Etiqueta: taller de Levrero 1996

  • Plagiando a Lawrence Durrell

    Plagiando a Lawrence Durrell

    Este es un ejercicio que hice en 1996, el año que fui al taller de Levrero. Se trataba de intentar escribir cercano al estilo de un escritor que admiráramos mucho como tal, aunque no tenía por qué extenderse al contenido. No sé si lo logré, pero me gustó hacerlo. Luego Levrero publicó un fragmento de esto en la revista Posdata; creo que a partir del segundo párrafo, porque le quería sacar un poco, precisamente, el tufo a Durrell. 


    Cuando escribía, en mi interior veía el pueblo de Tepoztlán, aunque deliberadamente trataba de camuflarlo hacia el Oriente. José Manuel era José Manuel de Rivas, cuyo destino no quedó ligado para siempre al Asturian Express sino al metro de la Ciudad de México. La niña solitaria sentada en un banquito seguramente era yo. Quién puede saberlo. 



    Resurrecciones de archivo. 





    Fragmento de Nuestro paso por la Ciudad de Luna (hipotética novela ficticia)

    La niña y yo llegamos hambrientas al mercado del pueblo, a la
    Ciudad de Luna que tan bien conocíamos. Calladas y sombrías, con  la noticia del descarrilamiento del Asturian
    Express revoloteando aún sobre nuestras cabezas, el cansancio nos atacaba el
    alma con su pico lastimoso; a la niña todavía le quedaban fuerzas para cantar
    la canción de San Patricio, aunque en adelante todo conjuro fuera  inútil para
    nosotras. De verme caminando por allí, Livia seguramente me lo hubiera
    reprochado. En lo que finalmente se convertía el regreso a un lugar infeliz,
    eso ella lo conocía  mejor que nadie ( “Tiempo, tiempo”, decía Livia en uno
    de sus  diarios personales, “a causa tuya supe lo que era  la vergüenza; nunca he llegado a
    entender tus simples señales, diáfanas y
    suplicantes).
    Años atrás, ante la noticia de mi ansiado viaje a América, mi
    tutora me lo advirtió sin miramientos: “Querida mía: el día en que vuelvas
    sobre tus propios pasos, será porque estarás 
    caminando en la calzada de los muertos. A paso lento, solemne; tú misma
    en tu cortejo fúnebre. ¿Por qué otro motivo volvería alguien a un pueblucho
    como este? Solo a buscar la muerte, muchacha; no lo olvides”. Ahora Livia no
    estaría para festejar su acierto, pero sus palabras volvían a resonarme en los
    tacones al tiempo que avanzabamos sobre
    el empedrado. Sin quererlo así, la niña y yo habíamos tenido que regresar a esa
    ciudad que detestábamos, a la ciudad de los ladrones y los espíritus nocturnos.
    En lo alto del cielo, el mismo sol de años atrás -el mismo que rajaba las  ambiciones más porfiadas- parecía burlarse de
    nosotras en esos momentos de bautismo, de polvareda reseca en los  ojos lastimados. La niña llevaba su muñeca
    marroquí, regalo de la abuela paterna; yo tropezaba a cada paso cargando con
    una valija incómoda y pesada, llena de libros y antigüedades familiares.
    Subíamos esforzadamente por la mitad de la avenida principal, sudando en el
    agobio de un verano eterno y cansador.

    Me detuve a recuperar el aliento; la niña, que avanzaba bastante más rápido que yo, volvió a mi lado
    corriendo. Ninguna de las dos había pronunciado una palabra  desde que bajáramos en  la vieja Estación Ciudad de Luna. Sobre una
    de las aceras de la callecita lateral, un pordiosero barbudo anunciaba a
    grandes voces -catástrofe de la pobreza, el púlpito improvisado sobre un cajón
    de verduras- el inminente fin del mundo. Me hubiera acercado a escucharlo, a
    dejarme envolver por las imágenes oscuras de sus inmensos maremotos. Tifones anaranjados  de fuego y de pecado, de absolución rogada.
    Miré hacia la otra esquina; había un hombre rubio bastante joven cortejando a
    una muchachita india de blancos dientes que se reía todo el tiempo. Ambos
    parecían fingir cierta torpeza, enmascararse bajo dudosos indicios de pureza primeriza a fin de alentar
    al otro en sus pasiones. Una inocencia repentina, un falso retorno al paraíso
    del primer hombre y la primera mujer. “¡Fidelidad,
    fidelidad!”,
    hubiese  rezongado José
    Manuel, “¿qué invento es ese, que no
    explica la fiebre del jugador ni sus continuas recaídas?”.
    Pero
    irónicamente, la voz de José Manuel había quedado ligada  para siempre con el frío metal de las vías
    del Asturian Express, como las piernas entrelazadas de dos amantes que yacen
    juntos hasta lograr  la muerte. La niña
    tiró de mi manga para que le diera la mano; teníamos que pasar frente a un
    grupo de gitanas que se habían instalado en la entrada del mercado, riendo y
    molestando a la gente, permanente bullicio de cuervos huidizos. Siempre me
    pregunté por qué la niña temía que los gitanos la raptaran; acaso sospechara
    que entre ellos se murmuraban palabras mágicas, irrespetuosas de su confortable
    ignorancia del pasado y el futuro; palabras mágicas que podrían aclararle
    pavorosamente su origen misterioso, su astuto destino de pequeña abandonada.
    “¡Eh, tú, la pelirroja!”, me gritó una gitana vieja llena de collares de oro.
    “Vas a vivir muchos años todavía. 
    Aunque  parece que estás un poco
    amargada, chiquitita, un poco decepcionada de la vida. Muchos muertos, puedo
    verlo, muchos amores muertos”. Yo me 
    sonreí sin dejar de mirar el piso y seguimos caminando. La niña
    entretanto me apretaba la mano con todas sus fuerzas.



    La Ciudad de Luna parecía enredar sus callejuelas sobre sí misma,
    como hace el laberinto de los intestinos y el laberinto del oído. Llegar hasta
    la iglesia, al corazón de la ciudad, hubiera sido de una insensatez violenta.
    Multitudes abigarradas y danzantes se concentraban en el centro del mercado
    vendiendo pastelitos de curry, panes de centeno, canjeando pipas pintadas de
    colores, haciendo trucos de circo para engañar al caminante. Yo sabía todo eso;
    conocía ese pueblo como las gitanas conocen las líneas de la mano; también
    sabía dónde se alojaban sus peligros. Pero eso no frenaba mi necesidad urgente
    de llegar  hasta aquel  templo. No sabía por qué de improviso
    sentía  un  arrebatador deseo de rezar, en particular por
    el alma de Livia. Entré con la niña a la primera posada que apareció al doblar
    la plaza, y allí solté la valija en medio de la recepción, harta de tanto peso
    viejo. En aquel sitio todo olía a sudores del desierto, a frutas entrando en
    el  instante sagrado de la
    descomposición. Me dí cuenta entonces de 
    que, más que firmar el libro de huéspedes -manchado por la humedad de
    tantos años sin visitantes-, más que acostarme a dormir como revancha patética
    por  las noches pasadas, más que cuidar a
    la niña incluso, lo único que yo podría hacer en aquel momento era atender esa  
    llamada oscura y gutural que provenía de la iglesia. Senté a la niña en
    un banquito descolorido. “No te muevas de aquí”, le dije seria. “Vas a tener
    que cuidar la valija mientras que yo no esté”. La niña asintió con mirada de
    pánico; yo no quise compadecerme más de sus enormes ojos marrones. Salí
    corriendo rumbo a  la plaza y me interné,
    rabiosa, en el temido laberinto.



  • Streapers Anónimos

    Levrero -su fantasma- estaba molesto conmigo porque yo me negaba una y otra vez a concurrir a su taller.

    Era un taller de escritura, claro, pero a primera vista daba toda la impresión de ser un taller de pintura. Allí uno debía posar desnudo para que los demás lo usaran de modelo, pero además debía concurrir desnudo a pintar. Ambas desnudeces casi en simultáneo.

    Yo le decía que me era sencillamente imposible, que no podía desvestirme frente a todo un grupo de personas ni sentirme cómoda pintando así. Por otro lado, no era que reprobara la propuesta creativa en sí: me parecía perfecta, pero no podía evitar resistirme. Sentía que no podía, que no iba conmigo.

    Él entonces se molestaba más todavía. Me recriminaba duramente. Decía que yo nunca iba a poder escribir en serio si no pasaba por el desafío de concurrir a dicho taller en particular. Para mi desgracia, todo eso me hacía sentido: sabía que Levrero tenía razón con su vaticinio. Me parecía, además, que yo tenía todavía mucho que aprender del dibujo “técnico”, de la disciplina y concentración, y que intentar la mímesis gráfica a partir del modelaje de cuerpos me lo permitiría. Pero yo no quería prestarme ni tener que pintar sin ropa, como todos los demás.

    Parece que en ese taller posaban alternando gente muy distinta entre sí, de toda edad y forma, hombres y mujeres. Daban la impresión de estar más allá del hecho de estar desnudos y ser vistos por los demás, quizás por estar focalizados en las actividades creativas mismas.Yo reconocía que era una tranca personal mía.


    -Hola… soy Gabriela y hace 48 años que no me desnudo…
    -¡¡¡HOLA, GABRIELA!!!


    Aclaraciones del editor: 


    • Para potenciales integrantes 2012, no deberá entenderse (para bien o para mal) que los talleres de motivación literaria de Gabriela Onetto se parecen en lo más mínimo a los aquí descritos. 
    • Es más, tampoco debería entenderse que los talleres de Levrero se parecían en lo más mínimo a los aquí descritos. Para empezar porque se trata de un sueño del que Levrero, pobre, no tiene la culpa. 
    • En realidad, lo que jamás debería entenderse es que esto tiene algo que ver con la desnudez física: lo que el sueño quiere expresar es tan claro -diríamos que como un libro abierto- que cualquier juego con esa metáfora corría el riesgo de resultar demasiado obvia. Lo que pasa es que, cuando de streapers se trata, nunca está de más aclarar. 


  • Cuando uno no escribe, tiene que buscar viejos divertimentos…


    TARDE DE TE

    Dos mujeres hablaban de lo lindo alrededor de una mesa bien servida con masitas y una humeante tetera de Earl Grey. La de más edad observaba detenidamente la figura de la otra, pensando que no se daría cuenta. Pero la más joven, molesta, percibía lo que a su juicio era una ojeada crítica. “ Claro”, pensó. “ Una no puede pasarse un poco con los bocadillos en una fiesta, que enseguida las demás mujeres ¡plick! se adhieren como ventosas al elogio de la silueta redondeada. Parece como si tuvieran un radar: se dan cuenta antes que una de que, en donde había una cintura fina, ahora hay dobleces sospechosos. En donde había un par de muslos estilizados, ahora hay toneles paquidérmicos, anclas de acero imposibles de levantar. Festejan, festejan encantadas la buena nueva de la gordura en sus rivales. Un cañoncito de dulce de leche, una bombita de más y ¡plick!, tenemos arriba cientos de ojos revisándonos con sorna, explorándonos el cuerpo como si fuéramos esclavas a punto de ser rematadas en la plaza pública frente a los jeques árabes más codiciosos. ¿Se creerá que no me doy cuenta de su telescopio rastreador de sobrepeso? Me habla de sus hijos, de su casa, sólo para distraerme, para que yo baje la guardia del verdadero punto de interés: mi deterioro físico. ¿Por qué habría de mirarme tanto, si no? Si fuera para una opinión favorable, ya me la habría dado hace rato, pero es evidente que lo que está pensando no puede decírmelo de frente sin ser grosera: se lo reserva para una buena tertulia con otras urracas como ella. Seré el plato fuerte de la tarde, el comentario jugoso de la jornada. ¡La querida Annette se ha vuelto al fin una gordita feliz, como nosotras! Y entonces, ¡plick!, de golpe todas las otras fulanas del club empezarán a llamarme por teléfono, ¡tanto tiempo, corazón!, etcétera, y me invitarán a tomar el té sólo para escudriñar mis kilos recién estrenados. Y pretendiendo ser amables, en un gesto cruel me ofrecerán tentadoras masitas secas. Será la consagración de mi obesidad, el bautismo de la cofradía de las señoras gordas. Ahí está otra vez, ¡plick!, la odiosa mirada de Marta en mis caderas…”

    Inspirada por las recetas de tarta de brócoli que intercambiaban con entusiasmo, Marta – la de más edad- pidió otra medialuna rellena mientras le confesaba a Anette su debilidad por los bizcochos del domingo. “ El resto de la semana resisto la tentación”,dijo, “pero el olor a café con leche del desayuno familiar es demasiado para mí voluntad”. Anette hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa, pero no le salió. “Claro”, pensó Marta, “como ella es una flaca divina que nunca tuvo que hacer dieta para tener el cuerpazo que tiene, le parece muy fácil poner caras de asco ante una muestra de la debilidad humana, ante un titubeo comprensible en el pesado camino de las gordas sin remedio. Que por más régimen, por más gimnasia, por más maestros chinos que nos dejen como un alfiletero, nunca podremos adelgazar como las modelos de la tele. ¿Se creerá que no me di cuenta que cuando pedí la medialuna me miró con desprecio , como si toda mujer que no tenga su figura espectacular fuera digna de lástima? Así cualquiera: si yo tuviera esa cinturita de avispa, si tuviera sus piernas largas y elegantes, también me creería parida por las hadas. Pero no tengo otra elección: soy yo, tengo hambre y me mando mis medialunas cuantas veces se me antoje. Es una odiosa, ¡pero qué bien que le queda el vestido tan justito! Seguro que se lo puso para que me muriera de envidia, para que le cuente a las muchachas del club lo fantástica que volvió de su viaje. Pero conmigo se jorobó. No pienso decirle a nadie que la vi. Yo seré gordita, pero soy feliz. No preciso público como ella, que siempre se pone unos escotes acalambrantes. Además, seguro que se hizo cirugía; ninguna mujer tiene las tetas tan perfectas por naturaleza….”

    Marta y Anette siguieron hablando sin parar incluso mientras pagaban la cuenta. Al salir del salón de té, era de noche y hacía frío. “ ¿Vas para tu casa?”, preguntó Marta mientras se despedían. “ Sí, pensaba ir caminando” respondió Anette. Era la gran oportunidad de Marta. “ Te arrimo. Vine en el auto de mi marido”, dijo tratando de disimular su triunfo. Anette se tragó la velada alusión a su propia soltería y contraatacó. “Gracias, prefiero caminar, así mantengo la línea”, contestó. Si iban a tratarla de gorda, al menos la otra no se quedaría afuera. A Marta le cayó mal la medialuna y peor aún la ostentación de Anette de que su deseable figura se la tenía bien ganada. Con ejercicio y dinamismo , a diferencia de Marta que se apoltronaba en la comodidad del matrimonio, del auto del marido, del control remoto de la televisión. Pero antes muerta que demostrarle todo lo que la envidiaba. “Bueno, querida Anette, en ese caso será hasta la próxima vez. ¡Qué noche tan encantadora!¿no te parece?”. La otra le apretó el brazo afectuosamente diciéndole: “ ¡ Ay, Martita! Siempre son encantadores los momentos que paso contigo. Que se repitan más a menudo.”

    Las dos mujeres se abrazaron y besaron en ambas mejillas. Luego cada una siguió su camino.

  • Halcones

    El halcón de hierro está trepado a mis pestañas
    y yo siento un peso triste apoyándose en mi sueño.
    Lleva el halcón un gorro de balcones acechantes
    y en el pico una piedra con olor a maderas,
    a cognac dolorido y bonachón.

    “¡Acabemos con esto de una vez!”,
    dice el halcón, cansado.

    Yo me avergüenzo, entonces.
    Mi habitación se inunda de leche amarga, de lunas derretidas,
    sobre el tejado mismo donde bailan las urracas.
    Me acomodo en la cama nuevamente,
    consolando a mis trenzas de su absoluta soledad castaña.

    “Acabemos con esto, te lo digo”,
    repite el halcón a punto de perder el equilibrio.

  • Pequeño inédito de Mario Levrero

    Estoy revisando mis viejos archivos con la ilusa intención de hacer algo como un back up organizado. Mi vida en la computadora se ha regido por sucesivas migraciones de una máquina a otra: desde mi pequeña PC de 1996 a la iMac a la actual iBook, cada computadora nueva ha deglutido a la anterior al recibir centenas de archivos cual corazones aztecas sacrificados, un vaso de piedra desbordante de ellos. Así que cuando me interno en sus laberintos, aparecen textos de doce años atrás sin el menor empacho, sin hablar de todas las capas intermedias. Me recuerda el modus operandi que se tiene en la Ciudad de México (en México todo, bah, lo que pasa es que en el DF impresiona más porque se supone que es la modernidad y la grandeza): nunca se retira el cableado viejo para poner el nuevo ni la numeración anterior de las calles para estampar la ahora vigente. Ergo, conviven capas y capas de realidades paralelas, tal como una pirámide adentro de otra (costumbre precolombina mexicana). Así son mis computadoras.

    Y de Levrero he encontrando perlas maravillosas! Sólo con nuestra correspondencia daría para hacer un libro o varios libros, y entre los intercambios destacan (como valor objetivo, para todo el mundo) las orientaciones docentes que tan bien aproveché en mis propios talleres. Levrero participaba en el “día a día”, supervisaba las evaluaciones, opinaba, iban y venían comentarios valiosísimos que habría que rescatar. Y luego está todo lo anecdótico, las curiosidades… varias expediciones habrá que hacer por aquellos mares…

    Aquí me encontré un textito cuya novedad eran las primeras pruebas con hiperlinks dentro del texto (de hecho, el archivo se llama “Experimento”). Ese tema le interesaba a Mario, y la verdad es que me enganché durante una época, me parecía mágico que el Word nos permitiera entrelazar palabras distantes en el texto cargando sus significados con una hermandad no percibida a primera vista, sino dada por el autor. En este textito levreriano, las palabras subrayadas aquí son las que contenían el hiperlink original; es decir, al apretar una de las palabras nos remitía inmediatamente a la otra, saltando el resto del texto. Está firmado (en las “propiedades” del documento) como Lupus Carismato, y si bien la fecha correcta es la que figura como “modificado” (9 de diciembre de 1996), es gracioso que figura como “creado” el 1 de enero de 1904. Se tomo sus buenos años para corregirlo.

    Entre la hoja de papel sobre la que estoy escribiendo y la superficie del escritorio, he puesto una revista para que la acción del bolígrafo no estropee la madera, o la imitación de madera. He colocado la revista con la tapa hacia abajo, y la hoja de papel se apoya en la contratapa. Como este procedimiento lo vengo repitiendo diariamente desde hace un tiempo, y siempre con la misma revista, he terminado por advertir que en la contratapa hay un aviso. El aviso contiene una foto en colores de tres seres humanos, o al menos de sus cabezas y, en un caso, parte del cuerpo. Son tres caras sonrientes que intentan parecer una familia feliz, y el aviso insinúa que esa familia es feliz gracias al producto que publicita. La mujer, a la izquierda, es más bien feúcha, poco atractiva; es un acierto del aviso, porque nuestras esposas por lo general no se parecen a actrices de cine; parece un aviso destinado más bien a los hombres porque el hombre, sí, tiene algo de actor de cine, rasgos proporcionados y agradables y unos dientes perfectos, aunque como actor no es muy bueno porque se nota que la sonrisa es forzada. La sonrisa de ella es más auténtica, como si la hubieran fotografiado por sorpresa en medio de una broma, y este rasgo la hace simpática y más atractiva que si estuviera seria. Pero al parecer sus dientes no eran perfectos como los del hombre, porque los dos delanteros del maxilar superior han sido retocados, o cambiados por otros en la fotografía, ya que aparecen más grandes y más blancos que el resto. Y los dientes del maxilar inferior son bastante desparejos. Entre la cabeza de la mujer y la del hombre, está la cabeza de una niña de cuatro o cinco años. Tiene el cabello mucho más claro que los otros dos actores, de modo que no impresiona como la hija, si es que ésa era la intención del aviso. La sonrisa de la niña es decididamente falsa, con algo de desdeñoso hacia toda esa representación; eso la salva: una sonrisa falsa que intenta parecer verdadera.


    (la foto también es de Levrero, desde su casa, como la mayoría)

    Después de subir esto, me di cuenta de que el texto no es inédito, lo único “inédito” es la manía de Levrero de jugar con hiperlinks para darle otras dimensiones a la lectura. La única papafrita que escribía textos originales para dichos regodeos lúdicos era yo; él, como dicta el sentido común, usaba textos que tenía para otros destinos. Pero hay inéditos en el baúl virtual, claro que los hay… To be continued.


  • Segunda historia Levrero/Onetto a cuatro manos

    II. La escena se repetía en mi mente, con ligeras variantes: el ciego que se iba acercando, lenta e inexorablemente, a la plataforma de aterrizaje de las avionetas sin que nadie se percatara del peligro. Parecía mentira que el hombre hubiera podido llegar hasta allí sin que nadie lo detuviera, siendo que no se permitía pasar a nadie sin un documento especial que acreditaba su identidad. Pero el ciego había burlado todos los controles, y había llegado hasta allí, y yo había tratado de gritar una advertencia, aferrado al tejido metálico. El ciego siguió caminando como si nada. Una y otra vez me pregunto si no hubiera sido mejor trepar sobre la valla y correr hacia él, aunque sé que hubiera sido inútil: el aeroplano ya había tocado tierra y rodaba por la pista dispuesto a llegar a su destino sin imaginarse que el puntito negro no se correría.

    No sé por qué esa escena repetía una y otra vez en mi mente; sería algo simbólico porque finalmente un comando de seguridad irrumpió en la pista secuestrando al ciego que protestaba furioso. Después vinieron tiempos mejores.

    nota del editor: hay que aclarar que el ejercicio consistía en que cada uno de los participantes escribiera diez palabras *exactas* (ni una más ni una menos) antes de pasárselo nuevamente al compañero.

  • Primera historia Levrero/Onetto a cuatro manos

    I. Por la calle se veía venir a lo lejos una carroza de carnaval guiada por un chofer borracho que gritaba. No pude entender qué gritaba. Tampoco pude entender de dónde había salido una carroza de carnaval a esa altura del año, pero lo cierto es que venía desbocada hacia mí con sus dos cabezas de dragón moviéndose, una hacia la derecha, la otra hacia la izquierda, de un modo pausado e hipnótico. Empecé a correrme lentamente de la posible área de colisión cuando en realidad debí haber huido prontamente. Pero es que los detalles de las cabezas de dragón me tenían fascinado. Por lo general, esas cosas no se fabricaban con tanto detallismo ni con materiales tan brillantes como hermosos. Iban en cámara lenta, pesadas, y el coche se deslizaba a una velocidad demencial. En el último instante, con un esfuerzo desesperado, pude escapar del embrujo de la cabezas de dragón y corrí. La carroza chocó espectacularmente contra el muro y explotó, como si hubiera estado cargada de dinamita. El conductor fue proyectado hacia afuera, envuelto en llamas que por un instante parecían provenir de las cabezas despedazadas de los dragones.


    nota del editor: hay que aclarar que el ejercicio consistía en que cada uno de los participantes escribiera diez palabras *exactas* (ni una más ni una menos) antes de pasárselo nuevamente al compañero.

  • Levrero y La Ciudad (no “La ciudad” de Levrero)

    El otro día me decidí a hacer un poco de arqueología e instalé mi entumecido lector de floppys para poder revisar algunos diskettes, o mejor dicho para copiar lo que me interesara a mi ibook y tenerlo más a mano. Encontré varias cosas, cómo no, pero aún no he tenido tiempo de leer nada con la calma que precisaría esa década o más de distancia. Sin embargo, reconocí inmediatamente un archivito “DIALEVR.doc” en el que figuran dos pequeñas historias que escribimos Levrero y yo “a cuatro manos” el primer día de taller con él, 18 de abril de 1996 en la Plaza Zabala (pobre de mí, primer día con el mismísimo Maestro y me tocó ser su pareja en un ping pong literario, ya que solo éramos tres alumnos y aquello tenía que hacerse en número par). Ya las publicaré acá. Nos reímos mucho tiempo con esto, e incluso durante años solíamos terminar algunos correos problemáticos, tragicómicos o que contaban situaciones aparentemente sin salida con la frase: “Después vinieron tiempos mejores“, que fue con la que él remató del todo el precipitado desenlace que yo escribí en una de las viñetas. Fue uno de nuestros acercamientos de aquel día (en realidad, las historias parecían escritas por una sola mente… por supuesto, una mente algo delirante).

    El otro acercamiento fue descubrir que ambos habíamos identificado una roñosa voz interna que maldice el lugar donde vive (él, Colonia; yo, Montevideo segunda etapa) en el poema La ciudad de Cavafis. Fue un momento mágico: yo comenté que me gustaba muchísimo L. Durrell y él dijo que a él lo que le había gustado era un poema que el autor citaba en uno de sus libros, y lo describió perfectamente; yo salté, cité (parafraseé) las primeras líneas, y no paramos de hablar de La Ciudad (no del poema: de ese sentimiento de vivir un exilio impuesto por fuerzas oscuras, imposible de romper, cuando en realidad hay algo dentro de uno que se niega al lugar, algo que se parece un poco al autosabotaje).

    Pasaron todavía tres años para que me fuera de Uruguay: sabía que por nada del mundo podría hacerlo si estaba peleada con el país (“La ciudad te seguirá“, advertía claramente). Uno tarda, pero con los años (y con los poemas, y con Levrero, y con las repeticiones de los errores, y con la intervención protectora de San Judas Tadeo) se vuelve un poco más sabio.

    Preferí partir tranquila, disfrutar el viaje que iba a ser para siempre, como quien paladea de lejos una Ítaca propia. Es decir, con la plena conciencia de todos sus defectos.

    Por suerte ya no tengo problemas con las ciudades. Vivo donde quiero vivir hoy (lo que no quiere decir que el puerto esté cerrado para cambiar de idea, o que haya renunciado a mi otra mitad del alma)

    “Dijiste: ‘Iré a otra tierra, iré a otro mar.
    Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
    Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
    y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
    ¿Hasta cuándo estará mi alma en este marasmo?
    Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
    veo aquí las negras ruinas de mi vida,
    donde pasé tantos años que arruiné y perdí’.
    No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
    La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
    calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
    y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
    Siempre llegarás a esta ciudad. Para otras tierras -no lo esperes-
    no tienes barco, no hay camino.
    Como arruinaste aquí tu vida,
    en este pequeño rincón, así
    en toda la tierra la echaste a perder”.