Etiqueta: prudencia

  • (Chinese) New Year´s Eve

    Dragón misterioso, sabio, irreal, animal de mitos, peligroso, profundo, milenario, híbrido, intenso, feo, intimidante, con un alma dulce disfrazada de hierro, tímido volador, pinchudo, hondo, ígneo, noble como un caballo, amoroso, terrible, erótico, calmo, viejo, entrañable. Ganas de acariciarte las alas y que al fin me sangren las manos ingenuísimas contra el borde de tus escamas, contra tu necia coraza, tu filosa fortaleza. Dragón de corazón defensivo, tenaz, ardiente pero asustado por el salón de los espejos, los bailes y los príncipes rubios. Lo peor es que la princesa huiría contigo, si supieras: le bastaría con abrazarse a tu espalda infinita mientras vuelas y acariciarte el lomo, le bastaría con abrasarse. 


    Dragón de espinas necesarias, de garganta volcánica, de secretos en leña. Tu madre fue una dragona de piedra y te sentiste solo. Tu padre no estaba: quería conquistar un reino. Dragón de todas las respuestas, o de las únicas que importan: de los misterios infinitos. Ahora serás rey; tú, no ya tu padre. Ahora saldrás de la herencia de piedra y podrás descubrir tu verdadera piel; tú, no ya tu madre. Te veo venir por el camino, armado de tanques y de trampas camuflaje; tan verde como una selva negada, cauto, duro, pero con el oculto y vergonzoso anhelo de ser domesticado al fin. Dragón, seme propicio, que yo te adoptaré; acariciaré tu negro hocico sin temor a que me muerdas o me quemes la mano. Aunque a veces me quemes, sí, aunque a veces me quemes. ¿Y qué podría importarme? Te adoptaré para que seas mi dueño, porque se sabe que un dragón jamás podría ser una mascota. Por eso, habrá que mantener las apariencias: te guardo en mi corral, te ato en mi cordón, pero sé que la que te espera ansiosa y fiel soy yo. Porque tú has vivido muchos más siglos que nadie, porque tú tienes el poder de contestar mis preguntas hambrientas. Incluso las que aún no he formulado: únicamente un dragón podría forjar las llaves para que se abran y florezcan mis preguntas. Dragón, me convienes. 


    Y me das tanta sed que no puedo dormir. Es natural: tengo calor con un dragón al lado que lo ocupa todo, que me hace dormir en el borde de la cama. Los dragones guardan el fuego dentro de sí, lo contienen pero se les escapa contra su voluntad. Salvo cuando están furiosos; entonces lo escupen, arrasan, se hacen notar. Dragón, no te enojes en tu año o temblaré. En el fondo, son solo bichos tiernos que quisieran restregarse contra uno como los gatitos, pero nomás no pueden. Por eso no me importa herirme la mano contra tu piel de esmeralda, si he de hacerlo: la escama lo lleva a uno directo al alma. Dragón, seme propicio, te repito. Me inclino a tus pies para que tengas la posibilidad de enterrarme las garras en el cuello, incinerarme desde tus narinas de carbón o decirme una sabia verdad que luego me lacere. Ah, mi dragón del almanaque, noche de murciélagos en vuelo de cortejo.

    Siempre trae suerte y felicidad (… pero tendremos también terremotos e inundaciones…)

    China da la bienvenida al Año del Dragón
    Dragones según Wikipedia
    Cómo entrenar a tu dragón

  • Cuidado: pintura fresca/ algunos textos escritos anoche frente a los cuadros de Rodrigo Fló

    I.

    Traición atemoriza. Un campo de manzanilla, de vientos casi niños, y mansos caballitos y campanas. Noches con osos de peluche y estrellitas fosforescentes pegadas a la pared, y el Ángel de la Guarda colgado en la medalla. Pero de todos modos la oscuridad logra avanzar, hacerse carne, volverse tumor acaso, globo tóxico azul, enfermizo exorcismo casi anciano. Humedad corrosiva, canilla que gotea sin pausa cada noche con la sola intención de terminar de sacarme el sueño. Traición atemoriza. La cara inocente, la bella pastora de delantales y regazo de anís, de dulces galletas de canela, deja que me le acerque, cándida y bobita, confiada, maternal en tanto niña, para -una vez con su mano entre mi pelo, una vez con sus caricias soleadas de casi siesta infantil- atestarme el golpe de gracia, el sonido metálico de sus dientes en mi vientre, el desgarro de tripas, mi incrédula mirada de lobizón maltrecho. Traición atemoriza. Parece que todo fuera calma, que el cielo contuviera las lágrimas por mí, que la luna guardara sus ases bajo la manga por amor a mi juego. Pero es mentira: en cuanto me dé la vuelta, ese mismo cielo compasivo que caminaba en equilibrio, esa luna galante del fair play, esa calma que me hizo pensar en chimeneas y leñas, en sopa caliente, en música de grillos, todos se volverán mancha de tinta, sin aviso, todos ira febril, envejecida streaper de los cielos. Sí, se volverán olas furiosas reventando contra un murallón de piedra que apenas las contenga. Y la traición allí, agazapada. Y la traición allí creciendo firme y en silencio, como una yerba mala.

    *

    II.

    De feroz no tengo nada. Lástima. Esa corrección tonos pastel, esa nubosidad variable con tormentas violentas pero que llueven solo en el patio de la casa, mientras que afuera saco paraguas de colores y botitas de lluvia muy a tono para saltar baldosas flojas y hacer como si me asustara de los charcos. Sí, ¿quién puede ser feroz si amordaza sus noches, si las domestica hasta sacarles el brío, las ganas de correr sin hora de retorno por los campos, de galopar libre, sin alarmas ni timbres ni relojes ni despertadores ni timers? Ni siquiera -y tan solo- un reloj de sol, uno de arena; es más, sin un calendario, digo; sin un ábaco ni una agenda o documento cualquiera de identificación civil. Libre de no guardar unidad, de no sostener ni la intención de cierta coherencia personal. De tejer y deshacer, de provocar y después no hacerse cargo, de causar y mirar impávido el destrozo, de seducir y abandonar. De hacer sangrar, en suma. Libre de culpas, libre de rumbo como un taxi libre. Lástima.

    Feroz, feroz, feroz: no tengo nada. Salvo en las noches de luna llena, esas enormes lunas naranja con las que a veces me confundo. Que salen, si acaso, una vez cada diez años. Qué bello mi espíritu, tan plumas de ángel que me peino, tan ojos celestes y tan sacrificado. Como una estampita de Primera Comunión, con ribetes dorados y mi nombre, en cursivas, coronándolo todo. Dicen que he sido canonizada, albricias. Porque por el camino dejé toda pasión molesta, toda aspiración mundana, toda competencia cuerpo a cuerpo. Toda mirada desafiante, todo improperio de colores oscuros: eso lo voy barriendo, discreta, bajo la mancha roja, el desecho menstrual, el vergonzoso algodón de nuestras madres y abuelas. Yo no. Lástima. Hubiera querido ser la santa de tez de porcelana, la inmolada, la que jamás se desdice de sí ni de la apastelada armonía de su dormitorio (imaginario). Y ahora parece que la textura, que los chorretes blancos, que los desniveles y pequeños volúmenes de pintura sobre la tela, parece como si quisieran despertarme, recorrerme el cuerpo y el alma como en una despedida de amantes. Qué bien me harían, en este caso, aquellas alarmas y timbres y relojes y despertadores de los que quise escapar antes. Te estás muriendo, como todos, podrían acaso decirme. Pero el celeste apenas gris, el rosa casi pálido, el tenue amarillito, ninguno quiere comprender lo que en verdad me están diciendo. Te estás muriendo, repiten. Entonces sé que ese es el precio: que el espacio en blanco, el níveo nirvana, el cielo ganado, el qué buena era no me dejarán volver a ser feroz. Y mucho menos me dejarán ser tierna.

    No, no, de feroz no tengo nada. Qué lástima, qué maldita, perra lástima.

    *

    III.

    Me pesa la  prudencia, por más que hoy llueva y la encuentre hermosa. Letra chiquita, no vaya a ser. Hay algo en este cuadro que me hace sospechar, y sin embargo es (de todos) el que mejor me comprende.

    Sobre el artista: