Etiqueta: trabajo

  • Masoquismo 2.0

    Tengo pocas oportunidades de tomarme un ómnibus en el esquema o guión que sigue mi vida actualmente. El solitario trabajo vía internet; luego, los talleres presenciales en mi casa. Eso, sumado a las dichas y exigencias de la vida familiar y al poco tiempo libre. Todo, para colmo, en plena cruel mediana edad (cruel, entre otras cosas, por descargada de pilas).

    Mis desplazamientos obligatorios, entonces, se reducen a ir y venir del colegio de Astor (a cuatro paradas de casa); luego, a la tertulia semanal con mis viejos amigos en el café Tribunales, y finalmente, a la irregular aunque desesperada lucha contra mi naturaleza de monja de clausura. Quiero decir, en ocasiones me obligo a trabajar en algún café -laptop o papeles impresos de por medio- para apaciguar un poco esa tan conocida sensación de saberme, como nadie, una mónada de Leibniz. La habitación de mi mente/sin ventanas, decía y me decía un poema que escribí a los veinte años. Se extraña el mundo, tener compañeros de ruta, compartir presencia incluso sin hablarse. Luego se asombran de que uno se vuelva adicto a internet.

    Me gusta mirar por la ventana de un bar, ver a la gente hacer sus cosas, a la fauna habitual de un café tomar sus puestos. Sentirme, también, amparada por el reconocimiento de los meseros del lugar, tipo perrito adoptado (lo máximo es cuando ellos se adelantan y me preguntan “¿Un cortado cargado?”, o lo que sea que consuma allí: en el bar Sporting, donde paraba media hora por reloj todos los jueves, el mozo ya largaba el cortado al verme atravesar la puerta, sin siquiera corroborarlo). El placer de presenciar el desfile de la rutina cotidiana -seguramente porque no es la mía propia-, ese movimiento que me rodea pero no logra tocarme. Por eso, porque me hace bien, trato de salir de mi casa a trabajar afuera al menos dos veces por semana (además de las esperas en el club de Astor, donde no puedo más que garabatear un poco o empezar a leer alguna consigna impresa). “¿Adónde vas después?”, me pregunta el niño cuando lo dejo en la escuela esos días en que cargo con la laptop, cruzada al pecho. “A una oficina en la que a veces trabajo”, le contesto muy segura. Inocente. Ya bastante lo confundo con mis atipicidades como para que además piense que me instalo por ahí a tomar café en el epicentro de la tarde, mientras él tiene que lidiar con la letra cursiva, las sumas y el inglés.

    Por eso, porque salir al mundo 3D es, en mi caso, una excepción, es que lejos quedó aquel tiempo en que tomaba ómnibus todos los días, a menudo varios: que para ir a la universidad, que prácticamente a diario al Sorocabana, años después a la productora de video, más mi bien ganada fama de obsesiva espectadora de cine y habitué de los bares nocturnos (“…lejos quedó el tiempo…” para ambas cosas). El ómnibus es como una segunda naturaleza en la juventud; uno se vuelve casi un centauro de Cutcsa. Claro, la gente adulta con trabajos normales igual tiene que mantener tal condición, aunque en general la viva como un calvario. Pero para mí, para mi aislamiento (o hiperconexión por internet, depende), subirme a un ómnibus no deja de ser una oportunidad -quizás una esperanza- de que algo imprevisto pase fuera de mi mundo doméstico, de mi mente.

    El otro día, por ejemplo, el chofer saludaba con floridos “Buenos días” a cada uno de los pasajeros -quiero decir: uno por uno-  que abordábamos su ómnibus. Miré por todos lados a ver si se trataba de una cámara oculta, pero nada. Siguió dándole la bienvenida, amabilísimo, a cada nuevo que ingresaba por las escaleritas a lo largo de todo el viaje, hasta que al final llegué a mi destino. Entonces decidí irme por la puerta trasera, presa de la súbita timidez de imaginarme que también me despediría al bajar.

    Otro encuentro significativo fue con un muchacho new age que se subió a vender libros autoeditados por él y su grupo esotérico. Hablaba sin parar sobre el sentido del karma, el significado de la vida,  la misión personal, el estar perdido, la búsqueda, el camino. No me venía nada mal su speech motivacional, y la verdad es que parecía convencido de lo que decía. Yo también lo estuve, también iluminé y hasta vibré por cuanto predicaba, o quizás porque sentía hasta el alma ese rol tan importante de mentora, de inspiración y guía de otros que pretendía cumplir -quizás cumplía verdaderamente, o quizás cumpla todavía, no lo sé bien-. Pero ahora da la impresión que algo en mí se desengranó y pisa en falso, como tratando de hacer pie sobre el suelo fangoso de una nueva identidad. Estuve hasta tentada de comprarle el libro esotérico: la sola idea me avergonzó mucho más que la perspectiva de haber recibido un “Hasta luego” de aquel chofer tan inusualmente amable. Creo que nadie en el ómnibus le compró, pero -como corresponde a una persona cuya fe en un propósito le arde adentro como fuego del hogar- él ni se inmutó, guardó sus libros y continuó su viaje.

    Ahora bien: la experiencia más relevante que viví a bordo de un ómnibus en los últimos meses tuvo que ver con un músico. El tipo subió, sacó su guitarrita y empezó a cantar -como pudo- aquella conocida canción de José Luis Perales en que el protagonista, obviamente víctima de previos cuernos, quiere averiguarlo todo sobre su rival antes de separarse para siempre de la mujer que ama. ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre? Uno se preguntaba, en aquella extraña época previa a internet (A.I.), cómo era posible que el hombre de la canción fuera tan masoquista: in ille tempore, cuando existía la separación real, definitiva -ese “cada uno sigue su camino”-, bastaba con resistir al principio aquella tentación malsana de querer saber para simplemente ir dejando que la herida cauterizara tranquila. Cualquiera sabía que estar metiendo el dedo en la llaga sólo retrasaría la cura de lo que, por otra parte, no estaba en sus manos evitar; el sentido común prescribía no concurrir a los mismos lugares que se frecuentaban antes con el amante occiso; evitar por un tiempo a los amigos en común para no tener noticias: ni nuevos dolores ni tentadoras añoranzas; tampoco llamar por teléfono para escuchar su voz una vez más o, peor aún, para conocer al fin la temida voz de nuestro relevo, ya instalado en su casa; cualquiera sabía que guardando las cartas, fotos y objetos personales en una caja se minimizaba bastante la tortura; que, en lo posible, había que evitar pasar por delante de su casa, lugar de estudio o de trabajo, para no alimentar inconvenientemente los recuerdos, la curiosidad ni las casualidades. Y la piedra angular de la estrategia para sobreponerse al abandono era, por supuesto, saber lo menos posible del o la rival: si la comparación no nos favorecía (en el aspecto que fuera que nos quitara el sueño), el ego sufría y quedábamos devastados; en cambio, si la comparación nos favorecía, menos aún entendíamos el abandónico proceder del amante occiso y quedábamos devastados.

    Perdóname si te hago otra pregunta.

    Pero ahí estaba Perales reencarnado, en el ómnibus, trayéndome a la memoria aquel tema, himno al regodeo en el autopatetismo. Lo recordaba bien porque, cada vez que por azar lo escuchaba, se me daba por imaginar a mi primer novio cantándomela, si alguna vez le hubiera dado la oportunidad (o mejor dicho, si yo hubiera tenido las agallas). Es ilustrativo cómo el tipo de la canción, salvo cuando se despacha abiertamente “Es un ladrón que me ha robado todo”, muestra y dice una cosa por otra con tal de aparecer digno, civilizado y -por supuesto- más caballero que su rival. O de manipular con la culpa: como si en el fondo esperara que, con su teatrito del profundo respeto hacia su libertad, ella se fuera a echar para atrás en el último momento, conmovida por su nobleza:

    llévate el paraguas por si llueve/
    y abrígate
     (¡ojalá te agarres una pulmonía y te le mueras, bruja!)
    sonríete, que no sospeche que has llorado
    (¡ma´qué... que vea que estás destrozada por hacerme esto, cretina, y que se les arruine la noche!)  
    y déjame que vaya preparando mi equipaje
    (pero... ¿no te das cuenta de que me estás jodiendo la vida, so ramera?) 

    De pronto, me descubrí pensando en la nueva realidad vincular del Facebook y las redes sociales. Parece como que ahora los finales de antes se hubieran vuelto imposibles (y no hablo únicamente de relaciones amorosas: siempre que no se haya llegado a una declaración de guerra, hablo también de amistades que se terminan, de familiares políticos luego de una separación, de vínculos importantes que se diluyen). Uno convive en directo con todo aquello que, luego de un alejamiento, naturalmente le duele; tiene que ser testigo, por ejemplo, del reality show del embarazo de su ex cuñada mientras piensa que, por muy pocos meses, ese bebé bien podría haber sido su sobrinito. O tiene que contemplar cada mañana cómo su ex novia -que se ve divertida y feliz- ya está rodeada de galanes, multietiquetada en fotos de fiesta en fiesta, mientras uno apenas está logrando salir de la madriguera luego del golpazo. Nos sorprendemos a nosotros mismos embarcados en rituales tan masoquistas como los del tipo de la canción, visitando a menudo los perfiles de la misma gente que nos lastimó -en un sentido u otro, a total conciencia o en inocencia total, lo mismo da-, sólo para constatar una y otra vez el vacío que dejaron; tratamos de no perder del todo el rastro de sus vidas, ahora vividas lejos de nosotros; conocemos a sus nuevos amigos, parejas, colegas; seguimos escuchando sus opiniones o presenciando sus intercambios, pero ahora nuestras interacciones son en el más puro silencio de la mente; hasta sabemos adónde fueron o adónde irán. Allí, en la pantalla de las redes sociales, desfila nuestro pasado, nuestro presente y hasta nuestro futuro; las cordilleras y los oceanos tampoco existen. Difícil de manejar para seres que todavía venimos a la Tierra en formatos tridimensionales, con necesidades presenciales o des/presenciales.

    Porque hay algo medio perverso en ese seguir tan (semi) conectados cotidianamente cuando un vínculo de cualquier orden se complica, se enfría o se termina; por lo menos durante el período de duelo, eso no debe ayudar. Especialmente al más damnificado. Pero muchos psicólogos vienen recogiendo la impresión de que borrar a alguien del Facebook equivale casi como a matarlo: un último recurso que sólo se arriesga cuando el asunto es definitivo y gravísimo. Nadie lo hace con la gente que le importa o que alguna vez le importó (sí, claro, con desconocidos); el dejar de verse, que en el mundo real sería parte de los ciclos naturales de algunas relaciones, aquí se vuelve una salida de violencia extrema. Tampoco solucionan los settings de privacidad, porque -en la maraña de la hiperconexión por default– eso termina siendo el (también doloroso) equivalente de estar evitando a la persona o siendo evitado por ella. Y entonces se corre el riesgo de que la canción de Perales ya no sea la excepción, sino la nueva regla.
    ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?

     
    Por algo, en sus preceptos de Remedium Amoris, Ovidio recomendaba irse de Roma cuanto antes. Y hacer, básicamente, todo lo contrario de lo que terminamos haciendo en un mundo cada vez más ubicuo. Pero ahora no nos queda otra que ser los forzados ciudadanos contemporáneos de una Roma virtual omnipresente. De la que huir, por cierto, es prácticamente imposible. 
    No te entretengas en leer las misivas que guardes de tu dulce amiga: 
    el temple más firme vacila con tan peligrosa lectura.

    Quiera el cielo que tengas el valor de pasar sin detenerte 
    por el umbral de tu abandonada amiga, 
    y los pies no desmientan tu resolución.
    Sobre todo huye, por fuertes que sean los vínculos que te encadenan, 
    huye lejos y emprende viajes de larga duración.
    Consejos no por añejos menos sabios. Y que todavía considerábamos vigentes hace (sólo) tres décadas, cuando Perales cantaba su canción y casi todos nos reíamos de su masoquismo sin el menor miramiento. ¡Pobre de él, si hubiera tenido Facebook, con semejantes inclinaciones naturales!

    Sí, tiene lo suyo tomar ómnibus. Tendré que hacerlo más a menudo.


  • Vicios zen

    Pocas cosas me producen tanta paz como juntar las ramitas que quedan tiradas por todos lados en la calle y la vereda luego de alguno de esos vientos fuertes, tan característicos de esta ciudad. Cortar las que son muy grandes y retorcidas para poder transportarlas sin el riesgo de sacarle un ojo a otro cristiano. Alinear las medianas o pequeñas y dejarlas más o menos del mismo tamaño para apretarlas mejor debajo del brazo izquierdo. Abrazarlas, aunque sean duras. Mejor. 
    Esta operación tan sencilla y mínima me arroja en el medio del día a los bosquecitos de pinocha en Parque del Plata cuando niña, a las caminatas en el campo de mis tíos. Sus montes de eucaliptos, los caballos que buscaban sombra para escaparse del calor cuando el pequeño jinete no podía dominarlos del todo. Los cardos que me arañaban las piernas al montar, los zapallos y sandías que recogimos algunos años. El olor que acompañaba a los faroles en la noche. La oleada de jazmines en el pasillo exterior, cuando uno se iba hacia su dormitorio. El fuego de la salamandra y los papeles quemados. Estar en la cama, en la oscuridad, escuchando girar las aspas del molino. Ese casi silencio interrumpido por las vacas que mugían como tranquilizadores espectros, con su arrullo final, con su paz. Todo gracias a las ramas olvidadas en la vereda, a esa madera gratuita que me pasaría inadvertida si no estuviera pensando en el fuego por venir, en la continuidad ritual del invierno. Lo que a nadie le sirve, lo que ni siquiera se percibe en la escena. Las voy recogiendo porque así me siento poderosa, como una cazadora urbana intentando procurarse los medios para sobrevivir y sostenerse sola. Artemisa. Casi recolección agrícola de los frutos de algún vendabal, de sus despojos nutritivos. Deméter. El alimento ígneo. No habrá pobreza posible mientras queden ramas con que prender el fuego. En Montevideo, la cosecha siempre es buena.
    Sí, me gusta abrazar a estas ramas como si me fueran amantes capturados. Llevaría muchas más si mis brazos pudieran abarcarlas. Creo que el asunto se parece a meditar, pero sin que medie esfuerzo alguno: uno simplemente se concentra en la actividad, en divisar una ramita más y hacerla suya, en cortarlas más o menos del mismo tamaño escuchando el “clack” de su tronquito herido, dándoles al mismo tiempo la esperanza de crepitar alguna vez. Me hace un poco de gracia cuántos metros me puedo llegar a desviar de mi camino para que no se me escapen las que se me van cruzando. Veo una más allá, otra al lado del cordón.Una más adelante, con dolorosos nudos y cicatrices en su delgada insignificancia de varita mágica. Entonces empiezo a caminar en zig zag. Me cuesta renunciar a recolectarlas las veces que voy a pagar cuentas o a tomarme un ómnibus: bien sé que no sería razonable hacerlo con semejante carga. Igual no es fácil contener la compulsión. Adoptarlas, tan solitas y tiradas por la calle, exiliadas de sus árboles de origen. Llevármelas a casa, contenerlas del abandono, acariciarlas hasta que se vayan. Y en algún momento, el  rezo secreto: “No faltará el fuego, se me concederá el don de prenderlo cuando quiera, de ser autónoma, de tener siempre un hogar mío al que volver”.
    Vicios de Hestia. O hacer leña del árbol caído.
    *
    Estos días, precisamente cada vez que llego a casa con la máxima cantidad posible de ramas y ramitas, tampoco puedo dejar de imaginarme a mí misma como el tipo de la carta del Diez de Bastos.  Pero nada más lejano a esta tarea voluntaria (que asumo y que cultivo) que el sentimiento de abrumación, de peso obligado, el exceso de responsabilidades tomadas sobre uno que simboliza esa carta. Las ramitas zen me hacen sentirme dueña de mi tiempo y de mi destino, casi libre.

    Sin embargo, por algo será que me viene siempre esa imagen a la cabeza.

  • Tormentas

    Enojada por vivir de una manera que me hace mal. Enojada por faltarme el respeto. Por ser cruel con la persona que me ha acompañado y me acompañará hasta el último día de mi vida: yo. Enojada por mi propia omnipotencia, por mi falta de humildad, por no poder inclinar la cabeza y permitir los movimientos del alma y los tableros. Enojada por la resistencia necia a aceptar la ayuda de mis padres. Por haber perdido todo placer en el juego de la vida: anhedonia, supongo que sería el término. Enojada por no haber publicado en el blog un larguísimo post que quedó manuscrito en mi cuaderno, “Exorcismos”; post odioso porque en realidad trataba sobre cómo -una vez más, igual que antes de mi fugaz reconexión con el Animus- se me fue demorando el escribir, desde la casi muerte de mi padre y el elogio a la garra charrúa, hasta que ya no tuvo sentido hacerlo porque en vez de materia viva eran mariposas pinchadas. Tampoco publiqué ese otro post guardado manuscrito acerca del primer taller de sueños, lindo, que tuvimos hace poco: uno más que se pasó de cocción, como el arroz. Enojada porque, por si fuera poco, también se pasó el tiempo interno de escribir un tercer post no publicado, esta vez sobre el homenaje a Levrero el lunes pasado, precioso, noche de paraguas previo a un pertinaz temporal de Santa Rosa (paraguas que ahora necesito para sobrevivir las tempestades, internas y externas, en una casa que gotea por todos lados, como su dueña). No quiero escribir como quien informa, en tono periodístico; soy una cronista de mis asuntos, no puedo llenar esto de retazos de agendas o de ideas. Enojada porque el incendio del caño de la chimenea reventó la pared de mi altillo y cayeron muchos pedazos al suelo, por lo que ahora cuando llueve se inunda y sigue desprendiéndose revoque sobre el piso de madera, cada vez más estropeado. Enojada por la vida de palanganas y goteras, triste, tristísima porque sé que el altillo me refleja, así como simboliza mi relación con la escritura. La tierra devastada está de nuevo aquí. La sanación del rey tullido que no llega. La esperanza del Grial, perdida una vez más entre las hojas de la supervivencia y las batallas cotidianas.

    Enojada, enojadísima sencillamente por no escribir, por faltarme el respeto, por no saber cuándo parar de dar ni cómo hacerlo, o cómo seguir dando pero sin que eso me consuma. Enojadísima por echarme en cara no dar con la medida -mi propia medida delirante, autoexigente y perfeccionista al extremo-, por correr siempre de atrás por más que me esfuerce, y para colmos sentir culpa al no poder ser tan eficiente como solía. Enojada, descontenta conmigo simplemente por ese no poder, por no llegar a los estándares inhumanos que quiero cumplir, o que creo que debería cumplir para tener derecho a estar viva, a que me quieran, a que me valoren. Enojada por pasar noches sin dormir preparando, terminando, cumpliendo, mejorando, y más enojada conmigo cuando quienes no saben que dejé hasta la última gota de sangre en el proceso me reclaman más, más, y eso me afecta a mí, me genera más culpa, en vez de darme cuenta de que se trata de un problema de voracidad y lactancia ajena. Enojada por no convencerme, en el fondo, de que lo único que tendría que hacer es estar ahí, respirar, ser, disfrutar de las horas que tengo, hacer lo que pueda, respaldarme. Sí, sí, enojada. Por las erratas, lo mal escrito, la falta de ángel. Y mojada, toda la casa mojada, la claraboya quebrada por un cepillo misterioso; herida, vulnerable. Y el viento que la golpea amenazador en cada temporal. Y el altillo con su humedad corrosiva, dolorosa. Y la estufa a leña resentida conmigo, el agua que se desborda por la pared chorreando mis cuadros, la lluvia que no cesa, el sol que no sale. Y yo, enojada, furiosa, luchando internamente para convencerme de que tengo derecho, por ejemplo, a ir esta noche al cine, derecho a dejar de preocuparme por un rato, y que esa gran reivindicación no es motivo alguno para lágrimas. Pero sobre todo y antes que nada, enojada por no escribir, por no ser, por postergarme una y otra vez hasta el día de mi muerte.

    El Cielo es el lugar donde yo no soy tan estúpida y me siento libre, donde escribo olvidándome del mundo, como hacía antes, como hacía cuando cantaba, cuando leía, cuando disfrutaba de la amistad, cuando me permitia sentarme en una iglesia mexicana a estar con Dios o sus sustitutos inasibles, cuando llenaba mi diario e inauguraba otro y otro, cuando registraba mis sueños en hermosas libretas, cuando creía que también yo merezco espacio para desplegarme, merezco espacio del alma, y que las cosas no solo se tratan de luchar por la supervivencia mostrando(me) cuánto me esfuerzo. Es el lugar donde no hay expectativas, ni propias ni ajenas, y donde el ocio y la creatividad y la fiesta y el arte valen por sí mismos, porque no ocupan el lugar de las urgencias o la necesidad agobiante de resultados prácticos. Aliento del Cielo: olvidarme del mundo mientras practico esos saludables derechos humanos para que una vocación no se coma a la otra, para poder recargarme a mí misma en vez de drenarme a mí misma. Aceptar no poder, aceptar que se precisa ayuda, admitir haber tocado el fondo de las fuerzas propias, buscar replantear las cosas en favor de uno mismo. Es decir, tomándome en cuenta también a mí en la ecuación, así como tomo en cuenta invariablemente a todos los demás elementos.

    El Cielo es el lugar donde no me castigo más, por lo que no quedan más motivos para estar enojado. El Cielo es el lugar donde se escribe, donde se es libre. Donde los altillos no sufren, no se caen a pedazos, no se inundan por la negligencia de sus dueños.

    Otra foto lluviosa de Levrero desde su ventana. No quiero ni pensar lo que me diría si viviese.
  • Amores de café

    El ómnibus me dejó en Benito Blanco y Bulevar España. Bajé hacia la rambla con mi oficina a cuestas -un fajo de mails impresos y garabateados, varios rollers, resaltador rosado y amarillo, lentes-, casi teledirigida hacia el café de la librería Yenny. A esa hora, todavía estaría a salvo de las señoras de Pocitos que se juntan a tomar el té y a hablar por celular, con el beneficio no menor de disponer, para mí solita, de casi todas las mesas junto a los amplísimos ventanales. Pero no tuve más remedio que detenerme un rato antes de entrar al café: es que levanté la vista y lo que vi me atrajo tanto que ya sólo pude dedicarme a mirar. Porque estaba preciosa la rambla con sus olas marcadas -ese creciente vientito que se va apropiando del calendario-, algunas personas caminando por la playa, perdiendo el tiempo, y quizás el último sol que tendremos hasta fin de año. Un reflejo fugaz de los abriles primaverales del hemisferio norte, pero no del nuestro, ese abril pronto emisario del invierno. Sin embargo, el presente en sí era perfecto.

    Miré, miré un buen rato. Y me gustó vivir en Montevideo, me admiré del privilegio de vivir aquí. No porque eso, en sí, sea privilegio alguno (al fin y al cabo, seremos atípicos, pero no dejamos de ser el Tercer Mundo más pleno); más bien, es privilegio porque se trata de lo que yo quiero. No hay nada más deseable que lo que uno desea, aunque no esté en el top rank ni nadie más vea su belleza. Y con imágenes tan simples, cotidianas, como la de esa rambla soleada, Montevideo me hace latir el corazón.

    Pero hay que temer a los idilios, claro. Hace muchos años, amé a Montevideo y me rompió el corazón, me dejó viuda, dijo que no era más mi patria, pasó a mi lado y no me vio siquiera, me dejó dormida en Naxos, me negó tres veces antes de que el gallo cantara. Sí, amé a Montevideo y me rompió el corazón.

    Sin embargo, hoy, mientras miraba la rambla, el presente era perfecto.

    Pensaré qué es lo que debo hacer al respecto: si entregarme al embeleso de su contemplación, como hasta ahora, o protegerme el corazón cicatrizado ante el riesgo de nuevas estocadas. Porque, mientras viva, la desaparición de Montevideo siempre será una posibilidad.

    Lo que pasa es que atisbo desde acá, mis ventanales, y sencillamente me fascina lo que percibo. Lástima que el café ya se llenó de viejas pitucas y turistas, y yo hace horas que les estoy ocupando una mesa. No queda ninguna libre.

    Así que pido otro café.

    El libro de los pedacitos mágicos agradece a Hefestos Visual por la cantidad de fotos de su autoría que le presta para ilustrar. 

  • De Levrero (1996). De Mario, no de Jorge.


    Estás hecha con la sustancia de la Literatura y sos Literatura y no otra cosa. Eso no te impide hacer guiones para cine, pero no te olvides de la Literatura en ningún momento.
    El trabajo tuyo, así como tu deber y tu placer, y tu potro de tormento, es la Literatura, y ninguna otra cosa.
    No sigas mi ejemplo de escritor no asumido. Tenés que pasar a ganar dinero con la Literatura y con ninguna otra cosa. Está bien ganar dinero con la Literatura. Está mal no ganarlo.
    Ahora bien: no ganarás dinero en este país con la Literatura, de modo que no debés publicar aquí. Tenés que publicar en lugares donde a los escritores les paguen lo suficiente para vivir, aunque sea para vivir modestamente. No lo conseguirás de ningún modo en Uruguay ni en Argentina (con la Literatura). Un libro tuyo bien editado, promocionado y distribuido desde un país civilizado, tendrá muy buena venta, y ya no tendrás que preocuparte por el trabajo.
    Eso no quiere decir que tengas que irte del Uruguay, forzosamente. Podés publicar en otros lugares sin necesidad de irte, aunque puede costar un poco hacer los primeros contactos. Podría conectarte con algunos profesores que están en Universidades norteamericanas y que tienen un profundo conocimiento de la política literaria del continente (ya que no de otras cosas).
    Pero si tenés que irte, no vaciles. Yo soy tu maestro y te digo que no tengo nada que enseñarte. Ya estás recibida de Escritora. Ahora sólo tenés que publicar lo que tenés escrito, ganar dinero con eso, seguir escribiendo y publicando y ganando dinero y después podrás morir en paz.
    Un abrazo,
    Mario.

  • Levrero en todas partes


    Estoy en el wi fi del shopping, un wi fi medio lamentable pues no me permite bajar el correo, únicamente usar el navegador (por otra parte, es un método bárbaro para concentrarse en responder un aluvión de pedidos de informes sobre los talleres). Desde la vidriera de Mosca me mira un gigantesco Hulk, con las manos extendidas como queriendo agarrar no sé qué tesoros o pescuezos, el cuerpo enorme y musculoso, los pantalones cortos, la rabia verde desde el rostro. Y me parece, una vez más, una broma de Levrero, esa broma que continuamente iba y venía entre nosotros desde que nos asociamos con el taller virtual: yo era, según él, un Hulk, una especie de as del marketing, frontal, bestia, ambiciosa, práctica… en realidad no sé como describir la esencia hulkiana según Levrero, pero entiendo a qué se refería y me parecía risible! ¿Yo, temerosa de hacer una llamada telefónica, incluso a mis familiares y amigos? ¿Yo, insegura, nunca preparada? ¿Yo Hulk? ¿Qué extraño poder me veía, qué brutalidad comercial arrolladora? Claro, entre ambos yo era, seguramente, la que menos espacio tenía entre molécula y molécula, la más sensata, la que pensaba en que también era importante generar ingresos, la que ponía reglas, acuerdos y rajatablas. Con el tiempo, él tuvo algo de razón; por lo menos, es evidente que ahora me sé revolver bien con esto de la promoción de los talleres y que he sabido poner bien claras mis prioridades, mis energías disponibles, mis límites.

    Él, en cambio, para mí era Gasparín, Ghosty, el fantasma amigable. Cuando empezaba con su dialéctica de Hulk, “esa bestia se apodera de vos y perdés tu sabiduría!”, etc etc, generalmente yo lo despreciaba –y se lo decía, claro– como a un vil Gasparín, algodonoso y etéreo, lindo para vivir en el mundo de lo invisible pero no en esta tierra, donde hay que pagar cuentas, ir al supermercado, sufrir por la complicidad negada de la Divina Providencia (en la que él creía). Y así nos dábamos por la cabeza en nuestros asuntos comerciales: Hulk vs Gasparín, Gasparín vs Hulk, cada uno usando sus armas opuestas para convencer al otro. Después nos aceptamos; en el fondo, ambos teníamos razón. Pero si yo desarrollé facetas Hulk, creo que fue por tener un socio tan despegado de lo mundano: ¿quién iba a hacer el trabajo sucio para ganar nuestro bien merecido dinero, entonces?

    Tuve el enorme gusto y el honor de que la Providencia, por mi intermedio, le pagara cuantiosas factura de UTE. ¿Qué más quiero que haber hecho lo que pude por Gasparín, que no se llevaba bien con la materia?

    Y yo tampoco: yo me llevaba horrible con el mundo real, el mundo de los adultos, el mundo de las decisiones sensatas. Claro, desde sus ojitos blancos de fantasma, me volvía una bestia verde queriéndose llevar el mundo por delante. Qué iluso.Y ahora me acosa desde la vidriera con los recuerdos, como si no tuviera bastante.

    Espero que tampoco me demanden por esta.

  • Las tribulaciones del Ave Fenix

    Hoy empiezo un nuevo ciclo, tres grupos del taller de motivación literaria anual.

    Entre los participantes, hay algunos alumnos de los miércoles del año pasado que ahora han quedado distribuidos entre las nuevas opciones de horario, por lo tanto ya no es aquel querido grupo que fuimos cultivando a lo largo de un año. Las “veteranas de guerra” de los jueves fueron dadas de alta por mí (es un decir: la locura literaria nunca se cura, si está bien puesta), arrojadas en cruel sacrificio a las fauces de la autogestión, juas! (las extrañaré horrores, casi tres años compartiendo con algunas, y no sólo letras sino vinos, risas, premios, y anécdotas impactantes como la fugaz irrupción de “Llamó Usted”). Por suerte también empiezan varias del taller de historia personal de este año: luego de ese rito iniciático de la autobiografía, uno siente que se conoce hasta el tuétano, aunque haya compartido sólo cinco encuentros! Los demás son todos nuevos, buaaaaa!!! (ellos deben pensar lo mismo; lo bueno es que por lo general en poco tiempo se arma un buen ambiente, mágico, muy sincero y fértil en descubrimientos, en destapes, en exploraciones, pero no quita que al principio todos estemos a la expectativa).

    Qué lindo es cuando estas actividades se nos vuelven a todos, los que coordinamos y los que asistimos (porque yo también he participado de mil y una propuestas en varias áreas), parte de nuestros pilares, de los rituales buenos de la semana, un punto más de la lista del “haber”, un contacto momentáneo con el sentido. Ya llegará. Tengamos listas las copas para ese día. Lo cierto es que sí, este año terminó algo que cumplió su ciclo y empezó (empieza hoy, a las 20 hrs) algo nuevo, con nueva gente, con nuevos códigos que iremos inventando. Y el Ave Fenix se despide una vez más, destruye, termina, y vuelve a surgir… (al fin y al cabo soy de Escorpio, abusen, nomás, que acá siempre nos regeneramos!)

  • Increíblemente, me siento bien…

    Sí, casi en paz, casi feliz. Me costó lo indecible tomar la decisión de suspender por tiempo indefinido los talleres por internet, mi obra docente de casi siete años empezada junto a Levrero (y ahí está la clave de todo el asunto: no se me podía ni insinuar que parara, que hiciera un impasse, era como si en el fondo sintiera que traicionaba su memoria) (la carcajada más discreta de Levrero acerca de esto se estaría escuchando ahora mismo en Punta del Este). Hacerlos bien, como siempre me ha gustado, insume una cantidad de energía, atención y tiempo que nadie imagina, y yo los venía haciendo mal (precisamente porque estoy agotada y en ocasiones enferma). Nada de tutorías, correcciones/evaluaciones literarias o talleres virtuales por un tiempo: pensar lo menos posible, recargarme lo menos posible, concentrarme. Tengo un lindo trabajo (dentro de todo) con la Unesco por unos meses, y los talleres presenciales donde se trata más de sentir que de pensar; llevan su buena cuota de tensión, como toda actividad escénica y que además trata con el alma, pero también devuelve motivación y energía.

    Otra cosa linda fue haber “dado de alta” a mis alumnas más avanzadas, haberlas orillado a la autogestión (que pueden desarrollar perfectamente) ofreciendo la supervisión mía cuando haga falta. Las voy a extrañar montones; los grupos tardan en lograr esa confianza, y además aquí eran todas brujas y amantes del vino, de la risa. Pero bueno, también es un motivo menos de cansancio porque me hubiera implicado dar mucho de mí por muy poca remuneración a cambio, sólo por responsabilidad docente, y robándole otra noche a Astor. Tengo que darme los espacios para recuperarme, para no caer en el burn out en el que casi estuve.

    Me siento entusiasmada. Veo posible volver a encontrar cierto placer en la vida, en los afectos, y sobre todo volver a escribir…

    ¿O serán las vitaminas que empecé a tomar? 🙂

  • Todo va bien

    Es terrible el abandono de mi blog (cuando hablo de “mi blog”, en estos momentos quiero simbolizar “mi escritura, mi creación literaria”, aunque no sean sinónimo). Quizás me quise quedar en RADIANTE para siempre, no sé, o quizás se debió a que he venido de mal en peor con mi salud y hace poco tuve una especie de manifestación de Greenpeace en mi interior de la que salí apedreada (y bien merecido que lo tenía!). El resultado fue positivo: ahora me estoy cuidando más del estrés, la hiperrrrrrresponsabilidad, la Laguna Estigia, las listitas de pendientes, y sobre todo dedicando un poco de tiempo a atender el reclamo que mi cuerpo viene haciendo hace meses con contracturas que recuerdan la solidez del cemento. No puedo seguir siendo una entidad desencarnada, abusando cual espíritu de ouija que flota alrededor de una mesa: tengo que atender el esqueleto que me sostiene, los músculos que no me fallan (hasta que no dan más). ¿Cuándo le consulté a mi cuerpo si quería embarcarse en esta cruzada todopoderosa que he emprendido este año?

    Lo bueno del asunto es que me afirmé más en la imperiosa necesidad de las vacaciones (cada año, sin excusas de pobreza ni deberes ni “el mundo no puede girar sin mí”) y las estoy disfrutando por adelantado; creí que no explotaría antes, que llegaría con la reserva del tanque pero no: tuve que hacer una parada estratégica en la estación de servicio. Y eso me sirvió, llegué incluso a hacer una primera intervención logística en el caos selvático de mi altillo, con sus montones de cajas vacías, listas para organizar, y en cambio todo tirado y revuelto por el suelo. Ahora está transitable, limpio, y cuando regrese de mi viaje lo dejaré convertido realmente en mi lugar de trabajo y escritura, no como ahora que estoy en el exilio inalámbrico permanente, algo que se puede soportar pero es ridículo cuando uno realmente tiene un espacio propio aunque sea diminuto.

    Y ese desempolvar papeles me puso en contacto con dos asuntos clave:

    1. Hay que deshacerse de lo viejo cuando ya cumplió su función, a menos que tenga sentido guardarlo: parece que me sintiera una traidora si me desprendo de las cosas, más si son de otros, pero me pasa incluso con información que imprimo luego de bajar de internet!
    2. Reabrí el expediente de mi (larga) novela inconclusa, volví a sentir las maripositas en el estómago y el pecho por las ganas de escribirla, de sumergirme en su mundo, y recobré montones de escritos que ya ni recordaba, muchos de los cuales valen la pena.

    Claro, estos son apuntes que tienen sentido sólo para mí, aburridos. Pero necesitaba darle una transfusión al blog, y quien quita que en una de esas alguien que lo lea ande en procesos parecidos…

    La noche del martes soñé que el Darno había resucitado.

  • El huevo o la gallina

    Y yo me pregunto… ¿qué habrá sido primero? ¿Haberme leído a los 13 años todos los diarios del Che Guevara (los de “Pasajes de la guerrilla revolucionaria” eran alucinantes, pero también leí los de Bolivia, que eran bastante más aburridos), luego por el cuarto de siglo íntegros los “Cuadernos de la cárcel” de Gramsci (hice una monografía sobre su concepto de superestructura, pero no tenía por qué leerme sus diarios completos), y así, cartas, autobiografías, memorias, diarios de Kafka, Flaubert, Thomas Mann, Frida Kahlo, Casanova, Malcolm Lowry, etcétera y larguísimo etcétera? ¿Haber escrito yo misma cientos de cartas (en la era pre-correo electrónico, es decir, toneladas literales de papel), desde la primera noche fuera de mi país a los 8 años en que decidí mandarle una a mis abuelos, aunque recién íbamos por Buenos Aires? ¿Tener diario personal desde los cinco años, con mi temblorosa letra de niña precoz, un diario con tapa roja de cuero repujado, letras doradas y candadito que aún conservo junto con decenas de tomos? ¿Habrá sido primero todo eso, o yo simplemente sabía que en la vida adulta me apasionaría acompañar a otros en el misterioso viaje por la historia personal desde la escritura? ¿El famoso hilo de Ariadna, que sólo sabe manejar quien se internó en el laberinto alguna vez?

    (*) Adviértase que este post puede contener publicidad subliminal, je je… así está el mundo!