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  • The Fortune Teller

    La serpiente le muerde el tobillo al lobo. El lobo es el gigante Atlas, cargando sobre sus espaldas el peso del mundo. No: es un escuincle, un perro azteca, de esos que se enterraban con el muerto para que lo guiara a lo largo de su terrible viaje por las húmedas tierras del Mictlán. O es Anubis, la deidad egipcia de cuerpo humano y cabeza canina. Sí, es Anubis.

    Encima de la rueda, la esfinge. Lleva una espada al hombro; la espada quiere decapitar al águila pero se contiene. El águila, inocente del peligro, sufre en secreto mientras tanto: moriría por ser una paloma mensajera y llevar el esperanzador olivo hasta las manos de Noé. Pero no puede, nada ni nadie le evitará ser lo que es: un águila majestuosa. Tiene un destino tirano que la condena a la grandeza.

    Del otro lado, el ángel levanta la vista de su libro y desde su nube le reprocha en silencio. “Pudiendo volar, que no vuele… pudiendo ser grande, que quiera no ser vista…”. Mueve la cabeza en reprobación amarga, y el águila, avergonzada, desvía la mirada. Ahí se encuentra con la serpiente que le muerde el tobillo al lobo.

    Más abajo, un buey alado y un león, también alado, se tumban plácidos al sol; sostienen entre sus patas delanteras un libro cada uno. Están entretenidos, se ven en paz; parecen figuras del establo de Belén. No tienen la menor idea de para qué podrían usar sus alas. Mejor para ellos.

    Todo está lleno de nubes. Arriba y abajo. La rueda de la fortuna gira una vez más, y de súbito, antes de percatarse ella misma, la serpiente suelta al lobo, lo deja de morder. El lobo se da cuenta del alivio y no pierde un instante: se libera del peso del mundo. Al verlo actuar, el águila también se anima un poco; se larga a planear por los cielos en danza luminosa. Por eso mismo, al contemplarla, el ángel sonríe y deja de juzgar al prójimo; tanto el buey como el león sienten de pronto una punzada entre los omóplatos. Las cosas marchan. Hay liviandad.

    Es cuando la esfinge, sin aviso, toma la empuñadura de la espada y hiere a alguien. A cualquiera que por azar pasara cerca de allí justo en ese momento.

    Se escucha desde el fondo de la tierra un chirrido pesado; la rueda de la fortuna gira una vez más. Y la serpiente, sin saber por qué, no puede evitar volver a morderle el tobillo al lobo.

  • San Benito Ora Pro Nobis

    San_benito_himselfRevolviendo en el cajón, me topo de pronto con mi cruz de San Benito. Es enorme, pesada, casi medieval: un peto digno para una monja ad honorem, escudo metálico adornado con la intimidante cara de Medusa; compuerta brutal, esclusa de canales que le cierra el paso al corazón para intentar protegerlo. Hace tiempo que la tenía en el cajón de mi mesa de luz, bien cerca, por si acaso -San Benito es el patrón de la Buena Muerte-; en cambio, cuando vivía en Guanajuato solía usarla, aunque por debajo de la ropa para no sumarme al sello cristero del Bajío. Tiene un exorcismo grabado, un verdadero exorcismo contra demonios; supongo que cuentan por igual los propios o ajenos, internos o externos, reales o imaginarios.

    Non Draco Sit Mihi Dux/ No sea el demonio mi guía

    Me llega de pronto la certeza de que necesito el frío peso protector de la cruz custodiando ese oscuro escondite entre mis pechos: el corazón, flanco por el que podria filtrarse el mal y hacerme perder la vida, el alma. No: perderme a mí. La debilidad de no ser auténtica. Así que -sin darle más vueltas, sin pensar ni un instante en el país ateo y agnóstico e intelectual- tomo la tosca cadena y me la paso por la cabeza, quizás sugestionada por el inminente olor a hierro, a tardes solitarias, a tormentas por venir: “cadena al cuello” que no es igual a “cadena perpetua”. Y no entiendo nada de lo que me sucede. Como todo buen poseído por el diablo, no entiendo nada. Sin embargo, la función de la cruz de San Benito es traerle a uno la paz a toda costa: sea aplacando los demonios, expulsándolos o, mejor aún -esto lo agrego yo, desde una sensibilidad menos dualista que la judeocristiana-, redimiéndolos, transformándolos otra vez en bellos pero equivocados ángeles. O, en su defecto, por lo menos dándonos la garantía de una buena muerte. Tampoco está tan mal.

    Z_benito_crucifijo

    El padre que nos casó en Guanajuato era, precisamente, un exorcista. El abad Juan Rodríguez, de la Basílica, aunque nos casamos en el precioso y pequeño templito de San José que queda a la vuelta. Por supuesto que en su momento no conocíamos semejante detalle: lo averigüé años más tarde por azar, leyendo un artículo de la revista Gatopardo. “Con razón…”, me dije. “Él sí pudo”. Cuando le dije que no había ni siquiera tomado la Primera Comunión, el Abad -tampoco sabíamos que lo fuera- no se inmutó: lo hice allí mismo, a los 38 años, frente al altar y con nuestros siete invitados por testigos. Qué astuto exorcista, el Padre Juan.

    También en mi cuento “La ofrenda“, publicado en El mar de Leonardi y otras humedades, la narradora habla al final con un cura para que realice un exorcismo en la casa de unos amigos (por cuyo diabólico espíritu huésped se siente culpable). En la verdadera historia detrás del relato, en realidad fuimos Alinda y yo, juntas, quienes se lo pedimos al viejísimo sacerdote de la Iglesia de Punta Carretas, aunque finalmente el exorcismo jamás se concretó. Los dueños de la casa se rieron de nosotras. Lo bien que hicieron. Los exorcismos sólo dan resultado cuando es el dueño de la casa el que quiere deshacerse de los demonios, dice mi cuento.  

    Lo que tiene la cruz de San Benito es que equivale a exorcismo portátil. Siempre a mano, en una especie de USB móvil: así, uno se asegura siempre la conexión, sin tener que pasar por papelones al  pedirlo ni bochornos al enterarse de haberlo recibido en secreto.

    Ya pertrechada nuevamente con la cruz bajo la blusa, tapa blindada que ahora me cubre el cuarto chakra o Anahata, el del atormentado y delicado corazón -siempre que pienso en el corazón como órgano, me acuerdo de los aztecas y sus tzompantlis rebosantes de carne sangrienta que palpita-, siento cierto supersticioso alivio. Oh, mi Sagrado Corazón.

    Sagrado_corazon

    Vade Retro Satana/ ¡Apártate, Satanás!
    Numquam Suade Mihi Vana/ No sugieras cosas vanas

    En eso, reparo en un trocito de metal sobre la cama, una especie de horqueta, una i griega. Sé, desde lo racional, que sería imposible que se tratara de un dispositivo intrauterino (diu), pero eso es lo primero que me viene a la mente. Me perturba esa pieza triangulada de no se sabe dónde que apareció allí no se sabe cómo. ¿Un moco seco, enorme? ¿Una astilla del piso traída por las medias, gigantesca y opaca?

    Lo tomo al final entre los dedos y quedo estupefacta, en silencio total, incluso en los pensamientos. Se trata de un pequeño Jesús crucificado, un Cristo que -ahí lo recordé- solía ser parte de mi cruz. Siempre me puso mal aquel memento del martirio, la tortura, el sacrificio, la culpa, pero es que el artefacto de San Benito lo incluye por default: ni modo. No entiendo cómo llegó de la cruz hasta la cama: creo que se desprendió por su propia voluntad, se tiró desde la cruz como un suicida de pretiles y cornisas. Cauto, pudoroso, compasivo, me ahorró el contacto piel a piel con su bello cuerpo -magro, dolido- de hombre vital y todavía joven. Y, justamente, ahora la cruz de San Benito sin él se me figuraba perfecta.

    20080527002336-medalla-imagenAl no estar más la cruz por detrás, me pareció que los brazos del mini Jesús estaban, en realidad, extendidos hacia mí; festivos, lejos de clavos y sufrimientos. Danzaba, me recibía entusiasmado y libre (igual que cuando uno gira boca arriba la carta XII del tarot, El Colgado, y se le figura un bailarín en vez de un preso del tobillo). Pero yo seguía prefiriendo tener sólo aquella cruz de signos contra el pecho; despejada, lisa y sin nadie que no fuera yo misma junto a mi invisible San Benito protector. O -más certero todavía- sin nada más que todas esas letras y palabras, todo aquello que se concentra en la medalla central.

    Ipse Venena Bibas/ Bebe tú mismo el veneno

    LuciferSoy compasiva con los demonios que percibo afuera porque nunca se sabe si, en realidad, no podrían llegar a aparecer dentro de mí bajo alguna circunstancia. Hay una historia persa sobre Lucifer que reporta Joseph Campbell cuya versión cambia totalmente la idea que tenemos de la rebelión del demonio. No fue orgullo ni desobediencia: Luzbel se negó a inclinarse frente al hombre, como se le exigía, porque su amor por Dios era tan desmedido y absoluto que no soportaba la idea de reverenciar a nada ni a nadie más. Por eso su bien amado lo condenó al infierno; claro, tomando la idea del infierno como verse apartado de lo que se ama. Y ahí me viene a la memoria algo que leí (seguramente también fue en algún libro de Campbell, pero sería un libro 1.0 porque no encontré su cita en internet): ¿Cómo soporta Lucifer estar apartado para siempre de Dios, que era todo su amor? Por la memoria del eco de su voz cuando le dijo: “Vete al infierno”. Siempre me impresionó cómo aquella última reverberación de la presencia del amado podía ser capaz incluso de aportarle consuelo, aunque el dolor que implicaba en sí fuera terrible. Quizás todavía tengamos mucho que aprender del diablo, al menos según la tradición persa. Dice Nietzsche que los que más han amado al ser humano le han hecho siempre el máximo daño. “Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes“. Me parece que se aplica a todo.

    Levanté entonces aquella figurita de Cristo de la cama. Me dio pena y la guardé en un bolsillito del monedero. Pero me siento más cómoda así. A solas con la azarosa configuración personal que ahora va oculta, como un secreto y contra mi cuerpo, en aquella viejísima cruz.

    Medallita
    Satanas_y_cristo
    “Demuéstramelo…”

  • Mirarse el ombligo/ La Reina de Pentáculos


    Hoy volví a hacer el ejercicio de sacar al azar una carta del Tarot Mítico, acompañando esta vez (para mis adentros) a los alumnos del taller de los martes. Motivación literaria nada más, claro, pero en el fondo del fondo todos dejamos susurrar a la sincronicidad en estas cosas. Reina de Pentáculos. Tomé la carta entre los dedos; le di vueltas, una y otra vez, incrédula. Con algo de vergüenza, incluso, cuando me percaté de mi emoción, de mis ganas de que fuera verdad. Que el campo, el trono, el racimo de uvas, el escote generoso, el cabello rojo fuego, la belleza misma de la reina, que todo eso tan vital fuera verdad y me estuviera hablando a mí; que la reina fuera inexplicablemente mi reflejo en algún espejo. Un pedazo de mí misma que, inadvertido de mirada alguna, resplandece inocente del otro lado de una cámara Gesell. Pero, claro, no es la Reina de Pentáculos quien parece estar en un centro de detención penal pasando por un crudo interrogatorio entre los puchos apagados de Kafka; no es ella la que toca el mapamundi de papel de lija en un jardín de infantes Montessori: ella -no yo, la que mira- es la que preside, soberana, y se rodea de onduladas colinas verdes, de animales pastando, de libertad, de vegetación serena con olor a flores, a vino tinto, a pinocha y eucaliptos.

    Ella -no yo, la que mira- es la que se sabe hecha para el trono (es curioso que los posabrazos estén adornados por cabezas de carnero, ecos del vellocino de oro por el que tanto se afanaba Jasón en el Cinco de Bastos que me salió anoche); lo que pasa es que fui yo, no ella, la que sacó la carta entre las otras setenta y siete del mazo.

    Es maravilloso: la Reina de Pentáculos, a pesar de sus connotaciones positivas -o precisamente por ellas- vendría a ser como mi Sombra en estos momentos, todo lo que siento lejos, muy lejos; lo que no puedo ver en mí misma y sin embargo me parece familiar. Ninguna carta sería más indicada para pintarme al revés, si me he de guiar por lo que vengo viviendo en las últimas semanas: cuando leo el apartado Cheerful me río en cada uno de sus cinco puntos, como si algún aciago demiurgo se hubiera empeñado en enfrentarme con mi caricatura maltrecha.

    Sin embargo, no puedo negar que casi todo esto me resuena en algún sitio; en alguna habitación del castillo, quizás ahora temporalmente cerrada con portones de hierro. No es que desconozca del todo los dones de esta Reina de Pentáculos. Como dije, yo fui quien la sacó de entre las otras setenta y siete cartas del mazo. Pero hoy nuestra cercanía no podría ser más que un chascarrillo del inconsciente, o quizás un rezo tácito.

    Attractive
    is appealing and popular
    creates a powerful first impression
    makes friends easily
    has great sex appeal
    is warm and outgoing

    Wholehearted
    is loaded with enthusiasm
    tackles a task with total dedication
    gives the utmost in any situation
    is open and sincere
    doesn’t hold anything back
    Energetic
    leads a busy and active life
    is vigorous and strong
    radiates health and vitality
    has an inner vibrancy
    is a natural athlete
    Cheerful
    is optimistic and upbeat
    has an encouraging word for all
    brightens whatever room he or she is in
    has a warm and sunny disposition
    can shake off the blues easily

    Self-Assured
    quietly demonstrates self-confidence
    handles any situation with aplomb
    can’t be easily rattled or provoked
    is spontaneous and gracious in defeat
    has faith in his or her abilities

    Sí; definitivamente es ella -no yo- la de la corona de oro puro, la de la túnica anaranjada, transparente, que delata sus formas femeninas sin la menor preocupación, sin culparse por ello; ella es la que funde sus pies con el pasto y con la tierra, como si echar raíces fuera algo casi a priori, un supuesto de todo ser vivo que aspire a la realeza, a realizarse, a ser rey o reina, a la realidad. En la mano derecha lleva una moneda gigantesca de oro, redonda y sólida como un globo terráqueo: cosas de reyes. Pero los que saben de esto dicen que no se trata de monedas, que los pentáculos son, más bien, herramientas para magos. Como sea, riqueza. Mucha riqueza.


    Mientras escribía durante los quince minutos del taller, me pareció recordar que dentro de este mazo en particular, con su corte mitológico, la Reina de Pentáculos representa a Penélope, reina de Ítaca (ciudad de la que soy ciudadana ilustre desde hace muchos años). Penélope, con todas sus connotaciones, sus tejidos destejidos que la hacían aparecer como una hiladora ineficiente, una laboriosa ama de casa frustrada, una insomne al borde de la iluminación maníaca, una araña presa del autosabotaje por negarse a tejer su telaraña, una dama sola y tristemente desnorteada. Cualquier cosa, excepto una estratega. Que vaya que lo era, como también era necia, tan necia. Porque sabía lo que quería y además le hacía caso a sus corazonadas: el Mc Combo existencial. Penélope era reina porque se sentía tan segura de sí como para no necesitar mostrarse especialmente competente frente al mundo. O quizás porque en su interior también moraba un rey, el Odiseo invisible (presumo que el visible no fue mucho más que un extra en su película). Es decir, tremendo Ánimus junguiano, capaz de determinar su fe en sí misma y la suerte de aquellos hermosos tejidos destinados al secreto, a no ver jamás la luz del día -a no ser vistos por nadie, más que por ella- para así evitar que las tramas siguieran avanzando. Una paradoja, ese deshacer los rastros de tiempo con el fin de poder seguir haciendo tiempo.

    Diría que el Ánimus, visible o invisible, es uno de los derechos fundamentales del ser humano; el Ánima también, desde luego. No estar en buena relación con estas figuras internas nos puede llevar hasta a morir de inanición.Y a Penélope le funcionaba, como fuera: el hombre que la acompañó y le dio fuerzas durante veinte años vino de su propio y exclusivo mérito, no de Odiseo-el-de-la-cédula (en ese caso).

    Entonces termina el taller y me lanzo a buscar a mi flamante Reina de Pentáculos en el librillo del mazo, a ver qué tiene para decirme (más allá de mis especulaciones desde la imagen misma de la carta). Y ahí me encuentro con que le erré de reina, que Penélope de Ítaca era, en verdad, la Reina de Bastos; en su lugar, conozco a Onfala, reina de Lidia. Este personaje, cuyo nombre significa “ombligo”, aparece en el ciclo de historias sobre Hércules: resulta que el héroe, en un momento poco estelar de su carrera, fue puesto a la venta como esclavo sin nombre.

    Y la reina Onfala, que había heredado el reino de su último esposo y era una gobernante más que hábil, no lo dudo demasiado: sacó su MasterCard, Plan Pentáculos Sin Recargo, y se llevó a Hércules quien le sirvió fielmente durante tres años. Pero hay que leer el librillo para contextualizar un poco el asunto:

    “Compró a Hércules como amante más que como luchador”; “Ella pasaba la mayor parte de su tiempo con el héroe, abandonándose completamente al placer”; “La Reina de Pentáculos es una imagen de la fuerza femenina y de la sensualidad, que puede esclavizar incluso a un hombre tan indómito y tan bruto como Hércules”; “No se trata simplemente del deseo de satisfacción fìsica, sino de una fuerza primordial que tiene dignidad y poder a la vez. Al servicio de la Reina Onfala, Hércules pasa por una especie de iniciación -y nosotros también: cuando la encontramos en nosotros mismos, debemos someternos al poder de los instintos y al reconocimiento de que incluso
    la mente más elevada y la espiritualidad más exquisita existe en un cuerpo que está hecho de tierra”; “Su adquisición del héroe como amante no se debe a que no tiene otros amantes a su disposición, sino a que ella quiere el mejor. Por eso puede ser tomada como una imagen de la valoración de uno mismo, porque Onfala se trata a sí misma y a su cuerpo lo mismo que a su país, con cuidado y abundante generosidad”; “De todos modos, Onfala no es meramente sensual. Es una soberana que actúa en su derecho, y está preparada para ser generosa pero siempre realista y conservadora de su riqueza y de su territorio”.

    Luego del primer impulso hacia el ataque de pánico que me provocó la idea de hacerme cargo de los inesperados mensajes de la otra Reina de Pentáculos -tan lejos de los conocidos, los de Penélope y todos mis camaradas de Ítaca a los que aludí primero-, lo pensé un poco y me di cuenta de que todo esto tiene bastante sentido. Lo de la soberanía sobre el territorio personal. Lo del cuidado propio. Lo del reconocimiento del cuerpo, que también sufre los embates del alma. Lo del deseo como motor y fuerza. Lo de la generosidad, que se cuida de prodigarse indiscriminadamente, a cualquiera, sin tomar en cuenta la economía global del reino. Lo de la valoración de uno mismo, en suma. Aplíquese esto a todos los órdenes, no sólo a la posibilidad de agenciarse a un escultural Hércules como esclavo. Alguien me habló una vez de una expresión legal de fidelidad a la corona (británica, por supuesto) que no podría ser más adecuada en este caso: At Her Majesty´s pleasure.

    ¡La Reina de Pentáculos hasta se burló de mí, intentando reconciliarme con el terrible dragón del Cinco de Bastos que anoche casi me lleva al envenenamiento! Por lo visto, ella tiene sus particulares recursos para enfrentarlo; a juzgar por la carita del dragón, le debe dar mejores resultados que las antorchas de Jasón con todos sus argonautas:

    Esto me pasa por sumarme a los ejercicios de los alumnos en secreto. Pero lo hago para no perder contacto del todo con los desafíos de las propuestas a las que los arrojo, pobres. Lo hago para sufrir un poquito, como ellos; para expiar mis culpas y no perder el camino como guía.

    Nadie vaya a creer que estoy tratando de encontrar alguna respuesta personal. Qué va.

    Todo hubiera sido tanto más fácil con los telares de Penélope…

    Maldición.

  • Cinco de Bastos

    ¿Cómo podría defenderme con fuego de un dragón que escupe fuego? Me veo a mí misma confrontándolo, tan inútilmente temeraria que da pena; mal blandiendo dos antorchas -una en cada mano- que, sí, acaso podrán incendiar casas, quemar pieles suaves, humanas, hasta despellejarlas de dolor, pero que a un dragón no le harían mella con semejante coraza verde, con sus escamas de jade, sus espinas de hierro. Un dragón puro pincho, gigantesco, cerebro de reptíl, tonto, torpe pero con garras afiladas. Dragón dueño indiscutible de sus territorios -en el que yo soy la intrusa-, amo y señor de la princesa cautiva, del vellocino de oro, del baúl lleno de joyas. Que duerme, pero siempre dejando abierto uno de sus dos ojos de pescado muerto para así vigilar. Dragón fumarola de volcán dormido, dragón amenaza que ruge chispas y desparrama, expansivo, su aliento fétido. Y yo ahí enfrente, enojada, con mis dos antorchitas, mis inocentes casi velitas decorativas, happy birthday to you, mientras que el dragón muñeco asesino se me instala a vivir en la superficie de la torta. Dragón caramelo de menta, ácido contra la lengua, dolorosamente ígneo, fuego asfixiante de su hocico -como el de toda pasión-. Y yo ahí, con esos dos fosforitos patéticos, gritando con mi vocecita timorata: “¡Atrás, atrás!”. El monstruo siente que una mosca le molesta y se la trata de espantar moviendo la cabeza, pero la mosca persevera: “¡Atrás, atrás!”. No ceja en su cómico suicidio.

    Le prenderé fuego al vellocino de oro, sí; lo incendiaré antes que darlo por perdido: lograré el humo más caro del mundo. No sé qué rara enfermedad se ha apoderado de mí, que me hace enfrentar dragones cuando no soy más que una casi invisible mosca portando un fósforo prendido en cada mano. Mosquita muerta, pero no. Porque en el fondo quisiera rugir como sólo los dragones saben hacer, o como podrían hacerlo, si acaso existieran. Debe ser el amor irrenunciable al vellocino ese, a la piel del carnero degollado más resplandeciente del mundo; debe ser el amor al recuerdo dorado del cabello trigal del Principito, el amor a los girasoles amarillos de Van Gogh -los dos, suicidas, el niño y el loco-. Y por eso me empecino en vivir, a pesar de mis insignificantes fosforitos frente a un dragón verde que brama fuego y que agita sus enormes alas puntiagudas para alejarme, para que no lo fastidie más, para sacarse a la dichosa mosca de arriba. Pero nada: ahí, chiquititito, todavía me mantengo frente a la grandeza irracional y cruel de ese demonio encarnado. Lo bestial, lo que no sabe de reglas.

    Creo que no me atrevería a pararme como un desaforado y hacerle frente, si Medea no estuviera a mis espaldas y de vez en cuando me dijera en un susurro: “Ánimo, Jasón, tú puedes. Si te quema, te curaré de un modo u otro. Acá sostengo y guardo tres antorchas más, por si se te apagan las otras. Sí, ánimo, Jasón: saldrás de ésta, sobrevivirás otra vez. El dragón está en tu mente, aunque no quiero decir que por eso no exista, que no sea tan real como si estuviera afuera. Pero vive en un lugar más chico, al menos. Te prometo que podrás con él, que lo derrotarás”.

    “Y si no, yo misma me ocuparé de envenenarte para que tengas paz al fin, luego de tanta lucha”.

  • Vicios zen

    Pocas cosas me producen tanta paz como juntar las ramitas que quedan tiradas por todos lados en la calle y la vereda luego de alguno de esos vientos fuertes, tan característicos de esta ciudad. Cortar las que son muy grandes y retorcidas para poder transportarlas sin el riesgo de sacarle un ojo a otro cristiano. Alinear las medianas o pequeñas y dejarlas más o menos del mismo tamaño para apretarlas mejor debajo del brazo izquierdo. Abrazarlas, aunque sean duras. Mejor. 
    Esta operación tan sencilla y mínima me arroja en el medio del día a los bosquecitos de pinocha en Parque del Plata cuando niña, a las caminatas en el campo de mis tíos. Sus montes de eucaliptos, los caballos que buscaban sombra para escaparse del calor cuando el pequeño jinete no podía dominarlos del todo. Los cardos que me arañaban las piernas al montar, los zapallos y sandías que recogimos algunos años. El olor que acompañaba a los faroles en la noche. La oleada de jazmines en el pasillo exterior, cuando uno se iba hacia su dormitorio. El fuego de la salamandra y los papeles quemados. Estar en la cama, en la oscuridad, escuchando girar las aspas del molino. Ese casi silencio interrumpido por las vacas que mugían como tranquilizadores espectros, con su arrullo final, con su paz. Todo gracias a las ramas olvidadas en la vereda, a esa madera gratuita que me pasaría inadvertida si no estuviera pensando en el fuego por venir, en la continuidad ritual del invierno. Lo que a nadie le sirve, lo que ni siquiera se percibe en la escena. Las voy recogiendo porque así me siento poderosa, como una cazadora urbana intentando procurarse los medios para sobrevivir y sostenerse sola. Artemisa. Casi recolección agrícola de los frutos de algún vendabal, de sus despojos nutritivos. Deméter. El alimento ígneo. No habrá pobreza posible mientras queden ramas con que prender el fuego. En Montevideo, la cosecha siempre es buena.
    Sí, me gusta abrazar a estas ramas como si me fueran amantes capturados. Llevaría muchas más si mis brazos pudieran abarcarlas. Creo que el asunto se parece a meditar, pero sin que medie esfuerzo alguno: uno simplemente se concentra en la actividad, en divisar una ramita más y hacerla suya, en cortarlas más o menos del mismo tamaño escuchando el “clack” de su tronquito herido, dándoles al mismo tiempo la esperanza de crepitar alguna vez. Me hace un poco de gracia cuántos metros me puedo llegar a desviar de mi camino para que no se me escapen las que se me van cruzando. Veo una más allá, otra al lado del cordón.Una más adelante, con dolorosos nudos y cicatrices en su delgada insignificancia de varita mágica. Entonces empiezo a caminar en zig zag. Me cuesta renunciar a recolectarlas las veces que voy a pagar cuentas o a tomarme un ómnibus: bien sé que no sería razonable hacerlo con semejante carga. Igual no es fácil contener la compulsión. Adoptarlas, tan solitas y tiradas por la calle, exiliadas de sus árboles de origen. Llevármelas a casa, contenerlas del abandono, acariciarlas hasta que se vayan. Y en algún momento, el  rezo secreto: “No faltará el fuego, se me concederá el don de prenderlo cuando quiera, de ser autónoma, de tener siempre un hogar mío al que volver”.
    Vicios de Hestia. O hacer leña del árbol caído.
    *
    Estos días, precisamente cada vez que llego a casa con la máxima cantidad posible de ramas y ramitas, tampoco puedo dejar de imaginarme a mí misma como el tipo de la carta del Diez de Bastos.  Pero nada más lejano a esta tarea voluntaria (que asumo y que cultivo) que el sentimiento de abrumación, de peso obligado, el exceso de responsabilidades tomadas sobre uno que simboliza esa carta. Las ramitas zen me hacen sentirme dueña de mi tiempo y de mi destino, casi libre.

    Sin embargo, por algo será que me viene siempre esa imagen a la cabeza.