Etiqueta: muerte

  • Curiosidad con la firma del Darno

    Hace días que estoy por meterme un poco en cierto abanico de sentimientos y vivencias que he venido acumulando sobre mi amigo Eduardo desde su fallido cumpleaños 55 el pasado noviembre (por cierto, mañana hubiera sido el de Levrero: ¡el 69! Me cuesta creerlo, todo, la edad que tendría, la ausencia). Pero siento que no he podido hacerme el tiempo y el espacio –como dice F., se me terminó la jodita y ya estoy en el ruedo de la autodisciplina laboral otra vez). Pensé, entonces, en un lindo abrebocas, un aperitivo para empezar a marcar la presencia tan fuerte de D. en estos últimos tiempos. Parece sobrevolar mis días como una mariposa necia, como un sonámbulo, como un fantasma empecinado.

    Sé que a algunos de sus amigos y fans les gustará. Se trata de un mantelito de papel que me trajo el día de mi despedida rumbo a México en 1999; supongo que un pedacito mágico de bar con la chonga estampa del mapa de Uruguay le pareció una tábula óptima donde estampar sus cómicos versos (lo que más me gusta es la rima de “Coyoacán”, uno de mis lugares favoritos de la ciudad, con “Darnauchan(s)”). Lo pongo al derecho y al revés, porque la gracia es ver después su puño y letra; favor de aguzar la vista, que hay una hoz y martillo en la firma, como los hubo encima de su ataúd también.

    Debo decir que aquel día de abril del siglo pasado coseché –además de su hermosa presencia, primer invitado en llegar a mi fiesta– una de sus chalinas que desde entonces tengo al lado de mi escritorio como inspiración y protección, una foto suya que me trajo, con guitarra y dedicatoria (saqué una de Levrero y Darnauchans juntos ese día, qué tino, qué destino, qué desatino), y varias llamadas telefónicas de Patricia enojada porque había venido (él dijo: “Vengo a despedirme… ¡aunque me cueste mi matrimonio!“). Qué buenos recuerdos, los repaso y me río sola. Así que hoy no quiero ni pensar en el desenlace, en todo ese desenlace previsible del barranca abajo y la confirmación de su muerte en 2007, como bien dijo Victor Cunha en el videoclip. Lo único que me consuela es concentrarme en su alivio, su descanso, su merecida salida del círculo del dolor y de ese miserable planeta Saturno que le apretó las clavijas desde el principio.

    Triste destino de los escorpianos, según dicen.

  • Cuatro años (30 de agosto, 2004)

    Creo que fue el último día que vi a Levrero (al menos en esta vida), en su casa, durante una visita mía desde México. O quizás no: sé que la última vez que lo vi canté “Volver” desde el ascensor, poniendo cara de Gardel (ya que él opinaba que nos parecíamos… ¡no sé cómo compaginaba eso con el hecho de ser “la mujer más bella del mundo”, es para preocuparse!), y por eso, dudo que hiciera tal payasada que sólo él entendería con tanta gente presente. Llegamos del Mercado del Puerto y el Bacacay con varios alumnos del taller virtual que ansiaban conocerlo; con todos ellos, era el primer día que nos veíamos en persona y de ahí salieron amistades duraderas (el famoso Primer Congreso Offline de Letras Virtuales, juas!). No sé cómo aceptó recibirlos, pero fue un momento increíble; además, nos puso a escribir. Incluso estaba Chepsy, que había venido de La Coruña y era toda una institución del taller. Memorable.

    La foto es malísima, claro, pero me recuerda más el apartamento, el “museíto” a la entrada (se ve atrás), la virgen sobre la puerta, el ascensor.

    A tu salud, Master! “Volver” quiere decir que hay que reencarnar para encontrarse nuevamente en otra vida…

  • Vacío

    No soporto más ver la laxitud de mi blog, que fue hermosamente catalogado por Artemio Lupin como “melancolía y creatividad montevideana” en sus Artemio Lupin Awards a los diez mejores blogs de 2007 (hoy me enteré, no sé quién es esta persona, solo que vive en Chile y que es muy elegante según su foto de perfil). Pero justo hoy no tengo nada que decir.

    O quizás sí, quizás tendría demasiado y el embudo no me alcanza. Son las 2:22 a.m. La noche está quieta allá afuera. Hay un brasilero macumbero en la televisión exorcizando demonios, y yo quisiera exorcizar los míos. Pero el embudo no me alcanza.

    Igual, más vale poner algo aquí que me dé la impresión de que escribo.

    Iba a poner solo la primera frase, pero la frase continuó por su cuenta…

    El sábado hará cuatro años que murió Levrero. Astor tenía 15 días de nacido y estaba en mis brazos; por algún motivo, quizás propio de esos ángeles custodios que se compadecen en estos casos, esa mañana se me ocurrió llevarlo conmigo cuando bajé mi correo. Nunca lo había hecho. Y justo fue ese día, aquel momento congelado en que inocentemente abrí el mensaje de Chl, un correo con el subject “Re:” a alguna boludez mía de tiempo atrás. Me acuerdo que me dispuse a leer con agrado algun juego nuestro. Pero no, decía algo como “Esta mañana a las 9.35 hrs falleció Mario. No sufrió y estuvo rodeado de amigos y sus mujeres. Quería que lo supieras, ahora no puedo escribir”. En algún lado lo tengo guardado. Creo que fue la única vez en mi vida que la conciencia del duelo, de la muerte, de la pérdida y la separación me fulminó en el mismo momento en que me enteraba, y me puse a llorar inconsolablemente con aquel diminuto Astor en los brazos, que de algún modo me cuidó hasta que me encontró Guzmán. Cuando murió mi tío Pocho, cuando murió Ana, José Manuel, Manolo, incluso el Darno, me quedé paralizada hasta que pude aflojar. Pero con Levrero me atravesó el rayo. Sabía que nunca, nunca jamás lo volvería a ver, a oír, nunca más recibiría una mísera línea desde alvartot (y hasta la fecha, de vez en cuando, mando un correo solo para comprobar que rebota) ni podría preguntarle qué hacer con mi vida, la escritura, los talleres. Nunca me reiría tanto; nunca nos diríamos las verdades con alguien de ese modo, frontalmente, sin que se tambaleara un ápice nuestro cariño; nunca nadie –nunca más– me entendería del todo. El universo quedó desolado, yermo, lleno de árboles de otoño con los troncos carcomidos. Fue devastador. Chl fue ella misma otro ángel guardian para mí, y siempre le agradecí ese gesto de recordarme en el medio del temporal, de no dejarme librada a los siete mil kilómetros que me separaban de lo irreparable. Me hubiera enterado después y hubiera sido espantoso, traicionero, injusto. Al menos pude ir a inscribir a mi hijo al Registro Civil al mismo tiempo en que en Montevideo lo enterraban. Muerte y vida, ni modo. Era la letra chica del contrato.

    Por eso, y aunque suene ridículo, lloré en la escena de Kung Fu Panda en la que el Maestro Tortuga se va a No Se Sabe Dónde, feliz, envuelto en pétalos de rosa, y le pasa el bastón al pobre maestrito comadreja (o lo que fuera ese bicho). Y el atribulado maestrito Shifu (bah, era un gran maestro, pero es que el otro era sobrenatural!) le ruega que no, que no se vaya, que no está preparado para la tarea. Pero al Maestro Tortuga no se le mueve un pelo, porque él está listo y lo único que quiere es la libertad, así que se desvanece entre las rosas con una sonrisa beatífica, como esas sonrisas raras que se nos aparecen en los sueños llenos de paz. Entonces Shifu se queda ahí parado, en medio de la noche, a las 2:58 a.m., con el bastón en la mano y preguntándose si acaso podrá con la tarea sin su Maestro.

    Y claro que puede, la película lo demuestra: ¡entrena a Po, el panda protagónico, cultor de Mc Donald o su equivalente chino, gordito feliz, incapaz de tocarse la punta de los pies! Aunque que fuera tan negado era solo una apariencia, porque al final el maestrito Shifu resultó todo un estratega y logró motivarlo con lo que más le gustaba (la comida, en este caso). Nadie se convierte en un guerrero si no tiene madera. Y –ya sé que es una película– al final Po logró derrotar al malvado Tai Lung.

    Sabemos, sin embargo, que todo eso es bastante poco probable. Porque en la vida real, nadie se preocupa del obeso panda Po ni del maestrito Shifu y mucho menos del Maestro Tortuga (en la web de Kung Fu Panda ni siquiera figura). Al mundo solo le interesan los Cinco Furiosos.

    Como sea, yo lloré. Y también estaba Astor, en la butaca de al lado, con las piernitas colgando.

    Levrero se murió por cabezón, o quizás porque amaba más el aroma de las rosas que el peso de los bastones. Y no pongo foto de Kung Fu Panda porque no quiero sufrir una demanda de Dreamworks.

  • Electrocardiograma del duelo (7)

    Ricardo Casas llegó el jueves hasta mi puerta a regalarme su documental sobre el Darno, “Donde había la pureza implacable del olvido”. Esa puerta se está volviendo testigo de eventos maravillosos. Hace mucho que quería ver ese trabajo, sobre todo porque las circunstancias hicieron que se realizara a lo largo de un buen número de años, con todos los cambios que eso trae en la gente (en el documentado y en el documentador, y ¿por qué no?, en nosotros los espectadores). Claro, una vez que el Darno murió, conseguirlo era como una necesidad. Estoy contenta.

    Hoy se me dio por probar el CD a ver si funcionaba. Sabía que no lo vería en este momento (me tengo que armar de valor, ya lo sé, probablemente un buen vino, uno o dos amigos), pero pensar en la frustración de que el disco no anduviera o qué sé yo el día en que finalmente junte el coraje me incomodaba. Me hizo bajar la guardia ver que el principio era como una larga toma de campo y naturaleza con los créditos. “OK, funciona”, me dije, “unos segundos más a ver si sale él”. Recuerdo que cuando niña me gustaba prender papeles hasta que tenía que soltarlos porque me quemaban las manos.

    Y entonces apareció un primer plano de Eduardo con esos ojos tristes de siempre, joven, como cuando lo conocí, cantando “As tears go by”, de los Rolling Stones. Y la música también triste (me trae recuerdos), y la voz pura, y la mirada, y el título de la canción… Me puse a llorar. Insoportable pérdida. Apagué.

    Todavía no. Se ve que no.

    Espero que no me pase como con las grabaciones que pedí de Levrero cuando murió. Me dijeron: “¿Qué querés que te mandemos de él?”. Yo pedí una tacita de café y alguna grabación con su voz: lo único que quería era no perder su voz. Por tres lados me enviaron las cosas: Chl la taza, CAF un registro que había hecho en charlas con Levrero (con vistas a un proyecto didáctico que teníamos, llamado informalmente “The Mario Levrero´s Guide for Dummies”, a sugerencia de mi hermano) y Pupi la grabación del homenaje en “Planetario”. Todo llegó a México, y otras cosas mías que encontraron en su casa.

    Pasaron casi 4 años de su muerte, el próximo 30 de agosto, y yo todavía no me he atrevido a poner esos discos que atesoro, esos donde la voz de Levrero sobrevive a los tiempos y a la descomposición de los cadáveres físicos. Justo la voz, tan particular, que resuena en mi cabeza tan a menudo, sobre todo su risotada. Y la voz del Darno, que la siento como mi casa, vaya uno a saber por qué. Mi casa de otros tiempos, en esta vida y quizás en otras.

    Las voces son sitios peligrosos de la memoria.

  • El morocho del Abasto, el ciudadano ilustre de Tacuarembó, el alma de Gardel

    Entre tanta muerte falsa, una muerte a recordar de verdad

    Adios Gardel!

    Si no colgaba algo en homenaje a 73 años de tu muerte, gran Carlitos, Levrero me mataría o más bien me matará!

    Solíamos llamarnos “Carlitos” el uno al otro, y firmar “CG” indistintamente. Éramos (somos) parte del alma de Gardel, como tantos otros conocidos y desconocidos….

    Una de las dos canciones que quiero que suenen en mi velorio a modo de despedida es “Volver”. Quizás porque en el fondo apuesto a la reencarnación.

    No nos abandones nunca, y que siempre sean horas pares hasta el fin de los tiempos!

    Sigan al Mago en Radio Clarín!

  • Epitafio para un cierto guerrero

    Mi guerrero murió y no hubo manera
    de despegar sus pétalos enfermos
    o de vaciar sus mejillas.

    Cada vez que como una sombra me acercaba
    a sus filosos dientes de aguaviva,
    mi guerrero ya pálido y dormido
    se acomodaba acaso más profundo
    en la negrísima roca del principio.

    Mi guerrero murió y entonces fue velado
    por un coro fugaz de linternitas.
    Más tarde floreció aunque algo triste
    en el pretil mordaz de una campana.

    Al pasar yo le dejé mi aliento
    como un recuerdo plagado de violetas.
    Fue todo en vano.

    Los insectos persiguieron su sonido con astucia
    y de él no quedó más que un yelmo oxidado.

    (Escribí esto hace diez años, dispuesta a enterrar para siempre mi pretensión de guerrero, de ser alguien que se planta frente al mundo y lucha para lograr sus objetivos, sus sueños, que trae un mensaje de otras tierras, que no teme ser quien es. Mi guerrero estaba muerto y hasta epitafio le hice: no había negociación posible. Pero al poco tiempo, en la Feria de Piedras Blancas, un medalloncito me llamó la atención; lo levanté pensando que era Dante Aliguieri… ¡cuál no sería mi sorpresa al constatar que se trataba de Juana de Arco! Ahí entendí: quizás yo no podía ser un guerrero porque tenía que ser una guerrera. Ese medallón conmemorativo de su beatificación me acompañó muchos, muchos años…)

  • It´s all over now, baby blue (1965)

    Hoy pasaron al Darno en la radio cantando “El instrumento”. La versión ni siquiera me gusta, pero la voz me pareció tan cristalina, tan pura y conocida, que se me cayeron las lágrimas. El tipo sigue siendo un generador de nostalgia, ahora con más razones que nunca.

    Y bueno, lo consiguió, se ligó a Dylan para siempre: esta es ahora la canción de su entierro, no importa qué historia haya tenido durante los cuarenta y dos años anteriores…

  • Amores complicados

    Lo nuestro es imposible –dijo ella. –Allá donde estás ahora, mis incógnitas son tema de chiste en los saunas de los ángeles.


    (Textito # 4302, presentado en TCQ, el PRIMER concurso literario por SMS, que fue organizado por el programa “Sopa de Letras” y la Biblioteca Nacional el año pasado, en MONTEVIDEO, URUGUAY -y aunque estemos en el fin del mundo, es así-. Total de textos enviados por la gente: 42,000!)

  • Cadavre exquis…

    “El cadáver exquisito beberá vino nuevo”

    Esta frase, aunque en francés, formó parte del primer “cadáver exquisito” que se escribió colectivamente por los surrealistas allá por 1925, seguramente con André Bretón, Tristán Tzara y Paul Eluard entre sus secuaces, o alguno de ellos. Es una técnica fantástica y muy divertida, capaz de tirar sobre la mesa proyecciones del inconsciente colectivo de quienes participan; me acordé porque estuvimos trabajando con una variante más racional de la técnica en los talleres, cuando VM comentó que acababa de leer esta genial frase y su origen.

    La leo en voz alta, la encuentro bella y me da esperanzas, ansias de resurrección, fortaleza para enfrentar la vida. Seré un cadáver ahora, quizás, pero al menos soy exquisita, y mucho más importante que eso, promete que beberé vino! Y aunque sabemos que el vino nuevo no es el mejor, la propia palabra, “nuevo”, asociado con algo tan místico y cargado de simbolismo como el vino da ánimos para renacer hasta al más perezoso de los mortales.

    Un excelente sumario de principios y más sobre esta técnica/juego/expresión existencial en El Florido Byte

  • No fue la última vez que lo vi (Darno)

    El inconsciente es impresionantemente sabio, sin duda mucho más que esto que llamamos “nosotros”, “yo”, y que sólo se refiere a la conciencia racional. Escribí que en uno de mis días aciagos, a punto de volver a vivir en México, vi al Darno por última vez en mi despedida; anoche soñé que él estaba grave, internado en un hospital, y yo tenía un problema muy importante en la espalda y estaba internada en la habitación de al lado. Era curioso que mi internación era, a su vez, ambulatoria: yo entraba y salía del hospital como si nada, pero mi habitación seguía siendo esa. Me llamaba la atención lo gigantesca que era, con enormes camas, y sin que hubiera otro ocupante que compartiera el espacio; ciertamente era como un hotel y de los buenos, con el inconveniente de que los fines de semana esa mutualista se convertía en centro de esparcimiento de innumerables familias que veían allí la TV, usaban los jardines y hacían muchas actividades recreativas. Yo regresaba uno de los días y me encontraba mi habitación plagada de gente, de niñitas que revisaban mi ropa en los placares y a quienes detenía con mi petrificante mirada de Medusa ante el desconcierto de las madres. De viejitos que se aposentaban por doquier a tomar el té y no me dejaban acceder a mis propias cosas, de hombres mirando interminables partidos de fútbol. Pero eso, tarde o temprano, terminaba y otra vez la semana normal empezaba tranquilamente.

    A todo esto, el Darno seguía convalesciente en la habitación de al lado. Me decía a mí misma que luego de bañarme y vestirme decentemente iría a verlo, que no podía ir en pijama, pero tanta gente invadiendo mi espacio hacía la operación más complicada. También, vanidosa, me daba cuenta de que yo estaba toda desarreglada y fea; no me gustaba visitar a mi admirado admirador en ese estado, aunque después me di cuenta que si yo misma estaba internada, cualquiera se daría cuenta que no me sentía demasiado bien y eso se reflejaría en el aspecto. Pero pasaba y pasaba el tiempo y yo no iba a verlo, aunque seguía el movimiento de su habitación por la ventana, lo veía pedir que le alcanzaran algo, y sentía renacer mis esperanzas de que no muriera. “En realidad, no era verdad eso de que lo vi por última vez en mi fiesta de 1999, ahora mismo lo estoy viendo!“, me decía con alivio. “Menos mal, su muerte fue sólo un malentendido, una conclusión apresurada...”

    Recuerdo que en el sueño también pensaba que era extraño que lo hubieran puesto en una habitación tan pequeña, que en aquel hospital había cuartos “para celebridades” (lo que no carece de lógica, pues la gente con muchos seguidores siempre recibe más visitas). Luego, en la vigilia, me vino claramente el recuerdo de mi amiga M. de México cuando estuvo aquí de paso: ella me contó que cuando trabajaba como arquitecta en Gayoso, la funeraria más importante del DF, diseñaron una sala para la gente de la farándula, políticos, etc en cuyo velorio se concentraban multitudes que distorsionaban el funcionamiento del lugar. El paralelismo con mi sueño es obvio: durante mi trayecto onírico, una parte de mí *sabía* perfectamente que el Darno estaba muerto, aunque quisiera concebir esa última esperanza de que sólo estaba enfermo. Y, por otra parte, también es una queja de que no se le reconociera lo suficiente en vida: estaba en una sala común cuando tendría que haber estado en una de esas salas gigantes que inventó mi mundo fantástico, cuartos de hospital donde internan a los famosos para que den conferencias de prensa y reciban tributos de los admiradores.

    Pero el insight del sueño no termina allí: en teoría, yo pude haber visto a Eduardo cuando regresé a vivir a Uruguay. El estaba muy mal, es verdad, y yo tenía un bebé de meses y estaba aterrizando en un nuevo-viejo país, pero en teoría igual podría haberlo visto: era sólo llamar y decir “¡Estoy aquí!”. Sin embargo no lo hice (y por supuesto, eso me pesa terriblemente, considerando el esperado-inesperado desenlace), y no lo hice porque *yo también estuve mal, muy mal* durante esos dos años que volvimos a coincidir en Uruguay sin vernos. Yo estaba “internada en la habitación de al lado“, yo no podía sostenerlo, comprenderlo, curarlo, y ahora mis antes precarias alarmas de supervivencia emocional estaban activadas por la existencia de un nuevo integrante en mi vida, un duende frágil, un sueño de ojos azules y sonrisa. Es tan, pero tan claro el planteo del sueño, que cuando él estuvo internado en 2006 yo ni siquiera me enteré porque yo misma estaba internada, aunque en mi domicilio. Y todas las veces que pensé en llamar al Bertolucci-Ñoquis-Ñoquis (si seguía siendo ese su teléfono), una voz interior me advertía que yo no podía esta vez con el paquete, que me protegiera. Que no podría ser su donante de sueños, como antes, que no podría llevarle una transfusión de vida y energía, de esperanza y luz, porque yo misma las necesitaba para mantenerme en este mundo. Porque ahora yo tenía una misión que iba más allá de mí misma. Sin embargo, siempre tuve la certeza de que él seguiría allí cuando yo volviera a estar bien (los de Escorpio, ambos, siempre nos regeneramos y levantamos de nuestras cenizas, hasta que somos cenizas), cuando volverlo a ver no me pusiera en un riesgo de sombras.

    Mi última oportunidad pasó de golpe cuando leí la necrológica de Patricia por casualidad; me recorrió un escalofrío por la espina dorsal: supe que Eduardo estaba en *grave peligro* y ahí sí, días después dudé. Podía sentir la oscuridad que lo estaba envolviendo y llegué a tomar el teléfono, pero no llamé. Luego supe que de todos modos él estaba en Villa Carmen en esos momentos, que nunca lo hubiera encontrado en su casa. Y luego el cajón envuelto en la bandera, las flores rojas, las notitas que deja la gente en la bitácora del velorio, la cara triste de los tíos viejitos, la mirada fuerte y llena de vida de Chichila, la muchacha desolada que tenía los mismos ojos que Patricia y seguramente era su hermana o familiar. No era una sala de Gayoso para celebridades; era sólo una sala de Martinelli, aquí, en Uruguay, país donde las estrellas no existen, y sin embargo estaba llena, llenísima, y la gente hablaba en susurros que sumados eran el final inconfundible de “Todavía las flores” (…quise decir “Ni siquiera las flores”…)

    Es decir, mi inconsciente hizo por mí dos cosas anoche: me devolvió por un rato la esperanza en la irrealidad de la muerte, en que Eduardo Darnauchans estaba todavía peleando por la vida y podíamos recuperarlo, quizás. Y me explicó, me consoló, me perdonó claramente: “Cuando él estaba internado, enfermo, tú también lo estabas. No podías ir como una visita más, no era tan fácil. Y eso que estaban en habitaciones contiguas“.

    Lo cuento acá para quien pueda servir, y así no atomizo a G., pobre, que siempre me mira con cara de “Mirá vos”…


    (foto de su último concierto en la Sala Zitarrosa, 25/11/2006, tomada por Sorgin/Agustinz)