo, verde; el detalle del ajonjolí coronándolo todo, la delicadeza, las miniaturas, el papel picado de colores, la grandeza de la arquitectura, el gris de la piedra volcánica, los ladrillos de la Catedral hechos con los despojos del Templo Mayor, la música de los mercados, de las cantinas; los mariachis en la plaza de noche, el organillero, la marimba, los merolicos del Centro Histórico, el sonido del agua en los canales de Xochimilco mientras las chinampas se deslizan; las diferentes telas y tejidos sobre el cuerpo, los deshilados finísimos, los rebozos morados, rosa, amarillos, los pies sucios con huaraches, el olor a camarones, el coco, el pan dulce en charolas de metal redondas, el piloncillo, el café de olla, la talavera poblana, la talavera guanajuatense, que es distinta…

    Empiezo a sospechar que no he extinguido ese deseo en lo más mínimo: sencillamente no le permito que pase a mi conciencia. Es una pena. Porque algún día moriré, y entonces la posibilidad del encuentro con México y el deseo y lo que ese deseo me despierta habrá muerto también para siempre. No será más una posibilidad abierta: no será, sencillamente. Como si nunca hubiera existido, salvo por estas y otras largas parrafadas en torno a ese persistente deseo por México, ahora negado por cuestiones de lisa supervivencia.

    Deseos extintos. Pamplinas, dirían en los comics.

    ¿Me dejaré, entonces, de tanta sabiduría zen? Mejor sería permanecer abierta, receptiva, simplemente aguardando ese momento todavía divino y difuso de mi retorno a Ítaca (o más bien a Troya, o más bien sería reencuentro y no retorno, o más bien nada). Aunque aquello de Pensar, ayunar, esperar aplica solo mientras no llegue la muerte primero. Nunca se sabe.

    Pero lo que estresa de los laberintos es la insistencia en salir de ellos. Si uno los recorre un día a la vez, se vuelven más livianos, sencillos, incluso placenteros. Justamente por esa perspectiva tan fuera de nuestro control de que la salida aparezca como por azar, sin esfuerzo ni voluntarismo. Me acuerdo cuando resolví -muchos años después y de golpe, sin estar siquiera pensando en ello- el enigma de aquel cartel que nombraba al legendario y un tanto surrealista bar de Guanajuato:

    “La Dama de las Camelias… es él”

    Tanto especular mientras vivimos allí, sin encontrarle la vuelta (no era un bar gay ni nada), y un día supe que todo se trataba de una de esas frases célebres pergeñadas entre intelectuales durante una noche de seria borrachera. Lo supe en mis entrañas. Apareció frente a mis ojos, espontáneamente, la indudable matriz flaubertiana de la retorcida denominación de aquel antro:

    “Madame Bovary… c´est moi”

    Así se resuelven las cosas casi siempre. De golpe, sin aviso, cuando las misteriosas frutas caen del árbol.

  • San Benito Ora Pro Nobis

    San_benito_himselfRevolviendo en el cajón, me topo de pronto con mi cruz de San Benito. Es enorme, pesada, casi medieval: un peto digno para una monja ad honorem, escudo metálico adornado con la intimidante cara de Medusa; compuerta brutal, esclusa de canales que le cierra el paso al corazón para intentar protegerlo. Hace tiempo que la tenía en el cajón de mi mesa de luz, bien cerca, por si acaso -San Benito es el patrón de la Buena Muerte-; en cambio, cuando vivía en Guanajuato solía usarla, aunque por debajo de la ropa para no sumarme al sello cristero del Bajío. Tiene un exorcismo grabado, un verdadero exorcismo contra demonios; supongo que cuentan por igual los propios o ajenos, internos o externos, reales o imaginarios.

    Non Draco Sit Mihi Dux/ No sea el demonio mi guía

    Me llega de pronto la certeza de que necesito el frío peso protector de la cruz custodiando ese oscuro escondite entre mis pechos: el corazón, flanco por el que podria filtrarse el mal y hacerme perder la vida, el alma. No: perderme a mí. La debilidad de no ser auténtica. Así que -sin darle más vueltas, sin pensar ni un instante en el país ateo y agnóstico e intelectual- tomo la tosca cadena y me la paso por la cabeza, quizás sugestionada por el inminente olor a hierro, a tardes solitarias, a tormentas por venir: “cadena al cuello” que no es igual a “cadena perpetua”. Y no entiendo nada de lo que me sucede. Como todo buen poseído por el diablo, no entiendo nada. Sin embargo, la función de la cruz de San Benito es traerle a uno la paz a toda costa: sea aplacando los demonios, expulsándolos o, mejor aún -esto lo agrego yo, desde una sensibilidad menos dualista que la judeocristiana-, redimiéndolos, transformándolos otra vez en bellos pero equivocados ángeles. O, en su defecto, por lo menos dándonos la garantía de una buena muerte. Tampoco está tan mal.

    Z_benito_crucifijo

    El padre que nos casó en Guanajuato era, precisamente, un exorcista. El abad Juan Rodríguez, de la Basílica, aunque nos casamos en el precioso y pequeño templito de San José que queda a la vuelta. Por supuesto que en su momento no conocíamos semejante detalle: lo averigüé años más tarde por azar, leyendo un artículo de la revista Gatopardo. “Con razón…”, me dije. “Él sí pudo”. Cuando le dije que no había ni siquiera tomado la Primera Comunión, el Abad -tampoco sabíamos que lo fuera- no se inmutó: lo hice allí mismo, a los 38 años, frente al altar y con nuestros siete invitados por testigos. Qué astuto exorcista, el Padre Juan.

    También en mi cuento “La ofrenda“, publicado en El mar de Leonardi y otras humedades, la narradora habla al final con un cura para que realice un exorcismo en la casa de unos amigos (por cuyo diabólico espíritu huésped se siente culpable). En la verdadera historia detrás del relato, en realidad fuimos Alinda y yo, juntas, quienes se lo pedimos al viejísimo sacerdote de la Iglesia de Punta Carretas, aunque finalmente el exorcismo jamás se concretó. Los dueños de la casa se rieron de nosotras. Lo bien que hicieron. Los exorcismos sólo dan resultado cuando es el dueño de la casa el que quiere deshacerse de los demonios, dice mi cuento.  

    Lo que tiene la cruz de San Benito es que equivale a exorcismo portátil. Siempre a mano, en una especie de USB móvil: así, uno se asegura siempre la conexión, sin tener que pasar por papelones al  pedirlo ni bochornos al enterarse de haberlo recibido en secreto.

    Ya pertrechada nuevamente con la cruz bajo la blusa, tapa blindada que ahora me cubre el cuarto chakra o Anahata, el del atormentado y delicado corazón -siempre que pienso en el corazón como órgano, me acuerdo de los aztecas y sus tzompantlis rebosantes de carne sangrienta que palpita-, siento cierto supersticioso alivio. Oh, mi Sagrado Corazón.

    Sagrado_corazon

    Vade Retro Satana/ ¡Apártate, Satanás!
    Numquam Suade Mihi Vana/ No sugieras cosas vanas

    En eso, reparo en un trocito de metal sobre la cama, una especie de horqueta, una i griega. Sé, desde lo racional, que sería imposible que se tratara de un dispositivo intrauterino (diu), pero eso es lo primero que me viene a la mente. Me perturba esa pieza triangulada de no se sabe dónde que apareció allí no se sabe cómo. ¿Un moco seco, enorme? ¿Una astilla del piso traída por las medias, gigantesca y opaca?

    Lo tomo al final entre los dedos y quedo estupefacta, en silencio total, incluso en los pensamientos. Se trata de un pequeño Jesús crucificado, un Cristo que -ahí lo recordé- solía ser parte de mi cruz. Siempre me puso mal aquel memento del martirio, la tortura, el sacrificio, la culpa, pero es que el artefacto de San Benito lo incluye por default: ni modo. No entiendo cómo llegó de la cruz hasta la cama: creo que se desprendió por su propia voluntad, se tiró desde la cruz como un suicida de pretiles y cornisas. Cauto, pudoroso, compasivo, me ahorró el contacto piel a piel con su bello cuerpo -magro, dolido- de hombre vital y todavía joven. Y, justamente, ahora la cruz de San Benito sin él se me figuraba perfecta.

    20080527002336-medalla-imagenAl no estar más la cruz por detrás, me pareció que los brazos del mini Jesús estaban, en realidad, extendidos hacia mí; festivos, lejos de clavos y sufrimientos. Danzaba, me recibía entusiasmado y libre (igual que cuando uno gira boca arriba la carta XII del tarot, El Colgado, y se le figura un bailarín en vez de un preso del tobillo). Pero yo seguía prefiriendo tener sólo aquella cruz de signos contra el pecho; despejada, lisa y sin nadie que no fuera yo misma junto a mi invisible San Benito protector. O -más certero todavía- sin nada más que todas esas letras y palabras, todo aquello que se concentra en la medalla central.

    Ipse Venena Bibas/ Bebe tú mismo el veneno

    LuciferSoy compasiva con los demonios que percibo afuera porque nunca se sabe si, en realidad, no podrían llegar a aparecer dentro de mí bajo alguna circunstancia. Hay una historia persa sobre Lucifer que reporta Joseph Campbell cuya versión cambia totalmente la idea que tenemos de la rebelión del demonio. No fue orgullo ni desobediencia: Luzbel se negó a inclinarse frente al hombre, como se le exigía, porque su amor por Dios era tan desmedido y absoluto que no soportaba la idea de reverenciar a nada ni a nadie más. Por eso su bien amado lo condenó al infierno; claro, tomando la idea del infierno como verse apartado de lo que se ama. Y ahí me viene a la memoria algo que leí (seguramente también fue en algún libro de Campbell, pero sería un libro 1.0 porque no encontré su cita en internet): ¿Cómo soporta Lucifer estar apartado para siempre de Dios, que era todo su amor? Por la memoria del eco de su voz cuando le dijo: “Vete al infierno”. Siempre me impresionó cómo aquella última reverberación de la presencia del amado podía ser capaz incluso de aportarle consuelo, aunque el dolor que implicaba en sí fuera terrible. Quizás todavía tengamos mucho que aprender del diablo, al menos según la tradición persa. Dice Nietzsche que los que más han amado al ser humano le han hecho siempre el máximo daño. “Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes“. Me parece que se aplica a todo.

    Levanté entonces aquella figurita de Cristo de la cama. Me dio pena y la guardé en un bolsillito del monedero. Pero me siento más cómoda así. A solas con la azarosa configuración personal que ahora va oculta, como un secreto y contra mi cuerpo, en aquella viejísima cruz.

    Medallita
    Satanas_y_cristo
    “Demuéstramelo…”

  • Problemas de los anillos

    Estoy haciendo hamburguesas, y mis manos tienen pegotes de los restos de carne picada. Zonas rojas, trozos sanguinolientos que se me escurren hasta alojarse entre los dos anillos que llevo ahora en el dedo anular. Una carnicería. Dos, más bien: primero fue la que me tocó a mí. Pero la del hacha y el cuchillo y la picadora, la de la misteriosa sierrita con chillido agudo de aquellas carnicerías de mi infancia, con coloridas tiritas de plástico a la entrada, esa tuve que ser yo.

    En las cirugías también se corta, sale sangre, duele, se sufre. Pero, por lo general, después de un tiempo los órganos suelen funcionar mejor, o los peligrosos tumores dejan de ser una amenaza. Claro que también hay pacientes que se mueren.

    Lástima que no haya laparoscopía para ciertos procesos. No: nos mandan al cirujano clásico nomás, carnicero como todos ellos (tengo buenas razones para creer que esto no es obra de un simple carnicero, de esos con delantal blanco y manos grandes). El único consuelo es que, de no intervenir, el paciente igual hubiera muerto poco a poco. Ahora existe el riesgo del paro cardíaco, la infección, la amputación, la septicemia, pero también se puede tener esperanzas de recuperación. La vida vale la pena cuando realmente se vive. No hay que esperar un diagnóstico mortal o el fallecimiento de un amigo cercano para uno plantearse empezar a vivir como se debe, a ser ese quien en verdad se es. 

    A lo mejor el paciente se salva y el final es feliz. Pero, igualmente, cómo duelen las heridas. Las mías, las ajenas. Y -continuando con la larga lista de lugares comunes en la que vengo cayendo, como cada vez que uno intenta adentrarse en lo importante- hay que tener en cuenta, además, aquel supuesto refrán chino; ese de crisis es igual a peligro más oportunidad (los habituales signos de “=” y “+” con lo que se suele presentar esta frase me parecen absurdos, como si fuera una fórmula de álgebra o de física).

    Dicen que los dos anillos juntos se usan cuando uno se queda viudo. No es el caso, salvo que yo haya matado a alguien.

    Para mí, más bien es un recordatorio. Falta mucho para que decida sacármelos.

    Tiene la contra de que la carne picada de las hamburguesas se cuela entre ellos, se les pega, y eso me hace sufrir.

    Callejón del Beso, Guanajuato (México). 

    Dice la leyenda que quienes se den un beso en el tercer escalón, se amarán por siempre.

  • Inundaciones

    Mi último post fue a fines de octubre, cerca de mi cumpleaños. De esas fechas a esta parte -casi tres meses después-, ciertamente hubiera podido escribir al menos una docena más, si he de tomar como termómetro las ebulliciones internas, los descubrimientos, las maravillas, las emociones, las memorias, los proyectos, los sueños empecinados a lo largo del tiempo, los tímidos pasitos para hacerlos realidad, las polaroids de la vida a cada paso, los momentos kodak, los infiernos temidos, las sospechas. Pero -como es bastante evidente- jamás llegué a escribirlos, no pude hacerlo (lo que, en este caso, es lo mismo que decir que le he permitido a la vida práctica, a mis responsabilidades y mis culpas, impedírmelo). Menos mal que este blog se plantea desde el comienzo como meros “pedacitos” nada más, sin mayor continuidad, aunque hay veces en que se me va la  mano. ¿Quién puede vivir sin darse por lo menos un mínimo espacio para escribir cada semana, cada día, varias veces por día? Y, sin embargo, algunos pasamos meses respirando apenas desde nuestros irregulares diarios privados y apuntes oníricos.

    A estas alturas, es tanta la cantidad de temas y recuerdos que se me han venido asociando inconteniblemente con el título del post, Inundaciones, que debería escribir una novela para darles caza. El congestionamiento incluye la historia de mi casa inundada y de cómo dicho infortunio nos permitió comprarla; las dos operaciones de G. y las notas de sincronicidad del universo; la advertencia de que siempre me cuidara del agua -del peligro de morir ahogada- que me hizo una espectacular vidente hace muchos años; las reiteradas roturas de caños de OSE y saneamiento que desde la vereda inundaron nuestro sótano una y otra vez; las tristes e invernales goteras de la claraboya cuando regresamos a Uruguay; la afinidad con el palo de copas del tarot, con sus receptáculos adaptables y el peligro de sus pantanos; mi amado Guanajuato con sus inundaciones recurrentes; mi otro hogar, Querétaro, y su agua milagrosa; Felisberto Hernández con su casa tan inundada como la mía. Y Constantinopla, también Constantinopla, que ya no existe.

    La única forma de lidiar con las inundaciones internas, con los ríos inconscientes que se dejan crecer hasta el desbordamiento, es empezar narrando desde un hilito de agua, desde una precaria lluviecita, y reservar el resto para más adelante. Mi castigo por no escribir antes será no poder contarlo todo ahora, tener que postergar, diferir. Pero seguro podré retomarlo alguna vez, o estaré libre de hacerlo, si se da el caso. Porque esto no es solamente un propósito de año nuevo; he asumido, incluso, compromisos públicos en el asunto (para empezar, renunciando o aplazando espacios de trabajo muy gratificantes, propuestas que funcionan, lo que de por sí es un privilegio) a fin de tener algo de tiempo y concentración para escribir durante el 2010. Para escribir para mí, en principio; luego se verá. El blog será, entonces, un recordatorio, un lugar en el que monitorear mis propios procesos en tanto, a lo largo de este año distinto, abordo un proyecto mayor. Uno que viene trancado en el canal de parto, el creativo, desde mi último parto, el otro. Desde mayo tendré -me gané, tomo a codazos, me arriesgo, pienso en que me puede caer un piano en la cabeza en cualquier momento y que no hay que dejar tinteros rozagantes en este mundo de hambres- exactamente nueve meses (sic) con un poco más aire para reconectarme con mi escritura, si bien el mundo real me seguirá marcando el paso. Pero menos que antes. Así que pronto podré fraccionar las ahora inundaciones en pequeños chubascos, en chorritos constantes, en baños de piscina, en vez de pretender engarzar todo en un tsunami ocasional.

    Lo que iba a contar hace un buen tiempo (cuando debí haber escrito el post de Inundaciones y no ahora) es que una fuerza incierta me arrojó del sueño en el medio de la noche. Me desperté con el corazón desbocado; el sonido de la fuerte lluvia contra la claraboya terminó de volverme a la conciencia. Un instante antes, yo salía del altillo, fuera de mí, de mi centro, con una calavera de azúcar en cada mano; las había desenvuelto de entre un montón guardadas en una caja que justo había encontrado. Yo giraba en el patio con los brazos extendidos, mientras la lluvia me caía encima, empapándome, y las calaveritas poco a poco se iban derritiendo entre mis dedos. Masa húmeda de azúcar, recuerdos que se pierden para siempre, que se entregan como ofrenda en un misterioso ritual. Ecos de la fiesta de los muertos en México, quizás.

    No me podía sacar la imagen de la cabeza.

    Miré el reloj, aún con el pecho apretujado. Las cuatro de la madrugada. Tenía que disfrazarme, dejar el pijama calentito a resguardo, agarrar un paraguas y salir en el medio de la lluvia a verificar que el desagüe no se hubiera tapado.

    Las casas son seres implacables: demandan, exigen, protestan. Hemos de apaciguarlas, tranquilizarlas, hablarles en susurros. Finalmente, no hay que olvidar que se trata de nosotros mismos.

    Subí. Me mojé. Todo estaba en orden. Hacía como un mes que en casa habíamos sufrido una inundación mayúscula; el desagüe tapado formó un estanque en la azotea y el techo de nuestro cuarto no resistió: por alguna grieta se filtró el agua y dos chorros, tipo ducha, mojaban los muebles, el piso de madera, deslavando revoques ante mi atónita mirada. Creí que todo se vendría abajo; hasta ese día, el agua había sido en nuestra casa (además de un capítulo fundacional, con olas moviéndose en cámara lenta bajo la luz de la luna, pero esa es otra historia) un problema de la claraboya, de molestas goteras habituales en las casas viejas, de paredes con alguna mancha de humedad. Dudar de la solidez del techo ya era otra cosa; los cuartos eran el refugio lejos del patio, la protección de los vidrios que se rompen durante los temporales (tan habituales en Montevideo), con sus ruidos de viento inquisidor. Ese episodio lo trastocó todo. Creí que nunca más lograría dormir tranquila en mi cuarto. El agua parecía estar esperando la oportunidad para adueñarse de todo, para hacernos flotar sobre los colchones, ya cadáveres en nuestro sueño eterno. Así pasaba en Guanajuato antes de que entubaran el río: la gente no despertaba una vez que el agua subía cuatro, cinco, seis metros en una sola noche.

    Paradójicamente, una ciudad puede estar amurallada, pero solo en tanto disponga de agua. Su solidez depende de esto. No hay sistema de protección militar que valga sin un potente depósito de agua, un acueducto o similar. Habría que pensar qué puede significar esto, llevando la metáfora a nosotros mismos.

    Constantinopla, por ejemplo, tenía espectaculares murallas de 9 metros de alto, incluso con estructura anti sísmica. Pero, además de un acueducto que recorría kilómetros, disponía de un gigantesco sistema de almacenamiento, con agua suficiente como para llenar 27 piscinas. Tan solo para sostener su techo, contaba con 336 columnas. Imbatible. Reservas de agua y muros defensivos.

    Sin embargo, finalmente la ciudad fue vencida. Hunos que comían carne cruda, vestidos con pieles de ratones de campo hasta que el atuendo se les desintegraba, ya de podrido. Esos bárbaros salvajes violando, saqueando, matando…

    La estabilidad de un imperio puede, ciertamente, depender de sus murallas. Por algo la ciudad más rica del mundo era  la que mejores muros tenía (*). Y aún así, a toda Constantinopla le llega su Atila. No hay nada que proteja totalmente de los Atilas del mundo.

    En México, algunas veces el presidente tenía que declarar zona de desastre la mitad del país a causa de las inundaciones. Y la otra mitad también, pero a causa de las sequías.

    Sí, habrá que seguir pensando y aplicando metáforas…


    (*) Quizás todavía lo sea: bastaría contemplar con cierta malicia las medidas que se aplican actualmente en los aeropuertos de EE.UU.

  • Oda al anestesista

    PROLEGÓMENOS LAPAROSCÓPICOS
    Madrugada del 23 de septiembre, Asociación Española, habitación 335 B

    Supongo que pocas personas le rezamos a Hades y Morfeo, a  Hipnos y a Perséfone, antes de caer en el vaho de la anestesia general. Me fascina ese sagrado e inefable momento de la pérdida de la conciencia misma; es realmente una inmersión en las aguas del río Leteo, mucho más honda que la que cada noche emprendemos al quedarnos dormidos, cuando vamos de un mundo a otro, organizado con sus reglas particulares, habitado por sus propios dramas. Y en cuanto al Leteo no funciona tanto, pues al menos yo busco desesperadamente recuperar la memoria de mi vida paralela en ese lugar de los sueños. Pero con la anestesia no: uno realmente va hacia la nada; quizás esa sea la nada de la muerte, no lo sabemos. Aquí se aplica aquel horrendo precepto machista sobre la violación: “Relájate y goza”. La única forma de pasar hacia otros mundos -alcohol, drogas, muerte, meditación, anestesia, sueños- es entregarse del todo al secreto y esperar.

    Hablando de esperar, desde que me despedí de G. en la habitación y salí -encamillada, muñida de gorrito y zapatones- rumbo al block quirúrgico o su antesala, me tocó esperar dos horas mirando el techo. Eso, en vez de ponerme tensa, me ayudó a serenarme al máximo e incluso relajarme físicamente. Yoga de camilla, spa de bisturí. Es curioso todo lo que se puede pensar en esos tiempos muertos; por ejemplo, que para mi sorpresa –dada la habitual asociación con personajes amanerados rodeados siempre de curvilíneas enfermeras rubias, cual eunucos en el harén del sultán-, se me dio por constatar que había varios enfermeros y asistentes de buen ver. “¡Zas!”, me dije. “¡Típico comentario de vieja! ¿Cómo cuando era joven jamás lo hubiera notado?”. En realidad, me alegré por las enfermeras y doctoras del hospital; recuerdo vagamente que motiva más ir al trabajo o al colegio cuando nos gusta alguien. Claro que mi información era visual nada más: quizás –oh, injusticias biológicas- estos dos o tres tipos de buen ver eran gays, como siempre. Pobres enfermeras y doctoras.  También pensé -en tren de recuperar ahora aquellos tiempos muertos- en esa serie de canal Fox que tanto me gustaba por crítica y decadente, “Nip/Tuck“: ¡hay que estar loco para operarse si no es por obligación, dejar que el cuchillo serruche, rompa, jale, penetre, traume nuestra pobre carcasa, si no es por un motivo de salud o secuela de accidente! Agrandarse las tetas o estirarse las arrugas no me parecen motivaciones suficientes, pero cada Narciso con su estanque. Y así se me fue el tiempo en este parloteo inútil, en vaivenes mentales provocados por el ocio pre quirúrgico. Era muy raro, pero no tenía nada que hacer, ni tenía nada no hecho por lo que me sintiera culpable. Casi el nirvana. No era yo del todo. Era yo, jubilada y mirando por el balcón.

    Me reconozco más en la seguidilla de pensamientos erráticos, obsesivos, que se me aparecieron en el momento mismo de salir de la anestesia. El primero es, por supuesto, el más universal: “Ah, estoy aquí de nuevo, no me quedé en la otra orilla”. En realidad no llegué a pensarlo verbalmente: fue una certeza tranquila que emergía entre el cuchicheo y los sonidos de la sala de operaciones mientras empezaba a volver. Salió todo brillante, dijo una voz de mujer, la anestesista, Perséfone en este caso. Me pareció curioso que, aparte de la contundencia inequívoca de la afirmación, usara ese término, “brillante”. Afuera la luz es brillante; afuera, al final del túnel de regreso que nos lleva del mundo de los muertos a la superficie. Ahí, justo ahí, donde Orfeo mete la pata y da vuelta la cabeza.

    Los anestesistas son un género aparte, único. Nunca hablé con un anestesista inquieto, nervioso, colérico o cínico. Todos tienen una especial parsimonia, un ritmo lento, de contacto humano pero distante, como si ellos mismos tuvieran siempre un pie en ese mundo al que nos llevan y del cual nos traen de regreso. Son como parteros de frontera, como embajadores con doble ciudadanía. Levrero –me doy cuenta ahora- era todo un anestesista.

    Ellos se ponen en la cabecera, cuidándonos, o están a nuestro lado mientras caemos en el sopor, y nos hablan con voz suave, segura, hipnótica, hasta que caemos en la inconsciencia, y quizás sigan todavía más allá. No sé cuánto del letargo es causado por la anestesia como sustancia misma, y cuánto será producto de la presencia misma del anestesista. Cuando nació Astor sufrí una cesárea, pero con anestesia epidural: no quería que después me trajeran a cualquier bebé cambiado, como en las telenovelas mexicanas. El anestesista fue el único que estuvo presente durante el parto (además de G., Astor y yo, se entiende): me hablaba con esa voz arquetípica, de ultratumba buena, que tienen los anestesistas; me acariciaba la cabeza. El resto del equipo médico hablaba de golf y de chistes de fútbol, mujeres y esas cosas. ¿Yo? El territorio impersonal de una carnicería, siguiendo para mis adentros, drogada y risueña, sus irreverentes conversaciones profanas escupidas en el piso de una iglesia. La anestesia semi consciente me arrastró aquella vez a una nube de valemadrismo total, a una distancia interior, de nave al garete, con lo que estaba pasando. Pero la calmada voz del anestesista me traía de regreso a lo importante; era el único que me explicaba lo que sucedía en cada fase.

    “Salió todo brillante…”

    Lo segundo que pensé fue en ubicar el dolor. Sí, estaba allí, a la derecha, en la otrora mansión de mi vesícula. No había sido víctima de una de esas trágicas confusiones,  como escuché una vez en México –y nunca olvidé- cuando era niña: en el IMSS, le habían amputado una pierna a uno y –digamos- las amígdalas a otro, intercambiados los expedientes por error. Esa es una de las desventajas de la anestesia general: por no estar uno mismo presente, no puede patalear contra la ineficiencia ajena (desde luego, si uno pierde la pierna la metáfora se vuelve literal). Ayer mismo escuché en el pasillo médico de este hospital una alarmada voz masculina diciendo que una señora había venido a sacarse la vesícula y le habían sacado el apéndice. A lo mejor era una broma interna entre enfermeros, pero, si no, yo no era, por suerte, dicha señora. A mí me duele donde me tiene que doler.

    Sí, la anestesia requiere un importante grado de confianza en los otros del que no todos disfrutamos. Pero la voz lenta, pausada, narcótica, del que conoce esos misterios de la vida y la muerte, secretos de la suspensión de la conciencia y la memoria, ayuda a animarse al tobogán.

    La tercera cosa que pensé –quizás la más absurda en esa situación, pero no para mí, que hasta pedí que me mostraran mi gigantesca placenta- fue que quería ver los cálculos, las piedras que me habían extirpado (“tus rocas de Sísifo”, diría mi amiga V.). Aún no había abierto los ojos –tardaría un buen rato, aunque igual seguía el accionar del entorno desde los oídos-, pero igual me preocupaba no poder concretar ese último ritual para honrar mi obra creativa: ver las famosas piedras. ¿Serían verdes, como dijo aquella extravagante ecógrafa que, cuando se jubilara, quería dedicarse a hacer bijouterie con esas piedritas ?

    *

    Cuando abrí los ojos, perdí las esperanzas en el asunto y no dije nada: estaba en una sala de recuperación, no en el quirófano. Ni rastros ya de la vesícula con todos sus cálculos. Igual, mi exiliado órgano no podría decir que no lo despedí con varias ceremonias: churros del Parque Rodó, mazzini de Carrera, vinos de todo tipo. Ahora vendrán tiempos de anacoreta.

    Para mi sorpresa, ya en la habitación, G. me entregó una bolsita transparente que le habían dado – ¡mi tesoro no se había perdido en la ni pena ni gloria de la basura!-, con piedras varias, grandes, grandísimas, chiquitas, diminutas. Me impresionó mucho que hubiera podido alojar dentro de mí, como si nada, tanta tierra, mineral, sólidos tan duros que hasta se pueden golpear ruidosamente contra la mesa. Para mí fue tan impactante como si dentro de la vesícula me hubieran encontrado una maceta con flores; me imaginaba algo más sutil y etéreo. No eran verdes como prometió la ecógrafa –aunque sí lo era la bilis fosforescente que vomité después-, no eran brillantes, como dijo Perséfone: la joyería original de marca propia quedó descartada. Ahora tengo que conseguir una cajita de vidrio para guardarlas.

    A G. le parece medio repugnante el asunto de exhibirlas, pero a mí no. Me reafirma la idea de que pasar por la operación fue lo correcto, que en verdad llevaba una bomba de tiempo al costado.  Claro que no me agradan, para nada: son duras, enormes, muchas (me dieron once, quién sabe si había más), y vivían como un alienígena malévolo en mi propio cuerpo, como un embrión sin futuro, como un terruño infértil. He enterrado cada una de las muelas del juicio que me sacaron (por ahora sólo cuatro, pues me salió una quinta tiempo después, otra de las anomalías que me persiguen). También guardé el cordón umbilical de Astor. Quería enterrarlo en el jardín de Guanajuato, en la casa donde empezó su vida, pero la súbita partida de México no me permitió volver al pueblo y concretarlo. Todavía lo conservo; algún día estará ofrendado donde debe.

    Así que, pese a los ribetines de aquella ecógrafa orfebre, o a las poéticas sugerencias de mi alumna Stella Maris que las comparaba con esmeraldas, mis piedras vesiculares son cetrinas, amarillentas. Me recordaron más bien, por su forma y peso, a la pirita de hierro, “el oro de los tontos”, como dicen los mineros de Guanajuato y otros pueblos ricos en tesoros de la tierra. Así que me voy hoy a casa, si me dan el alta (alguien que garabatea de madrugada, a oscuras y con la vena pinchada sin duda la merece), con mi bolsita de “oro de los tontos”. Sí, para mí tiene mucho valor, y sin embargo no lo tiene, salvo que encontrara a alguno de esos tontos aludidos, o quizás algún coleccionista excéntrico en eBay. Plomo y oro. No salió todo tan brillante como dijo la anestesista, o al menos no salieron brillantes las opacas piedras de mi vesícula, ahora convertidas en prueba irrefutable, acceso al club, medalla al mérito. Recordar siempre de qué piedras venimos y qué piedras dejamos.

     
    … que te operen por laparoscopia y no con cirugía tradicional, no tiene precio…

    EPÍLOGO. CON GRATITUD A TODO EL GREMIO DE ANESTESISTAS DEL MUNDO

    Un poemita de Gabriel Celaya que musicalicé cuando era adolescente decía que “la vesícula biliar le duele a los millonarios y es un lujo mortal”. Obviamente, mi diagnóstico médico de adulta entró en crisis con el previo diagnóstico poético, porque yo no soy millonaria, y entonces la litiasis no podía ser más que un error. No tengo más riquezas, en verdad, que las que guardo en cajitas de vidrio, visibles e invisibles. Puro “oro de los tontos”, de los que creen que tienen un misterioso tesoro que nadie más ve. Aunque quizás Gabriel Celaya se refería a eso, finalmente.

    POSDATA: OTRA ANOMALÍA PARA EL ARCHIVO
    Tampoco sé a qué se refería el cirujano al incluir en mi ficha vesicular el siguiente acertijo del que remito prueba: “Niega chucho solemne”. Se escuchan interpretaciones.

  • Mi Tristán

    En las afueras de Guanajuato, una especie de hostal con muchos estudiantes, piscina, campos. Allí me encuentro con Anita; entre el gentío alcanzo a ver también a Tristán. Es emocionante: no puedo creer que esté allí, y me alegro muchísimo de que haya estado vivo todo este tiempo. Nos reconocemos inmediatamente; para él, sigo siendo la dueña de su corazón. Nunca creí que lo volvería a ver. Nunca.

    Luego, en el cuarto, con G. y otras personas, me parece que pasa una rata gris junto al zócalo (más pequeña, quizás un ratón, pero su sola presencia y movimiento errático me desata todas las fobias). Enseguida, un gato del lugar caza a la rata y se la lleva a la boca; yo comento que, más allá de la opinión de G., tendría que tener en casa un gato por mera protección. Sin embargo, a los pocos minutos la rata logra escapar; para colmos, aparecen dos ratones más, aunque estos sí son cazados sin vueltas.

    Enseguida de esto, Tristán llega junto a mí y parece perturbado. No puede respirar, carraspea. Primero lo tomo a la ligera, pero despues me doy cuenta de que se le atoró algo; pienso que está envenenado o que insólitamente intentó tragarse a la rata que había escapado. Lo tomo en mis brazos y digo casi gritando que es necesario llevarlo urgente a un veterinario. Aparece mi madre y afirma que no serviría de mucho, que de todos modos moriría por el camino. Veo a Tristán debatiéndose, ahogándose, y me doy cuenta de que sí, que va a morir sin remedio. De repente siento que su cuerpo se afloja sobre mis brazos; simplemente sé, en ese momento, que Tristán murió. Lo abrazo, lloro, me levantó y lo cargo en brazos. Le pido a unos muchachos del hostal que me ayuden a enterrarlo en ese mismo jardín para poder volver siempre a su tumba y hablar con él. Recuerdo entonces cuando murió mi gatita; yo tenía once años, y la enterramos en el jardín de casa envuelta en una tela de peluche a rayas blanco y negro, un sobrante de la colcha de mis padres. Decido un lugar debajo de la tarima de la piscina, que me parece como más íntimo para estar con él. Los muchachos habían preparado el hueco cavando; yo había llevado el alma y los restos de Tristán en una caja mediana, cuadrada, que pongo en la tierra. No estoy durante el resto del entierro, pero después vuelvo al lugar y veo que por algún motivo han puesto trozos de carne encima de la caja. Temo que hayan desollado el cadáver -lo habíamos dejado aparte- pero no: ahí sigue, lo enterrado era tan sólo el alma. Ahora se me ocurre que quizás intentaron sepultarlo con algo de comida, como se hacía en los funerales aztecas de modo de que el muerto pueda alimentarse durante la infernal travesía por el Mictlán.

    Como no pude cerciorarme personalmente, le pregunto al muchacho si el entierro estuvo bien hecho, si están allí todos los restos, y me da todas las certezas del caso. Luego reparo en que han cubierto, aunque sin cementar, la tumba con mosaicos de talavera azul y blanca.

    Enseguida salgo rumbo a la ciudad misma de Guanajuato para deshacerme del cuerpo vacío de Tristán. Este es un trabajo desagradable, pues se percibe su condición de muerto, de contaminante energético: su almita quedó en la tumba, enterrada en ese lugar al que yo podré ir a hablarle, pero el cuerpo no se puede quedar inerte por ahí, descomponiéndose. Pienso en subir hasta nuestra antigua casa, donde nació, y tirarlo justamente en el Callejón de los Perros Muertos, pero me da mucha pena que quede en un baldío como si fuera basura (además de que Anita y Lalo se enojarían por el olor). Sigo, entonces, cargando su pesado cuerpo por las calles de Guanajuato; en cierto momento logro comprimirlo al máximo en un cuadradito compacto, como una cajita.

    Busco y busco el mejor lugar, y al final encuentro una hendidura que se forma, hacia abajo, entre una casa y otra. Es un espacio oscuro, parece una cripta. Quiero deshacerme cuanto antes del cuerpo de Tristán y arrojo el cuadradito allí, pidiéndole a los cielos que mi amigo no vaya a conservar ningún vestigio de conciencia con el que se perciba encerrado. Entonces me voy, continúo caminando por calles ahora algo derruídas, en reparación, llenas de canales o pasajes sobre los que cuelgan cables de colores para que uno se agarre y pueda avanzar con más seguridad. Yo uso uno naranja y llego por azar hasta una oficina como de policía, donde lo enrollo para dejarlo. Lo único que deseo es irme y terminar al fin el episodio, pero a la salida hay una mujer vieja que me recrimina que haya retirado el cable que otra gente utiliza. Vuelvo, un poco avergonzada, y ya no está; es todo un gran lío conseguirlo dentro de esa oficina, pero lo logro y regreso a tenderlo para que la vieja no siga acosándome.

    Me voy por Guanajuato. Paso por bellos edificios coloniales, grandísimos, incluso junto a una gigantesca iglesia protestante de color terracota. Está a la derecha del camino, a la izquierda hay campo y montañas. Se me ocurre que quizás sería bueno entrar allí a rezar luego de la muerte de Tristán; recuerdo que G. me había dicho que la había visitado y era maravillosa. Pero creo que al final no voy, que sigo de largo. Pienso en la oportunidad extraordinaria que tuve, a pesar de vivir tan lejos, de haber estado presente justo en el momento de la muerte de mi perrito. Y me doy cuenta de que él trató de hacerme un regalo de amor, que intentó cazar a la rata como si él mismo fuera un gato. Pero un gato es un gato, finalmente.

    Sí, estuve presente justo en el momento de la muerte de mi Tristán. Y ahora sé dónde está enterrado: por fin recuperé su cuerpo (o mejor dicho, su alma), por fin ahora sé cómo volver a hablarle.

    Fue mi amado primer hijo. Anita me había dicho que ya no lo podían tener en su casa, en su hostal de Callejón de los Perros Muertos # 57. Que lo habían mandado a vivir a un rancho en Pénjamo. Pero en el fondo yo siempre supe que Pénjamo es simplemente el cielo de los perros.

  • Ondulaciones

    Hoy, al volver de dejar a Astor en la escuelita, me di cuenta de que traje a Guanajuato conmigo cuando regresé al país. Montevideo se me ha vuelto en los últimos tiempos una ciudad empinada, llena de subidas que mis piernas resienten, un lugar en el que la fuerza de gravedad duele más en los músculos que en otras latitudes. Las escaleras interminables de Guanajuato están presentes ahora en cada cuadra; sus subidas pronunciadas, su aire montañoso.”¡Y yo que creía que Uruguay era un país plano, de suaves ondulaciones apenas perceptibles entre el verde del campo y los cardos, lomitas casi sin mapa en aquellas tardes mágicas de la estancia, en que uno era niño o cuando mucho joven, y agarraba un galope eléctrico cuesta abajo hacia el crepúsculo! ¡Y ahora resulta que he vivido en un engaño: las ondulaciones de Uruguay son deportes extremos, pueblos mexicanos a los que uno debe sobrevivir con el tesón de un burrito carguero, ciudades hechas de piedra, de tierra seca, de sierras que rugen de calor y de alturas, carreteras al borde del barranco, peñascos en los que falta el aire!”.

    Todo esto es imaginación mía, por supuesto: simplemente se trata de la edad, de los años cultivando el descuido físico (ya no vivo a 180 escalones del Centro, como en Guanajuato, y por lo tanto he perdido el ejercicio aeróbico cotidiano; ya tampoco camino hasta la madrugada de bar en bar ni bailo festejando la vida, como siglos atrás). Montevideo debe ser, supongo, una ciudad tan llana como la dejé hace años. Me daría risa quejarme realmente del esfuerzo que me insumen las cuadras “cuesta arriba” si estuviera una sola tarde otra vez en Guanajuato.

    Pues sí: indudablemente he perdido la épica, quizás hasta la capacidad de despegarme del suelo. Ahora peso, porque el mundo y sus demandas me traen de nuevo a la tierra todo el tiempo.

    “Porque un vez que hayas probado el vuelo, caminaras sobre la tierra 
    con la mirada levantada hacia el cielo: porque ya has estado allí y quieres volver”.

    Y caigo en picada nuevamente, como todos los días, vencida ante los caprichos de la gravedad del alma, de la montaña invisible. Cómo me duele que Astor esté llorando últimamente en la puerta de la escuelita, abandonarlo a quién sabe qué miedos, y tener que decirme, por su bien y el mío: “Es normal”. Ser padre es una tarea titánica, propia de Prometeos prontos a ofrendar su hígado a las águilas por regalar el fuego, de decenas de Hércules asumiendo sin tregua los doce trabajos infernales, de una legión de Atlas cargando el mundo, de una horda de Uranos castrados, de Cronos tragando piedras, de Letos pariendo dioses. No son tareas para el corazón de los silvestres mortales: mi vida pende de cada una de sus respiraciones, de sus sonrisas de niño, de su inocencia. Escalo como puedo las montañas de nuestro tiempo juntos, limitado, finito, aunque aún no sepamos la fecha en que nos alcanzará nuestra condena. Es que no son ondulaciones, son grandes abismos que amenazan, pero también son cimas, olimpos, cielos.


    FOTO: Renato Iturriaga
    CITA: Leonardo da Vinci


  • Carne (no de Isabelita Sarli)

    Ayer hice carne a la Strogonoff, o algo parecido; me sorprendí a mi misma cortando la carne, metiendo los dedos en las pulposidades, alejando las grasas con la bestialidad de mi torpe cuchillo, de mis propios filos que se metían en la masa roja y se hundían en su blandura. Creí que yo no podía hacer esas cosas; los cinco años que fui vegetariana resultaron un martirio en ese sentido, pues trataba de preparar un pollo y lloraba cuando los huesitos crujían al cortarlos. Luego, cuando volví a comer carne (era un comportamiento apátrida para Uruguay, antisocial), opté por comprarla solo en bandejitas cuestión de no acordarme demasiado de su verdadero origen, de su naturaleza en descomposición, de su arrebato de la masa muscular ajena. El olor en las carnicerías siempre me repugnó; es un olor obsceno, brutal, sospechoso. Iba con mi mamá a Bentancourt con mis escasos años y no era únicamente el olor a sangre lo que me aceleraba el corazón: también ese ruido agudo de la sierra trepanándolo todo llegaba a angustiarme.

    En Guanajuato, el carnicero cobraba lo mismo por cualquier tipo de carne. Era extraño: lo bueno y lo regular, lo cotizado y lo de cuarta, con hueso o sin hueso, todo costaba lo mismo por kilo. Lo veíamos atravesar la plaza Mexiamora cargando un gran costado de vaca sobre la espalda. O quizás esa imagen la inventé hace unos años en mi novelita La ciudad encantada, para el personaje de Hernán, que estaba en realidad basado en un carpintero memorable (la verdad es que no tengo ningún criterio objetivo, al menos interno, para averiguarlo a ciencia cierta: veo en mi mente esa imagen del carnicero cruzando la plaza como si se tratara de auténtica memoria, pero ¿lo será, finalmente?).

    Me puse a pensar en la máquina de hacer chorizos en The wall; aquella escena, célebre para toda una generación, en la que salían los alumnos como embutidos, en serie, iguales unos a otros. Mientras hundía el cuchillo, también recordé la película de Sweeney Todd (el barbero cantarín, serial killer oportunista, que aprovechaba para asesinar cuando los hombres se relajaban en su barbería y la navaja quedaba cerca del cuello, con Johnny Depp como interesante perchero bizarro); la vi hace poco en DVD, y sus escenas de picar carne de asesinados fresquitos eran bastante poco apetitosas. Pero los cómplices no solo prendían su rudimentaria “un dos tres” para desaparecer los múltiples cuerpos del delito, sino que la adorable Mrs. Lovett aprovechaba dicho beneficio cárnico para rellenar y hornear exitosos pasteles que luego los clientes de su rotisería devoraban con fruición, en inocente ignorancia. Toda esta gótica asquerosidad está bien narrada, con impecable fotografía y caracterización expresionista, y el director demuestra un nivel de arrojo, audacia y capacidad de tomar riesgos como solo alguien que pone a su elenco a cantar en una cinta de homicidios puede hacer. Lo que sé es que, después de verla, cualquiera prefiere cortarse un poco en casa con su Afeitabic para evitar tentaciones ajenas, y que pedir empanadas de carne al delivery dejará, en adelante, de ser una opción.

    Todo esto es para decir que, mientras cortaba en cubos medio kilo de paleta sin hueso, mientras el cuchillo se hundía destrozando las fibras rojas entrelazadas, no podía dejar de pensar en que dichas prácticas resultan un poco salvajes para el nivel de civilización que nos exige la vida contemporánea. Esa persona que navega por los mundos invisibles de internet, se dedica a la literatura y la mitología, procesa información a mayor cantidad de cucharadas de las que puede tragar, que está expuesta a la tecnología como si se tratara de un bombardeo nuclear, etc., esa no puede ser la misma que rebana un churrasco apoyándole las manos, manoseándolo, triturándolo. Es como si nos obligaran a comer la carne cruda: simplemente ya no estamos preparados.

    Sí, es dura la vida del escritor frustado. But the lunch must go on…

  • Salas de espera: otro flash de Guanajuato

    (curiosamente, el texto se llamaba casi igual que el último post de mi amiga V…qué karma!)

    Seguí con tos toda la noche y estoy harta de despertarme tantas veces creyendo que me ahogo en un estanque. Después de dos semanas de fastidio tuve que aceptar lo inevitable: debo ir a un doctor, por más que lo deteste. No conozco a nadie en Guanajuato; sólo de pensar en averiguar cuánto cobran las consultas, estar en un pasillo frío con sillas recargadas contra la pared y frente a frente, escuchar el tic tac de algún reloj central, contener los bostezos por la hipnosis del tubolux… ¿Quién quiere contarle sus vulnerabilidades a un desconocido? Pero la autocura hipocrática no estaba dando mayores resultados.

    El asunto es que llegué a un consultorio en la Plaza de la Paz, doctor Alonso Cervantes. Parece que este señor es una de esas referencias inamovibles que le quedan a la gente de por vida: una clienta de G. nos lo recomendó porque de niña le había curado sus problemas crónicos de garganta. Claro que cuando ella era niña, el doctor ya habría empezado a perder el pelo y a encanecer el poco que le quedaba. Subimos al consultorio y nos sentamos en la sala de espera; el lugar era bastante oscuro, húmedo, y tenía toda la apariencia de ser el mismo consultorio que quizás inauguró con gran pompa allá por 1930. El sillón estaba completamente vencido; podía balancearme en él, hundirme en sus almohadones como si se tratara de un escondite estratégico.

    Era curioso: revistas viejas sobre la mesa, el periódico del día, tubos, palanganas, botellas añejas de suero pre-guerra mundial, instrumentos de goma percudida, pinzas… Se abrió una puerta de madera chirriante y el doctor nos saludó; luego, el paciente anterior salió con él y nos preguntó si teníamos cambio de $ 200. No teníamos: traíamos los $ 50 justos que cobraba el doctor. “¡Cincuenta pesos!”, se me daba por pensar, y una angustilla más molesta que la misma tos me recorría el pecho. Me imaginaba los tiempos de gloria del doctor; se pasearía muy ufano en traje y chaleco por las calles de Guanajuato y saludando a todo el mundo, sus zapatos brillantes contra la calle empedrada. Ahora tenía un consultorio detenido en el tiempo, una linternita de abuelo guardada en su gastada caja original de cartón, un viejo diván cubierto con papel, un banquito redondo, una vitrina con vidrios empañados y una señora que va a limpiar una vez a la semana. Y cuando él no la ve, la mujer sólo echa un poco de hipoclorito de sodio en el piso para que huela más o menos desinfectado.

    Cuando nos indicó que entráramos, apareció otra persona para atenderse. “Pase: ahí tiene el periódico”, le dijo el doctor muy orgulloso de sus servicios a la clientela. Entramos a la consulta; recién entonces me dí cuenta de que el viejito era prácticamente sordo. Su audífono era más protagónico que su cara misma; tenía unos pocos pelos en la cabeza, bigote blanco y era pequeño, encorvadito, temblequeaba al caminar. Como poco tendría ochenta años; le subió el volumen a su aparato a ver si podía llegar a entender si tuve fiebre o no. “Vamos a auscultar”, dijo, pero aunque hubiera tenido un cocodrilo comiéndome los bronquios, él no se hubiera enterado. Se sacó el audífono para tratar de escucharme mejor, pero al volvérselo a colocar en la oreja empezo a hacer ruidos agudos, acoples por el volumen tan alto. Antes a G. le pasaba lo mismo en el cine, en el silencio sepulcral de una película, y uno siente tal bochorno; siente que todo el mundo lo mira, que todos están reprobando el ruido pero el sordo no se entera y permanece inocente frente al agravio. Este doctor era igual.

    “Cuando viejo, uno se descompone”, dijo. “Hace cuatro años también me caí y me rompí la cadera”. Sin embargo, este hombre se levantaba todas las mañanas con una misión que cumplir. No se aferraba a las caderas rotas, se aferraba a su función y se resistía totalmente a abandonarla. Cuando pasamos la primera vez lo vimos ahí, tan viejito y solo, leyendo el diario. “Pero hoy no le va tan mal”, me dije a mí misma para sacarme eso otro sentimiento rasposo que me tosía desde el alma. “El primer paciente que vimos, después yo, el otro que espera afuera… son $ 150”, trataba de animarme mientras salía. El día estaba soleado pero hubiera preferido que no.

  • Un flash de Guanajuato, Café Dadá

    El reflejo blanquecino que entra de la plaza me hacía parpadear, como siempre. Aunque medio perdida por el contraluz, alcancé a darme cuenta de que la mujer sentada a un par de mesas de distancia era la misma del otro día. Su aspecto es un tanto enfermizo: pálida, con la piel apergaminada y flaca; sin embargo tiene una vitalidad envidiable. A mí me encanta; es una de esas viejas que me sacan un poco el miedo a llegar a ser una anciana bruja sin nada de sex appeal, ni siquiera retórico. Ella da la impresión de traer siempre alguna maldad en la mente; fuma ahí, sola, sentada mientras observa al mundo, y se le escapa como una sonrisita comprensiva entre pitada y pitada. Me pareció que me estaba mirando directamente, y esos arsenales de experiencia de la vida me traspasaban como si yo no fuera más que una radiografía.

    Me levanté de mi mesa para saludarla; al hacerlo, no sé por qué, tuve mayor conciencia de nuestra diferencia de edad. La mujer me agregaba juventud; podía sentirme una muchachita soñadora e inmadura, con mi vestido rosa fuerte y mi buena cara al mundo. Pero no lo lograba del todo porque todavía sentía encima sus ojos de zorro.

    Le dije: -Hola, Anne…¿Cómo estás?

    Usé una sonrisa franca, enorme, distendida: trataba de recuperar a la muchachita a pesar del zorro. Ella me saludó con la cabeza; esa vez que estuvimos en la misma mesa me enteré por casualidad que era de Irlanda. A Guanajuato lo eligió en un mapa: éste, un lugar céntrico de México para terminar mis días. Anne…ella se dice Ana…

    Me dijo: -No va a llover hoy, por fin. Está soleado otra vez.

    Yo le contesté que sí. El contraluz me seguía molestando. Y por decir algo, agregué luego: -Me gustan los días como hoy: me dan ánimos.

    En el momento en que dije “me dan ánimos”, noté que los ojos de zorro se aflojaron dejando lugar a una mirada cansada y azul oscura, una mirada de hechiceros celtas exiliados, una mirada de lágrimas en pausa, algo, de tristeza fumada a solas en un cuarto. Fue como un soplido que me contó sin palabras de sus escalones depresivos. Sentí su alivio; estaba muy de acuerdo conmigo, más que de acuerdo. Estos días dan ánimos porque estar animado sencillamente no va con la naturaleza de la vida.