Etiqueta: memoria

  • Trinidades monárquicas condenadas al destierro

    “Estoy segura de que los Reyes murieron, que a mí no me dejarán nada, que ya no existen, que no laten más en mi alma. Pero ¡qué lindo era!”

    El otro día los Reyes Magos pasaron por Atlántida; yo me di a la fuga hacia Montevideo esa misma noche, precisamente. Astor, por ahora, no podrá desilusionarse y resoplar, indignado: “¡Los Reyes Magos son los padres!” porque, la verdad, en este debut que habíamos diferido todo lo posible, el terrorista de la felicidad (como pone Quino en boca del padre de Mafalda) fue únicamente Papá Guzmán. En mi familia política, la gran fiesta de regalos se hace en Nochebuena: ¿habría que, además, gastar otro tanto pocos días después si podíamos hacernos los disimulados? Hasta ahora, a los cuatro años, Astor ni sabía de la existencia (menos aún, de la no existencia) de los Reyes: entre el clásico de Maroñas al que asistíamos religiosamente, el viaje a Panamá el año pasado y el hecho de que en enero no tiene escuelita la habíamos librado con bastante elegancia. ¿Y justo cuando falta tan poco para zafar, cuando falta tan poco para esa charla seria en la que uno tiene que tirar por el piso para siempre la inocencia de su hijo, o, en su defecto, cuando falta tan poco para que lo asalte ese sentimiento de traición al enterarse por ahí de nuestra villanía fraudulenta, justo ahora terminaríamos permitiendo que los Reyes Magos se colaran en su inconsciente y fueran otro motivo de oprobio paterno cuando llegue ese aterrador momento del aterrizaje forzoso en el realismo adulto? Bastante tengo yo al cargar en la conciencia con dos cartitas a Papá Noel, una de las cuales fue despachada en la mismísima oficina de correos: Astor se la entregó a la funcionaria en propia mano, diciéndole: “Al Polo Norte”.

    Pero venía la prima de Atlántida y, si nos quedábamos a dormir aquella noche infausta, los Reyes Magos llegarían con ella. Yo había aceptado, en principio, que unos tales Reyes le mandaran un solo regalo por correo (algún común para él, con los abuelos en Panamá y la madrina en México), de modo de que si algún niño le preguntaba: “¿Qué te dejaron los Reyes?” él supiera a qué diablos se refería (porque, es verdad, debe ser como no saber quién es Ben 10 o Sportacus, qué es Hotwheels o Hi 5). Pero en el último momento, al ver todos los paquetes que planeaban dejarle esos pérfidos Reyes a la prima, nos entusiasmamos y juntamos algunos regalitos debajo de la cama. Debo confesar que se me agitó cierta emoción vieja en el alma. Pero lo que yo no quería es que, con la conveniente instauración de un día más en la cosecha de Astor, viniera toda una mitología de pasto para camellos, agua en baldes, zapatitos, figuras que se mueven en el pesebre, porque era como armar toda una hermosa escenografía teatral, mágica y seductora, para poco después prenderle fuego. Con el Gordo del Norte ya tenemos bastante, ese desubicado total que viste pieles en pleno verano, exhibicionista imposible de obviar si siempre anda de rojo, cultor de la obesidad como imagen de simpatía, advenedizo trepador que se lleva el mérito del gasto ajeno, posible pederasta incluso, un tipo en extremo peligroso. Malaya el día en que deba decirle a Astor la cruel verdad: que nos hemos burlado, en el fondo, de su ingenuidad y su pureza, que hemos disfrutado cada momento de la mentira viendo sus gestos de felicidad al recibir los regalos, que hemos espiado en sus deseos con trucos como cartas o idas a la juguetería para escuchar sus comentarios, que su inocencia fue pasto de fieras, que el mundo en verdad apesta, que es imposible volver al estado de protección de la primera infancia, que a partir de ese momento tendrá que arreglárselas como pueda, que seguramente hay otro montón de estafas y secretos turbios adheridos a la antes inmaculada imagen de sus padres, que debe estar alerta porque es muy probable que haya más trampas tendidas por ahí, amenazas, golpazos, desilusiones. Y lo peor es que sí, las habrá, a manos llenas.

    Ahora, todo esto de los Reyes no es para tomárselo como una Coca Light en verano: es un asunto gravísimo que mueve el mundo simbólico cual bruja frente a su caldero. Bien sé que, aunque me haya escapado, aunque en el fondo no fuera tanto la racionalización del doble presupuesto lo que me preocupaba, sino mi propia negación a aceptar que los Reyes sean los padres (porque si yo lo hago, si yo pongo los regalos en los zapatitos y me hago la dormida, será reconocer del todo y para siempre que los Reyes Magos jamás existieron, que nunca vinieron, que sus manos no tocaron en absoluto aquellos regalos que me llegaban hace tantas décadas, que no están más o, lo que es peor, jamás estuvieron), la relación interna de todos los hijos hacia sus padres se basa claramente en la figura de estos tres arquetipos, pegajosos como la mugre, que, con paciencia, esperaron afuera de nuestra casa hasta que tuvieron la oportunidad de colarse. Al principio, los hijos nos aman, viven cada cosa con toda la ilusión, inmersos en la magia de la bondad de la vida: los Reyes Magos dejan regalos, todo es un oasis de abundancia, las estrellas surcan los cielos y nos guían a destino, el poder, la bondad y la sabiduría van de la mano (los padres, los reyes, los magos, todos candidatos a las tres cualidades simultáneas), la vida es una armónica comunión en la que las risas y los corazones agitados por la emoción son una constante.

    Después viene la adolescencia, tiempo de cambios en la relación con los progenitores: “Me han traicionado, me hicieron creer que los Reyes existían y eran ustedes. ¿Para qué me engañaron con semejante estupidez y me decepcionaron así? Me hubieran evitado todo esto. ¿De qué sirve inventar una magia que no existe? ¿Se creen que soy idiota, que no me iba a dar cuenta tarde o temprano? ¿Por qué lo hicieron? Me mintieron, sólo quisieron lastimarme, molestarme, demostrarme que ustedes me manejan a su antojo, pero no es así, ya lo verán. Y nunca más voy a creerles NADA!!!!”

    Por último, llega la curva de descenso en el enloquecido biorritmo del 6 de enero simbólico: allá por la mediana edad, cuando uno tiene sus propios hijos y sus propios problemas (y, casi siempre, si aún tiene padres, son viejitos), mira con cierta ternura en su memoria la misma exacta escena por la que ahora le toca pasar: la compra de regalos, intercambiar opiniones con la pareja, elegirlos, juntar la plata, esperar el momento de ponerlos en su sitio sin ser descubiertos, acompañar la ilusión del niño, festejar su alegría al otro día, tragarse la angustia propia si lo recibido no era lo que esperaba e inventar un consuelo, todas esas cosas. Y se dice, ya lejos de aquellas rabias egocéntricas: “Pobres viejos, mirá todo lo que tenían que hacer…”

    Cuando yo tenía veinte años y ya me había venido a vivir a Uruguay por primera vez, mis padres estaban organizando sus cosas para irse también de México y, entre los papeles viejos, encontraron una carta mía a los Reyes Magos cuando tenía unos cinco años. El papel estaba decorado con un Mickey a color y guardaba esa inconfundible letra cursiva de niña, temblorosa e insegura, a lapiz, que luego de pedir discretamente algunos regalos terminaba escribiendo: “Por favor, Reyes Magos, no me castiguen”. Sé, por mi madre, que ambos se pusieron a llorar ahí, juntos. Creo que fue un mensaje de mi inconsciente infantil a mis padres, en algún sentido. Pero para desarrollar esta escena y aprovechar su carne hasta el hueso tendría que escribir una novela entera; igual, vaya el flash de blog.

    Mis padres eligieron contarme ellos mismos la verdad antes de que un compañerito de la escuela me la zampara sin anestesia; no querían que me sintiera engañada y es muy respetable. Sólo que, para lograr semejante anticipación, me lo dijeron a los cinco años (ahora que lo pienso, debe haber sido después de recibir semejante carta). Yo negocié, rogué, imploré para que a mi hermanito le dejaran disfrutar esa ilusión aunque fuera un año más, así que se lo dijeron a los seis: a diferencia mía, el Mopri salió ese mismo día y, ni corto ni perezoso, informó del asunto a todos los integrantes de su generación. Pero volviendo a ese día, la hora de la verdad, la muerte irreversible de los Reyes Magos (sin trucos de resurrección, como los de aquel pequeño al que visitaron con incienso, oro y mirra), fue mi papá el que se echó todo el rollo; evidentemente, ellos tenían divididos los temas. A él le tocaba explicar quiénes eran los tupamaros, los comunistas, Pacheco y el Che Guevara, por qué estábamos escondidos durante la huelga bancaria, a qué sectores votaría cada uno (con la salvedad de que no podía decírselo a nadie) y, finalmente, darme el mazazo de los Reyes Magos; a ella solo le tocaban las temáticas sexuales.

    Creo que aquel soleado día en el apartamento de Rivera y Jackson donde vivíamos al principio no entendí demasiado: mi papá, como siempre, habló sobre tantas cosas –todas interesantes pero que en mi infantil mente no tenían la menor relación: la historia desde el Génesis– que cuando llegó al meollo de la confesión y me preguntó si había entendido yo dije que sí, que por supuesto, que estaba clarísimo: al pobre niñito Jesús lo habían engañado, porque los Reyes Magos en realidad no existían. Fueron, en verdad, esos poco escrupulósos de José y María quienes le mintieron y pusieron los regalos en el pesebre. Ahora, lo que era a mí, los Reyes sí me traían los míos en persona, claro!

    Los malentendidos, finalmente, se aclararon, y una sensación de pérdida precoz de la virginidad, de callada humillación aún azorada frente a las inconcebibles realidades de la vida se apoderó de mí. Quedé como un trompo, girando confundida, para nada enojada con mis padres pero sí un poco con la incómoda situación y con la vida misma. Mi madre, más práctica, me espetó: “Si alguna vez tenés cualquier duda, vení a preguntarnos”.

    Se ve que me quedé pensando, porque al otro día la paré y le solté la cáustica pregunta: “¿Los ratones son los padres?”. Ella, con expresión de haber sido agarrada en falta, bajó la vista solo por un instante, para luego mirarme y decirme el temido “sí”.

    Pensaré qué hacer cuando se le empiecen a caer los dientes.

    Por ahora, la única fórmula que he encontrado para tratar de salir con el menor enchastre posible de este escabroso asunto de los Reyes Magos y Papá Noel es explicarle que ellos únicamente le dejan regalitos a los niños, que los grandes nos regalamos cosas entre nosotros. De ese modo, podré aprovechar el odiado día como rito iniciático: “Bueno, Astor, resulta que ahora sos grande, estas personas ya no te van a traer los regalos sino que a partir de ahora te los compraremos tus papás”. En una de esas ni siquiera le tengo que decir que en realidad no existen.

  • Cositas mínimas que no logro entender del mundo (1)

    Es fascinante cuando dos personas vienen caminando en sentidos opuestos por la misma vereda o pasillo, y de pronto se establece una especie de danza, de paso cedido simultáneo que no termina de resolverse; la mayoría de las veces, la gente circula sin problemas, como si cada uno conociera a priori a quién le toca pasar primero. Pero a veces quedamos hipnotizados con el otro bajo una especie de fuerza de gravedad, bajo un imán cuyo campo magnético genera un caos en los códigos sociales; un avergonzante contoneo en espejo nos hace mirarnos a los ojos con el otro atrapado, como buscando una respuesta. En el mejor de los casos, sonreimos, nos detenemos (también al mismo tiempo, sin que ninguno avance), hacemos torpes gestos de comunicación tipo primate. Por qué sucede esto a veces sí y a veces no es un misterio.

    Otra cosa que me sorprende siempre es esa contemporánea imagen, cada vez más común, de la gente caminando mientras envía mensajes de texto desde el celular. Hace poco tiempo la detestaba, la despreciaba, me parecía la decadencia del imperio, el fin de la articulación humana con el entorno. Hoy yo también voy como una idiota “aprovechando el tiempo” en vez de mirar a mi alrededor, pisar las hojas secas, descubrir un detalle en una fachada o aprisionar las caras que nunca más volveré a ver, como hacía antes.

    Tampoco entiendo del todo por qué soy capaz de ver nitidamente en la memoria a mi primo Alvaro, de tres años. Ese día terminamos de almorzar cuando él, con sus grandes ojos verde oscuro y sus piernitas colgando de la silla, anunció con desenfado: “Bueno, ahoda quiedo un cafeshito…”

    No lo entiendo porque la escena ocurrió hace más de treinta años; si no, claro que lo entendería. Era un cielo, como muchos niños de tres años, o de cuatro.

    Hablando de eso, creo que lo que menos entiendo es por qué Astor se despierta a las siete y media de la mañana! Es decir, por qué él está descansado, con todas las pilas, y dice que tiene “energía”, y quiere ver una película en el patio y dibujar y desayunar, y yo en cambio estoy muerta de sueño, golpeada como vil saco de boxeador. Debe tener que ver con envejecer, con el inevitable vencimiento de la garantía. Pero igual cuesta acostumbrarse a la idea.

  • Levrero en todas partes


    Estoy en el wi fi del shopping, un wi fi medio lamentable pues no me permite bajar el correo, únicamente usar el navegador (por otra parte, es un método bárbaro para concentrarse en responder un aluvión de pedidos de informes sobre los talleres). Desde la vidriera de Mosca me mira un gigantesco Hulk, con las manos extendidas como queriendo agarrar no sé qué tesoros o pescuezos, el cuerpo enorme y musculoso, los pantalones cortos, la rabia verde desde el rostro. Y me parece, una vez más, una broma de Levrero, esa broma que continuamente iba y venía entre nosotros desde que nos asociamos con el taller virtual: yo era, según él, un Hulk, una especie de as del marketing, frontal, bestia, ambiciosa, práctica… en realidad no sé como describir la esencia hulkiana según Levrero, pero entiendo a qué se refería y me parecía risible! ¿Yo, temerosa de hacer una llamada telefónica, incluso a mis familiares y amigos? ¿Yo, insegura, nunca preparada? ¿Yo Hulk? ¿Qué extraño poder me veía, qué brutalidad comercial arrolladora? Claro, entre ambos yo era, seguramente, la que menos espacio tenía entre molécula y molécula, la más sensata, la que pensaba en que también era importante generar ingresos, la que ponía reglas, acuerdos y rajatablas. Con el tiempo, él tuvo algo de razón; por lo menos, es evidente que ahora me sé revolver bien con esto de la promoción de los talleres y que he sabido poner bien claras mis prioridades, mis energías disponibles, mis límites.

    Él, en cambio, para mí era Gasparín, Ghosty, el fantasma amigable. Cuando empezaba con su dialéctica de Hulk, “esa bestia se apodera de vos y perdés tu sabiduría!”, etc etc, generalmente yo lo despreciaba –y se lo decía, claro– como a un vil Gasparín, algodonoso y etéreo, lindo para vivir en el mundo de lo invisible pero no en esta tierra, donde hay que pagar cuentas, ir al supermercado, sufrir por la complicidad negada de la Divina Providencia (en la que él creía). Y así nos dábamos por la cabeza en nuestros asuntos comerciales: Hulk vs Gasparín, Gasparín vs Hulk, cada uno usando sus armas opuestas para convencer al otro. Después nos aceptamos; en el fondo, ambos teníamos razón. Pero si yo desarrollé facetas Hulk, creo que fue por tener un socio tan despegado de lo mundano: ¿quién iba a hacer el trabajo sucio para ganar nuestro bien merecido dinero, entonces?

    Tuve el enorme gusto y el honor de que la Providencia, por mi intermedio, le pagara cuantiosas factura de UTE. ¿Qué más quiero que haber hecho lo que pude por Gasparín, que no se llevaba bien con la materia?

    Y yo tampoco: yo me llevaba horrible con el mundo real, el mundo de los adultos, el mundo de las decisiones sensatas. Claro, desde sus ojitos blancos de fantasma, me volvía una bestia verde queriéndose llevar el mundo por delante. Qué iluso.Y ahora me acosa desde la vidriera con los recuerdos, como si no tuviera bastante.

    Espero que tampoco me demanden por esta.

  • It´s all over now, baby blue (1965)

    Hoy pasaron al Darno en la radio cantando “El instrumento”. La versión ni siquiera me gusta, pero la voz me pareció tan cristalina, tan pura y conocida, que se me cayeron las lágrimas. El tipo sigue siendo un generador de nostalgia, ahora con más razones que nunca.

    Y bueno, lo consiguió, se ligó a Dylan para siempre: esta es ahora la canción de su entierro, no importa qué historia haya tenido durante los cuarenta y dos años anteriores…

  • Pequeño inédito de Mario Levrero

    Estoy revisando mis viejos archivos con la ilusa intención de hacer algo como un back up organizado. Mi vida en la computadora se ha regido por sucesivas migraciones de una máquina a otra: desde mi pequeña PC de 1996 a la iMac a la actual iBook, cada computadora nueva ha deglutido a la anterior al recibir centenas de archivos cual corazones aztecas sacrificados, un vaso de piedra desbordante de ellos. Así que cuando me interno en sus laberintos, aparecen textos de doce años atrás sin el menor empacho, sin hablar de todas las capas intermedias. Me recuerda el modus operandi que se tiene en la Ciudad de México (en México todo, bah, lo que pasa es que en el DF impresiona más porque se supone que es la modernidad y la grandeza): nunca se retira el cableado viejo para poner el nuevo ni la numeración anterior de las calles para estampar la ahora vigente. Ergo, conviven capas y capas de realidades paralelas, tal como una pirámide adentro de otra (costumbre precolombina mexicana). Así son mis computadoras.

    Y de Levrero he encontrando perlas maravillosas! Sólo con nuestra correspondencia daría para hacer un libro o varios libros, y entre los intercambios destacan (como valor objetivo, para todo el mundo) las orientaciones docentes que tan bien aproveché en mis propios talleres. Levrero participaba en el “día a día”, supervisaba las evaluaciones, opinaba, iban y venían comentarios valiosísimos que habría que rescatar. Y luego está todo lo anecdótico, las curiosidades… varias expediciones habrá que hacer por aquellos mares…

    Aquí me encontré un textito cuya novedad eran las primeras pruebas con hiperlinks dentro del texto (de hecho, el archivo se llama “Experimento”). Ese tema le interesaba a Mario, y la verdad es que me enganché durante una época, me parecía mágico que el Word nos permitiera entrelazar palabras distantes en el texto cargando sus significados con una hermandad no percibida a primera vista, sino dada por el autor. En este textito levreriano, las palabras subrayadas aquí son las que contenían el hiperlink original; es decir, al apretar una de las palabras nos remitía inmediatamente a la otra, saltando el resto del texto. Está firmado (en las “propiedades” del documento) como Lupus Carismato, y si bien la fecha correcta es la que figura como “modificado” (9 de diciembre de 1996), es gracioso que figura como “creado” el 1 de enero de 1904. Se tomo sus buenos años para corregirlo.

    Entre la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo y la superficie del escritorio, he puesto una revista para que la acción del bolígrafo no estropee la madera, o la imitación de madera. He colocado la revista con la tapa hacia abajo, y la hoja de papel se apoya en la contratapa. Como este procedimiento lo vengo repitiendo diariamente desde hace un tiempo, y siempre con la misma revista, he terminado por advertir que en la contratapa hay un aviso. El aviso contiene una foto en colores de tres seres humanos, o al menos de sus cabezas y, en un caso, parte del cuerpo. Son tres caras sonrientes que intentan parecer una familia feliz, y el aviso insinúa que esa familia es feliz gracias al producto que publicita. La mujer, a la izquierda, es más bien feúcha, poco atractiva; es un acierto del aviso, porque nuestras esposas por lo general no se parecen a actrices de cine; parece un aviso destinado más bien a los hombres porque el hombre, sí, tiene algo de actor de cine, rasgos proporcionados y agradables y unos dientes perfectos, aunque como actor no es muy bueno porque se nota que la sonrisa es forzada. La sonrisa de ella es más auténtica, como si la hubieran fotografiado por sorpresa en medio de una broma, y este rasgo la hace simpática y más atractiva que si estuviera seria. Pero al parecer sus dientes no eran perfectos como los del hombre, porque los dos delanteros del maxilar superior han sido retocados, o cambiados por otros en la fotografía, ya que aparecen más grandes y más blancos que el resto. Y los dientes del maxilar inferior son bastante desparejos. Entre la cabeza de la mujer y la del hombre, está la cabeza de una niña de cuatro o cinco años. Tiene el cabello mucho más claro que los otros dos actores, de modo que no impresiona como la hija, si es que ésa era la intención del aviso. La sonrisa de la niña es decididamente falsa, con algo de desdeñoso hacia toda esa representación; eso la salva: una sonrisa falsa que intenta parecer verdadera.


    (la foto también es de Levrero, desde su casa, como la mayoría)

    Después de subir esto, me di cuenta de que el texto no es inédito, lo único “inédito” es la manía de Levrero de jugar con hiperlinks para darle otras dimensiones a la lectura. La única papafrita que escribía textos originales para dichos regodeos lúdicos era yo; él, como dicta el sentido común, usaba textos que tenía para otros destinos. Pero hay inéditos en el baúl virtual, claro que los hay… To be continued.


  • Un flash de Guanajuato, Café Dadá

    El reflejo blanquecino que entra de la plaza me hacía parpadear, como siempre. Aunque medio perdida por el contraluz, alcancé a darme cuenta de que la mujer sentada a un par de mesas de distancia era la misma del otro día. Su aspecto es un tanto enfermizo: pálida, con la piel apergaminada y flaca; sin embargo tiene una vitalidad envidiable. A mí me encanta; es una de esas viejas que me sacan un poco el miedo a llegar a ser una anciana bruja sin nada de sex appeal, ni siquiera retórico. Ella da la impresión de traer siempre alguna maldad en la mente; fuma ahí, sola, sentada mientras observa al mundo, y se le escapa como una sonrisita comprensiva entre pitada y pitada. Me pareció que me estaba mirando directamente, y esos arsenales de experiencia de la vida me traspasaban como si yo no fuera más que una radiografía.

    Me levanté de mi mesa para saludarla; al hacerlo, no sé por qué, tuve mayor conciencia de nuestra diferencia de edad. La mujer me agregaba juventud; podía sentirme una muchachita soñadora e inmadura, con mi vestido rosa fuerte y mi buena cara al mundo. Pero no lo lograba del todo porque todavía sentía encima sus ojos de zorro.

    Le dije: -Hola, Anne…¿Cómo estás?

    Usé una sonrisa franca, enorme, distendida: trataba de recuperar a la muchachita a pesar del zorro. Ella me saludó con la cabeza; esa vez que estuvimos en la misma mesa me enteré por casualidad que era de Irlanda. A Guanajuato lo eligió en un mapa: éste, un lugar céntrico de México para terminar mis días. Anne…ella se dice Ana…

    Me dijo: -No va a llover hoy, por fin. Está soleado otra vez.

    Yo le contesté que sí. El contraluz me seguía molestando. Y por decir algo, agregué luego: -Me gustan los días como hoy: me dan ánimos.

    En el momento en que dije “me dan ánimos”, noté que los ojos de zorro se aflojaron dejando lugar a una mirada cansada y azul oscura, una mirada de hechiceros celtas exiliados, una mirada de lágrimas en pausa, algo, de tristeza fumada a solas en un cuarto. Fue como un soplido que me contó sin palabras de sus escalones depresivos. Sentí su alivio; estaba muy de acuerdo conmigo, más que de acuerdo. Estos días dan ánimos porque estar animado sencillamente no va con la naturaleza de la vida.

  • Pedacitos mágicos amarillentos desde México

    Tocaron el timbre y ahí estaba mi amiga M. del 4 E del Colegio Madrid, con los mismos ojos celestes de aquella cara joven de ángel botticeliano. Ella: con mole, Maseca y obleas; yo: con Tannat, ricotta con chipotles y empanadas. No nos veíamos desde el año 81 u 82 del siglo pasado (¡gracias, FB, telaraña contemporánea, tan pegajosa y llena de promesas cual hilos invisibles, casa de las arañas que inspiran a los escritores, madeja de redes en este mundo solitario!). Casada con uruguayo: ¿qué haría por aquí, de otra manera, casi en el otro extremo del continente, de Monterrey a Montevideo y viceversa? Madre con carácter, buena cocinera con proyectos, autoadoptada montevideana y mercedina, aquella muchachita tímida que parecía no tener mayor conciencia de su belleza física (había en ella algo demasiado etéreo, quizás aquella energía tan light no llamaba la atención de los hombres tanto como se hubiera merecido)… ¡resulta que se me ha convertido con los años en “La Doña”! Me he divertido al verla tan cambiada, desenvuelta, con el ceño fruncido al hacer aquellos cuentos donde sus chicharrones truenan, y para nada extrañaría encontrar una escopeta o un sopapo bien plantado. Si M. hubiera sido como es hoy, con la madurez de las experiencias y ese conveniente añejado en barrica de roble, seguro hubiéramos sido mucho más amigas en aquel lejanísimo entonces de los dieciseis recién cumplidos. Hoy tenemos, además, la ventaja de haber entrelazados nuestras historias de pareja y de hijos cada una con el país de la otra.

    El shock de la noche vino cuando me entregó un cuaderno forrado con plástico, las hojas a punto de desprenderse y papelitos con amarillentas cintas adhesivas que prescribían cuando eran abiertos. “¿Qué es esto?”, le dije. Ella me aclaró, triunfante ante mi -inusual- falta de memoria: “¡Nuestro chismógrafo!”.

    Fue un experimento conjunto terminado el 1 de febrero de 1980, en el que sometimos a nuestros casi 45 compañeros de clase a contestar una serie de preguntas (elaboradas por nuestra dupla), y con el evidente objetivo de colaborar a que se armara un mejor ambiente en la clase, algo más cálido, con compañerismo. Es interesante cómo todos accedieron de buena gana, aunque a veces se tiraran granadas prendidas. Yo venía de un grupo maravilloso en otro colegio, me costaba llegar a este lugar donde una brecha invisible separaba a “los nuevos”, como yo, de los auténticos, tradicionales, verdaderos miembros del Colegio Madrid, que parecían ir por el mundo con un VeriSign otorgado por el mismísimo Rey Juan Carlos (dicho sea de paso, en aquel entonces el monarca era nuevo y no decía “¿Por qué no te callas?”), aunque fueran de la más pura estirpe republicana. Este colegio había sido la escuela de los niños de refugiados de la República Española en el exilio, cuyo gobierno simbólico se estableció en México; luego, recogería también a muchísimos de los hijos de refugiados del Cono Sur, lo que completó ese extraño clima intelectual y contestatario. Con el tiempo, yo también me convertí en miembro VeriSign de la elite que pertenecía al lugar, miembro de esa especie de secta Alpha-Rho-Sigma-o-Qué-Sé-Yo que es este colegio allá en México; de sus salones y pasillos surgieron montones de figuras públicas destacadas en el cine, TV, música, literatura, investigación et al por aquellas tierras, y la cosa parece funcionar como entre camaradas de la Guerra de Vietnam: primero, uno se reconoce o identifica como Veterano, o sea como miembro del Glorioso Colegio. El proceso se catapulta en este primer reconocimiento entre cofrades a partir de escrutadoras miradas y sonrisas cómplices de “sólo nosotros sabemos lo que eso significa”; después se le pregunta por el batallón, división o similar (es decir, a qué generación pertenece)(nótese que no digo “perteneció”), y acto seguido se prefiere, adopta, contrata o elige a esa persona por encima de casi cualquier otra, aún sin conocerla demasiado (nuestros profesores, por ejemplo, eran casi todos ex-alumnos del Madrid). Es un Rotary Club de la ciencia, arte y cultura mexicana, un tatuaje indeleble, un aleatorio título honoris causa, un dolor de hígado para maridos y esposas que no ostentan el privilegio. Pero para los que estamos adentro -quizás gracias a la elucubración calculadora de chismógrafos en el momento justo, guitarras y canciones en los pasillos cada jueves o similares procedimientos seductores- es maravilloso, pa´que miento! Supongo que todo aquello debe haber cambiado mucho en los últimos tiempos: no sólo me han contado que la orientación del colegio es muy distinta que la de entonces, que era muy crítica y alentadora de lo creativo, sino que en su web ni siquiera se hace mención de su historia (casi 70 años) y sus explícitos orígenes republicanos. Eso debe espantar a los promitentes padres de esta nueva era (bueno, quizás no a todos). Como sea, parece que hubieran barrido todo su pasado revoltoso de un plumazo… “¿El Madrid? ¡Pero…está lleno de drogadictos!”

    Mi amiga se fue casi a las 3 AM (27 ó 28 años no se cuentan en una hora). Yo estuve leyendo cada línea del chismógrafo hasta las 4.30 AM, reconociendo nombres que tenía totalmente borrados en la mente, tratando de figurarme quién era aquel profesor que todos odiaban y llamaban “Ponch”, riéndome sin parar por las ocurrencias ajenas, disfrutando de mi propia coherencia existencial y la de otros amigos (eso sólo se ve con las décadas), añorando a mi amado profesor César Bárzana de física y química a quien todos marcaban como su favorito (un Maestro mismo, capaz de inspirar a cualquiera, que se suicidó a los 32 años justo un tiempo antes de partir con una beca a Canadá: aquella noche se despidió de los padres, se vistió con su mejor traje que seguro contrastaría con su pelo tipo afro alborotado, puso música clásica y se envenenó antes de acostarse a dormir el último sueño). Y seguí leyendo adolescentes respuestas a adolescentes preguntas sobre el conflicto iraní o el candidato Kennedy en Estados Unidos (que ahora no tengo idea de quién es). Y desfilaban y desfilaban personajes, compañeros que últimamente han aparecido con el grupo de Facebook y a quienes creí que no conocía siquiera pero estaban en mi grupo, “mejores amigos” de aquel momento que no puedo recordar del todo. En realidad, mi gran zambullida en la amistad y lo que significó ese colegio vino durante el último año de la Prepa; mis mejores memorias, mis placeres fraternales, mi entusiasmo juvenil son en gran parte de entonces. Pero fue fascinante meterme en este viaje tan extraño de Cuarto Año(para nosotros, primer año de Preparatoria), lleno de polvo, telarañas y túneles oscuros. Por cierto, luego de que M. lo guardó durante 28 años, sentí que el chismógrafo empezaba a desintegrarse con mi atrevida lectura como si hubiera profanado la tumba de Tutankamon: caían los pedacitos, se desprendían las hojas, se desbarataba la portada, y quizás alguna bacteria milenaria esté ahora alojada para siempre en mis pulmones. Pero la tinta sigue firme, y eso es lo único que importa, SIEMPRE. ¡Cómo nos reiremos en el grupo Generación 82 cuando vaya largando con el tiempo algunas de las frases célebres que figuran aquí, o las puteadas entre compañeros, o los comentarios más cómicos! Dicho documento incunable merecería ser escaneado, hoja a hoja.

    Hoy en Montevideo habrá un gran acto del Frente Amplio, un aniversario también de décadas. Esa es la explicación que me da G. cuando pregunto por qué de pronto en la radio están pasando la Internacional Socialista y las canciones de la Guerra Civil Española, como si se tratase del soundtrack de mi vida. El sentido común no me engaña, yo sé lo que está sucediendo realmente. Es que los hados de la memoria han sido convocados y casi siempre cantan cuando eso sucede.

    Más:

    “Memorabilia” del Colegio Madrid

    Página oficial del colegio

    Asociación de descendientes del exilio español

    Generación 82 en FB

    Lista de correos de Generación 82 (cerca de 100 miembros ya!)

    El Madrid en FB (más de 500 sectarios del Alpha-Rho-Sigma-o-Qué-Sé-Yo mexicano)

  • Darno: apenas un año, y todo lo que falta…

    Hace mucho que no escribo aquí, mucho, mucho, según los calendarios y según mi percepción interior. Si lo hubiera hecho antes, quizás el tema hubiera tenido que ser –¡cuándo no!– la muerte, y eso me hubiera molestado. Sobre todo porque la gente podría pensar “¿Por qué vuelve recurrentemente a tan molesto tema, cuando tiene a su lado un solecito de tres años, con ojos más azules que los mares y la risa más conmovedora que puede imaginarse?”. Y ahí mismo estaría la trampa: la muerte nunca fue una presencia tan incisiva, tan funesta en mi vida, como ahora, que está Astor, y *realmente* la cretina podría destruirme. Hace poco volví a sentir su mano helada tocándome la espalda de noche, esa corriente eléctrica u hormigueo inexplicable que me provoca escalofríos físicos y de la que sólo G. ha podido salvarme dándome su mano, que siempre está tibia. Sentí todos esos días que mi alma había perdido su capacidad de regenerarse, que no me curaría de vivir, que mi proverbial Ave Fenix había terminado, que simplemente me marchitaría día a día hasta lograr la confirmación externa de mi muerte. Luego releí un material de Constelaciones Familiares, en el que advertían que a veces uno de los miembros del sistema es atraído por la muerte y otro toma su lugar para salvarlo, típicamente “Yo muero por ti, mamá”, pues los niños son muy sensibles ante dicha atracción. Me dio pánico y luché con todas mis fuerzas por subir de nuevo a la superficie; no sé si lo logré del todo, porque la alegría no termina de volver (desde hace mucho), pero prefiero estar conciente de las seducciones retorcidas de la maldita huesuda. No le hace honor a mi parte mexicana llamarla así, pero en este momento somos enemigas acérrimas. No puede ser de otra manera. Un hijo querido te cambia la vida para siempre, como bien sé como madre. Un hijo no querido también, como bien sé como hija, pero eso no es tan importante. Me contó una amiga de México que la primera vez que vio una foto de Astor le impresionó tanto su cara de ángel que esa noche soñó con él; así es de fuerte.

    En ese mismo material, también leí que a veces uno de los miembros de la pareja es atraído por la muerte y el otro dice entonces: “Yo muero por ti”. Gracias a Dios, no tengo ese problema: G. es macizo como el hierro que tan bien trabajaba. Pero recordé entonces la muerte de Patricia muy poco tiempo antes de que Eduardo bajara los brazos del todo, hoy precisamente hace un año ya. Me parece mentira todavía, aunque el electrocardiograma sigue espaciando sus latidos cada vez más (igual me cuesta muchísimo escucharlo cantar, es cuando más me duele, y lo lamento de verdad pues amo sus canciones, pero no tengo más remedio que tomarlas en dosis homeopáticas). El otro día compré el libro que acaba de salir por Editorial Planeta (Levrero en Alfaguara, Darno en Planeta: no hay mejor negocio que morirse cuando se es un talento no reconocido lo suficiente, al menos en este país!), de Nelsón Diaz, “Memorias de un trovador”. Esas cosas son, como siempre, regalos póstumos: alivian. El Darno tenía mucho para decir y sabía hacerlo; era un placer egoísta escucharlo “sólo para uno”, incluso cuando las conversaciones surgían de las intrincadas lógicas de la sordera y el alcohol. Horas telefónicas sobre Praga, charlas en el Sorocabana sobre Madame Bathory y las novelas de caballería… Lo quise mucho (¡lo quiero!) y siempre me generará cierta sonrisa cómplice pensar en él: no cualquiera anda por el mundo siendo tan quien es, y en estos casos se trata de seres irrepetibles, incopiables, divertidos en su personaje trágico, trágicos en el fondo, irremplazables, que dejan un buraco en el suelo que solían pisar, como si un meteorito hubiera arrebatado kilómetros de tierra con su impacto.

    Y pensar que todos somos tan sólo eructos rebeldes de la conciencia de algún tipo de Dios o aciago demiurgo…

    Como sea, no podía dejar de marcar el año de la muerte de Eduardo. Aún cuesta creer y el mundo es un lugar muchísimo más solitario después de eso. Hoy diluviaba y yo pensaba en su tumba, donde no podrían dejarse flores ni se verían colores más vivos que el gris o el marrón.