Etiqueta: poesía

  • Culpa

    De Muertes que me dejan atrás
    Libro de hace como diez años que, si es por mí, quedará virginalmente inédito, a pesar de algunos poemas premiados, etc.
    Publico esto ahora porque viene al caso. Y qué mejor que no tener que pedirle permiso al autor. 
    Culpa

    nada me ha bastado
    todavía tengo hambre de desgracias
    de mundos extintos sin papiros

    aún hoy me avergüenza sospechar

    que yo deseaba el mal
    que yo quería romper los vidrios de mis propios ventanales
    y ver morir las estrellas de una vez

    por eso me cuartearon contra el panal de abejas

    a causa mía los angelitos zumban y zumban

    protestan como mujeres encerradas 
    mujeres posibles dentro de las pupilas de las niñas
    mujeres enroscadas en el sedoso vientre de los cielos

    caderas paralizadas por mi culpa se derriten

    mi culpa
    sal de caracoles ajetreados

    dicen que enterrarán a mi padre

    el cortejo negro lo envolverá con gladiolos
    y el aire del mar le silbará una última plegaria
    que sólo yo denunciaré como burlona

    nada me ha bastado

    tal es mi hambre de desgracias
    en la esquina se confabularán contra mí las estrellas
    se juntarán marchitas en un ramo
    y harán languidecer al universo por mi culpa.
  • Oda al anestesista

    PROLEGÓMENOS LAPAROSCÓPICOS
    Madrugada del 23 de septiembre, Asociación Española, habitación 335 B

    Supongo que pocas personas le rezamos a Hades y Morfeo, a  Hipnos y a Perséfone, antes de caer en el vaho de la anestesia general. Me fascina ese sagrado e inefable momento de la pérdida de la conciencia misma; es realmente una inmersión en las aguas del río Leteo, mucho más honda que la que cada noche emprendemos al quedarnos dormidos, cuando vamos de un mundo a otro, organizado con sus reglas particulares, habitado por sus propios dramas. Y en cuanto al Leteo no funciona tanto, pues al menos yo busco desesperadamente recuperar la memoria de mi vida paralela en ese lugar de los sueños. Pero con la anestesia no: uno realmente va hacia la nada; quizás esa sea la nada de la muerte, no lo sabemos. Aquí se aplica aquel horrendo precepto machista sobre la violación: “Relájate y goza”. La única forma de pasar hacia otros mundos -alcohol, drogas, muerte, meditación, anestesia, sueños- es entregarse del todo al secreto y esperar.

    Hablando de esperar, desde que me despedí de G. en la habitación y salí -encamillada, muñida de gorrito y zapatones- rumbo al block quirúrgico o su antesala, me tocó esperar dos horas mirando el techo. Eso, en vez de ponerme tensa, me ayudó a serenarme al máximo e incluso relajarme físicamente. Yoga de camilla, spa de bisturí. Es curioso todo lo que se puede pensar en esos tiempos muertos; por ejemplo, que para mi sorpresa –dada la habitual asociación con personajes amanerados rodeados siempre de curvilíneas enfermeras rubias, cual eunucos en el harén del sultán-, se me dio por constatar que había varios enfermeros y asistentes de buen ver. “¡Zas!”, me dije. “¡Típico comentario de vieja! ¿Cómo cuando era joven jamás lo hubiera notado?”. En realidad, me alegré por las enfermeras y doctoras del hospital; recuerdo vagamente que motiva más ir al trabajo o al colegio cuando nos gusta alguien. Claro que mi información era visual nada más: quizás –oh, injusticias biológicas- estos dos o tres tipos de buen ver eran gays, como siempre. Pobres enfermeras y doctoras.  También pensé -en tren de recuperar ahora aquellos tiempos muertos- en esa serie de canal Fox que tanto me gustaba por crítica y decadente, “Nip/Tuck“: ¡hay que estar loco para operarse si no es por obligación, dejar que el cuchillo serruche, rompa, jale, penetre, traume nuestra pobre carcasa, si no es por un motivo de salud o secuela de accidente! Agrandarse las tetas o estirarse las arrugas no me parecen motivaciones suficientes, pero cada Narciso con su estanque. Y así se me fue el tiempo en este parloteo inútil, en vaivenes mentales provocados por el ocio pre quirúrgico. Era muy raro, pero no tenía nada que hacer, ni tenía nada no hecho por lo que me sintiera culpable. Casi el nirvana. No era yo del todo. Era yo, jubilada y mirando por el balcón.

    Me reconozco más en la seguidilla de pensamientos erráticos, obsesivos, que se me aparecieron en el momento mismo de salir de la anestesia. El primero es, por supuesto, el más universal: “Ah, estoy aquí de nuevo, no me quedé en la otra orilla”. En realidad no llegué a pensarlo verbalmente: fue una certeza tranquila que emergía entre el cuchicheo y los sonidos de la sala de operaciones mientras empezaba a volver. Salió todo brillante, dijo una voz de mujer, la anestesista, Perséfone en este caso. Me pareció curioso que, aparte de la contundencia inequívoca de la afirmación, usara ese término, “brillante”. Afuera la luz es brillante; afuera, al final del túnel de regreso que nos lleva del mundo de los muertos a la superficie. Ahí, justo ahí, donde Orfeo mete la pata y da vuelta la cabeza.

    Los anestesistas son un género aparte, único. Nunca hablé con un anestesista inquieto, nervioso, colérico o cínico. Todos tienen una especial parsimonia, un ritmo lento, de contacto humano pero distante, como si ellos mismos tuvieran siempre un pie en ese mundo al que nos llevan y del cual nos traen de regreso. Son como parteros de frontera, como embajadores con doble ciudadanía. Levrero –me doy cuenta ahora- era todo un anestesista.

    Ellos se ponen en la cabecera, cuidándonos, o están a nuestro lado mientras caemos en el sopor, y nos hablan con voz suave, segura, hipnótica, hasta que caemos en la inconsciencia, y quizás sigan todavía más allá. No sé cuánto del letargo es causado por la anestesia como sustancia misma, y cuánto será producto de la presencia misma del anestesista. Cuando nació Astor sufrí una cesárea, pero con anestesia epidural: no quería que después me trajeran a cualquier bebé cambiado, como en las telenovelas mexicanas. El anestesista fue el único que estuvo presente durante el parto (además de G., Astor y yo, se entiende): me hablaba con esa voz arquetípica, de ultratumba buena, que tienen los anestesistas; me acariciaba la cabeza. El resto del equipo médico hablaba de golf y de chistes de fútbol, mujeres y esas cosas. ¿Yo? El territorio impersonal de una carnicería, siguiendo para mis adentros, drogada y risueña, sus irreverentes conversaciones profanas escupidas en el piso de una iglesia. La anestesia semi consciente me arrastró aquella vez a una nube de valemadrismo total, a una distancia interior, de nave al garete, con lo que estaba pasando. Pero la calmada voz del anestesista me traía de regreso a lo importante; era el único que me explicaba lo que sucedía en cada fase.

    “Salió todo brillante…”

    Lo segundo que pensé fue en ubicar el dolor. Sí, estaba allí, a la derecha, en la otrora mansión de mi vesícula. No había sido víctima de una de esas trágicas confusiones,  como escuché una vez en México –y nunca olvidé- cuando era niña: en el IMSS, le habían amputado una pierna a uno y –digamos- las amígdalas a otro, intercambiados los expedientes por error. Esa es una de las desventajas de la anestesia general: por no estar uno mismo presente, no puede patalear contra la ineficiencia ajena (desde luego, si uno pierde la pierna la metáfora se vuelve literal). Ayer mismo escuché en el pasillo médico de este hospital una alarmada voz masculina diciendo que una señora había venido a sacarse la vesícula y le habían sacado el apéndice. A lo mejor era una broma interna entre enfermeros, pero, si no, yo no era, por suerte, dicha señora. A mí me duele donde me tiene que doler.

    Sí, la anestesia requiere un importante grado de confianza en los otros del que no todos disfrutamos. Pero la voz lenta, pausada, narcótica, del que conoce esos misterios de la vida y la muerte, secretos de la suspensión de la conciencia y la memoria, ayuda a animarse al tobogán.

    La tercera cosa que pensé –quizás la más absurda en esa situación, pero no para mí, que hasta pedí que me mostraran mi gigantesca placenta- fue que quería ver los cálculos, las piedras que me habían extirpado (“tus rocas de Sísifo”, diría mi amiga V.). Aún no había abierto los ojos –tardaría un buen rato, aunque igual seguía el accionar del entorno desde los oídos-, pero igual me preocupaba no poder concretar ese último ritual para honrar mi obra creativa: ver las famosas piedras. ¿Serían verdes, como dijo aquella extravagante ecógrafa que, cuando se jubilara, quería dedicarse a hacer bijouterie con esas piedritas ?

    *

    Cuando abrí los ojos, perdí las esperanzas en el asunto y no dije nada: estaba en una sala de recuperación, no en el quirófano. Ni rastros ya de la vesícula con todos sus cálculos. Igual, mi exiliado órgano no podría decir que no lo despedí con varias ceremonias: churros del Parque Rodó, mazzini de Carrera, vinos de todo tipo. Ahora vendrán tiempos de anacoreta.

    Para mi sorpresa, ya en la habitación, G. me entregó una bolsita transparente que le habían dado – ¡mi tesoro no se había perdido en la ni pena ni gloria de la basura!-, con piedras varias, grandes, grandísimas, chiquitas, diminutas. Me impresionó mucho que hubiera podido alojar dentro de mí, como si nada, tanta tierra, mineral, sólidos tan duros que hasta se pueden golpear ruidosamente contra la mesa. Para mí fue tan impactante como si dentro de la vesícula me hubieran encontrado una maceta con flores; me imaginaba algo más sutil y etéreo. No eran verdes como prometió la ecógrafa –aunque sí lo era la bilis fosforescente que vomité después-, no eran brillantes, como dijo Perséfone: la joyería original de marca propia quedó descartada. Ahora tengo que conseguir una cajita de vidrio para guardarlas.

    A G. le parece medio repugnante el asunto de exhibirlas, pero a mí no. Me reafirma la idea de que pasar por la operación fue lo correcto, que en verdad llevaba una bomba de tiempo al costado.  Claro que no me agradan, para nada: son duras, enormes, muchas (me dieron once, quién sabe si había más), y vivían como un alienígena malévolo en mi propio cuerpo, como un embrión sin futuro, como un terruño infértil. He enterrado cada una de las muelas del juicio que me sacaron (por ahora sólo cuatro, pues me salió una quinta tiempo después, otra de las anomalías que me persiguen). También guardé el cordón umbilical de Astor. Quería enterrarlo en el jardín de Guanajuato, en la casa donde empezó su vida, pero la súbita partida de México no me permitió volver al pueblo y concretarlo. Todavía lo conservo; algún día estará ofrendado donde debe.

    Así que, pese a los ribetines de aquella ecógrafa orfebre, o a las poéticas sugerencias de mi alumna Stella Maris que las comparaba con esmeraldas, mis piedras vesiculares son cetrinas, amarillentas. Me recordaron más bien, por su forma y peso, a la pirita de hierro, “el oro de los tontos”, como dicen los mineros de Guanajuato y otros pueblos ricos en tesoros de la tierra. Así que me voy hoy a casa, si me dan el alta (alguien que garabatea de madrugada, a oscuras y con la vena pinchada sin duda la merece), con mi bolsita de “oro de los tontos”. Sí, para mí tiene mucho valor, y sin embargo no lo tiene, salvo que encontrara a alguno de esos tontos aludidos, o quizás algún coleccionista excéntrico en eBay. Plomo y oro. No salió todo tan brillante como dijo la anestesista, o al menos no salieron brillantes las opacas piedras de mi vesícula, ahora convertidas en prueba irrefutable, acceso al club, medalla al mérito. Recordar siempre de qué piedras venimos y qué piedras dejamos.

     
    … que te operen por laparoscopia y no con cirugía tradicional, no tiene precio…

    EPÍLOGO. CON GRATITUD A TODO EL GREMIO DE ANESTESISTAS DEL MUNDO

    Un poemita de Gabriel Celaya que musicalicé cuando era adolescente decía que “la vesícula biliar le duele a los millonarios y es un lujo mortal”. Obviamente, mi diagnóstico médico de adulta entró en crisis con el previo diagnóstico poético, porque yo no soy millonaria, y entonces la litiasis no podía ser más que un error. No tengo más riquezas, en verdad, que las que guardo en cajitas de vidrio, visibles e invisibles. Puro “oro de los tontos”, de los que creen que tienen un misterioso tesoro que nadie más ve. Aunque quizás Gabriel Celaya se refería a eso, finalmente.

    POSDATA: OTRA ANOMALÍA PARA EL ARCHIVO
    Tampoco sé a qué se refería el cirujano al incluir en mi ficha vesicular el siguiente acertijo del que remito prueba: “Niega chucho solemne”. Se escuchan interpretaciones.

  • Hoy escuché trinar a Benedetti…

    “¿por qué será que los pájaros cantan
    después de los entierros memorables?


    Foto: El País de Uruguay

  • Narciso (sí, empezó el taller de mitología y escritura…)

    narciso
    narcotizado
    entumecido
    adormecido sobre las aguas
    anestesiado
    anarcisado
    triste.



  • Epitafio para un cierto guerrero

    Mi guerrero murió y no hubo manera
    de despegar sus pétalos enfermos
    o de vaciar sus mejillas.

    Cada vez que como una sombra me acercaba
    a sus filosos dientes de aguaviva,
    mi guerrero ya pálido y dormido
    se acomodaba acaso más profundo
    en la negrísima roca del principio.

    Mi guerrero murió y entonces fue velado
    por un coro fugaz de linternitas.
    Más tarde floreció aunque algo triste
    en el pretil mordaz de una campana.

    Al pasar yo le dejé mi aliento
    como un recuerdo plagado de violetas.
    Fue todo en vano.

    Los insectos persiguieron su sonido con astucia
    y de él no quedó más que un yelmo oxidado.

    (Escribí esto hace diez años, dispuesta a enterrar para siempre mi pretensión de guerrero, de ser alguien que se planta frente al mundo y lucha para lograr sus objetivos, sus sueños, que trae un mensaje de otras tierras, que no teme ser quien es. Mi guerrero estaba muerto y hasta epitafio le hice: no había negociación posible. Pero al poco tiempo, en la Feria de Piedras Blancas, un medalloncito me llamó la atención; lo levanté pensando que era Dante Aliguieri… ¡cuál no sería mi sorpresa al constatar que se trataba de Juana de Arco! Ahí entendí: quizás yo no podía ser un guerrero porque tenía que ser una guerrera. Ese medallón conmemorativo de su beatificación me acompañó muchos, muchos años…)

  • Halcones

    El halcón de hierro está trepado a mis pestañas
    y yo siento un peso triste apoyándose en mi sueño.
    Lleva el halcón un gorro de balcones acechantes
    y en el pico una piedra con olor a maderas,
    a cognac dolorido y bonachón.

    “¡Acabemos con esto de una vez!”,
    dice el halcón, cansado.

    Yo me avergüenzo, entonces.
    Mi habitación se inunda de leche amarga, de lunas derretidas,
    sobre el tejado mismo donde bailan las urracas.
    Me acomodo en la cama nuevamente,
    consolando a mis trenzas de su absoluta soledad castaña.

    “Acabemos con esto, te lo digo”,
    repite el halcón a punto de perder el equilibrio.

  • La inevitable tristeza del primer cumpleaños sin cumplir

    Jueves 15 de noviembre – 22 hs.
    “Salú, Darno”

    • “El 15 de noviembre, el entrañable Eduardo Darnauchans cumpliría años. En Guambia, el lugar donde más cantó en sus últimos años, nos consideramos como uno más de su inabarcable grupete de amigos. Porque no olvidamos además que el Darno fue un trovador que marcó un rumbo. Con sus músicos habituales –Alejandro Ferradás en guitarras y Shyra Panzardo en bajo– más varios colegas más y amigos como Víctor Cunha, se nos ocurrió que no podía pasar la fecha por alto para homenajear su memoria. Invitamos a participar otros músicos, y con su público queremos recordarlo entonando todos, sin organización previo y en forma espontánea, para cantar juntos sus canciones. Es una invitación abierta, en la que esperamos que todos participen, para que ahora que no lo tenemos, tributarle el homenaje que todos le debemos por su militante contribución a que la música uruguaya sea hoy lo que es. Los esperamos, y nos gustaría que participaran abiertamente”.

    •Entrada Libre
    La ubicación es por orden de llegada, habilitándose la sala media hora antes de comenzar la función. Informes: tel. 916 3800 en horas de la tarde. Servicio de cantina a precios populares. Estacionamiento vigilado.

  • Levrero y La Ciudad (no “La ciudad” de Levrero)

    El otro día me decidí a hacer un poco de arqueología e instalé mi entumecido lector de floppys para poder revisar algunos diskettes, o mejor dicho para copiar lo que me interesara a mi ibook y tenerlo más a mano. Encontré varias cosas, cómo no, pero aún no he tenido tiempo de leer nada con la calma que precisaría esa década o más de distancia. Sin embargo, reconocí inmediatamente un archivito “DIALEVR.doc” en el que figuran dos pequeñas historias que escribimos Levrero y yo “a cuatro manos” el primer día de taller con él, 18 de abril de 1996 en la Plaza Zabala (pobre de mí, primer día con el mismísimo Maestro y me tocó ser su pareja en un ping pong literario, ya que solo éramos tres alumnos y aquello tenía que hacerse en número par). Ya las publicaré acá. Nos reímos mucho tiempo con esto, e incluso durante años solíamos terminar algunos correos problemáticos, tragicómicos o que contaban situaciones aparentemente sin salida con la frase: “Después vinieron tiempos mejores“, que fue con la que él remató del todo el precipitado desenlace que yo escribí en una de las viñetas. Fue uno de nuestros acercamientos de aquel día (en realidad, las historias parecían escritas por una sola mente… por supuesto, una mente algo delirante).

    El otro acercamiento fue descubrir que ambos habíamos identificado una roñosa voz interna que maldice el lugar donde vive (él, Colonia; yo, Montevideo segunda etapa) en el poema La ciudad de Cavafis. Fue un momento mágico: yo comenté que me gustaba muchísimo L. Durrell y él dijo que a él lo que le había gustado era un poema que el autor citaba en uno de sus libros, y lo describió perfectamente; yo salté, cité (parafraseé) las primeras líneas, y no paramos de hablar de La Ciudad (no del poema: de ese sentimiento de vivir un exilio impuesto por fuerzas oscuras, imposible de romper, cuando en realidad hay algo dentro de uno que se niega al lugar, algo que se parece un poco al autosabotaje).

    Pasaron todavía tres años para que me fuera de Uruguay: sabía que por nada del mundo podría hacerlo si estaba peleada con el país (“La ciudad te seguirá“, advertía claramente). Uno tarda, pero con los años (y con los poemas, y con Levrero, y con las repeticiones de los errores, y con la intervención protectora de San Judas Tadeo) se vuelve un poco más sabio.

    Preferí partir tranquila, disfrutar el viaje que iba a ser para siempre, como quien paladea de lejos una Ítaca propia. Es decir, con la plena conciencia de todos sus defectos.

    Por suerte ya no tengo problemas con las ciudades. Vivo donde quiero vivir hoy (lo que no quiere decir que el puerto esté cerrado para cambiar de idea, o que haya renunciado a mi otra mitad del alma)

    “Dijiste: ‘Iré a otra tierra, iré a otro mar.
    Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
    Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
    y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
    ¿Hasta cuándo estará mi alma en este marasmo?
    Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
    veo aquí las negras ruinas de mi vida,
    donde pasé tantos años que arruiné y perdí’.
    No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
    La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
    calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
    y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
    Siempre llegarás a esta ciudad. Para otras tierras -no lo esperes-
    no tienes barco, no hay camino.
    Como arruinaste aquí tu vida,
    en este pequeño rincón, así
    en toda la tierra la echaste a perder”.


  • Ser de Sansueña

    Ser de Sansueña

    Acaso allí estará, cuatro costados

    Bañados en los mares, al centro la meseta

    Ardiente y andrajosa. Es ella, la madrastra

    Original de tantos, como tú, dolidos

    De ella y por ella dolientes.


    Es la tierra imposible, que a su imagen te hizo

    Para de sí arrojarte. En ella el hombre

    Que otra cosa no pudo, por error naciendo,

    Sucumbe de verdad, y como en pago

    Ocasional de otros errores inmortales.


    Inalterable, en violento claroscuro,

    Mírala, piénsala. Árida tierra, cielo fértil,

    Con nieves y resoles, riadas y sequías;

    Almendros y chumberas, espartos y naranjos

    Crecen en ella, ya desierto, ya oasis.


    Junto a la iglesia está la casa llana,

    Al lado del palacio está la timba,

    El alarido ronco junto a la voz serena,

    El amor junto alodio, y la caricia junto

    A la puñalada. Allí es extremo todo.


    La nobleza plebeya, el populacho noble,

    La pueblan; dando terratenientes y toreros,

    Curas y caballistas, vagos y visionarios,

    Guapos y guerrilleros. Tú compatriota,

    Bien que ello te repugne, de su fauna.


    Las cosas tienen precio. Lo es del poderío

    La corrupción, del amor la no correspondencia;

    y ser de aquella tierra lo pagas con no serIo

    De ninguna: deambular, vacuo y nulo,

    Por el mundo, que a Sansueña y sus hijos desconoce.


    Si en otro tiempo hubiera sido nuestra.

    Cuando gentes extrañas la temían y odiaban,

    y mucho era ser de ella; cuando toda

    Su sinrazón congénita, ya locura hoy,

    Como admirable paradoja se imponía.


    Vivieron muerte, sí, pero con gloria

    Monstruosa. Hoy la vida morimos

    En ajeno rincón. Y mientras tanto

    Los gusanos, de ella y su ruina irreparable,

    crecen, prosperan.


    Vivir para ver esto.

    Vivir para ver esto.


    (Luis Cernuda)

  • Levrero y Darnauchans

    Foto histórica (mala, muy mala, pero qué suerte que se me dió por sacarla: nunca se me pasó por la cabeza que hoy ambos estarían muertos) de dos pérdidas sin cicatriz a la vista, para mí y para gran parte de los uruguayos (entre ellos cuento a Astor, su generación, los que todavía no existen siquiera, los nietos de mis bisnietos que igual leerán sus libros y escucharán sus canciones: la inmortalidad pasa por otro lado, por suerte). Eduardo Darnauchans y Mario Levrero, el Darno y Carlitos, juntos en mi despedida a México. Sótano de mi casa en José María Muñoz, 17 de abril de 1999, milenio pasado.