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  • Cuento de hadas/ Electrocardiograma del duelo (12)

    Esta noche fui al concierto de Shyra Panzardo, bajista del Darno, además de cantante con hermoso timbre y garra. Presentaba su disco, Cuento de hadas, que es un compilado de canciones propias como compositora. Fue en la Sala Zitarrosa, que para mí es muy especial (aunque más con recuerdos de Divercine y obras de teatro para niños, debo confesar, pero igual me llega). Tiene la mística de aquellos enormes cines y ese particularísimo, mágico momento -ese por el que seguir vivo siempre vale la pena- cuando las luces se apagan y uno, en lo oscuro, queda en la soledad más absoluta, si bien en la felicidad del eco silencioso con otros seres humanos, y luego simplemente se entrega.

    El asunto se vio reforzado, además, porque fui sola. Un sábado de noche. Lujos que una solitaria nunca del todo domesticada puede darse en la mediana edad, con sus necesarios y tranquilizadores low profiles: antes, semejante osadía me hubiera costado litros de repelente para espantar insectos y nunca me hubiera podido concentrar del todo en lo mío. En mi juventud, solía recluirme los sábados de noche en el apartamento. Era una internación voluntaria que hacía con todo gusto, a fin de recargarme las pilas con baños de burbujas, música, vino y lecturas. Andar por la calle en mis actividades habituales (cine, cafés, bares, caminatas) me hacía sentir un bicho raro, por un lado, una sola en un mundo donde todos iban de a dos, y por otro me enfrentaba a la suposición ajena de que, si estaba sola un sábado de noche, era que estaba buscando compañía. Con los espontáneos candidatos podía llenar un cartón de bingo o lotería cada noche. Por eso, eran las siete de la tarde y yo rajaba para el refugio de mi casa.

    Pero ahora no. Ahora puedo permitirme ir sola al concierto y disfrutarlo. No es que no me guste ir con otra gente: cuando surge, me encanta, tiene lo suyo. Pero ir solo también plantea sus ventajas, como no privarse de sentir sin la menor autocensura. Yo lloré a mis anchas con una canción en la que identifiqué al Darno, más aún luego de la llamada de atención de Shyra sobre una chalina atada en el pedestal del micrófono (me pregunto cuántas personas tendremos chalinas del Darno: sería genial averiguarlo, o hacer una exposición con ellas, tan características). Seguramente, con alguien al lado también se me hubiera caído alguna lágrima, pero me hubiera sentido en la obligación de justificar lo que me pasaba, y al tratarse tan sólo de una irracional intuición que se me imponía involuntariamente al escuchar el canto, me vería en aprietos; luego, en el disco de Shyra -que por supuesto compré- corroboré que la canción estaba dedicada, efectivamente, a Eduardo, tal como yo había presentido. Eso de “Cuando vuelvas a nacer… ¿qué serás? ¿Quién serás?” me acicateó todas las nostalgias, me confirmó el enorme buraco de su ausencia, y me dijo una vez más que dicha ausencia, al menos la de aquel que yo conocí, es para siempre, irreversible. Sí, volverá a nacer, quizás, pero entonces ya no será el trovador enamorado, el discreto amor platónico, el juglar caído, el ángel irredento con voz de cielo. Será un niño alegre en una plaza, o una planta con caracoles, será una baldosa montevideana que nos salpique los zapatos cuando llueva, o quizás termine siendo una moneda tirada en el fondo de una fuente para pedir un deseo.

    Shyra es fantástica. Es muy mujer, pero mujer oscura, y eso me gusta. Ojalá viviera en un país con más industria, un mundo de managers, road managers, stage managers, personal assistants, groupies, firmas de autógrafos en Mix Up, guardaespaldas y masajistas: seguro encontraría un nicho donde mostrar lo que hace y recibir lo que merece. Por otro lado, tengo la obtusa teoría de que surge tanta creatividad y calidad en Uruguay precisamente por esa falta de horizonte profesional, en el mal sentido de la palabra. Si uno realmente no puede hacer una “carrera” ni tiene una industria a la que plegarse para poder aprovechar sus beneficios, entonces su obra tiende a regirse por la autenticidad. La única piedra en el zapato serán los critiquillos de Brecha y la poca fe de muchos compatriotas, pero el camino interno está abierto, libre de tentaciones. A Shyra Panzardo le faltó únicamente entregar personalmente los programas a la entrada, es cierto. Pero lo que vimos en escena fue ella misma, lo que ella tiene para dar.

    Por algún extraño motivo (o será que es un motivo muy uruguayo), insistía en pedir que subieran el volumen a los instrumentos de la banda. Y no se daba cuenta, quizás, de que lo que uno quiere realmente es escucharla a ella, sus letras, su voz. De todos modos, no niego que esa fuerza masculina que venía de los otros músicos apuntalaba de un modo muy especial sus estocadas y pociones venenosas de mujer. Era como si a ellos también los hubiera embrujado, como si los hubiera hecho creer que aquel hombre itinerante de sus canciones se merecía el maleficio, y entonces ellos la ayudaban a prender el caldero para cocinarlo.

    Algo que me gustó mucho (y me dejó preguntas para hacerme) es esa asociación íntima, esa validación que hace de sus aspectos sombríos. Shyra -que, a pesar de sus cuentos, de hada no tiene nada, salvo que pensemos en la dual Fata Morgana- no sostiene y convalida la neurosis, la división en la que muchas mujeres hemos aceptado vivir: “Siento esto, por tanto debo ser una chica mala”. Al menos desde sus canciones, ella se acepta y se promulga a los cuatro vientos usando la vía de segundas personas, interlocutores amorosos, a quienes les deja las cosas bien claras.

    No puedo ser ni tu reina ni tu esclava/
    ni el perfume de tu almohada

    Yo quiero sentir tu olor/
    pero no quiero tu amor

    El cuento de hadas no es para mí

    La princesa es de otro cuento

    Incluso va más allá: no sólo es transparente respecto a sus facetas sombrías, sino que tiene sed de la sombra del otro. Parece  como si no fuera a convencerse de que la verdadera persona está frente a sí hasta que su lado salvaje termine de emerger.

    Dame tu parte criminal/
    dame tu parte más amarga

    Chapeau, mi querida Shyra, herencia a destiempo que me legó el Darno. A mí, mis oscuridades siempre me han jugado malas pasadas, básicamente por sentirme culpable de percibirlas, por constatar una y otra vez que no se corresponden con lo que el mundo espera de una persona normal, muy especialmente de una mujer.

    Fue como ir a ver a Dolores O´Riordan, Amy Mac Donald y Annie Lennox, all in one. Por cierto que un improvisado “bis” mucho rato después del final del concierto, con la sala ya medio vacía, tuvo su que ver: un viejo tema de Eurythmics, podado de su tufo ochentero, en versión rock salado más propio de Patti Smith. No hay nada como un buen cover en buenas manos. Yo soy de esa gente que se queda hasta que terminan de pasar los créditos al final de la película: siempre temo que haya una vueltita de tuerca final.

    ¡Y todavía después me doy el lujo de tomar sola una copa de vino en un bar, escribir todo esto, y que nadie me dé bola más que para pedirme el diario!

    “Middle age rules”.

    Sitio web de Shyra Panzardo: http://www.shyra.com

    Escucharla en My Space: http://www.myspace.com/shyrapanzardo

    Un “cuento de hadas” de carácter para la Zitarrosa (Diario El País):
    http://www.elpais.com.uy/100519/pespec-489390/espectaculos/un-cuento-de-hadas-de-caracter-para-la-zitarrosa

     

  • Un mundo sin hombres

    Las torturas internas a las que someto a mis pobres alumnos del taller virtual son inenarrables (¡y todavía les falta un mes, quizás el peor de ellos!). Pero, por aquello de la ley del karma, todos los ensalmos que lanzo sobre quienes me siguen en este misterioso asunto del hilo de Ariadna se me devuelven multiplicados, y cuando quiero acordar yo misma estoy envuelta en los mismos procesos que ellos. Si pergeño un inspirado speech sobre la sincronicidad, los encuentros mágicos, las señales del mundo a las que uno se cierra, me creo muy lista por haberlos dejado sintonizados en el canal de la vida y sus sentidos, prestos a caer por cualquier agujero de conejos de Alicia, cuando ¡zas! al otro día a mí me ocurre un episodio sísmico inesperado, o termino embarcada en una vuelta interna a Ítaca, una de esas cruzadas rebosantes de mapas, brújulas, faros, monstruos marinos, dioses aliados y bardos capaces de embelesar aun más que el peligroso canto de las sirenas. Si les mando una consigna sobre padres e hijos, me veo inmersa en mis propias revisiones hacia ambos lados del camino; si el taller es sobre historia personal, al poco me veo desempolvando mis propios diarios; si el trabajo literario es a partir de los sueños, rebrotan las imágenes más vívidas y mis cosechas de cuatro, cinco, hasta seis sueños por noche (movimiento incontrolable que se aplaca, cual volcán dormido, una vez que dicho trabajo ha terminado). Así, soy madre contenedora, padre estricto, guía sabia, compañera maravillada y víctima sacrificial de mis propios alumnos. Para hacerlos a la mar a ellos, me tengo que exponer a los tiburones; para lograr que muestren -y se muestren- sus complejidades, riquezas y particularidades internas, mi alma tiene que hacer primero el striptease de rigor. Así funciona: como en casi todo lo importante, hay que poner el cuello. Y rezar, por las dudas.

    Esta semana he estado evaluando los ejercicios literarios producto del tema La amenaza femenina: ecos del matriarcado. Básicamente, con una excusa trivial como un café al paso, esta consigna de ficción obliga a imaginar un mundo en el que gradualmente el narrador (o narradora, según el sexo del autor mismo) descubre que todas las personas a su alrededor son mujeres, como si los hombres hubieran sido borrados del mapa por algún motivo. La diversidad de miradas derivadas que provoca el disparador se vuelve interesantísima: tanto escenarios contundentes como cárceles, manicomios, dictaduras, experimentos científicos, como delicados y sutiles sentimientos frente a la pérdida del otro sexo, a su nostalgia. A veces, liberación: es cierto que las mujeres no somos el default de la especie. Pero lo que queda claro es que el asunto tiene muchas puntas posibles.

    Hoy estuve trabajando en los últimos textos: cuatro horas estupendas en un café, concentrada en la lectura. Claro, es un decir: mi estar concentrada abarca un montón de aspectos no demasiado ortodoxos, como apuntar cosas que se me ocurren en la libreta de turno, hojear el diario con la posibilidad de encontrar alguna noticia que me haga clavar la vista, escuchar alguna canción de la que tengo particular hambre, mirar por la ventana cómo pasa la gente, cómo van en sus propias cosas. Pero esas pausas son, digamos, la garantía que tengo para que el aparato intuitivo no se me sobrecargue y me cause un cortocircuito (hasta las pitonisas tienen que descansar, cuanti más las simples mortales). Me gustaron particularmente un par de momentos en los relatos que leí: en uno, la desaparición arbitraria de los hombres (a quienes un gobierno militar femenino expulsa y embarca por decreto fuera del país, impidiéndole a las mujeres seguirlos) provoca que la narradora no se encuentre finalmente con el amor de su vida, ese con el cual se había dejado de ver décadas atrás y que ese día la deja plantada involuntariamente. En el otro, la narradora -presa de un ataque de paranoia, durante el cual el “femenino oscuro” está desatado, acosándola multiplicado en infinidad de mujeres- tiene, durante su internación psiquiátrica, la visión cotidiana de un hombre, un señor que es su guardián y le acaricia la cabeza. Y gracias a ese contacto imaginario es capaz de sobrevivir.

    Se trata, sin duda, del arquetipo del Ánimus. Así desaparecieran todos los hombres del planeta, la experiencia interna del hombre no desaparecería para las mujeres, como tampoco se esfumaría el Ánima para los hombres. Tan es así, que uno de los participantes del taller, varón, transgredió la consigna misma y terminó creando un mundo en el cual los hombres eran sometidos a un tratamiento químico para perder la memoria de la pasada existencia de las mujeres (eliminadas del tablero). Pero había un hombre, al que terminan encerrando por peligroso, que tarde o temprano recordaba a alguna. Es la misma necedad interna de la mujer del manicomio al aferrarse a su señor guardián. “¡Si el mundo sería tanto más fácil, si no tuviéramos que vivir en esta torre de Babel en la que estamos recluídos!”, pienso. Y sin embargo, no.

    Con todos aquellos gineceos insanos, matriarcados dictatoriales, aquelarres persecutorios, con todas esas fuerzas femeninas desbocadas cual alcohólico al volante, sin nada que las contenga y les ponga límites, y también con algún que otro Edén ilusorio, me subí al ómnibus de regreso a casa. Los audífonos apuntando hacia adentro, la mirada hacia afuera por la ventana, y ese hipotético mundo de mujeres me seguía dando vueltas en la cabeza. Pronto haremos otro retiro literario, de esos de “autogestión”, en el que las nueve mujeres escribimos en silencio, cada una concentrada en lo suyo, todas diseminadas a lo largo y ancho de Solís. Confieso que la primera vez tenía mis serias dudas: temí que el asunto se volviera una reunión de amigas, todas parloteando sin pausa, riéndose y expandiéndose (debí poner “riéndonos” y “expandiéndonos”, pero no estoy segura: suelo ser una botona para estas cosas, o directamente me voy a la otra punta a hacer lo mío, aunque no dejaría de perturbarme). Sin embargo, la experiencia fue maravillosa: funcionó impecablemente, sin ningún tipo de coordinación o liderazgo de nadie, armónico equipo de individuos acompañándose en una especie de comunión, la escritura en este caso. Después, sí: en las noches avivábamos el caldero, servíamos vino, poníamos música, nos reíamos y conversábamos hasta que el sueño fuera más importante que la amistad. Pero, a pesar del éxito, debo admitir que nueve mujeres en introversión conjunta es la excepción, no la regla. ¿Qué pasaría si el mundo no contara con la energía equilibrante de los hombres, el bunker ese que se cierra para procesar en calma internamente, la mesurada cautela, la escéptica racionalidad, la voz grave, o lo que diablos sea que caracteriza a lo masculino? Todo sería un hervidero, un sonido sin fin, una danza loca de ménades y bacantes.

    A mi lado se sentó un hombre más o menos joven, de treinta y pico, digamos. Su brazo se apoyó contra el mío de un modo algo invasivo; hasta intencional, me hubiera parecido en otro momento. Pero con mis inquietantes pensamientos sobre la amenaza femenina -como hemos visto, si la cosa se sale de sus cauces la amenaza no es, al final, sólo para los hombres-, el roce me pareció de una extraña calidez protectora. Como si ese mínimo punto de contacto con el brazo de ese hombre me asegurara la continuidad, la supervivencia de la energía masculina entera.

    Los hombres brillantes, además, son mucho más brillantes que las mujeres brillantes. Porque son hombres. Para mí, que soy mujer. El error está en la incapacidad de invertir la ecuación.

    No, definitivamente no quiero un mundo sin hombres.

    Voy a tener que cambiar esa consigna. Le produce demasiados movimientos internos a los pobres alumnos…

  • Electrocardiograma del duelo (11)

    Le comenté a mi amigo virtual Diego Rey (renombrado fan número uno del Darno, y que además tiene el amable buen gusto de mandarme postales y paquetes por correo tradicional) que el pasado 7 de marzo, en que se cumplían tres años de la muerte de Eduardo, estuve muy tranquila recordándolo, con el asunto ya plenamente aceptado. “Se ve que tres años es la fidelidad que uno le guarda a sus muertos queridos antes de resignarse a seguir sin ellos”, escribí en el mail. Él nunca me contestó.

    Y, sí: me di cuenta de que había llegado a otra meseta del proceso. Hasta pensé, con dolor, publicar este post número once sobre el tema únicamente con el temido “Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii” del electrocardiógrafo del duelo.

    Pero no pudo ser. Se sigue aplazando, por fortuna.

    En los últimos días, me he reencontrado con la música -las canciones, la poesía que se entrelaza con ellas, el misterio de la voz cantando- con tal virulencia que deseé volver a escuchar a Darnauchans. Hacía tiempo que no lo hacía, triste por la tristeza de no sentir más tristeza. Puse sus canciones. Entonces algo ocurrió.

    Ni bien apareció la voz dentro de los laberintos de mi celular y sus audífonos, me sentí envuelta por una especie de sensación de hogar, de pertenencia a la humanidad y el tiempo, de ángel recobrado. Era como la voz de mi Ánimus positivo, ese hombre que no está del todo en ningún hombre y que me recuerda quién soy, me guía. Su música iba y venía de mis mundos, mis secretos, lo guardado bajo llave que me hace latir. Y, como antes, se me cayeron las lágrimas con “Sonatina”, su despedida.

    Gracias a Dios, el duelo -mucho más benévolo, dulce y compasivo- sigue titilando en mi alma. Y quiero una camiseta también.

    Dicen que escapó este mozo
    del sueño de los sin jeta.
    Que a los poderosos reta
    y ataca a los más villanos
    sin más armas en la mano
    que al Darno en la camiseta. 

    (“Sonatina” es del último disco de Darnauchans, El ángel azul: no se enoje la disquera por incluirla aquí, es a modo de homenaje sin fines de lucro. Y así me mandó Diego Rey este versito, supuestamente del rock argentino. Feliz cumpleaños). 

    Sonatina by Eduardo Darnauchans
    Download now or listen on posterous

    10-13 Sonatina.mp3 (4581 KB)

  • Un poco de luz y liviandad…

    Una amiga muy querida de México y de mi juventud (de mi primera juventud, digamos) rescató este video. La veo como si fuera hoy, cantando el estribillo como si estuviera frente a grandes reflectores, de enorme sonrisa y gesto pícaro, mientras nos preparábamos para ir a la primera fiesta de la noche.

    ¡Si estaré vieja que, luego de tanto tiempo viendo su versión deteriorada, con estas imágenes hasta se me llegó a ocurrir que Raphael tenía su pinta! Es como escuchar a Sanguinetti dar un discurso y quedar embelesado por sus ideas… Dura un instante el embrujo, y luego uno se despierta del desliz como quien sale de una borrachera que lo llevó a dormir con un esperperpento -dicen, a mí nunca me pasó, que conste-, y reza para sus adentros, horrorizado por los recovecos oscuros del espíritu humano…

  • Electrocardiograma del duelo (8)


    Sí, aún se mueve abruptamente la gráfica, picos y descensos, violentos tajos en la pantalla del alma, ritmos marcados -“pip, pip, pip, pip”- que hacen sufrir taquicardias cuando llegan los aniversarios, como este 7 de marzo y todos los días previos, tristes, muy tristes. Lejos estoy todavía del temido y ansiado “piiiiiiiiiiiii”… A veces pienso que, por algún extraño juego de espejos, lo he llorado más que a Levrero, que era mi maestro, mi mejor amigo, socio y compañero de ruta. Otras veces pienso que es porque Mario -y fue por cabezón nomás (uno, que no podía más con la vida, y el otro, que prefirió morirse: eso hace que uno tome partido)- se me desapareció hace cinco años y me he venido olvidando de todo lo llorado; Eduardo, en cambio, hace dos (¡sólo dos! ¡ya dos!). Lo increíble es que en realidad al Darno no lo veía hace mucho, muchísimo, pero siempre estaba la posibilidad de salvación, de redención, de resurrección, de estatua vuelta a la vida, de hechizo deshecho. Ahora no: esto es para siempre, por lo menos según las reglas del mundo conocido.

    Pasó tanto desde su homenaje un sábado hace dos semanas que tengo ganas de tirar todos los papeles en los que febrilmente garabateé durante horas mis impresiones y movidas interiores. Lo que ocurrió allí fue hermoso, muy hermoso, pero ahora siento que es historia contada, que ya la gasté internamente, que sería hacer una crónica periodística del asunto y me da una pereza infinita. Es terrible lo que viene sucediendo con mi escritura desde que el mundo real -ese de la tierra y sus demandas continuas- me tironea sin tregua alguna: no sólo no puedo procesar lo que me pasa (porque no tengo tiempo y espacio para escribirlo, descubrirlo), sino que va tan atrasado que pierde su razón de ser como texto. Hoy he decidido rescatar lo que pueda de ese borrador y publicar en el blog: quiero ver el blanco y negro, la unidad, la narración hecha, así sea algo tan menor como estos fragmentos. El viernes pasado, en esa mini jornada de cuatro horas que estoy tratando de tomarme para escribir –cuatro, de ciento sesenta y ocho que tiene la semana-, me deprimí terriblemente al abrir los archivos viejísimos de aquella novela inconclusa 2001-2002 y darme cuenta de que a dosis homeopáticas jamás podré volver a conectarme con ese universo; que si lo hago me arrastrará o, si no permito que eso suceda por “razones de la tierra”, sufriré mucho al no poder dejarme ir. Nadie escribe una novela con tal patética dedicación de un viernes de tarde; quizás, sí, relatos o posts en un blog (algo es algo), cartas, poemas, pero nunca una novela, al menos no las que me interesan a mí. Meterme por un momento en la inmensidad de casi 200 páginas escritas, una estructura laberíntica, los ambientes de otro país, los personajes, los juegos planteados, y saber que el tiempo corría y que nunca llegaría a la etapa de seguir escribiendo fue dolorosísimo: hubiera preferido postear en el blog, escribirle al Darno el homenaje en letras que le había quedado debiendo y al menos aplicar mis energías, mi corazón, mi mirada, en algo que tomara forma. En cambio, perdí esas horas -¡esas valiosísimas horas, las horas que me hacen creer que no desapareceré disuelta en las necesidades ajenas!- en buscar un hilo de Ariadna entre una multitud de minotauros. Esta tarde no, esta tarde no caeré en la trampa de una novela perversa que no se deja escribir porque no puedo entregarme a ella, que es un amante a quien le gusta seducir para después abandonarme con una sonrisa sobradora.

    Pero reviso aquello que me pasó cuando el homenaje, leo las páginas y páginas escritas en el café aquel lunes –pagué caro esa rebeldía de dedicarme a mi alma en vez de a trabajar, empecé la semana con un gran atraso, pero quién me quita lo bailado, o lo escrito, no tanto por lo que quedó del proceso sino por la acción misma de escribir, mi cielo, mi infierno y, en este momento de mi vida, mi limbo más imperturbable– y me doy cuenta de que ya no me reflejan. Son de otro momento. Informan. Nadie quiere que le informen de algo que ocurrió hace dos semanas. Eran sólo un marco para incluir las fotos de la obra -a conciencia o no de su “intervención urbana”- de misteriosos grafiteros o grafitantes que en Piedras y Maciel convirtieron una derruida placita en la “Placita El Darno”. Ese miserable espacio entre edificios, con paredes sin pintura, rejas y algún jueguito infantil –casi limosna para los niños pobres, o los pobres niños, según- ahora se llenó de significados: Espacio Darnauchans, Tristeza, Plaza Triste, Desolación. Flechas que apuntan a su entrada, acompañadas de Bajón de un lado y Espacio Gris del otro. El uso de comillas y cierta connotación de advertencia al desprevenido transeúnte –como si ingresando por esa placita/agujero negro se corriera el riesgo de darse de bruces contra la realidad paralela de los dolorosos mundos darnianos- me recuerdan aquel famoso grafiti “Darnauchans esteta decadente”, junto al que se fotografió mi amigo, divertido y hasta orgulloso, con un aire de haber sido comprendido al fin (aunque la intención haya sido criticar, ofender o demarcar una postura). Aquí sucedió algo así: nadie que realmente apreciara y amara la música del Darno –entiéndase “música”, en este caso, por “melodía”, “voz”, “poesía”, “ambientes creados”, “persona oficiante”, o digamos mejor el conjunto de todo aquello- podría pensar en ella como un bajón.

    La gente mata al mensajero, sacrifica a aquel que nombra a la muerte, la convidada de piedra, como si nuestro destino fuera la vida eterna e insulsa. Y cree que -salvo cuando ocurre una desgracia inesperada- existen unos pocos necios como el Darno que, por alguna razón contra natura, se empecinan en morirse. El mismo malentendido de siempre, hecho ahora provocadora placita.

    Yo diría que bajón es esa mediatinta, esa tibieza vital socialmente aceptada en la que todos caemos, tarde o temprano. O casi todos: hay quienes se destruyen a sí mismos, ícaros que caen en picada desde el cielo, dioses que se arrojan a las piras para crear el mundo, ruiseñores y rosas, alacranes que desvían la cola y se pican a sí mismos (como dijo Agamenón Castrillón), hay quienes prefieren estallar en el cielo como una estrella luminosa.

    Los amigos cuando se mueren se llevan partes de uno, sobre todo si nos conocen de jóvenes. Partes que para los demás, para los que nos conocen ahora, son invisibles, insospechables. Se llevan papeles, libros, cafés, bares, guantes impares, mechones champán, risas, confesiones platónicas, retazos deshilachados. Después del homenaje seguí con un nudito en el corazón hasta que ese lunes me tomé un rato para bajar desde 18 por la calle Yí hasta el segundo Sorocabana. Por unos segundos, vuelvo a ser aquella yo otra vez y siento su fuerza, su pasión; sé perfectamente bien que es mentira, que nada estará en su lugar cuando llegue, que no llevo un guante impar ni un mechón champán (gracias a Dios), que no escribiré y leeré toda la tarde, que no habitaré esa, mi otra casa, que no estará cada viejo, cada habitué con nombres inventados. Los mozos del bar pensarán que soy una middle ager loca, sentada cada tanto en el banco de afuera, mirando hacia el interior y llorando por lo que ya no está y no se ve más. Como el Darno, con quien charlé tantas veces allí, y en el Sorocabana anterior, y en mi casa, y en La Cumparsita, y en Fun Fún… Interminable curriculum de cafés y bares, en ambos casos.


    Ahora me tocó conversar con él en el bar San Lorenzo, Washington y Maciel. Lindo lugar, y más lindo aquella noche de bellísimo y cálido homenaje no oficial, unplugged, de latidos cazados en el aire por los organizadores luego de una lluvia que amenazó con suspender todo. Pero no: se mandaron un aterrizaje improvisado en dicho bar entrañable. Qué providencial inspiración climática, qué acierto.

    Fue el Darno mismo quien nos arrojó a todos al bar, que hizo poner pies en polvorosa al apoyo oficial, y nos quedamos sin micrófonos, sin escenario, sin la posibilidad de pasar los videos, pero entre casa. No era un espectáculo: era una memoria, un ritual. Pequeños picos siguieron alimentando mi tenaz electrocardiograma del duelo durante todo el encuentro (sobre todo con la intervención de Washington Benavidez, que me disparó un sístole/diástole de casi lágrimas), con los homenajeantes acodados en la barra, las mesas, sentados en el piso, y el alcohol –cortesía espiritual del homenajeado- no faltó a la misa.

    El triunfo de lograr un pastiche de faunas que normalmente no conviven en el mismo ecosistema –sólo Eduardo Darnauchans es capaz de lograr semejantes fusiones imposibles, como las de su música tan rock/ folk/ sefaradí/ pop/ medieval/ country/ telúrica/ tanguera-; todos nosotros, los amigos y admiradores, nos conozcamos o no, los que sabemos que haber sido rozados por ED fue un verdadero regalo de la vida, nos convertimos aquella noche en animales benditos bajo la misma negra, luminosa, inolvidable comunión.


    Darno que me hiciste mal, y sin embargo te quiero…


    Más fotos (cortesía de Guzmán Sánchez) en mi album de Facebook

    Poster de “Plaza Trovada”


  • Curiosidad con la firma del Darno

    Hace días que estoy por meterme un poco en cierto abanico de sentimientos y vivencias que he venido acumulando sobre mi amigo Eduardo desde su fallido cumpleaños 55 el pasado noviembre (por cierto, mañana hubiera sido el de Levrero: ¡el 69! Me cuesta creerlo, todo, la edad que tendría, la ausencia). Pero siento que no he podido hacerme el tiempo y el espacio –como dice F., se me terminó la jodita y ya estoy en el ruedo de la autodisciplina laboral otra vez). Pensé, entonces, en un lindo abrebocas, un aperitivo para empezar a marcar la presencia tan fuerte de D. en estos últimos tiempos. Parece sobrevolar mis días como una mariposa necia, como un sonámbulo, como un fantasma empecinado.

    Sé que a algunos de sus amigos y fans les gustará. Se trata de un mantelito de papel que me trajo el día de mi despedida rumbo a México en 1999; supongo que un pedacito mágico de bar con la chonga estampa del mapa de Uruguay le pareció una tábula óptima donde estampar sus cómicos versos (lo que más me gusta es la rima de “Coyoacán”, uno de mis lugares favoritos de la ciudad, con “Darnauchan(s)”). Lo pongo al derecho y al revés, porque la gracia es ver después su puño y letra; favor de aguzar la vista, que hay una hoz y martillo en la firma, como los hubo encima de su ataúd también.

    Debo decir que aquel día de abril del siglo pasado coseché –además de su hermosa presencia, primer invitado en llegar a mi fiesta– una de sus chalinas que desde entonces tengo al lado de mi escritorio como inspiración y protección, una foto suya que me trajo, con guitarra y dedicatoria (saqué una de Levrero y Darnauchans juntos ese día, qué tino, qué destino, qué desatino), y varias llamadas telefónicas de Patricia enojada porque había venido (él dijo: “Vengo a despedirme… ¡aunque me cueste mi matrimonio!“). Qué buenos recuerdos, los repaso y me río sola. Así que hoy no quiero ni pensar en el desenlace, en todo ese desenlace previsible del barranca abajo y la confirmación de su muerte en 2007, como bien dijo Victor Cunha en el videoclip. Lo único que me consuela es concentrarme en su alivio, su descanso, su merecida salida del círculo del dolor y de ese miserable planeta Saturno que le apretó las clavijas desde el principio.

    Triste destino de los escorpianos, según dicen.

  • Navidad en Disney (qué ridícula combinación)

    Luego de envolver durante cinco horas por reloj los casi treinta regalos de Navidad (no es exageración: me dolían tanto las pantorrillas que tuve que poner las piernas para arriba, humillada en mi decrepitud de la mediana edad, y para colmos recordando que de niña soñaba con ser azafata… poca carrera hubiera tenido), tras el hermoso round de la medianoche en que por arte de birlibirloque aparecen cada año cientos de regalos bajo el arbolito de mi familia política -previa distracción vía fuegos artificiales de los niños, que son sacados por un comando ad hoc a la vereda, los otros apurándonos locamente para armar todo antes de que entren y se escuche el estallido sonoro de felicidad al ver esa juguetería de colores y moños-, luego de todo lo lindo que puede ser una Nochebuena dentro de una familia grande, grande, que me recuerda a la mía propia de la infancia antes de que nos fuéramos de Uruguay, aquella en que primos, tíos, abuelos, padres, se mezclaban en una sinfonía única de pertenencias, de tribus, de clanes; luego de probar manjares, lasañas maravillosas de una vez al año, brindar, desear, se vino al amanecer el domingófilo día 25 y miré -dentro de la habitual pachorra que forma como una nata navideña en la ciudad- un programa llamado Navidad en Disney. Se trataba de una serie de clips tomados de conciertos de grandes figuras musicales, especialmente de los años 70, todo patrocinado por la omnipresente compañía de ratones buenos, patos malhumorados y princesas sin demasiadas ambiciones mundanas.

    Tanta nostalgia por aquellas revividas navidades de niña -esas que ahora por suerte protagoniza mi hijo gracias a que decidimos volver a Uruguay y no quedarnos solitos y desarraigados allá en México- se conjugó con este punzante sentimiento de la inevitable decadencia. Declive que también tuvieron mis navidades, al crecer todos, separarnos, morir abuelos y algunos tíos, fin de la fiesta; ese marchitarse, como parte de la letra chica del contrato, se me juntó al ver a las estrellas de entonces con la clara acción del paso del tiempo: aunque algunos artistas conserven cierta fuerza, eso está ahí, presente como un duende malévolo. Era lindo escuchar las canciones que a los 11, 12 años pasaban por la radio y que yo aborrecía, como buena niña intelectual. “‘¿Música disco? ¡Qué asco, vergüenza del género humano!”. Ahora, sin embargo, me encanta toparme con los Jackson Five, los Osmond, Abba, Gloria Gaynor, los Bee Gees, Tom Jones, KC and the Sunshine Band, Earth, Wind & Fire, Donna Summer y toda esa gente que, en general, se nutría de ritmos bobos y voces agudas, pero también tenía una intensidad que en aquel entonces yo no era capaz de ver. Y que, ahora que son viejos, me llega como un brillo intangible desde sus miradas cansadas de cincuentones, sesentones; ellos siguen divirtiéndose con su música como entonces, cuando yo -pelotuda adolescente “profunda” y “trascendente”- no podía conseguirlo, ni siquiera dignarme a intentarlo. Mi graduación de tercero de liceo terminó siendo en una discoteca (claro que fui de los que votaron por hacerlo en un salón de fiestas, convencional y sin el oprobio de la disco): fue la primera vez que pisé un lugar como esos y, por supuesto, no bailé. Solo crucé la pista protegida por una especie de burbuja invisible que me salvaba de los pastelazos que surcaban el aire por culpa de Carlos Pascual y Enrique García Formenti, los más traviesos de la clase, que ante un amague habían iniciado una verdadera guerra de crema y masa a lo largo y ancho de la disco; los dueños gritaban por el micrófono intentando parar la escena de los Tres Chiflados en la que unos cuarenta adolescentes se estampaban el pastel que le correspondía a cada uno (con su nombre en caligrafía repostera) en plena cara, mientras el piso se iba volviendo una zona de alto peligro ante los resbalones. Recuerdo que mi padre, aburrido como siempre que mi mamá lo obligaba a ir a algo porque se supone que era muy importante para nosotros, saltó de su asiento y se empezó a matar de risa pues nunca había visto algo semejante, salvo en películas. Yo tampoco. Y en el soundtrack de mi vida sonaba I will survive. Pasé como una reina, con mi vestido largo y pulcro, a buscar el trofeo que llevaría prolijamente a mi casa, invicta de pastelazos porque la mejor alumna, la cantante, la más bonita, la más alta, no podía llevarse un tortazo bajo ningún concepto. Creo que me hubiera venido bien alguno, sobre todo si después hubiera logrado reírme. Pero gracias a estas irrupciones involuntarias y horrendas -según yo- de las “discos” en mi vida, a aquel presumido y esbelto John Travolta pre-Tarantino, a las radios omnipresentes y todo lo demás, hoy escucho esa música y algo consigue resonar todavía en mi interior, tocarme y aposentarse en mis emociones como una sed. Tarde, muy tarde, reinvindiqué toda esa época como propia, como algo parecido a un hogar que, por supuesto, también me dan los 80 (que es la verdadera música de mi juventud y que, de una manera u otra, lo termina convenciendo a uno de su valor o su belleza).

    Los rítmicos 70 me causan el mismo saludable efecto que la música de Tip Top, Sótano Beat, Palito Ortega, Tormenta y demás: es cómico, exagerado, inocente, me provoca simpatía, me dan ganas de bailar convertida en un personaje que no soy. Antes el tango me provocaba algo similar por sus letras, pero en algún momento indefinido lo empecé a tomar en serio, así que ahora solo me quedan los 70. Y la nostalgia es muchísimo mayor cuando vemos a los veteranos cantando lo que los hizo famosos, la música de su plenitud, de su estrellato, mientras se van apagando: un videoclip retro es lindo, pero no sacude como sacude ver de frente el inevitable paso del tiempo. Quién sabe qué diablos quieren enseñarnos al hacernos pasar por semejantes pruebas de vida: quizás sea algo demasiado sabio para poder verlo ahora. O quizás, algo demasiado cruel para poder aceptarlo y seguir adelante.

  • La Pistolera…. c´est moi!

    ¿Qué clase de blogger de pacotilla deja pasar un momento como el primer festejo del Grito de Independencia al que –por fin– logra concurrir en Uruguay? ¿Y de qué calaña innombrable estará hecho, si recurre a las maravillosas crónicas de una amiga escritora, en vez de sentarse y recrearlas por sí misma?

    Vergonzoso lo mío. Pero acá está: el 15 de septiembre de 2008, en el ex Parque Hotel. Una noche divertida, llena de cerveza y tequila, guacamole y mariachi. Hubiera querido lanzarme al día siguiente a contar la experiencia surrealista de escuchar y ver a la banda de la Armada Nacional tocando canciones de Juan Gabriel, mientras un marinero querendón le robaba la noche a los mariachis. Esa escena, en la que se me juntaban ambos países y se encimaban visiones en una especie de Photoshop existencial, mientras pensaba –al calor de los alcoholes, claro– que este, precisamente, era un país que había vivido una dictadura militar, ese momento no tiene con qué pagarse. Y que ahora nos entretenían estos buenos muchachos, que no tenían culpa ni recuerdo de nada, en un instante poético extraño, quizás malabarismo de diplomacias entre gobiernos, cantando con nosotros “De qué manera te olvido”. Mientras –para coronar la noche, cual cereza en pastel– Soraya y sus amigas mexicanas, en primera fila, gritaban como groupies y ella me decía, con su gracia característica: “¡Ya le tiré el brassier al cantante!”

    A la mañana siguiente, los sucesos terroristas de Morelia durante ese Grito me amargaron la noche en retroactivo y no tuve ganas de escribir. Por segunda vez cantaba rancheras en el Parque Hotel, recordé luego (la primera vez fue luego de la primera gran degustación de vinos, en 1996, cuando se juntaron todas las bodegas uruguayas de la mano de Cava Privada: nosotros, jóvenes dionisíacos, macerados en deliciosas uvas de la Patria, terminamos como convidados de piedra en ya desiertos salones, genuino producto de la decadencia del evento, y yo canté ante improvisado auditorio de borrachos y porteros “Ella”, “El rey” y quizás, no estoy segura, “No volveré”). Pero esta vez fue con mariachi y ni siquiera tuve la culpa: el cantante me subió a la tarima. Fue muy divertido. Sin embargo, al otro día me sentí culpable al imaginarme la fiesta número uno de México empañada para siempre por muertos y heridos.

    Por suerte, estaba Ana Arjona presente (otra de las “mujeres con hormonas”) para no dejarme perder el momento para siempre. Aquí está su relato.

    La Pistolera II

    Un marecito de cerveza va cubriendo lento el salón de parquet donde los tacos se asordinan delictuosos, los vestidos comienzan a crujir, las palabras están todas por decirse y las piñatas tiñen ya el aire con alaridos de colores. Sus olitas rubias chocan y van a morir detrás de las columnas y debajo de las mesas de largos manteles blancos, con espumoso murmullo juguetón.
    Las gentes se van embebiendo suavemente en ellas. Abrazos y palmoteos –primero con el brazo derecho arriba, luego con el izquierdo- apretones de manos, antiguo lenguaje finalmente aprendido, comentarios, sonrisas y carcajadas dan cuenta del buen humor y la alegría de los reencuentros abraza el aire.
    A la grupa de las chelas rubias de cuello largo o de los caballitos llenos de tequila transparente que navegan sin cesar sobre las redondas bandejas, aparece otra algarabía, más bella, más enérgica, casi salvaje. Salta con click de cajita de sorpresa y sale a escena. Es la que arremete los quince de septiembre al acercarse la medianoche cuando
    la ceremonia llega a su punto culmine.
    La densidad de los himnos bate en las entrañas.
    La bandera, aunque quieta, parece flamear por sobre el mundo
    La sangre se agolpa acechando el momento del grito.

    -¡Que Viva México!
    -¡Que Viva México!
    -¡Que Viva México!

    El pabellón se retira entre aplausos. Aparecen los mariachis.
    El son de guitarras, trompetitas, violines y guitarrones fusionado a las inigualables voces, suelta los últimos cabos de la nostalgia por la patria lejana. Ya en un revuelo de faldas y rebozos, miradas y zarandeos, el baile se desliza.
    En una de esas vueltas, se la ve cuchichear al oído del cantante perdido como ángel del camino.
    Y de golpe, subida ya a la tarima, compartir el micrófono.
    El solista la abraza y la cubre con el sombrero negro de ala ancha.
    Un calor de manzana irradia su bello y agudísimo perfil.
    Surge la voz como desde la infancia, delicada y grave. Arrastra las raíces de otra tierra. Exige ser escuchada. Trae el desgajado amor a México. Oscura y redonda, cruza los territorios. Se la puede palpar. Es verdadera.

    No volveré, te lo juro por Dios que me mira
    Te lo digo llorando de rabia
    No volveré.
    No volveré hasta ver que mi llanto ha formado
    Un arroyo de olvido anegado
    Donde yo tu recuerdo ahogaré!

    La canción habla del desamor exuberante, del amoroso odio. Pero genera el efecto contrario. Un camino de pasión de ida y vuelta, mantiene fuertemente conectados a los allí reunidos, mientras cantan, maldicen y vociferan vibrando en la misma tensión.

    De pronto, dando una magnífica, dramática vuelta de tuerca, ella la relanza con maravillosa picardía. Se vale de la mirada relampagueante de estrellas y del sombrero cómplice. Emerge como vestal guerrera. Arremete hacia el público. Pero todo su cuerpo, sus vaivenes, las sombras de sus flechas, los brazos extendidos y los dedos-dardos que salen de su último refugio, lo buscan a él.

    En el tren de la ausencia me voy
    Mi boleto no tiene regreso
    Lo que quieras de mi te lo doy
    Pero no te devuelvo tus besos!

    Admirado, divertido, amorosamente sorprendido, su cámara no cesa de disparar doblegada ante la imponente majestuosidad de la mariachi en que se ha convertido.

    Septiembre de 2008.
    Para la Reina del Mariachi Oriental

  • El morocho del Abasto, el ciudadano ilustre de Tacuarembó, el alma de Gardel

    Entre tanta muerte falsa, una muerte a recordar de verdad

    Adios Gardel!

    Si no colgaba algo en homenaje a 73 años de tu muerte, gran Carlitos, Levrero me mataría o más bien me matará!

    Solíamos llamarnos “Carlitos” el uno al otro, y firmar “CG” indistintamente. Éramos (somos) parte del alma de Gardel, como tantos otros conocidos y desconocidos….

    Una de las dos canciones que quiero que suenen en mi velorio a modo de despedida es “Volver”. Quizás porque en el fondo apuesto a la reencarnación.

    No nos abandones nunca, y que siempre sean horas pares hasta el fin de los tiempos!

    Sigan al Mago en Radio Clarín!

  • Mi amado Nick

    (gracias por el rastro, Gabriel Prado)

    Hoy le saqué las telarañas al reproductor de MP3, hacía meses que me había olvidado de su existencia. Tenía que salir de casa (algo que se está volviendo cada vez más exótico en mis rutinas, pero lo extraño horrores), tomar un ómnibus y mirar para afuera por la ventanilla de una mañana lluviosa: ¿qué mejor que escuchar a Nick Drake? Mi hermano me regaló en Navidad el pack conmemorativo de Fruit Tree, con sus 4 discos y un DVD: mejor regalo imposible, lo lanzaron en diciembre en EEUU y nunca creí conseguirlo. Para nuestra sorpresa, resultó traer los discos de pasta, iguales a los originales, en vez de los esperados CDs! Frustrante, pero un hermoso objeto de colección para un fanático: tengo los discos ahí, en el salón de los talleres, acompañándome siempre. Escucho a Nick Drake cuando estoy por atravesar las grandes gestas, cuando estoy tan triste que quisiera morirme, cuando estoy feliz y festejo la vida,cuando estoy aterrorizada y busco valor. Siempre que necesito compañía en algún tipo de viaje, ahí está Nick Drake. Lo conocí por el Darno, junto a otras maravillas en cassette como Angelo Branduardi, pero de éste me enamoré a primera oída. Y justo esta mañana, cuando me iba a bajar del ómnibus, me vino una especie de emoción escuchando “Fruit tree”, esa lucidez despiadada de que sería famoso tras su muerte, ese sentimiento sin solución de no ser comprendido, esa parálisis que no lo dejaba actuar en escenario, “live”, pero que para felicidad nuestra aunque sea le permitió grabar en estudio y dejarnos esta ventana a su mundo interior.

    Y ahí está siempre, revoloteando con su historia trágica y grandiosa, con los fatídicos 27, con su rostro bello y su postura maltrecha, con la depresión atenazando almas sensibles,con el suicidio a lo John Kennedy Toole, convencido de que no valía o que no sería comprendido. Ahí está con toda su gloria apenas vislumbrada en vida, con tantos fantasmas del futuro peregrinando hasta su casa y hasta su tumba, para sorpresa de sus padres. Nick Drake es un ambiente, un estado de ánimo, no un músico más.

    Fame is but a fruit tree
    So very unsound.
    It can never flourish
    Till its stalk is in the ground.
    So men of fame
    Can never find a way
    Till time has flown
    Far from their dying day.
    Forgotten while you’re here
    Remembered for a while
    A much updated ruin
    From a much outdated style.

    Life is but a memory
    Happened long ago.
    Theatre full of sadness
    For a long forgotten show.
    Seems so easy
    Just to let it go on by
    Till you stop and wonder
    Why you never wondered why.

    Safe in the womb
    Of an everlasting night
    You find the darkness can
    Give the brightest light.
    Safe in your place deep in the earth
    That’s when they’ll know what you were really worth.
    Forgotten while you’re here
    Remembered for a while
    A much updated ruin
    From a much outdated style.

    Fame is but a fruit tree
    So very unsound.
    It can never flourish
    Till its stock is in the ground.
    So men of fame
    Can never find a way
    Till time has flown
    Far from their dying day.

    Fruit tree, fruit tree
    No-one knows you but the rain and the air.
    Don’t you worry
    They’ll stand and stare when you’re gone.

    Fruit tree, fruit tree
    Open your eyes to another year.
    They’ll all know
    That you were here when you’re gone.