Etiqueta: mujeres

  • Com/pasión

    Com/pasión

    Algún día
    aullarás como un lobo
    y tu luna será
    el amor que no entendiste.
    (Laura Fedele, Oda a Piritoo)

    Me da pena el centauro. Sucumbe a la salvaje fuerza bruta de sus cascos, el caballo de crines al viento que galopa en las llanuras; corre, retumba, lanza fuego por el hocico. Relincha, desesperado, como buscando la dirección sedienta de las casas, del reposo, del galpón donde al fin lo podrían desensillar. Pero no hay reposo para los centauros. Resiste en vano su condición: con los ojos verde fosforescente, buscará a las mujeres, las señalará como un blanco móvil, las apuntará con sus flechas, sus bramidos. El sudoroso pelaje al fin rodeará a una, la cercará, la retendrá; sus cuatro patas le cortarán la huida. Pero aunque sienta que va ganando, la bestia igual no tendrá descanso: quisiera dejar su piel aparte, renunciar a lo que es, a su naturaleza de brasas, a su hambre. A sus insomnios con el deseo prendido al cuerpo, voraz, furioso, dando vueltas como un jinete perverso en las inmediaciones del pueblo.

    Me da pena el centauro porque probó el vino y ahora ya es seguro que no podrá contener más el torrente; acorralará sin ambigüedades a esa mujer, la agarrará fuerte con sus manos, como un ave rapaz al indefenso conejo. Sus herraduras le cerrarán el paso a la desafortunada, sonarán impetuosas y cortantes contra la calle de piedra. El hocico del centauro entonces maldecirá, odiará su parte salvaje, la prisión, la condena, el no querer enterarse de lo que hizo. Pero más odiará despertarse luego en su parte humana, con resaca de civilización, y querer exiliar para siempre al animal.

    Me da pena el centauro porque sospecho que nunca ha querido, en el fondo, lastimar a nadie.

  • Caperucita Feroz (1)

    Por el lugar más tupido, por allí se entra al bosque. Pero las canastitas no sirven para nada: sirven en cambio las espadas, los escudos, los brillos metálicos, las cadenas pesadas, los yelmos, la cota de malla; sirven los mapas para buscar los griales debajo de las piedras, o las piedras para desollar lobos, o hasta las pieles de los lobos para taparse del frío; sirven los pasteles de manzana de la abuela, las cerezas, el olor a canela y a vainilla, la leña crepitando después de una tarde de lluvia. Toda la mitología de los bosques es inútil, las canastitas son del todo inútiles en el bosque. Pero no sé por qué cuentan tanta cosa desatinada de los bosques, como para que las niñas estúpidas los atravesemos sin preocuparnos, sin poner el dedo en el gas pimienta, como deberíamos, en cambio. Un bosque suele estar lleno de zorros haciendo zancadillas, de jabalís acosadores, de lagartos ladrones. Sí, el bosque es un cierto lugar donde a menudo se refugian las sombras de violadores ajusticiados, donde van a parar los aullidos de parto, donde crecen árboles gigantescos de voz grave. Y yo, sacando mi canastita, mi mantelito deshilado, mis deslucidos recuerdos de contienda.

  • Cuento de hadas/ Electrocardiograma del duelo (12)

    Esta noche fui al concierto de Shyra Panzardo, bajista del Darno, además de cantante con hermoso timbre y garra. Presentaba su disco, Cuento de hadas, que es un compilado de canciones propias como compositora. Fue en la Sala Zitarrosa, que para mí es muy especial (aunque más con recuerdos de Divercine y obras de teatro para niños, debo confesar, pero igual me llega). Tiene la mística de aquellos enormes cines y ese particularísimo, mágico momento -ese por el que seguir vivo siempre vale la pena- cuando las luces se apagan y uno, en lo oscuro, queda en la soledad más absoluta, si bien en la felicidad del eco silencioso con otros seres humanos, y luego simplemente se entrega.

    El asunto se vio reforzado, además, porque fui sola. Un sábado de noche. Lujos que una solitaria nunca del todo domesticada puede darse en la mediana edad, con sus necesarios y tranquilizadores low profiles: antes, semejante osadía me hubiera costado litros de repelente para espantar insectos y nunca me hubiera podido concentrar del todo en lo mío. En mi juventud, solía recluirme los sábados de noche en el apartamento. Era una internación voluntaria que hacía con todo gusto, a fin de recargarme las pilas con baños de burbujas, música, vino y lecturas. Andar por la calle en mis actividades habituales (cine, cafés, bares, caminatas) me hacía sentir un bicho raro, por un lado, una sola en un mundo donde todos iban de a dos, y por otro me enfrentaba a la suposición ajena de que, si estaba sola un sábado de noche, era que estaba buscando compañía. Con los espontáneos candidatos podía llenar un cartón de bingo o lotería cada noche. Por eso, eran las siete de la tarde y yo rajaba para el refugio de mi casa.

    Pero ahora no. Ahora puedo permitirme ir sola al concierto y disfrutarlo. No es que no me guste ir con otra gente: cuando surge, me encanta, tiene lo suyo. Pero ir solo también plantea sus ventajas, como no privarse de sentir sin la menor autocensura. Yo lloré a mis anchas con una canción en la que identifiqué al Darno, más aún luego de la llamada de atención de Shyra sobre una chalina atada en el pedestal del micrófono (me pregunto cuántas personas tendremos chalinas del Darno: sería genial averiguarlo, o hacer una exposición con ellas, tan características). Seguramente, con alguien al lado también se me hubiera caído alguna lágrima, pero me hubiera sentido en la obligación de justificar lo que me pasaba, y al tratarse tan sólo de una irracional intuición que se me imponía involuntariamente al escuchar el canto, me vería en aprietos; luego, en el disco de Shyra -que por supuesto compré- corroboré que la canción estaba dedicada, efectivamente, a Eduardo, tal como yo había presentido. Eso de “Cuando vuelvas a nacer… ¿qué serás? ¿Quién serás?” me acicateó todas las nostalgias, me confirmó el enorme buraco de su ausencia, y me dijo una vez más que dicha ausencia, al menos la de aquel que yo conocí, es para siempre, irreversible. Sí, volverá a nacer, quizás, pero entonces ya no será el trovador enamorado, el discreto amor platónico, el juglar caído, el ángel irredento con voz de cielo. Será un niño alegre en una plaza, o una planta con caracoles, será una baldosa montevideana que nos salpique los zapatos cuando llueva, o quizás termine siendo una moneda tirada en el fondo de una fuente para pedir un deseo.

    Shyra es fantástica. Es muy mujer, pero mujer oscura, y eso me gusta. Ojalá viviera en un país con más industria, un mundo de managers, road managers, stage managers, personal assistants, groupies, firmas de autógrafos en Mix Up, guardaespaldas y masajistas: seguro encontraría un nicho donde mostrar lo que hace y recibir lo que merece. Por otro lado, tengo la obtusa teoría de que surge tanta creatividad y calidad en Uruguay precisamente por esa falta de horizonte profesional, en el mal sentido de la palabra. Si uno realmente no puede hacer una “carrera” ni tiene una industria a la que plegarse para poder aprovechar sus beneficios, entonces su obra tiende a regirse por la autenticidad. La única piedra en el zapato serán los critiquillos de Brecha y la poca fe de muchos compatriotas, pero el camino interno está abierto, libre de tentaciones. A Shyra Panzardo le faltó únicamente entregar personalmente los programas a la entrada, es cierto. Pero lo que vimos en escena fue ella misma, lo que ella tiene para dar.

    Por algún extraño motivo (o será que es un motivo muy uruguayo), insistía en pedir que subieran el volumen a los instrumentos de la banda. Y no se daba cuenta, quizás, de que lo que uno quiere realmente es escucharla a ella, sus letras, su voz. De todos modos, no niego que esa fuerza masculina que venía de los otros músicos apuntalaba de un modo muy especial sus estocadas y pociones venenosas de mujer. Era como si a ellos también los hubiera embrujado, como si los hubiera hecho creer que aquel hombre itinerante de sus canciones se merecía el maleficio, y entonces ellos la ayudaban a prender el caldero para cocinarlo.

    Algo que me gustó mucho (y me dejó preguntas para hacerme) es esa asociación íntima, esa validación que hace de sus aspectos sombríos. Shyra -que, a pesar de sus cuentos, de hada no tiene nada, salvo que pensemos en la dual Fata Morgana- no sostiene y convalida la neurosis, la división en la que muchas mujeres hemos aceptado vivir: “Siento esto, por tanto debo ser una chica mala”. Al menos desde sus canciones, ella se acepta y se promulga a los cuatro vientos usando la vía de segundas personas, interlocutores amorosos, a quienes les deja las cosas bien claras.

    No puedo ser ni tu reina ni tu esclava/
    ni el perfume de tu almohada

    Yo quiero sentir tu olor/
    pero no quiero tu amor

    El cuento de hadas no es para mí

    La princesa es de otro cuento

    Incluso va más allá: no sólo es transparente respecto a sus facetas sombrías, sino que tiene sed de la sombra del otro. Parece  como si no fuera a convencerse de que la verdadera persona está frente a sí hasta que su lado salvaje termine de emerger.

    Dame tu parte criminal/
    dame tu parte más amarga

    Chapeau, mi querida Shyra, herencia a destiempo que me legó el Darno. A mí, mis oscuridades siempre me han jugado malas pasadas, básicamente por sentirme culpable de percibirlas, por constatar una y otra vez que no se corresponden con lo que el mundo espera de una persona normal, muy especialmente de una mujer.

    Fue como ir a ver a Dolores O´Riordan, Amy Mac Donald y Annie Lennox, all in one. Por cierto que un improvisado “bis” mucho rato después del final del concierto, con la sala ya medio vacía, tuvo su que ver: un viejo tema de Eurythmics, podado de su tufo ochentero, en versión rock salado más propio de Patti Smith. No hay nada como un buen cover en buenas manos. Yo soy de esa gente que se queda hasta que terminan de pasar los créditos al final de la película: siempre temo que haya una vueltita de tuerca final.

    ¡Y todavía después me doy el lujo de tomar sola una copa de vino en un bar, escribir todo esto, y que nadie me dé bola más que para pedirme el diario!

    “Middle age rules”.

    Sitio web de Shyra Panzardo: http://www.shyra.com

    Escucharla en My Space: http://www.myspace.com/shyrapanzardo

    Un “cuento de hadas” de carácter para la Zitarrosa (Diario El País):
    http://www.elpais.com.uy/100519/pespec-489390/espectaculos/un-cuento-de-hadas-de-caracter-para-la-zitarrosa

     

  • Duelos tropicales

    La señora que trabaja en casa de mis padres -bueno: lo de “señora” es parte de esa negación inconsciente con la que uno vive cuando deja atrás la propia juventud, ya que debe tener mi edad o menos- se llama Marta. Como casi todas las mujeres en Panamá, se viste, se arregla, camina irradiando un no sé qué, una vocación de Reina de la Belleza; no tiene inhibiciones para mostrar que quiere estar linda, que se siente linda, y que hará todo lo que esté a su alcance para resultar llamativa y sensual. Tampoco provoca ni seduce -nada de ese estilo “minita histérica rioplatense”, que tira los anzuelos sin consideración alguna y después no se hace cargo de la pesca-. Las panameñas simplemente se agradan así, vistosas, emperifolladas, en su mejor expresión y atractivo. Para sí mismas y para el prójimo. Y lo más sorprendente de todo es que ese estado interno no tiene relación alguna con su belleza externa, “objetiva”: una panameña llena de rollitos y celulitis en la panza cruza la calle, con su top ajustado y sus calzas de licra flúo, tal como si fuera la heredera al trono, motivo que la hace merecedora al innegable derecho de parar el tránsito con su paso majestuoso. No necesitan ser perfectas primero para ser bellas después (imagino que los índices de anorexia y cirugía plástica son mucho más bajos que por estos países). Para ellas, sentirse sexy es uno de los derechos humanos elementales; eso parecen compartirlo con las brasileñas, las cubanas y otras mujeres de los trópicos. No hay duda de que el sol acerca a la gente a la vida, a lo mejor de sí, porque finalmente la profecía se autorrealiza: al paso de estas Miss Panamá en cada semáforo, es inevitable reparar en ellas así sea por la actitud o lo que proyectan, por más que sean gordas, escuálidas, comunes o patizambas. En Uruguay se convertirían en señoras asexuadas, de cabello discretamente al hombro y teñido de claro, con un empleo público aburrido y un celular desde el que explicarle una receta a la empleada mientras vuelven a casa colgadas de algún ómnibus.

    Marta no: Marta es panameña. Vendrá colgada, sí, de una chiva parrandera (autobuses que no merecen el grado de tales, si bien son pintorescos para quien no los padece), pero huele a flores e irradia sonrisas. Llega muy arreglada; no importa que al rato esté en ropa de trabajo y quizás descalza, en plena faena doméstica. La forma en que se presenta al mundo parece ser un tema de autoestima, de respeto por su familia, de acariciarse a sí misma. ¡Y no hablemos de cuando regresa a su casa, luego de la jornada laboral!: toma una ducha eterna, seguramente con ungüentos aromatizantes varios, se seca y arregla el pelo, se pone su minifalda y sus aretes, sus moños y sus encajes, se maquilla y luego sale decidida a que los hombres se den vuelta cuando pasa. Eso, sin la menor contradicción con su dulzura y su condición de esposa fiel, de madre amorosa. Nosotros -hombres y mujeres de estos lares- tenemos menos integradas esas facetas femeninas: la sexy es una peligrosa devoradora, de escudos contradictorios o de armas tomar (todo bélico, de dulzura nada); en cambio, la esposa y madre suele tener divorciado el erotismo, al menos en su manifestación pública (e, igual, si hiciéramos una encuesta…). Marta no, las panameñas no. Verla salir tan acicalada y despedirse hasta el otro día rumbo a su humilde barrio era un esperado momento durante mis visitas. Me divertía y me dejaba envidiosamente boquiabierta.

    Un primero de enero, unos mafiosos del barrio irrumpieron en su casa, un copamiento; la hicieron callar y le pegaron un tiro en la cabeza a su joven hijo, que dormía acurrucado en la confianza del hogar, de su cama. Su único, queridísimo hijo (que además dejaba familia propia desamparada). El muchacho había intervenido para defender a alguien en los habituales prepoteos de estas pandillas y se la juraron: de escarmientos así están llenos los lugares soleados, como mi México. De golpe, el dolor se tragó a Marta, la envolvió en pesadillas de esas donde no hay Madre Universal capaz de consolarlo a uno. Que no haya ocurrido, volver el tiempo atrás, y si yo hubiera esto o aquello, no puede ser real... Pero, sí, había ocurrido, le ocurrió a ella. La noche oscura del alma. La injusticia, la impotencia, además del miedo paralizante. Porque esta gente sabía dónde vivían Marta y su familia, testigos presenciales; de hecho, habían podido entrar en la casa sin problemas, y por supuesto dejaron amenazas tras de sí. Pero nadie debería desestimar el innato poder de leonas de las madres.

    Mucho tiempo después, se logró encarcelar a los culpables. Marta nunca sacó el dedo del renglón. Imagino que dormiría con mucho miedo, atenta a cada ruido; quizás el esposo tuviera un arma bajo la almohada. No lo sé, pero se logró justicia. Es decir, justicia legal, que el crimen no quedara impune. El duelo, el duelo no tiene arreglo: es para siempre. Únicamente se mitiga, uno aprende a integrarlo a su vida, a rearmarla bajo otra forma, pero no deja de tenerlo siempre ahí, como un convidado de piedra.

    Hoy Marta sigue vistiendo riguroso luto, como acostumbran en su pueblo: toda la ropa negra (lo que en Panamá es un contrasentido: llama tanto o más la atención que cuando alguien aquí se viste de verde cotorra o fuchsia chillón). pero hace tiempo que empezó a arreglarse nuevamente; sigue queriendo estar linda (para su esposo, para sus nietos -que ya no para su hijo-, para los hombres, para sí misma). Se ríe cuando conversa con la señora Vera, un personaje de novela que los viernes va a planchar (y que le dice diablofuertes a los jeans, algo que me causó pánico en un principio, cuando me preguntaba por los míos: no le entendía, pero me era imposible evitar imaginar lujuriosos demonios atléticos sin camisa que me seguían a todas partes, aunque yo no pudiera verlos, y de ahí que ella considerara que eran mis diablos fuertes, pero al final resultó ser sólo un malentendido), y uno se pregunta cómo hizo para volver a reir luego del demoledor golpazo que le dio la vida. Obviamente, los efectos de dicho golpe irán con ella hasta la muerte, no tienen cura: el hijo no volverá. No se me ocurre dolor más insoportable que ver morir a mi hijo, y aquí no fue en sentido figurado, además. Pero ella optó por la vida, por tomar la vida, por volver a encontrar espacios de alegría, por seguir respirando y regalando sus perfumes.

    Y vuelve a salir al final de la tarde, cada día, toda arreglada, encaramada en sus tacones altos y de minifalda. Negra, porque hay cosas que llevan sus larguísimos procesos. El vino está, pero uno tiene que sentirse preparado para volver a beberlo y a embriagarse. Lo importante es que el dolor, la pérdida, la culpa, lo que no fue, lo que ya no será, no nos lleve a decirle no a los vinos de la vida. “No ahora” está bien: es como la minifalda negra de Marta. Pero tener claro -aun durante los peores huracanes del duelo- que, si bien lo lacerante parece haberse convertido en nuestra  única realidad, esto también pasará. Y que, cuando esto pase -aunque nunca será olvido de lo perdido, como tampoco lo será de lo hermoso que se vivió, de la memoria que uno quiere defender-, uno seguramente querrá volver a brindar, a degustar la copa, a permitirse el juego del vino, a disfrutar la liviandad que emborracha en comunión; esa que, expansivos, nos hace arrojarnos a las exploraciones. Claro que eso sería, hoy, como querer que Marta vuelva a llevar su antigua ropa de colores.

    Sin embargo, ella ha sido capaz de rearmarse desde la caída más terrible y elegir vestir, orgullosa, una minifalda negra.

    Cómo me gustaría aprender las artes de sobrellevar un duelo tropical. Pero creo al escribir terminé detectando alguna que otra pista.


    Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
    anegado sin brújula y perdido
    llegar a puerto con las velas rotas?

    Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
    El mismo viento que rompió tus naves
    es el que hace volar a las gaviotas.

    (De El doliente, Oscar Hahn)

     

  • Noche de Walpurgis: Ginebra, Arturo, Morgana, las hadas del bosque, mi novela y yo

     

    Cuando la gente se va a un retiro (religioso, profesional o en el marco de un proceso terapéutico), generalmente lo hace para encontrar la paz que le permita acometer ciertos proyectos u objetivos, o para que terminen surgiendo espontáneamente procesos que, de otro modo -de no ser por ese “fuera del mundo” artificial que se crea-, costaría demasiado contactar o por lo menos llevaría muchísimo más tiempo. Uno se va, confiado en que su rutina, su mundo de todos los días, lo estará esperando allí cuando regrese, intacto e inmóvil, como el castillo de la Bella Durmiente que seguía preso del hechizo un siglo después.

    Mi rutina, mi mundo de todos los días, saltó en pedazos recientemente, y “paz” es lo último que puedo esperar en medio del inmenso dolor que estoy viviendo ahora (dolor cuyo sentido es, precisamente, tratar de recuperar dicha paz). Creí que, para mí, el soñado retiro literario en Solís, con el ya probadísimo equipo femenino de escritoras -y amigas-, quedaría literalmente en el tintero. Nadie puede escribir una vez que el tsunami golpea y arrasa con todo: se dedica a salvar la vida, a recobrar las maltrechas pertenencias que flotan, a reparar la casa o improvisar un techito, a sostener a otros heridos, a dejarse curar por las brigadas solidarias, a buscar alimento día a día, sin acopio posible, a juntar leña para prender fuegos que recuerden el hogar. Sí: uno se dedica a sobrevivir cuando el tsunami golpea; lo último que podría hacer es escribir. Tampoco se puede escribir mientras se avista la ola a lo lejos, por cierto.

    Un amante del cine arte me comentó una vez sobre una película de aquel director interesante (aunque demasiado arriesgado en sus propuestas estéticas, a mi gusto) que filma ese preciso momento y lo sostiene como en una cámara lenta eterna: la ola gigante a lo lejos, imponente, majestuosa, durante rollos y rollos de filme. Los espectadores permanecen, igual, en sus butacas, por la arrolladora belleza de otras secuencias en la historia. Personalmente, semejante imagen me causaría torturantes pesadillas por su contenido arquetípico.

    “No importa, vení igual, aunque sea a pedacitos”, fue -más o menos- el mensaje de mis compañeras en la pasada noche de Walpurgis. Y milagrosamente fui. Claro que a pedacitos, pero rodearse de siete hadas y un bosque ayuda a la sanación, por más duros que hayan sido algunos momentos. El silencio creativo me hace bien; los momentos de amistad gozosa, también. Y aunque no haya escrito mucho más que mis bitácoras de la vida, leí con concentración  mi novela trunca (no puedo llamarle ya “proyecto” cuando tiene 180 páginas escritas, aunque haya sido hace siglos) que sorprendentemente me dijo mucho de mí, de lo que estoy viviendo ahora mismo, a años de distancia; me conectó, página a página, con mis búsquedas de siempre. Retomé nada menos que el sentido del juego, el desafío y el misterio de escribir esa novela. La tríada bendita. Nada mal para un retiro en el medio de un tsunami.

    Estuve llorando en la hamaca, tapada y escuchando música, hasta que en medio de esa desolación un hilito de luz, de esos que se filtran desde las copas de los árboles, me hizo sentir que encontraba algo como el camino de regreso a mí misma y a mi fuerza, a mi alegría de ser yo, la que soy. Al final, el Darno estaba cantando/me en francés; era parte de esos hilos de luz, de muchos hilos que se entretejen para sostenerme. No es cierto que la imagen de la telaraña implique lo malévolo, lo destructivo; quizás esa sea la realidad de los insectos. Para mí, los hilos, la red, la telaraña que se teje son todos huellas, rastros, señales y ovillos de salida.

    En ese mágico momento de retorno, me pareció ver una línea que aparecía y desaparecía a medida que la hamaca se iba meciendo. Una finísima línea vertical que se ocultaba y se dejaba ver en una danza de brillos y transparencias. Bajaba desde no se sabe dónde hasta mi bota; parecía un inesperado rayo láser de la Guerra de las Galaxias.

    Cuando al fin me di cuenta, quise correr a contarle a Morgana, pero me contuve para no distraerla de lo suyo. Allí, mientras estuve rearmando mis pedazos en la hamaca, asida a mis guías invisibles, entre temporales y naufragios, una araña tuvo el atrevimiento bendito de tejerme encima el primer hilo de su futura telaraña. Por un instante, tuve a Levrero frente a frente, o al menos habrá sido el recuerdo de su lección principal: la autenticidad, el valor de ser quien se es, incluso cuando la gente que amamos y que nos ama no pueda comprenderlo, mucho menos acompañarlo. Memento mori.

    Observé por última vez, maravillada, el fortuito brillo que me hablaba al oído, y tomé entonces el hilo casi invisible con la mano izquierda. El regalo de la araña se quedó conmigo. Estaba en paz. Sabía que no duraría, pero lo estaba.

    La noche de Walpurgis misma prendimos un gran brasero, comimos guiso de lentejas, tomamos vino, quemamos unos papelitos que guardaban todo aquello de lo que nos queríamos desprender en nuestras vidas y luego otros papelitos con lo que deseábamos con toda el alma. Fue una especie de ritual improvisado; yo comenté que iba a ser difícil que alguna iglesia lograra captarnos alguna vez, con semejante poder de autogestión. Cada una sacó, además, una carta del tarot del Rey Arturo que Morgana había llevado. Ocho cartas, como dardos certeros, con capas ocultas que continuarían luego, en los días por venir, su proceso de cebolla hasta develar la totalidad del oráculo. Un círculo de mujeres escritoras alrededor de un brasero prendido convoca fuerzas muy poderosas.

    A mí me tocó el Cuatro de Espadas. No sé qué dirá la estadística de estas cosas, pero desde mi experiencia personal era imposible que saliera un palo distinto que el de espadas. Conozco bien la carta, sus significados habituales, pero no en esta versión del Rey Arturo, que además me llega especialmente por mi condición de Ginebra. La imagen que presentaba este tarot para ilustrar dicha carta era Isolda la de las Blancas Manos. Recién como una semana después, los insights me empezaron a golpear, pero esa es otra historia (que quizás escriba luego aquí). El significado liso y llano que el librillo daba sobre mi Cuatro de Espadas decía así:

    Recuperación. Sanación. Retirada a un entorno seguro y tranquilo. Tomarse un respiro. Abandonar una situación tensa y caótica para aclarar la mente y evaluar los propios planes. Indagación serena en la propia alma. Recuperar la fuerza y dirección. Recibir protección y cálida hospitalidad. Convalescencia. Abandonar un estilo de vida peligroso. Puede indicar una estancia en el hospital. 

    [espero que esto último sea en un sentido metafórico, aunque a estas alturas todo es posible]

    El lugar común de hoy: “”Y, viejo, qué te voy a decir… ¡de que las hay, las hay!”  Mucho más todavía un 30 de abril, aquelarre de Walpurgis. Noche en la que, a cierta hora, los cielos y la luna se oscurecen por la multitud de brujas que surcan los espacios. Yendo al encuentro con sus pares.

  • Un mundo sin hombres

    Las torturas internas a las que someto a mis pobres alumnos del taller virtual son inenarrables (¡y todavía les falta un mes, quizás el peor de ellos!). Pero, por aquello de la ley del karma, todos los ensalmos que lanzo sobre quienes me siguen en este misterioso asunto del hilo de Ariadna se me devuelven multiplicados, y cuando quiero acordar yo misma estoy envuelta en los mismos procesos que ellos. Si pergeño un inspirado speech sobre la sincronicidad, los encuentros mágicos, las señales del mundo a las que uno se cierra, me creo muy lista por haberlos dejado sintonizados en el canal de la vida y sus sentidos, prestos a caer por cualquier agujero de conejos de Alicia, cuando ¡zas! al otro día a mí me ocurre un episodio sísmico inesperado, o termino embarcada en una vuelta interna a Ítaca, una de esas cruzadas rebosantes de mapas, brújulas, faros, monstruos marinos, dioses aliados y bardos capaces de embelesar aun más que el peligroso canto de las sirenas. Si les mando una consigna sobre padres e hijos, me veo inmersa en mis propias revisiones hacia ambos lados del camino; si el taller es sobre historia personal, al poco me veo desempolvando mis propios diarios; si el trabajo literario es a partir de los sueños, rebrotan las imágenes más vívidas y mis cosechas de cuatro, cinco, hasta seis sueños por noche (movimiento incontrolable que se aplaca, cual volcán dormido, una vez que dicho trabajo ha terminado). Así, soy madre contenedora, padre estricto, guía sabia, compañera maravillada y víctima sacrificial de mis propios alumnos. Para hacerlos a la mar a ellos, me tengo que exponer a los tiburones; para lograr que muestren -y se muestren- sus complejidades, riquezas y particularidades internas, mi alma tiene que hacer primero el striptease de rigor. Así funciona: como en casi todo lo importante, hay que poner el cuello. Y rezar, por las dudas.

    Esta semana he estado evaluando los ejercicios literarios producto del tema La amenaza femenina: ecos del matriarcado. Básicamente, con una excusa trivial como un café al paso, esta consigna de ficción obliga a imaginar un mundo en el que gradualmente el narrador (o narradora, según el sexo del autor mismo) descubre que todas las personas a su alrededor son mujeres, como si los hombres hubieran sido borrados del mapa por algún motivo. La diversidad de miradas derivadas que provoca el disparador se vuelve interesantísima: tanto escenarios contundentes como cárceles, manicomios, dictaduras, experimentos científicos, como delicados y sutiles sentimientos frente a la pérdida del otro sexo, a su nostalgia. A veces, liberación: es cierto que las mujeres no somos el default de la especie. Pero lo que queda claro es que el asunto tiene muchas puntas posibles.

    Hoy estuve trabajando en los últimos textos: cuatro horas estupendas en un café, concentrada en la lectura. Claro, es un decir: mi estar concentrada abarca un montón de aspectos no demasiado ortodoxos, como apuntar cosas que se me ocurren en la libreta de turno, hojear el diario con la posibilidad de encontrar alguna noticia que me haga clavar la vista, escuchar alguna canción de la que tengo particular hambre, mirar por la ventana cómo pasa la gente, cómo van en sus propias cosas. Pero esas pausas son, digamos, la garantía que tengo para que el aparato intuitivo no se me sobrecargue y me cause un cortocircuito (hasta las pitonisas tienen que descansar, cuanti más las simples mortales). Me gustaron particularmente un par de momentos en los relatos que leí: en uno, la desaparición arbitraria de los hombres (a quienes un gobierno militar femenino expulsa y embarca por decreto fuera del país, impidiéndole a las mujeres seguirlos) provoca que la narradora no se encuentre finalmente con el amor de su vida, ese con el cual se había dejado de ver décadas atrás y que ese día la deja plantada involuntariamente. En el otro, la narradora -presa de un ataque de paranoia, durante el cual el “femenino oscuro” está desatado, acosándola multiplicado en infinidad de mujeres- tiene, durante su internación psiquiátrica, la visión cotidiana de un hombre, un señor que es su guardián y le acaricia la cabeza. Y gracias a ese contacto imaginario es capaz de sobrevivir.

    Se trata, sin duda, del arquetipo del Ánimus. Así desaparecieran todos los hombres del planeta, la experiencia interna del hombre no desaparecería para las mujeres, como tampoco se esfumaría el Ánima para los hombres. Tan es así, que uno de los participantes del taller, varón, transgredió la consigna misma y terminó creando un mundo en el cual los hombres eran sometidos a un tratamiento químico para perder la memoria de la pasada existencia de las mujeres (eliminadas del tablero). Pero había un hombre, al que terminan encerrando por peligroso, que tarde o temprano recordaba a alguna. Es la misma necedad interna de la mujer del manicomio al aferrarse a su señor guardián. “¡Si el mundo sería tanto más fácil, si no tuviéramos que vivir en esta torre de Babel en la que estamos recluídos!”, pienso. Y sin embargo, no.

    Con todos aquellos gineceos insanos, matriarcados dictatoriales, aquelarres persecutorios, con todas esas fuerzas femeninas desbocadas cual alcohólico al volante, sin nada que las contenga y les ponga límites, y también con algún que otro Edén ilusorio, me subí al ómnibus de regreso a casa. Los audífonos apuntando hacia adentro, la mirada hacia afuera por la ventana, y ese hipotético mundo de mujeres me seguía dando vueltas en la cabeza. Pronto haremos otro retiro literario, de esos de “autogestión”, en el que las nueve mujeres escribimos en silencio, cada una concentrada en lo suyo, todas diseminadas a lo largo y ancho de Solís. Confieso que la primera vez tenía mis serias dudas: temí que el asunto se volviera una reunión de amigas, todas parloteando sin pausa, riéndose y expandiéndose (debí poner “riéndonos” y “expandiéndonos”, pero no estoy segura: suelo ser una botona para estas cosas, o directamente me voy a la otra punta a hacer lo mío, aunque no dejaría de perturbarme). Sin embargo, la experiencia fue maravillosa: funcionó impecablemente, sin ningún tipo de coordinación o liderazgo de nadie, armónico equipo de individuos acompañándose en una especie de comunión, la escritura en este caso. Después, sí: en las noches avivábamos el caldero, servíamos vino, poníamos música, nos reíamos y conversábamos hasta que el sueño fuera más importante que la amistad. Pero, a pesar del éxito, debo admitir que nueve mujeres en introversión conjunta es la excepción, no la regla. ¿Qué pasaría si el mundo no contara con la energía equilibrante de los hombres, el bunker ese que se cierra para procesar en calma internamente, la mesurada cautela, la escéptica racionalidad, la voz grave, o lo que diablos sea que caracteriza a lo masculino? Todo sería un hervidero, un sonido sin fin, una danza loca de ménades y bacantes.

    A mi lado se sentó un hombre más o menos joven, de treinta y pico, digamos. Su brazo se apoyó contra el mío de un modo algo invasivo; hasta intencional, me hubiera parecido en otro momento. Pero con mis inquietantes pensamientos sobre la amenaza femenina -como hemos visto, si la cosa se sale de sus cauces la amenaza no es, al final, sólo para los hombres-, el roce me pareció de una extraña calidez protectora. Como si ese mínimo punto de contacto con el brazo de ese hombre me asegurara la continuidad, la supervivencia de la energía masculina entera.

    Los hombres brillantes, además, son mucho más brillantes que las mujeres brillantes. Porque son hombres. Para mí, que soy mujer. El error está en la incapacidad de invertir la ecuación.

    No, definitivamente no quiero un mundo sin hombres.

    Voy a tener que cambiar esa consigna. Le produce demasiados movimientos internos a los pobres alumnos…

  • A que ésta no la tiene nadie…


    … al menos eso creo, porque es foto de rollo y una vez que uno se desprende del original no es fácil -aunque no imposible- que haya otra copia circulando. Hubo un tiempo hace no tanto tiempo -diez años, digamos- en que uno sacaba fotos con cámaras analógicas y las mandaba a revelar; obtenía, así, una serie de impresiones en papel y unos misteriosos negativos que guardaba bien, convencido de que ahí estaba el verdadero tesoro, la matriz de cada una de las fotos. Pero en la práctica, las cosas no eran así realmente: si uno regalaba la foto original, confiado en que igual tenía el preciado negativo, la verdad es que se quedaba sin ella. Pues rara vez se tenía la disciplina de mandarla a hacer nuevamente y mucho menos de rotular dichos negativos, por lo que al cabo de un tiempo todo eso era territorio propio de investigadores universitarios detrás de pistas sobre los usos y costumbres de las épocas históricas (ya bastante gracioso es verme a mí misma contándolo, como si fuera un relato de abuelitas: lo dejo aquí, que conste, para Astor). Encontrar el negativo que andábamos buscando para reimpresión era todo un desafío; que no hubiera agarrado humedad, hongos u otros males, otro.

    Por eso, la foto que a uno le entregaban con el revelado solía ser la única, salvo gente muy organizada que se mandara a hacer varias copias para regalar a los amigos. Y aún así, casi rayando en la candidez documental, uno entregaba sus fotos, incluso aquellas fotos realmente irremplazables, es decir, las de niñez y bella  juventud (las fotos de otras edades también son irremplazables como testimonio corporal y facial de uno mismo, desde luego, pero -seamos francos-… ¿quién quiere tenerlas documentadas?). 
    Esta me la regaló el Darno cuando me fui a México. Viene dedicada con delirantes comentarios al dorso y su clásica letra manuscrita, pero eso es aparte: la foto en sí me gusta, además de que él valoraba que también apareciera su guitarra. Y un cuadro de Alinda Nuñez, nuestra amiga. 
    No tiene caso quedarme las cosas sólo para mi. Sería injusto. Lo mismo con toda la experiencia docente y de escritor que me trasmitió Levrero. Pero todo lleva tiempo, claro, hasta compartir lo que no queremos que desaparezca con uno. 
    Marco del asunto: anoche soñé que le hacían un homenaje a Darnauchans en Buenos Aires y yo viajaba especialmente para asistir, pero luego me distraía en mil cosas y nunca llegaba a las actividades. No obstante, llegaba a escuchar varios comentarios del tipo: “A este bar venía el famoso Darno…” y alzaba mis ojos al cielo, como diciendo: “¡Otra vez, esperaron a que estuviera muerto para reconocerlo!”. Claro, me refiero a Levrero, pero al Darno también le llegará. Hoy escuchaba Las quemas; es increíble esa voz tan maravillosa, tan envolvente y profunda (si bien todavía no había llegado a los vuelos interpretativos y de composición de los dos siguientes discos). Debo tener un sentido muy siglo XII del amor cortés, los caballeros y todo esa parafernalia medieval, pero escucho la voz y me doy cuenta de que encarna mi idea de lo masculino mismo. Un espíritu firme pero dulce, sensual pero místico, capaz de cambiar lo externo pero sustentado por lo interno, aunque no al modo consciente e incisivo de lo femenino. Y en la nueva versión del disco -supe tener los de pasta, pero los vendí cuando me fui a México: gravísimo error- hay varias canciones más incluidas, creo que de Raras & casuales
    Lo del homenaje debe tener que ver con que el 7 de marzo ya serán dos años de su muerte y varios allegados están urdiendo cómo conmemorarlo. Al parecer, hay un miserable pedacito de Ciudad Vieja, en Piedras y Maciel, que han dado en llamar por ahí “Placita el Darno”, con graffitis alusivos a la tristeza y la desolación. Quizás un breve encuentro allí en su memoria, sencillo, con algunas actuaciones. Creo que lo lindo es que no se trata de un espacio oficial, decretado en un papel y con una chapa adosada a la pared: alguien que sabe dice que a él le daba urticaria sólo de pensarlo: “Plaza Darnauchans”, “Sala Zitarrosa”, “Plaza Mateo” (¡y en el estado que está! Lo malo de los simbolismos es que simbolizan). Pero creo que esto es otra cosa. Y, en todo caso, aunque me pese por Eduardo el hombre, para mí hay cosas que ya no le pertenecen a su identidad individual: aunque tenga algo de arrebato, Darno, el trovador es nuestro. 
  • La boda

    Me acordé cuando una vez, como a los cuatro o cinco años, me llevaron a un casamiento; para mí, ese no fue cualquier casamiento, sino una verdadera ceremonia iniciática. Nos sentamos al lado del pasillo central junto a un impresionante arreglo de flores. Me habían peinado con un moño más grande que mi propia estatura; yo me daba cuenta de que se trataba de un evento muy importante.

    De pronto, empezó la música y la gente se puso alerta; se abrieron las puertas de la iglesia y entró la novia, joven y deslumbrante, con su vestido blanco y un tul larguísimo. La novia avanzaba a paso lento, deshojándose en sonrisas; caminaba sobre una alfombra roja en dirección al altar. Pasó a unos pocos centímetros de donde estaba yo; miré su rostro excesivamente maquillado por debajo del tul. En ese momento fuí consciente de que todas las miradas caían sobre ella; a nadie le interesaba el novio, el padre o los demás invitados. Ni siquiera el cura. El único blanco de todas las miradas, de aquellas miradas pesadas, petrificantes, era la novia.

    Ahí mismo juré que jamás me casaría. Estaba segura de que no podría soportar a toda esa gente sobre mí, como hacía ella con total donaire y orgullo. La situación me parecía impúdica y me escapé; salí de la banca corriendo hacia el otro pasillo, desde donde la Virgen me miraba divertida. Me torturaba la idea de que algún día tuviera que decirle a mis padres: “Tengo un anuncio que hacerles”. Ellos me mirarían, extrañados.

    “Fulano y yo somos novios”, diría yo. Ellos, entonces, me interrogarían muy serios de inmediato. Tratarían de conocer más a aquel hombre misterioso a través de mis relatos; pero en realidad, muy para sus adentros, se estarían preguntando cómo lo había conocido, cuándo me di cuenta de que me atraía; si ese primer sentimiento fue de tipo platónico o una abierta excitación sexual, y muchas otras cosas que me avergonzarían al extremo. Una vez, mi padre me había mostrado una fecha grabada en una pulsera de oro. “Este fue el día en que tu papá le dijo a tu mamá que la quería”, dijo. “¿El día de su casamiento?”, pregunté yo.

    “No, no; esto fue antes. Primero teníamos que hablar, decir lo que sentíamos los dos…”, me contestó él.

    Ese descubrimiento me trastornó bastante:“O sea que primero tendría que hablarlo con el candidato… y luego anunciárselo a mis padres… y recién después uno se puede casar. Es decir, luego de tantas vergüenzas, pasar por la peor: la de vestirme de novia y soportar que todo el mundo me mire a sus anchas. ¿Y si la gente piensa que soy fea, y se burla de mí al verme tan acicalada entre tules y encajes blancos que no me lucen para nada?

    O peor aún, ¿qué tal si opinan que soy hermosa? Me mirarán más todavía, me chuparán como a un limón; los hombres podrán recorrerme el cuerpo y la cara con sus ojos sin que nadie los censure, sin que yo misma pueda protestar. Porque es el día de mi casamiento: yo soy la novia, y todo el mundo puede mirar a la novia hasta aburrirse. Mirarle los pechos, la cintura, mirar sus labios anhelantes… Todos sabrán que en realidad deseo a ese hombre, al hombre con el que me caso; que quiero tener hijos con él, dormir abrazada por él. Jamás volveremos a tener intimidad en nuestra vida: así como en la iglesia, muchísimos ojos nos estarán escudriñando para siempre. Especialmente a mí, a la novia. Porque todos querrán ver a la novia”.

    Casarse era, para mí, una locura sin reparación posible; algo así como subir a internet la foto de uno mismo desnudo.

    A mí no me gustaba ser maestra o madre, como a mis amiguitas.

  • Cuando uno no escribe, tiene que buscar viejos divertimentos…


    TARDE DE TE

    Dos mujeres hablaban de lo lindo alrededor de una mesa bien servida con masitas y una humeante tetera de Earl Grey. La de más edad observaba detenidamente la figura de la otra, pensando que no se daría cuenta. Pero la más joven, molesta, percibía lo que a su juicio era una ojeada crítica. “ Claro”, pensó. “ Una no puede pasarse un poco con los bocadillos en una fiesta, que enseguida las demás mujeres ¡plick! se adhieren como ventosas al elogio de la silueta redondeada. Parece como si tuvieran un radar: se dan cuenta antes que una de que, en donde había una cintura fina, ahora hay dobleces sospechosos. En donde había un par de muslos estilizados, ahora hay toneles paquidérmicos, anclas de acero imposibles de levantar. Festejan, festejan encantadas la buena nueva de la gordura en sus rivales. Un cañoncito de dulce de leche, una bombita de más y ¡plick!, tenemos arriba cientos de ojos revisándonos con sorna, explorándonos el cuerpo como si fuéramos esclavas a punto de ser rematadas en la plaza pública frente a los jeques árabes más codiciosos. ¿Se creerá que no me doy cuenta de su telescopio rastreador de sobrepeso? Me habla de sus hijos, de su casa, sólo para distraerme, para que yo baje la guardia del verdadero punto de interés: mi deterioro físico. ¿Por qué habría de mirarme tanto, si no? Si fuera para una opinión favorable, ya me la habría dado hace rato, pero es evidente que lo que está pensando no puede decírmelo de frente sin ser grosera: se lo reserva para una buena tertulia con otras urracas como ella. Seré el plato fuerte de la tarde, el comentario jugoso de la jornada. ¡La querida Annette se ha vuelto al fin una gordita feliz, como nosotras! Y entonces, ¡plick!, de golpe todas las otras fulanas del club empezarán a llamarme por teléfono, ¡tanto tiempo, corazón!, etcétera, y me invitarán a tomar el té sólo para escudriñar mis kilos recién estrenados. Y pretendiendo ser amables, en un gesto cruel me ofrecerán tentadoras masitas secas. Será la consagración de mi obesidad, el bautismo de la cofradía de las señoras gordas. Ahí está otra vez, ¡plick!, la odiosa mirada de Marta en mis caderas…”

    Inspirada por las recetas de tarta de brócoli que intercambiaban con entusiasmo, Marta – la de más edad- pidió otra medialuna rellena mientras le confesaba a Anette su debilidad por los bizcochos del domingo. “ El resto de la semana resisto la tentación”,dijo, “pero el olor a café con leche del desayuno familiar es demasiado para mí voluntad”. Anette hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa, pero no le salió. “Claro”, pensó Marta, “como ella es una flaca divina que nunca tuvo que hacer dieta para tener el cuerpazo que tiene, le parece muy fácil poner caras de asco ante una muestra de la debilidad humana, ante un titubeo comprensible en el pesado camino de las gordas sin remedio. Que por más régimen, por más gimnasia, por más maestros chinos que nos dejen como un alfiletero, nunca podremos adelgazar como las modelos de la tele. ¿Se creerá que no me di cuenta que cuando pedí la medialuna me miró con desprecio , como si toda mujer que no tenga su figura espectacular fuera digna de lástima? Así cualquiera: si yo tuviera esa cinturita de avispa, si tuviera sus piernas largas y elegantes, también me creería parida por las hadas. Pero no tengo otra elección: soy yo, tengo hambre y me mando mis medialunas cuantas veces se me antoje. Es una odiosa, ¡pero qué bien que le queda el vestido tan justito! Seguro que se lo puso para que me muriera de envidia, para que le cuente a las muchachas del club lo fantástica que volvió de su viaje. Pero conmigo se jorobó. No pienso decirle a nadie que la vi. Yo seré gordita, pero soy feliz. No preciso público como ella, que siempre se pone unos escotes acalambrantes. Además, seguro que se hizo cirugía; ninguna mujer tiene las tetas tan perfectas por naturaleza….”

    Marta y Anette siguieron hablando sin parar incluso mientras pagaban la cuenta. Al salir del salón de té, era de noche y hacía frío. “ ¿Vas para tu casa?”, preguntó Marta mientras se despedían. “ Sí, pensaba ir caminando” respondió Anette. Era la gran oportunidad de Marta. “ Te arrimo. Vine en el auto de mi marido”, dijo tratando de disimular su triunfo. Anette se tragó la velada alusión a su propia soltería y contraatacó. “Gracias, prefiero caminar, así mantengo la línea”, contestó. Si iban a tratarla de gorda, al menos la otra no se quedaría afuera. A Marta le cayó mal la medialuna y peor aún la ostentación de Anette de que su deseable figura se la tenía bien ganada. Con ejercicio y dinamismo , a diferencia de Marta que se apoltronaba en la comodidad del matrimonio, del auto del marido, del control remoto de la televisión. Pero antes muerta que demostrarle todo lo que la envidiaba. “Bueno, querida Anette, en ese caso será hasta la próxima vez. ¡Qué noche tan encantadora!¿no te parece?”. La otra le apretó el brazo afectuosamente diciéndole: “ ¡ Ay, Martita! Siempre son encantadores los momentos que paso contigo. Que se repitan más a menudo.”

    Las dos mujeres se abrazaron y besaron en ambas mejillas. Luego cada una siguió su camino.