Etiqueta: memoria

  • Pescando mis pedacitos mágicos

    Al fin! Hace como veinte días que no escribo nada aquí, y no porque no haya tenido qué: ha sido una locura, interna y externa. Tendría que haber subido unos tres posts por día, mínimo, pero no tiene gracia hacerlo ahora. Lo que pasó, ya pasó, por lo menos lo inmediato. Lo otro se decanta, se aquieta, deja ver figuras reflejadas o se pierde para siempre.

    Pero marco mi lugar en el río, tiro mi caña al agua, me tapo el sol con el sombrero y me echo hacia atrás. Mañana vuelvo, espero. Mañana empiezo. Mañana, si todavía estoy en este mundo (“El sol saldrá mañana es tan solo una hipótesis”, dicen los solipcistas).

    Estoy embelesada con varias cosas que pasaron. Hay un bebé Theo que me tiene conmovida con su carita de pixeles lejanos. Pasan cosas. Muchas cosas.

    Tengo el alma un poco más liviana que hace unos días. Nunca creí que trabajaría tanto con la escritura y laterales. Y en Uruguay, nada menos! Es sorprendente. El año que viene tendré en cuenta que a veces los milagros suceden.

    Pero por supuesto, extraño escribir. Tanto como a mí misma. Tendré que encontrar un equilibrio. Perderse es mal negocio: preguntar a Fausto.

  • El tapón de la bañera (una inundación necesaria)

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    A mi amiga F. (digo “mi amiga”, por más que nos vimos una sola vez en la vida, en 2003, y ella vive en Francia, pero fue de las personas que estuvieron rodeando a Levrero en el momento de su muerte -me refiero al momento– y una referencia de esa tribu siempre, además de talentosa) se le rompió el tapón de la bañera: por un hilo virtual, empezó con un post y otro sobre nuestro amigo querido, y hoy de mañana, en pijama, se leyó este blog entero entre croissants y lágrimas, al punto de que no había quién la consolara, o el que podría haberla consolado estaba muerto. Y me contó cosas preciosas: de un sueño (antes de que lo perdiéramos) en que Levrero aparecía con su nueva novia, una chica alta y flaquísima, casi anoréxica, vestida de negro; me contó de aquellos últimos instantes que Chl también me había contado, pero nadie me había narrado con todas las letras el momento en que el corazón de Levrero hizo “piiiiiii” y su alma dejó visiblemente el cuerpo. F. ha venido cargando con toda esta tristeza sin saber a quién contársela, así que yo se la cuento aquí a ella.

    Lo que pasa es que mi amiga F. no hizo el altarcito de muertos en 2004, como yo (horrible, a los tumbos, nada que ver con lo que hubiera querido hacerle a él, de las cinco personas que más quería en el mundo y la única que me guiaba por un laberinto en el que me dejó sola olímpicamente). Levrero murió cuando Astor tenía dos semanas apenas; entre eso, mi gravísima depresión posparto y la operación del bebé antes de que cumpliera un mes, mis fuerzas vitales eran similares a las de un disnéico tratando de soplar y apagar una antorcha olímpica. Estábamos en México y se acercaba el 2 de noviembre; mi madre, viéndola venir, me dijo: “¡Ni se te ocurra ponerte a hacer un altar de muertos!”. Pero hacía sólo dos meses que Levrero se había ido con la novia anoréxica, y yo simplemente no podía. No quedaría el año 2004, el antes y después de mi vida (en el sentido de la vida, en el sentido de la muerte) sin que yo le prendiera una vela a mi maestro, hermano, amigo del alma. Y bueno, no será un homenaje con suelta de palomas y notas de prensa, pero le puse toda la carga simbólica de la que fui capaz. Y traté de dejar mi estupefacción y enojo a un lado. Y ahí está, en algún rincón de mi psiquis, junto a este blog.

    Mi amiga F. tiene que hacerle el altar de muertos este año. O este 30 de agosto, tres años después.

  • “Te busqué y te encontré”

    Luego de escribir el post anterior, tuve curiosidad por ver si había algún rastro de mi amigo en la web: en realidad él murió cuando ésta recién despegaba, al menos en Latinoamérica (1996), y si bien en aquel momento varios escribieron en los periódicos sobre esta pérdida para la cultura (y para los amigos, pero en privado), era de esperar que en internet José Manuel jamás hubiera existido.

    Pero había, sí, un cartelito, un dibujo, un mensaje. Sólo uno, pero era inequívocamente referido a él. Alojado en la página de (¡oh!) Giacoman.

    In memoriam

    Uno tira de la punta de la madeja, y de pronto se vuelve Ariadna…

    Me pareció hermoso que estuviera esto ahí, escondido. Gracias a esos dos amigos tan fieles que recuerdan y recuerdan. ¿Qué seríamos los seres humanos sin memorias, sin velas prendidas, sin lápidas, sin historias?