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  • Sobres azules | 2 (2012)

    Sobres azules | 2 (2012)

    9.

    La palabra “nido” tiene connotaciones acerca de las que nadie me preguntó. Love nest. Dejar el nido. Anidar en el útero. Todo tiene que ver con los vínculos afectivos. Debo estar susceptible en la materia. Nido. Permanecer. Nido. Volar. Gritar tero en una parte y tener en otra el nido. El arte de la guerra.

    10.

    Los lentes para poder ver. Muy bien. Ahora veo. Y no tengo ninguna intención de renunciar al paraíso de la selva, a mi propia belleza antes borrosa. “Miopía, astigmatismo y presbicia”, dijeron ellos sin decir palabra.

    11.

    La cinta costera no invita para nada a contemplar el océano Pacífico: siempre está nublado en estos días. Por un lado, los rayos y truenos que profetizan la lluvia colérica que volverá a caer dentro de instantes; por otro, la marea baja, mundo de lodo, despojada, un océano sin agua.

    No tengo ganas de estar acá. La nostalgia nubosa tropical sencillamente no funciona.

    12.

    El escenario de siempre, con su embriagante humareda de luces, de nunca antes, de ahora sí. Embriaguez. No encontrar el propio cuerpo, o, feliz, desentenderse de él. Luego, la música in situ que lo hacía a uno saltar en mil pedazos. El bar Nueve. Big Bang del Sí Mismo. Dionisos. Nietzsche.

    13.

    Nunca quise humillar: un día, el óxido de los cerrojos sencillamente me venció.

    14.

    Morder su cuello. No como lo haría un vampiro sediento, depredador: yo quisiera morder su cuello como un cachorro jugando, una y otra vez, de un lado, del otro, y alternando los suaves mordiscos con besos, con mejillas restregadas, la irritación de la piel suave contra la barba que amenaza con asomar. Quizás mordiera una vez, o dos veces, no lo sé (jamás se debería dejar rastros). Como un cachorro, jugando. No mucho más. Sí, eso quizás haría.

    15.

    En un minuto cabe este texto. Y la consigna de Levrero de un minuto. Y el vals de un minuto de Chopin. Y el mundo de un editor de spots publicitarios. No es poca cosa un minuto. Un minuto más de vida, podría implorarse, por ejemplo.

    16.

    Niño sandía, burbujeante, aceitoso como un delfín, impredecible, ígneo, imposible, angelito durmiente.

  • Estatuas nocturnas

    1. Siempre era de noche. Por la ventanilla del auto, miraba aquellos edificios de vidrios oscuros y letreros luminosos en hilera. Para mí, pertenecían a una ciudad abandonada; sin embargo, tantos neones multicolores, el insistente efecto prende-apaga de los años setenta, palabras como “casino”, “hotel”, “bar”, todo apuntaba a dar a entender que allí había diversión, que allí había vida. Pero no: esa ciudad moría temprano. Creo que era pura utilería, que en esos edificios y casinos y hoteles y bares no había nadie.

    El auto recorría la rambla de ida y vuelta sin que supiéramos muy bien para qué. Al final, solo nos encontrábamos con la estatua fantasmal de Balboa mirando hacia el Océano Pacífico. Ni en eso había afinidades posibles.

    Rato después, volvíamos a casa. La salida tenía el efecto de hacernos sentir más solos que nunca.

    2. Otras noches, mis padres nos hacían poner el pijama y marchábamos al autocine. Eso era mejor; además, no se notaba mucho si no había demasiado tema de conversación. Me gustaban esos parlantes enormes de metal que se ponían en la ventanilla del auto; me gustaba el olor de la mantequilla caliente sobre el pop corn; me gustaba la magnífica pantalla gigante en un mundo de diminutos televisores blanco y negro. Con mi hermano llevábamos almohadas, pero yo jamás dormía. Ni en el autocine ni después: la cabeza rodando de un esclavo decapitado en Queimada, las heridas de un matrimonio de espías después de la tortura, la pobre mujer acosada por un asesino en Terror ciego… Vi, en la modalidad autocine, muchas películas que no debí haber visto a mis ocho, nueve años. Pero quizás el amor por el cine haya empezado allí.

    Al igual que los insomnios, claro. La desesperación de Taylor al encontrar la Estatua de la Libertad en El planeta de los simios. Que ya no sea posible regresar al lugar del que se partió porque ese lugar no es un lugar geográfico solamente. Su impotencia y sus maldiciones finales me erizaron. En algún lugar sin palabras, lo comprendía todo.

    “Oh my God. I’m back. I’m home. All the time, it was… We finally really did it … You Maniacs! You blew it up! Ah, damn you! God damn you all to hell!” (escena final de “El planeta de los simios”, 1968)


  • Esconderse/Revelarse

    Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría “a recibirlos” porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.

    Me gustó para ahora el tema que larga el inusual psiquiatra R.D.Laing como disparador de este artículo, por eso lo publico aquí. Hay gente cerca mío que anda con estos problemas del tironeo entre la necesidad de mostrarse, de ir hacia el afuera y comunicar, y el pavor que les hace correr a esconderse, a hacer como que duermen en la cama de los padres, con tal de que los demás no los puedan mirar hasta el fondo del alma. Es un sentimiento bastante universal, pero algunos lo hemos vivido en formatos particularmente paralizantes (aunque a mí hoy en día nadie me lo quiera creer).

    Además, esto me permite decirle a la revista aquella, casi 15 años después: “¿Quién te necesita? Ahora los que escribimos publicamos en Internet cuando se nos da la gana… “. Y terminarlo con una de esas trompetillas que Quico le hacía siempre a Don Ramón.

    Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.

    Parte de mi esconderme era, en aquel entonces, firmar todo como “G.Onetto”. Para que la gente no supiera cómo ubicarme realmente, cómo me llamaba, más allá del apellido. Pero, sobre todo, para que no se dieran cuenta de que era mujer (al menos a priori, antes de leer lo que escribía). 

    DESDE EL BARRIL (7)
    por  G. ONETTO
    En un maravilloso libro sobre la locura y el proceso de volverse loco [***] (y sin que esta lectura pueda resultar de riesgo para los interesados, siempre que no tengan un subsuelo fértil para semejantes asuntos), el padre de la anti-psiquiatría, R.D.Laing, protector de los esquizofrénicos y sopapeador de la familia como institución, dijo así:
    «Toda su vida ha estado desgarrada entre el deseo de revelarse a sí mismo y el deseo de ocultarse a sí mismo. Todos compartimos con él este problema y todos hemos llegado a una solución más o menos satisfactoria. Tenemos todos nuestros secretos y nuestras necesidades por confesar. Podemos recordar cómo, durante nuestra niñez, los adultos al principio eran capaces de ver claro en nosotros, traspasarnos con la mirada, y qué gran hazaña fue para nosotros cuando, llenos de miedo y temblando, pudimos decir nuestra primera mentira y hacer, para nosotros mismos, el descubrimiento de que estamos irremediablemente solos en algunos respectos, y saber que dentro de nuestro propio terreno sólo pueden verse las huellas que dejan nuestros pies.»
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    P
    or piedad, el universo nos otorga naturalmente una tregua de años -de décadas inclusive- para que lleguemos a asumir a fondo nuestro irremediable desamparo personal. Pero una cosa es segura, y es que una vez que todo esto empieza, una vez que nuestra conciencia descubre su hermética e incorruptible impenetrabilidad por mente externa alguna, una vez que padres y dioses y gurúes mágicos nos han abandonado a nuestra suerte, el proceso se torna irreversible.
    Lo único que nos queda es esa certeza ‒obsesiva e inquisidora, como las moscas‒ de que todo nuestro ser, nuestros maravillosos recuerdos y pensamientos, toda nuestra historia personal, es terreno inaccesible para los demás. Para ellos, seremos un oeste indómito y salvaje del cual sólo les llegarán, acaso, los cuentos fraccionados, misteriosos, narrados por nuestra propia voz titubeante.
                        *        *        *
    Recuerdo una de las primeras veces en que me enfrenté a este incómodo tironeo entre el deseo de revelarse y de ocultarse. Tenía 8 años y hacía unos pocos meses que vivía en un país extraño.  Por supuesto que no tenía amiguitos ni primos ni abuelos ni vecinos conocidos ni tíos ni nada: sólo aquel par de padres que con tanta perfidia tramaban desprenderse del timón de mi conciencia. Mi vida transcurría en una soledad que rayaba en lo autista, fomentada además  ‒como en casi todo niño siglo veinte‒ por los estúpidos programas de televisión. Todavía no iba al nuevo colegio y  mi tiempo transcurría lento, lento… Me sentía como una niña perdida en un castillo lleno de armaduras y mausoleos, de hermosas criptas y capillas en las que no se podía jugar porque, de hacerlo, mis ecos despertarían a los caballeros de su siesta; resonarían, agudos, perturbando a las monjas hasta en su clausura de hierro y naftalina; mis ecos y mis juegos les traerían a las reinas dolorosos recuerdos de hijos muertos. Me tiraba en la cama y sentía cumplirse las horas sobre mi estómago, como una mascota traviesa que me pisaba y me pasaba por arriba con negligencia, tan sólo  para acurrucarse al sol y dormir a pata suelta.
                           *        *        *
    Por entonces, me había atrincherado en un cuartito de servicio a los efectos de exorcizar mi soledad sin contaminar demasiado la apastelada armonía de mi dormitorio. Las tardes se hacían interminables allí, sin amigos, sin secretos para compartir, sin espejos que me devolvieran mi imagen (cada vez más incierta y borrosa por la súbita pérdida de referencias, de identidad). A falta de testigos, mi propia historia  empezaba a carecer de todo sentido. Era domingo; mis padres dormían la siesta. Yo comía galletas con avidez.
    Súbitamente, sentí que no estaba, en el fondo, tan perdida como pensaba: me di cuenta de que vivía en un edificio, por lo que seguramente existían otras personas en los pisos inferiores, otros niños, otros individuos capaces de apreciarme, aunque yo fuera tan sólo una extranjera sin hogar. Tomé la caja de galletas vacía e improvisé una rudimentaria botella al mar. Una larga cuerda atravesaba el cartón de la caja y la hacía oficiar de anzuelo, como si yo intentara pescar a alguien; pescar la atención de alguien, los ojos de alguien que entonces me devolverían la corporalidad y la existencia que había dejado en otro país. Adentro de la caja, puse una carta con dibujitos. La bandera uruguaya enmarcaba renglones de caligrafía infantil con los que yo me esmeraba ‒dentro de la primitiva oratoria que podía tener a mi alcance por aquel entonces‒ a fin de exhortar al testigo, al depositario de mi ambiguo deseo de revelarme, para que uniéramos los lazos entre nuestras patrias. Como si se tratara de dos delegaciones diplomáticas en tratativas para firmar un armisticio.
    Por la ventana del cuartito de servicio, tiré aquella caja de galletas que contenía mi oda a la amistad entre las naciones, no sin antes sujetar fuertemente el extremo de la cuerda que la sostenía. La caja quedó colgando frente a las ventanas de los otros pisos; cada tanto, yo cambiaba la altura de la cuerda para que se bamboleara frente a una ventana diferente. Esperé: la necesidad de confesar, de ser visto y reconocido estaba en plena marcha.
                       *        *        *
    De pronto, alguien tiró de la cuerda y en un instante fui despertada de mi somnolencia de pescador aburrido. Sentí terror, y traté de recuperar aquella cuerda rápidamente, palmo a palmo, sintiendo que en el extremo donde antes se encontraba la caja de galletas ahora bien podía haber un tiburón. Pero fue peor que eso: la caja depositaria de mi carta, de mi carta con propuestas de amistad y banderas, estaba vacía. Había sido interceptada, recibida; sabía, para mi espanto, que en esos momentos alguien la estaría leyendo realmente.
                               
    Creo que aquí interviene la otra parte: el deseo de ocultarse a sí mismo, de ocultar los secretos. En aquellos momentos, sentí una vergüenza indescriptible y corrí al cuarto de mis padres con el corazón desbocado. Jamás les contaría lo sucedido; me sentía humillada, indigna por haber mostrado mis verdaderos sentimientos de soledad y encierro. Estaba segura de que, de un momento a otro, un vecino furioso subiría a nuestro piso pidiéndonos explicaciones. “En realidad, los extranjeros deberíamos permanecer ocultos, no llamar la atención, guardarnos nuestras cosas”, me dije. “Y mucho menos pretender una alianza con los demás, como si tuviéramos derecho a que nos tomen en cuenta”.
    Me acurruqué en la cama de mis padres y decidí que, si aquel vecino finalmente venía a protestar por mi caja de galletas, yo lo negaría todo. Hasta la bandera. La carta no era mía: jamás había intentado mostrarme a mí misma. Cerré los ojos y fingí que dormía.  


    [***] El Yo Dividido, (The Divided Self /A study of sanity and madness), R.D.Laing, año 1960. 



  • Duelos tropicales

    La señora que trabaja en casa de mis padres -bueno: lo de “señora” es parte de esa negación inconsciente con la que uno vive cuando deja atrás la propia juventud, ya que debe tener mi edad o menos- se llama Marta. Como casi todas las mujeres en Panamá, se viste, se arregla, camina irradiando un no sé qué, una vocación de Reina de la Belleza; no tiene inhibiciones para mostrar que quiere estar linda, que se siente linda, y que hará todo lo que esté a su alcance para resultar llamativa y sensual. Tampoco provoca ni seduce -nada de ese estilo “minita histérica rioplatense”, que tira los anzuelos sin consideración alguna y después no se hace cargo de la pesca-. Las panameñas simplemente se agradan así, vistosas, emperifolladas, en su mejor expresión y atractivo. Para sí mismas y para el prójimo. Y lo más sorprendente de todo es que ese estado interno no tiene relación alguna con su belleza externa, “objetiva”: una panameña llena de rollitos y celulitis en la panza cruza la calle, con su top ajustado y sus calzas de licra flúo, tal como si fuera la heredera al trono, motivo que la hace merecedora al innegable derecho de parar el tránsito con su paso majestuoso. No necesitan ser perfectas primero para ser bellas después (imagino que los índices de anorexia y cirugía plástica son mucho más bajos que por estos países). Para ellas, sentirse sexy es uno de los derechos humanos elementales; eso parecen compartirlo con las brasileñas, las cubanas y otras mujeres de los trópicos. No hay duda de que el sol acerca a la gente a la vida, a lo mejor de sí, porque finalmente la profecía se autorrealiza: al paso de estas Miss Panamá en cada semáforo, es inevitable reparar en ellas así sea por la actitud o lo que proyectan, por más que sean gordas, escuálidas, comunes o patizambas. En Uruguay se convertirían en señoras asexuadas, de cabello discretamente al hombro y teñido de claro, con un empleo público aburrido y un celular desde el que explicarle una receta a la empleada mientras vuelven a casa colgadas de algún ómnibus.

    Marta no: Marta es panameña. Vendrá colgada, sí, de una chiva parrandera (autobuses que no merecen el grado de tales, si bien son pintorescos para quien no los padece), pero huele a flores e irradia sonrisas. Llega muy arreglada; no importa que al rato esté en ropa de trabajo y quizás descalza, en plena faena doméstica. La forma en que se presenta al mundo parece ser un tema de autoestima, de respeto por su familia, de acariciarse a sí misma. ¡Y no hablemos de cuando regresa a su casa, luego de la jornada laboral!: toma una ducha eterna, seguramente con ungüentos aromatizantes varios, se seca y arregla el pelo, se pone su minifalda y sus aretes, sus moños y sus encajes, se maquilla y luego sale decidida a que los hombres se den vuelta cuando pasa. Eso, sin la menor contradicción con su dulzura y su condición de esposa fiel, de madre amorosa. Nosotros -hombres y mujeres de estos lares- tenemos menos integradas esas facetas femeninas: la sexy es una peligrosa devoradora, de escudos contradictorios o de armas tomar (todo bélico, de dulzura nada); en cambio, la esposa y madre suele tener divorciado el erotismo, al menos en su manifestación pública (e, igual, si hiciéramos una encuesta…). Marta no, las panameñas no. Verla salir tan acicalada y despedirse hasta el otro día rumbo a su humilde barrio era un esperado momento durante mis visitas. Me divertía y me dejaba envidiosamente boquiabierta.

    Un primero de enero, unos mafiosos del barrio irrumpieron en su casa, un copamiento; la hicieron callar y le pegaron un tiro en la cabeza a su joven hijo, que dormía acurrucado en la confianza del hogar, de su cama. Su único, queridísimo hijo (que además dejaba familia propia desamparada). El muchacho había intervenido para defender a alguien en los habituales prepoteos de estas pandillas y se la juraron: de escarmientos así están llenos los lugares soleados, como mi México. De golpe, el dolor se tragó a Marta, la envolvió en pesadillas de esas donde no hay Madre Universal capaz de consolarlo a uno. Que no haya ocurrido, volver el tiempo atrás, y si yo hubiera esto o aquello, no puede ser real... Pero, sí, había ocurrido, le ocurrió a ella. La noche oscura del alma. La injusticia, la impotencia, además del miedo paralizante. Porque esta gente sabía dónde vivían Marta y su familia, testigos presenciales; de hecho, habían podido entrar en la casa sin problemas, y por supuesto dejaron amenazas tras de sí. Pero nadie debería desestimar el innato poder de leonas de las madres.

    Mucho tiempo después, se logró encarcelar a los culpables. Marta nunca sacó el dedo del renglón. Imagino que dormiría con mucho miedo, atenta a cada ruido; quizás el esposo tuviera un arma bajo la almohada. No lo sé, pero se logró justicia. Es decir, justicia legal, que el crimen no quedara impune. El duelo, el duelo no tiene arreglo: es para siempre. Únicamente se mitiga, uno aprende a integrarlo a su vida, a rearmarla bajo otra forma, pero no deja de tenerlo siempre ahí, como un convidado de piedra.

    Hoy Marta sigue vistiendo riguroso luto, como acostumbran en su pueblo: toda la ropa negra (lo que en Panamá es un contrasentido: llama tanto o más la atención que cuando alguien aquí se viste de verde cotorra o fuchsia chillón). pero hace tiempo que empezó a arreglarse nuevamente; sigue queriendo estar linda (para su esposo, para sus nietos -que ya no para su hijo-, para los hombres, para sí misma). Se ríe cuando conversa con la señora Vera, un personaje de novela que los viernes va a planchar (y que le dice diablofuertes a los jeans, algo que me causó pánico en un principio, cuando me preguntaba por los míos: no le entendía, pero me era imposible evitar imaginar lujuriosos demonios atléticos sin camisa que me seguían a todas partes, aunque yo no pudiera verlos, y de ahí que ella considerara que eran mis diablos fuertes, pero al final resultó ser sólo un malentendido), y uno se pregunta cómo hizo para volver a reir luego del demoledor golpazo que le dio la vida. Obviamente, los efectos de dicho golpe irán con ella hasta la muerte, no tienen cura: el hijo no volverá. No se me ocurre dolor más insoportable que ver morir a mi hijo, y aquí no fue en sentido figurado, además. Pero ella optó por la vida, por tomar la vida, por volver a encontrar espacios de alegría, por seguir respirando y regalando sus perfumes.

    Y vuelve a salir al final de la tarde, cada día, toda arreglada, encaramada en sus tacones altos y de minifalda. Negra, porque hay cosas que llevan sus larguísimos procesos. El vino está, pero uno tiene que sentirse preparado para volver a beberlo y a embriagarse. Lo importante es que el dolor, la pérdida, la culpa, lo que no fue, lo que ya no será, no nos lleve a decirle no a los vinos de la vida. “No ahora” está bien: es como la minifalda negra de Marta. Pero tener claro -aun durante los peores huracanes del duelo- que, si bien lo lacerante parece haberse convertido en nuestra  única realidad, esto también pasará. Y que, cuando esto pase -aunque nunca será olvido de lo perdido, como tampoco lo será de lo hermoso que se vivió, de la memoria que uno quiere defender-, uno seguramente querrá volver a brindar, a degustar la copa, a permitirse el juego del vino, a disfrutar la liviandad que emborracha en comunión; esa que, expansivos, nos hace arrojarnos a las exploraciones. Claro que eso sería, hoy, como querer que Marta vuelva a llevar su antigua ropa de colores.

    Sin embargo, ella ha sido capaz de rearmarse desde la caída más terrible y elegir vestir, orgullosa, una minifalda negra.

    Cómo me gustaría aprender las artes de sobrellevar un duelo tropical. Pero creo al escribir terminé detectando alguna que otra pista.


    Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
    anegado sin brújula y perdido
    llegar a puerto con las velas rotas?

    Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
    El mismo viento que rompió tus naves
    es el que hace volar a las gaviotas.

    (De El doliente, Oscar Hahn)