Etiqueta: Pocho Pedetti

  • 17 de abril reloaded

    Hoy es el día aciago en mi calendario. No necesariamente de mala suerte: además de los irreparables sucesos fatales a los que ha venido ligado desde hace quince años, hubo otros episodios que en realidad llevaron a estadios mejores, más plenos, y sin embargo no dejaron por eso de ser duros, muy difíciles de atravesar. Por ejemplo, la operación de G. en 1997 o la despedida rumbo a México en 1999. Toda transformación cuesta, cuesta mucho, al menos para los hijos de Saturno, siempre lentos y conservadores en sus procesos (…hasta que un buen día Plutón tira, ofuscado, el tablero: hasta hace poco, no había reparado en que no hay una regla escrita para eso, cuando de juegos se trata. Debería haberla, o quizás esté escrita y simplemente no sabemos dónde quedó el texto. ¿Quién podría, si no, proteger al caballero de El séptimo sello de un ultimatum desleal de la muerte?).

    Claro, los peores tributos de este día son mi tío Pocho, cómplice herido por el mismo rayo que yo, Ana, José Manuel. La propia Sor Juana Inés de la Cruz, la auténtica, murió un 17 de abril de 1695. O sea que mi relación con esta fecha viene de larga data ya.

    Sí, es un día que siempre me trae muertes consigo. Si se trata de que un aspecto o territorio conocido tiene que morir para dar paso a algo mejor o más auténtico, entonces la muerte no habrá sido en vano. Con todo su dolor, con todo el miedo que nos causa (de eso no se salva nadie), pero sería una elección, una decisión responsable. Porque también se podría morir cuando no hay otra alternativa, pero entonces el viaje se frenaría allí mismo, en ese instante: el auto se estrella y huele a alcohol, el metro pasa con su rugido horroroso, el corazón se detiene sin avisos ni adios alguno. No hay tierra prometida, en esos casos; no se trata de un riesgo. Es simplemente la muerte mala, no la bendita muerte.

    Veremos mañana -lo por venir- con qué clase de resacas y cardúmenes de este 17 de abril nos encontramos.

    Dice en este mismo blog, dos años atrás (y nótese la alusión a los terremotos, hoy tan preocupantemente en boga):

    “El calendario azteca tenía 18 meses de 20 días cada uno, y un mes llamado nemontemi de sólo cinco días y seis horas, lapso considerado como aciago por lo cual se interrumpía toda la actividad ordinaria, se ayunaba, se buscaba la instrospección, todo se vaciaba. Correspondía al fin del año civil, es decir, el nemontemi siempre implicaba un nuevo comienzo, o al menos hasta el fin del sol en curso (por cierto, este Quinto Sol terminará posiblemente por terremotos en diciembre de 2012, así que a dejar los asuntos pendientes en orden, por las dudas!). Bueno, yo al igual que los aztecas, también tengo mi “día nefasto”, ese día en el calendario personal en el que pueden pasar las cosas más tremendas e intensas, y que no se sabe bien por qué hay una tendencia a que se ubiquen allí, que se encaramen desde su extraña naturaleza cíclica.”

    Estoy empezando a pensar que todo el mundo debe tener, seguramente, su propio nemontemi, su día aciago en el calendario. Sólo que yo soy, quizás, más observadora, archivista obsesiva, y para colmo creo en las señales, en el diálogo silencioso con el universo, en el dibujo que forma el tapiz visto desde arriba. Por eso repito y adapto, pero nada cambio de lo de hace dos años, el final de lo escrito entonces:

    Día aciago. Cerrar las ventanas. Temblar ante cada correo que baja. Convocar a los dioses para que nos permitan mañana, domingo 18, “”un nuevo comienzo”. Recordar a los que se fueron. Abrir el paraguas. Rezar bajito. 


    Leer más de esta aciaga historia en:
    http://adioslevrero.blogspot.com/2008/04/el-da-aciago-de-mi-calendario.html

     

  • Sala de des/espera

    los miro a los tres
    barcos fantasmas que flotan inasibles
    tirando de una cuerda casi plata
    a la que voy atada
    tal como iría un condenado sin culpas

    me quieren rescatar
    mantenerme de pie
    me quieren confortar
    pero no ven que con su cincha
    me jalan más y más hacia la muerte

    el tío
    el abuelo
    el bisabuelo
    y yo abrazada a un mástil
    oyendo cantar a las sirenas

  • Vacío

    No soporto más ver la laxitud de mi blog, que fue hermosamente catalogado por Artemio Lupin como “melancolía y creatividad montevideana” en sus Artemio Lupin Awards a los diez mejores blogs de 2007 (hoy me enteré, no sé quién es esta persona, solo que vive en Chile y que es muy elegante según su foto de perfil). Pero justo hoy no tengo nada que decir.

    O quizás sí, quizás tendría demasiado y el embudo no me alcanza. Son las 2:22 a.m. La noche está quieta allá afuera. Hay un brasilero macumbero en la televisión exorcizando demonios, y yo quisiera exorcizar los míos. Pero el embudo no me alcanza.

    Igual, más vale poner algo aquí que me dé la impresión de que escribo.

    Iba a poner solo la primera frase, pero la frase continuó por su cuenta…

    El sábado hará cuatro años que murió Levrero. Astor tenía 15 días de nacido y estaba en mis brazos; por algún motivo, quizás propio de esos ángeles custodios que se compadecen en estos casos, esa mañana se me ocurrió llevarlo conmigo cuando bajé mi correo. Nunca lo había hecho. Y justo fue ese día, aquel momento congelado en que inocentemente abrí el mensaje de Chl, un correo con el subject “Re:” a alguna boludez mía de tiempo atrás. Me acuerdo que me dispuse a leer con agrado algun juego nuestro. Pero no, decía algo como “Esta mañana a las 9.35 hrs falleció Mario. No sufrió y estuvo rodeado de amigos y sus mujeres. Quería que lo supieras, ahora no puedo escribir”. En algún lado lo tengo guardado. Creo que fue la única vez en mi vida que la conciencia del duelo, de la muerte, de la pérdida y la separación me fulminó en el mismo momento en que me enteraba, y me puse a llorar inconsolablemente con aquel diminuto Astor en los brazos, que de algún modo me cuidó hasta que me encontró Guzmán. Cuando murió mi tío Pocho, cuando murió Ana, José Manuel, Manolo, incluso el Darno, me quedé paralizada hasta que pude aflojar. Pero con Levrero me atravesó el rayo. Sabía que nunca, nunca jamás lo volvería a ver, a oír, nunca más recibiría una mísera línea desde alvartot (y hasta la fecha, de vez en cuando, mando un correo solo para comprobar que rebota) ni podría preguntarle qué hacer con mi vida, la escritura, los talleres. Nunca me reiría tanto; nunca nos diríamos las verdades con alguien de ese modo, frontalmente, sin que se tambaleara un ápice nuestro cariño; nunca nadie –nunca más– me entendería del todo. El universo quedó desolado, yermo, lleno de árboles de otoño con los troncos carcomidos. Fue devastador. Chl fue ella misma otro ángel guardian para mí, y siempre le agradecí ese gesto de recordarme en el medio del temporal, de no dejarme librada a los siete mil kilómetros que me separaban de lo irreparable. Me hubiera enterado después y hubiera sido espantoso, traicionero, injusto. Al menos pude ir a inscribir a mi hijo al Registro Civil al mismo tiempo en que en Montevideo lo enterraban. Muerte y vida, ni modo. Era la letra chica del contrato.

    Por eso, y aunque suene ridículo, lloré en la escena de Kung Fu Panda en la que el Maestro Tortuga se va a No Se Sabe Dónde, feliz, envuelto en pétalos de rosa, y le pasa el bastón al pobre maestrito comadreja (o lo que fuera ese bicho). Y el atribulado maestrito Shifu (bah, era un gran maestro, pero es que el otro era sobrenatural!) le ruega que no, que no se vaya, que no está preparado para la tarea. Pero al Maestro Tortuga no se le mueve un pelo, porque él está listo y lo único que quiere es la libertad, así que se desvanece entre las rosas con una sonrisa beatífica, como esas sonrisas raras que se nos aparecen en los sueños llenos de paz. Entonces Shifu se queda ahí parado, en medio de la noche, a las 2:58 a.m., con el bastón en la mano y preguntándose si acaso podrá con la tarea sin su Maestro.

    Y claro que puede, la película lo demuestra: ¡entrena a Po, el panda protagónico, cultor de Mc Donald o su equivalente chino, gordito feliz, incapaz de tocarse la punta de los pies! Aunque que fuera tan negado era solo una apariencia, porque al final el maestrito Shifu resultó todo un estratega y logró motivarlo con lo que más le gustaba (la comida, en este caso). Nadie se convierte en un guerrero si no tiene madera. Y –ya sé que es una película– al final Po logró derrotar al malvado Tai Lung.

    Sabemos, sin embargo, que todo eso es bastante poco probable. Porque en la vida real, nadie se preocupa del obeso panda Po ni del maestrito Shifu y mucho menos del Maestro Tortuga (en la web de Kung Fu Panda ni siquiera figura). Al mundo solo le interesan los Cinco Furiosos.

    Como sea, yo lloré. Y también estaba Astor, en la butaca de al lado, con las piernitas colgando.

    Levrero se murió por cabezón, o quizás porque amaba más el aroma de las rosas que el peso de los bastones. Y no pongo foto de Kung Fu Panda porque no quiero sufrir una demanda de Dreamworks.

  • El día aciago de mi calendario

    El calendario azteca tenía 18 meses de 20 días cada uno, y un mes llamado nemontemi de sólo cinco días y seis horas, lapso considerado como aciago por lo cual se interrumpía toda la actividad ordinaria, se ayunaba, se buscaba la instrospección, todo se vaciaba. Correspondía al fin del año civil, es decir, el nemontemi siempre implicaba un nuevo comienzo, o al menos hasta el fin del sol en curso (por cierto, este Quinto Sol terminará posiblemente por terremotos en diciembre de 2012, así que a dejar los asuntos pendientes en orden, por las dudas!). Bueno, yo al igual que los aztecas, también tengo mi “día nefasto”, ese día en el calendario personal en el que pueden pasar las cosas más tremendas e intensas, y que no se sabe bien por qué hay una tendencia a que se ubiquen allí, que se encaramen desde su extraña naturaleza cíclica. Dice el Diccionario de la Real Academia:

    aciago, ga.
    (Del lat. aegyptiācus [dies], día fatal).

    1. adj. Infausto, infeliz, desgraciado, de mal agüero.

    A mí me han pasado cosas muy fuertes los 17 de abril de distintos años. Cuando fui al Claustro de Sor Juana, en la Ciudad de México, emocionada comprobé que la Décima Musa había muerto un día como hoy, un 17 de abril: más claro imposible, era una guiñada del universo, que utilizaba mi alter ego de Sor Juana para comunicarse conmigo y explicarme esta manía de la desgracia o de los territorios difíciles. Todo empezó en 1995: sin previo aviso, mi tío cómplice de la mirada ácida sobre el universo, mi tío transgresor, sensible y brillante, uno de mis compañeros de ruta más valorados, insoportable, paranoico, entrañable, murió sin darnos tiempo a nada. Estuve mucho tiempo oyendo tangos y sin poder soltar del todo el alma del Pocho Pedetti. Al año le di una misa y sentí que por fin empezaba (empezaba, nunca fue del todo) a recuperarme.

    Al llegar a casa, encontré un mensaje en el contestador en el que mi amiga P. de México me decía simplemente que la llamara. ¿Ella, que es tan cálida, un mensaje así de seco y al grano? Ya desconfiada, la llamé desde la isla de edición aquella noche (yo trabajaba en el horario nocturno, de madrugada,que era cuando los impagables aparatos de Imágenes quedaban libres), y si bien no la encontré pude enterarme de la noticia: mi amiga Ana Gardos había muerto en un accidente, a los 32 años. Irreparable.

    Pero la conciencia del 17 de abril se reafirmó cuando un par de semanas después me llegó una carta donde supe que inmediatamente después de la muerte de Ana, si no fue ese día fue el siguiente, mi compañero de graduación y amigo José Manuel de Rivas (alias “Pibody”) había muerto sin que se aclararan demasiado las circunstancias, en el metro Bellas Artes. El sentimiento del día aciago, del nemontemi durante el cual más nos vale quedarnos en casa, ayunar y rezar, se hizo más fuerte.

    Durante ese mismo año, hicimos todo el proceso rumbo al implante coclear de mi compañero. Era una decisión muy dura, arriesgada, y la fecha de la operación se fue demorando. Al final, pasó para 1997, y como se atravesaba el verano (cuando todo se detiene) el doctor decidió aplazarla “para marzo o abril”. Yo sólo podía decirme interiormente: “…mientras no sea el 17 de abril…

    La autorización del hospital y la gestión del doctor enfrentaron mil complicaciones, así que no había margen para flexibilidad alguna. Un día, este doctor para el que no alcanzaría monumento alguno, Hamlet Suarez (nótese el nombre de pila), nos anunció: “Ya está la fecha. Es el 17 de abril”.

    La suerte estaba echada. No quedó otra que enfrentarla.Y la operación duró 8 horas, no 4 como estaba previsto. Durante esa eternidad, no logramos que en la Asociación Española de Socorros Mutuos nos dieran el menor informe de la causa de la demora, si las cosas estaban saliendo bien, si había algún inconveniente, si G. había muerto, lo que fuera. Tuve la menstruación por segunda vez en el mes, a los diez días que la anterior. Quería que llegara mi madre cuanto antes (que había perdido el avión en EEUU y estaba varada en San Pablo tratando de volar hacia Montevideo) simplemente para poder desbarrancarme y caer en los brazos de alguien que me recogiera del piso, si algo llegaba a salir mal. Por suerte no fue el caso, pero pagué caro ese dolor una vez que pude aflojar.

    Y así, salpicados 17 de abril siguieron siendo fechas clave del dolor y lo duro de enfrentar. Por ejemplo, hace dos años, una de las peores crisis depresivas de mi historia, tan importante como para reparar después en el calendario y ver la coincidencia (¿o sería inconscientemente el “síndrome de aniversario”?). Otra pincelada: la fiesta de despedida rumbo a México en 1999, en el sótano de mi casa, a dos semanas de partir rumbo a lo desconocido y con todas las despedidas que aquello implicaba. Algunas serían despedidas para siempre y ni siquiera lo sabíamos: fue la última vez que vi al Darno, a mi tío Pepe, a Pablito Pairá…

    Día aciago. Cerrar las ventanas. Temblar ante cada correo que baja. Convocar a los dioses para que nos permitan mañana, viernes 18, “un nuevo comienzo”. Recordar a los que se fueron. Abrir el paraguas. Rezar bajito.

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    (Año) Chiconahui Técpatl
    (Día) Macuilli Ollin
    (Veintena) Tlacaxipehualiztli