Cada vez
que me fui a vivir para siempre a
otro país, me hubiera gustado haberme despedido en el aeropuerto agitando un pañuelo,
igual que hacen en las películas. Un pañuelo blanco, como una bandera blanca de
rendición. “Paren, no tiren más, piedad, me rindo”.
30.
omni amans militat
todo amante es un soldado
la bota en la cara
el barro
el amor a la patria
y a la matria
todo amante es un soldado
obediencia
sumisión
estar dispuesto a ir a la guerra
estar obligado a ir a la guerra
estar fascinado con ir a la
guerra
todo amante es un soldado
un pobre soldado que acata las órdenes
de su loco general
ese
experto en estrategias
y en sitiar ciudades
nomás para divertirse.
31.
qué me vas a dar
el aire por la boca
el ancla
el salvataje
la vuelta a la superficie
el adiós a la sirena
la bendición de respirar.
32.
Era un hilo interminable que se
entretejía con mis dedos, acariciaba mis canas, prometía durar, creía que
duraría, se enredaba para no cortarse, se enmadejaba para volver a empezar,
acariciaba sus mejillas, se entretejía en sus brazos, prometía durar, creía que
duraría, no se cortaba con tal de hacerse interminable.
El holograma de Ovidio, con sus más que atendibles consejos en materia de desamor, se plantó frente a mí el otro día cuando escribí Masoquismo 2.0. Entonces me acordé de este viejo articulito mío que se centraba precisamente en (la excusa disparadora de) este subversivo poeta latino, caído en desgracia por su afición literaria a la seducción y el erotismo. Seguramente para tratar de congraciarse nuevamente con el emperador y poder volver a Roma -algo que nunca ocurrió, pues murió en el exilio- fue que escribió su Remedium Amoris… lo que no puede faltar en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, aunque hayan pasado dos mil años!
Omnis amans militat.
“Contexto del texto”:
Este es uno de los tres números que escribí como proyecto para una columnita en una muy conocida revista uruguaya, allá por 1997 o 1998. La editora, luego de una reunión muy entusiasta y cálida en la que quedamos que bocetaría algunos apuntes (hice no uno sino dos proyectos de columna, pero este era mi favorito), más tarde no se dignó siquiera a leerlos (no diría “a recibirlos” porque cualquiera puede aceptar papeles que al final igual no serán leídos, pero en mi caso sé que no los leyó simplemente porque decidí no dejárselos ni bien empecé a captar cierto inexplicable ambiente enrarecido, con excusas varias y disculpas). Lo que me remachó, paradójicamente, fue que Levrero me hubiera recomendado allí como una de las voces narrativas jóvenes más originales y estupendas que había en el país en ese momento bla bla bla. Aunque no fue la editora quien me saboteó: de haber sido cierto el juicio de Levrero, ella solo hubiera ganado con tenerme en la cancha. Pero mis problemas nunca son con los principales: por lo general, aparecen desde los flancos laterales, dado que los que me serruchan las patas suelen ser las manos derechas, los segundos, los vices. Y bueno.
Desde el barril quería tomar como excusa un fragmento filosófico, y a partir de él escribir cualquier derivación mía, mundana y menor. Todavía tengo prontos por ahí dos numeritos más, durmiendo el sueño de la tinta reprimida. Y había seleccionado también varios fragmentos filosóficos como para desarrollar sus artículos correspondientes, si la cosa tenía continuidad. Pero qué pereza, mi Dios querido.
DESDE EL BARRIL (6)
por G. ONETTO
En un pequeño manual con el que trató de contener el escandaloso recibimiento que su más famoso libro, El Arte de Amar, tuviera en la Roma de Augusto *** (y que, como todo cuadro fidedigno de las costumbres de la época, termina siempre valiéndole al autor algún tipo de escarmiento, en este caso el destierro), Publio Ovidio Nasón, poeta ingenioso y preceptor del amor lascivo, compadecido de quienes sufren a causa de amores despechados, dijo así:
«Si se está obligado a permanecer en Roma, diversos remedios pueden ser buenos: 1) pensar continuamente en los defectos de la amiga… Todo cuanto puedas, desfigura las cualidades de tu querida, y engaña por este medio tu juicio. Llámala gordinflona, si es fornida; negra, si es morena. A la de fino talle, puede achacársele la falta de que es seca. Ten por petulante a la que es cumplida, y por pusilánime a la que sea modesta… Bueno será también que la sorprendas, por la mañana, en su alcoba o en el tocador, cuando todavía no está arreglada y en disposición de agradar.»
E
n la desesperada lucha por recobrar los estribos cuando de asuntos del corazón se trata, se permite cualquier cosa; incluso recurrir a este práctico compendio con que Ovidio nos ampara a las generaciones posteriores. Los Remedios para el amor conforman muy decorosamente -hasta para los que nos bamboleamos con un pie sobre el mismísimo siglo veintiuno- un verdadero manual de primeros auxilios contra las quemaduras del amor desafortunado.
Hoy en día, el recurso que me parece más remarcable es precisamente el citado arriba: convencerse, necedad mediante, de los múltiples defectos de nuestro provocador de desvelos. No hay forma de perder con este método (excepto, claro está, topándonos por azar con nuestro objeto de deseo frente a frente: por algún motivo, esa imprevista circunstancia tira abajo cualquier estrategia militar hasta el cansancio bosquejada).
* * *
Sería lógico pensar que siempre que nos encontraramos enredados entre los hilos de una pasión desafortunada (o que sabemos que irremediablemente nos llevará al infortunio, lo cual, para el caso, es lo mismo), intentásemos buscar, si somos razonables, el modo de apartarnos de ella y de olvidar a esa persona. Lamentablemente, nunca somos razonables: casi ninguno termina con sus pasiones sino hasta que se ha convertido en un maltrecho ciudadano, presto candidato para la lectura de Ovidio (el suicidio sería demasiado pedir, después de cierta edad). En el fondo, hay un cierto regodeo en el sufrimiento amoroso, una deliciosa herida que nos hace sentir vivos y a la que muchas personas no están dispuestas a renunciar bajo ningún concepto.
Este inconsciente manifiesto de principios se da con mayor frecuencia, como es de suponer, durante la primera juventud. Después, por desgracia, nos volvemos más prácticos y tontos.
* * *
Una vez, cuando tenía 17 ó 18 años apenas, me encontré en una playa perdida con un sujeto que años atrás había sido mi amor platónico, mi muso inspirador, mis ruborizadas taquicardias liceales, mi tábula rasa para toda clase de fantasías románticas. El mar rugía, frenético; las palmeras se doblaban con la brisa tropical; la laguna ocultaba hambrientos cocodrilos; las tortugas gigantes parían huevos en la orilla; las hamacas hacían un desesperante ruidito como de paso del tiempo. En fin: haré corta la historia. Volvimos a la ciudad en el mismo ómnibus; era de noche, y teníamos como ocho horas por delante. Toda una jornada laboral, digamos, pero de besos y manoseos varios.
Me agarré un insomnio que todavía hoy, de vez en cuando, me aparece.
Él, sin embargo, durmió durante un rato. A mí me subían y me bajaban las endorfinas, adrenalinas, feniletilaminas y otras cosas que ya no registro ni remotamente. A través de la ventanilla, vagué con la mirada por el paisaje buscando un tiempo de reacción: que el alma me aterrizara en el cuerpo, o al revés. A mi lado, dormía el hombre más misterioso, más peligroso, más inolvidable, más aterrorizante de la tierra, creía yo. De pronto, empecé a sospechar que mi libertad y mi vida misma estaban bajo una amenaza desconocida a causa de ese tipo. Que había contraído una enfermedad mortal, un mal que emanaba de su cara y de su cuerpo, y en el que ya no intervenía mi voluntad en lo más mínimo.
Estaba frita y lo sabía. Pese a que esa conciencia de fiera acorralada era inédita para mí, me daba cuenta perfectamente de que había quedado en las manos de ese hombre: perdida para mí misma, por los siglos de los siglos.
Entonces algo sucedió.
El misterioso, peligroso, inolvidable y aterrorizante amante empezó a roncar. Ahí, en el ómnibus, cada vez más fuerte.
Yo seguía mirando para afuera por la ventanilla. Algo -quizás el fantasma de Ovidio- me advirtió en mi interior que, si yo lo miraba en aquel momento, si yo lograba presenciar con mis propios ojos la ridícula escena en la que mi bello durmiente gruñía a sus anchas con la boca abierta, ya sin ningún misterio (porque hasta las amígdalas se le exhibían impúdicamente),quedaría curada para siempre de su embrujo. Volvería a ser libre, lo vería como a un hombre ordinario, regresaría a mi propio ser como si aquel encuentro jamás hubiese sucedido.
* * *
Pero yo, por supuesto, no lo quise ver así, desarmado y humano, roncando como un patán cualquiera. Me quedé insomne y aterrada, mirando por la ventanilla de aquel ómnibus. Porque Ovidio será un sabio, ciertamente, pero los remedios sólo sirven para aquellos que han sufrido hasta el fondo las enfermedades.
Esconderse/Revelarse (otro de los artículos inéditos desempolvados de “Desde el barril”, publicado aquí en el blog en febrero de este año, esta vez con la excusa de un fragmento del antipsiquiatra R.D.Laing)
El último que me queda bajo la manga es un número a partir de San Agustín. Veré.
Tengo pocas oportunidades de tomarme un ómnibus en el esquema o guión que sigue mi vida actualmente. El solitario trabajo vía internet; luego, los talleres presenciales en mi casa. Eso, sumado a las dichas y exigencias de la vida familiar y al poco tiempo libre. Todo, para colmo, en plena cruel mediana edad (cruel, entre otras cosas, por descargada de pilas).
Mis desplazamientos obligatorios, entonces, se reducen a ir y venir del colegio de Astor (a cuatro paradas de casa); luego, a la tertulia semanal con mis viejos amigos en el café Tribunales, y finalmente, a la irregular aunque desesperada lucha contra mi naturaleza de monja de clausura. Quiero decir, en ocasiones me obligo a trabajar en algún café -laptop o papeles impresos de por medio- para apaciguar un poco esa tan conocida sensación de saberme, como nadie, una mónada de Leibniz. La habitación de mi mente/sin ventanas, decía y me decía un poema que escribí a los veinte años. Se extraña el mundo, tener compañeros de ruta, compartir presencia incluso sin hablarse. Luego se asombran de que uno se vuelva adicto a internet.
Me gusta mirar por la ventana de un bar, ver a la gente hacer sus cosas, a la fauna habitual de un café tomar sus puestos. Sentirme, también, amparada por el reconocimiento de los meseros del lugar, tipo perrito adoptado (lo máximo es cuando ellos se adelantan y me preguntan “¿Un cortado cargado?”, o lo que sea que consuma allí: en el bar Sporting, donde paraba media hora por reloj todos los jueves, el mozo ya largaba el cortado al verme atravesar la puerta, sin siquiera corroborarlo). El placer de presenciar el desfile de la rutina cotidiana -seguramente porque no es la mía propia-, ese movimiento que me rodea pero no logra tocarme. Por eso, porque me hace bien, trato de salir de mi casa a trabajar afuera al menos dos veces por semana (además de las esperas en el club de Astor, donde no puedo más que garabatear un poco o empezar a leer alguna consigna impresa). “¿Adónde vas después?”, me pregunta el niño cuando lo dejo en la escuela esos días en que cargo con la laptop, cruzada al pecho. “A una oficina en la que a veces trabajo”, le contesto muy segura. Inocente. Ya bastante lo confundo con mis atipicidades como para que además piense que me instalo por ahí a tomar café en el epicentro de la tarde, mientras él tiene que lidiar con la letra cursiva, las sumas y el inglés.
Por eso, porque salir al mundo 3D es, en mi caso, una excepción, es que lejos quedó aquel tiempo en que tomaba ómnibus todos los días, a menudo varios: que para ir a la universidad, que prácticamente a diario al Sorocabana, años después a la productora de video, más mi bien ganada fama de obsesiva espectadora de cine y habitué de los bares nocturnos (“…lejos quedó el tiempo…” para ambas cosas). El ómnibus es como una segunda naturaleza en la juventud; uno se vuelve casi un centauro de Cutcsa. Claro, la gente adulta con trabajos normales igual tiene que mantener tal condición, aunque en general la viva como un calvario. Pero para mí, para mi aislamiento (o hiperconexión por internet, depende), subirme a un ómnibus no deja de ser una oportunidad -quizás una esperanza- de que algo imprevisto pase fuera de mi mundo doméstico, de mi mente.
El otro día, por ejemplo, el chofer saludaba con floridos “Buenos días” a cada uno de los pasajeros -quiero decir: uno por uno- que abordábamos su ómnibus. Miré por todos lados a ver si se trataba de una cámara oculta, pero nada. Siguió dándole la bienvenida, amabilísimo, a cada nuevo que ingresaba por las escaleritas a lo largo de todo el viaje, hasta que al final llegué a mi destino. Entonces decidí irme por la puerta trasera, presa de la súbita timidez de imaginarme que también me despediría al bajar.
Otro encuentro significativo fue con un muchacho new age que se subió a vender libros autoeditados por él y su grupo esotérico. Hablaba sin parar sobre el sentido del karma, el significado de la vida, la misión personal, el estar perdido, la búsqueda, el camino. No me venía nada mal su speech motivacional, y la verdad es que parecía convencido de lo que decía. Yo también lo estuve, también iluminé y hasta vibré por cuanto predicaba, o quizás porque sentía hasta el alma ese rol tan importante de mentora, de inspiración y guía de otros que pretendía cumplir -quizás cumplía verdaderamente, o quizás cumpla todavía, no lo sé bien-. Pero ahora da la impresión que algo en mí se desengranó y pisa en falso, como tratando de hacer pie sobre el suelo fangoso de una nueva identidad. Estuve hasta tentada de comprarle el libro esotérico: la sola idea me avergonzó mucho más que la perspectiva de haber recibido un “Hasta luego” de aquel chofer tan inusualmente amable. Creo que nadie en el ómnibus le compró, pero -como corresponde a una persona cuya fe en un propósito le arde adentro como fuego del hogar- él ni se inmutó, guardó sus libros y continuó su viaje.
Ahora bien: la experiencia más relevante que viví a bordo de un ómnibus en los últimos meses tuvo que ver con un músico. El tipo subió, sacó su guitarrita y empezó a cantar -como pudo- aquella conocida canción de José Luis Perales en que el protagonista, obviamente víctima de previos cuernos, quiere averiguarlo todo sobre su rival antes de separarse para siempre de la mujer que ama. ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre? Uno se preguntaba, en aquella extraña época previa a internet (A.I.), cómo era posible que el hombre de la canción fuera tan masoquista: in ille tempore, cuando existía la separación real, definitiva -ese “cada uno sigue su camino”-, bastaba con resistir al principio aquella tentación malsana de querer saber para simplemente ir dejando que la herida cauterizara tranquila. Cualquiera sabía que estar metiendo el dedo en la llaga sólo retrasaría la cura de lo que, por otra parte, no estaba en sus manos evitar; el sentido común prescribía no concurrir a los mismos lugares que se frecuentaban antes con el amante occiso; evitar por un tiempo a los amigos en común para no tener noticias: ni nuevos dolores ni tentadoras añoranzas; tampoco llamar por teléfono para escuchar su voz una vez más o, peor aún, para conocer al fin la temida voz de nuestro relevo, ya instalado en su casa; cualquiera sabía que guardando las cartas, fotos y objetos personales en una caja se minimizaba bastante la tortura; que, en lo posible, había que evitar pasar por delante de su casa, lugar de estudio o de trabajo, para no alimentar inconvenientemente los recuerdos, la curiosidad ni las casualidades. Y la piedra angular de la estrategia para sobreponerse al abandono era, por supuesto, saber lo menos posible del o la rival: si la comparación no nos favorecía (en el aspecto que fuera que nos quitara el sueño), el ego sufría y quedábamos devastados; en cambio, si la comparación nos favorecía, menos aún entendíamos el abandónico proceder del amante occiso y quedábamos devastados.
Perdóname si te hago otra pregunta.
Pero ahí estaba Perales reencarnado, en el ómnibus, trayéndome a la memoria aquel tema, himno al regodeo en el autopatetismo. Lo recordaba bien porque, cada vez que por azar lo escuchaba, se me daba por imaginar a mi primer novio cantándomela, si alguna vez le hubiera dado la oportunidad (o mejor dicho, si yo hubiera tenido las agallas). Es ilustrativo cómo el tipo de la canción, salvo cuando se despacha abiertamente “Es un ladrón que me ha robado todo”, muestra y dice una cosa por otra con tal de aparecer digno, civilizado y -por supuesto- más caballero que su rival. O de manipular con la culpa: como si en el fondo esperara que, con su teatrito del profundo respeto hacia su libertad, ella se fuera a echar para atrás en el último momento, conmovida por su nobleza:
llévate el paraguas por si llueve/
y abrígate
(¡ojalá te agarres una pulmonía y te le mueras, bruja!)
sonríete, que no sospeche que has llorado
(¡ma´qué... que vea que estás destrozada por hacerme esto, cretina, y que se les arruine la noche!)
y déjame que vaya preparando mi equipaje
(pero... ¿no te das cuenta de que me estás jodiendo la vida, so ramera?)
De pronto, me descubrí pensando en la nueva realidad vincular del Facebook y las redes sociales. Parece como que ahora los finales de antes se hubieran vuelto imposibles (y no hablo únicamente de relaciones amorosas: siempre que no se haya llegado a una declaración de guerra, hablo también de amistades que se terminan, de familiares políticos luego de una separación, de vínculos importantes que se diluyen). Uno convive en directo con todo aquello que, luego de un alejamiento, naturalmente le duele; tiene que ser testigo, por ejemplo, del reality show del embarazo de su ex cuñada mientras piensa que, por muy pocos meses, ese bebé bien podría haber sido su sobrinito. O tiene que contemplar cada mañana cómo su ex novia -que se ve divertida y feliz- ya está rodeada de galanes, multietiquetada en fotos de fiesta en fiesta, mientras uno apenas está logrando salir de la madriguera luego del golpazo. Nos sorprendemos a nosotros mismos embarcados en rituales tan masoquistas como los del tipo de la canción, visitando a menudo los perfiles de la misma gente que nos lastimó -en un sentido u otro, a total conciencia o en inocencia total, lo mismo da-, sólo para constatar una y otra vez el vacío que dejaron; tratamos de no perder del todo el rastro de sus vidas, ahora vividas lejos de nosotros; conocemos a sus nuevos amigos, parejas, colegas; seguimos escuchando sus opiniones o presenciando sus intercambios, pero ahora nuestras interacciones son en el más puro silencio de la mente; hasta sabemos adónde fueron o adónde irán. Allí, en la pantalla de las redes sociales, desfila nuestro pasado, nuestro presente y hasta nuestro futuro; las cordilleras y los oceanos tampoco existen. Difícil de manejar para seres que todavía venimos a la Tierra en formatos tridimensionales, con necesidades presenciales o des/presenciales.
Porque hay algo medio perverso en ese seguir tan (semi) conectados cotidianamente cuando un vínculo de cualquier orden se complica, se enfría o se termina; por lo menos durante el período de duelo, eso no debe ayudar. Especialmente al más damnificado. Pero muchos psicólogos vienen recogiendo la impresión de que borrar a alguien del Facebook equivale casi como a matarlo: un último recurso que sólo se arriesga cuando el asunto es definitivo y gravísimo. Nadie lo hace con la gente que le importa o que alguna vez le importó (sí, claro, con desconocidos); el dejar de verse, que en el mundo real sería parte de los ciclos naturales de algunas relaciones, aquí se vuelve una salida de violencia extrema. Tampoco solucionan los settings de privacidad, porque -en la maraña de la hiperconexión por default– eso termina siendo el (también doloroso) equivalente de estar evitando a la persona o siendo evitado por ella. Y entonces se corre el riesgo de que la canción de Perales ya no sea la excepción, sino la nueva regla.
¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?
Por algo, en sus preceptos de Remedium Amoris, Ovidio recomendaba irse de Roma cuanto antes. Y hacer, básicamente, todo lo contrario de lo que terminamos haciendo en un mundo cada vez más ubicuo. Pero ahora no nos queda otra que ser los forzados ciudadanos contemporáneos de una Roma virtual omnipresente. De la que huir, por cierto, es prácticamente imposible.
No te entretengas en leer las misivas que guardes de tu dulce amiga:
el temple más firme vacila con tan peligrosa lectura.
Quiera el cielo que tengas el valor de pasar sin detenerte por el umbral de tu abandonada amiga,
y los pies no desmientan tu resolución.
Sobre todo huye, por fuertes que sean los vínculos que te encadenan,
huye lejos y emprende viajes de larga duración.
Consejos no por añejos menos sabios. Y que todavía considerábamos vigentes hace (sólo) tres décadas, cuando Perales cantaba su canción y casi todos nos reíamos de su masoquismo sin el menor miramiento. ¡Pobre de él, si hubiera tenido Facebook, con semejantes inclinaciones naturales!
Sí, tiene lo suyo tomar ómnibus. Tendré que hacerlo más a menudo.
El ómnibus me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas -un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes-, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora, todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas -ese creciente vientito que se va apropiando del calendario-, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo, y quizás el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.
Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré del privilegio de vivir aquí. No porque eso, en sí, sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos, pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Y con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.
Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años, amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.
Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.
Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.
Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de viejas pitucas y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.
Así que pido otro café.
El libro de los pedacitos mágicos agradece a Hefestos Visual por la cantidad de fotos de su autoría que le presta para ilustrar.
“Cuando parece que la vida imita al arte, es porque el arte ha logrado anunciar la vida”.
(de Epílogos míos, MB)
Es triste, muy triste despedirlo, mi primer don Mario montevideano. Le han acomodado una sala velatoria de lujo, “el Salón de los Pasos Perdidos”, en un día feriado, cansino, a media marcha (que ahora se volvió de luto nacional, decretado y espontáneo). Y además un día frío, gris, lluvioso: más montevideana la puesta en escena, imposible. Mis reverencias a la producción.
Lástima que ser inmortal sea sólo en sentido figurado: es temible este “punto final” que (nos) ponen a cada rato los escritores… Mi adolescente acaba de terminar para siempre.
“En cuanto a herir a otros… no es algo que vos desees, ni es una consecuencia necesaria de tus actos. Más bien hay que pensar que alguien podría lastimarse a sí mismo con el pretexto de tus acciones, lo cual no es buena política, no es sana. Creo que nadie puede renunciar a su libertad y más aún, a su mismidad, por el temor de que alguien se lastime con el cuchillo que inocentemente dejamos sobre la mesa para cortar el pan.”
El reflejo blanquecino que entra de la plaza me hacía parpadear, como siempre. Aunque medio perdida por el contraluz, alcancé a darme cuenta de que la mujer sentada a un par de mesas de distancia era la misma del otro día. Su aspecto es un tanto enfermizo: pálida, con la piel apergaminada y flaca; sin embargo tiene una vitalidad envidiable. A mí me encanta; es una de esas viejas que me sacan un poco el miedo a llegar a ser una anciana bruja sin nada de sex appeal, ni siquiera retórico. Ella da la impresión de traer siempre alguna maldad en la mente; fuma ahí, sola, sentada mientras observa al mundo, y se le escapa como una sonrisita comprensiva entre pitada y pitada. Me pareció que me estaba mirando directamente, y esos arsenales de experiencia de la vida me traspasaban como si yo no fuera más que una radiografía.
Me levanté de mi mesa para saludarla; al hacerlo, no sé por qué, tuve mayor conciencia de nuestra diferencia de edad. La mujer me agregaba juventud; podía sentirme una muchachita soñadora e inmadura, con mi vestido rosa fuerte y mi buena cara al mundo. Pero no lo lograba del todo porque todavía sentía encima sus ojos de zorro.
Le dije: -Hola, Anne…¿Cómo estás?
Usé una sonrisa franca, enorme, distendida: trataba de recuperar a la muchachita a pesar del zorro. Ella me saludó con la cabeza; esa vez que estuvimos en la misma mesa me enteré por casualidad que era de Irlanda. A Guanajuato lo eligió en un mapa: éste, un lugar céntrico de México para terminar mis días. Anne…ella se dice Ana…
Me dijo: -No va a llover hoy, por fin. Está soleado otra vez.
Yo le contesté que sí. El contraluz me seguía molestando. Y por decir algo, agregué luego: -Me gustan los días como hoy: me dan ánimos.
En el momento en que dije “me dan ánimos”, noté que los ojos de zorro se aflojaron dejando lugar a una mirada cansada y azul oscura, una mirada de hechiceros celtas exiliados, una mirada de lágrimas en pausa, algo, de tristeza fumada a solas en un cuarto. Fue como un soplido que me contó sin palabras de sus escalones depresivos. Sentí su alivio; estaba muy de acuerdo conmigo, más que de acuerdo. Estos días dan ánimos porque estar animado sencillamente no va con la naturaleza de la vida.
Tocaron el timbre y ahí estaba mi amiga M. del 4 E del Colegio Madrid, con los mismos ojos celestes de aquella cara joven de ángel botticeliano. Ella: con mole, Maseca y obleas; yo: con Tannat, ricotta con chipotles y empanadas. No nos veíamos desde el año 81 u 82 del siglo pasado (¡gracias, FB, telaraña contemporánea, tan pegajosa y llena de promesas cual hilos invisibles, casa de las arañas que inspiran a los escritores, madeja de redes en este mundo solitario!). Casada con uruguayo: ¿qué haría por aquí, de otra manera, casi en el otro extremo del continente, de Monterrey a Montevideo y viceversa? Madre con carácter, buena cocinera con proyectos, autoadoptada montevideana y mercedina, aquella muchachita tímida que parecía no tener mayor conciencia de su belleza física (había en ella algo demasiado etéreo, quizás aquella energía tan light no llamaba la atención de los hombres tanto como se hubiera merecido)… ¡resulta que se me ha convertido con los años en “La Doña”! Me he divertido al verla tan cambiada, desenvuelta, con el ceño fruncido al hacer aquellos cuentos donde sus chicharrones truenan, y para nada extrañaría encontrar una escopeta o un sopapo bien plantado. Si M. hubiera sido como es hoy, con la madurez de las experiencias y ese conveniente añejado en barrica de roble, seguro hubiéramos sido mucho más amigas en aquel lejanísimo entonces de los dieciseis recién cumplidos. Hoy tenemos, además, la ventaja de haber entrelazados nuestras historias de pareja y de hijos cada una con el país de la otra.
El shock de la noche vino cuando me entregó un cuaderno forrado con plástico, las hojas a punto de desprenderse y papelitos con amarillentas cintas adhesivas que prescribían cuando eran abiertos. “¿Qué es esto?”, le dije. Ella me aclaró, triunfante ante mi -inusual- falta de memoria: “¡Nuestro chismógrafo!”.
Fue un experimento conjunto terminado el 1 de febrero de 1980, en el que sometimos a nuestros casi 45 compañeros de clase a contestar una serie de preguntas (elaboradas por nuestra dupla), y con el evidente objetivo de colaborar a que se armara un mejor ambiente en la clase, algo más cálido, con compañerismo. Es interesante cómo todos accedieron de buena gana, aunque a veces se tiraran granadas prendidas. Yo venía de un grupo maravilloso en otro colegio, me costaba llegar a este lugar donde una brecha invisible separaba a “los nuevos”, como yo, de los auténticos, tradicionales, verdaderos miembros del Colegio Madrid, que parecían ir por el mundo con un VeriSign otorgado por el mismísimo Rey Juan Carlos (dicho sea de paso, en aquel entonces el monarca era nuevo y no decía “¿Por qué no te callas?”), aunque fueran de la más pura estirpe republicana. Este colegio había sido la escuela de los niños de refugiados de la República Española en el exilio, cuyo gobierno simbólico se estableció en México; luego, recogería también a muchísimos de los hijos de refugiados del Cono Sur, lo que completó ese extraño clima intelectual y contestatario. Con el tiempo, yo también me convertí en miembro VeriSign de la elite que pertenecía al lugar, miembro de esa especie de secta Alpha-Rho-Sigma-o-Qué-Sé-Yo que es este colegio allá en México; de sus salones y pasillos surgieron montones de figuras públicas destacadas en el cine, TV, música, literatura, investigación et al por aquellas tierras, y la cosa parece funcionar como entre camaradas de la Guerra de Vietnam: primero, uno se reconoce o identifica como Veterano, o sea como miembro del Glorioso Colegio. El proceso se catapulta en este primer reconocimiento entre cofrades a partir de escrutadoras miradas y sonrisas cómplices de “sólo nosotros sabemos lo que eso significa”; después se le pregunta por el batallón, división o similar (es decir, a qué generación pertenece)(nótese que no digo “perteneció”), y acto seguido se prefiere, adopta, contrata o elige a esa persona por encima de casi cualquier otra, aún sin conocerla demasiado (nuestros profesores, por ejemplo, eran casi todos ex-alumnos del Madrid). Es un Rotary Club de la ciencia, arte y cultura mexicana, un tatuaje indeleble, un aleatorio título honoris causa, un dolor de hígado para maridos y esposas que no ostentan el privilegio. Pero para los que estamos adentro -quizás gracias a la elucubración calculadora de chismógrafos en el momento justo, guitarras y canciones en los pasillos cada jueves o similares procedimientos seductores- es maravilloso, pa´que miento! Supongo que todo aquello debe haber cambiado mucho en los últimos tiempos: no sólo me han contado que la orientación del colegio es muy distinta que la de entonces, que era muy crítica y alentadora de lo creativo, sino que en su web ni siquiera se hace mención de su historia (casi 70 años) y sus explícitos orígenes republicanos. Eso debe espantar a los promitentes padres de esta nueva era (bueno, quizás no a todos). Como sea, parece que hubieran barrido todo su pasado revoltoso de un plumazo… “¿El Madrid? ¡Pero…está lleno de drogadictos!”
Mi amiga se fue casi a las 3 AM (27 ó 28 años no se cuentan en una hora). Yo estuve leyendo cada línea del chismógrafo hasta las 4.30 AM, reconociendo nombres que tenía totalmente borrados en la mente, tratando de figurarme quién era aquel profesor que todos odiaban y llamaban “Ponch”, riéndome sin parar por las ocurrencias ajenas, disfrutando de mi propia coherencia existencial y la de otros amigos (eso sólo se ve con las décadas), añorando a mi amado profesor César Bárzana de física y química a quien todos marcaban como su favorito (un Maestro mismo, capaz de inspirar a cualquiera, que se suicidó a los 32 años justo un tiempo antes de partir con una beca a Canadá: aquella noche se despidió de los padres, se vistió con su mejor traje que seguro contrastaría con su pelo tipo afro alborotado, puso música clásica y se envenenó antes de acostarse a dormir el último sueño). Y seguí leyendo adolescentes respuestas a adolescentes preguntas sobre el conflicto iraní o el candidato Kennedy en Estados Unidos (que ahora no tengo idea de quién es). Y desfilaban y desfilaban personajes, compañeros que últimamente han aparecido con el grupo de Facebook y a quienes creí que no conocía siquiera pero estaban en mi grupo, “mejores amigos” de aquel momento que no puedo recordar del todo. En realidad, mi gran zambullida en la amistad y lo que significó ese colegio vino durante el último año de la Prepa; mis mejores memorias, mis placeres fraternales, mi entusiasmo juvenil son en gran parte de entonces. Pero fue fascinante meterme en este viaje tan extraño de Cuarto Año(para nosotros, primer año de Preparatoria), lleno de polvo, telarañas y túneles oscuros. Por cierto, luego de que M. lo guardó durante 28 años, sentí que el chismógrafo empezaba a desintegrarse con mi atrevida lectura como si hubiera profanado la tumba de Tutankamon: caían los pedacitos, se desprendían las hojas, se desbarataba la portada, y quizás alguna bacteria milenaria esté ahora alojada para siempre en mis pulmones. Pero la tinta sigue firme, y eso es lo único que importa, SIEMPRE. ¡Cómo nos reiremos en el grupo Generación 82 cuando vaya largando con el tiempo algunas de las frases célebres que figuran aquí, o las puteadas entre compañeros, o los comentarios más cómicos! Dicho documento incunable merecería ser escaneado, hoja a hoja.
Hoy en Montevideo habrá un gran acto del Frente Amplio, un aniversario también de décadas. Esa es la explicación que me da G. cuando pregunto por qué de pronto en la radio están pasando la Internacional Socialista y las canciones de la Guerra Civil Española, como si se tratase del soundtrack de mi vida. El sentido común no me engaña, yo sé lo que está sucediendo realmente. Es que los hados de la memoria han sido convocados y casi siempre cantan cuando eso sucede.
• “El 15 de noviembre, el entrañable Eduardo Darnauchans cumpliría años. En Guambia, el lugar donde más cantó en sus últimos años, nos consideramos como uno más de su inabarcable grupete de amigos. Porque no olvidamos además que el Darno fue un trovador que marcó un rumbo. Con sus músicos habituales –Alejandro Ferradás en guitarras y Shyra Panzardo en bajo– más varios colegas más y amigos como Víctor Cunha, se nos ocurrió que no podía pasar la fecha por alto para homenajear su memoria. Invitamos a participar otros músicos, y con su público queremos recordarlo entonando todos, sin organización previo y en forma espontánea, para cantar juntos sus canciones. Es una invitación abierta, en la que esperamos que todos participen, para que ahora que no lo tenemos, tributarle el homenaje que todos le debemos por su militante contribución a que la música uruguaya sea hoy lo que es. Los esperamos, y nos gustaría que participaran abiertamente”.
•Entrada Libre La ubicación es por orden de llegada, habilitándose la sala media hora antes de comenzar la función. Informes: tel. 916 3800 en horas de la tarde. Servicio de cantina a precios populares. Estacionamiento vigilado.
Y yo me pregunto… ¿qué habrá sido primero? ¿Haberme leído a los 13 años todos los diarios del Che Guevara (los de “Pasajes de la guerrilla revolucionaria” eran alucinantes, pero también leí los de Bolivia, que eran bastante más aburridos), luego por el cuarto de siglo íntegros los “Cuadernos de la cárcel” de Gramsci (hice una monografía sobre su concepto de superestructura, pero no tenía por qué leerme sus diarios completos), y así, cartas, autobiografías, memorias, diarios de Kafka, Flaubert, Thomas Mann, Frida Kahlo, Casanova, Malcolm Lowry, etcétera y larguísimo etcétera? ¿Haber escrito yo misma cientos de cartas (en la era pre-correo electrónico, es decir, toneladas literales de papel), desde la primera noche fuera de mi país a los 8 años en que decidí mandarle una a mis abuelos, aunque recién íbamos por Buenos Aires? ¿Tener diario personal desde los cinco años, con mi temblorosa letra de niña precoz, un diario con tapa roja de cuero repujado, letras doradas y candadito que aún conservo junto con decenas de tomos? ¿Habrá sido primero todo eso, o yo simplemente sabía que en la vida adulta me apasionaría acompañar a otros en el misterioso viaje por la historia personal desde la escritura? ¿El famoso hilo de Ariadna, que sólo sabe manejar quien se internó en el laberinto alguna vez?
(*) Adviértase que este post puede contener publicidad subliminal, je je… así está el mundo!