“Cruel en el cartel”.
Es duro ver su rostro transformado por la edad, la magia a punto de quedar
domesticada, tener que mirar a través para poder encontrarlo. Lo malo es que
igual lo encuentro, tarde o temprano, escondido en el cartel.
18.
Condenada al cisne
blanco. Qué bien. No, ya no: el cisne blanco termina asfixiando con sus espejos
inmaculados. Es el cisne negro, el exiliado, el que está mucho más cerca de la
vida. “Yo no quiero reincidir en mi inocencia: yo quiero el placer de volverla
a perder”, masculla Fitzgerald, malhumorado, en un rincón. Y entonces llega,
fulminante, la mala noticia: la vida tarde o temprano tendrá que destruir, ser
egoísta, usar dolientes canales de parto para poder abrirse paso. Cisnes negros
que irrumpen. Distintas formas de condena.
19.
“Alto. Hasta aquí
llegaste”. El tobillo me lo advirtió: “Estás tropezando con la misma piedra y
no han pasado ni dos meses”. Luego el médico mencionó la posibilidad de una
fractura, pero no le creí. “Estoy magnificando, no debe ser para tanto”, me
dije.
Todavía me duele.
Son mal negocio las
fracturas. Uno no avanza, no puede caminar libre.
20.
Los encuentros eran
breves. No importa. Breves como el café ristretto;
como el café ristretto,
intensos. Lo caliente, lo fuerte, lo
escaso: todo eso es bendición en el reino del café, opinaba el abuelo que
alguna vez fue casi mío. Lo más importante es que no sea amargo, acoto yo. He
decidido que no quiero nada amargo.
21.
Aquellas noches de
interminables parpadeos hipnóticos, sola en aquella casa tan sola. Una casa
embrujada o, mejor dicho, con invisibles cicatrices de violencia que únicamente
yo percibía. El ruido del aire acondicionado. Ir a la cocina a servirme más
café y sentir el escalofrío por la
espalda. En la isla de edición, los monitores siempre titilando.
Ya de madrugada, la
sirena de policía, algún escándalo, el golpe de un travesti o rufián que era empujado
contra la puerta de la casa. Los hombres que alguna vez editaron conmigo en
aquellos horarios, tan sórdidos e inusuales, pasaron mucho más miedo que yo.
Por suerte, la casa tenía
rejas (algunas rejas protegen). Yo llamaba al taxi y esperaba adentro hasta el
último minuto: no quería arriesgar a la casa esa, me sentía responsable. Ponía
la alarma y cerraba la puerta.
La vida circundante de
Maldonado y Yaro.
22.
Suben los globos
morados, naranjas, rojos. Aplauden al futuro viajero: es el primer viaje en
avión que recordará más adelante. Él calla, y sin embargo observa todo muy
atento. Quién sabe qué pasará por su cabeza.
Yo me fui a su edad
también, pero mi pasaje era solo de ida.
Vuelve a casa con un gran
globo naranja que, con los días, se termina desinflando.
23.
Prescindir de la
lógica gladiador: mejor Sun Tzu. Esquivar el golpe gladiador: mejor fluir.
Renunciar a las caricias gladiador: mejor la ermita. Aguantar la ira gladiador:
mejor la estrategia a largo plazo.
24.
Las nubes tapan el sol
de golpe, sí. Pero no quiere decir que se hayan formado en ese mismo momento.
Caminas de noche y aparecen unos planchas choborras. Crees que te dicen algo; si los ignoras, se arma…¿Y si no hablaron? #pequeñascomplicacionesdeunsordo
Te tomás un taxi y a mitad del camino el chofer quiere corroborar la dirección con mampara de por medio…#pequeñascomplicacionesdeunsordo
Dijo Job: Desnudo salí del vientre de mi madre/ y desnudo volveré a él./
El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, / bendito sea el nombre del Señor.
(Job 1, 21)
1. “Ya salí”, decía el SMS.
Estoy agotado, pero como un león me persigues.
Caminé, errática. Caminé y seguí llorando por lo que presentía. Pasé por el costado del Hospital Italiano; sus muros embrujados de asilo y hiedra acrecentaban mi angustia.
Él, que descubre fallas en sus mismos ángeles.
Sí, era en el Obelisco, seguramente. Lo que pasa es que no pudimos entendernos. El ruido. Los motores. La furia tácita.
Entonces lo vi aparecer. La cara lo decía todo.
Mis ojos se cierran de pena
no soy más que la sombra de mí mismo
2. Caminamos abrazados por Bulevar Artigas sin hablar. Él lloró casi para adentro hasta el Pereyra Rossell. Yo lloré, brutal y desconsolada, hasta la puerta de casa.
¿Qué es el hombre para que te fijes tanto en él
y pongas en él tu mirada,
para que lo vigiles cada mañana
y lo pongas a prueba a cada instante?
Le pregunto, o simplemente pregunto, por qué no me habré quedado sorda yo en vez de que él tenga que atravesar esto por segunda vez. Me responde que no diga tonterías. Que él tiene muchos más recursos internos para soportarlo. Y es cierto. No tengo más remedio que aceptarlo, que aceptar todo. Lo que entiendo y lo que no.
¡Ah, si supiera dónde vive, iría hasta su casa!
Expondría ante él mi caso y le diría todos mis argumentos.
Por lo menos conocería su respuesta
y trataría de comprender lo que él dijera.
Pero ese fue mi único amague de increparle algo a Dios. Siempre tengo presente a Job, el justo, y todo lo que le pasó sin merecerlo (¿Quién lo “merece”? ¡Como si las pruebas y los sufrimientos fueran expresión de un castigo! Esa maldita mentalidad judeocristiana azuzándonos desde el inconsciente occidental). La respuesta de Dios, cuando finalmente se decide a romper su silencio, es imbatible. Entonces ¿para qué repetir la misma historia, emprender a ciegas ese terrible viaje de huérfana, si ya tengo un mito que me sirve como mapa?
¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?
¡Habla, si es que sabes tanto!
Tiene razón. Y Job lo reconoce. Y yo lo reconozco junto con Job. Hablé una vez… no volveré a hacerlo; dos veces… no añadiré nada. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí.
Dicen que las últimas palabras de Ludwig van Beethoven fueron Ich werde im Himmel hören! “¡Oiré en el Cielo!”.
Vaya uno a saber.
Como nota al margen y no tanto, se sigue sosteniendo que, más/menos un día, el 17 de abril siempre será el día aciago de mi calendario.
La pantalla muestra una danza de colores vivos. Cadenciosos deslizamientos al compás de la música. Tonos que se funden uno con otro formando figuras azarosas. Hipnótico, por momentos. Esas manchas de colores me recordaron su segunda tomografía, tiempo después de conectado el implante coclear: en la inmensidad del espacio sideral del cerebro de un sordo -espacio negro y rotundamente silencioso- que mostraba la primera, previa a la operación, aparecieron luego en la otra tomografía milagrosas zonas de colores, territorios recuperados, neuronas que se habían reactivado luego de más de diez años. Lo recuerdo ahora -quince años después- mientras miro el caleidoscopio del reproductor Winamp; lo único que él trata es de volver a percibir algo, cualquier señal. En pocos días, la música se ha convertido en la perspectiva de una más que limitada aventura visual.
Claro, habrá que agradecerle entonces a los efectos gráficos del reproductor Winamp, con sus rítmicos rastros multicolores que se asemejan, quizás, a la memoria del eco de algo así como una lejana melodía resbaladiza, inasible. Pero todo sería mucho más fácil si se tratara nada más que –nada menos que- de la renuncia a la música. Mucho más fácil.
Hace unos minutos me pidió que me fuera mientras intentaba conectar el procesador por primera vez desde la cirugía. Brevemente, iba a ser. Con permiso del doctor, el imán bien lejos de la herida. Solo para ver qué pasaba. “No será lo mismo que antes, habrá que volver a calibrar, por ahora todo es incierto”. Eso y mucho más había dicho el médico. Pero sería solo para ver qué pasaba.
Desde la cocina lo vi respirar hondo y cubrirse la cara con las manos.
En el principio era el Verbo, había dicho Dios. Pero nunca aclaró si el Verbo incluía sonido.
Dios es experto en cruces.
Ahora lo único que se iba abriendo paso entre aquellas recuperadas neuronas coloridas, vestigios de un milagro, era el grito agudo de un ave negra y horrenda cayendo en picada. No el esperable caos sonoro del principio. Era un ruido lacerante, inordenado, inordenable.
Pero un rato después de sacar el cansado rostro de entre las manos, se levanta y prende la pantalla bailarina, las mariposas cromáticas, los estallidos de rosados, verdes y amarillos que acompañan la música. Busca, busca, busca algún faro sonoro en el medio del naufragio. Sigue intentando. Y mañana y pasado mañana y la semana que viene y la otra. Hasta que pueda calibrarse. Y luego seguirá intentando.
Yo me quedo en el sillón de atrás, mirando hipnotizada esa misma pantalla.
La tristeza me ha hecho hoy el día irreparable, agrietado, tripas de cañerías rotas. Óxidos. Humedad corrosiva en el alma. Día inútil, si no fuera por las voces de niños, por el ruido de alguien que ordena un ropero en el cuarto de al lado: parece que afuera todavía hay futuro, que la vida aún está viviendo. Y eso es grande. El traumatólogo me advirtió que la fractura me dolería durante los días húmedos (lo que en Montevideo equivale a decir “siempre” y “para siempre”), pero nadie me habló de estas las otras humedades. O quizás Tales de Mileto lo hiciera al comienzo del periplo: el agua es el principio de todas las cosas, todos los alimentos son húmedos, todas las simientes lo son. Ah, la humedad elemental, las fracturas en los tobillos invisibles. No sólo soy mala compañía: soy mi peor compañia también. Yo y el frío, la Antártida golpeándome la puerta, queriendo derribarla como un intruso. El último recurso de los guantes rojos (sin dedos) para arrimarme al teclado. Erratas de frío. De no tener, tampoco, nada más que decir, o no poder mantener la pisada porque todo se me pierde en la humedad: el pie se hunde en el lodo hasta la pantorrilla, como en el imaginario incierto de México Tenochtitlán. Difícil caminar así, llegar a alguna parte si la tierra se sostiene sobre el agua; si lejos de ser sólida, se nos descubre fango. Anoche (luego de larguísimas horas de insomnio) soñé que descubría varios derrumbes en mi casa, techos perforados por ladrones que preparaban su inevitable invasión. El miedo tan conocido a no ser viable, a no poder con la carga de la vida misma. Hay atletas sin piernas que en este momento organizan colectas para poder comprarse una silla de ruedas que les permita subir la marca internacional. Con hijos chicos a cargo: lo leí hoy en el diario. Héroes, gente que se merece todo, que se lo gana. Qué vergüenza. Quisiera postrarme a los inexistentes pies de Eduardo Dutra, pedirle que ponga su mano fuerte como un roble sobre mi cabeza y me bendiga. Lisiada puedo ser yo: jamás lo será él. En mi patio, gélido hasta la parálisis, la leña no da abasto nomás porque le falla el fuego interno. Maldigo la claraboya indómita. Como si uno fuera a vivir para siempre. Qué desperdicio las humedades, el frío.
El otro sábado salimos los tres a caminar para disfrutar de una hermosísima tarde soleada de otoño a las puertas del invierno por venir. La incomparable bendición llegaba, además, de la mano de cierto tiempo libre: mejor era difícil. Anduvimos por las inmediaciones del lago del Parque Rodó mientras cruzábamos en un alevoso rumbo a la rambla, que lucía deslumbrante y serenísima. Montevideo tiene lo suyo, especialmente para quienes por edad o temperamento se sintonizan fácil con el canal contemplativo. Felices los habitantes de esta ciudad, sobre todo cuando Apolo pasa por alto tanto la geografía casi polar como las estaciones mismas y nos termina regalando sus rayos, tibios y dorados, en ejercicio de su siempre santísima voluntad. Por eso, por toda la rambla y el parque podíamos ver familias, parejas, caminantes solitarios que aprovechaban la tregua.
Cerca del lago, pasamos por un estanque bastante turbio, lleno de lotos y camalotes, en cuyo borde se aprecia una estatua que representa al dios de los mares, Poseidón.
‒Este Poseidón está de mucho mejor ver que aquel Neptuno flacucho de Querétaro… ‒comenté yo. G. hasta se había olvidado de aquella estatua tan famélica y sin garbo, que más que al (supuestamente) majestuoso dios de los océanos parecía representar a algún perdido soberano de los charquitos. Nos reímos. –Ahí, frente a la Embajada Americana, hay una estatua muy linda de Atenea. Buen lugar para ubicarla –dije.
G. entonces le sacó una foto a Poseidón y seguimos en soleado periplo mitológico rumbo a la deidad de los ojos de lechuza. Astor, mientras tanto, iba pateando penales por todas partes.
Caminamos por la rambla del Parque Rodó hasta llegar frente a la estatua de Atenea. La diosa se veía impresionante, con su porte bélico, su mirada decidida y su cuerpo fuerte, coronada la cabeza por un yelmo (cual debe ser, de acuerdo al arquetipo guerrero e inconmovible que encarna). Por detrás, la bandera de Estados Unidos flameaba al viento desde su imponente fortaleza consular; su embajada está enclavada frente a la rambla, seguramente por la previsión de tener una vía de salida (o escape) al mar. O de llegada, quién sabe: uno podría pensar que para ellos lo importante es conservar siempre la capacidad de autodeterminarse, incluso frente al gobierno del país que los aloja.
También es, por cierto, uno de los puntos más bellos de la ciudad, especialmente en un día soleado de otoño.
-‒Esta estatua sí que es linda –dijo G., y empezó a sacarle fotos. Salvo de espaldas, no hay otra forma de fotografiarla que con la embajada como marco. Tampoco la perspectiva fue inocente, desde luego, pero ‒la aclaración, si no sale sobrando, entonces debería dar miedo‒ la realidad y la arquitectura y las casualidades semánticas están todas allí, a la vista, para que uno pueda hacer las composiciones que se le antoje con ellas.
La escultura tenía dedicatoria y el relieve de un perfil, elementos en los que nunca había reparado pues siempre había visto de lejos a esta Atenea. Por esa fuerza simbólica y arquetípica con que suele sacudirme, la mitología griega es una de mis debilidades confesas: se me hace un prodigioso hilo de Ariadna para la vida misma, incluso en sus versiones más cotidianas. No negaré que me siento más cómoda cerca de Poseidón y de Atenea que de Ie Manjá o de Confucio, quienes también posan en el mismo parque. Me acerqué para leer la información y ver quién había sido el artífice de la diosa de bronce, tan certeramente enclavada como salvaguarda del país más poderoso del mundo. Una especie de Can Cerbero de acero gélido, una soldada fiera pero impávida, una estratega certera y cerebral. Ahí recordé que en uno de los ejercicios de mi taller virtual, el de creatividad y mundo simbólico, le pido a los participantes que organicen una Manzana de la Discordia de nuestros tiempos, con diosas encarnadas en figuras públicas más o menos contemporáneas. Resulta que Condoleeza Rice ha sido ‒por lejos‒ la símil Atenea más registrada.
Habíamos terminado con las fotos ‒además de que Astor quería jugar a la pelota, tomar un helado, ir al baño, llamar a su primo y varias cosas más al mismo tiempo‒ y ya nos aprestábamos a irnos cuando uno de los vigilantes de la embajada nos llamó desde su casilla. Sin moverse del lugar; solo agitaba la mano como para que nos acercáramos. Yo miré para atrás y no vi a nadie más; «¿es a nosotros?», le hice señas, y él asintió.
Esas situaciones con policías, guardias, soldados, vigilantes, porteros, no sé: cualquier uniformado con cierta credencial de autoridad, de control selectivo para franquear o negar el paso, y ni hablar de cuando complementan el outfit con algún arma, toca una fibra sensible en aquellos que llevamos una dictadura militar en el inconsciente personal y colectivo. Quizás en este país se haya terminado hace como un cuarto de siglo, pero falta que un vigilante cualquiera aposentado a las puertas de una embajada lo llame a uno, para comprobar que (al menos por unos instantes) caemos en el mismo angustioso loop del que una vez salimos, o creímos haber salido. A G. no le causó ninguna gracia; de hecho, le hizo señas al guardia para que viniera él, que era el interesado en comunicarse. Pero el tipo nos mostraba su aparato de radio y seguía gesticulando. Al final nos acercamos; Astor percibía nuestra tensión y preguntó algo, pero ni le contestamos. Yo ya podía imaginar en qué derivaría todo, pero no quería creerlo.
‒¿Qué pasa, oficial? ‒dijo G. con cara de pocos amigos, mirando hacia abajo desde su metro noventa. El hombre estaba sentado contestando por radio; al final dejó de hablar y nos dijo que tenía que avisarnos, antes que nada, que en un rato iban a poner un cordón policial rodeando el edificio. Que él no podía dejar su puesto, su casilla, para ir a decirnos. Pero que además ‒ahí como que se disculpó con nosotros antes de seguir‒ desde la embajada le avisaban que no podíamos tomar fotografías.
‒¿Qué qué? ‒dijo la rabia acicateada por el loop de las dictaduras añejas. Miramos instintivamente hacia el enorme edificio, con la clara sensación de que eran ellos en realidad los que nos estaban mirando (o incluso fotografiando) a nosotros tres, al tiempo que seguían dándole instrucciones por radio al pobre gendarme de la casilla. El edificio se veía sólido, impenetrable; ninguna fotografía hubiera revelado más que su tosco concreto, su aburridísima falta de color, su formato estándar (de seguro algún modelo prediseñado y a prueba de todo, que además posiblemente sea el mismo para todas las embajadas de Estados Unidos sobre la faz de la tierra). Pero nosotros, esa ‒en apariencia‒ inofensiva familia paseando en una soleada tarde de sábado, bien podíamos tener vínculos con el Talibán o ser parte de una red internacional de espionaje. Muy sospechoso nuestro comportamiento. Sobre todo el niño: el niño está puesto allí para distraer, pero vaya uno a saber qué explosivo podría llegar a cargar esa pelota.
‒¡Si están paranoicos, por algo será! Si yo estuviera adentro del edificio, tendrían derecho a decirme que no puedo tomar fotografías‒explotó G. ‒Estamos sacando fotos de la estatua, de una obra de arte pública que está en la rambla de mi ciudad. Si no les parece, cambien la embajada de lugar… ¡o constrúyanle muros de diez metros para que nadie los pueda ver! ‒exploté yo. ‒Mamá, papá… ¿qué pasa? ‒susurró Astor, al ver que seguíamos argumentando, furiosos, una suerte de tácito Yankees, go home-o-por-lo-menos-dense-cuenta-de-que-están -en-nuestro-país. El vigilante suspiraba y hacía la cuenta mental de cuántas horas le faltarían para regresar a su casa y tirarse frente al televisor.
Finalmente, nos fuimos de allí echando humo por las orejas. En el fondo, el loop activado agradecía la misericordia de que no nos hubieran requisado la cámara o tomado huellas digitales. Pero no podíamos dejar de sentir el acero gélido de los ojos de Atenea que, a medida que nos alejábamos, seguían observando desde adentro de la embajada cada uno de nuestros movimientos.
Otra vez en el lago del Parque Rodó, nos encontramos con todo un espectáculo montado: escenario, luces, micrófonos, gente. Era un festival por la legalización de la marihuana, lleno de jóvenes alivianados (con ex hipillos más veteranos) a quienes lo único que les interesaba era la música que vendría a continuación y pasársela lo mejor posible.
Por supuesto que a ninguno se le dio por acercarse a la dichosa embajada, que quedó acordonada prudentemente para contener a las hordas de aquel sospechoso festival. Es que el mundo es un lugar muy peligroso, lleno de enemigos que te atacan porque sí. Por eso la embajada de Estados Unidos en Montevideo tiene los hierros de Atenea como emblema: ¿quién podría meterse con semejante diosa? En cambio, los jóvenes de la música, la fumata y el loveandpeace del festival, esos parecían preferir nadar en las aguas de la creatividad y el inconsciente de Poseidón. Aguas que también pueden volverse las de la ira, cuando se pasan de la raya con él.
Hasta ahora, siempre había odiado los videojuegos. Debe ser por la natural resistencia a los cambios de conducta que siempre trae aparejada la tecnología, esa constante revolución imparable. Por ejemplo, decir(se) que uno nunca irá como un autista, escribiendo SMS mientras camina por la calle, y al tiempo quebrarse un tobillo por no haber visto el pozo. Aunque en mi caso, no es que no me diera cuenta del atractivo mismo de los videojuegos: como buena adicta a la virtualidad en todas sus formas (internet y su abanico de modelos, simuladores, avatares, robots con gestos humanos o que contestan inteligentemente los chats, Second Life, redes sociales e incluso el cine, y hasta la narrativa de ficción), no me era difícil imaginar qué es lo que encuentran los fanáticos de los videojuegos en sus universos laberínticos y vistosos. Sin embargo, me parecía reprobable, peligroso: en internet, uno es proactivo, interactivo, hiperactivo -decía- y aquí sólo consumen su tiempo en un entretenimiento estéril. ¡Mueran los videojuegos!
Quizás en el fondo todo partía de un secreto encono, ya que las veces que jugaba con el Nintendo de mi hermano no entendía hacia dónde tenía que ir Donkey Kong ni por qué debía juntar las bananitas; en cambio, una vez perdida, terminaba explorando fascinantes escenarios, islas maravillosas, castillos con misterio, totalmente olvidada de los objetivos del juego. Con el tiempo, claro, ese afán aventurero se me iba volviendo aburrido.
Hace una semana, Astor cumplió cinco años y le regalamos un Play Station 2, para su gran felicidad y algarabía. Yo no estaba tan convencida con esa inutilidad del juego por el juego mismo, que es muy ponderable y enriquecedora pero en contextos más abiertos, menos solitarios. Es decir, no virtuales. La imagen de esos niños obsesionados, que no sacan ni los ojos ni la mente de la pantalla, y cuyos deditos presionan botones en el aire mientras van en el ómnibus o hasta dormidos -cual pianista virtuoso que no pierde tiempo sin continuar con su tan necesaria práctica- eso me ponía los pelos de punta. Hay un término japonés, hikikomori (que más que palabra es un nuevo concepto) para los adolescentes que se encierran en su cuarto con cable, videojuegos e internet durante años, sin bañarse ni hablar con nadie. La imagen del consumo que no da nada a cambio. Seres pasivos que demandan, chupan, devoran, esperan todo de afuera como si fueran lactantes, sin mover un dedo para incidir en el mundo. Contemporáneos lotófagos, una de las tentaciones del héroe durante su odisea. Antítesis histórica de la revoltosa e idealista generación de jóvenes de los 60´s. Junkies que creen en las promesas del dealer, de ese sistema que al fin ha encontrado la fórmula para desarticular las funciones naturales y saludables de la juventud de cada época: cuestionar, revisar, criticar despiadadamente a las generaciones precedentes, moverles el piso, sacudir, volver(nos) a lo auténtico y, aunque sea un lugar común, luchar por un mundo mejor (en principio, mundo en 3D). Pero hoy en día, los padres debemos agradecer tener un hikikomori plantado en casa o una anoréxica bobita que quiere ser modelo a toda costa, en vez de un hijo con las neuronas hechas puré por la pasta base. Como sea, todas son formas -más destructivas unas, más entumecedoras otras- de distraer a los jóvenes de sus perturbadoras cualidades revolucionarias, que no tienen por qué venir necesariamente junto a las armas ni enfocarse siquiera en lo político: basta con sacudir los paradigmas existentes, con recordarnos que las cosas se pueden ver de otras maneras. Con plantarse frente al mundo y decir: “Esto no es suficiente, queremos más y mejor”.
Por supuesto, con el paso del tiempo y habiendo conseguido ciertos “logros” en el mundo, esa juventud envejece y, sin siquiera darse cuenta, se echa para atrás en sus reivindicaciones, se adapta, se olvida. Pero el efecto ya está hecho, y siempre vendrá el recambio, la nueva juventud, el nuevo dedo índice implacable, el nuevo modelo, el nuevo ejemplo.
Bah: eso es lo que había sido hasta ahora, hasta esta ingeniosa maniobra del establishment, que ha logrado desarticular a los adolescentes dándoles placer cerebral en adictivas dosis. Con padres, para colmos, criados por aquellos que vieron desfilar en T-shirts de moda al Che Guevara o que no pudieron evitar que el movimiento hippie se convirtiera en una interesante tendencia comercial, algo “in”, en su momento. Padres que, por supuesto, no creían en límites ni autoridades, en jerarquías ni prohibiciones (por lo que sus hijos no tienen ahora la menor idea de qué hacer como padres), pero afirmar que sacarle un cuchillo de las manos a un niño es atentar contra su libertad es una posición filosófica bastante rebuscada. A estos adolescentes lotófagos, a estos jóvenes de veinte (¡y de treinta!) que no estudian ni trabajan (…ni se lavan la ropa ni se hacen la comida ni estiran su cama y, menos que menos, hacen algo por el resto de la humanidad) hay que mandarlos a cortar caña de azúcar o su equivalente regional.
Lo sé. Hablo ya por boca de los viejos del mundo frente a las juventudes que los sustituyen, con ese rechazo e incomprensión que caracterizan el ping pong generacional. Pero acá mi temor es, precisamente, perder el sano papel del terremoto juvenil, y perderlo para siempre. Que no me diga alguien que drogarse, estar conectado permanentemente a mundos virtuales e inutilizarse para incidir en el entorno físico es una nueva forma de rebeldía: a mí me lo vendieron como “evasión” y “alienación”. Salirse de todo y lavarse las manos tiene consecuencias, como bien podría atestiguar Poncio Pilates. Votar en blanco lo hace a uno sentirse inmaculado por no haber sido cómplice de la porquería que es la democracia fuera del ámbito teórico, pero -hasta en los casos en que esto se convierte en un movimiento representativo de una fracción dada- la democracia no se desarticula e incluso los resultados pueden ser aún más dramáticos. Votar en blanco sólo se justifica en el marco de una tiranía, en una verdadera imposibilidad de acción y de opinión. No salir a la calle, a la vida, a las confrontaciones y encuentros del mundo, es adoptar el voto en blanco por default, no estar, no involucrarse. Creo que el poder en todas sus formas -léase “gobiernos”, “monopolios comerciales”, “mafias”, “ideologías oficiales”, etc- se beneficia enormemente de esta postura existencial de las últimas décadas, más notoria e incluso alarmante entre los jóvenes, pero no privativa de ellos.
¿Por qué, entonces, regalarle el ansiado Play Station a un niño, si a la postre estas cosas resultan tan nefastas? Porque, sin que implique una aceptación pasiva, tenemos que lidiar con lo que hay. Prefiero que Astor forme parte de su tiempo y de su generación, con límites y elementos críticos, a tenerlo en la búrbuja de “lo que debería ser”. Que pueda comunicarse con sus pares en su idioma, interactuar; prefiero entender de qué se trata antes que satanizarlo sin conocerlo. Y que lo use en cierto porcentaje de su vida, que adquiera las destrezas que necesite y satisfaga plenamente su interés, pero hasta donde le marquemos los padres. Sin despeñarse por ese tobogán sin retorno del aislamiento, del consumismo glotón, de quedarse únicamente con la respuesta a lo planteado sin ser capaz de generar nuevas preguntas. No quiero negar la nueva realidad sino darle herramientas -las torpes, ingenuas e improvisadas herramientas que se me ocurren- para manejarla. Aquello de que “en casa no vemos TV” sólo sirvió para crear niños más versados en la materia que el suplemento Teleguía.
Y ahora que empecé a jugar con Astor de vez en cuando al Star War Lego, por ejemplo, he descubierto algunas cosas interesantes. Resulta que darle de espadazos a un malo para desbaratarlo en monedas y corazones que nos sumen puntos es de lo más placentero, sobre todo para los papafritas a los que nos cuesta plantearnos objetivos personales que puedan afectar a terceros, y menos que menos si hubiera que competir y dejarlos tirados por el camino. Yo diría que el asunto es terapéutico, incluso. Otro entrenamiento muy atendible es la perseverancia frente a las dificultades, la tolerancia a la frustración: insistir, insistir hasta que lo logremos, hasta que el saltito no termine en caída al precipicio, hasta que la secuencia correcta del encendido de las lucecitas nos permita pasar a un nuevo nivel.
También hay que desarrollar cierta plasticidad estratégica en cuanto al uso de las fórmulas que nos dan resultado: si hay que saltar, es mejor convertirse en el “caballito”, pero si queremos abrir puertas no hay como R2-D2. Ninguno de ellos tiene armas, así que frente a los androides enemigos hay que elegir a Obi Wan Kenobi o el Yoda. Hay otro personaje que se rodea de una burbuja energética, que bien sirve para bloquear ataques enemigos y avanzar, pero -como toda estrategia netamente defensiva- no para vencerlos. La reina Amidala dispara un arma de fuego, que no tiene la elegancia vistosa de las míticas espadas embuídas del “Use the Force, Luke“, pero permite acceder a otros espacios tirando al blanco. Elegir el personaje correcto para lidiar con cada dificultad específica parece ser más eficaz que arremeter una y otra vez con un plan rígido y predeterminado.
Pero el entrenamiento más valioso que vengo encontrando en los videojuegos es que uno nunca sabe, en realidad, por dónde debe ir para llegar a la meta, ni tampoco sabe de antemano qué deberá hacer para lograrlo. Y, salvo que un aguafiestas crónico o emisario divino nos estropee el viaje, en eso se parecen endemoniadamente a la vida: no hay otra que lanzarse de lleno para llegar a entender de qué se trata y qué carajos tenemos que hacer. Supongo que sí, que hay una reina que liberar o una raza que salvar detrás de todo el asunto.
Ahora pienso distinto que antes del cumpleaños: los videojuegos aportan habilidades, sirven para la vida, son un simulador interesante, una dramatización de conflictos y actitudes frente al conflicto que pueden ir mejorando. Por ejemplo, descubrí que cuando se arman los cocolazos, el zafarrancho de una guerra con naves que disparan desde arriba y enemigos que atacan desde abajo, Astor se va, disimulado, por los bordes de la acción y -hasta diría, “diplomáticamente”- trata de mantenerse vivo, mientras es el otro jugador el que golpea y ataca (y que precisaría de su miedosa ayuda). Ahora le digo que se meta en el borbollón y pelee. Seguro que tarde o temprano, por más derrotas que sufra, esa afirmación personal lo apoyará también para pelear por lo suyo en lo que le toque enfrentar fuera de la consola, y no intimidarse tanto frente a otros que vengan tirando bombas y granadas. Ya eso valdría cada peso invertido en el Play Station. El asunto es usar los videojuegos para la vida, pero no que sean un sustituto de la vida y sus desafíos. Que no serán tan espectaculares como son los de los guerreros, las reinas y los alienígenas, pero también son heroicos, al fin y al cabo.
Claro que, sin duda, permitir la creciente virtualidad de nuestros tiempos poniendo límites es mucho más incómodo y conflictivo que permitirla a demanda del consumidor (que, al igual que con las drogas, es una demanda cada vez mayor) o simplemente prohibirla. Astor juega un rato martes, jueves y fines de semana: espera ansioso el momento. Confieso que a veces lo acompaño, a él le encanta. Me sumerjo en la ficción, como lo hago cuando leo, pero en esto tengo que poner un despertador -uno real, que haga “ring”- para asegurarme de poder salir yo misma del embrujo. Y entonces, una vez afuera, poder sacarlo también a él.
Feliz Cumpleaños ASTOR… 5 añotes!!!! on 12seconds.tv Los tíos Mopri y Lorena, locatarios, tres tíos abuelos viajeros, un padrino residente en Houston, todos desde Monterrey, México. Viva internet!
Sobre los últimos días del año terminé a las 2.30 am -una de mis tantas noches de insomnio, habituales últimamente- de ver Batman, el caballero de la nocheen DVD. El título en inglés es mucho más atinado, The Dark Knight, pues lo acerca a la idea de la Sombra junguiana, que es lo que la película trabaja en pleno (además de que knight no puede confundirse con gentleman, como en español). Es dolorosamente pesimista y tiene muchos niveles simbólicos, algo que no esperaba de una película que, según yo, sería de vil entretenimiento y cuando mucho de fascinación por el arquetipo del Héroe y el mundo siempre pujante de los comics. Me costó entrar en materia, en el ambiente de la película, por algunas desprolijidades lógicas al principio e incluso de continuidad, pero la zona dramática de los personajes centrales y el conflicto entre Batman y el Guasón -y de cada uno consigo mismo- es muy buena. El pobre Heath Ledger, QEPD, hace una excelente composición (que, por otra parte, sin duda le debe mucho al director, figura que siempre suele hacer el invisible trabajo del ama de casa: se nota sólo cuando no se hace bien, de lo contrario ni existe y los actores suelen llevarse todo el mérito, como buenas estrellas). Es increíble que el tipo muriera antes de terminarla, como si la carga sombría y despiadada (tanto como la vida) de encarnar al Guasón hubiera sido demasiado.
Me resultó muy perturbadora e incluso triste su final. Si antes era sensible, ahora que tengo a Astor puedo ser aniquilada emocionalmente por una imagen o la perspectiva de hallarme frente a la crueldad irracional algún día. Otra vez la misma frase: los dragones se escapan de las mazmorras -es evidente que la palabra mazmorra quiere decir mucho más que celda, cárcel, prisión, simplemente en su sonido encierra cerrojos, goznes, hierro- y temo dormir por miedo a bajar la guardia, a ser devorada finalmente por la noche. Las cicatrices que continúan hacia arriba las naturales comisuras de los labios (sonrisa que nunca podrá ser), la mitad de la cara calcinada irreversiblemente en una dualidad horrenda, el hombre con la bolsa de arpillera en la cabeza, las máscaras de payaso, el chivo expiatorio que carga sobre sí las penas del mundo, el héroe atrapado en responsabilidades que ya no quiere a causa de la corrupción del mundo, el villano que está tan herido que necesita lastimar, y de paso mofarse del dolor ajeno… uf…
You either die a hero or you live long enough to see yourself become the villain.
Es una buena patada a nuestro mundo maniqueo, judeocristiano, de sombras excluídas en vez de ser integradas. Por cierto -no sé si será intencional en el casting-, creo que es la primera vez que veo a Gary Oldman del bando de los buenos: ni siquiera lo reconocí hasta que lo leí en los créditos. ¿Se habrá reblandecido con la edad?
¡No me conteste nadie, por favor, o me arruinará los falsos bríos del nuevo año!
No soporto más ver la laxitud de mi blog, que fue hermosamente catalogado por Artemio Lupin como “melancolía y creatividad montevideana” en sus Artemio Lupin Awards a los diez mejores blogs de 2007 (hoy me enteré, no sé quién es esta persona, solo que vive en Chile y que es muy elegante según su foto de perfil). Pero justo hoy no tengo nada que decir.
O quizás sí, quizás tendría demasiado y el embudo no me alcanza. Son las 2:22 a.m. La noche está quieta allá afuera. Hay un brasilero macumbero en la televisión exorcizando demonios, y yo quisiera exorcizar los míos. Pero el embudo no me alcanza.
Igual, más vale poner algo aquí que me dé la impresión de que escribo.
Iba a poner solo la primera frase, pero la frase continuó por su cuenta…
El sábado hará cuatro años que murió Levrero. Astor tenía 15 días de nacido y estaba en mis brazos; por algún motivo, quizás propio de esos ángeles custodios que se compadecen en estos casos, esa mañana se me ocurrió llevarlo conmigo cuando bajé mi correo. Nunca lo había hecho. Y justo fue ese día, aquel momento congelado en que inocentemente abrí el mensaje de Chl, un correo con el subject “Re:” a alguna boludez mía de tiempo atrás. Me acuerdo que me dispuse a leer con agrado algun juego nuestro. Pero no, decía algo como “Esta mañana a las 9.35 hrs falleció Mario. No sufrió y estuvo rodeado de amigos y sus mujeres. Quería que lo supieras, ahora no puedo escribir”. En algún lado lo tengo guardado. Creo que fue la única vez en mi vida que la conciencia del duelo, de la muerte, de la pérdida y la separación me fulminó en el mismo momento en que me enteraba, y me puse a llorar inconsolablemente con aquel diminuto Astor en los brazos, que de algún modo me cuidó hasta que me encontró Guzmán. Cuando murió mi tío Pocho, cuando murió Ana, José Manuel, Manolo, incluso el Darno, me quedé paralizada hasta que pude aflojar. Pero con Levrero me atravesó el rayo. Sabía que nunca, nunca jamás lo volvería a ver, a oír, nunca más recibiría una mísera línea desde alvartot (y hasta la fecha, de vez en cuando, mando un correo solo para comprobar que rebota) ni podría preguntarle qué hacer con mi vida, la escritura, los talleres. Nunca me reiría tanto; nunca nos diríamos las verdades con alguien de ese modo, frontalmente, sin que se tambaleara un ápice nuestro cariño; nunca nadie –nunca más– me entendería del todo. El universo quedó desolado, yermo, lleno de árboles de otoño con los troncos carcomidos. Fue devastador. Chl fue ella misma otro ángel guardian para mí, y siempre le agradecí ese gesto de recordarme en el medio del temporal, de no dejarme librada a los siete mil kilómetros que me separaban de lo irreparable. Me hubiera enterado después y hubiera sido espantoso, traicionero, injusto. Al menos pude ir a inscribir a mi hijo al Registro Civil al mismo tiempo en que en Montevideo lo enterraban. Muerte y vida, ni modo. Era la letra chica del contrato.
Por eso, y aunque suene ridículo, lloré en la escena de Kung Fu Panda en la que el Maestro Tortuga se va a No Se Sabe Dónde, feliz, envuelto en pétalos de rosa, y le pasa el bastón al pobre maestrito comadreja (o lo que fuera ese bicho). Y el atribulado maestrito Shifu (bah, era un gran maestro, pero es que el otro era sobrenatural!) le ruega que no, que no se vaya, que no está preparado para la tarea. Pero al Maestro Tortuga no se le mueve un pelo, porque él está listo y lo único que quiere es la libertad, así que se desvanece entre las rosas con una sonrisa beatífica, como esas sonrisas raras que se nos aparecen en los sueños llenos de paz. Entonces Shifu se queda ahí parado, en medio de la noche, a las 2:58 a.m., con el bastón en la mano y preguntándose si acaso podrá con la tarea sin su Maestro.
Y claro que puede, la película lo demuestra: ¡entrena a Po, el panda protagónico, cultor de Mc Donald o su equivalente chino, gordito feliz, incapaz de tocarse la punta de los pies! Aunque que fuera tan negado era solo una apariencia, porque al final el maestrito Shifu resultó todo un estratega y logró motivarlo con lo que más le gustaba (la comida, en este caso). Nadie se convierte en un guerrero si no tiene madera. Y –ya sé que es una película– al final Po logró derrotar al malvado Tai Lung.
Sabemos, sin embargo, que todo eso es bastante poco probable. Porque en la vida real, nadie se preocupa del obeso panda Po ni del maestrito Shifu y mucho menos del Maestro Tortuga (en la web de Kung Fu Panda ni siquiera figura). Al mundo solo le interesan los Cinco Furiosos.
Como sea, yo lloré. Y también estaba Astor, en la butaca de al lado, con las piernitas colgando.
Levrero se murió por cabezón, o quizás porque amaba más el aroma de las rosas que el peso de los bastones. Y no pongo foto de Kung Fu Panda porque no quiero sufrir una demanda de Dreamworks.
Mi guerrero murió y no hubo manera de despegar sus pétalos enfermos o de vaciar sus mejillas.
Cada vez que como una sombra me acercaba a sus filosos dientes de aguaviva, mi guerrero ya pálido y dormido se acomodaba acaso más profundo en la negrísima roca del principio.
Mi guerrero murió y entonces fue velado por un coro fugaz de linternitas. Más tarde floreció aunque algo triste en el pretil mordaz de una campana.
Al pasar yo le dejé mi aliento como un recuerdo plagado de violetas. Fue todo en vano.
Los insectos persiguieron su sonido con astucia y de él no quedó más que un yelmo oxidado.
(Escribí esto hace diez años, dispuesta a enterrar para siempre mi pretensión de guerrero, de ser alguien que se planta frente al mundo y lucha para lograr sus objetivos, sus sueños, que trae un mensaje de otras tierras, que no teme ser quien es. Mi guerrero estaba muerto y hasta epitafio le hice: no había negociación posible. Pero al poco tiempo, en la Feria de Piedras Blancas, un medalloncito me llamó la atención; lo levanté pensando que era Dante Aliguieri… ¡cuál no sería mi sorpresa al constatar que se trataba de Juana de Arco! Ahí entendí: quizás yo no podía ser un guerrero porque tenía que ser una guerrera. Ese medallón conmemorativo de su beatificación me acompañó muchos, muchos años…)