Etiqueta: invierno

  • Perdón

    Perdón

    Los golpes interrumpen el silencio de la tarde. Secos, rítmicos, percusión sin música. Me pongo en guardia; no logro identificarlos. Luego, risas de un grupo de hombres, burlonas, invasivas.

    Intento dejar de atenderlas, de vigilarlas, pero no puedo. Me han atrapado como un tejido de alambre. Dejo de trabajar. El sonido de los golpes no cede; parece marcar el paso como un redoble fúnebre.

    Me asomo a la ventana y ahí los veo: descargan leña en la casa del vecino. Pilas presagio, montones que previenen, profecías de pitonisa despreciada. “No voy a poder detenerlo”, pienso. Los golpes son ecos de un patíbulo. Nada puedo hacer.

    Pedir leña. Me resisto a la idea, como una Perséfone raptada. A mi alrededor, el invierno se hace oír. Yo no quiero.

    No, no voy a poder detenerlo.

  • Ashes to ashes

    La otra noche puse a ciertos entregados tripulantes de naves sin mayor mapa tangible (aunque prometo que jamás dejarán de tener su buen férreo timón), en este caso mis pacientes alumnos del taller de los martes, a escribir a partir de cenizas. Textos que involucraran cenizas físicas: desde el volcán Paricutín apareciendo de la nada a mediados del siglo XX y sepultando dos pueblos mexicanos enteros de un saque (y miramos, en foto blanco y negro de Juan Rulfo, el único vestigio que quedó de todo este ex abrupto del Hades: la torre mayor de una iglesia emergiendo entre los desniveles rocosos de lo que alguna vez fue lava), o las cenizas flotando sobre Montevideo en los últimos tiempos debido a otro volcán, aunque bastante lejano, con las consiguientes tribulaciones que acarrearon en los aeropuertos, o quizás el veterano Keith Richards aspirando las cenizas fúnebres de su padre mezcladas con cocaína, según sus propias declaraciones de rockstar, hasta las denostadas cenizas que dejan los cigarros mientras se van muriendo entre los dedos de un (ahora) rebelde. Toda ceniza valía.

    No puedo acordarme todavía cómo es ese dicho: Donde hubo fuego, cenizas quedan o, dándole la vuelta, Donde hay cenizas, es que hubo fuego. Tampoco me doy cuenta si cambia demasiado el sentido final del refrán, pero supongo que una persona encarará diferente la vida si se focaliza en las cenizas remanentes que si, por el contrario, se concentra en el fuego, aunque le sea nada más que una memoria del pasado. De todos modos, me quedo con la impresión de que debe haber sutilezas de lectura que me estoy perdiendo entre estas dos frases. Que no son tan igualitas como parecen.

    Revisé mis propias cenizas. Soy solidaria con los alumnos: ¿de qué otro conejillo de Indias podría valerme?

    Nada de puentes de Madison: cenizas en solitario. De troncos, estufas, chimeneas.

    Fue un invierno raro. Tan frío hasta los huesos; tan pleno, por otra parte, de desubicada luz. Un invierno hijo del fuego: me ocupé de prenderlo cada mañana desde que nadie más lo prendería. Como una Hestia monja, compulsiva y desquiciada. Me ocupé de juntar las ramitas, de desafiar las ganas de morirme. Sabía bien que únicamente con ese alimento ígneo, sólo con esa taza de té caliente en un refugio de alpinistas, podía salvarme de la inanición. Y Astor: tenía que calentar la casa para Astor, que todo siguiera rodando, que percibiera que seguiríamos adelante, fuera como fuera. Qué tristeza para él, su mundo quebrado, tirado en pedazos por el suelo. Porcelana que, una vez rota, no puede repararse. Ya está. Cicatriz. Creí que lo dañaría para siempre, que le haría perder esa sonrisa. Ahora no tiene dientes, pero sigue riendo franco, como si quisiera largar el alma para afuera.

    Mi casa es grande, vieja, de techos altos y descomunal claraboya. Y entonces todo se volvió para siempre cenizas, cenizas -¡tantas!- que se juntaban al terminar el día. Montañas de ellas (¿esperanza de Ave Fénix?): el fuego era el ritual sagrado para continuar con vida, para persistir en la siempre frágil intención de continuar con vida.

    La Cenicienta, pero sin baile ni madrina ni campanadas de retorno. Mejor.

    Y toneladas de leña, literalmente. Capital de madera, inversiones en el Wall Street de las barracas, lingotes apilados y forrados de astillas. Todos los días bajaba al sótano una, dos, tres veces, y acarreaba altos de troncos para seguir así atizando semejante fogata voraz y bulímica. Boca angurrienta de los dioses aztecas. Caldera de edificio en la que a veces se queman los papeles secretos, las cartas de amor, los documentos que comprometen. Mi máquina industrial de producción de brasas y cenizas: cosecha al amanecer. Pala de hierro. Entonces vuelta a empezar.

    Sí, montañas de ellas. Las tocaba con la mano, me embadurnaba el rostro de cenizas, me persignaba la frente. Sentía su suave textura, su fina condición de arenas del Caribe. Claro, en las playas grises de los muertos. Esas por las que nunca corrí del todo, esas que nunca (todavía) he podido pisar descalza al fin.

    *
  • Amores de café

    El ómnibus me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas -un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes-, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora, todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas -ese creciente vientito que se va apropiando del calendario-, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo, y quizás el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.

    Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré del privilegio de vivir aquí. No porque eso, en sí, sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos, pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Y con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.

    Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años, amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

    Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.

    Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.

    Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de viejas pitucas y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.

    Así que pido otro café.

    El libro de los pedacitos mágicos agradece a Hefestos Visual por la cantidad de fotos de su autoría que le presta para ilustrar. 

  • Frío (también en el alma)

    Hoy amaneció muy frío. Llevé a Astor a la escuelita, como todas las mañanas.

    Cuando volvía, vi a un hombre durmiendo en una esquina a la intemperie, o a algo que recordaba a un hombre pues estaba tapado totalmente con una frazada: la cabeza, todo. Estaba en posición casi fetal, como si así pudiera reciclar su propio calor para mantenerse con vida o para que el frío simplemente arrinconara menos. A su lado había un paquete con sus objetos personales, supongo.

    Me dolío su frío. Yo venía con bufanda y con la capucha del abrigo puesta. Hubiera querido traerle una frazada más, abrazarlo, invitarle una grappa miel, pero ya no soy alumna de la escuelita de Astor como para creer que eso es posible. Pasé por delante; no pude evitar exclamar: “¡Ay, angelito!”. Pero seguí mi camino.

    Después pensé que había cierta posibilidad de que él me hubiera escuchado, de que estuviera despierto. Aunque seguro nunca se le ocurrió que el ángelito fuera él. Sentí que una parte de mí misma estaba allí tirada, sin casa, tiritando de frío, pero seguí mi camino.

    Yo me enojo tanto con la humanidad a cada rato porque ando por el mundo en carne viva. Pero igual seguí mi camino.

  • Signos sospechosos

    Estoy empezando a incubar una sospecha sagaz: por estos lares, entre el lunes y hoy nos acercamos de golpe a una frontera cíclica para tener en cuenta. Varias señales delatan inequívocamente la transición ritual a la que nos enfrentamos. No hay más remedio, aquí vamos de nuevo:

    1. En casa encargamos dos toneladas de leña y la estufa empezó a acompañar con su noble fuego desde el centro del patio con claraboya
    2. Compramos garrafa para que mis alumnos del taller no se acobardaran y estuvieran contentos durante nuestro segundo encuentro: fue cálido en los tres grupos, por suerte (en todo sentido, digo)
    3. La caldera sonó por las noches, no para preparar habituales mates y tés, sino para -oh, vergüenza, ya en abril!- llenar mi ahora desempolvada bolsa de agua caliente. Qué felicidad, hasta octubre no paro!
    4. Guardé la ropa estival en una caja que la ropa abrigada le dejó libre.
    5. Reaparecieron las camisetas para mí y para Astor (mi abuelo Tito era un fanático, las usaba gran parte del año hiciera frío o calor para evitar los cambios bruscos de temperatura a los que nos tiene acostumbrados este país: noche del lunes, 3 grados, pronóstico para el jueves, 26).

    En la escuela nos enseñan que cada estación dura tres meses, así que el invierno estaría empezando por el 21 de junio… si eso fuera cierto. En Uruguay en verdad dura seis meses, pero digamos que su comienzo y su fin es más leve que ese gélido epicentro trimestral. Bueno, lo publico aquí: alerta, alerta, el invierno está empezando. Se ve venir, amenaza, resfría, enfría. Pero por ahora con sol ¿qué más puede pedirse? Es un cambio de óptica solamente, un reajuste emocional: lo climático es sólo un detalle colateral sin importancia. Mi amiga P. decía que a ella le hubiera gustado conocer las playas en invierno, que en México -con su verano eterno en las costas, a nivel del mar- era difícil imaginarse a Dashiel Hammett ensimismado caminando contra el viento, bien abrigado, con el mar rugiente al lado.

    Tiene su encanto. Sí, tiene su encanto, seguramente tiene su encanto (hacer planas cada mañana, al despertar y tener que salir de la cama al gélido patio de una casa centenaria).

    Y bueno, es lo bueno de los ciclos: finalmente, podemos contar con ellos. Pronto podré decir con propiedad, otra vez, como cada año hace tres años: “Montevideo, casi la Antártida“.

    Ver “La marcha de los pingüinos“, en cómica versión 30 segundos de Angry Alien Productions