
… al menos eso creo, porque es foto de rollo y una vez que uno se desprende del original no es fácil -aunque no imposible- que haya otra copia circulando. Hubo un tiempo hace no tanto tiempo -diez años, digamos- en que uno sacaba fotos con cámaras analógicas y las mandaba a revelar; obtenía, así, una serie de impresiones en papel y unos misteriosos negativos que guardaba bien, convencido de que ahí estaba el verdadero tesoro, la matriz de cada una de las fotos. Pero en la práctica, las cosas no eran así realmente: si uno regalaba la foto original, confiado en que igual tenía el preciado negativo, la verdad es que se quedaba sin ella. Pues rara vez se tenía la disciplina de mandarla a hacer nuevamente y mucho menos de rotular dichos negativos, por lo que al cabo de un tiempo todo eso era territorio propio de investigadores universitarios detrás de pistas sobre los usos y costumbres de las épocas históricas (ya bastante gracioso es verme a mí misma contándolo, como si fuera un relato de abuelitas: lo dejo aquí, que conste, para Astor). Encontrar el negativo que andábamos buscando para reimpresión era todo un desafío; que no hubiera agarrado humedad, hongos u otros males, otro.
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A que ésta no la tiene nadie…
Por eso, la foto que a uno le entregaban con el revelado solía ser la única, salvo gente muy organizada que se mandara a hacer varias copias para regalar a los amigos. Y aún así, casi rayando en la candidez documental, uno entregaba sus fotos, incluso aquellas fotos realmente irremplazables, es decir, las de niñez y bella juventud (las fotos de otras edades también son irremplazables como testimonio corporal y facial de uno mismo, desde luego, pero -seamos francos-… ¿quién quiere tenerlas documentadas?).Esta me la regaló el Darno cuando me fui a México. Viene dedicada con delirantes comentarios al dorso y su clásica letra manuscrita, pero eso es aparte: la foto en sí me gusta, además de que él valoraba que también apareciera su guitarra. Y un cuadro de Alinda Nuñez, nuestra amiga.No tiene caso quedarme las cosas sólo para mi. Sería injusto. Lo mismo con toda la experiencia docente y de escritor que me trasmitió Levrero. Pero todo lleva tiempo, claro, hasta compartir lo que no queremos que desaparezca con uno.Marco del asunto: anoche soñé que le hacían un homenaje a Darnauchans en Buenos Aires y yo viajaba especialmente para asistir, pero luego me distraía en mil cosas y nunca llegaba a las actividades. No obstante, llegaba a escuchar varios comentarios del tipo: “A este bar venía el famoso Darno…” y alzaba mis ojos al cielo, como diciendo: “¡Otra vez, esperaron a que estuviera muerto para reconocerlo!”. Claro, me refiero a Levrero, pero al Darno también le llegará. Hoy escuchaba Las quemas; es increíble esa voz tan maravillosa, tan envolvente y profunda (si bien todavía no había llegado a los vuelos interpretativos y de composición de los dos siguientes discos). Debo tener un sentido muy siglo XII del amor cortés, los caballeros y todo esa parafernalia medieval, pero escucho la voz y me doy cuenta de que encarna mi idea de lo masculino mismo. Un espíritu firme pero dulce, sensual pero místico, capaz de cambiar lo externo pero sustentado por lo interno, aunque no al modo consciente e incisivo de lo femenino. Y en la nueva versión del disco -supe tener los de pasta, pero los vendí cuando me fui a México: gravísimo error- hay varias canciones más incluidas, creo que de Raras & casuales.Lo del homenaje debe tener que ver con que el 7 de marzo ya serán dos años de su muerte y varios allegados están urdiendo cómo conmemorarlo. Al parecer, hay un miserable pedacito de Ciudad Vieja, en Piedras y Maciel, que han dado en llamar por ahí “Placita el Darno”, con graffitis alusivos a la tristeza y la desolación. Quizás un breve encuentro allí en su memoria, sencillo, con algunas actuaciones. Creo que lo lindo es que no se trata de un espacio oficial, decretado en un papel y con una chapa adosada a la pared: alguien que sabe dice que a él le daba urticaria sólo de pensarlo: “Plaza Darnauchans”, “Sala Zitarrosa”, “Plaza Mateo” (¡y en el estado que está! Lo malo de los simbolismos es que simbolizan). Pero creo que esto es otra cosa. Y, en todo caso, aunque me pese por Eduardo el hombre, para mí hay cosas que ya no le pertenecen a su identidad individual: aunque tenga algo de arrebato, Darno, el trovador es nuestro. -
¿Para qué gastarse en escribir lo que uno siente, si hay quienes lo hacen mucho mejor?
I.
“Soy un hombre enfermo. Soy un hombre malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que tengo mal el hígado. Pero no sé nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con seguridad dónde me duele”.
(…)“Sí, tengo cuarenta años. Cuarenta años son toda la vida, son…ya una vejez. Vivir más de cuarenta años es una desgracia, es algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir los cuarenta años? Respondan sincera, honradamente. Yo se los digo: los imbéciles y los malvados. Sí, esos son los que viven más de cuarenta años (…) Tengo derecho a hablar así porque sé que yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, ochenta años!… ¡Esperad, dejadme recobrar el aire!”
***“Hoy todavía no sabemos dónde se oculta la vida, qué sitio es ese ni cómo se llama. Si nos abandonan, si nos sacan los libros, nos veremos inmediatamente perdidos, todo lo confundiremos, no sabremos adónde ir ni cómo, ignoraremos qué se debe amar y qué se debe odiar, qué debe respetarse y qué no merece sino desprecio. Hasta nos molesta ser hombres, hombres de carne y hueso; eso nos da vergüenza, lo consideramos una falta y soñamos con llegar a convertirnos en una especie de seres abstractos y universales. EStamos muertos desde el momento mismo en que nacemos. Además, ya hace mucho tiempo que no nacemos de padres vivos, lo que nos llena de orgullo. Pronto descubriremos el modo de nacer directamente de las ideas.”
Respectivamente, comienzo y fin de Memorias del subsuelo, de Fedor Dostoievski… ¡y qué subsuelo! Bien propio de un escorpiano, como el buen Fedor y esta servidora. Además de la genialidad obsesiva y pesimista de su impresionante narrativa (propia para gente angustiada luego de un fin de semana doloroso), además del chispazo genial de visualizar el peligro de internet y los medios de comunicación interpersonales que cada vez nos implican menos corporeidad y más mente, me encanta poder sacarme algunos años en esa confusión identificatoria con el escritor. Porque, finalmente, luego de los cuarenta -¡e incluso de los treinta, si somos sinceros!- más o menos es todo lo mismo: cuatro o cinco añitos no hacen nada al golpazo de tener cuarenta, si se me permite un poco de cinismo, pero sólo por hoy… 🙂