Etiqueta: imperfección del mundo

  • “En eso tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo” (1997)

    [et_pb_section fb_built=”1″ admin_label=”section” _builder_version=”4.16″ hover_enabled=”0″ global_colors_info=”{}” sticky_enabled=”0″][et_pb_row admin_label=”row” _builder_version=”4.27.0″ background_size=”initial” background_position=”top_left” background_repeat=”repeat” hover_enabled=”0″ global_colors_info=”{}” background_color=”rgba(244,225,186,0.36)” max_width=”1162px” module_alignment=”center” custom_margin=”|0px||-10px|false|false” custom_padding=”|4px||21px|false|false” sticky_enabled=”0″][et_pb_column type=”4_4″ _builder_version=”4.27.0″ custom_padding=”|||” hover_enabled=”0″ global_colors_info=”{}” custom_padding__hover=”|||” sticky_enabled=”0″][et_pb_text admin_label=”Text” _builder_version=”4.16″ background_size=”initial” background_position=”top_left” background_repeat=”repeat” global_colors_info=”{}”]

    Mas que empeñarte en espantar al infradotado Belcebú que vive en mí, me ayuda más que te empeñes en que *me crea* que realmente puedo o podría tener los méritos, y que todos estos episodios no son un lamentable error de identidad con otro participante mas idóneo


    Date: Mon, 22 Dec 1997 17:17

    To: “G.Onetto” artemis@adinet.com.uy
    From: jvarlott@adinet.com.uy
    Subject: Re: The day after.

    Vos sabés, porque creo habértelo dicho más de ochenta u ochenta y
    dos veces, que en mi modesta opinión NADIE en este país puede escribir como
    vos; que sos pura literatura; que no conozco a nadie que reúna tantas
    cualidades; que sos Gardel.

    Ahora bien: hay en vos una parte quintacolumna (llamada
    probablemente “narcisismo no asumido”) que no cree en esas cosas, ni cree en
    mí, pero sí cree en los concursos, en contra de todas las evidencias de que
    allí no se premia el talento sino que es un lugar más de luchas políticas.
    Muchas veces se premia a una obra que lo merece, cuando se da el juego
    apropiado de circunstancias; pero ello difícilmente porque se haya
    privilegiado la calidad de la obra. Esa calidad, que bien saben reconocer
    los corruptos (y a la cual temen), recién cuenta una vez dirimida la
    cuestión política. (Por ejemplo, una vez establecido que el concurso lo
    ganará una mujer, será muy difícil que alguien pueda presentar mayor mérito
    que vos). Y así sucesivamente.

    Es muy peligrosa para vos esa asociación entre mérito y triunfo. A
    vos se te dio en este concurso; en otros, quizás hubieras merecido algo más
    que una mención. En fin; sea como fuere, *tenés* que creer en vos misma
    *independientemente* de esos resultados; y cuando no figures con ni siquiera
    una mención, no se te ocurra dudar ni por un instante de vos misma. En eso
    tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo.

    Está bien que te presentes a los concursos, está bien que ganes
    premios y menciones, está bien que leas en público y todo el show; lo que no
    está bien es que creas que todo eso implica un reconocimiento real y sincero
    por parte de esas gentes, y que dependas de ese (falso) reconocimiento para
    creer en vos misma.

    Todo eso nos lleva a la cuestión de la quintacolumna, ese bicho
    asociado con el enemigo. (¿Te das cuenta? Es una sola y misma cosa: la duda
    con respecto a vos misma = credulidad con respecto al mundo).

    Bueno, no sé si logro expresarme con la claridad necesaria. Pero que
    por lo menos te quede claro que NADIE escribe ni puede escribir como vos.

    Besos,

    CG

    PS: En cuanto a la novela-diario, no sé qué decirte. Sería bueno que
    estuvieras conectada con alguna editorial extranjera, pero a esta altura no
    sé qué conviene. Yo estoy personalmente desorientado, con nuevos proyectos
    de una editorial propia de los que desconfío al momento siguiente. En todo
    caso, podrías intentar publicarla en Trilce, por ejemplo (aunque están
    tardando en leer), o sea en Uruguay, y orientar tu vida a vivir de las
    becas, por ejemplo. (Becas, proyectos, ese tipo de curros). (Eso te
    independizaría un poco del problema de dónde publicar). También podrías
    dirigir talleres literarios, o tener audiciones de radio. (Lo digo en serio).

     

     

    [/et_pb_text][/et_pb_column][/et_pb_row][/et_pb_section]

  • Autorretrato

    Autorretrato

    [et_pb_section admin_label=”section”]
    [et_pb_row admin_label=”row”]
    [et_pb_column type=”4_4″][et_pb_text admin_label=”Text”]


    Sísmica. Plutónica. Lábil lapidaria. Fluctuante como la meteorología. Contundente. De sangre italiana. De enconos matutinos.

    Obsesiva. Capaz de detectar una errata a los dos segundos de que la vista hace foco. Desconfiada pero salgo herida por mi ingenuidad. Paranoica pero vibro en comunión con los desconocidos. Brutalmente franca pero me engaño a mí misma. Narcisista negativa. Club de Groucho Marx. Síndrome de Estocolmo.

    “O te transformas o te destruyo”, dice el leitmotiv de mis planetas. Y yo, por supuesto, siempre me transformo. Porque, además de la sombría pulsión autodestructiva, llevo también en mí una luminosa pulsión de supervivencia. “Sólo lo que es realmente uno mismo tiene el poder de sanar.”[1] Sí, genero pieles nuevas de las pieles muertas. Soy una Ave Fénix nata.

    Lo había olvidado: contradictoria. “Do I contradict myself? Very well, I contradict myself. (I am large, I contain multitudes)”[2]. Extremista. Desconforme. Demasiado compasiva con el dolor ajeno. Empática. (Enfática). Burlada constantemente por el obstáculo saturnino, aunque siempre termino saliendo a flote. Lo haré hasta que me hunda. “Me hundiré con mis banderas flameando”[3].

    Casandra de mí misma. Casi vidente arropada sin remedio por súbitas intuiciones que a menudo desoigo. Toda una responsabilidad, oír, ver. Terrorista del autoconocimiento. Kamikaze del conocimiento ajeno. Puedo mirar a los demás hasta los huesos. Un poder peligroso. Necia. Devota de Prometeo Encadenado.

    Nadie le halla explicación, pero descompongo las máquinas cuando estoy alterada. En los trámites, sufro todas las excepciones, nefastas coincidencias, atrasos y errores posibles. Tampoco nadie le halla explicación. Ahora maduré: aprendí a hacerlos con tiempo en vez de quejarme. A otros todo les sale fácil: a mí no. Pobre de mí. Es injusto. Blablabla. Pero igual no me cambio por nadie.

    Quiero escribir. Escribo. Esa es la clave de mí misma. Me saboteo. Quiero escribir hasta que muera.

    Amo a dos países por distintas razones. Bígama. Ahora maduré: aprendí que es cosa mía, que no tengo que comprobar nada, tomar o dejar nacionalidades ni rendirle cuentas a nadie. Es cierto que en un partido de futbol el corazón se me va con Uruguay. Pero no es menos cierto que, si me emborracho, canto rancheras y no tangos.

    (Qué buena cosa, la madurez.)

    Tengo un hijo. Eso es milagroso. Desde niña dejé bien claro que nunca sería madre. No jugaba a las muñecas y jamás lo haría.

    También al padre de mi hijo le dejé bien claro que nunca sería madre. Pero lo fui. Bendito Astor: el “sí para siempre” (bendito padre de mi hijo). Como dije antes, soy contradictoria. Gracias a Dios, gracias al Diablo.

    Y quiero escribir. Escribo. Esa es la clave de mí misma. Me saboteo. Voy a escribir hasta que muera.




    [1] Cita de C.G. Jung

    [2] Cita de Walt Whitman

    [3] Última entrada en el diario de Virginia Woolf


    [/et_pb_text][/et_pb_column]
    [/et_pb_row]
    [/et_pb_section]

  • El especial del Juez

    Vengo cruzada con el mundo. Anteanoche organicé otro temporal sobre mi claraboya y casi no pude dormir, esperando escuchar de un momento a otro el nefasto sonido de los vidrios rotos una vez más, materializando mis propias fragilidades y recurrentes ataques en contra. Por suerte no fue así, no sucedió; sin embargo, el avisito interno fue eficaz y hace un rato me bajé en la oficina de Bomberos para retirar aquel  famoso informe que me debían, de modo de poder iniciar los  trámites legales y morales contra el edificio vecino y sus derrumbes. Realmente lo que menos quisiera volver a sufrir son ataques aéreos de corte misílico sobre mi techo: mi propia locura a lo Carrie no es controlable, lamentablemente, pero sí lo son los posibles desprendimientos de los muros linderos. O por lo menos  sancionables, luego de pagar un dineral y hacer frente a una burocracia pasmosa. Me incliné por lo práctico; lo otro requiere un exorcista.

    Como ya dije, estoy cruzada con el mundo, así que todo me parecía mal: el bombero ardiente que atiende el escritorio tenía un visible anillo de matrimonio en el dedo (sospecho que se lo puso luego de leer mi tetralogía involuntaria en este blog, asustado por todas las mujeres que fueron a requerir sus servicios profesionales de apaga fuegos); me hizo firmar y poner mi cédula en tres oportunidades (con amabilidad, no puedo quejarme, pero no deja de ser una pesadilla toda esa dinámica de papelitos y requetepapelitos corroboradores del primer papelito); tampoco pude enojarme porque el contenido del documento era realmente lo que esperaba: se destacaba el peligro de desprendimientos desde el  edificio vecino sobre mi claraboya, fijaba las precauciones a seguir y recomendaba que colocaran una malla sombra para contener los cascotes en tanto se reparaban los sectores peligrosos. Nada. Ninguna cruzada que librar. Y alguien cruzado sin cruzada es un peligro.

    Subo al ómnibus rumbo al café Tribunales, libre al fin. La tarjeta magnética me dice: “Viaje no válido”, con una difamante cruz electrónica para que no quedara duda. Me desconcierto un poco; hubiera jurado que estaba dentro del plazo para viajar, pero acepto pagar (todo lo que me diga que estoy en falta provoca en mí esa automática reacción de querer reparar la ilegalidad e incluso disculparme). Aparece el letrerito de “1 hora” y paso la tarjeta, pero algo sale mal, no marca; el guarda se molesta, me recrimina haberme apurado. Yo le digo que no, que el letrero ya había aparecido, y que si quiere le pago en efectivo el viaje común. “No, no… “dice, malhumorado. No es para tanto, che. Al final, se concreta el cargo del boleto y me voy a sentar atrás. Pero mis afanes controladores no descansan jamás, y hete aquí que busco el boleto anterior y lo reviso. ¡Já! Lo que sospechaba: efectivamente, mi viaje estaba dentro del plazo. El  boleto viejo decía: “12.45” y el nuevo 13.20″; me sobraba montones, además de que (por más extraño que parezca) en Montevideo los boletos de una hora duran 80  minutos.

    Vuelvo para atrás y se lo digo al guarda, pero de buen modo, tipo “¿Qué habrá sucedido?”. Pero él, lejos de tomar una actitud comprensiva y darme una palmadita en la espalda -no le estaba pidiendo que me devolviera el importe ni nada así-, comenzó a culpabilizarme. Que si yo creía que estaba dentro del plazo, por qué entonces había pagado (“El tiempo es muy relativo… “, le dije, pero enseguida me callé pues el tipo nunca entendería cómo alguien puede vivir tan en las nubes como para no tener demasiado claro si pasaron treinta minutos o tres horas). Que las tarjetas se descomponen (“¿Y su máquina no puede estar mal?”, discutí yo). Que yo me había apurado en pasar la tarjeta. En fin: causa perdida. Le dije que solo quería reportárselo por si le sucedía a algún otro pasajero y me senté en silencio en el asiento de adelante, pronta para bajar en breve. De lo poco que he aprendido en cuanto a ese afán que tengo de señalar la imperfección del mundo con el dedo es que en ciertos casos conviene claudicar y renunciar a tener razón: el tipo se iba a seguir defendiendo, sin ver que lo único que yo quería era que me dijera: “¡Pero qué barbaridad! ¿Qué habrá pasado?”. 

    Ahora, en cuanto a esa neurótica e incontrolable molestia que me produce tener que renunciar a gozar de un mundo perfecto, hay un caso claro en que la sabiduría todavía no me alcanza para tanto: cuando se meten con terceros, y con terceros que yo considero más débiles o vulnerables. El ómnibus paró, y un adolescente bastante tímido le dijo al chofer que se quería bajar. Fue suficiente para que el hombre le diera un sermón: que esa no era la parada de aquella línea sino de otras, que la parada estaba un par de cuadras después, que no se iba a morir por caminar un poco, etc. Yo subí las cejas, incrédula. Pero cuando la lengua se me disparó sin filtro alguno fue al escuchar: “¿Qué te crees, hermano, que esto es un taxi?”

    Ni el muchacho ni yo ni nadie tiene por qué conocer los pormenores, sutilezas, reglas y dificultades inherentes al oficio de la apasionante vida de los guardas y choferes de Cutcsa. Simplemente tomamos los ómnibus para desplazarnos, tratamos de pagar el boleto de formas razonables y de bajarnos en las paradas más cercanas a nuestro destino, no importa dónde queden ni cuáles sean estas oficialmente en cada caso. Todo eso es problema de ellos, gajes del oficio, instancias que se nos deben informar amablemente. Nosotros vamos por el mundo pensando en otras cosas. Los que por definición deben convivir con ese bodrio cada día son los trabajadores de las empresas de transporte, así como los burócratas que creen que sus reglas arbitrarias y ridículas están escritas en la bóveda celeste y uno, por desidia, no las consultó antes de aproximarse a solicitar un servicio. Pero para eso les pagan; nosotros, en cambio, pagamos por el servicio. Ahí fue cuando, ante el silencio del muchachito que no se defendió, me escuché decirle al chofer:

    -¡Che, pero para tomar este ómnibus hay que leer primero un manual! Si el pasajero no sabe dónde es la parada, no sabe: chau. Es asunto suyo explicárselo, no de él conocerlo.

    El tipo me miró, azorado, por el espejo. Me quiso explicar algo, no sin antes dejar claro que yo me había metido en su conversación -que libraba a voz en cuello- con el adolescente. Yo le dije que no podía ser que tanto guarda como chofer se pasaran rezongando a los pasajeros; el guarda también me miraba con los ojos grandes, pero no dijo nada. El cacareo siguió unos segundos más y el muchacho se bajó, seguramente confundido pero en el fondo sonriendo por la inesperada aparición de Super Ratón. El resto de los pasajeros, como siempre en Uruguay, miraba.

    Yo sabía que no sacaría nada con mi comentario, pero me pareció excesivo tener un par de “educadores” en el mismo ómnibus. Que le dijera que no era la parada estaba bien, pero lo del taxi era totalmente gratuito. Y acá todo el mundo se banca esas cosas: la dictadura del subalterno. ¿Quién se cree esta gente  para darnos cátedra de su pobre, minúsculo mundito de tantas, tantas horas por día, en las que básicamente se pasan charlando entre ellos como si estuvieran en el liceo todavía, haciéndose la rabona? Y cuando un pasajero molesta con esos asuntitos funcionales que no están escritos en el cielo, todavía lo sermonean. Lo cierto es que durante el resto del trayecto tanto el guarda como el chofer se quedaron calladitos. Yo también, y con visible cara de pocos amigos reflejada en el espejo.

    ¡Ah, qué fantástico resulta a veces permitirse ser una amargada de mediana edad que va por el mundo diciendo lo que se le pega la gana! Claro que no es muy buen pronóstico para la vejez, en que seguramente me pondré más irritable y obtusa. Pero lo importante es no consumirse en el caldo de la queja rumiante, como hace casi todo el mundo en este país. No: largar para afuera. La próxima vez dudo que (apostando que el pobre no se atreverá a contestarle) el chofer se abuse de un chiquilín con comentarios como: “¿Qué te crees, hermano, que esto es un taxi?” solo porque no supo dónde quedaba exactamente su estúpida parada. Pues podría estar, escondida entre el pasaje, una justiciera de mediana edad con disturbios hormonales propios del inminente climaterio (digo yo) dispuesta a pararle el carro.

    Ni “mú” me dijeron cuando me bajé del ómnibus. Me vine al Tribunales y me pedí una copa de vino blanco y un especial del Juez. Creo que, tratándose de mí, ese siempre será el sándwich que mejor sabor me deja en la boca. Life rules.