Etiqueta: memoria

  • Radiante

    Hoy viví una escena perfecta: el ómnibus, una tarde soleada, las típicas casas montevideanas a través del vidrio, “Penny Lane” y “Come together” en los oídos, un actor desocupado vestido con larga falda negra metiéndose con todo el mundo y haciéndolos reir en el pasillo (no escuché lo que decía, me da terror que me empiece a hablar, pero la gente se divertía). Nada podía ir mejor.

    Y paseé un poco por la Ciudad Vieja (me hace bien ese lugar, de día); ni siquiera podía quedarme a tomar un cafecito, pero lo respiré en el aire: energía, cielo azul. Estuve tentada a entrar en la Catedral nuevamente, a ver si con una mejor óptica interna las cosas se veían distintas, pero no: ya sé que en eso no. En cambio, disfrute los edificios antiguos como nunca. Mis muertos y mis ausentes lejanos estaban, como siempre, pero eran parte de la fuerza de mis alas, no buitres posados en ellas.

    Ahora me vengo a enterar de que cerrarán el Bar Mincho: ¡qué poco amor por el paso del tiempo, la historia! Y no lo digo por sus dueños, que a lo mejor están quebrados; lo digo por el gobierno, del bando que sea. ¿Cómo es posible que desaparezcan mapas enteros de nuestra propia identidad sin que nadie haga nada? Aún me lamo las heridas del Sorocabana (¡de los dos!); menos mal que no están ni el Darno ni Marosa para ver esto.

    Pero no me voy a amargar. La vida lo obliga a uno cada vez más a interiorizar lo importante y seguir sin ello a la vista. Por ejemplo, al mirarse en el espejo, juas!

    Chistecito de fin de tarde soleada.

  • VIVE VALEQUE, E. Darnauchans


    Así firmaba el Darno los mails que me llegaron a México “gracias a las manos, el intelecto y la tolerancia de Nátasha, pariente de Ana Dostoievskaia” (o “nieta de Dostoievsky”, según), alguien que me encantaría saber quién es y conocer algún día: mi única pista es que escribía desde
    Tamborilearte a horas insólitas.

    17 de abril, 1999/ Mi despedida rumbo a México

    “P.D. 2: Como dicen, “hay que vivir”.
    Siempre sabe Ud. que quienes la despidieron (pueden) deben recibirla en las marcas de este sur.
    ¿Anda Ud. por ahí?
    No se olvide nunca de Byron, “Love itself must rest”.
    –Or from me–
    (About love)
    DE PROFUNDIS CLAMAVO TE
    Escrito sin pensar acordándome de cierta letra que cantaba Gardel: “Fuerza, canejo, fuerza y no llore –que un hombre macho no debe llorar”.
    Escrito sin pensar a las 05:30 am del 28/XII/999.

    “The rest is silence”

    Kiss (telón) servant Darno.”


    Feliz No-Cumpleaños, Eduardo, donde quiera que estés: festejamos los 53 que sí tuvimos… Gracias, gracias, gracias.
    Con enorme amor de Madame, la del mechón champán y el guante impar, una en la legión de admiradores fidelísimos. Vive Valeque.

  • La inevitable tristeza del primer cumpleaños sin cumplir

    Jueves 15 de noviembre – 22 hs.
    “Salú, Darno”

    • “El 15 de noviembre, el entrañable Eduardo Darnauchans cumpliría años. En Guambia, el lugar donde más cantó en sus últimos años, nos consideramos como uno más de su inabarcable grupete de amigos. Porque no olvidamos además que el Darno fue un trovador que marcó un rumbo. Con sus músicos habituales –Alejandro Ferradás en guitarras y Shyra Panzardo en bajo– más varios colegas más y amigos como Víctor Cunha, se nos ocurrió que no podía pasar la fecha por alto para homenajear su memoria. Invitamos a participar otros músicos, y con su público queremos recordarlo entonando todos, sin organización previo y en forma espontánea, para cantar juntos sus canciones. Es una invitación abierta, en la que esperamos que todos participen, para que ahora que no lo tenemos, tributarle el homenaje que todos le debemos por su militante contribución a que la música uruguaya sea hoy lo que es. Los esperamos, y nos gustaría que participaran abiertamente”.

    •Entrada Libre
    La ubicación es por orden de llegada, habilitándose la sala media hora antes de comenzar la función. Informes: tel. 916 3800 en horas de la tarde. Servicio de cantina a precios populares. Estacionamiento vigilado.

  • El misterioso asesinato en la Catedral

    Hoy entré a la Catedral, en la Plaza Matriz, triste, tristísima. En México siempre hacía eso; de hecho, también entraba en las iglesias cuando estaba feliz, con buenas noticias o animada por un día soleado, o cuando iba de paso a mis 180 escalones rumbo a la casita de Guanajuato, y asimismo entraba cuando no tenía nada que hacer, y cuando quería estar conmigo misma, o cuando quería descansar, cuando se me antojaba mirar a algún santo específico (los hay extravagantes allá, como San Chárbel con cintas de colores colgándole, o el Santo Niño de Atocha en una vitrina llena de juguetitos, o el Anima Sola, mujer semidesnuda surgiendo entre las llamas), o para prometerle cosas –que luego tardo siglos en cumplir– a Santa Teresa de Avila, o recurrir al abogado de los casos difíciles y desesperados, santo patrón en cuyo día por casualidad nací y que lleva el nombre de Judas (pero Tadeo, no Iscariote: no llego a tanto). Me hubiera venido bien encontrarlo hoy, con su medalla en el pecho, rodeado de milagritos colgando y veladoras, con la llama que surge de su frente como un chakra abierto.

    Aquí en Montevideo, cuando se me ocurre entrar a una iglesia, primero tengo que refrenar mi impulso: “A ver si está abierta… ¿Para qué carajos sirve una iglesia cerrada, a la que uno puede ir “a misa” solamente?”. Pero estaba abierta, hoy estaba abierta. Será que es la catedral. Así que entré.

    Tenía un espantoso olor a viejo enfermo, a lugar donde hace siglos que no se prende incienso o mirra. A pesar del olfato malherido que me dejó la sinusitis, podía sentir cómo ese tufo a decadencia que no conocía esplendor previo, ese olor a hospital sin desinfectante por falta de fondos se adhería a mi piel, a mi aura. Pensé en irme, pero me pareció excesivo para alguien que se lamenta de haber dejado de percibir los olores casi por entero. Lo más triste no era ese aroma a piso sucio, a anciano agonizante sin bañar, sino la ausencia de otros aromas que recordaran la vida: aroma de flores, de ceras, de incienso de iglesia, ni hablemos del copal, que antes entraba desde el atrio impregnado en los danzantes aztecas. Igual me senté en una banca. El oro también faltaba allí: en el púlpito había un laminado propio de un aerosol graffitero, una capita apenas que emulaba no sé qué glorias celestiales que no se atrevía siquiera a rozar. El oro de esta tierra hubiera sido lo de menos, desde luego.

    No es una catedral. Si acaso pudo haber sido un palacio legislativo. De cielo no sabe nada, de cantos, de misterios. Se veía que allí no se había prendido una vela ni siquiera para el cumpleaños del sacerdote. Pasaron dos o tres personas caminando, solemnes, por los pasillos, sin hacer ruido alguno; luego miré mejor, y puedo apostar que la pareja era de turistas: ella con su mochila colgada, él, con lentecitos y rastros inconfundibles de gringo. De seguro pensarían: “What the hell are we supposed to see here?“, pero no se atrevían a decirlo en voz alta. Cerré los ojos para poder ver la Parroquia de San Francisco en Coyoacán, sobreponer su maravillosa luminosidad sobre aquella estampa desolada y pobre; por lo menos la nave, el altar y los laterales me ayudaban a lograr el efecto. Y confirmé que no se escuchaba nada, no había música afuera ni ecos adentro, no se colaban pregones desde la calle, nadie rezaba. Yo había sacado el MP3 dispuesta a darle mi propia voz al asunto, pero no pude escuchar música más que al final porque me pasé desenredando los cables que se habían confabulado como spaguettis. Supongo que es algo que nos sucede todo el tiempo, de uno u otro modo: perderse la música por desenredar los cables, pero insisto en que allí no había música alguna.

    Al fin, el berrido de un niño retumbó rompiendo aquella comodidad malsana, llena de naftalina y flores muertas que no se ven con los ojos.

    Salí, casi molesta por haber buscado refugio en un lugar donde no hay ni rastros de Dios. Enmarcan cada puerta horrorosas tumbas de señores blancos con cascos eclesiásticos, tan estáticos como el resto del edificio, yaciendo en segura muerte eterna. Y la pila de agua bendita estaba vacía, como era previsible. Vacía hace décadas, seguramente: ¿quién cree en Uruguay en el consuelo del agua bendita? Ni el cura. De hecho, dudo que se bendiga el agua, ni siquiera lo deben hacer para los bautismos: finalmente, es H2O. Luego se preguntan por qué alguna gente le pagó fortunas a los abusadores que traían el agua milagrosa de Querétaro (agua que el dueño de la hacienda de Tlacote daba gratis a los que la pedían). Yo por suerte traje a Astor de Querétaro, no los necesito.

    Me fui escuchando a Silvio Rodriguez que me cantaba en ambos oídos, una voz y otra, jugando con el estéreo y la poesía. Qué alivio. Desde la parada del ómnibus, miré hacia arriba y enfrente: exploré varios apartamentos viejos, que parecían hermosos, con balcones de hierro y vidrios que reflejaban Montevideo. Los muros tenían texturas irregulares, carteles de conciertos ya pasados, detalles que bien ameritaban una fotografía. Ahí sí estaba Dios.

  • Mis tribulaciones en este Día de Muertos

    Además del enorme resfrío que me ha estado haciendo zancadillas desde el martes (y del que no puedo zafar porque nunca me llega el momento de dormir, descansar o simplemente no tener algún plazo de trabajo que venza ese día), anoche ocurrieron varias cosas durante lo que debía ser, y terminó siendo contra mi voluntad, la velación. Es que estoy rodeada de mimosos, incluso entre los muertos me las apaño para conseguirlos divos, celosos e histriónicos. Y yo no ayudo mucho con esa naturaleza parrandera que trato de esconder en el baúl, por aquello de “madre”, “docente” y “resfriada”, pero justo en el día en que hay que celebrar la vida para cerrarle el paso a la Pelona no me voy a echar pa´atrás.

    Veamos:

    INVOLUNTARIA VELACIÓN DEL 1 AL 2 DE NOVIEMBRE, 2007
    MONTEVIDEO, URUGUAY

    • Embajada de México – El asunto empezó con la inauguración de la ofrenda a Frida Kahlo, que era, por otro lado y en cierto modo, la culminación de mi taller sobre la muerte. Estaba hermosa, monumental, y en México no hubiera tenido nada que envidiar. Había gente de los talleres presenciales, del sábado pasado, gente de la colonia mexicana que conocía y trabajó creando esta obrita de arte que estará toda la semana que viene en exhibición, y luego empezó a circular el chocolate y el pan de muerto entre la concurrencia nutrida. Astor se prendió y eso le dio más baterías para seguir jugando entre la gente (finalmente, es su embajada ¿no?), conocí al Embajador, macanudo, y luego la Agregada Cultural dijo que nos lleváramos nuestro itacate. Salimos con un pan de muerto para el desayuno.
    • Bar Bacacay – Allí nos esperaba la bruja V. y su consorte; llegamos cuatro más y Astor, quien sopeó papas fritas en el agua y comió dos bolas de helado de chocolate, además de improvisar una piscinita para dinosaurios en los vasos y dibujar los manteles. A mí me esperaba el altarcito que le había armado al Darno antes de salir, pero ¡una botella más! ¡otra cosita! ¡un nuevo tema! ¡pájaros pintados por doquier! ¡el mozo es un poeta cubano que no sabe que existe el Premio Casa de las Américas y cuya cara se transmuta cuando recita sus décimas! ¡coincidencias! ¡confesiones de borrachos! Astor se durmió y los rufianes padres (y tíos postizos, taxistas y demás) llegamos a las 2 AM a casa. Por lo menos ya era la noche de Muertos (tenía la inocente idea de que podría llegar a dormirme antes de la medianoche); yo le había dejado una lámpara prendida al altarcito de Eduardo, no fuera a ser que anduviera por ahí dando tumbos.
    • Altar del Darno – Una foto del diario, con los ojos llenos de tristeza, desesperación y cansancio. Sorprendido, como quien no se sabe observado en tales sombras. Candelabros y cirios del mismísimo Pátzcuaro, lugar de lo negro. Flores. Una chalina que siempre llevé conmigo desde 1999 en que me fui a México otra vez. Un par de mails que, más que eso, son actuaciones privadas del inconsciente del Darno para mí, con sus “cantinflescas cortesías”. Una botella de Chivas Regal y un vasito bien servido que hoy de mañana estaba más abajo (sí, ya sé, la evaporación, la ley de gravedad y el índice Dow-Jones). Discos para una grata visita (canciones de cuna sefaradíes, música medieval y renacentista, Nick Drake, una selección de tangos reos en disco de pasta), libros (clásicos como La Odisea, La Eneida, La Divina Comedia, poesía medieval italiana, y hasta un librito de Leopardi como guiñada). Fotos: montones. Bares, cafés, amigos, recortes de diario. El inhalador para el asma. El pan de muerto de la Embajada (no sólo de Chivas vive el hombre, aunque ahora sea cadáver!). También discos de él, por si le entra la nostalgia. Papel y pluma para escribir (la guitarra, suya, aparece en una foto que me regaló: supongo que servirá). La letra de “Sonatina” clavada con un milagrito mexicano de corazón, con los que decoré también cerca de su foto. Calaveritas. Una, grande y muy canchera, sentada con un vaso en una mano, como luego de una borrachera; a ese vaso le puse agua bendita just in case. Puse el disco de Canciones sefaradíes mientras prendía los cirios. Sí, el tiempo había pasado desde aquel recital mágico de 1984 cuyo cassette pirata también había colocado en el altar. Su voz estaba destruída, como la mía cuando trato de volver a cantar; la energía no fluye, la vida ya se retiró con un reproche ahogado. Este disco es lindo de oír sólo porque sabemos que efectivamente, se trataba del último aliento. Lindo de oír por la belleza que recuerda, no por la que en verdad crea. Pero era la música de su altar de muertos y, como tal, era perfecta.
    • Saqué fotos como recuerdo. Es bueno tener en mente que nuestro amigo realmente no está más en esta tierra, y que por eso protagoniza un altar, y no se trata de una broma cómplice. Las fotos me quedaron horribles: fuera de foco las que tenían flash (salvo las que tienen los cirios apagados, qué gracia), totalmente oscuras las otras, y en una de mis artísticas tomas me llamó la atención un brillito lindo que captaba el lente. Volví a mirar. Nada. Por el lente, más brillito. De pronto, reparé en que parte de los papeles, la calavera mayor de madera y una de las fotos del Darno se estaban prendiendo fuego (¡sobre piso de parquet!): tiré el vaso de agua bendita para refrescarle los pies a la Calaca, que quedó tiznada y en brasas por un rato. Una tapa plástica de Raras & Casuales se derritió un poquito. Al Darno se le hizo un agujero misterioso y lleno de colores en el aura, de la cabeza hacia arriba; en la foto se lo ve concentrado, con una lapicera en la mano, a punto de escribir algo. Lleva la chalina roja, distinta de la mía azul.
    • Después, leí los mails, reí, lloré, tomamos whisky, miré las fotos (especialmente la nuestra juntos), le dije un par de cosas, le pedí perdón por no haber ido cuando estaba mal (¡yo, la kamikase del inframundo, me daba cuenta de que me tenía que cuidar a mí misma!), y sobre todo le di las gracias por haber cambiado mi vida, por seguir cambiándola, por haber sido un privilegio en las casualidades, un honor.
    • También le prendí una velita a Levrero, Rubén y Pocho, no se fueran a sentir por mi dedicación al Darno. De nada sirvió. Pinches muertitos. No me dejaron dormir en toda la noche.
    • Eran ya las 4 AM. Ni miras de descansar y con resaca amenazando (no estoy para cocktails de Marylin Monroe, ya no estoy en edad). En la duermevela, un calambre terrible en una de las pantorrillas; trato de sacudirla para salir del espasmo muscular, levantarme. Inmediatamente entra en calambre la otra y me duele horrores. “Son mis muertitos rompebolas que quieren llamarme la atención. Claro, no les armé nada este año, sólo al Darno…me quiero dormir!”
    • Al rato: Astor por primera vez se cae de la cama. Cae arrodillado en el colchoncito, el cuerpo encima de la cama estirado, casi dormido. Parece que estuviera rezando. Lo acomodo. Son las 6 AM y todavía no logré dormir, me pasé “velando”. Al rato amanece y todo el mundo se pone a llamar por teléfono.

    Qué nochecita! El Darno casi me incendia la casa, los otros me tiraron de los pies (como si tuviera diez años y pudieran asustarme), y yo para colmos, con cruda. Por suerte, a partir de mañana empezamos a salir del ciclo de la muerte. Al menos del voluntario, claro.

  • El huevo o la gallina

    Y yo me pregunto… ¿qué habrá sido primero? ¿Haberme leído a los 13 años todos los diarios del Che Guevara (los de “Pasajes de la guerrilla revolucionaria” eran alucinantes, pero también leí los de Bolivia, que eran bastante más aburridos), luego por el cuarto de siglo íntegros los “Cuadernos de la cárcel” de Gramsci (hice una monografía sobre su concepto de superestructura, pero no tenía por qué leerme sus diarios completos), y así, cartas, autobiografías, memorias, diarios de Kafka, Flaubert, Thomas Mann, Frida Kahlo, Casanova, Malcolm Lowry, etcétera y larguísimo etcétera? ¿Haber escrito yo misma cientos de cartas (en la era pre-correo electrónico, es decir, toneladas literales de papel), desde la primera noche fuera de mi país a los 8 años en que decidí mandarle una a mis abuelos, aunque recién íbamos por Buenos Aires? ¿Tener diario personal desde los cinco años, con mi temblorosa letra de niña precoz, un diario con tapa roja de cuero repujado, letras doradas y candadito que aún conservo junto con decenas de tomos? ¿Habrá sido primero todo eso, o yo simplemente sabía que en la vida adulta me apasionaría acompañar a otros en el misterioso viaje por la historia personal desde la escritura? ¿El famoso hilo de Ariadna, que sólo sabe manejar quien se internó en el laberinto alguna vez?

    (*) Adviértase que este post puede contener publicidad subliminal, je je… así está el mundo!

  • El recuperador de pedacitos mágicos buen recuperador será

    El sábado pasado vivimos una cena mágica en casa de V. Ella había preparado un festín exótico para agasajarnos a nosotros, los afortunados invitados a su cumple. Una mezcla especiada e internacional de gente como para pasar una noche conversando, poniendo CDs al revés en un tocadiscos rebelde, tomando vino en torrencial abundancia, degustando delicias saladas, picantes y dulces, agitando el caldero invisible hasta que las velas ardan.

    Eso, en tiempos pasados, no nos hubiera parecido tan extraordinario como ahora. Me refiero a que saltábamos de alegría e incredulidad cuando nuestros hijos corrieron al piso de arriba y se dedicaron a jugar toda la noche casi sin ser notados. ¡Pudimos disfrutar de toda una noche como seres autónomos, charlando y embriagándonos (de vino y de estar contentos nomás) hasta las 4 AM! Se lo cuento a todo el que me encuentro; por dentro pensarán “¡Pobre!”. Pero para mí fue un rito iniciático, un antes y después en mi vida de los últimos años. Un terroncito de libertad otra vez. Lástima que el olfato (físico) ya no me funciona; casi lloro, literalmente hablando, cuando el delicioso vino de reserva que V. nos invitó generosamente (como todo lo suyo) tenía el mismo exacto aroma que el agua. Pero fue lo único que opacó mi simple y extraordinaria felicidad de aquella noche.

    Otro pedacito recuperado: el martes quedé de ver a mi amigo VF en el Café Irazú. Aproveché para quedar bien conmigo mismo diciéndome que allí también podría trabajar un rato antes porque hay wifi. Sí, trabajé (me encanta ir, allí o a casi cualquiera de los pocos cafés que quedan, pero ver gente pasar, gente haciendo sus cosas, viviendo ahí afuera). Pero las dos horas de trabajo no fueron nada comparadas con las cuatro horas que nos pasamos conversando y riendo (el activar los bordes, la resignificación, la intervención, los mapas, y todo el léxico con el que se construye el discurso actual de la crítica de arte en Uruguay, por no hablar de las “curadurías”) hasta que fue hora de irse. “Ir al baño hoy es hacer una intervención en la red cloacal montevideana”, dice VF. Descubrimos que fue un incomprendido artista conceptual de ultra vanguardia hace veinte años, cuando vivíamos en Ellauri, con aquellos botellones que me encontraba en el baño y que tenían al lado fotos de los botellones mismos, o los carteles que con flechitas apuntaban a un cuadrado que decía “Esta es una obra de arte” (que a su vez tenía un cuadrado en su interior, con su respectivo cartel y flechita apuntando, etc, ad infinitum). Mucha diversión para una sola tarde/noche, y a pocos días del evento de V. Mi espíritu amenazaba con salir desbocado, corriendo al galope por la rambla bajo la lluvia.

    Pero no: tomé el ómnibus y, no sin cierta nostalgia, volví a casa a las nueve…

  • Un pedacito recuperado…

    … antes de seguirlos perdiendo por ahí, precisamente.

    Escrito en Crónicas de la cebolla, blog de Selene

    Retazo de G

    Me lo dijo alguien que la conoce cuando era más joven; pero mientras me lo decía, yo lo pensaba de otra manera y ahora lo apunto antes de que se escape porque me sigue dando vueltas en la cabeza como un sueño:

    Su pelo era un chaparrón rojo
    debajo del cual tantos hombres
    hubiesen querido
    detenerse
    sin paraguas.


  • Electrocardiograma del duelo (5)

    Estuve escuchando El trigo de la luna, que es uno de mis discos favoritos. Y por enésima vez, “Desconsolados 2”. Siempre me pregunté de dónde saco esa crónica identificación con el Duque Penurias y Madame de la Mugre, ese amor por lo caído, esa compasión por quien duele y se duele, por lo oscuro y lastimado (pregunta capciosa, si las hay).

    Y entonces lo volví a sentir: subía por mi interior, se desbordaba desde el corazón, llegaba hasta mi cráneo y llenaba mis oídos de esa voz que mana belleza, como las llagas de Jesucristo. Era el duelo, la misma pérdida seis meses después. Saber que lo extrañaré hasta el día de mi muerte, aunque hiciera tanto tiempo que no lo veía. Confirmar con un nudo en la garganta que algo importante -algo que no solo tiene que ver con él, con el amigo, con el ícono, sino conmigo misma y quien yo fui, y cuya memoria él se llevó a la tumba, como se irán yendo todos y cada uno de mis pedacitos mágicos- ha terminado para siempre, que no hay posibilidad de resurrección. Que los muertos no nos quieren a los vivos allí, y está bien que así sea. Que los vivos tenemos que dejarlos en paz y seguir con la vida, del lado de la vida. Pero el duelo simplemente aparece una tarde, sin previo aviso, y nos saca lágrimas transgresoras de los órdenes del universo.

    No lo veía hace tanto, pero el cajón envuelto en la bandera y las flores rojas me parecieron preciosos… Y cuando subía las escaleras rumbo a la salita donde lo velaban, tuve la plena conciencia de estar escuchando el murmullo exacto de “Ni siquiera las flores”. Creo que faltaban las risas,aunque afinando el oído quizás podría haberlas escuchado: las de él, al fin libre del calvario de los últimos años…

    Por supuesto, a cada rato me vienen ráfagas de tristeza y lloro. De todos modos, hubiera sido muy difícil volver a encontrar a Eduardo, aunque se lo tuviera enfrente.

    Un genio. Un príncipe. Un mago. Un juglar. Un hombre.
    (9 de marzo, 2007/ fragmento de post)

  • Raíces, espejos, tribus, memorias

    G. dice que yo miro demasiado hacia el pasado, que estoy presa mientras siga manteniendo mis dinosaurios en formol. Que la memoria me juega malas pasadas, que me aparta del presente y del futuro; que mis años de joven en México son, en el fondo, lo que más amo de la vida, el grial que me cura y resucita, el vino sagrado en el que me embriago y me sumerjo. Que ese pasado es lo que más me importa, a lo que quiero volver como a un útero bendito: mi hogar, mi museo, mi rostro (al menos el rostro que yo misma reconozco).

    Pero no es así, ya no es así. México es la energía de la tierra, las campanas resonando por todo Guanajuato, el hervidero del Zócalo, el olor a copal y a tequila, el papel picado de colores junto a las tumbas, el hambre y las flores, el tambor y la vida, el mariachi y el terremoto destructor, el elefante pasando inesperadamente en una filmación de carretera, el mendigo feliz, el borracho converso, el fantasma de callejón, el danzante azteca leyendo el periódico, el chocolate humeante, el delirio de azulejos, la fruta, el amor, Dios, el cielo, la amenaza agazapada, lo oscuro, lo azaroso, lo acaso misterioso, la procesión de encapuchados, las espinas, las piedras, los milagritos milagrosos, el agua en las fuentes, el barro, el infierno. México es solamente eso, pero esta vez lo traje conmigo. Está aquí, es parte de mi vida cada vez que respiro. Recuerdo, sí, porque en México está mi juventud, y la juventud es una lámpara de aceite que arde durante toda la vida. Pero eso quedó atrás: ya no sufro, ya no añoro. Tengo recuerdos dulces, como el mamey y la papaya y la cocada y el gaznate. Mi memoria es regocijo, no quiere encarnarse en mí: tan solo es un reflejo, un destello más del caleidoscopio mismo. De mí.

    No necesito el pasado más allá de los tejidos y huesos que me sostienen. Mi pasado me llevó hasta Astor. Con eso basta. Pero amo volver a ver las películas que me emocionaron en la butaca alguna vez. Por eso escribo.

    (fotografía:Zé Eduardo)