Etiqueta: lobos

  • Com/pasión

    Com/pasión

    Algún día
    aullarás como un lobo
    y tu luna será
    el amor que no entendiste.
    (Laura Fedele, Oda a Piritoo)

    Me da pena el centauro. Sucumbe a la salvaje fuerza bruta de sus cascos, el caballo de crines al viento que galopa en las llanuras; corre, retumba, lanza fuego por el hocico. Relincha, desesperado, como buscando la dirección sedienta de las casas, del reposo, del galpón donde al fin lo podrían desensillar. Pero no hay reposo para los centauros. Resiste en vano su condición: con los ojos verde fosforescente, buscará a las mujeres, las señalará como un blanco móvil, las apuntará con sus flechas, sus bramidos. El sudoroso pelaje al fin rodeará a una, la cercará, la retendrá; sus cuatro patas le cortarán la huida. Pero aunque sienta que va ganando, la bestia igual no tendrá descanso: quisiera dejar su piel aparte, renunciar a lo que es, a su naturaleza de brasas, a su hambre. A sus insomnios con el deseo prendido al cuerpo, voraz, furioso, dando vueltas como un jinete perverso en las inmediaciones del pueblo.

    Me da pena el centauro porque probó el vino y ahora ya es seguro que no podrá contener más el torrente; acorralará sin ambigüedades a esa mujer, la agarrará fuerte con sus manos, como un ave rapaz al indefenso conejo. Sus herraduras le cerrarán el paso a la desafortunada, sonarán impetuosas y cortantes contra la calle de piedra. El hocico del centauro entonces maldecirá, odiará su parte salvaje, la prisión, la condena, el no querer enterarse de lo que hizo. Pero más odiará despertarse luego en su parte humana, con resaca de civilización, y querer exiliar para siempre al animal.

    Me da pena el centauro porque sospecho que nunca ha querido, en el fondo, lastimar a nadie.

  • Arquetipos

    Arquetipos

    Todo está oscuro, menos el rayo de luna que entra por la ventana del hall. El cuarto de mis padres se abre como un eco gutural, un no, un no te atrevas. Vigila mis movimientos desde su aburrida inmovilidad de lápida matrimonial, de años estáticos, de permanencia hueca. Un perseverante desatino con final feliz. En mi cuarto de adolescente, me abraza Franco a escondidas de los ojos omniscientes de mis padres, de la patrulla hiena instalada en mi mente. Pero no hay sigilo que valga, porque no puedo dejar de pensar que la puerta del dormitorio de ellos se abrirá en cualquier momento. Que mi padre aparecerá en silencio con su mirada de serpientes venenosas, reclamará su siembra, me enlazará a su feudo. Le digo a Franco que corra, que por lo menos se esconda  debajo de la cama mientras tanto, que se convierta en mi secreto eterno: Dios Padre ha despertado, estamos en peligro. Mi madre corre también, se adelanta para cerrar la puerta de mi cuarto, pero todo es en vano: los ojos de mi padre están a punto de encontrarme. Destilan pócimas verde fosforescente como la absenta, licores de insomnios crueles, vapor de los últimos suspiros inútiles. Los ojos de mi padre me buscan como faros en la noche, iluminan las tinieblas de mi dormitorio. Son duros como los de Medusa, su pupila de piedra se cuartea mientras arrastra todo en su derrumbe. Le digo, no, le grito a Franco que corra, que no deje que lo encuentre, que se salve. Si mi padre lo mira, tendré que destruirlo: no podré serle fiel a ambos. Voy a tener que elegir y elegiré a mi padre. Soy como un hombre lobo a punto de ser transformado por la luna, en plena impotencia de la voluntad de sus garras. Que corra, que se vaya, que no vuelva nunca más, que se esconda de mí, que me deje, que me odie, que se salve. La puerta del dormitorio de mis padres se abre realmente, ahora sí; sus pasos resuenan, me quedo inmóvil en la soledad fría de mi cama. Está en el umbral, su figura a contraluz, enojado, husmeando sus territorios como un león furioso, alerta como un galgo atento a cada posible movimiento de los zorros. No, no hay nadie aquí, parece convencerse. Yo estoy paralizada mirándolo mirarme, con el aliento contenido, tratando de no pensar en Franco o descubrirá en el acto mi traición. A Franco con suerte lo he espantado, lo he expulsado una vez más, lo he desterrado hasta la última frontera de mis reinos. Mi padre respira aliviado pero firme; se nota que sigue en guardia, listo a disparar sus flechas con una crueldad que no le conozco en la vigilia. Sí, todo me parece un sueño: miro a mi padre y me doy cuenta con horror de que sus ojos verdes son idénticos a aquellos inolvidables ojos verdes de Franco.


    30/8/2013
    café La Diaria
    (sobre un recuperado sueño, caricatura de manual freudiano, año 2000)


    Brooke Shaden Photography

  • El Santo Patrón de los temporales

    Me cansa mucho la tristeza, más todavía en ciertas coyunturas que parecen no dar tregua. Como me vino pasando estos últimos diez días, que de una marea amniótica pasé a una marea turbia para desembocar en un súbito e inesperado temporal. No sé cómo hago, pero siempre consigo que Dios me preste sus efectos especiales para acompasar mis ánimos. Efecto sensorround, Dolby, 3D. Creo que con los años he logrado una cierta banca en el reino de los cielos (también en los infiernos, pero eso en realidad no viene al caso ahora). “Siempre que llovió paró…”, me dijo ella por SMS, sospechándolo todo y aprovechando la meteorología bipolar de este país para camuflar su consuelo.

    ¡Tantas cosas que agotan, que me agotan! Tironear de las cuerdas, tratar de que las velas no se vayan volando, mantener el rumbo pese al zangoloteo de las olas enormes, resbalarse una y otra vez tratando de alcanzar el timón. Sí, da miedo escuchar todos esos truenos retumbando y no poder acordarse completa la oración al ángel de la guarda. Pero lo que más cansa, en verdad, es esa cruz de tener que -a la vez- ser marinero, ser barco y ser también tormenta. Qué fácil sería poder echarle la culpa a esas tormentas y considerarlas las enemigas a vencer, las maldiciones del afuera.

    En cambio, cuando ella está triste, es como un vendabal del cual uno no puede protegerse con un paraguas“, decía mi amiga V. acerca de esta servidora hace unos años (lo decía entre otras cosas más, sobre ella y sobre mí, igual de atinadas y a cual mejor dicha) en su precioso texto Tristes comparaciones.

    Mi padre siempre contaba que, cuando novios, iba con mi mamá a una confitería o bar (creo que se llamaba Payaso y estaba dentro de una de las otrora movidas galerías de Dieciocho) y ella a menudo se echaba a llorar en público. Él se ponía nerviosísimo; no sabía qué hacer y sentía todas las miradas de la gente sobre sí, reprobándolo. Como le llevaba diez años y era muy jovencita, en la mente de mi padre, trajeado y formal, sonaba lo que seguramente estarían pensando los otros concurrentes: “Mirá al cretino ese… seguro que hasta es casado y ahora se lo dijo a la pobre chiquilina, por eso la hace llorar!”. Las lágrimas femeninas son tramposas socialmente, lo sé. Mi madre seguro que también lo sabía, así que mi atribulado futuro progenitor pagaba por su torpeza frente a las emociones; en el fondo, se creería un villano. No me conocía a mí; lo de ella era apenas el tímido goteo de una manguera de balneario mal cerrada.

    Pero ella secuestra al resto del mundo con su tristeza, le pone un cerrojo ajustado y nadie más puede salir, clausura las salidas, derriba las puertas y no se puede pasar.

    No puedo menos que agradecerle a quienes se han ocupado de reflejarme en formatos varios mis temporales: no hay nada más doloroso que sentir semejantes fuerzas internas capaces de destruir y destruirnos, y que de afuera nos miren como si, con un poco de voluntad, bien pudiéramos haber pasado la tarde remontando cometas y soplando reguiletes de colores en el parque. Esos colegas de caminata que, cuando la negra ola se empieza a alzar una vez más por el horizonte, se han animado a sostenerle la mirada y a quedarse, así sea para devolverme un texto con matices tormentosos (como el de V.) o  un tranquilizador memento entre sus propias prisas. Tales gestos se cristalizan, se vuelven presencias internas. Porque me son la huella de que alguien entiende o entendió alguna vez el pathos de mis inundaciones, de mis mástiles desesperados en altamar, de esos recurrentes temporales que rugen y hasta rompen las claraboyas, simbólicas y materiales, pero que -en tanto quede vida- siempre se terminan, pasan. “Todo se pasa”, decía Santa Teresa de Ávila, patrona de los escritores. Poseidón, en cambio, es el santo patrón de los escritores que no escriben.

    Es terrible que los dolorosos vendabales propios lastimen a quienes amamos. Uno se siente indigno de ese amor, de esos amores. Qué maravilla sería disponer de acceso a alguna torre lejana, de durísima piedra, para cobijarse hasta que pase y  minimizar los daños. Sobre esto, a menudo me pregunto qué explicación darán los hombres lobo luego de sucumbir a la amarga tentación de la luna llena y volver en sí rodeados de cadáveres. Pero por suerte, los hombres lobo no existen.

    Sí, les agradezco mucho a esos que me valoran, aceptan, quieren o buscan todavía, a pesar de los vientos y de las mareas que no pienso ocultar nunca más (como hace muchos años hacía, escondiéndome del mundo avergonzada). Hay incluso quien, por amor, los ha presenciado una y otra vez, voluntariamente, en sus peores expresiones y es cierto que hasta la fecha consiguió sobrevivir (no sé si salir indemne). Yo trato de nadar hasta la otra orilla, como el pobre Leandro buscando la luz del faro. No logro hacer mucho más que eso ni nada menos egoísta.

    Uno puede ver en sus ojos las raíces de los árboles a la intemperie, arrancados para siempre por la tormenta.   

    La mayor paradoja y misterio es que, a pesar de las ocasionales y espectaculares zozobras, soy sin duda una estupenda capitana de barcos. Quizás por eso mismo: porque el mar embravecido me habla al oído, enamorado, y las sirenas toman el té conmigo entre las rocas, y los tritones me dedican canciones submarinas para arrullar mis sueños en el momento en que por fin logro soltar mis inútiles riendas y caigo, agotada del todo. Soy como el centauro Quirón: puedo curar la herida ajena porque bien sé lo que es estar herido.

    También es verdad que, cuando la posesión eólica y la inundación descontrolada termina, soy una de esas personas que se entienden en silencio con el sol y con la luz, con los frutos, y que van sembrando por pura generosidad y hasta iluminando, si sonríen. Las polaridades de Deméter y Perséfone, para empezar.

    Esta mañana íbamos caminando con Astor rumbo a la escuela y le saqué el tema: “No tenés que preocuparte cuando me ves triste. Yo soy así. Nadie tiene la culpa. Siento de golpe un gran dolor adentro mío y necesito llorar. Como a ti, con la piel tan blanquita,que te lastima el sol, y tenés que usar filtro y te salen pecas, pero a tu amiguito [ ], que es de raza negra, si está bajo ese mismísimo sol no le pasa nada”. Él asintió, tranquilo. Vaya uno a saber si entendió algo o si quiso simplemente contentarme desde su incondicional amor de niño.

    Y con la vana esperanza de que aprendiera en una frase lo que a mí me llevó, me seguirá llevando, toda una larguísima vida,  terminé nuestra conversación entonces: “Todos somos diferentes y yo, para bien o para mal, soy así”.

    (Será una torre, pero igual no da la impresión de ser demasiado segura…)
  • Caperucita Feroz (1)

    Por el lugar más tupido, por allí se entra al bosque. Pero las canastitas no sirven para nada: sirven en cambio las espadas, los escudos, los brillos metálicos, las cadenas pesadas, los yelmos, la cota de malla; sirven los mapas para buscar los griales debajo de las piedras, o las piedras para desollar lobos, o hasta las pieles de los lobos para taparse del frío; sirven los pasteles de manzana de la abuela, las cerezas, el olor a canela y a vainilla, la leña crepitando después de una tarde de lluvia. Toda la mitología de los bosques es inútil, las canastitas son del todo inútiles en el bosque. Pero no sé por qué cuentan tanta cosa desatinada de los bosques, como para que las niñas estúpidas los atravesemos sin preocuparnos, sin poner el dedo en el gas pimienta, como deberíamos, en cambio. Un bosque suele estar lleno de zorros haciendo zancadillas, de jabalís acosadores, de lagartos ladrones. Sí, el bosque es un cierto lugar donde a menudo se refugian las sombras de violadores ajusticiados, donde van a parar los aullidos de parto, donde crecen árboles gigantescos de voz grave. Y yo, sacando mi canastita, mi mantelito deshilado, mis deslucidos recuerdos de contienda.