Etiqueta: música

  • ¡Grande, Bob! (notita light pre-sopa de cena)

    El Darno se hubiera reído de tu ocurrencia… o te hubiera perseguido a prudenciales metros en otra bici, y te hubiera llamado “Madame” con profusas reverencias, como siguiéndote la corriente…

    “El legendario músico estadounidense Bob Dylan dio un paseo en bicicleta disfrazado de mujer por el balneario uruguayo de Punta del Este, donde cerró la noche del jueves su gira latinoamericana “Never Ending Tour”, informaron los organizadores del concierto.

    “Aprovechó el buen clima y la tranquilidad del balneario y salió a dar un paseo en bicicleta, disfrazado de mujer para evitar la persecución de fanáticos y miembros de la prensa”, observó la gerencia de relaciones públicas del Hotel Conrad.

    (publicado en El País, Uruguay, 21/3/08)

  • Darno: apenas un año, y todo lo que falta…

    Hace mucho que no escribo aquí, mucho, mucho, según los calendarios y según mi percepción interior. Si lo hubiera hecho antes, quizás el tema hubiera tenido que ser –¡cuándo no!– la muerte, y eso me hubiera molestado. Sobre todo porque la gente podría pensar “¿Por qué vuelve recurrentemente a tan molesto tema, cuando tiene a su lado un solecito de tres años, con ojos más azules que los mares y la risa más conmovedora que puede imaginarse?”. Y ahí mismo estaría la trampa: la muerte nunca fue una presencia tan incisiva, tan funesta en mi vida, como ahora, que está Astor, y *realmente* la cretina podría destruirme. Hace poco volví a sentir su mano helada tocándome la espalda de noche, esa corriente eléctrica u hormigueo inexplicable que me provoca escalofríos físicos y de la que sólo G. ha podido salvarme dándome su mano, que siempre está tibia. Sentí todos esos días que mi alma había perdido su capacidad de regenerarse, que no me curaría de vivir, que mi proverbial Ave Fenix había terminado, que simplemente me marchitaría día a día hasta lograr la confirmación externa de mi muerte. Luego releí un material de Constelaciones Familiares, en el que advertían que a veces uno de los miembros del sistema es atraído por la muerte y otro toma su lugar para salvarlo, típicamente “Yo muero por ti, mamá”, pues los niños son muy sensibles ante dicha atracción. Me dio pánico y luché con todas mis fuerzas por subir de nuevo a la superficie; no sé si lo logré del todo, porque la alegría no termina de volver (desde hace mucho), pero prefiero estar conciente de las seducciones retorcidas de la maldita huesuda. No le hace honor a mi parte mexicana llamarla así, pero en este momento somos enemigas acérrimas. No puede ser de otra manera. Un hijo querido te cambia la vida para siempre, como bien sé como madre. Un hijo no querido también, como bien sé como hija, pero eso no es tan importante. Me contó una amiga de México que la primera vez que vio una foto de Astor le impresionó tanto su cara de ángel que esa noche soñó con él; así es de fuerte.

    En ese mismo material, también leí que a veces uno de los miembros de la pareja es atraído por la muerte y el otro dice entonces: “Yo muero por ti”. Gracias a Dios, no tengo ese problema: G. es macizo como el hierro que tan bien trabajaba. Pero recordé entonces la muerte de Patricia muy poco tiempo antes de que Eduardo bajara los brazos del todo, hoy precisamente hace un año ya. Me parece mentira todavía, aunque el electrocardiograma sigue espaciando sus latidos cada vez más (igual me cuesta muchísimo escucharlo cantar, es cuando más me duele, y lo lamento de verdad pues amo sus canciones, pero no tengo más remedio que tomarlas en dosis homeopáticas). El otro día compré el libro que acaba de salir por Editorial Planeta (Levrero en Alfaguara, Darno en Planeta: no hay mejor negocio que morirse cuando se es un talento no reconocido lo suficiente, al menos en este país!), de Nelsón Diaz, “Memorias de un trovador”. Esas cosas son, como siempre, regalos póstumos: alivian. El Darno tenía mucho para decir y sabía hacerlo; era un placer egoísta escucharlo “sólo para uno”, incluso cuando las conversaciones surgían de las intrincadas lógicas de la sordera y el alcohol. Horas telefónicas sobre Praga, charlas en el Sorocabana sobre Madame Bathory y las novelas de caballería… Lo quise mucho (¡lo quiero!) y siempre me generará cierta sonrisa cómplice pensar en él: no cualquiera anda por el mundo siendo tan quien es, y en estos casos se trata de seres irrepetibles, incopiables, divertidos en su personaje trágico, trágicos en el fondo, irremplazables, que dejan un buraco en el suelo que solían pisar, como si un meteorito hubiera arrebatado kilómetros de tierra con su impacto.

    Y pensar que todos somos tan sólo eructos rebeldes de la conciencia de algún tipo de Dios o aciago demiurgo…

    Como sea, no podía dejar de marcar el año de la muerte de Eduardo. Aún cuesta creer y el mundo es un lugar muchísimo más solitario después de eso. Hoy diluviaba y yo pensaba en su tumba, donde no podrían dejarse flores ni se verían colores más vivos que el gris o el marrón.

  • VIVE VALEQUE, E. Darnauchans


    Así firmaba el Darno los mails que me llegaron a México “gracias a las manos, el intelecto y la tolerancia de Nátasha, pariente de Ana Dostoievskaia” (o “nieta de Dostoievsky”, según), alguien que me encantaría saber quién es y conocer algún día: mi única pista es que escribía desde
    Tamborilearte a horas insólitas.

    17 de abril, 1999/ Mi despedida rumbo a México

    “P.D. 2: Como dicen, “hay que vivir”.
    Siempre sabe Ud. que quienes la despidieron (pueden) deben recibirla en las marcas de este sur.
    ¿Anda Ud. por ahí?
    No se olvide nunca de Byron, “Love itself must rest”.
    –Or from me–
    (About love)
    DE PROFUNDIS CLAMAVO TE
    Escrito sin pensar acordándome de cierta letra que cantaba Gardel: “Fuerza, canejo, fuerza y no llore –que un hombre macho no debe llorar”.
    Escrito sin pensar a las 05:30 am del 28/XII/999.

    “The rest is silence”

    Kiss (telón) servant Darno.”


    Feliz No-Cumpleaños, Eduardo, donde quiera que estés: festejamos los 53 que sí tuvimos… Gracias, gracias, gracias.
    Con enorme amor de Madame, la del mechón champán y el guante impar, una en la legión de admiradores fidelísimos. Vive Valeque.

  • El misterioso asesinato en la Catedral

    Hoy entré a la Catedral, en la Plaza Matriz, triste, tristísima. En México siempre hacía eso; de hecho, también entraba en las iglesias cuando estaba feliz, con buenas noticias o animada por un día soleado, o cuando iba de paso a mis 180 escalones rumbo a la casita de Guanajuato, y asimismo entraba cuando no tenía nada que hacer, y cuando quería estar conmigo misma, o cuando quería descansar, cuando se me antojaba mirar a algún santo específico (los hay extravagantes allá, como San Chárbel con cintas de colores colgándole, o el Santo Niño de Atocha en una vitrina llena de juguetitos, o el Anima Sola, mujer semidesnuda surgiendo entre las llamas), o para prometerle cosas –que luego tardo siglos en cumplir– a Santa Teresa de Avila, o recurrir al abogado de los casos difíciles y desesperados, santo patrón en cuyo día por casualidad nací y que lleva el nombre de Judas (pero Tadeo, no Iscariote: no llego a tanto). Me hubiera venido bien encontrarlo hoy, con su medalla en el pecho, rodeado de milagritos colgando y veladoras, con la llama que surge de su frente como un chakra abierto.

    Aquí en Montevideo, cuando se me ocurre entrar a una iglesia, primero tengo que refrenar mi impulso: “A ver si está abierta… ¿Para qué carajos sirve una iglesia cerrada, a la que uno puede ir “a misa” solamente?”. Pero estaba abierta, hoy estaba abierta. Será que es la catedral. Así que entré.

    Tenía un espantoso olor a viejo enfermo, a lugar donde hace siglos que no se prende incienso o mirra. A pesar del olfato malherido que me dejó la sinusitis, podía sentir cómo ese tufo a decadencia que no conocía esplendor previo, ese olor a hospital sin desinfectante por falta de fondos se adhería a mi piel, a mi aura. Pensé en irme, pero me pareció excesivo para alguien que se lamenta de haber dejado de percibir los olores casi por entero. Lo más triste no era ese aroma a piso sucio, a anciano agonizante sin bañar, sino la ausencia de otros aromas que recordaran la vida: aroma de flores, de ceras, de incienso de iglesia, ni hablemos del copal, que antes entraba desde el atrio impregnado en los danzantes aztecas. Igual me senté en una banca. El oro también faltaba allí: en el púlpito había un laminado propio de un aerosol graffitero, una capita apenas que emulaba no sé qué glorias celestiales que no se atrevía siquiera a rozar. El oro de esta tierra hubiera sido lo de menos, desde luego.

    No es una catedral. Si acaso pudo haber sido un palacio legislativo. De cielo no sabe nada, de cantos, de misterios. Se veía que allí no se había prendido una vela ni siquiera para el cumpleaños del sacerdote. Pasaron dos o tres personas caminando, solemnes, por los pasillos, sin hacer ruido alguno; luego miré mejor, y puedo apostar que la pareja era de turistas: ella con su mochila colgada, él, con lentecitos y rastros inconfundibles de gringo. De seguro pensarían: “What the hell are we supposed to see here?“, pero no se atrevían a decirlo en voz alta. Cerré los ojos para poder ver la Parroquia de San Francisco en Coyoacán, sobreponer su maravillosa luminosidad sobre aquella estampa desolada y pobre; por lo menos la nave, el altar y los laterales me ayudaban a lograr el efecto. Y confirmé que no se escuchaba nada, no había música afuera ni ecos adentro, no se colaban pregones desde la calle, nadie rezaba. Yo había sacado el MP3 dispuesta a darle mi propia voz al asunto, pero no pude escuchar música más que al final porque me pasé desenredando los cables que se habían confabulado como spaguettis. Supongo que es algo que nos sucede todo el tiempo, de uno u otro modo: perderse la música por desenredar los cables, pero insisto en que allí no había música alguna.

    Al fin, el berrido de un niño retumbó rompiendo aquella comodidad malsana, llena de naftalina y flores muertas que no se ven con los ojos.

    Salí, casi molesta por haber buscado refugio en un lugar donde no hay ni rastros de Dios. Enmarcan cada puerta horrorosas tumbas de señores blancos con cascos eclesiásticos, tan estáticos como el resto del edificio, yaciendo en segura muerte eterna. Y la pila de agua bendita estaba vacía, como era previsible. Vacía hace décadas, seguramente: ¿quién cree en Uruguay en el consuelo del agua bendita? Ni el cura. De hecho, dudo que se bendiga el agua, ni siquiera lo deben hacer para los bautismos: finalmente, es H2O. Luego se preguntan por qué alguna gente le pagó fortunas a los abusadores que traían el agua milagrosa de Querétaro (agua que el dueño de la hacienda de Tlacote daba gratis a los que la pedían). Yo por suerte traje a Astor de Querétaro, no los necesito.

    Me fui escuchando a Silvio Rodriguez que me cantaba en ambos oídos, una voz y otra, jugando con el estéreo y la poesía. Qué alivio. Desde la parada del ómnibus, miré hacia arriba y enfrente: exploré varios apartamentos viejos, que parecían hermosos, con balcones de hierro y vidrios que reflejaban Montevideo. Los muros tenían texturas irregulares, carteles de conciertos ya pasados, detalles que bien ameritaban una fotografía. Ahí sí estaba Dios.

  • Mis tribulaciones en este Día de Muertos

    Además del enorme resfrío que me ha estado haciendo zancadillas desde el martes (y del que no puedo zafar porque nunca me llega el momento de dormir, descansar o simplemente no tener algún plazo de trabajo que venza ese día), anoche ocurrieron varias cosas durante lo que debía ser, y terminó siendo contra mi voluntad, la velación. Es que estoy rodeada de mimosos, incluso entre los muertos me las apaño para conseguirlos divos, celosos e histriónicos. Y yo no ayudo mucho con esa naturaleza parrandera que trato de esconder en el baúl, por aquello de “madre”, “docente” y “resfriada”, pero justo en el día en que hay que celebrar la vida para cerrarle el paso a la Pelona no me voy a echar pa´atrás.

    Veamos:

    INVOLUNTARIA VELACIÓN DEL 1 AL 2 DE NOVIEMBRE, 2007
    MONTEVIDEO, URUGUAY

    • Embajada de México – El asunto empezó con la inauguración de la ofrenda a Frida Kahlo, que era, por otro lado y en cierto modo, la culminación de mi taller sobre la muerte. Estaba hermosa, monumental, y en México no hubiera tenido nada que envidiar. Había gente de los talleres presenciales, del sábado pasado, gente de la colonia mexicana que conocía y trabajó creando esta obrita de arte que estará toda la semana que viene en exhibición, y luego empezó a circular el chocolate y el pan de muerto entre la concurrencia nutrida. Astor se prendió y eso le dio más baterías para seguir jugando entre la gente (finalmente, es su embajada ¿no?), conocí al Embajador, macanudo, y luego la Agregada Cultural dijo que nos lleváramos nuestro itacate. Salimos con un pan de muerto para el desayuno.
    • Bar Bacacay – Allí nos esperaba la bruja V. y su consorte; llegamos cuatro más y Astor, quien sopeó papas fritas en el agua y comió dos bolas de helado de chocolate, además de improvisar una piscinita para dinosaurios en los vasos y dibujar los manteles. A mí me esperaba el altarcito que le había armado al Darno antes de salir, pero ¡una botella más! ¡otra cosita! ¡un nuevo tema! ¡pájaros pintados por doquier! ¡el mozo es un poeta cubano que no sabe que existe el Premio Casa de las Américas y cuya cara se transmuta cuando recita sus décimas! ¡coincidencias! ¡confesiones de borrachos! Astor se durmió y los rufianes padres (y tíos postizos, taxistas y demás) llegamos a las 2 AM a casa. Por lo menos ya era la noche de Muertos (tenía la inocente idea de que podría llegar a dormirme antes de la medianoche); yo le había dejado una lámpara prendida al altarcito de Eduardo, no fuera a ser que anduviera por ahí dando tumbos.
    • Altar del Darno – Una foto del diario, con los ojos llenos de tristeza, desesperación y cansancio. Sorprendido, como quien no se sabe observado en tales sombras. Candelabros y cirios del mismísimo Pátzcuaro, lugar de lo negro. Flores. Una chalina que siempre llevé conmigo desde 1999 en que me fui a México otra vez. Un par de mails que, más que eso, son actuaciones privadas del inconsciente del Darno para mí, con sus “cantinflescas cortesías”. Una botella de Chivas Regal y un vasito bien servido que hoy de mañana estaba más abajo (sí, ya sé, la evaporación, la ley de gravedad y el índice Dow-Jones). Discos para una grata visita (canciones de cuna sefaradíes, música medieval y renacentista, Nick Drake, una selección de tangos reos en disco de pasta), libros (clásicos como La Odisea, La Eneida, La Divina Comedia, poesía medieval italiana, y hasta un librito de Leopardi como guiñada). Fotos: montones. Bares, cafés, amigos, recortes de diario. El inhalador para el asma. El pan de muerto de la Embajada (no sólo de Chivas vive el hombre, aunque ahora sea cadáver!). También discos de él, por si le entra la nostalgia. Papel y pluma para escribir (la guitarra, suya, aparece en una foto que me regaló: supongo que servirá). La letra de “Sonatina” clavada con un milagrito mexicano de corazón, con los que decoré también cerca de su foto. Calaveritas. Una, grande y muy canchera, sentada con un vaso en una mano, como luego de una borrachera; a ese vaso le puse agua bendita just in case. Puse el disco de Canciones sefaradíes mientras prendía los cirios. Sí, el tiempo había pasado desde aquel recital mágico de 1984 cuyo cassette pirata también había colocado en el altar. Su voz estaba destruída, como la mía cuando trato de volver a cantar; la energía no fluye, la vida ya se retiró con un reproche ahogado. Este disco es lindo de oír sólo porque sabemos que efectivamente, se trataba del último aliento. Lindo de oír por la belleza que recuerda, no por la que en verdad crea. Pero era la música de su altar de muertos y, como tal, era perfecta.
    • Saqué fotos como recuerdo. Es bueno tener en mente que nuestro amigo realmente no está más en esta tierra, y que por eso protagoniza un altar, y no se trata de una broma cómplice. Las fotos me quedaron horribles: fuera de foco las que tenían flash (salvo las que tienen los cirios apagados, qué gracia), totalmente oscuras las otras, y en una de mis artísticas tomas me llamó la atención un brillito lindo que captaba el lente. Volví a mirar. Nada. Por el lente, más brillito. De pronto, reparé en que parte de los papeles, la calavera mayor de madera y una de las fotos del Darno se estaban prendiendo fuego (¡sobre piso de parquet!): tiré el vaso de agua bendita para refrescarle los pies a la Calaca, que quedó tiznada y en brasas por un rato. Una tapa plástica de Raras & Casuales se derritió un poquito. Al Darno se le hizo un agujero misterioso y lleno de colores en el aura, de la cabeza hacia arriba; en la foto se lo ve concentrado, con una lapicera en la mano, a punto de escribir algo. Lleva la chalina roja, distinta de la mía azul.
    • Después, leí los mails, reí, lloré, tomamos whisky, miré las fotos (especialmente la nuestra juntos), le dije un par de cosas, le pedí perdón por no haber ido cuando estaba mal (¡yo, la kamikase del inframundo, me daba cuenta de que me tenía que cuidar a mí misma!), y sobre todo le di las gracias por haber cambiado mi vida, por seguir cambiándola, por haber sido un privilegio en las casualidades, un honor.
    • También le prendí una velita a Levrero, Rubén y Pocho, no se fueran a sentir por mi dedicación al Darno. De nada sirvió. Pinches muertitos. No me dejaron dormir en toda la noche.
    • Eran ya las 4 AM. Ni miras de descansar y con resaca amenazando (no estoy para cocktails de Marylin Monroe, ya no estoy en edad). En la duermevela, un calambre terrible en una de las pantorrillas; trato de sacudirla para salir del espasmo muscular, levantarme. Inmediatamente entra en calambre la otra y me duele horrores. “Son mis muertitos rompebolas que quieren llamarme la atención. Claro, no les armé nada este año, sólo al Darno…me quiero dormir!”
    • Al rato: Astor por primera vez se cae de la cama. Cae arrodillado en el colchoncito, el cuerpo encima de la cama estirado, casi dormido. Parece que estuviera rezando. Lo acomodo. Son las 6 AM y todavía no logré dormir, me pasé “velando”. Al rato amanece y todo el mundo se pone a llamar por teléfono.

    Qué nochecita! El Darno casi me incendia la casa, los otros me tiraron de los pies (como si tuviera diez años y pudieran asustarme), y yo para colmos, con cruda. Por suerte, a partir de mañana empezamos a salir del ciclo de la muerte. Al menos del voluntario, claro.

  • Electrocardiograma del duelo (5)

    Estuve escuchando El trigo de la luna, que es uno de mis discos favoritos. Y por enésima vez, “Desconsolados 2”. Siempre me pregunté de dónde saco esa crónica identificación con el Duque Penurias y Madame de la Mugre, ese amor por lo caído, esa compasión por quien duele y se duele, por lo oscuro y lastimado (pregunta capciosa, si las hay).

    Y entonces lo volví a sentir: subía por mi interior, se desbordaba desde el corazón, llegaba hasta mi cráneo y llenaba mis oídos de esa voz que mana belleza, como las llagas de Jesucristo. Era el duelo, la misma pérdida seis meses después. Saber que lo extrañaré hasta el día de mi muerte, aunque hiciera tanto tiempo que no lo veía. Confirmar con un nudo en la garganta que algo importante -algo que no solo tiene que ver con él, con el amigo, con el ícono, sino conmigo misma y quien yo fui, y cuya memoria él se llevó a la tumba, como se irán yendo todos y cada uno de mis pedacitos mágicos- ha terminado para siempre, que no hay posibilidad de resurrección. Que los muertos no nos quieren a los vivos allí, y está bien que así sea. Que los vivos tenemos que dejarlos en paz y seguir con la vida, del lado de la vida. Pero el duelo simplemente aparece una tarde, sin previo aviso, y nos saca lágrimas transgresoras de los órdenes del universo.

    No lo veía hace tanto, pero el cajón envuelto en la bandera y las flores rojas me parecieron preciosos… Y cuando subía las escaleras rumbo a la salita donde lo velaban, tuve la plena conciencia de estar escuchando el murmullo exacto de “Ni siquiera las flores”. Creo que faltaban las risas,aunque afinando el oído quizás podría haberlas escuchado: las de él, al fin libre del calvario de los últimos años…

    Por supuesto, a cada rato me vienen ráfagas de tristeza y lloro. De todos modos, hubiera sido muy difícil volver a encontrar a Eduardo, aunque se lo tuviera enfrente.

    Un genio. Un príncipe. Un mago. Un juglar. Un hombre.
    (9 de marzo, 2007/ fragmento de post)

  • Alquimia silenciosa


    Recientemente (por esos recovecos invisibles de este laberinto virtual) me puse otra vez en contacto con Leoncio Lara, el célebre Bon de “Bon y los enemigos del silencio”, un músico talentoso, original y -lo que es más inaudito- humilde. “¿Y qué has hecho los últimos 25 años?”, dijo él. El resurgimiento de “Bon” como parte fundamental del nuevo hit de Aleks Synteks, “Hasta el fin del mundo”, me ha traído muchas memorias, incluso de canciones con la particular voz de Leoncio, Areán y Giacomán, todos compañeros del Colegio Madrid. Ninguno estaba en mi clase, ni siquiera en mi generación, pero éramos de los que colonizábamos los pasillos con guitarras y canciones de nuestra autoría (o no), y eso creaba una complicidad tácita. En realidad, Giacoman no andaba en los pasillos pues tocaba los teclados.

    Y entonces me acordé: allá por 1980-1981, Giacomán participó en un proyecto de José Manuel de Rivas, “el Pibody”. Era una especie de audiovisual con transparencias (diapositivas: en esos tiempos, nada de video y mucho menos de edición multimedia, ni vil PowerPoint!). Se llamaba “Alquimia” y era increíble: la voz de José Manuel, augurando negros finales en la plácida vida de clase media alta de nuestros compañeros, sus terribles carcajadas, las escalas y disonancias de Giacoman perturbando el ambiente, la poesía, la sugerencia… Recuerdo que César, mi querido, joven y brillante profesor (se suicidó a los 32 años dejando una estela de dolor detrás de sí entre sus alumnos), premió el trabajo de José Manuel y el mío como “categorías especiales”: no había cómo hacerlos competir con trabajos más sensatos (el mío era “Bioquímica del deporte”). Pero el de él era sencillamente descollante, inspirado, maníaco, loco, genial…

    A mí no me gustaba decirle “Pibody”, aunque se pareciera a la caricatura; para mí era “José Manuel”, y el día en que me preguntó si me graduaría con él, para mí fue como si el galán del colegio, capitán del equipo de futból en las películas americanas, me hubiera pedido tal cosa: era el más inteligente, el más transgresor, el más blancucho y flacucho, de lentes, insignificante, pero con una enorme personalidad, capaz de robarse en la Librería Gandhi las Obras Completas de Borges e ir gritando que necesitaba ese libro y no podía comprarlo, mientras todos los empleados corrían detrás de él. El único capaz de querer estudiar chino, el fan número uno de Cortázar, el editor de la revista “Grugri”, el que se disfrazaba del Santo Niño de Atocha… Me llegaba al hombro, así que protagonizamos una entrada extravagante durante la graduación: yo, la única que no tenía vestido blanco sino beige; él, con una larga capa negra de poeta maldito. Eramos los últimos de la fila, en solemne procesión con las barbillas en alto. También fuimos los únicos papeloneros que sacaron 10 de promedio.

    A los 32 años, y la historia se repite, José Manuel murió arrollado por el metro en la estación de Bellas Artes. Los amigos cercanos dicen que tuvo que ser un asalto, pero la policía dictaminó “suicidio”. A mí no me extrañó tanto: fue en el aniversario de la muerte de su padre. Un día antes había muerto Ana trágicamente, en el Periférico, envuelta en el olor a alcohol que delataba que su maldición la había alcanzado nuevamente. Y por esas casualidades pegajosas del azar o la sincronía, vaya uno a saber, en el pasado el padre de Ana había estado casado con la madre de José Manuel. Eran o habían sido hermanastros, pero sólo se juntaron durante un par de años en la preparatoria del Madrid. Sin embargo, al final sus destinos quedaron entrelazados para siempre en dos golpes mortales que recibimos sus amigos, uno trás otro.

    Lo único que atiné a hacer fue escribir “Los funerales dobles”. Se sumaban a las muertes de Manolo, Sergio, César, Marcela, Juan, todos antes de los 30 o por ahí. Pero hacía mucho tiempo que no recordaba a José Manuel, “Peabody”, como le decían por joder. Fue uno de los mejores editores de México durante su breve carrera, un editor de los que opina, se involucra, rebosante de cultura y de referencias para guiar al autor. Mucho tiempo sin recordarlo. “Bon y los enemigos del silencio” le dieron voz nuevamente.

  • El famoso videoclip del Darno

    Bueno, aquí está Sansueña, rodado en 1991 en AFE una noche gélida. Las otras secuencias, en la Estación Colón, desconcertaron a más de uno que vio el letrero de “Sansueña” cuando iba a tomar el tren. Se verá en una de esas tomas que hay un cartelito antiguo de Coca-Cola (“…segunda en ferrocarril”): sea lo que sea, nos dieron un dinerito para contribuir con los gastos, que los bancamos todos nosotros (Alex de Alava, Agamenón Castrillón, que fue el autor de la idea, Mintxo Martincorena y una servidora). El clip fue editado offline en una institución pública que no mencionaré para no comprometer a nadie, y hay varias anécdotas sabrosas en torno a estos minutitos. Nunca imaginamos que sería el único video de la carrera del Darno (y ahora sí, el único). Lo que se escucha al principio es el final del track anterior, “Ni siquiera las flores” (que era lo que se escuchaba en el velorio real al llegar, por cierto, o al menos yo me lo imaginé así). La canción que Eduardo canta al final en la estación, parado e iluminado, es “A hard rain´s gonna fall” de Bob Dylan. Nunca me gustó que no coincidiera con lo que se escucha en el audio.Visto a la distancia, es un poco ingenuo a nivel de lenguaje, pero es lo que hay y ¡son más de quince años! De todos modos, esa toma casi al final del Darno fumando y mirando por la ventanilla del tren vale todo.

    “Sansueña” ganó segundo lugar en un concurso organizado por la Presidencia de la República (el primero fue de Laura Canoura) y representó a Uruguay en su stand durante la ExpoSevilla 92. Yo escribí un guión para “De los relojeros”, que iba a filmarse en Amarcord (en mi mente, claro), pero al final nunca lo concretamos. Y los relojes siguieron adelante sin piedad.

  • Invierno en el sur

    Bueno, empezó junio y estoy sobreviviendo sin traumas, para mi sorpresa. Incluso llego a encontrar lindos algunos días. Es la época de la estufa a leña, del vino tinto, de la pasta y los guisos, del chocolate amargo, de la poesía triste, de las hojas amarillas y rojas pendiendo de los árboles, del agradecimiento cuando algún día sale el sol, a pesar del frío. Pero el frío no ha logrado penetrar en mi alma esta vez.

    Escucho “Zurcidor” y me pregunto al dejar circular por el aire esa voz otra vez, esas canciones perfectas y de otro tiempo, de un tiempo fuera del tiempo y del espacio: “¿Se da cuenta el mundo de lo que perdimos con la muerte de Darnauchans o ya dieron vuelta la página? ¿Tomaron conciencia de lo que implica esta pérdida? Porque si lo hubieran hecho, estarían llorando todavía, rasgándose las vestiduras, llevándole flores y flores a la tumba, prendiéndole velas para pedirle favores, construyendo estatuas y monumentos en su memoria, nombrando las calles con su nombre, enseñando sus canciones en la escuela junto con Artigas y demás, cubriendo de pétalos cada lugar por donde pasó, agradeciéndole una y otra vez que haya nacido en este país, que nos haya dado la oportunidad de descubrirlo, aun agazapado debajo de las piedras… “

    La verdad es que todavía no me animo a poner “El ángel azul”.

  • Electrocardiograma del duelo (4)

    Nadie podría decir que te olvidé. Yo misma sé que no te olvidé, para nada te olvidé. Pero los dos meses de tu muerte me vinieron a la conciencia uno o dos días después de la fecha. La cosa del duelo siempre funciona así: el asunto empieza a pasar a otro plano, a uno menos urgente. El día del velorio dejé todo lo que estaba haciendo para ir. El día en que se cumplía un mes quise ir al cementerio a llevarte unas flores, pero después me pareció que quizás estaba haciéndolo desde el calendario, que todavía no era tiempo de semejante momento Kodak. (Además tenía un asunto de la vida que atender, una adolescente que coquetea con la muerte, y me/te dije: “Eduardo, podés esperar. Igual contigo ya no hay remedio: ahora ella tiene prioridad”, así que deshice el plan).

    Luego, el día en que se cumplían dos meses me olvidé. Se me pasó; me acordé enseguida, es cierto, el 8 ó 9, pero el 7 me olvidé. Me sorprendió. Simplemente no me acordé. No creí que fuera a sucederme. Por otro lado está bien: los muertos con los muertos…

    Lo que sí, algunos de esos días en falta soñé con el Darno, o con el mundo del Darno. Iba con otra gente al apartamento antiguo de Washington Benavidez; nos recibía tirado en una cama, tipo el Zeus de Malpertuis (Orson Wells), y le hacíamos muchas preguntas. Me dejaba un mensaje personal en una cartelera, una nota encabezada “Gabriela” donde contaba cosas que tenían que ver con Eduardo y unas instrucciones que había dejado, y yo lloraba de emoción, bajito. Nadie comentaba nada ni parecía comprender. Yo buscaba un papel (todos estaban rayados) y le contestaba a través de la cartelera: “Maestro Benavidez (así le gustaba a Eduardo que se le llamara)”, confirmándole la enorme alegría que tendría de ir a hablar con él sobre todo eso. Sueños de compensación, que les dicen. Supongo que lo de “Maestro” también tiene un eco en Levrero.

    Otro día (o mejor dicho, otra noche, en esa doble vida de lo onírico) el Darno no quería cantar más. Se involucraba en unas extrañas representaciones que se podían ver por circuito cerrado (¡espero que no fuera Big Brother!). Creo que su discurso deliraba un poco; además, estaba disfrazado y con los ojos cerrados. Luego, él y yo estábamos en un cuarto tipo juvenil, con dos camas de una plaza, todo desordenado. El tomaba su guitarra y se ponía a cantar Dylaniana; se acostaba y seguía cantando y tocando. Yo estaba haciendo tareas domésticas (tipo preparando la ropa sucia en el canasto) y me iba a ir a terminarlas, pero de pronto me daba cuenta: “Estoy aquí, con el Darno, que está cantando!”. En el sueño, recordaba la historia bíblica de Marta y María. Me tiraba yo también en la otra cama a escuchar.

    Al poco, él interrumpía la canción. No terminaba de cantarla. Se daba cuenta de que estaba cantando, pero sencillamente ya no quería volver a cantar. Nunca más.

    cuando no tengas dinero camisa ni amor
    y hayas quebrado el espejo
    y tengas los ojos ciegos del alcohol
    todos tus pasos se irán perdiendo
    a ningún lado podrás llegar
    ahora nadie abrirá las puertas
    para que tú puedas descansar…

    …será mejor que te mueras…