Etiqueta: historia personal

  • Autorretrato

    Autorretrato

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    Sísmica. Plutónica. Lábil lapidaria. Fluctuante como la meteorología. Contundente. De sangre italiana. De enconos matutinos.

    Obsesiva. Capaz de detectar una errata a los dos segundos de que la vista hace foco. Desconfiada pero salgo herida por mi ingenuidad. Paranoica pero vibro en comunión con los desconocidos. Brutalmente franca pero me engaño a mí misma. Narcisista negativa. Club de Groucho Marx. Síndrome de Estocolmo.

    “O te transformas o te destruyo”, dice el leitmotiv de mis planetas. Y yo, por supuesto, siempre me transformo. Porque, además de la sombría pulsión autodestructiva, llevo también en mí una luminosa pulsión de supervivencia. “Sólo lo que es realmente uno mismo tiene el poder de sanar.”[1] Sí, genero pieles nuevas de las pieles muertas. Soy una Ave Fénix nata.

    Lo había olvidado: contradictoria. “Do I contradict myself? Very well, I contradict myself. (I am large, I contain multitudes)”[2]. Extremista. Desconforme. Demasiado compasiva con el dolor ajeno. Empática. (Enfática). Burlada constantemente por el obstáculo saturnino, aunque siempre termino saliendo a flote. Lo haré hasta que me hunda. “Me hundiré con mis banderas flameando”[3].

    Casandra de mí misma. Casi vidente arropada sin remedio por súbitas intuiciones que a menudo desoigo. Toda una responsabilidad, oír, ver. Terrorista del autoconocimiento. Kamikaze del conocimiento ajeno. Puedo mirar a los demás hasta los huesos. Un poder peligroso. Necia. Devota de Prometeo Encadenado.

    Nadie le halla explicación, pero descompongo las máquinas cuando estoy alterada. En los trámites, sufro todas las excepciones, nefastas coincidencias, atrasos y errores posibles. Tampoco nadie le halla explicación. Ahora maduré: aprendí a hacerlos con tiempo en vez de quejarme. A otros todo les sale fácil: a mí no. Pobre de mí. Es injusto. Blablabla. Pero igual no me cambio por nadie.

    Quiero escribir. Escribo. Esa es la clave de mí misma. Me saboteo. Quiero escribir hasta que muera.

    Amo a dos países por distintas razones. Bígama. Ahora maduré: aprendí que es cosa mía, que no tengo que comprobar nada, tomar o dejar nacionalidades ni rendirle cuentas a nadie. Es cierto que en un partido de futbol el corazón se me va con Uruguay. Pero no es menos cierto que, si me emborracho, canto rancheras y no tangos.

    (Qué buena cosa, la madurez.)

    Tengo un hijo. Eso es milagroso. Desde niña dejé bien claro que nunca sería madre. No jugaba a las muñecas y jamás lo haría.

    También al padre de mi hijo le dejé bien claro que nunca sería madre. Pero lo fui. Bendito Astor: el “sí para siempre” (bendito padre de mi hijo). Como dije antes, soy contradictoria. Gracias a Dios, gracias al Diablo.

    Y quiero escribir. Escribo. Esa es la clave de mí misma. Me saboteo. Voy a escribir hasta que muera.




    [1] Cita de C.G. Jung

    [2] Cita de Walt Whitman

    [3] Última entrada en el diario de Virginia Woolf


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  • Ruedas (2012)

    Los rayos metálicos de la enorme rueda que tengo enfrente se me aparecen como un mandala inesperado. Si uno se concentrara en la forma nada más, en la simétrica disposición de sus varillas, su perfección en tonos grises -si lo despojara de contenido, digamos-, las sillas de ruedas perderían sus temibles connotaciones. Claro que eso es, como mínimo, prácticamente imposible.

    No sillas de ruedas, entonces. Pensaré en ruedas de bicicletas mientras esperamos. Es casi lo mismo. Será mejor. Me acuerdo de los veranos en Parque del Plata, en casa de mis tíos. Andábamos todo el día en bici; las caídas y desplomes nos arrastraban directo sobre el pedregullo de sus callecitas bordeadas por laureles, pinocha y campanillas azules. Mi tía Teresa se desolló las rodillas; yo no podía dejar de mirar, con morbo y simultáneo horror, aquella carne levantada sobre la que puntos amarillentos, como semillitas de tomate, se entreveraban con el rojo de las lastimaduras.

    Aquel verano mi padre también se cayó andando en bicicleta. Le tuvieron que dar una dolorosa inyección en la herida del dedo gordo del pie. “Es por el tétanos”, decían. Y a mí siempre me dolía mucho más la perspectiva de que mi padre estuviera en peligro que todas las derrapadas que pudieran depararme a mí aquellas traidoras ruedas con pedales. Sentía un dolor sordo en el corazón y en la boca del estómago. Un vértigo de orfandad, como si mi padre no pudiera fallar jamás y la amenaza de que algo pudiera ocurrirle fuera una retorcida posibilidad contra natura. Como si su caída por tierra sobre aquel pedregullo de Parque del Plata dejara al descubierto no solo piel y carne, sino algún tipo de falibilidad humana que, por aquel entonces, no quería ni siquiera rozar con el pensamiento. Estar desprotegido. Ser vulnerable. Ser débil.

    Así que fracaso total. Da la impresión de que mi conveniente huída hacia las bicicletas -con sus idílicos veranos de infancia y el cine de la enana y los clubes secretos y correr jugando a que éramos ciervos- no lograron salvarme de esta emoción gris que me generan las sillas de ruedas, visibles o invisibles. Bien merecido. Debí inclinarme ante el hecho de que las cosas son circulares, finalmente. Meros mandalas. Algunos benditos, otros tóxicos, la mayoría hipnóticos, algunos incluso irremediables. Como una redonda condena.

  • No te olvides del pago

    El silencio del campo no tiene nada de silencioso. Quizás, sí, haya cierto silencio humano: uno puede estar un poco más solo, apartarse, salir de las palabras. Tampoco hay —por fortuna— mayor ruido de motores y máquinas (salvo lo que dure una tarea determinada) ni mucho menos publicidad, el desesperante sonsonete de ese no contabilizado círculo del infierno. Pero el silencio de todos esos sonidos citadinos, su anulación, no implica un silencio verdadero, un silencio de claustro, de espacio sideral, de sordo confinado al aislamiento dentro de sí. Hoy, por ejemplo, me senté en una hamaca medio escondida en un rinconcito natural protegido por árboles y detecté nada menos que quince sonidos diferentes en un corto rato. Para ser silencio, se parece demasiado a un despliegue sinfónico.

    Me gusta ese silencio a voces, me gusta dejarlo entrar. Quedarme callada. Envuelta por el silbido del viento en sus distintos tonos, los mil códigos percutidos de los pájaros, algún grito abriéndose paso entre el galope o el tropel de vacas cuando son arreadas, el portón metálico de los galpones que reverberan, los goznes oxidados de la puerta de entrada, las persianas de madera que crujen al moverse. Esa clase de estar callada debe ser lo más parecido a la paz que conozco, y me viene de muy lejos —de la infancia— aunque me olvide a cada rato. Por la noche, en las ciudades cualquier ruido me sobresalta; necesito poner música, la tele o un ventilador para neutralizarlos; los autos y las motos me enloquecen, los altoparlantes, las fiestas de los vecinos, pero también la mera posibilidad de que el teléfono llegue a sonar mientras estoy dormida o que alguien me toque el timbre: eso ya es suficiente para tensionar mi sueño. Antes de que naciera Astor, solía dormir con tapones de oídos; los sigo llevando cada vez que paso la noche fuera de mi casa, incluso en lugares supuestamente silenciosos como un balneario fuera de temporada. Si hay otra persona durmiendo en el mismo cuarto, el sonido de su respiración y de sus movimientos en la cama serán suficientes para mantenerme en guardia, para no poderme entregar. Ni hablar de los lugares hacinados, sin espacio propio, como los autobuses durante recorridos largos o los aviones. Mis fieles Foam Ear Plugs naranja flúo ponen una prudente distancia de treinta decibeles con el resto del mundo.

    En la estancia se escuchan notorios sonidos durante la noche, es verdad; sin embargo, por lo general no solo no me quitan el sueño sino que hasta me arrullan, me hacen dormir profundo y cobijada. Me gusta despertarme en la madrugada y escuchar un rato el sonido del viento moviendo las ramas de los árboles, algún ave nocturna que embruja desde el monte, el molino chirriando con su condena de grilletes como si se quejara, quizás un desgarrado mugido de espectro en pena o el relincho que protesta por la libertad perdida: nada me hace sentir más segura. Este fue el lugar donde se concentró cada verano la poca felicidad que tuve en mi niñez. Es decir, fue el lugar de mi felicidad a manos llenas. A pesar de los ataques de asma, de que muy rara vez vinieran mis padres —recuerdo solo un viaje, o mejor dicho vi dos o tres fotos en que aparecemos—, de que no había luz eléctrica y el agua se sacaba del aljibe; a pesar de las lastimaduras, de las piernas desnudas contra los cardos, de quedar ampollada por las argollas del estribo, de tener que tocar las hojas espinosas de los zapallos que ayudábamos a recoger; a pesar de aquellas siestas que debíamos fingir en absoluto silencio cuando en verdad queríamos seguir corriendo al aire libre, cabalgando, mirándolo todo; a pesar de los peligros, como tener que atravesar el corral del padrillo, o los cascos de los caballos si se estaba obligado a pasar por detrás, o caerse al galope —peor si los pies quedaban trabados en los estribos— o el riesgo mismo de que se desbocara el caballo, o agarrar tétanos por una lastimadura, o ahogarse en el turbio baño de las ovejas, o ser mordido en el chiquero, o raptado por el insondable aljibe en el que dejábamos caer nuestros mensajes y cantos para disfrutar el misterioso retorno; a pesar, también, de los galguitos que nos regalaban pero luego había que sacrificar, los patitos que morían de frío, las gallinas que corrían sin cabeza durante unos segundos luego de ser decapitadas —y que más tarde veíamos convenientemente desplumadas para la cena—, los lagartos que los peones sacaban por la cola desde las profundidades de las cañerías y usaban para asustarnos. Sí, este era sin duda el lugar de la felicidad a manos llenas: nada me entusiasmaba más que estar aquí. Me hubiera venido a vivir a esta estancia, lejos de todo lo demás, como una oveja guacha adoptada por un ama de casa solitaria; aquí solo importaba lo que tenía que importar, aquí yo estaba en paz y me sentía valiosa. El campo infinito, verdísimo hasta el horizonte, “suave pradera ondulada”; los anaranjados atardeceres rabiosos en que le soltábamos las riendas a los caballos porque ellos conocían mejor que nosotros el camino de vuelta para las casas y nos habíamos alejado demasiado; el trabajo rural que mi tío Raúl nos había convencido que hacíamos para él —en realidad era al revés: el que trabajaba duro para nosotros era aquel tío de paciencia infinita, ensillando montones de caballos y cargando con tantos niños mientras llevaba y traía ganado rumbo a remotos potreros, lo marcaba en la yerra, curaba ovejas, castraba vacas metiéndoles el brazo hasta el codo para cortar, nos subía al tractor o nos hacía juntar sorgo en costales o cosechar sandías, todas sus tareas cotidianas con el lastre de esos sobrinos al costado—, como si nos precisara en verdad para ayudarlo, algo que seguramente nos subía la autoestima. Pero entre tanto, nuestra relación con la naturaleza, sus tiranías, su hermosura extraña, se iba consolidando imperceptiblemente; el equilibrio entre la contemplación y la acción, sin que se sintieran como bandos contrapuestos, alternativas excluyentes; el inclinarse ante los ciclos, ante las cosas tal cual son, nos guste o no (supuestamente, esta es una característica de la biología femenina que incluso las mujeres hemos desestimado, sumidas la mayoría en la neurosis contemporánea de no poder aceptar lo que es y lo que se es): el viento cuando hay viento, el sol cuando lo hay, el bendito capricho de la lluvia cuando es copiosa, el exacto tiempo de arar, sembrar, cosechar, y no cuando se quiere, planea o decide. Sin ni siquiera plantearse intentar —por lo infructuoso a sabiendas— que se desvíe, a fuerza de timón, aquello que es más grande que uno, más fuerte y lleno de destellos numinosos. En realidad, solo en las ciudades se puede insistir en ser necio, solo allí trazar caminos en sitios imposibles, vivir de noche, dormir de día, perderse totalmente de vista.

    A mí siempre me pareció que el vínculo con Artemisa, mi diosa dominante en la juventud, era meramente psicológico: no podía encontrar —para nada, porque aborrezco hasta la playa— ninguna relación personal con la naturaleza, los animales, la actividad física. Ese aspecto no me cerraba; sin embargo, en todo lo demás era tan evidente el carbon copy que lo tomaba como una variante urbana e intelectual del arquetipo (quizás influenciada por la presencia fuerte de otras diosas “independientes”, como Atenea). Pero ahora me doy cuenta de que la verdadera Artemisa siempre estuvo, solo que vivió exclusivamente durante mi infancia; luego quedó limitada al vínculo con los hombres y a la insistencia en la soledad, en la autosuficiencia. Amaba esos caballos, amaba galopar, conocer las mañas y temperamentos de cada uno, sus miedos, sus costumbres; amaba estar en San Martín del Yí, lejos de todo. Que no me importara ensuciarme los championes de barro y de bosta, rasparme, pincharme. Me gustaba observar y tratar de entender el comportamiento de las vacas, de los toros; respetaba a los potros con sus crines sin recortar, sus músculos fuertes pintados con reflejos grises, rosados, violetas; decretaba, además —durante el tiempo que me quedaba aquí— una tregua con los galgos y otros perros: nos ignorábamos, pero tampoco les tenía miedo, como en la ciudad. Con morbo y excitación imaginaba lo grave que sería encontrarme cara a cara con cierto jabalí que anduvo rondando una temporada; siempre estaba atenta por las serpientes cuando no llevaba botas, renegaba de las comadrejas aun sin haberlas visto nunca. Y no sentía piedad alguna por las mulitas cuando eran perseguidas en cacería y se trataban de esconder entre las piedras (quizás porque jamás las vi arrodillarse, como dicen). Artemisa era protectora y cazadora, estaba a gusto en el entorno natural, podía entenderse con los animales, disfrutar de la libertad de atravesar los campos mojándose con el sudor de su caballo favorito —la Colorada, el Ipiranga, según la época—, y luego desensillarlo, mojarle su noble lomo para aliviarle el calor. El mundo tenía reglas, aventuras, peligros. En verano el sol aquí era rajante, porque todo se trataba del lado luminoso de la vida; algunas veces llovía y también estaba bien ese respiro: nos quedábamos adentro, jugábamos a las cartas o leíamos. Y luego la noche, el bálsamo de la oscuridad absoluta —sin carteles de neón, sin luces de calle—, con sus brumas sobrenaturales llenas de misterio y de faroles a mantilla; de frascos con luciérnagas, de caminantes que albergar o rueda en la cocina de los peones. A veces guitarreadas en el mataburros para no despertar a nadie: Unos muchos y otros nada/ y eso no es casualidad/ Si el maíz crece desparejo/ alguna razón habrá (aprendí hace mucho en la estancia, tiempo antes de la Dictadura). Dormíamos cansados. Mi tía Cristina, otra heroína que aceptaba gustosa ocuparse de tantos sobrinos, seguramente caía rendida también luego de picar como quince platos de milanesas y de bañarnos cada noche. Un único cuarto de baño, frío y a farol. Nosotros no nos enterábamos de esas cosas por las que nunca pagamos en ningún sentido: eran sacrificios que dábamos por sentados. Pero resplandecíamos.

    Una vez me tocó ver domar los potros. Ahora mis primos trabajan con doma racional, como se llama, pero antes era una lucha salvaje que imponía un profundo respeto. Tanto por el caballo como por el jinete, igual que la lidia de toros. Recuerdo ser una niña bastante chica y observar admirada —hasta con cierta vergüenza por la desconcertante atracción que sentía— a uno de los peones que domaba ferozmente a un potro grisáceo; parecía que el caballo no estaba dispuesto a entregarse así, tan fácil, que estaba luchando por su integridad. El muchacho era muy joven; no me acuerdo de su nombre, pero lo tratábamos bastante en esa época. Andaba sin camisa a pleno sol, la piel tostada, la espalda musculosa de quien le exige al cuerpo cada día. Sé que estuve alguna vez charlando sola con él en el monte de atrás de la cocina y que algo en mi interior me dijo que escapara de allí, sin más. Se sabía que no se podía ir cerca del cuarto de los peones —las razones eran un misterio: quizás se tratara nada más que de no perturbarles la siesta, pero lo cierto es que la zona tenía un interdicto—; del monte, en cambio, nadie había hablado jamás. Mi turbada contemplación del centauro buscando dominar su lado animal, civilizándolo a golpes de rebenque y espuelas clavadas, solo contribuyó a advertirme que aquel misterio probablemente correría en la misma dirección.

    Hasta en eso era ya toda una pequeña Artemisa. Es curioso que nunca me haya dado cuenta.

    Ahora sería incapaz de andar a caballo —me refiero a andar de verdad, salir lejos al campo por mis propios medios, abrir y cerrar las porteras, estar segura de que puedo dominarlo y que no se va a mofar de mí—; había olvidado, incluso, que siempre se sube por el lado izquierdo. Pero aún me gusta acariciarlos, mirarlos a los ojos, con esa humana bondad que guardan. Antes, desde el momento que veía el primer caballo en la ruta el corazón me empezaba a latir como loco: significaba que nos íbamos aproximando a la estancia más y más. La noche anterior a que el camión de mi tío pasara a buscarme por Rivera y Jackson simplemente no podía dormir; miraba en la oscuridad mi ropa doblada, mi enterito azul oscuro, mi buzo rojo, y eso solo podía significar que cada minuto que pasara me acercaría más a la felicidad. Las enormes piedras grises en los costados del río Yí, los termos con Vascolet, el mate de los grandes; al mediodía, don Isidro y su matamoscas, rezongando; los coquitos de butiá desparramados por el suelo.

    Sería francamente imposible el Artemisa reloaded (algo que, por otro lado, hasta me alivia). Pero, al reconocerla en mí de niña, al menos deja de ser un alma en pena, como parecen serlo las vacas que mugen en los montes.

    Anoche, todos los perros ladraban enloquecidos a la medianoche. Daba miedo. Luego se escuchó un grito agudo, el gemido de algún animal herido que se alejaba derrotado entre las sombras. A mi lado, Astor dormía profundamente, a pesar de las guerras de la naturaleza al pie de nuestra ventana. Y yo también fui cayendo en el sueño, poco a poco. Sin siquiera darme cuenta.

  • Astor hace cuentos

    En aquella tele diminuta, blanco y negro (como todas las de la época), veía cada tarde al Lagarto Juancho cuando volvía del Jardín de Infantes y me tomaba una enorme mamadera de café con leche, culpable cual alcohólico recaído. También a Leoncio el León y Tristón. Pero además me colaba, cuando podía, a mirar películas de grandes, de esas que uno no entiende del todo cuando es niño, pero cuyas imágenes pueden ser tan fuertes como para que las recordemos con nitidez varias décadas más tarde. Por ejemplo, aquella mujer que era torturada en el potro del tormento medieval, sus axilas tensas; durante mucho tiempo, cavilé acerca del significado de algo tan horrendo e incomprensible como la tortura. Era un pensamiento que me daba miedo por sí mismo, como si fuera capaz de invocar oscuras desgracias (desgracias como la Dictadura, quizás). En otra de mis furtivas películas, El circo de los horrores, una mujer bastante bonita se empecinaba en hacerse una cirugía estética para quedar aún más bella, y cuando al fin le quitaban las vendas resultaba que algo había salido mal: se había convertido en un verdadero monstruo. Creo que esa película no la pasaron en la farándula argentina; si no, uno no se explica.

    Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de estas películas robadas al mundo adulto es Ana de los milagros, la historia de Helen Keller. A los seis o siete años, concebir siquiera que alguien pudiera ser sordo y ciego a la vez me costó horrores: para probar, entraba a esa silenciosa oscuridad interna y no encontraba nada, o me encontraba a mí solamente, la soledad más honda. Y que se tratara de una niña me impresionaba más todavía, por más que fuera una historia de superación de las adversidades y la discapacidad, en cierto modo. Puras pamplinas. La niña estaba ciega y sorda: era imposible que algo o alguien la sacara de allí.

    Por eso aún tengo grabada en la memoria la imagen del momento en que, al mojarse las manos, Helen Keller empieza a hablar, a tocar y a reconocer cada cosa: “Agua…”, dice, con la mirada perdida. Ana, la institutriz, salta de felicidad frente a su antes poco probable milagro. Estoy segura de que entendí algo mal: el asunto es imposible. Como sea, siempre me quedó grabada esa imagen súbita de reconocimiento de algo que antes era inaccesible, de cabos que se atan, de gigantescos pasos que se dan. Eso fue lo primero que me vino a la mente cuando este enero pasado, inesperadamente, Astor empezó a escribir. No entiendo cómo lo hizo, ya que nadie le enseñó; las letras aprendidas, su observación, vaya uno a saber qué pasó, pero se lanzó a leer y a escribir (es un decir) de un saque, en plenas vacaciones. Siempre me creí muy precoz porque leía a los tres y escribía a los cuatro; la diferencia es que yo pedí que me enseñaran. La escritura era, para mí, un misterio que me atraía como un remolino, pero me parecía una injusticia que mis garabatos no fueran interpretados correctamente por los demás, cuando en realidad yo agarraba el lapiz y lo sacudía igualito que ellos. Por eso me embarqué en incorporar el código; mi madre tuvo paciencia. Y justamente, por ese debut temprano, me cuidé siempre de no presionar a Astor en lo más mínimo con el tema; yo le decía que había tiempo, que le iban a enseñar en Primaria. Él tomó sus propias determinaciones, evidentemente.

    El asunto es que, no contento con la enorme producción de dibujos que tiene -es su forma de lidiar con el estrés-, ahora “hace cuentos”, dice él. Ininteligibles. Y los vende; su primera aspiración fueron ocho dólares, pero el mercado le dejó claro que, por ahora, sus cuentos y dibujos valen cinco pesos. Me alegra que trate de lograr que lo remuneren por su creatividad: no está de más ponerle pies en la tierra a las voladuras, tomando en cuenta los antecedentes genéticos en la materia. Tardé como cuarenta años en animarme a hacer lo que él, tan fresco, pretende hacer ahora, a los cinco. Lo bueno es que también sigue regalando su arte.

    Lo que más me maravilló del asunto es que -luego del segundo episodio Helen Keller, hace unos días, cuando empezó a crear sus “historias”- el tipo insistiera en que yo tenía que escribirle un cartel para que, a la mañana siguiente, él pudiera recordar que ahora hacía cuentos. “Escribí en un papel: Astor hace cuentos”, me decía, preocupado. “Porque si no cuando me despierte ya no me voy a acordar de que los sé hacer…”. “Pero… ¿cómo no te vas a acordar, Astor?”. “No. Tengo que tener un cartelito pegado en mi puerta”, dijo, muy seguro, y en vistas de mi poca receptividad a su problema, se sentó  y lo escribió él mismo. Fue a pegarlo, pero no quedó convencido.

    “Mejor dos carteles”, dijo. “Porque si se cae uno, está el otro para que igual no me olvide”.

    Estos niños, tan chiquitos, y ya tienen incorporado el concepto del back up, que con tantos sinsabores aprendemos los grandes…

    Me dio mucha ternura ver los dos carteles de “Astor hace cuentos” en la puerta de su dormitorio. Y de repente pensé que, si simplemente cambiara el nombre de Astor por el mío propio, el asunto del recordatorio estaría más que justificado. Y me dieron ganas de hacer lo mismo, de ir por toda la casa pegando carteles para acordarme de mi escritura. Es, precisamente, como si cada mañana olvidara que hago cuentos y tuviera que empezar de nuevo a tocar las cosas, a reconocerlas: “Agua…”

    Un hijo bien llevado, con atención, tomado en serio como depositario de otro tipo de sabiduría, sin duda puede ser un gran maestro.

  • Mis respetos, Señor Presidente…

    Este blog podría considerarse el catálogo de las excusas que ponen la mayoría de los escritores para no cumplir con la misión que saben que tienen: sentarse frente a la hoja de papel, la pantalla, la mente silenciosa; un patético reporte de las tribulaciones que solemos pasar en el permanente lidiar con mareas invisibles que quiere arrastrarnos a nuestras propias corrientes subterráneas, pero a las que hay que resistir para cumplir con las tareas que presionan y mandan desde el mundo real. No puedo imaginar liberación mayor que la locura, que el perder contacto con la realidad tal como la conocemos, y poder al fin bucear en las profundidades, en el pensamiento, en la percepción, en las emociones. Pero ¿qué clase de rastro podríamos dejar, entonces, de dichos mundos? Así que aquí seguimos todavía, como hace tantos años, con un pie en la orilla y otro en el mar, como el amor imposible entre la sirena y el pescador…
    Por necedad, por constancia que se alimenta de pensar en tiempos mejores o vaya uno a saber por qué oscuro optimismo, prefiero -y aunque me enoje conmigo cada vez- escribir algo de vez en cuando que no escribir jamás. Qué tibia resulté, al final de todo, qué del montón, como casi todo adulto de la mediana edad, versión engordada y con un cachorrito a cargo. Lo más increíble es que también descubrí cosas hermosas en este nuevo estado, en este envejecer, civilizarme, saludar a los vecinos (cuando los reconozco), desprenderme al fin de la antes terrorífica corteza de una mujer que no pasaba desapercibida nunca, en esta rara tranquilidad de conocerme, de no estar urgida por sismos y tsunamis a cada rato. Esas catástrofes, pobre gente, suceden muy, pero muy lejos de aquí. 
    Una de los asuntos que más me están gustando de este extraordinario -no por muy advertido deja de ser insólito- proceso de envejecer, de poder mirar para atrás la vida en décadas, es poder ser testigo de argumentos que se redondean. No me refiero solo a temas personales, como podrían ser la historia de amores que duran años y que pasan por capítulos inesperados en espiral, o el proceso para llegar a permitirme conocer a un niño que nunca creí que existiría, o los viajes de ida y de vuelta, con compañeros de ruta y sin ellos, o las casas que se abandonan y que luego se vuelven a habitar. Hablo, sobre todo (y no pasa únicamente por tener una mayor perspectiva o “experiencia de la vida”), del privilegio de ser partícipe a distintas edades de la misma vieja historia, de haber sido parte de las páginas de un libro que en un principio, cuando tenía la edad de Astor más o menos, parecía épico, pero enseguida se volvió trágico, triste; más adelante aquel argumento retomó las esperanzas, para terminar dándose contra la pared en remates de injusticia, decepción en el género humano e impunidad absoluta. Justo ahí creí que la historia se había terminado para siempre: los malos se salieron con la suya y, si querías ver finales felices, nena, mejor hubieras optado por ir a ver cualquier película de Hollywood. Mi amargo balance de juventud. 
    Hoy, toda una middle ager, resulta que aquella historia no había concluído todavía. Ahora descubro que existe la justicia poética. Que estar de pie muchos años después en Dieciocho de Julio (por la que tantas veces marché antes de la Dictadura con mis padres, siendo una niña; luego, en los años previos a la salida, como una jovencita que volvía de México, y estos últimos tiempos, en la defensa de la apuesta que ha venido siendo este gobierno), mirando una escena tan improbable, tan increíblemente curativa que hasta podría ser de ficción, esa experiencia sublime, estética y moral -casi me atrevería a decir mística- bien ha valido todo el recorrido. You´ve come a long way, baby. 
    Ya el 1 de marzo empecé a garabatear para este blog el post que nunca fue ni será. Papeles rayados, ideas que no daban ni remotamente con la medida de lo que había experimentado, versiones y versiones. A pesar de estar con las emociones a flor de piel, aquello era demasiado para rozarlo siquiera. Así que ahora, ya de entrada, renuncio a conseguirlo. Esto es un post cuasi periodístico, pero no podría seguir publicando cualquier otra cosa aquí si lo ignoro, como si jamás hubiera ocurrido. 
    Vi -y no lo soñé- a los militares rendirle honores a un viejo guerrillero que tuvieron de rehén, torturado y prisionero en un aljibe durante toda la Dictadura. No eran los mismos militares, es cierto, pero sabemos de las formalidades y rituales de la institución misma. Los vi cuadrarse frente a su nuevo jefe, ponerse a sus órdenes y bajar la cabeza. Y lo vi a él aceptar las cosas, abrazar la extraña y poética circularidad de la vida. 
    Lloré a mares esa tarde, parada entre la gente rumbo a la Plaza Independencia, mirando todo esto por la mal colocada pantalla gigante.

    Todo era, en sí, muy emocionante, pero no puedo olvidar aquella escena de los militares, esa lección del destino y las humildades impuestas, el escuchar las trompetas mientras un hombre, al costado, le susurraba a su acompañante: “Es como cuando los comunicados de las Fuerzas Conjuntas…”, escudriñar en la mirada de Mujica y no encontrar odio, sentir el poder sanador de la reivindicación histórica (porque no era únicamente con él: el nuevo presidente, el que eligió la gente, era un símbolo, pero nos estaban reivindicando a todos, incluso a los jóvenes, niños y uruguayos por venir, que no tienen idea de lo que pasó ni de lo que en ese momento estaba pasando). Sí, esa escena terminó de cerrar mis propias circularidades. 

    Lleva unas cuatro décadas tener oportunidades como la de hace dos semanas. Dura un instante, es cierto, pero durante ese instante corrí como niña de la mano de mi madre, perseguida por los caballos y los sables frente a la Universidad; durante ese instante tuve miedo de poner algunos discos y que alguien los escuchara y nos denunciara; durante ese instante volvimos a estar escondidos durante la Huelga Bancaria; dejé mi país y lo añoré, idealizado; volví sola porque quería, necesitaba formar parte; durante ese instante lo volví a perder, decepcionada con la salida de la Dictadura y las maniobras de la Izquierda; durante ese instante odié nuevamente vivir aquí, y luego pasó una larguísima Edad Media; logré volver a irme gracias al compañero que no me dejaría olvidar este país, como me pasó otras veces; durante ese mismo instante los dos miramos por CNN, azorados, el triunfo del Frente Amplio hace cinco años, con un bebé de pocos meses envuelto en la deshilachada bandera. Y el instante nos trajo de regreso entonces, y creímos en esta apuesta colectiva, y me reencontré con mi país, con su gente, y hoy puedo decir que realmente me siento parte.

    Porque creo en el proyecto, a pesar de todas sus naturales imperfecciones, sus corrupciones humanas, sus miopías, sus manejos interesados: si no, sería mirar la marca de nacimiento en la perfecta espalda de “Belle de Jour”. Y el instante incluyó el miedo de que se perdiera lo avanzado, la intención social de este gobierno, y volviéramos a épocas de cuyo nombre no quiero acordarme. Y terminó en la serena imagen de un hombre con buenas intenciones, un tipo que vive en un jacal, en un sucucho (eso dicen los que saben de inversión inmobiliaria y propiedades lucrativas), un líder que no es político y sin embargo es presidente, un visionario cascarrabias que abrazó voluntariamente la pobreza franciscana, un pícaro viejo que una vez, hace más de diez años, cuando era diputado (todo un escándalo que un Cantinflas así llegara al Parlamento) cerró un debate político preelectoral diciendo: “Si los chanchos votaran, no votarían a Cattivelli”. Y después vi a los militares cuadrarse frente a él, presentarle las armas, “Permiso para iniciar el desfile”, y a él contestar, serenamente: “Sí, señor”. 

    Esos pocos minutos tan emocionantes me costaron mucho, años, desgarros, kilómetros, incluso peleas esta noche, pero valieron la pena. Nunca pensé que podría llegar a decir esto algún día, pero estoy orgullosa de vivir en este país. 
    Mujica habló del país “agro-inteligente”. Lo único que pido es que no tengamos que vérnosla nunca más con aquel país agrio-inteligente. Y no descartemos a Holllywood en todo esto: en esta historia tendría Oliver Stone un seguro hit de taquilla.

    VER PARA CREER:


    Jingle “Vamos Pepe”
    Jingle “A Don José” (intuyo que fue clave en la campaña)

    (cada vez que veo la escena, se me caen las lágrimas otra vez)
  • Pequeñas traiciones

    Cuando veo El libro de los pedacitos mágicos entre los enlaces favoritos de algunos internautas asiduos, me topo con la realidad que trato de obviar: “Actualizado hace 4 semanas”. Maldito letrero. Lo peor es que, en el fondo, bien que lo sé: no es que no me haya dado cuenta. Mil y una vez tuve ganas febriles de contar algo aquí, de compartir trozos de los diarios personales que estoy leyendo. Una caja entera subí del sótano. Son viejos, muy viejos, pero sabios, o por lo menos conscientes de sus procesos. Y uno que conoce los finales de las  historias (de algunas historias: otras están en progreso) se maravilla del privilegio de tener semejantes registros documentales. Es increíble, también, cómo va cambiando en nuestra memoria lo vivido: nos queda una “versión oficial” de los hechos, algo que nos hemos creído a fuerza de repetirlo. Pero cuando uno tiene acceso al momento, a la introspección desde el presente (que hoy es pasado, pero en el diario sigue siendo presente), no siempre coincide con aquello que finalmente hemos aceptado como cierto. La autobiografía es una mariposa cazada en el instante en que vuela; si no, es casi casi una ficción. Ahora que empiezo el taller de historia personal, será bueno tener esto presente.

    El asunto es que no escribo en el blog. Se me deshilachan las experiencias antes de sentarme a tejerlas. Soy una araña mala, un hilo de Ariadna sin madeja.

    Si escribiera cada día, o cada dos días, esto no me pasaría: serían comentarios pequeñitos, pedacititos mágicos o vulgares, no una maraña imposible de ordenar sin brincar de una cosa a otra, como si estuviera navegando en internet. ¡Pero no lo hago!

    En uno de mis diarios, encontré una frase que, en su momento, me hizo llorar de la impresión, cuando la leí por primera vez. Es de Kafka, aparece en uno de sus diarios o sus cartas:

    Un escritor que no escriba es, de hecho, un monstruo
    merodeando la locura

    Hay infinitos tesoros a recuperar en esos escritos, míos y ajenos. Lo único que tengo que hacer es un poco de arqueología, que la hago -a veces me quedo leyendo hasta las cuatro de la madrugada tomos de 15, 20, 25 años atrás, pacientemente borroneados con mi característica letra manuscrita-, pero de nada sirve la investigación sin reportes finales, conclusiones, documentos. No queda constancia de esos viajes, ni para mí siquiera. El juego de los tiempos es de ida y vuelta, no puede quedarse solamente en el pasado.

    Astor grita en este momento desde el baño: “¿Hay arañita?”. A menudo lo hace; necesita que esa tranquilizadora y mentirosa voz de su mamá le diga: “No, ya revisé hoy”. Pero no deja de ser curioso que justo ahora me salga con la araña. Yo, la araña que no teje su tela.

    Cuando le dije al terapeuta que lo que realmente me hace bien para descansar, o lo que me hubiera gustado poder hacer también en las vacaciones, es subir al altillo y leer los diarios viejos, pensó que me refería a los periódicos. Como si fuera a tener escondida una maniática hemeroteca con ediciones pasadas de El Día, Jaque, Marcha o quién sabe qué más. Pero mi único tema de arqueología soy yo misma.

  • Memoria siempre, nunca más.

    Anoche me llegó una certeza a modo de rayo (de Zeus, pero también de luz). Da la impresión de que, en mi caso, la memoria se hubiera erigido en una especie de bastión infranqueable que preserva lo que ya no es de la desintegración. Un pacífico espacio de pastos verdes, plaza y arbolitos detrás del muro de los lamentos, una porfiada isla puesta en el mar para atajar a los náufragos, un invisible museo portátil, la puerta secreta al misterioso holograma laberinto. Recordar o, más que recordar -que siempre implicaría una clara conciencia del retorno a lo que ya no es pero proyectado desde el presente-, mantener con vida en forma necia, insuflarle una y otra vez el aliento vital a lo que se fue para siempre, atrapar con una red de mariposas, no dejar ir, sostener lo insostenible. Una memoria casi asilo.

    Los muertos.

    Los amores pasados.

    Las ciudades habitadas.

    Empiezo a entender mejor mi sueño del pajarito de colores. Debí animarme a romper esa burbuja, aunque el pasado saliera volando y lo perdiera de vista para siempre. Los pajaritos de colores no se hicieron para las burbujas: se quedan sin aire y terminan siendo tan sólo tristes pajaritos desfalleciendo hasta la muerte. Pero intentar darles ese aire que precisan es -si acaso sirviera- una empresa agotadora y hasta arriesgada. No es natural convivir con el cadáver embalsamado de un ser querido. Basta recordar a Norman Bates.

    La memoria ha sido mi única militancia, el decálogo de honor de toda una vida. Me precio de ejercer el amor de no olvidar, que en vez de fluir hacia adelante requiere un esfuerzo titánico en sentido contrario, una fuerza opuesta a la newtoniana gravedad, a la inercia, a las órbitas que tironean y a las corrientes marinas. Los muertos, los amores pasados, las ciudades cuyas campanadas ya no escucharemos, los adoquines que no pisaremos más, el cilantro perdido para siempre, el epazote añorado y distante, el copal de las iglesias, el organillero dormido. Es cierto que los grandes capitales de un escritor -al menos como lo entiendo yo- son la introspección, el narcisismo y la memoria, pero todo eso es la arcilla de una obra que vive afuera de nosotros y que, por lo mismo, nos descansa. En cambio, esta otra es una memoria insomne que no puede cerrar los ojos un instante, pues el mudo riesgo de haber perdido un mundo al despertar le corroe el sueño. Lealtades costosas. Hay un necesario verbo en inglés, to move on.

    Quizás mis ayeres estén necesitando la conflictiva piedad de la eutanasia. Porque sacar a Eurídice del mundo de los muertos es, en sí mismo, un despropósito. “No mires atrás”, le dijeron al empecinado, le dicen una y otra vez, pero sigue cayendo en la trampa sin remedio.


    Eso hace sonreír con sorna a la otra cabeza dura. A la quieta, callada mujer de Lot.





  • Trinidades monárquicas condenadas al destierro

    “Estoy segura de que los Reyes murieron, que a mí no me dejarán nada, que ya no existen, que no laten más en mi alma. Pero ¡qué lindo era!”

    El otro día los Reyes Magos pasaron por Atlántida; yo me di a la fuga hacia Montevideo esa misma noche, precisamente. Astor, por ahora, no podrá desilusionarse y resoplar, indignado: “¡Los Reyes Magos son los padres!” porque, la verdad, en este debut que habíamos diferido todo lo posible, el terrorista de la felicidad (como pone Quino en boca del padre de Mafalda) fue únicamente Papá Guzmán. En mi familia política, la gran fiesta de regalos se hace en Nochebuena: ¿habría que, además, gastar otro tanto pocos días después si podíamos hacernos los disimulados? Hasta ahora, a los cuatro años, Astor ni sabía de la existencia (menos aún, de la no existencia) de los Reyes: entre el clásico de Maroñas al que asistíamos religiosamente, el viaje a Panamá el año pasado y el hecho de que en enero no tiene escuelita la habíamos librado con bastante elegancia. ¿Y justo cuando falta tan poco para zafar, cuando falta tan poco para esa charla seria en la que uno tiene que tirar por el piso para siempre la inocencia de su hijo, o, en su defecto, cuando falta tan poco para que lo asalte ese sentimiento de traición al enterarse por ahí de nuestra villanía fraudulenta, justo ahora terminaríamos permitiendo que los Reyes Magos se colaran en su inconsciente y fueran otro motivo de oprobio paterno cuando llegue ese aterrador momento del aterrizaje forzoso en el realismo adulto? Bastante tengo yo al cargar en la conciencia con dos cartitas a Papá Noel, una de las cuales fue despachada en la mismísima oficina de correos: Astor se la entregó a la funcionaria en propia mano, diciéndole: “Al Polo Norte”.

    Pero venía la prima de Atlántida y, si nos quedábamos a dormir aquella noche infausta, los Reyes Magos llegarían con ella. Yo había aceptado, en principio, que unos tales Reyes le mandaran un solo regalo por correo (algún común para él, con los abuelos en Panamá y la madrina en México), de modo de que si algún niño le preguntaba: “¿Qué te dejaron los Reyes?” él supiera a qué diablos se refería (porque, es verdad, debe ser como no saber quién es Ben 10 o Sportacus, qué es Hotwheels o Hi 5). Pero en el último momento, al ver todos los paquetes que planeaban dejarle esos pérfidos Reyes a la prima, nos entusiasmamos y juntamos algunos regalitos debajo de la cama. Debo confesar que se me agitó cierta emoción vieja en el alma. Pero lo que yo no quería es que, con la conveniente instauración de un día más en la cosecha de Astor, viniera toda una mitología de pasto para camellos, agua en baldes, zapatitos, figuras que se mueven en el pesebre, porque era como armar toda una hermosa escenografía teatral, mágica y seductora, para poco después prenderle fuego. Con el Gordo del Norte ya tenemos bastante, ese desubicado total que viste pieles en pleno verano, exhibicionista imposible de obviar si siempre anda de rojo, cultor de la obesidad como imagen de simpatía, advenedizo trepador que se lleva el mérito del gasto ajeno, posible pederasta incluso, un tipo en extremo peligroso. Malaya el día en que deba decirle a Astor la cruel verdad: que nos hemos burlado, en el fondo, de su ingenuidad y su pureza, que hemos disfrutado cada momento de la mentira viendo sus gestos de felicidad al recibir los regalos, que hemos espiado en sus deseos con trucos como cartas o idas a la juguetería para escuchar sus comentarios, que su inocencia fue pasto de fieras, que el mundo en verdad apesta, que es imposible volver al estado de protección de la primera infancia, que a partir de ese momento tendrá que arreglárselas como pueda, que seguramente hay otro montón de estafas y secretos turbios adheridos a la antes inmaculada imagen de sus padres, que debe estar alerta porque es muy probable que haya más trampas tendidas por ahí, amenazas, golpazos, desilusiones. Y lo peor es que sí, las habrá, a manos llenas.

    Ahora, todo esto de los Reyes no es para tomárselo como una Coca Light en verano: es un asunto gravísimo que mueve el mundo simbólico cual bruja frente a su caldero. Bien sé que, aunque me haya escapado, aunque en el fondo no fuera tanto la racionalización del doble presupuesto lo que me preocupaba, sino mi propia negación a aceptar que los Reyes sean los padres (porque si yo lo hago, si yo pongo los regalos en los zapatitos y me hago la dormida, será reconocer del todo y para siempre que los Reyes Magos jamás existieron, que nunca vinieron, que sus manos no tocaron en absoluto aquellos regalos que me llegaban hace tantas décadas, que no están más o, lo que es peor, jamás estuvieron), la relación interna de todos los hijos hacia sus padres se basa claramente en la figura de estos tres arquetipos, pegajosos como la mugre, que, con paciencia, esperaron afuera de nuestra casa hasta que tuvieron la oportunidad de colarse. Al principio, los hijos nos aman, viven cada cosa con toda la ilusión, inmersos en la magia de la bondad de la vida: los Reyes Magos dejan regalos, todo es un oasis de abundancia, las estrellas surcan los cielos y nos guían a destino, el poder, la bondad y la sabiduría van de la mano (los padres, los reyes, los magos, todos candidatos a las tres cualidades simultáneas), la vida es una armónica comunión en la que las risas y los corazones agitados por la emoción son una constante.

    Después viene la adolescencia, tiempo de cambios en la relación con los progenitores: “Me han traicionado, me hicieron creer que los Reyes existían y eran ustedes. ¿Para qué me engañaron con semejante estupidez y me decepcionaron así? Me hubieran evitado todo esto. ¿De qué sirve inventar una magia que no existe? ¿Se creen que soy idiota, que no me iba a dar cuenta tarde o temprano? ¿Por qué lo hicieron? Me mintieron, sólo quisieron lastimarme, molestarme, demostrarme que ustedes me manejan a su antojo, pero no es así, ya lo verán. Y nunca más voy a creerles NADA!!!!”

    Por último, llega la curva de descenso en el enloquecido biorritmo del 6 de enero simbólico: allá por la mediana edad, cuando uno tiene sus propios hijos y sus propios problemas (y, casi siempre, si aún tiene padres, son viejitos), mira con cierta ternura en su memoria la misma exacta escena por la que ahora le toca pasar: la compra de regalos, intercambiar opiniones con la pareja, elegirlos, juntar la plata, esperar el momento de ponerlos en su sitio sin ser descubiertos, acompañar la ilusión del niño, festejar su alegría al otro día, tragarse la angustia propia si lo recibido no era lo que esperaba e inventar un consuelo, todas esas cosas. Y se dice, ya lejos de aquellas rabias egocéntricas: “Pobres viejos, mirá todo lo que tenían que hacer…”

    Cuando yo tenía veinte años y ya me había venido a vivir a Uruguay por primera vez, mis padres estaban organizando sus cosas para irse también de México y, entre los papeles viejos, encontraron una carta mía a los Reyes Magos cuando tenía unos cinco años. El papel estaba decorado con un Mickey a color y guardaba esa inconfundible letra cursiva de niña, temblorosa e insegura, a lapiz, que luego de pedir discretamente algunos regalos terminaba escribiendo: “Por favor, Reyes Magos, no me castiguen”. Sé, por mi madre, que ambos se pusieron a llorar ahí, juntos. Creo que fue un mensaje de mi inconsciente infantil a mis padres, en algún sentido. Pero para desarrollar esta escena y aprovechar su carne hasta el hueso tendría que escribir una novela entera; igual, vaya el flash de blog.

    Mis padres eligieron contarme ellos mismos la verdad antes de que un compañerito de la escuela me la zampara sin anestesia; no querían que me sintiera engañada y es muy respetable. Sólo que, para lograr semejante anticipación, me lo dijeron a los cinco años (ahora que lo pienso, debe haber sido después de recibir semejante carta). Yo negocié, rogué, imploré para que a mi hermanito le dejaran disfrutar esa ilusión aunque fuera un año más, así que se lo dijeron a los seis: a diferencia mía, el Mopri salió ese mismo día y, ni corto ni perezoso, informó del asunto a todos los integrantes de su generación. Pero volviendo a ese día, la hora de la verdad, la muerte irreversible de los Reyes Magos (sin trucos de resurrección, como los de aquel pequeño al que visitaron con incienso, oro y mirra), fue mi papá el que se echó todo el rollo; evidentemente, ellos tenían divididos los temas. A él le tocaba explicar quiénes eran los tupamaros, los comunistas, Pacheco y el Che Guevara, por qué estábamos escondidos durante la huelga bancaria, a qué sectores votaría cada uno (con la salvedad de que no podía decírselo a nadie) y, finalmente, darme el mazazo de los Reyes Magos; a ella solo le tocaban las temáticas sexuales.

    Creo que aquel soleado día en el apartamento de Rivera y Jackson donde vivíamos al principio no entendí demasiado: mi papá, como siempre, habló sobre tantas cosas –todas interesantes pero que en mi infantil mente no tenían la menor relación: la historia desde el Génesis– que cuando llegó al meollo de la confesión y me preguntó si había entendido yo dije que sí, que por supuesto, que estaba clarísimo: al pobre niñito Jesús lo habían engañado, porque los Reyes Magos en realidad no existían. Fueron, en verdad, esos poco escrupulósos de José y María quienes le mintieron y pusieron los regalos en el pesebre. Ahora, lo que era a mí, los Reyes sí me traían los míos en persona, claro!

    Los malentendidos, finalmente, se aclararon, y una sensación de pérdida precoz de la virginidad, de callada humillación aún azorada frente a las inconcebibles realidades de la vida se apoderó de mí. Quedé como un trompo, girando confundida, para nada enojada con mis padres pero sí un poco con la incómoda situación y con la vida misma. Mi madre, más práctica, me espetó: “Si alguna vez tenés cualquier duda, vení a preguntarnos”.

    Se ve que me quedé pensando, porque al otro día la paré y le solté la cáustica pregunta: “¿Los ratones son los padres?”. Ella, con expresión de haber sido agarrada en falta, bajó la vista solo por un instante, para luego mirarme y decirme el temido “sí”.

    Pensaré qué hacer cuando se le empiecen a caer los dientes.

    Por ahora, la única fórmula que he encontrado para tratar de salir con el menor enchastre posible de este escabroso asunto de los Reyes Magos y Papá Noel es explicarle que ellos únicamente le dejan regalitos a los niños, que los grandes nos regalamos cosas entre nosotros. De ese modo, podré aprovechar el odiado día como rito iniciático: “Bueno, Astor, resulta que ahora sos grande, estas personas ya no te van a traer los regalos sino que a partir de ahora te los compraremos tus papás”. En una de esas ni siquiera le tengo que decir que en realidad no existen.

  • El diario íntimo de llavecita dorada (alegato masculinista pro el derecho a la historia personal)

    Yo, como tantas niñas, tuve un diario de cuero color vino, repujado, con una maravillosa llavecita dorada. En mi caso particular, seguí escribiendo toda la vida y necesitando llavecitas doradas a cada paso, seguramente por una gran fragilidad de identidad que se siente amenazada por cosas que a los demás les parecen sólo opiniones ajenas. Yo no, yo necesito esconder una parte de mi alma, de lo contrario corro el riesgo de ser devorada. Lo del color vino fue circunstancial nada más, no creo que haya tenido mayor influencia en mis posteriores hábitos o placeres.

    Ahora bien: ¡pobres hombres! No sé por qué, los adultos casi siempre les regalan estas cosas a las niñas; rara vez a los varones. Con esa exclusión, dan a entender que la introspección es, al final de cuentas, una característica ligada al sexo femenino, quizás incompatible con la tradicional acción del sexo masculino. Resulta que si un hombre no sufrió alguna enfermedad importante durante su infancia, seguro que tuvo pocas oportunidades de parar el mundo y reflexionar sobre sí mismo. Yo abogaría por el derecho universal a la llavecita dorada; es demasiado importante como para que quede sólo en manos de niñas presumidas…

  • Pedacitos mágicos amarillentos desde México

    Tocaron el timbre y ahí estaba mi amiga M. del 4 E del Colegio Madrid, con los mismos ojos celestes de aquella cara joven de ángel botticeliano. Ella: con mole, Maseca y obleas; yo: con Tannat, ricotta con chipotles y empanadas. No nos veíamos desde el año 81 u 82 del siglo pasado (¡gracias, FB, telaraña contemporánea, tan pegajosa y llena de promesas cual hilos invisibles, casa de las arañas que inspiran a los escritores, madeja de redes en este mundo solitario!). Casada con uruguayo: ¿qué haría por aquí, de otra manera, casi en el otro extremo del continente, de Monterrey a Montevideo y viceversa? Madre con carácter, buena cocinera con proyectos, autoadoptada montevideana y mercedina, aquella muchachita tímida que parecía no tener mayor conciencia de su belleza física (había en ella algo demasiado etéreo, quizás aquella energía tan light no llamaba la atención de los hombres tanto como se hubiera merecido)… ¡resulta que se me ha convertido con los años en “La Doña”! Me he divertido al verla tan cambiada, desenvuelta, con el ceño fruncido al hacer aquellos cuentos donde sus chicharrones truenan, y para nada extrañaría encontrar una escopeta o un sopapo bien plantado. Si M. hubiera sido como es hoy, con la madurez de las experiencias y ese conveniente añejado en barrica de roble, seguro hubiéramos sido mucho más amigas en aquel lejanísimo entonces de los dieciseis recién cumplidos. Hoy tenemos, además, la ventaja de haber entrelazados nuestras historias de pareja y de hijos cada una con el país de la otra.

    El shock de la noche vino cuando me entregó un cuaderno forrado con plástico, las hojas a punto de desprenderse y papelitos con amarillentas cintas adhesivas que prescribían cuando eran abiertos. “¿Qué es esto?”, le dije. Ella me aclaró, triunfante ante mi -inusual- falta de memoria: “¡Nuestro chismógrafo!”.

    Fue un experimento conjunto terminado el 1 de febrero de 1980, en el que sometimos a nuestros casi 45 compañeros de clase a contestar una serie de preguntas (elaboradas por nuestra dupla), y con el evidente objetivo de colaborar a que se armara un mejor ambiente en la clase, algo más cálido, con compañerismo. Es interesante cómo todos accedieron de buena gana, aunque a veces se tiraran granadas prendidas. Yo venía de un grupo maravilloso en otro colegio, me costaba llegar a este lugar donde una brecha invisible separaba a “los nuevos”, como yo, de los auténticos, tradicionales, verdaderos miembros del Colegio Madrid, que parecían ir por el mundo con un VeriSign otorgado por el mismísimo Rey Juan Carlos (dicho sea de paso, en aquel entonces el monarca era nuevo y no decía “¿Por qué no te callas?”), aunque fueran de la más pura estirpe republicana. Este colegio había sido la escuela de los niños de refugiados de la República Española en el exilio, cuyo gobierno simbólico se estableció en México; luego, recogería también a muchísimos de los hijos de refugiados del Cono Sur, lo que completó ese extraño clima intelectual y contestatario. Con el tiempo, yo también me convertí en miembro VeriSign de la elite que pertenecía al lugar, miembro de esa especie de secta Alpha-Rho-Sigma-o-Qué-Sé-Yo que es este colegio allá en México; de sus salones y pasillos surgieron montones de figuras públicas destacadas en el cine, TV, música, literatura, investigación et al por aquellas tierras, y la cosa parece funcionar como entre camaradas de la Guerra de Vietnam: primero, uno se reconoce o identifica como Veterano, o sea como miembro del Glorioso Colegio. El proceso se catapulta en este primer reconocimiento entre cofrades a partir de escrutadoras miradas y sonrisas cómplices de “sólo nosotros sabemos lo que eso significa”; después se le pregunta por el batallón, división o similar (es decir, a qué generación pertenece)(nótese que no digo “perteneció”), y acto seguido se prefiere, adopta, contrata o elige a esa persona por encima de casi cualquier otra, aún sin conocerla demasiado (nuestros profesores, por ejemplo, eran casi todos ex-alumnos del Madrid). Es un Rotary Club de la ciencia, arte y cultura mexicana, un tatuaje indeleble, un aleatorio título honoris causa, un dolor de hígado para maridos y esposas que no ostentan el privilegio. Pero para los que estamos adentro -quizás gracias a la elucubración calculadora de chismógrafos en el momento justo, guitarras y canciones en los pasillos cada jueves o similares procedimientos seductores- es maravilloso, pa´que miento! Supongo que todo aquello debe haber cambiado mucho en los últimos tiempos: no sólo me han contado que la orientación del colegio es muy distinta que la de entonces, que era muy crítica y alentadora de lo creativo, sino que en su web ni siquiera se hace mención de su historia (casi 70 años) y sus explícitos orígenes republicanos. Eso debe espantar a los promitentes padres de esta nueva era (bueno, quizás no a todos). Como sea, parece que hubieran barrido todo su pasado revoltoso de un plumazo… “¿El Madrid? ¡Pero…está lleno de drogadictos!”

    Mi amiga se fue casi a las 3 AM (27 ó 28 años no se cuentan en una hora). Yo estuve leyendo cada línea del chismógrafo hasta las 4.30 AM, reconociendo nombres que tenía totalmente borrados en la mente, tratando de figurarme quién era aquel profesor que todos odiaban y llamaban “Ponch”, riéndome sin parar por las ocurrencias ajenas, disfrutando de mi propia coherencia existencial y la de otros amigos (eso sólo se ve con las décadas), añorando a mi amado profesor César Bárzana de física y química a quien todos marcaban como su favorito (un Maestro mismo, capaz de inspirar a cualquiera, que se suicidó a los 32 años justo un tiempo antes de partir con una beca a Canadá: aquella noche se despidió de los padres, se vistió con su mejor traje que seguro contrastaría con su pelo tipo afro alborotado, puso música clásica y se envenenó antes de acostarse a dormir el último sueño). Y seguí leyendo adolescentes respuestas a adolescentes preguntas sobre el conflicto iraní o el candidato Kennedy en Estados Unidos (que ahora no tengo idea de quién es). Y desfilaban y desfilaban personajes, compañeros que últimamente han aparecido con el grupo de Facebook y a quienes creí que no conocía siquiera pero estaban en mi grupo, “mejores amigos” de aquel momento que no puedo recordar del todo. En realidad, mi gran zambullida en la amistad y lo que significó ese colegio vino durante el último año de la Prepa; mis mejores memorias, mis placeres fraternales, mi entusiasmo juvenil son en gran parte de entonces. Pero fue fascinante meterme en este viaje tan extraño de Cuarto Año(para nosotros, primer año de Preparatoria), lleno de polvo, telarañas y túneles oscuros. Por cierto, luego de que M. lo guardó durante 28 años, sentí que el chismógrafo empezaba a desintegrarse con mi atrevida lectura como si hubiera profanado la tumba de Tutankamon: caían los pedacitos, se desprendían las hojas, se desbarataba la portada, y quizás alguna bacteria milenaria esté ahora alojada para siempre en mis pulmones. Pero la tinta sigue firme, y eso es lo único que importa, SIEMPRE. ¡Cómo nos reiremos en el grupo Generación 82 cuando vaya largando con el tiempo algunas de las frases célebres que figuran aquí, o las puteadas entre compañeros, o los comentarios más cómicos! Dicho documento incunable merecería ser escaneado, hoja a hoja.

    Hoy en Montevideo habrá un gran acto del Frente Amplio, un aniversario también de décadas. Esa es la explicación que me da G. cuando pregunto por qué de pronto en la radio están pasando la Internacional Socialista y las canciones de la Guerra Civil Española, como si se tratase del soundtrack de mi vida. El sentido común no me engaña, yo sé lo que está sucediendo realmente. Es que los hados de la memoria han sido convocados y casi siempre cantan cuando eso sucede.

    Más:

    “Memorabilia” del Colegio Madrid

    Página oficial del colegio

    Asociación de descendientes del exilio español

    Generación 82 en FB

    Lista de correos de Generación 82 (cerca de 100 miembros ya!)

    El Madrid en FB (más de 500 sectarios del Alpha-Rho-Sigma-o-Qué-Sé-Yo mexicano)