Etiqueta: muerte

  • 17 de abril reloaded

    Hoy es el día aciago en mi calendario. No necesariamente de mala suerte: además de los irreparables sucesos fatales a los que ha venido ligado desde hace quince años, hubo otros episodios que en realidad llevaron a estadios mejores, más plenos, y sin embargo no dejaron por eso de ser duros, muy difíciles de atravesar. Por ejemplo, la operación de G. en 1997 o la despedida rumbo a México en 1999. Toda transformación cuesta, cuesta mucho, al menos para los hijos de Saturno, siempre lentos y conservadores en sus procesos (…hasta que un buen día Plutón tira, ofuscado, el tablero: hasta hace poco, no había reparado en que no hay una regla escrita para eso, cuando de juegos se trata. Debería haberla, o quizás esté escrita y simplemente no sabemos dónde quedó el texto. ¿Quién podría, si no, proteger al caballero de El séptimo sello de un ultimatum desleal de la muerte?).

    Claro, los peores tributos de este día son mi tío Pocho, cómplice herido por el mismo rayo que yo, Ana, José Manuel. La propia Sor Juana Inés de la Cruz, la auténtica, murió un 17 de abril de 1695. O sea que mi relación con esta fecha viene de larga data ya.

    Sí, es un día que siempre me trae muertes consigo. Si se trata de que un aspecto o territorio conocido tiene que morir para dar paso a algo mejor o más auténtico, entonces la muerte no habrá sido en vano. Con todo su dolor, con todo el miedo que nos causa (de eso no se salva nadie), pero sería una elección, una decisión responsable. Porque también se podría morir cuando no hay otra alternativa, pero entonces el viaje se frenaría allí mismo, en ese instante: el auto se estrella y huele a alcohol, el metro pasa con su rugido horroroso, el corazón se detiene sin avisos ni adios alguno. No hay tierra prometida, en esos casos; no se trata de un riesgo. Es simplemente la muerte mala, no la bendita muerte.

    Veremos mañana -lo por venir- con qué clase de resacas y cardúmenes de este 17 de abril nos encontramos.

    Dice en este mismo blog, dos años atrás (y nótese la alusión a los terremotos, hoy tan preocupantemente en boga):

    “El calendario azteca tenía 18 meses de 20 días cada uno, y un mes llamado nemontemi de sólo cinco días y seis horas, lapso considerado como aciago por lo cual se interrumpía toda la actividad ordinaria, se ayunaba, se buscaba la instrospección, todo se vaciaba. Correspondía al fin del año civil, es decir, el nemontemi siempre implicaba un nuevo comienzo, o al menos hasta el fin del sol en curso (por cierto, este Quinto Sol terminará posiblemente por terremotos en diciembre de 2012, así que a dejar los asuntos pendientes en orden, por las dudas!). Bueno, yo al igual que los aztecas, también tengo mi “día nefasto”, ese día en el calendario personal en el que pueden pasar las cosas más tremendas e intensas, y que no se sabe bien por qué hay una tendencia a que se ubiquen allí, que se encaramen desde su extraña naturaleza cíclica.”

    Estoy empezando a pensar que todo el mundo debe tener, seguramente, su propio nemontemi, su día aciago en el calendario. Sólo que yo soy, quizás, más observadora, archivista obsesiva, y para colmo creo en las señales, en el diálogo silencioso con el universo, en el dibujo que forma el tapiz visto desde arriba. Por eso repito y adapto, pero nada cambio de lo de hace dos años, el final de lo escrito entonces:

    Día aciago. Cerrar las ventanas. Temblar ante cada correo que baja. Convocar a los dioses para que nos permitan mañana, domingo 18, “”un nuevo comienzo”. Recordar a los que se fueron. Abrir el paraguas. Rezar bajito. 


    Leer más de esta aciaga historia en:
    http://adioslevrero.blogspot.com/2008/04/el-da-aciago-de-mi-calendario.html

     

  • Electrocardiograma del duelo (11)

    Le comenté a mi amigo virtual Diego Rey (renombrado fan número uno del Darno, y que además tiene el amable buen gusto de mandarme postales y paquetes por correo tradicional) que el pasado 7 de marzo, en que se cumplían tres años de la muerte de Eduardo, estuve muy tranquila recordándolo, con el asunto ya plenamente aceptado. “Se ve que tres años es la fidelidad que uno le guarda a sus muertos queridos antes de resignarse a seguir sin ellos”, escribí en el mail. Él nunca me contestó.

    Y, sí: me di cuenta de que había llegado a otra meseta del proceso. Hasta pensé, con dolor, publicar este post número once sobre el tema únicamente con el temido “Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii” del electrocardiógrafo del duelo.

    Pero no pudo ser. Se sigue aplazando, por fortuna.

    En los últimos días, me he reencontrado con la música -las canciones, la poesía que se entrelaza con ellas, el misterio de la voz cantando- con tal virulencia que deseé volver a escuchar a Darnauchans. Hacía tiempo que no lo hacía, triste por la tristeza de no sentir más tristeza. Puse sus canciones. Entonces algo ocurrió.

    Ni bien apareció la voz dentro de los laberintos de mi celular y sus audífonos, me sentí envuelta por una especie de sensación de hogar, de pertenencia a la humanidad y el tiempo, de ángel recobrado. Era como la voz de mi Ánimus positivo, ese hombre que no está del todo en ningún hombre y que me recuerda quién soy, me guía. Su música iba y venía de mis mundos, mis secretos, lo guardado bajo llave que me hace latir. Y, como antes, se me cayeron las lágrimas con “Sonatina”, su despedida.

    Gracias a Dios, el duelo -mucho más benévolo, dulce y compasivo- sigue titilando en mi alma. Y quiero una camiseta también.

    Dicen que escapó este mozo
    del sueño de los sin jeta.
    Que a los poderosos reta
    y ataca a los más villanos
    sin más armas en la mano
    que al Darno en la camiseta. 

    (“Sonatina” es del último disco de Darnauchans, El ángel azul: no se enoje la disquera por incluirla aquí, es a modo de homenaje sin fines de lucro. Y así me mandó Diego Rey este versito, supuestamente del rock argentino. Feliz cumpleaños). 

    Sonatina by Eduardo Darnauchans
    Download now or listen on posterous

    10-13 Sonatina.mp3 (4581 KB)

  • Mi México lindo y… herido…

    Hoy hubiera sido el cumpleaños de José Manuel De Rivas (1964-1996), mi brillante amigo Peabody, mi galante pareja de graduación, que me llegaba al hombro y vestía una capa negra. Se lo llevó el metro en la estación Bellas Artes; si suicidio o asesinato, no me importa. Fue la Ciudad de México y sus demonios. Ciudad rodeada de palacios.

    Mi segundo país siempre me hizo temer por mi seguridad y la de la gente que quiero. Es que México es generoso y cruel, festivo e impredecible, delicado y salvaje. Sublime, vital, sombrío: es una tierra de arquetipos danzantes. La muerte, siempre agazapada, como precio por la vida a manos llenas. Flores, mariachis, fiesta, Dios, mezcal, colores, ruido, escalas desmesuradas, olor a copal, mercados, espectros, montañas, multitudes, frutas. En México vive la gente más despiadada, cruda y mala de la tierra; en México vive la gente más noble, buena y pura de este mundo. México inocente, dijo Jack Kerouac, y también tenía razón.

    Pero ahora hay una guerra civil. No se trata más del cielo y del infierno, dualidad que tan atinadamente descubriera Malcolm Lowry durante sus iniciáticas andanzas por allí: hoy la gente está en la línea de fuego cruzado de varios ejércitos que luchan por su territorio. Parece que ya nadie sabe qué hacer; los narcos se disputan la frontera, las acciones del ejército quedan bloqueadas por cortes sorpresivos a lo largo y ancho de la ciudad (si alguien pensaba que en el Tercer Mundo somos flojos, ineficientes e improvisados, es que no ha reparado en la delincuencia organizada!), hay policías corruptos integrados a la mafia, el tráfico de armas es inmenso, la impunidad prevalece, civiles mueren o son secuestrados, sigue el misterio de las “muertas de Juárez”, se reportaron casi 2.500 ejecuciones en lo que va de este año, EE.UU. se está involucrando porque la olla va a explotar en cualquier momento y dicen que la situación es más grave que en Irak. ¿Qué le pasó a mi México, claro y oscuro, pero cuando era luz sí que lo era, en formas cegadoras de tan intensas? ¿Cómo puede vivir la gente así, entre miedos y negaciones, con amenazas, o la amenaza de la amenaza misma?

    Mi hermano dice que ya ve como inevitable que este año se arme un despelote grande (sic), que cada 100 años México tiene una revolución. Es cierto. Este año no sólo es el Bicentenario de la Independencia sino el Centenario de la Revolución Mexicana. En una, durante diez años las cabezas de los líderes estuvieron colgadas y pudriéndose dentro de jaulas, a la vista de todos los guanajuatenses para que les sirviera de escarmiento; en la otra, te fusilaban nomás por divertirse y la gente escondía a las muchachas en sótanos cuando llegaban los revolucionarios, quienes (muy lejos de esas versiones idealizadas que uno suele hacerse, tipo Che Guevara) se apropiaban de todo lo valioso y bello que encontraran, como fieras desbocadas.

    ¿Qué clase de revolución habrá de librarse este año, entonces? ¿Una guerra sanguinaria, un retorno paulatino al orden, una sublevación social, un terremoto que destruya las ciudades para poder empezar de nuevo, una intervención armada de otro país, una operación fulminante de los servicios de inteligencia, una movilización pacífica? Porque el problema ya no es únicamente la frontera, Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey: se va extendiendo como un derrame de petróleo en el mar.

    Leo las noticias (gracias a internet, porque aquí se habla muy poco de esto en los medios) y trago saliva; me preocupan mi hermano, mis amigos, el país mismo. A menudo pienso lo que sería vivir allá todavía, con Astor niño, y siento la gran bendición de habernos escuchado a nosotros mismos, de haber cometido de golpe y sin aviso aquella locura de volver a Uruguay. El tronar de la fiesta, de los fuegos artificiales, se me figura ahora como los ruidos que están tapando la balacera. Pero sigo creyendo en el alma de México, en su poder de ave fénix, en su águila, en el embrujo inmortal de su serpiente.

    Al llegar al ataúd de cristal, el menor de ellos (de tres años) toca el cristal y se acerca a los pies de la estatua, vuelve a tocar el cristal y yo pienso: “estos niños entienden lo que es la muerte, están en la iglesia debajo del cielo, poseen un pasado sin comienzo y se dirigen hacia un futuro infinito, esperando la muerte, a los pies de un muerto, en un templo sagrado”.

    (Jack Kerouac, fragmento de México inocente y otros relatos de viaje, México: Ediciones del Milenio, 1999)



    Guerra sangrienta entre cárteles se recrudece (El Universal TV)
    http://www.eluniversaltv.com.mx/detalle17812.html
     
    Narcotráfico: la lucha por el territorio (El Universal)
    http://www.eluniversal.com.mx/coberturas/esp207.html

     

  • Oda al anestesista

    PROLEGÓMENOS LAPAROSCÓPICOS
    Madrugada del 23 de septiembre, Asociación Española, habitación 335 B

    Supongo que pocas personas le rezamos a Hades y Morfeo, a  Hipnos y a Perséfone, antes de caer en el vaho de la anestesia general. Me fascina ese sagrado e inefable momento de la pérdida de la conciencia misma; es realmente una inmersión en las aguas del río Leteo, mucho más honda que la que cada noche emprendemos al quedarnos dormidos, cuando vamos de un mundo a otro, organizado con sus reglas particulares, habitado por sus propios dramas. Y en cuanto al Leteo no funciona tanto, pues al menos yo busco desesperadamente recuperar la memoria de mi vida paralela en ese lugar de los sueños. Pero con la anestesia no: uno realmente va hacia la nada; quizás esa sea la nada de la muerte, no lo sabemos. Aquí se aplica aquel horrendo precepto machista sobre la violación: “Relájate y goza”. La única forma de pasar hacia otros mundos -alcohol, drogas, muerte, meditación, anestesia, sueños- es entregarse del todo al secreto y esperar.

    Hablando de esperar, desde que me despedí de G. en la habitación y salí -encamillada, muñida de gorrito y zapatones- rumbo al block quirúrgico o su antesala, me tocó esperar dos horas mirando el techo. Eso, en vez de ponerme tensa, me ayudó a serenarme al máximo e incluso relajarme físicamente. Yoga de camilla, spa de bisturí. Es curioso todo lo que se puede pensar en esos tiempos muertos; por ejemplo, que para mi sorpresa –dada la habitual asociación con personajes amanerados rodeados siempre de curvilíneas enfermeras rubias, cual eunucos en el harén del sultán-, se me dio por constatar que había varios enfermeros y asistentes de buen ver. “¡Zas!”, me dije. “¡Típico comentario de vieja! ¿Cómo cuando era joven jamás lo hubiera notado?”. En realidad, me alegré por las enfermeras y doctoras del hospital; recuerdo vagamente que motiva más ir al trabajo o al colegio cuando nos gusta alguien. Claro que mi información era visual nada más: quizás –oh, injusticias biológicas- estos dos o tres tipos de buen ver eran gays, como siempre. Pobres enfermeras y doctoras.  También pensé -en tren de recuperar ahora aquellos tiempos muertos- en esa serie de canal Fox que tanto me gustaba por crítica y decadente, “Nip/Tuck“: ¡hay que estar loco para operarse si no es por obligación, dejar que el cuchillo serruche, rompa, jale, penetre, traume nuestra pobre carcasa, si no es por un motivo de salud o secuela de accidente! Agrandarse las tetas o estirarse las arrugas no me parecen motivaciones suficientes, pero cada Narciso con su estanque. Y así se me fue el tiempo en este parloteo inútil, en vaivenes mentales provocados por el ocio pre quirúrgico. Era muy raro, pero no tenía nada que hacer, ni tenía nada no hecho por lo que me sintiera culpable. Casi el nirvana. No era yo del todo. Era yo, jubilada y mirando por el balcón.

    Me reconozco más en la seguidilla de pensamientos erráticos, obsesivos, que se me aparecieron en el momento mismo de salir de la anestesia. El primero es, por supuesto, el más universal: “Ah, estoy aquí de nuevo, no me quedé en la otra orilla”. En realidad no llegué a pensarlo verbalmente: fue una certeza tranquila que emergía entre el cuchicheo y los sonidos de la sala de operaciones mientras empezaba a volver. Salió todo brillante, dijo una voz de mujer, la anestesista, Perséfone en este caso. Me pareció curioso que, aparte de la contundencia inequívoca de la afirmación, usara ese término, “brillante”. Afuera la luz es brillante; afuera, al final del túnel de regreso que nos lleva del mundo de los muertos a la superficie. Ahí, justo ahí, donde Orfeo mete la pata y da vuelta la cabeza.

    Los anestesistas son un género aparte, único. Nunca hablé con un anestesista inquieto, nervioso, colérico o cínico. Todos tienen una especial parsimonia, un ritmo lento, de contacto humano pero distante, como si ellos mismos tuvieran siempre un pie en ese mundo al que nos llevan y del cual nos traen de regreso. Son como parteros de frontera, como embajadores con doble ciudadanía. Levrero –me doy cuenta ahora- era todo un anestesista.

    Ellos se ponen en la cabecera, cuidándonos, o están a nuestro lado mientras caemos en el sopor, y nos hablan con voz suave, segura, hipnótica, hasta que caemos en la inconsciencia, y quizás sigan todavía más allá. No sé cuánto del letargo es causado por la anestesia como sustancia misma, y cuánto será producto de la presencia misma del anestesista. Cuando nació Astor sufrí una cesárea, pero con anestesia epidural: no quería que después me trajeran a cualquier bebé cambiado, como en las telenovelas mexicanas. El anestesista fue el único que estuvo presente durante el parto (además de G., Astor y yo, se entiende): me hablaba con esa voz arquetípica, de ultratumba buena, que tienen los anestesistas; me acariciaba la cabeza. El resto del equipo médico hablaba de golf y de chistes de fútbol, mujeres y esas cosas. ¿Yo? El territorio impersonal de una carnicería, siguiendo para mis adentros, drogada y risueña, sus irreverentes conversaciones profanas escupidas en el piso de una iglesia. La anestesia semi consciente me arrastró aquella vez a una nube de valemadrismo total, a una distancia interior, de nave al garete, con lo que estaba pasando. Pero la calmada voz del anestesista me traía de regreso a lo importante; era el único que me explicaba lo que sucedía en cada fase.

    “Salió todo brillante…”

    Lo segundo que pensé fue en ubicar el dolor. Sí, estaba allí, a la derecha, en la otrora mansión de mi vesícula. No había sido víctima de una de esas trágicas confusiones,  como escuché una vez en México –y nunca olvidé- cuando era niña: en el IMSS, le habían amputado una pierna a uno y –digamos- las amígdalas a otro, intercambiados los expedientes por error. Esa es una de las desventajas de la anestesia general: por no estar uno mismo presente, no puede patalear contra la ineficiencia ajena (desde luego, si uno pierde la pierna la metáfora se vuelve literal). Ayer mismo escuché en el pasillo médico de este hospital una alarmada voz masculina diciendo que una señora había venido a sacarse la vesícula y le habían sacado el apéndice. A lo mejor era una broma interna entre enfermeros, pero, si no, yo no era, por suerte, dicha señora. A mí me duele donde me tiene que doler.

    Sí, la anestesia requiere un importante grado de confianza en los otros del que no todos disfrutamos. Pero la voz lenta, pausada, narcótica, del que conoce esos misterios de la vida y la muerte, secretos de la suspensión de la conciencia y la memoria, ayuda a animarse al tobogán.

    La tercera cosa que pensé –quizás la más absurda en esa situación, pero no para mí, que hasta pedí que me mostraran mi gigantesca placenta- fue que quería ver los cálculos, las piedras que me habían extirpado (“tus rocas de Sísifo”, diría mi amiga V.). Aún no había abierto los ojos –tardaría un buen rato, aunque igual seguía el accionar del entorno desde los oídos-, pero igual me preocupaba no poder concretar ese último ritual para honrar mi obra creativa: ver las famosas piedras. ¿Serían verdes, como dijo aquella extravagante ecógrafa que, cuando se jubilara, quería dedicarse a hacer bijouterie con esas piedritas ?

    *

    Cuando abrí los ojos, perdí las esperanzas en el asunto y no dije nada: estaba en una sala de recuperación, no en el quirófano. Ni rastros ya de la vesícula con todos sus cálculos. Igual, mi exiliado órgano no podría decir que no lo despedí con varias ceremonias: churros del Parque Rodó, mazzini de Carrera, vinos de todo tipo. Ahora vendrán tiempos de anacoreta.

    Para mi sorpresa, ya en la habitación, G. me entregó una bolsita transparente que le habían dado – ¡mi tesoro no se había perdido en la ni pena ni gloria de la basura!-, con piedras varias, grandes, grandísimas, chiquitas, diminutas. Me impresionó mucho que hubiera podido alojar dentro de mí, como si nada, tanta tierra, mineral, sólidos tan duros que hasta se pueden golpear ruidosamente contra la mesa. Para mí fue tan impactante como si dentro de la vesícula me hubieran encontrado una maceta con flores; me imaginaba algo más sutil y etéreo. No eran verdes como prometió la ecógrafa –aunque sí lo era la bilis fosforescente que vomité después-, no eran brillantes, como dijo Perséfone: la joyería original de marca propia quedó descartada. Ahora tengo que conseguir una cajita de vidrio para guardarlas.

    A G. le parece medio repugnante el asunto de exhibirlas, pero a mí no. Me reafirma la idea de que pasar por la operación fue lo correcto, que en verdad llevaba una bomba de tiempo al costado.  Claro que no me agradan, para nada: son duras, enormes, muchas (me dieron once, quién sabe si había más), y vivían como un alienígena malévolo en mi propio cuerpo, como un embrión sin futuro, como un terruño infértil. He enterrado cada una de las muelas del juicio que me sacaron (por ahora sólo cuatro, pues me salió una quinta tiempo después, otra de las anomalías que me persiguen). También guardé el cordón umbilical de Astor. Quería enterrarlo en el jardín de Guanajuato, en la casa donde empezó su vida, pero la súbita partida de México no me permitió volver al pueblo y concretarlo. Todavía lo conservo; algún día estará ofrendado donde debe.

    Así que, pese a los ribetines de aquella ecógrafa orfebre, o a las poéticas sugerencias de mi alumna Stella Maris que las comparaba con esmeraldas, mis piedras vesiculares son cetrinas, amarillentas. Me recordaron más bien, por su forma y peso, a la pirita de hierro, “el oro de los tontos”, como dicen los mineros de Guanajuato y otros pueblos ricos en tesoros de la tierra. Así que me voy hoy a casa, si me dan el alta (alguien que garabatea de madrugada, a oscuras y con la vena pinchada sin duda la merece), con mi bolsita de “oro de los tontos”. Sí, para mí tiene mucho valor, y sin embargo no lo tiene, salvo que encontrara a alguno de esos tontos aludidos, o quizás algún coleccionista excéntrico en eBay. Plomo y oro. No salió todo tan brillante como dijo la anestesista, o al menos no salieron brillantes las opacas piedras de mi vesícula, ahora convertidas en prueba irrefutable, acceso al club, medalla al mérito. Recordar siempre de qué piedras venimos y qué piedras dejamos.

     
    … que te operen por laparoscopia y no con cirugía tradicional, no tiene precio…

    EPÍLOGO. CON GRATITUD A TODO EL GREMIO DE ANESTESISTAS DEL MUNDO

    Un poemita de Gabriel Celaya que musicalicé cuando era adolescente decía que “la vesícula biliar le duele a los millonarios y es un lujo mortal”. Obviamente, mi diagnóstico médico de adulta entró en crisis con el previo diagnóstico poético, porque yo no soy millonaria, y entonces la litiasis no podía ser más que un error. No tengo más riquezas, en verdad, que las que guardo en cajitas de vidrio, visibles e invisibles. Puro “oro de los tontos”, de los que creen que tienen un misterioso tesoro que nadie más ve. Aunque quizás Gabriel Celaya se refería a eso, finalmente.

    POSDATA: OTRA ANOMALÍA PARA EL ARCHIVO
    Tampoco sé a qué se refería el cirujano al incluir en mi ficha vesicular el siguiente acertijo del que remito prueba: “Niega chucho solemne”. Se escuchan interpretaciones.

  • Levrero, el necio (2004-2009)

    Hace cinco años que murió Levrero. Me estoy convenciendo al fin: la cosa no tiene arreglo. Y sigo enojada, en el fondo, por su empecinada huída: ¿qué le costaba esperar un poco más? Fue un abandono dolorosísimo, incluso para gente que no lo conocía personalmente, pero para los que éramos sus amigos, sus interlocutores, sus referencias afectivas, fue y sigue siendo demoledor.

    O quizás sí, quizás esperó más de lo que yo creo… El tipo no era de este mundo. Quién sabe desde cuándo escuchaba la llamada.

    Murió Mario. Se fue Levrero, mi maestro, mi socio, mi hermanito del alma. Y es irremediable. Y es para siempre.

  • Lo que no se escribe

    Lo que dejo pasar, lo que no escribo, se pierde para siempre, regresa al útero negro de lo que simplemente no es ni será. Por mi mente pizarrón pasan varias veces al día casi ráfagas de tiza, llegan oleadas de textos que creen, inocentes, que igual sobrevivirán pese a no ser escritos. Pero es inevitable que se desvanezcan, igual que pasaría con un sueño cuando uno no despierta con la clara intención de sacarlo de la nada.

    Para atrapar a unos y otros, textos y sueños, hay que lanzarse sobre el papel como un endemoniado, como un monje en éxtasis, fuera de todo, lanzarse y nadar sin pausa hasta la otra orilla. Y eso da miedo, por supuesto, porque la obsesión por otros mundos podría sacarlo a uno de este.

    Pero saber eso no quita -no quita en lo más mínimo- que lo que no escribo se pudra dentro de mí, eche raices de loto y flote en un estanque sucio. Porque lo que no escribo está herido de muerte, yo misma lo estoy, en tanto no quede escrito. “Y después podrás morir en paz”. Quizás después, después apenas.

  • Mi Tristán

    En las afueras de Guanajuato, una especie de hostal con muchos estudiantes, piscina, campos. Allí me encuentro con Anita; entre el gentío alcanzo a ver también a Tristán. Es emocionante: no puedo creer que esté allí, y me alegro muchísimo de que haya estado vivo todo este tiempo. Nos reconocemos inmediatamente; para él, sigo siendo la dueña de su corazón. Nunca creí que lo volvería a ver. Nunca.

    Luego, en el cuarto, con G. y otras personas, me parece que pasa una rata gris junto al zócalo (más pequeña, quizás un ratón, pero su sola presencia y movimiento errático me desata todas las fobias). Enseguida, un gato del lugar caza a la rata y se la lleva a la boca; yo comento que, más allá de la opinión de G., tendría que tener en casa un gato por mera protección. Sin embargo, a los pocos minutos la rata logra escapar; para colmos, aparecen dos ratones más, aunque estos sí son cazados sin vueltas.

    Enseguida de esto, Tristán llega junto a mí y parece perturbado. No puede respirar, carraspea. Primero lo tomo a la ligera, pero despues me doy cuenta de que se le atoró algo; pienso que está envenenado o que insólitamente intentó tragarse a la rata que había escapado. Lo tomo en mis brazos y digo casi gritando que es necesario llevarlo urgente a un veterinario. Aparece mi madre y afirma que no serviría de mucho, que de todos modos moriría por el camino. Veo a Tristán debatiéndose, ahogándose, y me doy cuenta de que sí, que va a morir sin remedio. De repente siento que su cuerpo se afloja sobre mis brazos; simplemente sé, en ese momento, que Tristán murió. Lo abrazo, lloro, me levantó y lo cargo en brazos. Le pido a unos muchachos del hostal que me ayuden a enterrarlo en ese mismo jardín para poder volver siempre a su tumba y hablar con él. Recuerdo entonces cuando murió mi gatita; yo tenía once años, y la enterramos en el jardín de casa envuelta en una tela de peluche a rayas blanco y negro, un sobrante de la colcha de mis padres. Decido un lugar debajo de la tarima de la piscina, que me parece como más íntimo para estar con él. Los muchachos habían preparado el hueco cavando; yo había llevado el alma y los restos de Tristán en una caja mediana, cuadrada, que pongo en la tierra. No estoy durante el resto del entierro, pero después vuelvo al lugar y veo que por algún motivo han puesto trozos de carne encima de la caja. Temo que hayan desollado el cadáver -lo habíamos dejado aparte- pero no: ahí sigue, lo enterrado era tan sólo el alma. Ahora se me ocurre que quizás intentaron sepultarlo con algo de comida, como se hacía en los funerales aztecas de modo de que el muerto pueda alimentarse durante la infernal travesía por el Mictlán.

    Como no pude cerciorarme personalmente, le pregunto al muchacho si el entierro estuvo bien hecho, si están allí todos los restos, y me da todas las certezas del caso. Luego reparo en que han cubierto, aunque sin cementar, la tumba con mosaicos de talavera azul y blanca.

    Enseguida salgo rumbo a la ciudad misma de Guanajuato para deshacerme del cuerpo vacío de Tristán. Este es un trabajo desagradable, pues se percibe su condición de muerto, de contaminante energético: su almita quedó en la tumba, enterrada en ese lugar al que yo podré ir a hablarle, pero el cuerpo no se puede quedar inerte por ahí, descomponiéndose. Pienso en subir hasta nuestra antigua casa, donde nació, y tirarlo justamente en el Callejón de los Perros Muertos, pero me da mucha pena que quede en un baldío como si fuera basura (además de que Anita y Lalo se enojarían por el olor). Sigo, entonces, cargando su pesado cuerpo por las calles de Guanajuato; en cierto momento logro comprimirlo al máximo en un cuadradito compacto, como una cajita.

    Busco y busco el mejor lugar, y al final encuentro una hendidura que se forma, hacia abajo, entre una casa y otra. Es un espacio oscuro, parece una cripta. Quiero deshacerme cuanto antes del cuerpo de Tristán y arrojo el cuadradito allí, pidiéndole a los cielos que mi amigo no vaya a conservar ningún vestigio de conciencia con el que se perciba encerrado. Entonces me voy, continúo caminando por calles ahora algo derruídas, en reparación, llenas de canales o pasajes sobre los que cuelgan cables de colores para que uno se agarre y pueda avanzar con más seguridad. Yo uso uno naranja y llego por azar hasta una oficina como de policía, donde lo enrollo para dejarlo. Lo único que deseo es irme y terminar al fin el episodio, pero a la salida hay una mujer vieja que me recrimina que haya retirado el cable que otra gente utiliza. Vuelvo, un poco avergonzada, y ya no está; es todo un gran lío conseguirlo dentro de esa oficina, pero lo logro y regreso a tenderlo para que la vieja no siga acosándome.

    Me voy por Guanajuato. Paso por bellos edificios coloniales, grandísimos, incluso junto a una gigantesca iglesia protestante de color terracota. Está a la derecha del camino, a la izquierda hay campo y montañas. Se me ocurre que quizás sería bueno entrar allí a rezar luego de la muerte de Tristán; recuerdo que G. me había dicho que la había visitado y era maravillosa. Pero creo que al final no voy, que sigo de largo. Pienso en la oportunidad extraordinaria que tuve, a pesar de vivir tan lejos, de haber estado presente justo en el momento de la muerte de mi perrito. Y me doy cuenta de que él trató de hacerme un regalo de amor, que intentó cazar a la rata como si él mismo fuera un gato. Pero un gato es un gato, finalmente.

    Sí, estuve presente justo en el momento de la muerte de mi Tristán. Y ahora sé dónde está enterrado: por fin recuperé su cuerpo (o mejor dicho, su alma), por fin ahora sé cómo volver a hablarle.

    Fue mi amado primer hijo. Anita me había dicho que ya no lo podían tener en su casa, en su hostal de Callejón de los Perros Muertos # 57. Que lo habían mandado a vivir a un rancho en Pénjamo. Pero en el fondo yo siempre supe que Pénjamo es simplemente el cielo de los perros.

  • Gracias, gracias por el fuego (1920-2009)

    “Cuando parece que la vida imita al arte, es porque el arte ha logrado anunciar la vida”.

    (de Epílogos míos, MB)


    Es triste, muy triste despedirlo, mi primer don Mario montevideano. Le han acomodado una sala velatoria de lujo, “el Salón de los Pasos Perdidos”, en un día feriado, cansino, a media marcha (que ahora se volvió de luto nacional, decretado y espontáneo). Y además un día frío, gris, lluvioso: más montevideana la puesta en escena, imposible. Mis reverencias a la producción.

    Lástima que ser inmortal sea sólo en sentido figurado: es temible este “punto final” que (nos) ponen a cada rato los escritores… Mi adolescente acaba de terminar para siempre.

    La velan y lo velan aquí.

  • Querida Idea enlutada con verde mirar lento

    Otra muerte emblemática para agregar a mi colección. Al menos ahora tengo el alivio de vivir sólo la pérdida del ícono, del símbolo, del maestro invisible, no de la persona real. Algo que muchas veces se confunde desde la intimidad que se genera entre un poema, un texto, una canción y quien los recibe: los amigos, la familia, quienes trataron cara a cara a ese artista “propiedad de todos” viven las cosas distinto, porque la pérdida del ícono queda ensombrecida y aplastada por la pérdida del amigo o del familiar. Pero uno de afuera, abrumado por perder a sus maestros y juglares simbólicos, a veces cree que es lo mismo. La vi durante un curso de Paco Espínola que hice en la Facultad de Humanidades cuando tenía veinte años; le pedí para asistir de oyente, ya que yo cursaba Filosofía y no Letras. Paco Espínola no me interesaba en particular: sólo la quería a ella, estar cerca de mi poeta favorita (¿qué debo decir: “favorito”? ella era la que más me gustaba, entre hombres y mujeres poetas), recibir alguna onda sutil de la piedra en el charco de su fuerza, algún reflejo de su fiera pasión por la vida (no nos equivoquemos como con el Darno: la muerte duele mucho cuando uno quiere vivir), de su negra intensidad venenosa. Sin embargo, sólo encontré una triste, frágil y pequeña mujercita que podía haber sido cualquiera.

    Sí, lloré en silencio hoy cuando leí que murió Idea Vilariño. Podría ir a su velorio -como no pude ir al de Mario- pero no lo haré, no es importante, en este caso. Era un milagro que siguiera viva todavía, casi a los 90 (esa es la prueba de que el pesimismo y la amargura no son necesariamente malos para la salud, y en su caso tampoco lo eran para la salud de los otros), y estaba internada, así que no fue ninguna sorpresa. Pero, bueno, el mundo queda más solo y uno duda, un poco huérfano, de sus propias percepciones. Es una bendición que lo que se escribe permanezca, no dependa de cuerpos, corazones, presencias físicas.

    Gracias, maestra, reflejo, gran mujer dolida. Al fin empezarás a descansar, valiente guerrera. Aguantaste hasta el final. Morirse de dolor a los veintipico en medio del esplendor, la belleza, la vida a manos llenas, eso -la verdad- lo puede hacer cualquiera.


    Trabajar para la muerte

    El sol el sol su lumbre
    su afectuoso cuidado

    su coraje su gracia su olor caliente

    su alto

    en la mitad del día

    cayéndose y trepando por lo oscuro del cielo

    tambaleándose y de oro

    como un borracho puro.

    Días de días noches temporadas
    para vivir así para morirse
    por favor por favor
    mano tendida

    lágrimas y limosnas
    y ayudas y favores
    y lástimas y dádivas.

    Los muertos tironeando del corazón.
    La vida rechazando

    dándoles fuerte con el pie

    dándoles duro.

    Todo crucificado y corrompido
    y podrido hasta el tuétano

    todo desvencijado impuro y a pedazos

    definitivamente fenecido

    esperando ya qué

    días de días.

    Y el sol el sol
    su vuelo

    su celeste desidia

    su quehacer de amante de ocioso

    su pasión

    su amor inacabable

    su mirada amarilla

    cayendo y anegándose por lo puro del cielo
    como un borracho ardiente
    como un muerto encendido

    como un loco cegado en la mitad del día.

    Si muriera esta noche

    Si muriera esta noche
    si pudiera morir
    si me muriera

    si este coito feroz

    interminable

    peleado y sin clemencia

    abrazo sin piedad

    beso sin tregua

    alcanzara su colmo y se aflojara

    si ahora mismo

    si ahora

    entornando los ojos me muriera

    sintiera que ya está
    que ya el afán cesó

    y la luz ya no fuera un haz de espadas
    y el aire ya no fuera un haz de espadas

    y el dolor de los otros y el amor y vivir

    y todo ya no fuera un haz de espadas

    y acabara conmigo

    para mí

    para siempre

    y que ya no doliera

    y que ya no doliera.

    Quiero morir

    Quiero morir. No quiero oír ya más campanas.
    La noche se deshace, el silencio se agrieta.
    Si ahora un coro sombrío en un bajo imposible,
    si un órgano imposible descendiera hasta donde.

    Quiero morir, y entonces me grita estás muriendo,
    quiero cerrar los ojos porque estoy tan cansada.

    Si no hay una mirada ni un don que me sostengan,
    si se vuelven, si toman, qué espero de la noche.

    Quiero morir ahora que se hielan las flores,
    que en vano se fatigan las calladas estrellas,

    que el reloj detenido no atormenta el silencio.

    Quiero morir.

    No muero. No me muero. Tal vez
    tantos, tantos derrumbes, tantas muertes, tal vez,
    tanto olvido, rechazos,

    tantos dioses que huyeron con palabras queridas

    no me dejan morir definitivamente.


    Poema número 19

    Quiero morir. No quiero
    Oír ya más campanas.

    Campanas -qué metáfora-
    o cantos de sirena
    o cuentos de hadas
    cuentos del tío -vamos.

    Simplemente no quiero
    no quiero oír más campanas.

    Más sobre Idea:

    Los versos de la mujer triste
    Nuestra señora de la soledad
    Perfil: ida y vuelta (en El País de España)
    Entrevista por Elena Poniatowska

    (El título del post pertenece a una carta que Juan Ramón Jimenez escribiera a Idea Vilariño)

  • Electrocardiograma del duelo (8)


    Sí, aún se mueve abruptamente la gráfica, picos y descensos, violentos tajos en la pantalla del alma, ritmos marcados -“pip, pip, pip, pip”- que hacen sufrir taquicardias cuando llegan los aniversarios, como este 7 de marzo y todos los días previos, tristes, muy tristes. Lejos estoy todavía del temido y ansiado “piiiiiiiiiiiii”… A veces pienso que, por algún extraño juego de espejos, lo he llorado más que a Levrero, que era mi maestro, mi mejor amigo, socio y compañero de ruta. Otras veces pienso que es porque Mario -y fue por cabezón nomás (uno, que no podía más con la vida, y el otro, que prefirió morirse: eso hace que uno tome partido)- se me desapareció hace cinco años y me he venido olvidando de todo lo llorado; Eduardo, en cambio, hace dos (¡sólo dos! ¡ya dos!). Lo increíble es que en realidad al Darno no lo veía hace mucho, muchísimo, pero siempre estaba la posibilidad de salvación, de redención, de resurrección, de estatua vuelta a la vida, de hechizo deshecho. Ahora no: esto es para siempre, por lo menos según las reglas del mundo conocido.

    Pasó tanto desde su homenaje un sábado hace dos semanas que tengo ganas de tirar todos los papeles en los que febrilmente garabateé durante horas mis impresiones y movidas interiores. Lo que ocurrió allí fue hermoso, muy hermoso, pero ahora siento que es historia contada, que ya la gasté internamente, que sería hacer una crónica periodística del asunto y me da una pereza infinita. Es terrible lo que viene sucediendo con mi escritura desde que el mundo real -ese de la tierra y sus demandas continuas- me tironea sin tregua alguna: no sólo no puedo procesar lo que me pasa (porque no tengo tiempo y espacio para escribirlo, descubrirlo), sino que va tan atrasado que pierde su razón de ser como texto. Hoy he decidido rescatar lo que pueda de ese borrador y publicar en el blog: quiero ver el blanco y negro, la unidad, la narración hecha, así sea algo tan menor como estos fragmentos. El viernes pasado, en esa mini jornada de cuatro horas que estoy tratando de tomarme para escribir –cuatro, de ciento sesenta y ocho que tiene la semana-, me deprimí terriblemente al abrir los archivos viejísimos de aquella novela inconclusa 2001-2002 y darme cuenta de que a dosis homeopáticas jamás podré volver a conectarme con ese universo; que si lo hago me arrastrará o, si no permito que eso suceda por “razones de la tierra”, sufriré mucho al no poder dejarme ir. Nadie escribe una novela con tal patética dedicación de un viernes de tarde; quizás, sí, relatos o posts en un blog (algo es algo), cartas, poemas, pero nunca una novela, al menos no las que me interesan a mí. Meterme por un momento en la inmensidad de casi 200 páginas escritas, una estructura laberíntica, los ambientes de otro país, los personajes, los juegos planteados, y saber que el tiempo corría y que nunca llegaría a la etapa de seguir escribiendo fue dolorosísimo: hubiera preferido postear en el blog, escribirle al Darno el homenaje en letras que le había quedado debiendo y al menos aplicar mis energías, mi corazón, mi mirada, en algo que tomara forma. En cambio, perdí esas horas -¡esas valiosísimas horas, las horas que me hacen creer que no desapareceré disuelta en las necesidades ajenas!- en buscar un hilo de Ariadna entre una multitud de minotauros. Esta tarde no, esta tarde no caeré en la trampa de una novela perversa que no se deja escribir porque no puedo entregarme a ella, que es un amante a quien le gusta seducir para después abandonarme con una sonrisa sobradora.

    Pero reviso aquello que me pasó cuando el homenaje, leo las páginas y páginas escritas en el café aquel lunes –pagué caro esa rebeldía de dedicarme a mi alma en vez de a trabajar, empecé la semana con un gran atraso, pero quién me quita lo bailado, o lo escrito, no tanto por lo que quedó del proceso sino por la acción misma de escribir, mi cielo, mi infierno y, en este momento de mi vida, mi limbo más imperturbable– y me doy cuenta de que ya no me reflejan. Son de otro momento. Informan. Nadie quiere que le informen de algo que ocurrió hace dos semanas. Eran sólo un marco para incluir las fotos de la obra -a conciencia o no de su “intervención urbana”- de misteriosos grafiteros o grafitantes que en Piedras y Maciel convirtieron una derruida placita en la “Placita El Darno”. Ese miserable espacio entre edificios, con paredes sin pintura, rejas y algún jueguito infantil –casi limosna para los niños pobres, o los pobres niños, según- ahora se llenó de significados: Espacio Darnauchans, Tristeza, Plaza Triste, Desolación. Flechas que apuntan a su entrada, acompañadas de Bajón de un lado y Espacio Gris del otro. El uso de comillas y cierta connotación de advertencia al desprevenido transeúnte –como si ingresando por esa placita/agujero negro se corriera el riesgo de darse de bruces contra la realidad paralela de los dolorosos mundos darnianos- me recuerdan aquel famoso grafiti “Darnauchans esteta decadente”, junto al que se fotografió mi amigo, divertido y hasta orgulloso, con un aire de haber sido comprendido al fin (aunque la intención haya sido criticar, ofender o demarcar una postura). Aquí sucedió algo así: nadie que realmente apreciara y amara la música del Darno –entiéndase “música”, en este caso, por “melodía”, “voz”, “poesía”, “ambientes creados”, “persona oficiante”, o digamos mejor el conjunto de todo aquello- podría pensar en ella como un bajón.

    La gente mata al mensajero, sacrifica a aquel que nombra a la muerte, la convidada de piedra, como si nuestro destino fuera la vida eterna e insulsa. Y cree que -salvo cuando ocurre una desgracia inesperada- existen unos pocos necios como el Darno que, por alguna razón contra natura, se empecinan en morirse. El mismo malentendido de siempre, hecho ahora provocadora placita.

    Yo diría que bajón es esa mediatinta, esa tibieza vital socialmente aceptada en la que todos caemos, tarde o temprano. O casi todos: hay quienes se destruyen a sí mismos, ícaros que caen en picada desde el cielo, dioses que se arrojan a las piras para crear el mundo, ruiseñores y rosas, alacranes que desvían la cola y se pican a sí mismos (como dijo Agamenón Castrillón), hay quienes prefieren estallar en el cielo como una estrella luminosa.

    Los amigos cuando se mueren se llevan partes de uno, sobre todo si nos conocen de jóvenes. Partes que para los demás, para los que nos conocen ahora, son invisibles, insospechables. Se llevan papeles, libros, cafés, bares, guantes impares, mechones champán, risas, confesiones platónicas, retazos deshilachados. Después del homenaje seguí con un nudito en el corazón hasta que ese lunes me tomé un rato para bajar desde 18 por la calle Yí hasta el segundo Sorocabana. Por unos segundos, vuelvo a ser aquella yo otra vez y siento su fuerza, su pasión; sé perfectamente bien que es mentira, que nada estará en su lugar cuando llegue, que no llevo un guante impar ni un mechón champán (gracias a Dios), que no escribiré y leeré toda la tarde, que no habitaré esa, mi otra casa, que no estará cada viejo, cada habitué con nombres inventados. Los mozos del bar pensarán que soy una middle ager loca, sentada cada tanto en el banco de afuera, mirando hacia el interior y llorando por lo que ya no está y no se ve más. Como el Darno, con quien charlé tantas veces allí, y en el Sorocabana anterior, y en mi casa, y en La Cumparsita, y en Fun Fún… Interminable curriculum de cafés y bares, en ambos casos.


    Ahora me tocó conversar con él en el bar San Lorenzo, Washington y Maciel. Lindo lugar, y más lindo aquella noche de bellísimo y cálido homenaje no oficial, unplugged, de latidos cazados en el aire por los organizadores luego de una lluvia que amenazó con suspender todo. Pero no: se mandaron un aterrizaje improvisado en dicho bar entrañable. Qué providencial inspiración climática, qué acierto.

    Fue el Darno mismo quien nos arrojó a todos al bar, que hizo poner pies en polvorosa al apoyo oficial, y nos quedamos sin micrófonos, sin escenario, sin la posibilidad de pasar los videos, pero entre casa. No era un espectáculo: era una memoria, un ritual. Pequeños picos siguieron alimentando mi tenaz electrocardiograma del duelo durante todo el encuentro (sobre todo con la intervención de Washington Benavidez, que me disparó un sístole/diástole de casi lágrimas), con los homenajeantes acodados en la barra, las mesas, sentados en el piso, y el alcohol –cortesía espiritual del homenajeado- no faltó a la misa.

    El triunfo de lograr un pastiche de faunas que normalmente no conviven en el mismo ecosistema –sólo Eduardo Darnauchans es capaz de lograr semejantes fusiones imposibles, como las de su música tan rock/ folk/ sefaradí/ pop/ medieval/ country/ telúrica/ tanguera-; todos nosotros, los amigos y admiradores, nos conozcamos o no, los que sabemos que haber sido rozados por ED fue un verdadero regalo de la vida, nos convertimos aquella noche en animales benditos bajo la misma negra, luminosa, inolvidable comunión.


    Darno que me hiciste mal, y sin embargo te quiero…


    Más fotos (cortesía de Guzmán Sánchez) en mi album de Facebook

    Poster de “Plaza Trovada”