Etiqueta: Poseidón

  • Sobres azules | 4 (2012)

    Sobres azules | 4 (2012)

    25.

    lo que me quiere envolver es azul
    piel de delfines
    aceite de cielo
    una sirena de sueños inesperados
    dormilona
    rara
    azul intenso
    como el misterioso mar de fondo del deseo
    la red
    la bruma
    mancha turquesa que se derrama
    y va avanzando como lo haría un pintor.

    26.

    hundir
    marca en la piel
    cicatriz que siempre guarda su belleza.

    27.

    desierto silencioso y lleno de vida entre los cactus
    acechante en las rocas
    pacífico contra el viento
    monjes que eligen el silencio para poder escuchar mejor
    alguien que solo confía
    en su propia autoridad.

    28.

    viaje del héroe
    desafíos a los dioses
    barcos que zozobran por exceso de botín
    monstruos marinos
    umbrales
    rocas
    el tramposo desvío a ismaro
    otra década más en altamar
    pérdida
    precios
    hasta el último marinero muerto
    y odiseo asido apenas a una tabla

    luego
    se ve la costa.

  • Atenea Bless America

    El otro sábado salimos los tres a caminar para disfrutar de una hermosísima tarde soleada de otoño a las puertas del invierno por venir. La incomparable bendición llegaba, además, de la mano de cierto tiempo libre: mejor era difícil. Anduvimos por las inmediaciones del lago del Parque Rodó mientras cruzábamos en un alevoso rumbo a la rambla, que lucía deslumbrante y serenísima. Montevideo tiene lo suyo, especialmente para quienes por edad o temperamento se sintonizan fácil con el canal contemplativo. Felices los habitantes de esta ciudad, sobre todo cuando Apolo pasa por alto tanto la geografía casi polar como las estaciones mismas y nos termina regalando sus rayos, tibios y dorados, en ejercicio de su siempre santísima voluntad. Por eso, por toda la rambla y el parque podíamos ver familias, parejas, caminantes solitarios que aprovechaban la tregua.
    Cerca del lago, pasamos por un estanque bastante turbio, lleno de lotos y camalotes, en cuyo borde se aprecia una estatua que representa al dios de los mares, Poseidón. 
    ‒Este Poseidón está de mucho mejor ver que aquel Neptuno flacucho de Querétaro… ‒comenté yo. G. hasta se había olvidado de aquella estatua tan famélica y sin garbo, que más que al (supuestamente) majestuoso dios de los océanos parecía representar a algún perdido soberano de los charquitos. Nos reímos. –Ahí, frente a la Embajada Americana, hay una estatua muy linda de Atenea. Buen lugar para ubicarla –dije.
    G. entonces le sacó una foto a Poseidón y seguimos en soleado periplo mitológico rumbo a la deidad de los ojos de lechuza. Astor, mientras tanto, iba pateando penales por todas partes.
    Caminamos por la rambla del Parque Rodó hasta llegar frente a la estatua de Atenea. La diosa se veía impresionante, con su porte bélico, su mirada decidida y su cuerpo fuerte, coronada la cabeza por un yelmo (cual debe ser, de acuerdo al arquetipo guerrero e inconmovible que encarna). Por detrás, la bandera de Estados Unidos flameaba al viento desde su imponente fortaleza consular; su embajada está enclavada frente a la rambla, seguramente por la previsión de tener una vía de salida (o escape) al mar. O de llegada, quién sabe: uno podría pensar que para ellos lo importante es conservar siempre la capacidad de autodeterminarse, incluso frente al gobierno del país que los aloja. 
    También es, por cierto, uno de los puntos más bellos de la ciudad, especialmente en un día soleado de otoño.
    -‒Esta estatua sí que es linda –dijo G., y empezó a sacarle fotos. Salvo de espaldas, no hay otra forma de fotografiarla que con la embajada como marco. Tampoco la perspectiva fue inocente, desde luego, pero ‒la aclaración, si no sale sobrando, entonces debería dar miedo‒ la realidad y la arquitectura y las casualidades semánticas están todas allí, a la vista, para que uno pueda hacer las composiciones que se le antoje con ellas. 

    La escultura tenía dedicatoria y el relieve de un perfil, elementos en los que nunca había reparado pues siempre había visto de lejos a esta Atenea. Por esa fuerza simbólica y arquetípica con que suele sacudirme, la mitología griega es una de mis debilidades confesas: se me hace un prodigioso hilo de Ariadna para la vida misma, incluso en sus versiones más cotidianas. No negaré que me siento más cómoda cerca de Poseidón y de Atenea que de Ie Manjá o de Confucio, quienes también posan en el mismo parque. Me acerqué para leer la información y ver quién había sido el artífice de la diosa de bronce, tan certeramente enclavada como salvaguarda del país más poderoso del mundo. Una especie de Can Cerbero de acero gélido, una soldada fiera pero impávida, una estratega certera y cerebral. Ahí recordé que en uno de los ejercicios de mi taller virtual, el de creatividad y mundo simbólico, le pido a los participantes que organicen una Manzana de la Discordia de nuestros tiempos, con diosas encarnadas en figuras públicas más o menos contemporáneas. Resulta que Condoleeza Rice ha sido ‒por lejos‒ la símil Atenea más registrada.
    Habíamos terminado con las fotos ‒además de que Astor quería jugar a la pelota, tomar un helado, ir al baño, llamar a su primo y varias cosas más al mismo tiempo‒ y ya nos aprestábamos a irnos cuando uno de los vigilantes de la embajada nos llamó desde su casilla. Sin moverse del lugar; solo agitaba la mano como para que nos acercáramos. Yo miré para atrás y no vi a nadie más; «¿es a nosotros?», le hice señas, y él asintió.
    Esas situaciones con policías, guardias, soldados, vigilantes, porteros, no sé: cualquier uniformado con cierta credencial de autoridad,  de control selectivo para franquear o negar el paso, y ni hablar de cuando complementan el outfit con algún arma, toca una fibra sensible en aquellos que llevamos una dictadura militar en el inconsciente personal y colectivo. Quizás en este país se haya terminado hace como un cuarto de siglo, pero falta que un vigilante cualquiera aposentado a las puertas de una embajada lo llame a uno, para comprobar que (al menos por unos instantes) caemos en el mismo angustioso loop del que una vez salimos, o creímos haber salido. A G. no le causó ninguna gracia; de hecho, le hizo señas al guardia para que viniera él, que era el interesado en comunicarse. Pero el tipo nos mostraba su aparato de radio y seguía gesticulando. Al final nos acercamos; Astor percibía nuestra tensión y preguntó algo, pero ni le contestamos. Yo ya podía imaginar en qué derivaría todo, pero no quería creerlo.
    ‒¿Qué pasa, oficial? ‒dijo G. con cara de pocos amigos, mirando hacia abajo desde su metro noventa. El hombre estaba sentado contestando por radio; al final dejó de hablar y nos dijo que tenía que avisarnos, antes que nada, que en un rato iban a poner un cordón policial rodeando el edificio. Que él no podía dejar su puesto, su casilla, para ir a decirnos. Pero que además ‒ahí como que se disculpó con nosotros antes de seguir‒ desde la embajada le avisaban que no podíamos tomar fotografías.
    ‒¿Qué qué? ‒dijo la rabia acicateada por el loop de las dictaduras añejas. Miramos instintivamente hacia el enorme edificio, con la clara sensación de que eran ellos en realidad los que nos estaban mirando (o incluso fotografiando) a nosotros tres, al tiempo que seguían dándole instrucciones por radio al pobre gendarme de la casilla. El edificio se veía sólido, impenetrable; ninguna fotografía hubiera revelado más que su tosco concreto, su aburridísima falta de color, su formato estándar (de seguro algún modelo prediseñado y a prueba de todo, que además posiblemente sea el mismo para todas las embajadas de Estados Unidos sobre la faz de la tierra).  Pero nosotros, esa ‒en apariencia‒ inofensiva familia paseando en una soleada tarde de sábado, bien podíamos tener vínculos con el Talibán o ser parte de una red internacional de espionaje. Muy sospechoso nuestro comportamiento. Sobre todo el niño: el niño está puesto allí para distraer, pero vaya uno a saber qué explosivo podría llegar a cargar esa pelota.
    ‒¡Si están paranoicos, por algo será! Si yo estuviera adentro del edificio, tendrían derecho a decirme que no puedo tomar fotografías‒explotó G. ‒Estamos sacando fotos de la estatua, de una obra de arte pública que está en la rambla de mi ciudad. Si no les parece, cambien la embajada de lugar… ¡o constrúyanle muros de diez metros para que nadie los pueda ver! ‒exploté yo. ‒Mamá, papá… ¿qué pasa? ‒susurró Astor, al ver que seguíamos argumentando, furiosos, una suerte de tácito Yankees, go home-o-por-lo-menos-dense-cuenta-de-que-están -en-nuestro-país.  El vigilante suspiraba y hacía la cuenta mental de cuántas horas le faltarían para regresar a su casa y tirarse frente al televisor. 
    Finalmente, nos fuimos de allí echando humo por las orejas. En el fondo, el loop activado agradecía la misericordia de que no nos hubieran requisado la cámara o tomado huellas digitales. Pero no podíamos dejar de sentir el acero gélido de los ojos de Atenea que, a medida que nos alejábamos, seguían observando desde adentro de la embajada cada uno de nuestros movimientos.  
    Otra vez en el lago del Parque Rodó, nos encontramos con todo un espectáculo montado: escenario, luces, micrófonos, gente. Era un festival por la legalización de la marihuana, lleno de jóvenes alivianados (con ex hipillos más veteranos) a quienes lo único que les interesaba era la música que vendría a continuación y pasársela lo mejor posible.
    Por supuesto que a ninguno se le dio por acercarse a la dichosa embajada, que quedó acordonada prudentemente para contener a las hordas de aquel sospechoso festival. Es que el mundo es un lugar muy peligroso, lleno de enemigos que te atacan porque sí. Por eso la embajada de Estados Unidos en Montevideo tiene los hierros de Atenea como emblema: ¿quién podría meterse con semejante diosa?  En cambio, los jóvenes de la música, la fumata y el loveandpeace del festival, esos parecían preferir nadar en las aguas de la creatividad y el inconsciente de Poseidón. Aguas que también pueden volverse las de la ira, cuando se pasan de la raya con él.  
  • La cólera de Aquiles, la ira de Poseidón

    He estado involucrada últimamente con el retorno a Ítaca de La odisea. Bueno: sería justo, entonces, revisar lo que ocurrió justo antes de ese punto. Hace una semana fui a ver Homero, Ilíada, basada en una versión de Alessandro Baricco sobre el clásico homérico, con dirección de Jorge Curi (Teatro Victoria). Y lo que ocurre justo antes del trabajoso retorno de Ulises a Ítaca es una guerra, una verdadera carnicería, un sitio a una ciudad amurallada que duró diez años, un conflicto en el que ambas partes tenían la razón. Es decir, una tragedia.

    Es todo un tema el estancamiento. Y las cosas parecían detenidas en la interminable Guerra de Troya, y aún más estancadas cuando el mejor de los guerreros griegos, Aquiles, enfurece sintiéndose estafado por Agamenón y se retira de la contienda. A eso se refieren con “la cólera de Aquiles”; hay que acercarse a este personaje e intentar entender su carácter iracundo, sus rabias ofendidas, sus airados castigos, porque si no La Ilíada entera pierde sentido. Aquiles es uno de sus latidos más claros; su cólera, la sangre que el corazón bombea. Y mucho más terrible que la furia que lo impulsa a alejarse, es la que luego lo devuelve a la batalla, cuando Héctor mata a su amadísimo amigo Patroclo. Al parecer, los tres gritos de Aquiles frente al cadáver le helaron la sangre hasta el último de los troyanos, peor que si hubieran provenido de la garganta de los dioses.

    Sin embargo, hasta la cólera de Aquiles puede llegar a tambalear en un momento de compasión -por más semidiós que fuera, tenía un talón humano-, y es cuando el rey Príamo se presenta en su tienda, clandestino, arriesgando su vida, para suplicarle que le entregue el cadáver de Héctor. Esta escena siempre me estrujó particularmente, lo que llega a hacer el rey para recuperar el cadáver de su hijo: besar las manos del que le dio muerte, humillarse arrodillado frente a él. Tan fuerte es la necesidad del cuerpo muerto, desaparecido de lo cotidiano, tan necesario es poder enterrar el cadáver de un ser querido. Hacer el duelo de verdad. Habría que tomar nota en estos países antes de juzgar el dolor ajeno. Lo más hermoso es que terminan comiendo y bebiendo juntos; luego Príamo le pide un lecho para dormir, allí, en la tienda de su enemigo que bien podría degollarlo. Pero haber logrado su comprensión le da paz y duerme, duerme luego de tantas noches de insomnio. Aquiles lo acoge, tocado en su corazón por aquel amor de padre, por ese rey ya anciano que inclina su cabeza frente al destino. Llega, incluso, a llorar junto a Príamo. Pero, claro, orgulloso como era, igual no se priva de lanzar uno de sus siempre enconados desafíos: “Ahora no me irrites, viejo. Te devolveré a tu hijo, porque si has llegado vivo hasta aquí quiere decir que ha sido un dios el que te ha guiado, y yo no quiero molestar a los dioses. Pero no me irrites, porque soy capaz hasta de desobedecer a los dioses.”

    Algo interesante en esta Ilíada -al menos tres veces el texto lo enfatiza en boca de los propios protagonistas, no de un narrador- es que lo que se está viviendo será contado y sabido por las generaciones venideras. Tenían conciencia de la dimensión épica, mitológica de sus vidas en tanto modelo, en tanto historia con potencial de comunicarse con otros seres humanos; incluso cuando sus vidas, finitas y limitadas, hubieran concluido. Más aún en el contexto de una guerra: parece razonable pensar que uno no saldrá vivo de ella, luego de diez años de empecinamiento vengativo de los griegos y diez de estar sitiados de los troyanos. Esa declaración de trascendencia, al futuro, cobró inusitada fuerza porque el teatro estaba lleno con al menos 150 liceales. Que estuvieron la hora y media en silencio total, atendiendo; aplaudieron mucho y se quedaron afuera conversando. Me hubiera encantado hacerme invisible como Sue Storm (mi sueño desde niña), y escuchar divertida, sin privarme, sus conversaciones; sin alterarlas con mi presencia cerca. Mientras hacía tiempo abriendo el paraguas, alcancé a escuchar a un grupito de varones que comentaban la obra, muy conformes, aunque uno de ellos se quejaba de que lo único que no había entendido era qué carajos representaba una especie de armatoste, de grúa, que desciende sobre los troyanos muertos mientras el aedo se niega a seguir contando los horrores del desenlace; las luces se apagan y la obra termina.

    Tendría que cantar sobre aquella noche, pero tan sólo soy un aedo; que lo hagan las Musas, si son capaces de ello, porque sobre una noche de dolor como aquella yo no voy a cantar. 

    La verdad es que ni se me había pasado por la mente preguntarme por el significado de dicho armatoste descendiendo: simplemente viví el efecto que me produjo, sumado a las palabras, a la oscuridad creciente, y me conformó. Pero recordé entonces que, cuando tenía 13, 14, 15 años, solía hacer exactamente lo mismo: buscar equivalencias simbólicas inamovibles, como un alfabeto secreto que por cada carácter en un idioma me diera otro a cambio, a fin de permitirme develar el enigma, el mensaje cifrado. Las cosas, por supuesto, no funcionan así: son polisémicas. Me enloquecía tratando de captar el significado profundo, el simbolismo, de cada escena, de cada personaje de Tommy, la ópera rock. Empecé a verla a los 12 años, y la seguí viendo cada año o máximo cada par de años por mucho tiempo -aunque ahora nos cueste recordarlo, aquel era un mundo en el que no existía el video o DVD, y uno debía esperar pacientemente a que volvieran a dar la película en el cine por capricho del programador de los ciclos, o de lo contrario verla sucesivamente mientras estaba en cartel-; había encontrado paralelismos con la historia de Jesucristo -muchos-, pero chocolate y frijoles saliendo a litros por la pantalla de un televisor sobre una habitación decorada de blanco -por ejemplo- era difícil de ubicar en mis equivalencias. Uno es muy intelectual cuando adolescente, quiere controlarlo todo. No me importa cuántas grúas o pozos petroleros bajen acompañando el apagado de las luces: si funciona desde lo estético, lo emocional, me lo quedo. Pero tratando de identificarme con el joven espectador -que al parecer había entendido sin problemas cómo es posible que dos naciones se maten durante una década por una adúltera y un niño malcriado, que peleen usando espadas y lanzas, y que no existan celulares ni Internet-, puedo lanzar la atrevida teoría de que ese movimiento de la grúa, o lo que aquello fuera, hacia los personajes, alude a una epifanía, al descenso de la divinidad sobre el escenario de la tragedia humana (algo que era un recurso habitual para resolver los destinos). Deus ex machina. Y “máquina” es lo que vimos descender, finalizada esta representación de una obra del siglo VIII AC en la que los dioses fueron excluidos a propósito. Ellos siempre consiguen colarse.

    En realidad, eso fue cosa de la puesta teatral; el texto literario no menciona nada de grúas, máquinas o dioses. Lo que sí nombra varias veces es al destino como causa detrás del resultado de las acciones humanas: el hombre elige y actúa en consecuencia, y debe hacerlo en paz, pues si su destino es lograr un resultado o lograr otro, ese lo será de todos modos. Aunque los dioses sean mudos e invisibles, de todos modos hay una certeza de su accionar por detrás. Uno simplemente los ayuda a expresarse decidiendo, pero dicha elección está en consonancia con una armonía que nos es imposible entender. No es determinismo; tampoco es libertad ilimitada, posibilidad irrestricta. Los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué motivo. Eso no quiere decir, desde luego, que no sea posible navegar hacia otro rumbo, o bajarse del barco y caminar, o esperar los vientos que favorezcan nuestras elecciones. Sólo quiere decir que los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué.

    Me cuesta el teatro porque -sé que es una pedantería de mi parte- el physique du role nunca me convence del todo: una Helena de Troya cuarentona, de baja estatura, con pancita y voz áspera, jamás me va a hacer quedar con la boca abierta contemplando la infinita belleza arquetípica de aquella excusa por la que los hombres son capaces de desplegar sus más sórdidos tableros; un Aquiles que bien podría ser el muchacho del kiosko no me impone el intimidado respeto que tendría que venir junto con la mención de su nombre (no digamos la aparición de su estampa); un Patroclo pelado nunca irá a sugerirme el amor casi homosexual de Aquiles por él, capaz de hacerle vencer su orgullo y despertar su segunda cólera, la más despiadada de las dos. Para la venganza, la guerra, las pasiones, necesitamos belleza. Belleza física, digo. El cine nos la da, cuando es necesario en el argumento; nos da la edad, la complexión, la raza adecuada. El teatro exige demasiado; al menos yo jamás puedo sustraerme del todo al marco mismo del escenario que rodea “la realidad”, a esa frontera visible de contacto con este mundo, como tampoco puedo dejar de oír los zapateos en el piso de madera ni de molestarme cuando el personaje gira y no escucho tan bien su voz. Es como hacer el amor pensando en que dejamos un guiso en el fuego y el agua podría consumirse. Yo soy una mujer de cine, qué le voy a hacer.

    Pero salvo por estos detalles inevitables del casting en el teatro uruguayo, la puesta está muy buena, con un escenario que no es tal -usa una zona central de la platea-, escenografía mínima, vestuario evocador, interesantes contrapuntos, y una muy sugestiva ambientación sonora. Vale la pena conseguir el texto según Alessandro Baricco; yo aproveché el descuento de la librería La Lupa y me lo regalé: Homero, Ilíada, amarillo de Editorial Anagrama. Una obra que nos llevaría unas cuarenta horas, de ser leída en voz alta, aquí va a la esencia y logra momentos conmovedores. No será La Ilíada de Homero, pero ¿qué importa? No hay que rendir examen alguno, salvo que seamos liceales, de esos que había a montones: que se las arreglen ellos.

    Es todo un tema el estancamiento, y también es todo un tema la guerra. Y más en obras como ésta, en las que el escritor original es tan maestro que, en el fondo, no logramos ponernos de ninguno de los dos lados. Quizás mi naturaleza me llevaría siempre a los troyanos, aunque me enoje conmigo misma porque de antemano conozco el final (siempre con los heridos, los vencidos, los losers, pero bueno, de ahí parten asimismo mis virtudes, si las tengo). Sin embargo, en La Ilíada uno puede ver claramente las razones de ambas partes; es casi imposible tomar partido por uno, si eso conlleva la destrucción del otro (es lo que me tocará pronto, salvando las distancias, en el desgraciado partido de fútbol en que Uruguay deberá medirse contra México). Malditos griegos, malditos troyanos. Lo que queda bien claro es que, en el momento en que se cuenta La Ilíada, ninguno de los dos bandos puede más. Desearían que el horror se precipitara cuanto antes, con tal de no seguir en esa angustiosa espera, con las vidas suspendidas.

    La cólera de Aquiles también es todo un tema. La cólera que lo lleva a alejarse de la guerra -…mientras ésta va creciendo en su atormentado interior…-, y luego la cólera que lo lleva a arrastrar por doce días el cadáver de Héctor, enganchado de los tobillos a su carruaje, denigrándolo frente a sus conciudadanos y familiares frente a las murallas de Troya. Una nube de polvo y sangre, más la imposibilidad de recibir digno entierro, lo que en aquel mundo equivalía a vagar para siempre en las inhóspitas orillas del Aqueronte y no poder descansar como corresponde: en el mundo de los muertos. Pero Aquiles era implacable en su rabia, en su afán de destruir a quien le había hecho daño. Creo que sólo otro personaje lleva tan lejos su cólera y su venganza de corazón herido, y es Medea, que prefiere matar a sus propios hijos para así herir de muerte a Jasón.

    O Poseidón, que con su ira consiguió desviar a Ulises diez años más -es decir, sumados a la propia Guerra de Troya- de su ansiado retorno a Ítaca. Lo que hubiera sido una afable navegación de quince días se convirtió en una peligrosísima década en alta mar, acosado tanto por maremotos y naufragios como por vientos que se negaban a soplar. Es difícil y arriesgado navegar en semejantes aguas, pero de todas formas al final Ulises logró llegar. Quizás más templado, más pulidos sus defectos natos, y ciertamente conectado con los aspectos “femeninos” gracias a diosas, magas y ninfas. No retornó a Ítaca aquel astuto y calculador guerrero que la dejara veinte años atrás: el viaje lo hizo mejor, mucho mejor.

    Ni la ira de Poseidón ni la cólera de Aquiles -dejemos a Medea de lado, por destructora imbatible- lograron cambiar el curso del destino. O probablemente esas emociones sean colores del destino mismo, parte importante de su paleta de pintor malévolo.

    Sí, es todo un tema la guerra.


    Apostillas a las casualidades del malévolo pintor:

    Este texto para el blog fue escrito inmediatamente de vista la obra. Había apuntado más o menos las palabras de cierre, que aquí cito textuales ya con el libro de Baricco en la mano. Pero resulta que, al buscarlas, descubrí que en la versión literaria el asunto continúa hasta el final de la página; me dejó dura, porque sin haberlo planeado redondea, como serpiente que se muerde la cola, el comienzo de este post. Luego de terminar el aedo su relato, el rey Alcínoo repara en que hay un hombre que llora entre el público; lo llama, le pregunta por qué le hace sufrir escuchar aquella historia y quiere saber quién es. El hombre baja la mirada y le dice en voz queda:

    “Yo soy Ulises. Vengo de Ítaca y allí, algún día, regresaré.”