Etiqueta: México

  • Raíces, espejos, tribus, memorias

    G. dice que yo miro demasiado hacia el pasado, que estoy presa mientras siga manteniendo mis dinosaurios en formol. Que la memoria me juega malas pasadas, que me aparta del presente y del futuro; que mis años de joven en México son, en el fondo, lo que más amo de la vida, el grial que me cura y resucita, el vino sagrado en el que me embriago y me sumerjo. Que ese pasado es lo que más me importa, a lo que quiero volver como a un útero bendito: mi hogar, mi museo, mi rostro (al menos el rostro que yo misma reconozco).

    Pero no es así, ya no es así. México es la energía de la tierra, las campanas resonando por todo Guanajuato, el hervidero del Zócalo, el olor a copal y a tequila, el papel picado de colores junto a las tumbas, el hambre y las flores, el tambor y la vida, el mariachi y el terremoto destructor, el elefante pasando inesperadamente en una filmación de carretera, el mendigo feliz, el borracho converso, el fantasma de callejón, el danzante azteca leyendo el periódico, el chocolate humeante, el delirio de azulejos, la fruta, el amor, Dios, el cielo, la amenaza agazapada, lo oscuro, lo azaroso, lo acaso misterioso, la procesión de encapuchados, las espinas, las piedras, los milagritos milagrosos, el agua en las fuentes, el barro, el infierno. México es solamente eso, pero esta vez lo traje conmigo. Está aquí, es parte de mi vida cada vez que respiro. Recuerdo, sí, porque en México está mi juventud, y la juventud es una lámpara de aceite que arde durante toda la vida. Pero eso quedó atrás: ya no sufro, ya no añoro. Tengo recuerdos dulces, como el mamey y la papaya y la cocada y el gaznate. Mi memoria es regocijo, no quiere encarnarse en mí: tan solo es un reflejo, un destello más del caleidoscopio mismo. De mí.

    No necesito el pasado más allá de los tejidos y huesos que me sostienen. Mi pasado me llevó hasta Astor. Con eso basta. Pero amo volver a ver las películas que me emocionaron en la butaca alguna vez. Por eso escribo.

    (fotografía:Zé Eduardo)

  • El tapón de la bañera (una inundación necesaria)

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    A mi amiga F. (digo “mi amiga”, por más que nos vimos una sola vez en la vida, en 2003, y ella vive en Francia, pero fue de las personas que estuvieron rodeando a Levrero en el momento de su muerte -me refiero al momento– y una referencia de esa tribu siempre, además de talentosa) se le rompió el tapón de la bañera: por un hilo virtual, empezó con un post y otro sobre nuestro amigo querido, y hoy de mañana, en pijama, se leyó este blog entero entre croissants y lágrimas, al punto de que no había quién la consolara, o el que podría haberla consolado estaba muerto. Y me contó cosas preciosas: de un sueño (antes de que lo perdiéramos) en que Levrero aparecía con su nueva novia, una chica alta y flaquísima, casi anoréxica, vestida de negro; me contó de aquellos últimos instantes que Chl también me había contado, pero nadie me había narrado con todas las letras el momento en que el corazón de Levrero hizo “piiiiiii” y su alma dejó visiblemente el cuerpo. F. ha venido cargando con toda esta tristeza sin saber a quién contársela, así que yo se la cuento aquí a ella.

    Lo que pasa es que mi amiga F. no hizo el altarcito de muertos en 2004, como yo (horrible, a los tumbos, nada que ver con lo que hubiera querido hacerle a él, de las cinco personas que más quería en el mundo y la única que me guiaba por un laberinto en el que me dejó sola olímpicamente). Levrero murió cuando Astor tenía dos semanas apenas; entre eso, mi gravísima depresión posparto y la operación del bebé antes de que cumpliera un mes, mis fuerzas vitales eran similares a las de un disnéico tratando de soplar y apagar una antorcha olímpica. Estábamos en México y se acercaba el 2 de noviembre; mi madre, viéndola venir, me dijo: “¡Ni se te ocurra ponerte a hacer un altar de muertos!”. Pero hacía sólo dos meses que Levrero se había ido con la novia anoréxica, y yo simplemente no podía. No quedaría el año 2004, el antes y después de mi vida (en el sentido de la vida, en el sentido de la muerte) sin que yo le prendiera una vela a mi maestro, hermano, amigo del alma. Y bueno, no será un homenaje con suelta de palomas y notas de prensa, pero le puse toda la carga simbólica de la que fui capaz. Y traté de dejar mi estupefacción y enojo a un lado. Y ahí está, en algún rincón de mi psiquis, junto a este blog.

    Mi amiga F. tiene que hacerle el altar de muertos este año. O este 30 de agosto, tres años después.

  • “Te busqué y te encontré”

    Luego de escribir el post anterior, tuve curiosidad por ver si había algún rastro de mi amigo en la web: en realidad él murió cuando ésta recién despegaba, al menos en Latinoamérica (1996), y si bien en aquel momento varios escribieron en los periódicos sobre esta pérdida para la cultura (y para los amigos, pero en privado), era de esperar que en internet José Manuel jamás hubiera existido.

    Pero había, sí, un cartelito, un dibujo, un mensaje. Sólo uno, pero era inequívocamente referido a él. Alojado en la página de (¡oh!) Giacoman.

    In memoriam

    Uno tira de la punta de la madeja, y de pronto se vuelve Ariadna…

    Me pareció hermoso que estuviera esto ahí, escondido. Gracias a esos dos amigos tan fieles que recuerdan y recuerdan. ¿Qué seríamos los seres humanos sin memorias, sin velas prendidas, sin lápidas, sin historias?

  • Alquimia silenciosa


    Recientemente (por esos recovecos invisibles de este laberinto virtual) me puse otra vez en contacto con Leoncio Lara, el célebre Bon de “Bon y los enemigos del silencio”, un músico talentoso, original y -lo que es más inaudito- humilde. “¿Y qué has hecho los últimos 25 años?”, dijo él. El resurgimiento de “Bon” como parte fundamental del nuevo hit de Aleks Synteks, “Hasta el fin del mundo”, me ha traído muchas memorias, incluso de canciones con la particular voz de Leoncio, Areán y Giacomán, todos compañeros del Colegio Madrid. Ninguno estaba en mi clase, ni siquiera en mi generación, pero éramos de los que colonizábamos los pasillos con guitarras y canciones de nuestra autoría (o no), y eso creaba una complicidad tácita. En realidad, Giacoman no andaba en los pasillos pues tocaba los teclados.

    Y entonces me acordé: allá por 1980-1981, Giacomán participó en un proyecto de José Manuel de Rivas, “el Pibody”. Era una especie de audiovisual con transparencias (diapositivas: en esos tiempos, nada de video y mucho menos de edición multimedia, ni vil PowerPoint!). Se llamaba “Alquimia” y era increíble: la voz de José Manuel, augurando negros finales en la plácida vida de clase media alta de nuestros compañeros, sus terribles carcajadas, las escalas y disonancias de Giacoman perturbando el ambiente, la poesía, la sugerencia… Recuerdo que César, mi querido, joven y brillante profesor (se suicidó a los 32 años dejando una estela de dolor detrás de sí entre sus alumnos), premió el trabajo de José Manuel y el mío como “categorías especiales”: no había cómo hacerlos competir con trabajos más sensatos (el mío era “Bioquímica del deporte”). Pero el de él era sencillamente descollante, inspirado, maníaco, loco, genial…

    A mí no me gustaba decirle “Pibody”, aunque se pareciera a la caricatura; para mí era “José Manuel”, y el día en que me preguntó si me graduaría con él, para mí fue como si el galán del colegio, capitán del equipo de futból en las películas americanas, me hubiera pedido tal cosa: era el más inteligente, el más transgresor, el más blancucho y flacucho, de lentes, insignificante, pero con una enorme personalidad, capaz de robarse en la Librería Gandhi las Obras Completas de Borges e ir gritando que necesitaba ese libro y no podía comprarlo, mientras todos los empleados corrían detrás de él. El único capaz de querer estudiar chino, el fan número uno de Cortázar, el editor de la revista “Grugri”, el que se disfrazaba del Santo Niño de Atocha… Me llegaba al hombro, así que protagonizamos una entrada extravagante durante la graduación: yo, la única que no tenía vestido blanco sino beige; él, con una larga capa negra de poeta maldito. Eramos los últimos de la fila, en solemne procesión con las barbillas en alto. También fuimos los únicos papeloneros que sacaron 10 de promedio.

    A los 32 años, y la historia se repite, José Manuel murió arrollado por el metro en la estación de Bellas Artes. Los amigos cercanos dicen que tuvo que ser un asalto, pero la policía dictaminó “suicidio”. A mí no me extrañó tanto: fue en el aniversario de la muerte de su padre. Un día antes había muerto Ana trágicamente, en el Periférico, envuelta en el olor a alcohol que delataba que su maldición la había alcanzado nuevamente. Y por esas casualidades pegajosas del azar o la sincronía, vaya uno a saber, en el pasado el padre de Ana había estado casado con la madre de José Manuel. Eran o habían sido hermanastros, pero sólo se juntaron durante un par de años en la preparatoria del Madrid. Sin embargo, al final sus destinos quedaron entrelazados para siempre en dos golpes mortales que recibimos sus amigos, uno trás otro.

    Lo único que atiné a hacer fue escribir “Los funerales dobles”. Se sumaban a las muertes de Manolo, Sergio, César, Marcela, Juan, todos antes de los 30 o por ahí. Pero hacía mucho tiempo que no recordaba a José Manuel, “Peabody”, como le decían por joder. Fue uno de los mejores editores de México durante su breve carrera, un editor de los que opina, se involucra, rebosante de cultura y de referencias para guiar al autor. Mucho tiempo sin recordarlo. “Bon y los enemigos del silencio” le dieron voz nuevamente.

  • Levrero y La Ciudad (no “La ciudad” de Levrero)

    El otro día me decidí a hacer un poco de arqueología e instalé mi entumecido lector de floppys para poder revisar algunos diskettes, o mejor dicho para copiar lo que me interesara a mi ibook y tenerlo más a mano. Encontré varias cosas, cómo no, pero aún no he tenido tiempo de leer nada con la calma que precisaría esa década o más de distancia. Sin embargo, reconocí inmediatamente un archivito “DIALEVR.doc” en el que figuran dos pequeñas historias que escribimos Levrero y yo “a cuatro manos” el primer día de taller con él, 18 de abril de 1996 en la Plaza Zabala (pobre de mí, primer día con el mismísimo Maestro y me tocó ser su pareja en un ping pong literario, ya que solo éramos tres alumnos y aquello tenía que hacerse en número par). Ya las publicaré acá. Nos reímos mucho tiempo con esto, e incluso durante años solíamos terminar algunos correos problemáticos, tragicómicos o que contaban situaciones aparentemente sin salida con la frase: “Después vinieron tiempos mejores“, que fue con la que él remató del todo el precipitado desenlace que yo escribí en una de las viñetas. Fue uno de nuestros acercamientos de aquel día (en realidad, las historias parecían escritas por una sola mente… por supuesto, una mente algo delirante).

    El otro acercamiento fue descubrir que ambos habíamos identificado una roñosa voz interna que maldice el lugar donde vive (él, Colonia; yo, Montevideo segunda etapa) en el poema La ciudad de Cavafis. Fue un momento mágico: yo comenté que me gustaba muchísimo L. Durrell y él dijo que a él lo que le había gustado era un poema que el autor citaba en uno de sus libros, y lo describió perfectamente; yo salté, cité (parafraseé) las primeras líneas, y no paramos de hablar de La Ciudad (no del poema: de ese sentimiento de vivir un exilio impuesto por fuerzas oscuras, imposible de romper, cuando en realidad hay algo dentro de uno que se niega al lugar, algo que se parece un poco al autosabotaje).

    Pasaron todavía tres años para que me fuera de Uruguay: sabía que por nada del mundo podría hacerlo si estaba peleada con el país (“La ciudad te seguirá“, advertía claramente). Uno tarda, pero con los años (y con los poemas, y con Levrero, y con las repeticiones de los errores, y con la intervención protectora de San Judas Tadeo) se vuelve un poco más sabio.

    Preferí partir tranquila, disfrutar el viaje que iba a ser para siempre, como quien paladea de lejos una Ítaca propia. Es decir, con la plena conciencia de todos sus defectos.

    Por suerte ya no tengo problemas con las ciudades. Vivo donde quiero vivir hoy (lo que no quiere decir que el puerto esté cerrado para cambiar de idea, o que haya renunciado a mi otra mitad del alma)

    “Dijiste: ‘Iré a otra tierra, iré a otro mar.
    Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
    Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
    y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
    ¿Hasta cuándo estará mi alma en este marasmo?
    Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
    veo aquí las negras ruinas de mi vida,
    donde pasé tantos años que arruiné y perdí’.
    No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
    La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
    calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
    y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
    Siempre llegarás a esta ciudad. Para otras tierras -no lo esperes-
    no tienes barco, no hay camino.
    Como arruinaste aquí tu vida,
    en este pequeño rincón, así
    en toda la tierra la echaste a perder”.


  • Ultimo adios

    No será Bob Dylan, pero vale igual. Hasta la vuelta!


  • La Procesión del Silencio en el Bajío





    Cada lágrima, cada titubeo, cada traición en el huerto de olivos de Getsemaní…

  • Respirando la vida, luego de tanto

    2007. Ya no estoy en Guanajuato, ni en Querétaro, ni en la angelical y demoníaca ciudad de Tenochtitlán. Estoy en Montevideo. Astor se tira arriba mío a cada rato mientras ve su película favorita; tiene 2 años y medio. Yo, al fin, estoy recuperando parte de mis antiguos vicios, como usar mi laptop en la cama, ahora con comodísima conexión inalámbrica. Y leo todo mi calvario de tu muerte, Carlitos, Levrero, y sé que lo he aceptado… o más o menos aceptado, lo suficiente para poder vivir con ello, para respetar tu elección. Hace unos meses todavía estaba furiosa por el abandono. ¡Justo ahora que volví a Montevideo! ¡Justo ahora que perdí el rumbo por tener un hijo! ¡Justo ahora que no puedo hacerme el espacio para escribir y necesitaría que me putearan! ¡Justo ahora, que los talleres son el centro de mi vida profesional y estoy promocionándolos por todos los medios posibles, lo cual arrancaría las más despiadadas burlas de tu parte! ¡Justo ahora, que renuncié a la fuerza de México y superé el pasado! ¡Justo ahora, que iba a volver a la carga para darle una oportunidad más a los obtusos del Premio Juan Rulfo, que no te lo dieron cuando te presenté! ¡Justo ahora, que podría ayudarte más de cerca! ¡Justo ahora, que el bombardeo químico cambió y volví a soñar cada noche! ¡Justo ahora, que estoy envejeciendo! ¡Justo ahora, que publicaste en Alfaguara y mucha más gente te ha leído! ¡Justo ahora, que conozco más a algunas de tus maravillosas mujeres y musas! ¡Justo, justo ahora!

    Pero sí, hoy tengo cierta paz. En tu cumpleaños releí pasajes de La Novela Luminosa al azar, y también buscando los que tienen que ver con Ginebra. Gracias por todo el reality show de un año de tu vida; además yo no estaba en Uruguay, me fui distanciando de ese día a día (sin embargo, por alguna razón siempre tuve como una “cámara de seguridad” monitoreando lo que hacías, incluso por medio de imagenes espontáneas que me llegaban). ¡Ay, hijo mío! ¡Qué único e irrepetible que fuiste!

    Y ya has de saber las buenas nuevas de Chl: espera un niñito, enamorada, en las playas algo salvajes de Zipolite, Oaxaca. Sé que allí, donde estarás ahora, podrás disfrutar esta noticia, ya desprendido de los lazos de pulpo que generamos los humanos en esta tierra…