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  • La cólera de Aquiles, la ira de Poseidón

    He estado involucrada últimamente con el retorno a Ítaca de La odisea. Bueno: sería justo, entonces, revisar lo que ocurrió justo antes de ese punto. Hace una semana fui a ver Homero, Ilíada, basada en una versión de Alessandro Baricco sobre el clásico homérico, con dirección de Jorge Curi (Teatro Victoria). Y lo que ocurre justo antes del trabajoso retorno de Ulises a Ítaca es una guerra, una verdadera carnicería, un sitio a una ciudad amurallada que duró diez años, un conflicto en el que ambas partes tenían la razón. Es decir, una tragedia.

    Es todo un tema el estancamiento. Y las cosas parecían detenidas en la interminable Guerra de Troya, y aún más estancadas cuando el mejor de los guerreros griegos, Aquiles, enfurece sintiéndose estafado por Agamenón y se retira de la contienda. A eso se refieren con “la cólera de Aquiles”; hay que acercarse a este personaje e intentar entender su carácter iracundo, sus rabias ofendidas, sus airados castigos, porque si no La Ilíada entera pierde sentido. Aquiles es uno de sus latidos más claros; su cólera, la sangre que el corazón bombea. Y mucho más terrible que la furia que lo impulsa a alejarse, es la que luego lo devuelve a la batalla, cuando Héctor mata a su amadísimo amigo Patroclo. Al parecer, los tres gritos de Aquiles frente al cadáver le helaron la sangre hasta el último de los troyanos, peor que si hubieran provenido de la garganta de los dioses.

    Sin embargo, hasta la cólera de Aquiles puede llegar a tambalear en un momento de compasión -por más semidiós que fuera, tenía un talón humano-, y es cuando el rey Príamo se presenta en su tienda, clandestino, arriesgando su vida, para suplicarle que le entregue el cadáver de Héctor. Esta escena siempre me estrujó particularmente, lo que llega a hacer el rey para recuperar el cadáver de su hijo: besar las manos del que le dio muerte, humillarse arrodillado frente a él. Tan fuerte es la necesidad del cuerpo muerto, desaparecido de lo cotidiano, tan necesario es poder enterrar el cadáver de un ser querido. Hacer el duelo de verdad. Habría que tomar nota en estos países antes de juzgar el dolor ajeno. Lo más hermoso es que terminan comiendo y bebiendo juntos; luego Príamo le pide un lecho para dormir, allí, en la tienda de su enemigo que bien podría degollarlo. Pero haber logrado su comprensión le da paz y duerme, duerme luego de tantas noches de insomnio. Aquiles lo acoge, tocado en su corazón por aquel amor de padre, por ese rey ya anciano que inclina su cabeza frente al destino. Llega, incluso, a llorar junto a Príamo. Pero, claro, orgulloso como era, igual no se priva de lanzar uno de sus siempre enconados desafíos: “Ahora no me irrites, viejo. Te devolveré a tu hijo, porque si has llegado vivo hasta aquí quiere decir que ha sido un dios el que te ha guiado, y yo no quiero molestar a los dioses. Pero no me irrites, porque soy capaz hasta de desobedecer a los dioses.”

    Algo interesante en esta Ilíada -al menos tres veces el texto lo enfatiza en boca de los propios protagonistas, no de un narrador- es que lo que se está viviendo será contado y sabido por las generaciones venideras. Tenían conciencia de la dimensión épica, mitológica de sus vidas en tanto modelo, en tanto historia con potencial de comunicarse con otros seres humanos; incluso cuando sus vidas, finitas y limitadas, hubieran concluido. Más aún en el contexto de una guerra: parece razonable pensar que uno no saldrá vivo de ella, luego de diez años de empecinamiento vengativo de los griegos y diez de estar sitiados de los troyanos. Esa declaración de trascendencia, al futuro, cobró inusitada fuerza porque el teatro estaba lleno con al menos 150 liceales. Que estuvieron la hora y media en silencio total, atendiendo; aplaudieron mucho y se quedaron afuera conversando. Me hubiera encantado hacerme invisible como Sue Storm (mi sueño desde niña), y escuchar divertida, sin privarme, sus conversaciones; sin alterarlas con mi presencia cerca. Mientras hacía tiempo abriendo el paraguas, alcancé a escuchar a un grupito de varones que comentaban la obra, muy conformes, aunque uno de ellos se quejaba de que lo único que no había entendido era qué carajos representaba una especie de armatoste, de grúa, que desciende sobre los troyanos muertos mientras el aedo se niega a seguir contando los horrores del desenlace; las luces se apagan y la obra termina.

    Tendría que cantar sobre aquella noche, pero tan sólo soy un aedo; que lo hagan las Musas, si son capaces de ello, porque sobre una noche de dolor como aquella yo no voy a cantar. 

    La verdad es que ni se me había pasado por la mente preguntarme por el significado de dicho armatoste descendiendo: simplemente viví el efecto que me produjo, sumado a las palabras, a la oscuridad creciente, y me conformó. Pero recordé entonces que, cuando tenía 13, 14, 15 años, solía hacer exactamente lo mismo: buscar equivalencias simbólicas inamovibles, como un alfabeto secreto que por cada carácter en un idioma me diera otro a cambio, a fin de permitirme develar el enigma, el mensaje cifrado. Las cosas, por supuesto, no funcionan así: son polisémicas. Me enloquecía tratando de captar el significado profundo, el simbolismo, de cada escena, de cada personaje de Tommy, la ópera rock. Empecé a verla a los 12 años, y la seguí viendo cada año o máximo cada par de años por mucho tiempo -aunque ahora nos cueste recordarlo, aquel era un mundo en el que no existía el video o DVD, y uno debía esperar pacientemente a que volvieran a dar la película en el cine por capricho del programador de los ciclos, o de lo contrario verla sucesivamente mientras estaba en cartel-; había encontrado paralelismos con la historia de Jesucristo -muchos-, pero chocolate y frijoles saliendo a litros por la pantalla de un televisor sobre una habitación decorada de blanco -por ejemplo- era difícil de ubicar en mis equivalencias. Uno es muy intelectual cuando adolescente, quiere controlarlo todo. No me importa cuántas grúas o pozos petroleros bajen acompañando el apagado de las luces: si funciona desde lo estético, lo emocional, me lo quedo. Pero tratando de identificarme con el joven espectador -que al parecer había entendido sin problemas cómo es posible que dos naciones se maten durante una década por una adúltera y un niño malcriado, que peleen usando espadas y lanzas, y que no existan celulares ni Internet-, puedo lanzar la atrevida teoría de que ese movimiento de la grúa, o lo que aquello fuera, hacia los personajes, alude a una epifanía, al descenso de la divinidad sobre el escenario de la tragedia humana (algo que era un recurso habitual para resolver los destinos). Deus ex machina. Y “máquina” es lo que vimos descender, finalizada esta representación de una obra del siglo VIII AC en la que los dioses fueron excluidos a propósito. Ellos siempre consiguen colarse.

    En realidad, eso fue cosa de la puesta teatral; el texto literario no menciona nada de grúas, máquinas o dioses. Lo que sí nombra varias veces es al destino como causa detrás del resultado de las acciones humanas: el hombre elige y actúa en consecuencia, y debe hacerlo en paz, pues si su destino es lograr un resultado o lograr otro, ese lo será de todos modos. Aunque los dioses sean mudos e invisibles, de todos modos hay una certeza de su accionar por detrás. Uno simplemente los ayuda a expresarse decidiendo, pero dicha elección está en consonancia con una armonía que nos es imposible entender. No es determinismo; tampoco es libertad ilimitada, posibilidad irrestricta. Los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué motivo. Eso no quiere decir, desde luego, que no sea posible navegar hacia otro rumbo, o bajarse del barco y caminar, o esperar los vientos que favorezcan nuestras elecciones. Sólo quiere decir que los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué.

    Me cuesta el teatro porque -sé que es una pedantería de mi parte- el physique du role nunca me convence del todo: una Helena de Troya cuarentona, de baja estatura, con pancita y voz áspera, jamás me va a hacer quedar con la boca abierta contemplando la infinita belleza arquetípica de aquella excusa por la que los hombres son capaces de desplegar sus más sórdidos tableros; un Aquiles que bien podría ser el muchacho del kiosko no me impone el intimidado respeto que tendría que venir junto con la mención de su nombre (no digamos la aparición de su estampa); un Patroclo pelado nunca irá a sugerirme el amor casi homosexual de Aquiles por él, capaz de hacerle vencer su orgullo y despertar su segunda cólera, la más despiadada de las dos. Para la venganza, la guerra, las pasiones, necesitamos belleza. Belleza física, digo. El cine nos la da, cuando es necesario en el argumento; nos da la edad, la complexión, la raza adecuada. El teatro exige demasiado; al menos yo jamás puedo sustraerme del todo al marco mismo del escenario que rodea “la realidad”, a esa frontera visible de contacto con este mundo, como tampoco puedo dejar de oír los zapateos en el piso de madera ni de molestarme cuando el personaje gira y no escucho tan bien su voz. Es como hacer el amor pensando en que dejamos un guiso en el fuego y el agua podría consumirse. Yo soy una mujer de cine, qué le voy a hacer.

    Pero salvo por estos detalles inevitables del casting en el teatro uruguayo, la puesta está muy buena, con un escenario que no es tal -usa una zona central de la platea-, escenografía mínima, vestuario evocador, interesantes contrapuntos, y una muy sugestiva ambientación sonora. Vale la pena conseguir el texto según Alessandro Baricco; yo aproveché el descuento de la librería La Lupa y me lo regalé: Homero, Ilíada, amarillo de Editorial Anagrama. Una obra que nos llevaría unas cuarenta horas, de ser leída en voz alta, aquí va a la esencia y logra momentos conmovedores. No será La Ilíada de Homero, pero ¿qué importa? No hay que rendir examen alguno, salvo que seamos liceales, de esos que había a montones: que se las arreglen ellos.

    Es todo un tema el estancamiento, y también es todo un tema la guerra. Y más en obras como ésta, en las que el escritor original es tan maestro que, en el fondo, no logramos ponernos de ninguno de los dos lados. Quizás mi naturaleza me llevaría siempre a los troyanos, aunque me enoje conmigo misma porque de antemano conozco el final (siempre con los heridos, los vencidos, los losers, pero bueno, de ahí parten asimismo mis virtudes, si las tengo). Sin embargo, en La Ilíada uno puede ver claramente las razones de ambas partes; es casi imposible tomar partido por uno, si eso conlleva la destrucción del otro (es lo que me tocará pronto, salvando las distancias, en el desgraciado partido de fútbol en que Uruguay deberá medirse contra México). Malditos griegos, malditos troyanos. Lo que queda bien claro es que, en el momento en que se cuenta La Ilíada, ninguno de los dos bandos puede más. Desearían que el horror se precipitara cuanto antes, con tal de no seguir en esa angustiosa espera, con las vidas suspendidas.

    La cólera de Aquiles también es todo un tema. La cólera que lo lleva a alejarse de la guerra -…mientras ésta va creciendo en su atormentado interior…-, y luego la cólera que lo lleva a arrastrar por doce días el cadáver de Héctor, enganchado de los tobillos a su carruaje, denigrándolo frente a sus conciudadanos y familiares frente a las murallas de Troya. Una nube de polvo y sangre, más la imposibilidad de recibir digno entierro, lo que en aquel mundo equivalía a vagar para siempre en las inhóspitas orillas del Aqueronte y no poder descansar como corresponde: en el mundo de los muertos. Pero Aquiles era implacable en su rabia, en su afán de destruir a quien le había hecho daño. Creo que sólo otro personaje lleva tan lejos su cólera y su venganza de corazón herido, y es Medea, que prefiere matar a sus propios hijos para así herir de muerte a Jasón.

    O Poseidón, que con su ira consiguió desviar a Ulises diez años más -es decir, sumados a la propia Guerra de Troya- de su ansiado retorno a Ítaca. Lo que hubiera sido una afable navegación de quince días se convirtió en una peligrosísima década en alta mar, acosado tanto por maremotos y naufragios como por vientos que se negaban a soplar. Es difícil y arriesgado navegar en semejantes aguas, pero de todas formas al final Ulises logró llegar. Quizás más templado, más pulidos sus defectos natos, y ciertamente conectado con los aspectos “femeninos” gracias a diosas, magas y ninfas. No retornó a Ítaca aquel astuto y calculador guerrero que la dejara veinte años atrás: el viaje lo hizo mejor, mucho mejor.

    Ni la ira de Poseidón ni la cólera de Aquiles -dejemos a Medea de lado, por destructora imbatible- lograron cambiar el curso del destino. O probablemente esas emociones sean colores del destino mismo, parte importante de su paleta de pintor malévolo.

    Sí, es todo un tema la guerra.


    Apostillas a las casualidades del malévolo pintor:

    Este texto para el blog fue escrito inmediatamente de vista la obra. Había apuntado más o menos las palabras de cierre, que aquí cito textuales ya con el libro de Baricco en la mano. Pero resulta que, al buscarlas, descubrí que en la versión literaria el asunto continúa hasta el final de la página; me dejó dura, porque sin haberlo planeado redondea, como serpiente que se muerde la cola, el comienzo de este post. Luego de terminar el aedo su relato, el rey Alcínoo repara en que hay un hombre que llora entre el público; lo llama, le pregunta por qué le hace sufrir escuchar aquella historia y quiere saber quién es. El hombre baja la mirada y le dice en voz queda:

    “Yo soy Ulises. Vengo de Ítaca y allí, algún día, regresaré.”



  • Inundaciones

    Mi último post fue a fines de octubre, cerca de mi cumpleaños. De esas fechas a esta parte -casi tres meses después-, ciertamente hubiera podido escribir al menos una docena más, si he de tomar como termómetro las ebulliciones internas, los descubrimientos, las maravillas, las emociones, las memorias, los proyectos, los sueños empecinados a lo largo del tiempo, los tímidos pasitos para hacerlos realidad, las polaroids de la vida a cada paso, los momentos kodak, los infiernos temidos, las sospechas. Pero -como es bastante evidente- jamás llegué a escribirlos, no pude hacerlo (lo que, en este caso, es lo mismo que decir que le he permitido a la vida práctica, a mis responsabilidades y mis culpas, impedírmelo). Menos mal que este blog se plantea desde el comienzo como meros “pedacitos” nada más, sin mayor continuidad, aunque hay veces en que se me va la  mano. ¿Quién puede vivir sin darse por lo menos un mínimo espacio para escribir cada semana, cada día, varias veces por día? Y, sin embargo, algunos pasamos meses respirando apenas desde nuestros irregulares diarios privados y apuntes oníricos.

    A estas alturas, es tanta la cantidad de temas y recuerdos que se me han venido asociando inconteniblemente con el título del post, Inundaciones, que debería escribir una novela para darles caza. El congestionamiento incluye la historia de mi casa inundada y de cómo dicho infortunio nos permitió comprarla; las dos operaciones de G. y las notas de sincronicidad del universo; la advertencia de que siempre me cuidara del agua -del peligro de morir ahogada- que me hizo una espectacular vidente hace muchos años; las reiteradas roturas de caños de OSE y saneamiento que desde la vereda inundaron nuestro sótano una y otra vez; las tristes e invernales goteras de la claraboya cuando regresamos a Uruguay; la afinidad con el palo de copas del tarot, con sus receptáculos adaptables y el peligro de sus pantanos; mi amado Guanajuato con sus inundaciones recurrentes; mi otro hogar, Querétaro, y su agua milagrosa; Felisberto Hernández con su casa tan inundada como la mía. Y Constantinopla, también Constantinopla, que ya no existe.

    La única forma de lidiar con las inundaciones internas, con los ríos inconscientes que se dejan crecer hasta el desbordamiento, es empezar narrando desde un hilito de agua, desde una precaria lluviecita, y reservar el resto para más adelante. Mi castigo por no escribir antes será no poder contarlo todo ahora, tener que postergar, diferir. Pero seguro podré retomarlo alguna vez, o estaré libre de hacerlo, si se da el caso. Porque esto no es solamente un propósito de año nuevo; he asumido, incluso, compromisos públicos en el asunto (para empezar, renunciando o aplazando espacios de trabajo muy gratificantes, propuestas que funcionan, lo que de por sí es un privilegio) a fin de tener algo de tiempo y concentración para escribir durante el 2010. Para escribir para mí, en principio; luego se verá. El blog será, entonces, un recordatorio, un lugar en el que monitorear mis propios procesos en tanto, a lo largo de este año distinto, abordo un proyecto mayor. Uno que viene trancado en el canal de parto, el creativo, desde mi último parto, el otro. Desde mayo tendré -me gané, tomo a codazos, me arriesgo, pienso en que me puede caer un piano en la cabeza en cualquier momento y que no hay que dejar tinteros rozagantes en este mundo de hambres- exactamente nueve meses (sic) con un poco más aire para reconectarme con mi escritura, si bien el mundo real me seguirá marcando el paso. Pero menos que antes. Así que pronto podré fraccionar las ahora inundaciones en pequeños chubascos, en chorritos constantes, en baños de piscina, en vez de pretender engarzar todo en un tsunami ocasional.

    Lo que iba a contar hace un buen tiempo (cuando debí haber escrito el post de Inundaciones y no ahora) es que una fuerza incierta me arrojó del sueño en el medio de la noche. Me desperté con el corazón desbocado; el sonido de la fuerte lluvia contra la claraboya terminó de volverme a la conciencia. Un instante antes, yo salía del altillo, fuera de mí, de mi centro, con una calavera de azúcar en cada mano; las había desenvuelto de entre un montón guardadas en una caja que justo había encontrado. Yo giraba en el patio con los brazos extendidos, mientras la lluvia me caía encima, empapándome, y las calaveritas poco a poco se iban derritiendo entre mis dedos. Masa húmeda de azúcar, recuerdos que se pierden para siempre, que se entregan como ofrenda en un misterioso ritual. Ecos de la fiesta de los muertos en México, quizás.

    No me podía sacar la imagen de la cabeza.

    Miré el reloj, aún con el pecho apretujado. Las cuatro de la madrugada. Tenía que disfrazarme, dejar el pijama calentito a resguardo, agarrar un paraguas y salir en el medio de la lluvia a verificar que el desagüe no se hubiera tapado.

    Las casas son seres implacables: demandan, exigen, protestan. Hemos de apaciguarlas, tranquilizarlas, hablarles en susurros. Finalmente, no hay que olvidar que se trata de nosotros mismos.

    Subí. Me mojé. Todo estaba en orden. Hacía como un mes que en casa habíamos sufrido una inundación mayúscula; el desagüe tapado formó un estanque en la azotea y el techo de nuestro cuarto no resistió: por alguna grieta se filtró el agua y dos chorros, tipo ducha, mojaban los muebles, el piso de madera, deslavando revoques ante mi atónita mirada. Creí que todo se vendría abajo; hasta ese día, el agua había sido en nuestra casa (además de un capítulo fundacional, con olas moviéndose en cámara lenta bajo la luz de la luna, pero esa es otra historia) un problema de la claraboya, de molestas goteras habituales en las casas viejas, de paredes con alguna mancha de humedad. Dudar de la solidez del techo ya era otra cosa; los cuartos eran el refugio lejos del patio, la protección de los vidrios que se rompen durante los temporales (tan habituales en Montevideo), con sus ruidos de viento inquisidor. Ese episodio lo trastocó todo. Creí que nunca más lograría dormir tranquila en mi cuarto. El agua parecía estar esperando la oportunidad para adueñarse de todo, para hacernos flotar sobre los colchones, ya cadáveres en nuestro sueño eterno. Así pasaba en Guanajuato antes de que entubaran el río: la gente no despertaba una vez que el agua subía cuatro, cinco, seis metros en una sola noche.

    Paradójicamente, una ciudad puede estar amurallada, pero solo en tanto disponga de agua. Su solidez depende de esto. No hay sistema de protección militar que valga sin un potente depósito de agua, un acueducto o similar. Habría que pensar qué puede significar esto, llevando la metáfora a nosotros mismos.

    Constantinopla, por ejemplo, tenía espectaculares murallas de 9 metros de alto, incluso con estructura anti sísmica. Pero, además de un acueducto que recorría kilómetros, disponía de un gigantesco sistema de almacenamiento, con agua suficiente como para llenar 27 piscinas. Tan solo para sostener su techo, contaba con 336 columnas. Imbatible. Reservas de agua y muros defensivos.

    Sin embargo, finalmente la ciudad fue vencida. Hunos que comían carne cruda, vestidos con pieles de ratones de campo hasta que el atuendo se les desintegraba, ya de podrido. Esos bárbaros salvajes violando, saqueando, matando…

    La estabilidad de un imperio puede, ciertamente, depender de sus murallas. Por algo la ciudad más rica del mundo era  la que mejores muros tenía (*). Y aún así, a toda Constantinopla le llega su Atila. No hay nada que proteja totalmente de los Atilas del mundo.

    En México, algunas veces el presidente tenía que declarar zona de desastre la mitad del país a causa de las inundaciones. Y la otra mitad también, pero a causa de las sequías.

    Sí, habrá que seguir pensando y aplicando metáforas…


    (*) Quizás todavía lo sea: bastaría contemplar con cierta malicia las medidas que se aplican actualmente en los aeropuertos de EE.UU.