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  • Inundaciones

    Mi último post fue a fines de octubre, cerca de mi cumpleaños. De esas fechas a esta parte -casi tres meses después-, ciertamente hubiera podido escribir al menos una docena más, si he de tomar como termómetro las ebulliciones internas, los descubrimientos, las maravillas, las emociones, las memorias, los proyectos, los sueños empecinados a lo largo del tiempo, los tímidos pasitos para hacerlos realidad, las polaroids de la vida a cada paso, los momentos kodak, los infiernos temidos, las sospechas. Pero -como es bastante evidente- jamás llegué a escribirlos, no pude hacerlo (lo que, en este caso, es lo mismo que decir que le he permitido a la vida práctica, a mis responsabilidades y mis culpas, impedírmelo). Menos mal que este blog se plantea desde el comienzo como meros “pedacitos” nada más, sin mayor continuidad, aunque hay veces en que se me va la  mano. ¿Quién puede vivir sin darse por lo menos un mínimo espacio para escribir cada semana, cada día, varias veces por día? Y, sin embargo, algunos pasamos meses respirando apenas desde nuestros irregulares diarios privados y apuntes oníricos.

    A estas alturas, es tanta la cantidad de temas y recuerdos que se me han venido asociando inconteniblemente con el título del post, Inundaciones, que debería escribir una novela para darles caza. El congestionamiento incluye la historia de mi casa inundada y de cómo dicho infortunio nos permitió comprarla; las dos operaciones de G. y las notas de sincronicidad del universo; la advertencia de que siempre me cuidara del agua -del peligro de morir ahogada- que me hizo una espectacular vidente hace muchos años; las reiteradas roturas de caños de OSE y saneamiento que desde la vereda inundaron nuestro sótano una y otra vez; las tristes e invernales goteras de la claraboya cuando regresamos a Uruguay; la afinidad con el palo de copas del tarot, con sus receptáculos adaptables y el peligro de sus pantanos; mi amado Guanajuato con sus inundaciones recurrentes; mi otro hogar, Querétaro, y su agua milagrosa; Felisberto Hernández con su casa tan inundada como la mía. Y Constantinopla, también Constantinopla, que ya no existe.

    La única forma de lidiar con las inundaciones internas, con los ríos inconscientes que se dejan crecer hasta el desbordamiento, es empezar narrando desde un hilito de agua, desde una precaria lluviecita, y reservar el resto para más adelante. Mi castigo por no escribir antes será no poder contarlo todo ahora, tener que postergar, diferir. Pero seguro podré retomarlo alguna vez, o estaré libre de hacerlo, si se da el caso. Porque esto no es solamente un propósito de año nuevo; he asumido, incluso, compromisos públicos en el asunto (para empezar, renunciando o aplazando espacios de trabajo muy gratificantes, propuestas que funcionan, lo que de por sí es un privilegio) a fin de tener algo de tiempo y concentración para escribir durante el 2010. Para escribir para mí, en principio; luego se verá. El blog será, entonces, un recordatorio, un lugar en el que monitorear mis propios procesos en tanto, a lo largo de este año distinto, abordo un proyecto mayor. Uno que viene trancado en el canal de parto, el creativo, desde mi último parto, el otro. Desde mayo tendré -me gané, tomo a codazos, me arriesgo, pienso en que me puede caer un piano en la cabeza en cualquier momento y que no hay que dejar tinteros rozagantes en este mundo de hambres- exactamente nueve meses (sic) con un poco más aire para reconectarme con mi escritura, si bien el mundo real me seguirá marcando el paso. Pero menos que antes. Así que pronto podré fraccionar las ahora inundaciones en pequeños chubascos, en chorritos constantes, en baños de piscina, en vez de pretender engarzar todo en un tsunami ocasional.

    Lo que iba a contar hace un buen tiempo (cuando debí haber escrito el post de Inundaciones y no ahora) es que una fuerza incierta me arrojó del sueño en el medio de la noche. Me desperté con el corazón desbocado; el sonido de la fuerte lluvia contra la claraboya terminó de volverme a la conciencia. Un instante antes, yo salía del altillo, fuera de mí, de mi centro, con una calavera de azúcar en cada mano; las había desenvuelto de entre un montón guardadas en una caja que justo había encontrado. Yo giraba en el patio con los brazos extendidos, mientras la lluvia me caía encima, empapándome, y las calaveritas poco a poco se iban derritiendo entre mis dedos. Masa húmeda de azúcar, recuerdos que se pierden para siempre, que se entregan como ofrenda en un misterioso ritual. Ecos de la fiesta de los muertos en México, quizás.

    No me podía sacar la imagen de la cabeza.

    Miré el reloj, aún con el pecho apretujado. Las cuatro de la madrugada. Tenía que disfrazarme, dejar el pijama calentito a resguardo, agarrar un paraguas y salir en el medio de la lluvia a verificar que el desagüe no se hubiera tapado.

    Las casas son seres implacables: demandan, exigen, protestan. Hemos de apaciguarlas, tranquilizarlas, hablarles en susurros. Finalmente, no hay que olvidar que se trata de nosotros mismos.

    Subí. Me mojé. Todo estaba en orden. Hacía como un mes que en casa habíamos sufrido una inundación mayúscula; el desagüe tapado formó un estanque en la azotea y el techo de nuestro cuarto no resistió: por alguna grieta se filtró el agua y dos chorros, tipo ducha, mojaban los muebles, el piso de madera, deslavando revoques ante mi atónita mirada. Creí que todo se vendría abajo; hasta ese día, el agua había sido en nuestra casa (además de un capítulo fundacional, con olas moviéndose en cámara lenta bajo la luz de la luna, pero esa es otra historia) un problema de la claraboya, de molestas goteras habituales en las casas viejas, de paredes con alguna mancha de humedad. Dudar de la solidez del techo ya era otra cosa; los cuartos eran el refugio lejos del patio, la protección de los vidrios que se rompen durante los temporales (tan habituales en Montevideo), con sus ruidos de viento inquisidor. Ese episodio lo trastocó todo. Creí que nunca más lograría dormir tranquila en mi cuarto. El agua parecía estar esperando la oportunidad para adueñarse de todo, para hacernos flotar sobre los colchones, ya cadáveres en nuestro sueño eterno. Así pasaba en Guanajuato antes de que entubaran el río: la gente no despertaba una vez que el agua subía cuatro, cinco, seis metros en una sola noche.

    Paradójicamente, una ciudad puede estar amurallada, pero solo en tanto disponga de agua. Su solidez depende de esto. No hay sistema de protección militar que valga sin un potente depósito de agua, un acueducto o similar. Habría que pensar qué puede significar esto, llevando la metáfora a nosotros mismos.

    Constantinopla, por ejemplo, tenía espectaculares murallas de 9 metros de alto, incluso con estructura anti sísmica. Pero, además de un acueducto que recorría kilómetros, disponía de un gigantesco sistema de almacenamiento, con agua suficiente como para llenar 27 piscinas. Tan solo para sostener su techo, contaba con 336 columnas. Imbatible. Reservas de agua y muros defensivos.

    Sin embargo, finalmente la ciudad fue vencida. Hunos que comían carne cruda, vestidos con pieles de ratones de campo hasta que el atuendo se les desintegraba, ya de podrido. Esos bárbaros salvajes violando, saqueando, matando…

    La estabilidad de un imperio puede, ciertamente, depender de sus murallas. Por algo la ciudad más rica del mundo era  la que mejores muros tenía (*). Y aún así, a toda Constantinopla le llega su Atila. No hay nada que proteja totalmente de los Atilas del mundo.

    En México, algunas veces el presidente tenía que declarar zona de desastre la mitad del país a causa de las inundaciones. Y la otra mitad también, pero a causa de las sequías.

    Sí, habrá que seguir pensando y aplicando metáforas…


    (*) Quizás todavía lo sea: bastaría contemplar con cierta malicia las medidas que se aplican actualmente en los aeropuertos de EE.UU.

  • Memoria siempre, nunca más.

    Anoche me llegó una certeza a modo de rayo (de Zeus, pero también de luz). Da la impresión de que, en mi caso, la memoria se hubiera erigido en una especie de bastión infranqueable que preserva lo que ya no es de la desintegración. Un pacífico espacio de pastos verdes, plaza y arbolitos detrás del muro de los lamentos, una porfiada isla puesta en el mar para atajar a los náufragos, un invisible museo portátil, la puerta secreta al misterioso holograma laberinto. Recordar o, más que recordar -que siempre implicaría una clara conciencia del retorno a lo que ya no es pero proyectado desde el presente-, mantener con vida en forma necia, insuflarle una y otra vez el aliento vital a lo que se fue para siempre, atrapar con una red de mariposas, no dejar ir, sostener lo insostenible. Una memoria casi asilo.

    Los muertos.

    Los amores pasados.

    Las ciudades habitadas.

    Empiezo a entender mejor mi sueño del pajarito de colores. Debí animarme a romper esa burbuja, aunque el pasado saliera volando y lo perdiera de vista para siempre. Los pajaritos de colores no se hicieron para las burbujas: se quedan sin aire y terminan siendo tan sólo tristes pajaritos desfalleciendo hasta la muerte. Pero intentar darles ese aire que precisan es -si acaso sirviera- una empresa agotadora y hasta arriesgada. No es natural convivir con el cadáver embalsamado de un ser querido. Basta recordar a Norman Bates.

    La memoria ha sido mi única militancia, el decálogo de honor de toda una vida. Me precio de ejercer el amor de no olvidar, que en vez de fluir hacia adelante requiere un esfuerzo titánico en sentido contrario, una fuerza opuesta a la newtoniana gravedad, a la inercia, a las órbitas que tironean y a las corrientes marinas. Los muertos, los amores pasados, las ciudades cuyas campanadas ya no escucharemos, los adoquines que no pisaremos más, el cilantro perdido para siempre, el epazote añorado y distante, el copal de las iglesias, el organillero dormido. Es cierto que los grandes capitales de un escritor -al menos como lo entiendo yo- son la introspección, el narcisismo y la memoria, pero todo eso es la arcilla de una obra que vive afuera de nosotros y que, por lo mismo, nos descansa. En cambio, esta otra es una memoria insomne que no puede cerrar los ojos un instante, pues el mudo riesgo de haber perdido un mundo al despertar le corroe el sueño. Lealtades costosas. Hay un necesario verbo en inglés, to move on.

    Quizás mis ayeres estén necesitando la conflictiva piedad de la eutanasia. Porque sacar a Eurídice del mundo de los muertos es, en sí mismo, un despropósito. “No mires atrás”, le dijeron al empecinado, le dicen una y otra vez, pero sigue cayendo en la trampa sin remedio.


    Eso hace sonreír con sorna a la otra cabeza dura. A la quieta, callada mujer de Lot.





  • Mi Tristán

    En las afueras de Guanajuato, una especie de hostal con muchos estudiantes, piscina, campos. Allí me encuentro con Anita; entre el gentío alcanzo a ver también a Tristán. Es emocionante: no puedo creer que esté allí, y me alegro muchísimo de que haya estado vivo todo este tiempo. Nos reconocemos inmediatamente; para él, sigo siendo la dueña de su corazón. Nunca creí que lo volvería a ver. Nunca.

    Luego, en el cuarto, con G. y otras personas, me parece que pasa una rata gris junto al zócalo (más pequeña, quizás un ratón, pero su sola presencia y movimiento errático me desata todas las fobias). Enseguida, un gato del lugar caza a la rata y se la lleva a la boca; yo comento que, más allá de la opinión de G., tendría que tener en casa un gato por mera protección. Sin embargo, a los pocos minutos la rata logra escapar; para colmos, aparecen dos ratones más, aunque estos sí son cazados sin vueltas.

    Enseguida de esto, Tristán llega junto a mí y parece perturbado. No puede respirar, carraspea. Primero lo tomo a la ligera, pero despues me doy cuenta de que se le atoró algo; pienso que está envenenado o que insólitamente intentó tragarse a la rata que había escapado. Lo tomo en mis brazos y digo casi gritando que es necesario llevarlo urgente a un veterinario. Aparece mi madre y afirma que no serviría de mucho, que de todos modos moriría por el camino. Veo a Tristán debatiéndose, ahogándose, y me doy cuenta de que sí, que va a morir sin remedio. De repente siento que su cuerpo se afloja sobre mis brazos; simplemente sé, en ese momento, que Tristán murió. Lo abrazo, lloro, me levantó y lo cargo en brazos. Le pido a unos muchachos del hostal que me ayuden a enterrarlo en ese mismo jardín para poder volver siempre a su tumba y hablar con él. Recuerdo entonces cuando murió mi gatita; yo tenía once años, y la enterramos en el jardín de casa envuelta en una tela de peluche a rayas blanco y negro, un sobrante de la colcha de mis padres. Decido un lugar debajo de la tarima de la piscina, que me parece como más íntimo para estar con él. Los muchachos habían preparado el hueco cavando; yo había llevado el alma y los restos de Tristán en una caja mediana, cuadrada, que pongo en la tierra. No estoy durante el resto del entierro, pero después vuelvo al lugar y veo que por algún motivo han puesto trozos de carne encima de la caja. Temo que hayan desollado el cadáver -lo habíamos dejado aparte- pero no: ahí sigue, lo enterrado era tan sólo el alma. Ahora se me ocurre que quizás intentaron sepultarlo con algo de comida, como se hacía en los funerales aztecas de modo de que el muerto pueda alimentarse durante la infernal travesía por el Mictlán.

    Como no pude cerciorarme personalmente, le pregunto al muchacho si el entierro estuvo bien hecho, si están allí todos los restos, y me da todas las certezas del caso. Luego reparo en que han cubierto, aunque sin cementar, la tumba con mosaicos de talavera azul y blanca.

    Enseguida salgo rumbo a la ciudad misma de Guanajuato para deshacerme del cuerpo vacío de Tristán. Este es un trabajo desagradable, pues se percibe su condición de muerto, de contaminante energético: su almita quedó en la tumba, enterrada en ese lugar al que yo podré ir a hablarle, pero el cuerpo no se puede quedar inerte por ahí, descomponiéndose. Pienso en subir hasta nuestra antigua casa, donde nació, y tirarlo justamente en el Callejón de los Perros Muertos, pero me da mucha pena que quede en un baldío como si fuera basura (además de que Anita y Lalo se enojarían por el olor). Sigo, entonces, cargando su pesado cuerpo por las calles de Guanajuato; en cierto momento logro comprimirlo al máximo en un cuadradito compacto, como una cajita.

    Busco y busco el mejor lugar, y al final encuentro una hendidura que se forma, hacia abajo, entre una casa y otra. Es un espacio oscuro, parece una cripta. Quiero deshacerme cuanto antes del cuerpo de Tristán y arrojo el cuadradito allí, pidiéndole a los cielos que mi amigo no vaya a conservar ningún vestigio de conciencia con el que se perciba encerrado. Entonces me voy, continúo caminando por calles ahora algo derruídas, en reparación, llenas de canales o pasajes sobre los que cuelgan cables de colores para que uno se agarre y pueda avanzar con más seguridad. Yo uso uno naranja y llego por azar hasta una oficina como de policía, donde lo enrollo para dejarlo. Lo único que deseo es irme y terminar al fin el episodio, pero a la salida hay una mujer vieja que me recrimina que haya retirado el cable que otra gente utiliza. Vuelvo, un poco avergonzada, y ya no está; es todo un gran lío conseguirlo dentro de esa oficina, pero lo logro y regreso a tenderlo para que la vieja no siga acosándome.

    Me voy por Guanajuato. Paso por bellos edificios coloniales, grandísimos, incluso junto a una gigantesca iglesia protestante de color terracota. Está a la derecha del camino, a la izquierda hay campo y montañas. Se me ocurre que quizás sería bueno entrar allí a rezar luego de la muerte de Tristán; recuerdo que G. me había dicho que la había visitado y era maravillosa. Pero creo que al final no voy, que sigo de largo. Pienso en la oportunidad extraordinaria que tuve, a pesar de vivir tan lejos, de haber estado presente justo en el momento de la muerte de mi perrito. Y me doy cuenta de que él trató de hacerme un regalo de amor, que intentó cazar a la rata como si él mismo fuera un gato. Pero un gato es un gato, finalmente.

    Sí, estuve presente justo en el momento de la muerte de mi Tristán. Y ahora sé dónde está enterrado: por fin recuperé su cuerpo (o mejor dicho, su alma), por fin ahora sé cómo volver a hablarle.

    Fue mi amado primer hijo. Anita me había dicho que ya no lo podían tener en su casa, en su hostal de Callejón de los Perros Muertos # 57. Que lo habían mandado a vivir a un rancho en Pénjamo. Pero en el fondo yo siempre supe que Pénjamo es simplemente el cielo de los perros.

  • Un poco de luz y liviandad…

    Una amiga muy querida de México y de mi juventud (de mi primera juventud, digamos) rescató este video. La veo como si fuera hoy, cantando el estribillo como si estuviera frente a grandes reflectores, de enorme sonrisa y gesto pícaro, mientras nos preparábamos para ir a la primera fiesta de la noche.

    ¡Si estaré vieja que, luego de tanto tiempo viendo su versión deteriorada, con estas imágenes hasta se me llegó a ocurrir que Raphael tenía su pinta! Es como escuchar a Sanguinetti dar un discurso y quedar embelesado por sus ideas… Dura un instante el embrujo, y luego uno se despierta del desliz como quien sale de una borrachera que lo llevó a dormir con un esperperpento -dicen, a mí nunca me pasó, que conste-, y reza para sus adentros, horrorizado por los recovecos oscuros del espíritu humano…

  • ¿Qué le dijo México a la influenza? (“Mira cómo tiembloooooo….”)

    Estoy muy preocupada por la situación crítica que vive México con este nuevo azote de la ira de Dios sobre sus territorios (ya bastante tienen con terremotos, narcos, inundaciones, pobreza, huracanes, smog, delincuencia, por comenzar la lista). Con todo esto de la pandemia que se originó en mi otro país, me acordé de aquella profecía sobre el fin de los tiempos en el año 2012: se supone que el calendario maya termina el 21 de diciembre de ese año, marcado como el fin de esta civilización humana (nunca falta el “new ager” negador – según les conviene, las profecías corren literalmente o son simbólicas- que diga que es en sentido figurado y que no se trata de ninguna calamidad, pero aquellos tipos sabios eran bastante buenos en estos cálculos, tan buenos como para dejar sus ciudades vacías cuando aparecieron los españoles). ¿Y justo viene a brotar en México algo que amenaza con convertirse en una especie de Peste Negra Reloaded para el mundo entero? Siento ñáñaras (y me froto las manos con el alcohol en gel, por si acaso). Quizás ya nos llegó la hora y habrá que prepararse, no dejar nada pendiente, tomarse las cosas en serio. Somos mortales, qué gran noticia. Pero no sabemos qué será peor: si las consecuencias sanitarias o las consecuencias sociales del pánico, por no mencionar las económicas que en la ciudad más grande del mundo y sus amplios alrededores nacionales van a pegar durísimo. Y veremos qué pasa con nosotros, los demás, sobre todo con los países que comenzamos el invierno.

    Y hablando de “tomarse las cosas más en serio”, a veces siento culpa (aquí, a lo lejos) por reírme de los comentarios que me llegan desde el conocido humor negro de los mexicanos; amigos y gente que conozco de las redes sociales se defienden como pueden de esta nueva pandemia, la del aislamiento y el rechazo, la de los leprosos relegados, la del miedo a enfermarse (como es natural), la del aburrimiento por suspender las actividades laborales y diversiones colectivas habituales, la del diálogo subido de tono con la muerte. Pedro Meyer, fotógrafo mexicano, dijo el otro día en Facebook que el pueblo mexicano es ideal para esta crisis de la gripe porcina: le encantan las máscaras y el apocalipsis. En Twitter, Hamletmaschine dejó caer un “Hora de repasar Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus” (yo agregaría La peste de Camus), Rougite clamó: “Tómenla, pinches gringos!!! Para que vean que el fin del mundo no se va a iniciar en Nueva York!!!” y Crorsa consideró que aunque haya apocalipsis uno no debe dejar de pagar sus cuentas (también, luego del fuerte temblor del volcán Popocatepetl, en medio de esta situación crítica de salud, agregó: “Suerte a todos con el Popo. Nomás falta que mi madre se venga a vivir conmigo”). Y Paozen publicó en Facebook la útil oración a San Influenza, que recomiendo llevar en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, no importa en qué punto del planeta se viva. Por su parte, la Cumbia de la Influenza lleva como medio millón de reproducciones en YouTube. También hay una genial galería de fotos, Pimp My Swine Flu Mask, sobre las ocurrencias que tuvo la gente para sobrellevar esta situación.

    Yo agradezco y bendigo esa capacidad que tienen los mexicanos de transformar la propia muerte en una calaverita de azúcar. Algo habré recogido de ese espíritu durante mis casi dos décadas allá, pero es increíble cómo cambian las visiones y se pierde el humor cuando uno tiene un niño chiquito.

    Ayer en la ducha recordé súbitamente la canción aquella de María Elena Walsh, la de Mambrú. Me encantaba de chica y de hecho se la canté mil veces a Astor bebé allá en Querétaro; en mi propia infancia siempre la había cantado con total inocencia acerca de los resfríos, una enfermedad leve y graciosa por los estornudos (“A-a-a-a-a-achús!”, decía la canción al final de cada verso). Fue ya de adulta cuando un día me di cuenta de que el divertido resfriado de Mambrú y sus cuates se trataba de los millones de soldados muertos durante la Primera Guerra Mundial, no a causa de los ataques bélicos sino por la epidemia mundial de gripe de 1918. Por no hablar del resto de la población, que también se contagió (dicen que por la guerra misma murieron 10 millones de personas; por la gripe, se manejan cifras entre 40 y 100 millones. No haber admitido la epidemia para no frenar los combates fue lo que más agravó el asunto, por eso le llaman “gripe española”: porque España, que era neutral, difundió lo que estaba pasando en su territorio). Espero que lo que vivimos hoy no sea el caso, una difusión masiva del mal. Al menos ahora se reconoció de entrada, por más pánico que haya causado. No creo en las teorías del complot o que el virus no exista, por cierto, pero por lo que cuentan o reflexionan quienes viven en el DF o en México en general las cosas son más complejas que lo que parecen a simple vista. Como sea, asusta.

    Sin duda, más que “La canción del estornudo”, precisamos al brujito de Gulubú, o mejor dicho a aquel doctor manejando un cuatrimotor, con sus mágicas vacunas.

    LA CANCIÓN DEL ESTORNUDO

    María Elena Walsh

    En la guerra le caía
    mucha nieve en la nariz,
    y Mambrú se entristecía.
    Atchís.

    Como estaba tan resfriado
    disparaba su arcabuz
    y salían estornudos.
    Atchús.

    Los soldados se sentaron
    a la sombra de un fusil
    a jugar a las barajas.
    Atchís.

    Mientras hasta la farmacia
    galopando iba Mambrú,
    y el caballo estornudaba.
    Atchús.


    Le pusieron cataplasma
    de lechuga y aserrín,
    y el termómetro en la oreja.
    Atchís.

    Se volcó en el uniforme
    el jarabe de orozuz,
    cuando el boticario dijo:
    Atchús.

    Le escribió muy afligido
    una carta al rey Pepín,
    con las últimas noticias.
    Atchís.

    Cuando el Rey abrió la carta
    la miró bien al trasluz,
    y se contagió en seguida.
    Atchús.

    “¡Que suspendan esta guerra!”
    ordenaba el rey Pepín.
    Y la Reina interrumpía:
    Atchís.

    Se pusieron muy contentos
    los soldados de Mambrú,
    y también los enemigos.
    Atchús.

    A encontrarse con su esposa
    don Mambrú volvió a París.
    le dio un beso y ella dijo:
    Atchís.

    Es mejor la paz resfriada
    que la guerra con salud.
    los dos bailan la gavota.
    Atchús

  • Ondulaciones

    Hoy, al volver de dejar a Astor en la escuelita, me di cuenta de que traje a Guanajuato conmigo cuando regresé al país. Montevideo se me ha vuelto en los últimos tiempos una ciudad empinada, llena de subidas que mis piernas resienten, un lugar en el que la fuerza de gravedad duele más en los músculos que en otras latitudes. Las escaleras interminables de Guanajuato están presentes ahora en cada cuadra; sus subidas pronunciadas, su aire montañoso.”¡Y yo que creía que Uruguay era un país plano, de suaves ondulaciones apenas perceptibles entre el verde del campo y los cardos, lomitas casi sin mapa en aquellas tardes mágicas de la estancia, en que uno era niño o cuando mucho joven, y agarraba un galope eléctrico cuesta abajo hacia el crepúsculo! ¡Y ahora resulta que he vivido en un engaño: las ondulaciones de Uruguay son deportes extremos, pueblos mexicanos a los que uno debe sobrevivir con el tesón de un burrito carguero, ciudades hechas de piedra, de tierra seca, de sierras que rugen de calor y de alturas, carreteras al borde del barranco, peñascos en los que falta el aire!”.

    Todo esto es imaginación mía, por supuesto: simplemente se trata de la edad, de los años cultivando el descuido físico (ya no vivo a 180 escalones del Centro, como en Guanajuato, y por lo tanto he perdido el ejercicio aeróbico cotidiano; ya tampoco camino hasta la madrugada de bar en bar ni bailo festejando la vida, como siglos atrás). Montevideo debe ser, supongo, una ciudad tan llana como la dejé hace años. Me daría risa quejarme realmente del esfuerzo que me insumen las cuadras “cuesta arriba” si estuviera una sola tarde otra vez en Guanajuato.

    Pues sí: indudablemente he perdido la épica, quizás hasta la capacidad de despegarme del suelo. Ahora peso, porque el mundo y sus demandas me traen de nuevo a la tierra todo el tiempo.

    “Porque un vez que hayas probado el vuelo, caminaras sobre la tierra 
    con la mirada levantada hacia el cielo: porque ya has estado allí y quieres volver”.

    Y caigo en picada nuevamente, como todos los días, vencida ante los caprichos de la gravedad del alma, de la montaña invisible. Cómo me duele que Astor esté llorando últimamente en la puerta de la escuelita, abandonarlo a quién sabe qué miedos, y tener que decirme, por su bien y el mío: “Es normal”. Ser padre es una tarea titánica, propia de Prometeos prontos a ofrendar su hígado a las águilas por regalar el fuego, de decenas de Hércules asumiendo sin tregua los doce trabajos infernales, de una legión de Atlas cargando el mundo, de una horda de Uranos castrados, de Cronos tragando piedras, de Letos pariendo dioses. No son tareas para el corazón de los silvestres mortales: mi vida pende de cada una de sus respiraciones, de sus sonrisas de niño, de su inocencia. Escalo como puedo las montañas de nuestro tiempo juntos, limitado, finito, aunque aún no sepamos la fecha en que nos alcanzará nuestra condena. Es que no son ondulaciones, son grandes abismos que amenazan, pero también son cimas, olimpos, cielos.


    FOTO: Renato Iturriaga
    CITA: Leonardo da Vinci


  • Curiosidad con la firma del Darno

    Hace días que estoy por meterme un poco en cierto abanico de sentimientos y vivencias que he venido acumulando sobre mi amigo Eduardo desde su fallido cumpleaños 55 el pasado noviembre (por cierto, mañana hubiera sido el de Levrero: ¡el 69! Me cuesta creerlo, todo, la edad que tendría, la ausencia). Pero siento que no he podido hacerme el tiempo y el espacio –como dice F., se me terminó la jodita y ya estoy en el ruedo de la autodisciplina laboral otra vez). Pensé, entonces, en un lindo abrebocas, un aperitivo para empezar a marcar la presencia tan fuerte de D. en estos últimos tiempos. Parece sobrevolar mis días como una mariposa necia, como un sonámbulo, como un fantasma empecinado.

    Sé que a algunos de sus amigos y fans les gustará. Se trata de un mantelito de papel que me trajo el día de mi despedida rumbo a México en 1999; supongo que un pedacito mágico de bar con la chonga estampa del mapa de Uruguay le pareció una tábula óptima donde estampar sus cómicos versos (lo que más me gusta es la rima de “Coyoacán”, uno de mis lugares favoritos de la ciudad, con “Darnauchan(s)”). Lo pongo al derecho y al revés, porque la gracia es ver después su puño y letra; favor de aguzar la vista, que hay una hoz y martillo en la firma, como los hubo encima de su ataúd también.

    Debo decir que aquel día de abril del siglo pasado coseché –además de su hermosa presencia, primer invitado en llegar a mi fiesta– una de sus chalinas que desde entonces tengo al lado de mi escritorio como inspiración y protección, una foto suya que me trajo, con guitarra y dedicatoria (saqué una de Levrero y Darnauchans juntos ese día, qué tino, qué destino, qué desatino), y varias llamadas telefónicas de Patricia enojada porque había venido (él dijo: “Vengo a despedirme… ¡aunque me cueste mi matrimonio!“). Qué buenos recuerdos, los repaso y me río sola. Así que hoy no quiero ni pensar en el desenlace, en todo ese desenlace previsible del barranca abajo y la confirmación de su muerte en 2007, como bien dijo Victor Cunha en el videoclip. Lo único que me consuela es concentrarme en su alivio, su descanso, su merecida salida del círculo del dolor y de ese miserable planeta Saturno que le apretó las clavijas desde el principio.

    Triste destino de los escorpianos, según dicen.

  • Cositas mínimas que no logro entender del mundo (III)

    ¿Cómo es posible que las terminales de autobuses de la Ciudad de México -hablo de mi modestísima experiencia en viajes, pero si sumo los kilómetros de ida y vuelta entre mis dos países doy la vuelta al mundo, además del largo tiempo transcurrido en cada uno de ellos- puedan manejar con bastante eficiencia miles y miles de pasajeros diarios, y en cambio la “talla 0” terminal Tres Cruces de Montevideo se vea desbordada por un eructo de verano?

    La pregunta se vuelve acuciante, filosa y llena de fastidio -como estoy ahora, en el ómnibus rumbo a Solís luego de mil y una peripecias dignas del Principio de Peter, la Ley de Murphy y el Primer Manifiesto del Subdesarrollo (“Incompetentes del mundo… ¡uníos!”)- ante algunos hechos contundentes:

    1) Tanto México como Uruguay son países del Tercer Mundo: no estoy haciendo la zancadilla infantil de comparar con Europa o EE.UU.

    2) Los veranos se repiten cada año: no son una catástrofe inesperada que azote a un país desorganizándolo súbitamente. Las hordas estivales en la terminal de autobuses pueden preverse con tiempo, planificación y sentido de la eficiencia (sobre todo del servicio, algo difícil de encontrar aquí) (también es difícil de encontrar una oficina de Defensa del Consumidor o un abogado presto a poner una demanda). Tengo la impresión de que poner sin aviso previo un letrero de “Caja cerrada” cuando hay veinte o más personas en esa fila, no tener previsto a qué andén llega cada autobus ni a quién puede consultárselo ni quién lo asigna ni por dónde puede desplazarse tanta gente para ir y venir como títere mal informado, de un extremo de la terminal al otro, no una sino varias veces, mientras cruza un mar de gente propio de la estación Metro La Raza del mentado DF (y aún ahí era más organizado: descontando las horas picos, atroces, y la monstruosidad misma de la escala, por el metro de dicha ciudad pasan por día 6 millones de personas, y aún así, básicamente, los ríos de gente van por su cauce, hay represas y exclusas, lagos y, bueno, canaletas estrechas, pero también señalización, cronómetro, velocidad), sufriendo la mochila ajena en el ojo -fina imagen ¿eh?-, tengo la impresión de que terminar tomando el ómnibus de las 19.15 hrs a las 19.45 o que haya que llevar a los pasajeros del “Coche 4” en el “Coche 1” porque dicho “Coche 4” los dejó plantados en la parada y siguió de largo, tengo la impresión de que todo eso no colabora con la seriedad de los servicios turísticos uruguayos. Menos mal que sólo tuve que tomarme un taxi desde mi casa para contemplar (¡y participar de, iupi!) este caótico espectáculo vergonzoso: si hubiera venido a veranear desde otro país, me corto las venas.

    3) Si en vez de una terminal de ómnibus fuera un aeropuerto, los aviones colapsarían en el aire: ¡qué alivio! Para tragedias, todavía tenemos a Bush, más la franja de Gaza, asiduos terremotos, huracanes y todo el catálogo, no precisamos esforzarnos en generar adicionales.

    4) En la ciudad de México hay cuatro terminales de salida, según la dirección en la que se viaje, y por cierto la mayoría están bastante alejadas de la zona urbana central, no enclavadas en su epicentro. Bah, doy fe de que era así: el DF crece tan rápido que puede que ya se las haya tragado; cuando yo era niña, el aeropuerto quedaba en las afueras, y cuando volví hace diez años vivía en la colonia Narvarte y parecía que los aviones se metían en mi dormitorio…

    5) Desde que pisamos la terminal, nos llevó 4 horas llegar a este balneario que está a… 80 kms de Montevideo! Lo escribo y me da vergüenza ajena (y propia, como connacional). El anfitrión, extranjero, claro, nos dijo: “Bueno… ¡pues bienvenidos a Artigas!”. A esas alturas ya tendríamos que haber llegado a la frontera del país.

    6) Ya estoy esperando el paro, la huelga, la manifestación por aumentos dignos de salario, la movilización gremial, etc. de los eficientes empleados de Tres Cruces, sus líneas de ómnibus… auch!!! “Uruguay: país de servicios”. Servicios sanitarios, será. Turistas del mundo, no vengan en verano hasta que esta gente salga del Jardín de Infantes. You don´t deserve this, really.

    Por suerte, luego de la tortura aquí está hermoso, nos tratan maravillosamente, Astor juega en la piscina, tenemos resaca por el “4 X 4” de anoche (cuatro botellas de vino entre cuatro comensales pernoctadores, no hubo tango), todo está lleno de hamacas y, por si fuera poco, terminé pasando mis apuntes de carretera en laptop inalámbrica rodeada de jardín. El sol, la sombra, la comida, la buena música: después de la batalla, el paraíso. Al menos, ese es el argumento que promueven todas las guerras santas del mundo…

  • La Pistolera…. c´est moi!

    ¿Qué clase de blogger de pacotilla deja pasar un momento como el primer festejo del Grito de Independencia al que –por fin– logra concurrir en Uruguay? ¿Y de qué calaña innombrable estará hecho, si recurre a las maravillosas crónicas de una amiga escritora, en vez de sentarse y recrearlas por sí misma?

    Vergonzoso lo mío. Pero acá está: el 15 de septiembre de 2008, en el ex Parque Hotel. Una noche divertida, llena de cerveza y tequila, guacamole y mariachi. Hubiera querido lanzarme al día siguiente a contar la experiencia surrealista de escuchar y ver a la banda de la Armada Nacional tocando canciones de Juan Gabriel, mientras un marinero querendón le robaba la noche a los mariachis. Esa escena, en la que se me juntaban ambos países y se encimaban visiones en una especie de Photoshop existencial, mientras pensaba –al calor de los alcoholes, claro– que este, precisamente, era un país que había vivido una dictadura militar, ese momento no tiene con qué pagarse. Y que ahora nos entretenían estos buenos muchachos, que no tenían culpa ni recuerdo de nada, en un instante poético extraño, quizás malabarismo de diplomacias entre gobiernos, cantando con nosotros “De qué manera te olvido”. Mientras –para coronar la noche, cual cereza en pastel– Soraya y sus amigas mexicanas, en primera fila, gritaban como groupies y ella me decía, con su gracia característica: “¡Ya le tiré el brassier al cantante!”

    A la mañana siguiente, los sucesos terroristas de Morelia durante ese Grito me amargaron la noche en retroactivo y no tuve ganas de escribir. Por segunda vez cantaba rancheras en el Parque Hotel, recordé luego (la primera vez fue luego de la primera gran degustación de vinos, en 1996, cuando se juntaron todas las bodegas uruguayas de la mano de Cava Privada: nosotros, jóvenes dionisíacos, macerados en deliciosas uvas de la Patria, terminamos como convidados de piedra en ya desiertos salones, genuino producto de la decadencia del evento, y yo canté ante improvisado auditorio de borrachos y porteros “Ella”, “El rey” y quizás, no estoy segura, “No volveré”). Pero esta vez fue con mariachi y ni siquiera tuve la culpa: el cantante me subió a la tarima. Fue muy divertido. Sin embargo, al otro día me sentí culpable al imaginarme la fiesta número uno de México empañada para siempre por muertos y heridos.

    Por suerte, estaba Ana Arjona presente (otra de las “mujeres con hormonas”) para no dejarme perder el momento para siempre. Aquí está su relato.

    La Pistolera II

    Un marecito de cerveza va cubriendo lento el salón de parquet donde los tacos se asordinan delictuosos, los vestidos comienzan a crujir, las palabras están todas por decirse y las piñatas tiñen ya el aire con alaridos de colores. Sus olitas rubias chocan y van a morir detrás de las columnas y debajo de las mesas de largos manteles blancos, con espumoso murmullo juguetón.
    Las gentes se van embebiendo suavemente en ellas. Abrazos y palmoteos –primero con el brazo derecho arriba, luego con el izquierdo- apretones de manos, antiguo lenguaje finalmente aprendido, comentarios, sonrisas y carcajadas dan cuenta del buen humor y la alegría de los reencuentros abraza el aire.
    A la grupa de las chelas rubias de cuello largo o de los caballitos llenos de tequila transparente que navegan sin cesar sobre las redondas bandejas, aparece otra algarabía, más bella, más enérgica, casi salvaje. Salta con click de cajita de sorpresa y sale a escena. Es la que arremete los quince de septiembre al acercarse la medianoche cuando
    la ceremonia llega a su punto culmine.
    La densidad de los himnos bate en las entrañas.
    La bandera, aunque quieta, parece flamear por sobre el mundo
    La sangre se agolpa acechando el momento del grito.

    -¡Que Viva México!
    -¡Que Viva México!
    -¡Que Viva México!

    El pabellón se retira entre aplausos. Aparecen los mariachis.
    El son de guitarras, trompetitas, violines y guitarrones fusionado a las inigualables voces, suelta los últimos cabos de la nostalgia por la patria lejana. Ya en un revuelo de faldas y rebozos, miradas y zarandeos, el baile se desliza.
    En una de esas vueltas, se la ve cuchichear al oído del cantante perdido como ángel del camino.
    Y de golpe, subida ya a la tarima, compartir el micrófono.
    El solista la abraza y la cubre con el sombrero negro de ala ancha.
    Un calor de manzana irradia su bello y agudísimo perfil.
    Surge la voz como desde la infancia, delicada y grave. Arrastra las raíces de otra tierra. Exige ser escuchada. Trae el desgajado amor a México. Oscura y redonda, cruza los territorios. Se la puede palpar. Es verdadera.

    No volveré, te lo juro por Dios que me mira
    Te lo digo llorando de rabia
    No volveré.
    No volveré hasta ver que mi llanto ha formado
    Un arroyo de olvido anegado
    Donde yo tu recuerdo ahogaré!

    La canción habla del desamor exuberante, del amoroso odio. Pero genera el efecto contrario. Un camino de pasión de ida y vuelta, mantiene fuertemente conectados a los allí reunidos, mientras cantan, maldicen y vociferan vibrando en la misma tensión.

    De pronto, dando una magnífica, dramática vuelta de tuerca, ella la relanza con maravillosa picardía. Se vale de la mirada relampagueante de estrellas y del sombrero cómplice. Emerge como vestal guerrera. Arremete hacia el público. Pero todo su cuerpo, sus vaivenes, las sombras de sus flechas, los brazos extendidos y los dedos-dardos que salen de su último refugio, lo buscan a él.

    En el tren de la ausencia me voy
    Mi boleto no tiene regreso
    Lo que quieras de mi te lo doy
    Pero no te devuelvo tus besos!

    Admirado, divertido, amorosamente sorprendido, su cámara no cesa de disparar doblegada ante la imponente majestuosidad de la mariachi en que se ha convertido.

    Septiembre de 2008.
    Para la Reina del Mariachi Oriental

  • Pequeño inédito de Mario Levrero

    Estoy revisando mis viejos archivos con la ilusa intención de hacer algo como un back up organizado. Mi vida en la computadora se ha regido por sucesivas migraciones de una máquina a otra: desde mi pequeña PC de 1996 a la iMac a la actual iBook, cada computadora nueva ha deglutido a la anterior al recibir centenas de archivos cual corazones aztecas sacrificados, un vaso de piedra desbordante de ellos. Así que cuando me interno en sus laberintos, aparecen textos de doce años atrás sin el menor empacho, sin hablar de todas las capas intermedias. Me recuerda el modus operandi que se tiene en la Ciudad de México (en México todo, bah, lo que pasa es que en el DF impresiona más porque se supone que es la modernidad y la grandeza): nunca se retira el cableado viejo para poner el nuevo ni la numeración anterior de las calles para estampar la ahora vigente. Ergo, conviven capas y capas de realidades paralelas, tal como una pirámide adentro de otra (costumbre precolombina mexicana). Así son mis computadoras.

    Y de Levrero he encontrando perlas maravillosas! Sólo con nuestra correspondencia daría para hacer un libro o varios libros, y entre los intercambios destacan (como valor objetivo, para todo el mundo) las orientaciones docentes que tan bien aproveché en mis propios talleres. Levrero participaba en el “día a día”, supervisaba las evaluaciones, opinaba, iban y venían comentarios valiosísimos que habría que rescatar. Y luego está todo lo anecdótico, las curiosidades… varias expediciones habrá que hacer por aquellos mares…

    Aquí me encontré un textito cuya novedad eran las primeras pruebas con hiperlinks dentro del texto (de hecho, el archivo se llama “Experimento”). Ese tema le interesaba a Mario, y la verdad es que me enganché durante una época, me parecía mágico que el Word nos permitiera entrelazar palabras distantes en el texto cargando sus significados con una hermandad no percibida a primera vista, sino dada por el autor. En este textito levreriano, las palabras subrayadas aquí son las que contenían el hiperlink original; es decir, al apretar una de las palabras nos remitía inmediatamente a la otra, saltando el resto del texto. Está firmado (en las “propiedades” del documento) como Lupus Carismato, y si bien la fecha correcta es la que figura como “modificado” (9 de diciembre de 1996), es gracioso que figura como “creado” el 1 de enero de 1904. Se tomo sus buenos años para corregirlo.

    Entre la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo y la superficie del escritorio, he puesto una revista para que la acción del bolígrafo no estropee la madera, o la imitación de madera. He colocado la revista con la tapa hacia abajo, y la hoja de papel se apoya en la contratapa. Como este procedimiento lo vengo repitiendo diariamente desde hace un tiempo, y siempre con la misma revista, he terminado por advertir que en la contratapa hay un aviso. El aviso contiene una foto en colores de tres seres humanos, o al menos de sus cabezas y, en un caso, parte del cuerpo. Son tres caras sonrientes que intentan parecer una familia feliz, y el aviso insinúa que esa familia es feliz gracias al producto que publicita. La mujer, a la izquierda, es más bien feúcha, poco atractiva; es un acierto del aviso, porque nuestras esposas por lo general no se parecen a actrices de cine; parece un aviso destinado más bien a los hombres porque el hombre, sí, tiene algo de actor de cine, rasgos proporcionados y agradables y unos dientes perfectos, aunque como actor no es muy bueno porque se nota que la sonrisa es forzada. La sonrisa de ella es más auténtica, como si la hubieran fotografiado por sorpresa en medio de una broma, y este rasgo la hace simpática y más atractiva que si estuviera seria. Pero al parecer sus dientes no eran perfectos como los del hombre, porque los dos delanteros del maxilar superior han sido retocados, o cambiados por otros en la fotografía, ya que aparecen más grandes y más blancos que el resto. Y los dientes del maxilar inferior son bastante desparejos. Entre la cabeza de la mujer y la del hombre, está la cabeza de una niña de cuatro o cinco años. Tiene el cabello mucho más claro que los otros dos actores, de modo que no impresiona como la hija, si es que ésa era la intención del aviso. La sonrisa de la niña es decididamente falsa, con algo de desdeñoso hacia toda esa representación; eso la salva: una sonrisa falsa que intenta parecer verdadera.


    (la foto también es de Levrero, desde su casa, como la mayoría)

    Después de subir esto, me di cuenta de que el texto no es inédito, lo único “inédito” es la manía de Levrero de jugar con hiperlinks para darle otras dimensiones a la lectura. La única papafrita que escribía textos originales para dichos regodeos lúdicos era yo; él, como dicta el sentido común, usaba textos que tenía para otros destinos. Pero hay inéditos en el baúl virtual, claro que los hay… To be continued.