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  • Astor hace cuentos

    En aquella tele diminuta, blanco y negro (como todas las de la época), veía cada tarde al Lagarto Juancho cuando volvía del Jardín de Infantes y me tomaba una enorme mamadera de café con leche, culpable cual alcohólico recaído. También a Leoncio el León y Tristón. Pero además me colaba, cuando podía, a mirar películas de grandes, de esas que uno no entiende del todo cuando es niño, pero cuyas imágenes pueden ser tan fuertes como para que las recordemos con nitidez varias décadas más tarde. Por ejemplo, aquella mujer que era torturada en el potro del tormento medieval, sus axilas tensas; durante mucho tiempo, cavilé acerca del significado de algo tan horrendo e incomprensible como la tortura. Era un pensamiento que me daba miedo por sí mismo, como si fuera capaz de invocar oscuras desgracias (desgracias como la Dictadura, quizás). En otra de mis furtivas películas, El circo de los horrores, una mujer bastante bonita se empecinaba en hacerse una cirugía estética para quedar aún más bella, y cuando al fin le quitaban las vendas resultaba que algo había salido mal: se había convertido en un verdadero monstruo. Creo que esa película no la pasaron en la farándula argentina; si no, uno no se explica.

    Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de estas películas robadas al mundo adulto es Ana de los milagros, la historia de Helen Keller. A los seis o siete años, concebir siquiera que alguien pudiera ser sordo y ciego a la vez me costó horrores: para probar, entraba a esa silenciosa oscuridad interna y no encontraba nada, o me encontraba a mí solamente, la soledad más honda. Y que se tratara de una niña me impresionaba más todavía, por más que fuera una historia de superación de las adversidades y la discapacidad, en cierto modo. Puras pamplinas. La niña estaba ciega y sorda: era imposible que algo o alguien la sacara de allí.

    Por eso aún tengo grabada en la memoria la imagen del momento en que, al mojarse las manos, Helen Keller empieza a hablar, a tocar y a reconocer cada cosa: “Agua…”, dice, con la mirada perdida. Ana, la institutriz, salta de felicidad frente a su antes poco probable milagro. Estoy segura de que entendí algo mal: el asunto es imposible. Como sea, siempre me quedó grabada esa imagen súbita de reconocimiento de algo que antes era inaccesible, de cabos que se atan, de gigantescos pasos que se dan. Eso fue lo primero que me vino a la mente cuando este enero pasado, inesperadamente, Astor empezó a escribir. No entiendo cómo lo hizo, ya que nadie le enseñó; las letras aprendidas, su observación, vaya uno a saber qué pasó, pero se lanzó a leer y a escribir (es un decir) de un saque, en plenas vacaciones. Siempre me creí muy precoz porque leía a los tres y escribía a los cuatro; la diferencia es que yo pedí que me enseñaran. La escritura era, para mí, un misterio que me atraía como un remolino, pero me parecía una injusticia que mis garabatos no fueran interpretados correctamente por los demás, cuando en realidad yo agarraba el lapiz y lo sacudía igualito que ellos. Por eso me embarqué en incorporar el código; mi madre tuvo paciencia. Y justamente, por ese debut temprano, me cuidé siempre de no presionar a Astor en lo más mínimo con el tema; yo le decía que había tiempo, que le iban a enseñar en Primaria. Él tomó sus propias determinaciones, evidentemente.

    El asunto es que, no contento con la enorme producción de dibujos que tiene -es su forma de lidiar con el estrés-, ahora “hace cuentos”, dice él. Ininteligibles. Y los vende; su primera aspiración fueron ocho dólares, pero el mercado le dejó claro que, por ahora, sus cuentos y dibujos valen cinco pesos. Me alegra que trate de lograr que lo remuneren por su creatividad: no está de más ponerle pies en la tierra a las voladuras, tomando en cuenta los antecedentes genéticos en la materia. Tardé como cuarenta años en animarme a hacer lo que él, tan fresco, pretende hacer ahora, a los cinco. Lo bueno es que también sigue regalando su arte.

    Lo que más me maravilló del asunto es que -luego del segundo episodio Helen Keller, hace unos días, cuando empezó a crear sus “historias”- el tipo insistiera en que yo tenía que escribirle un cartel para que, a la mañana siguiente, él pudiera recordar que ahora hacía cuentos. “Escribí en un papel: Astor hace cuentos”, me decía, preocupado. “Porque si no cuando me despierte ya no me voy a acordar de que los sé hacer…”. “Pero… ¿cómo no te vas a acordar, Astor?”. “No. Tengo que tener un cartelito pegado en mi puerta”, dijo, muy seguro, y en vistas de mi poca receptividad a su problema, se sentó  y lo escribió él mismo. Fue a pegarlo, pero no quedó convencido.

    “Mejor dos carteles”, dijo. “Porque si se cae uno, está el otro para que igual no me olvide”.

    Estos niños, tan chiquitos, y ya tienen incorporado el concepto del back up, que con tantos sinsabores aprendemos los grandes…

    Me dio mucha ternura ver los dos carteles de “Astor hace cuentos” en la puerta de su dormitorio. Y de repente pensé que, si simplemente cambiara el nombre de Astor por el mío propio, el asunto del recordatorio estaría más que justificado. Y me dieron ganas de hacer lo mismo, de ir por toda la casa pegando carteles para acordarme de mi escritura. Es, precisamente, como si cada mañana olvidara que hago cuentos y tuviera que empezar de nuevo a tocar las cosas, a reconocerlas: “Agua…”

    Un hijo bien llevado, con atención, tomado en serio como depositario de otro tipo de sabiduría, sin duda puede ser un gran maestro.

  • Pequeñas traiciones

    Cuando veo El libro de los pedacitos mágicos entre los enlaces favoritos de algunos internautas asiduos, me topo con la realidad que trato de obviar: “Actualizado hace 4 semanas”. Maldito letrero. Lo peor es que, en el fondo, bien que lo sé: no es que no me haya dado cuenta. Mil y una vez tuve ganas febriles de contar algo aquí, de compartir trozos de los diarios personales que estoy leyendo. Una caja entera subí del sótano. Son viejos, muy viejos, pero sabios, o por lo menos conscientes de sus procesos. Y uno que conoce los finales de las  historias (de algunas historias: otras están en progreso) se maravilla del privilegio de tener semejantes registros documentales. Es increíble, también, cómo va cambiando en nuestra memoria lo vivido: nos queda una “versión oficial” de los hechos, algo que nos hemos creído a fuerza de repetirlo. Pero cuando uno tiene acceso al momento, a la introspección desde el presente (que hoy es pasado, pero en el diario sigue siendo presente), no siempre coincide con aquello que finalmente hemos aceptado como cierto. La autobiografía es una mariposa cazada en el instante en que vuela; si no, es casi casi una ficción. Ahora que empiezo el taller de historia personal, será bueno tener esto presente.

    El asunto es que no escribo en el blog. Se me deshilachan las experiencias antes de sentarme a tejerlas. Soy una araña mala, un hilo de Ariadna sin madeja.

    Si escribiera cada día, o cada dos días, esto no me pasaría: serían comentarios pequeñitos, pedacititos mágicos o vulgares, no una maraña imposible de ordenar sin brincar de una cosa a otra, como si estuviera navegando en internet. ¡Pero no lo hago!

    En uno de mis diarios, encontré una frase que, en su momento, me hizo llorar de la impresión, cuando la leí por primera vez. Es de Kafka, aparece en uno de sus diarios o sus cartas:

    Un escritor que no escriba es, de hecho, un monstruo
    merodeando la locura

    Hay infinitos tesoros a recuperar en esos escritos, míos y ajenos. Lo único que tengo que hacer es un poco de arqueología, que la hago -a veces me quedo leyendo hasta las cuatro de la madrugada tomos de 15, 20, 25 años atrás, pacientemente borroneados con mi característica letra manuscrita-, pero de nada sirve la investigación sin reportes finales, conclusiones, documentos. No queda constancia de esos viajes, ni para mí siquiera. El juego de los tiempos es de ida y vuelta, no puede quedarse solamente en el pasado.

    Astor grita en este momento desde el baño: “¿Hay arañita?”. A menudo lo hace; necesita que esa tranquilizadora y mentirosa voz de su mamá le diga: “No, ya revisé hoy”. Pero no deja de ser curioso que justo ahora me salga con la araña. Yo, la araña que no teje su tela.

    Cuando le dije al terapeuta que lo que realmente me hace bien para descansar, o lo que me hubiera gustado poder hacer también en las vacaciones, es subir al altillo y leer los diarios viejos, pensó que me refería a los periódicos. Como si fuera a tener escondida una maniática hemeroteca con ediciones pasadas de El Día, Jaque, Marcha o quién sabe qué más. Pero mi único tema de arqueología soy yo misma.

  • Respirar

    El otro día al final de la clase de Pilates, F. nos hizo respirar muy hondo al final en una especie de torsión relajada, casi a oscuras, nada demasiado distinto que otras veces. Pero por algún motivo -ella dice que la propia respiración hizo ceder un bloqueo, una memoria enquistada- desde ese momento empezaron a sucederse en mi mente, sin buscarlas, las imágenes de mi vida como asmática. Cosas de las que ya no me acordaba para nada. Eran sobre todo imágenes entre los tres y los ocho años; claro, de antes no me acuerdo mucho, y después me fui del país, lo que arregló el problema. Los ataques de asma al regresar de grande duraron un par de años hasta que me convencí de que era una membresía que me hacía pagar demasiado cara la cuota y renuncié al benedettiano club de la disnea.

    El consultorio del Dr. Artucio tenía peces de colores. Una vez había uno de ellos que nadaba con el ojo negro, hinchado; me impresionaba mucho y no podía dejar de mirarlo. El alergista también tiene peces de colores, con un extraño cartel en letras mayúsculas: “NO TOQUE EL VIDRIO. ELLOS SE ASUSTAN, SE GOLPEAN Y SE MUEREN”. Cualquiera diría que lo escribió Malcolm Lowry.

    Mi madre decía que el Dr. Artucio era alcohólico. Yo lo quería, me curaba, o al menos hacía como si pudiera curarme. Me recetaba Betacor (blanca) y Polaramine (roja). Maldita cortisona. De chiquita me daban inyecciones día por medio en el hospital; yo esperaba, estoica, y el gallego que hervía las jeringas antes de clavármelas me regalaba el frasquito. A veces me compraban pastillitas Plucky a la salida.

    Tenía que hacer ejercicios respirando con una bolsa de tela azul marino en el estómago, una bolsa llena de arena. Fue extraño conectarme otra vez con esa bolsa. Se parece a la bolsa de semillitas que caliento en el microondas cuando me duele mucho la nuca. Qué casualidad, también es azul marina cuando le saco el forro, pero no tiene tanto peso como aquella. Tanto, tanto peso.

    Mi vida de niña fue un largo ataque de asma mientras los otros niños -mis primos, los vecinitos- me miraban por la ventana del cuarto con pena y se compadecían de que no pudiera salir a jugar. Era mirar al arenero de la estancia de mis tíos desde el cuarto del fondo, el que tenía una ventana para que no me aburriera y una salamandra que daba calor. Si corría, me atacaba; si me reía mucho, me atacaba; si me ponía nerviosa y/o interactuaba socialmente, me atacaba. ¿Qué podía hacer, entonces?

    Por eso no tiene ningún mérito leer desde los tres años y escribir desde los cuatro.