La tristeza me ha hecho hoy el día irreparable, agrietado, tripas de cañerías rotas. Óxidos. Humedad corrosiva en el alma. Día inútil, si no fuera por las voces de niños, por el ruido de alguien que ordena un ropero en el cuarto de al lado: parece que afuera todavía hay futuro, que la vida aún está viviendo. Y eso es grande. El traumatólogo me advirtió que la fractura me dolería durante los días húmedos (lo que en Montevideo equivale a decir “siempre” y “para siempre”), pero nadie me habló de estas las otras humedades. O quizás Tales de Mileto lo hiciera al comienzo del periplo: el agua es el principio de todas las cosas, todos los alimentos son húmedos, todas las simientes lo son. Ah, la humedad elemental, las fracturas en los tobillos invisibles. No sólo soy mala compañía: soy mi peor compañia también. Yo y el frío, la Antártida golpeándome la puerta, queriendo derribarla como un intruso. El último recurso de los guantes rojos (sin dedos) para arrimarme al teclado. Erratas de frío. De no tener, tampoco, nada más que decir, o no poder mantener la pisada porque todo se me pierde en la humedad: el pie se hunde en el lodo hasta la pantorrilla, como en el imaginario incierto de México Tenochtitlán. Difícil caminar así, llegar a alguna parte si la tierra se sostiene sobre el agua; si lejos de ser sólida, se nos descubre fango. Anoche (luego de larguísimas horas de insomnio) soñé que descubría varios derrumbes en mi casa, techos perforados por ladrones que preparaban su inevitable invasión. El miedo tan conocido a no ser viable, a no poder con la carga de la vida misma. Hay atletas sin piernas que en este momento organizan colectas para poder comprarse una silla de ruedas que les permita subir la marca internacional. Con hijos chicos a cargo: lo leí hoy en el diario. Héroes, gente que se merece todo, que se lo gana. Qué vergüenza. Quisiera postrarme a los inexistentes pies de Eduardo Dutra, pedirle que ponga su mano fuerte como un roble sobre mi cabeza y me bendiga. Lisiada puedo ser yo: jamás lo será él. En mi patio, gélido hasta la parálisis, la leña no da abasto nomás porque le falla el fuego interno. Maldigo la claraboya indómita. Como si uno fuera a vivir para siempre. Qué desperdicio las humedades, el frío.
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Ashes to ashes
La otra noche puse a ciertos entregados tripulantes de naves sin mayor mapa tangible (aunque prometo que jamás dejarán de tener su buen férreo timón), en este caso mis pacientes alumnos del taller de los martes, a escribir a partir de cenizas. Textos que involucraran cenizas físicas: desde el volcán Paricutín apareciendo de la nada a mediados del siglo XX y sepultando dos pueblos mexicanos enteros de un saque (y miramos, en foto blanco y negro de Juan Rulfo, el único vestigio que quedó de todo este ex abrupto del Hades: la torre mayor de una iglesia emergiendo entre los desniveles rocosos de lo que alguna vez fue lava), o las cenizas flotando sobre Montevideo en los últimos tiempos debido a otro volcán, aunque bastante lejano, con las consiguientes tribulaciones que acarrearon en los aeropuertos, o quizás el veterano Keith Richards aspirando las cenizas fúnebres de su padre mezcladas con cocaína, según sus propias declaraciones de rockstar, hasta las denostadas cenizas que dejan los cigarros mientras se van muriendo entre los dedos de un (ahora) rebelde. Toda ceniza valía.
No puedo acordarme todavía cómo es ese dicho: Donde hubo fuego, cenizas quedan o, dándole la vuelta, Donde hay cenizas, es que hubo fuego. Tampoco me doy cuenta si cambia demasiado el sentido final del refrán, pero supongo que una persona encarará diferente la vida si se focaliza en las cenizas remanentes que si, por el contrario, se concentra en el fuego, aunque le sea nada más que una memoria del pasado. De todos modos, me quedo con la impresión de que debe haber sutilezas de lectura que me estoy perdiendo entre estas dos frases. Que no son tan igualitas como parecen.
Revisé mis propias cenizas. Soy solidaria con los alumnos: ¿de qué otro conejillo de Indias podría valerme?
Nada de puentes de Madison: cenizas en solitario. De troncos, estufas, chimeneas.
Fue un invierno raro. Tan frío hasta los huesos; tan pleno, por otra parte, de desubicada luz. Un invierno hijo del fuego: me ocupé de prenderlo cada mañana desde que nadie más lo prendería. Como una Hestia monja, compulsiva y desquiciada. Me ocupé de juntar las ramitas, de desafiar las ganas de morirme. Sabía bien que únicamente con ese alimento ígneo, sólo con esa taza de té caliente en un refugio de alpinistas, podía salvarme de la inanición. Y Astor: tenía que calentar la casa para Astor, que todo siguiera rodando, que percibiera que seguiríamos adelante, fuera como fuera. Qué tristeza para él, su mundo quebrado, tirado en pedazos por el suelo. Porcelana que, una vez rota, no puede repararse. Ya está. Cicatriz. Creí que lo dañaría para siempre, que le haría perder esa sonrisa. Ahora no tiene dientes, pero sigue riendo franco, como si quisiera largar el alma para afuera.
Mi casa es grande, vieja, de techos altos y descomunal claraboya. Y entonces todo se volvió para siempre cenizas, cenizas -¡tantas!- que se juntaban al terminar el día. Montañas de ellas (¿esperanza de Ave Fénix?): el fuego era el ritual sagrado para continuar con vida, para persistir en la siempre frágil intención de continuar con vida.
La Cenicienta, pero sin baile ni madrina ni campanadas de retorno. Mejor.
Y toneladas de leña, literalmente. Capital de madera, inversiones en el Wall Street de las barracas, lingotes apilados y forrados de astillas. Todos los días bajaba al sótano una, dos, tres veces, y acarreaba altos de troncos para seguir así atizando semejante fogata voraz y bulímica. Boca angurrienta de los dioses aztecas. Caldera de edificio en la que a veces se queman los papeles secretos, las cartas de amor, los documentos que comprometen. Mi máquina industrial de producción de brasas y cenizas: cosecha al amanecer. Pala de hierro. Entonces vuelta a empezar.
Sí, montañas de ellas. Las tocaba con la mano, me embadurnaba el rostro de cenizas, me persignaba la frente. Sentía su suave textura, su fina condición de arenas del Caribe. Claro, en las playas grises de los muertos. Esas por las que nunca corrí del todo, esas que nunca (todavía) he podido pisar descalza al fin.
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El Santo Patrón de los temporales
Me cansa mucho la tristeza, más todavía en ciertas coyunturas que parecen no dar tregua. Como me vino pasando estos últimos diez días, que de una marea amniótica pasé a una marea turbia para desembocar en un súbito e inesperado temporal. No sé cómo hago, pero siempre consigo que Dios me preste sus efectos especiales para acompasar mis ánimos. Efecto sensorround, Dolby, 3D. Creo que con los años he logrado una cierta banca en el reino de los cielos (también en los infiernos, pero eso en realidad no viene al caso ahora). “Siempre que llovió paró…”, me dijo ella por SMS, sospechándolo todo y aprovechando la meteorología bipolar de este país para camuflar su consuelo.
¡Tantas cosas que agotan, que me agotan! Tironear de las cuerdas, tratar de que las velas no se vayan volando, mantener el rumbo pese al zangoloteo de las olas enormes, resbalarse una y otra vez tratando de alcanzar el timón. Sí, da miedo escuchar todos esos truenos retumbando y no poder acordarse completa la oración al ángel de la guarda. Pero lo que más cansa, en verdad, es esa cruz de tener que -a la vez- ser marinero, ser barco y ser también tormenta. Qué fácil sería poder echarle la culpa a esas tormentas y considerarlas las enemigas a vencer, las maldiciones del afuera.
“En cambio, cuando ella está triste, es como un vendabal del cual uno no puede protegerse con un paraguas“, decía mi amiga V. acerca de esta servidora hace unos años (lo decía entre otras cosas más, sobre ella y sobre mí, igual de atinadas y a cual mejor dicha) en su precioso texto Tristes comparaciones.
Mi padre siempre contaba que, cuando novios, iba con mi mamá a una confitería o bar (creo que se llamaba Payaso y estaba dentro de una de las otrora movidas galerías de Dieciocho) y ella a menudo se echaba a llorar en público. Él se ponía nerviosísimo; no sabía qué hacer y sentía todas las miradas de la gente sobre sí, reprobándolo. Como le llevaba diez años y era muy jovencita, en la mente de mi padre, trajeado y formal, sonaba lo que seguramente estarían pensando los otros concurrentes: “Mirá al cretino ese… seguro que hasta es casado y ahora se lo dijo a la pobre chiquilina, por eso la hace llorar!”. Las lágrimas femeninas son tramposas socialmente, lo sé. Mi madre seguro que también lo sabía, así que mi atribulado futuro progenitor pagaba por su torpeza frente a las emociones; en el fondo, se creería un villano. No me conocía a mí; lo de ella era apenas el tímido goteo de una manguera de balneario mal cerrada.
Pero ella secuestra al resto del mundo con su tristeza, le pone un cerrojo ajustado y nadie más puede salir, clausura las salidas, derriba las puertas y no se puede pasar.No puedo menos que agradecerle a quienes se han ocupado de reflejarme en formatos varios mis temporales: no hay nada más doloroso que sentir semejantes fuerzas internas capaces de destruir y destruirnos, y que de afuera nos miren como si, con un poco de voluntad, bien pudiéramos haber pasado la tarde remontando cometas y soplando reguiletes de colores en el parque. Esos colegas de caminata que, cuando la negra ola se empieza a alzar una vez más por el horizonte, se han animado a sostenerle la mirada y a quedarse, así sea para devolverme un texto con matices tormentosos (como el de V.) o un tranquilizador memento entre sus propias prisas. Tales gestos se cristalizan, se vuelven presencias internas. Porque me son la huella de que alguien entiende o entendió alguna vez el pathos de mis inundaciones, de mis mástiles desesperados en altamar, de esos recurrentes temporales que rugen y hasta rompen las claraboyas, simbólicas y materiales, pero que -en tanto quede vida- siempre se terminan, pasan. “Todo se pasa”, decía Santa Teresa de Ávila, patrona de los escritores. Poseidón, en cambio, es el santo patrón de los escritores que no escriben.
Es terrible que los dolorosos vendabales propios lastimen a quienes amamos. Uno se siente indigno de ese amor, de esos amores. Qué maravilla sería disponer de acceso a alguna torre lejana, de durísima piedra, para cobijarse hasta que pase y minimizar los daños. Sobre esto, a menudo me pregunto qué explicación darán los hombres lobo luego de sucumbir a la amarga tentación de la luna llena y volver en sí rodeados de cadáveres. Pero por suerte, los hombres lobo no existen.
Sí, les agradezco mucho a esos que me valoran, aceptan, quieren o buscan todavía, a pesar de los vientos y de las mareas que no pienso ocultar nunca más (como hace muchos años hacía, escondiéndome del mundo avergonzada). Hay incluso quien, por amor, los ha presenciado una y otra vez, voluntariamente, en sus peores expresiones y es cierto que hasta la fecha consiguió sobrevivir (no sé si salir indemne). Yo trato de nadar hasta la otra orilla, como el pobre Leandro buscando la luz del faro. No logro hacer mucho más que eso ni nada menos egoísta.
Uno puede ver en sus ojos las raíces de los árboles a la intemperie, arrancados para siempre por la tormenta.La mayor paradoja y misterio es que, a pesar de las ocasionales y espectaculares zozobras, soy sin duda una estupenda capitana de barcos. Quizás por eso mismo: porque el mar embravecido me habla al oído, enamorado, y las sirenas toman el té conmigo entre las rocas, y los tritones me dedican canciones submarinas para arrullar mis sueños en el momento en que por fin logro soltar mis inútiles riendas y caigo, agotada del todo. Soy como el centauro Quirón: puedo curar la herida ajena porque bien sé lo que es estar herido.
También es verdad que, cuando la posesión eólica y la inundación descontrolada termina, soy una de esas personas que se entienden en silencio con el sol y con la luz, con los frutos, y que van sembrando por pura generosidad y hasta iluminando, si sonríen. Las polaridades de Deméter y Perséfone, para empezar.
Esta mañana íbamos caminando con Astor rumbo a la escuela y le saqué el tema: “No tenés que preocuparte cuando me ves triste. Yo soy así. Nadie tiene la culpa. Siento de golpe un gran dolor adentro mío y necesito llorar. Como a ti, con la piel tan blanquita,que te lastima el sol, y tenés que usar filtro y te salen pecas, pero a tu amiguito [ ], que es de raza negra, si está bajo ese mismísimo sol no le pasa nada”. Él asintió, tranquilo. Vaya uno a saber si entendió algo o si quiso simplemente contentarme desde su incondicional amor de niño.
Y con la vana esperanza de que aprendiera en una frase lo que a mí me llevó, me seguirá llevando, toda una larguísima vida, terminé nuestra conversación entonces: “Todos somos diferentes y yo, para bien o para mal, soy así”.

(Será una torre, pero igual no da la impresión de ser demasiado segura…) -
Tormentas
Enojada por vivir de una manera que me hace mal. Enojada por faltarme el respeto. Por ser cruel con la persona que me ha acompañado y me acompañará hasta el último día de mi vida: yo. Enojada por mi propia omnipotencia, por mi falta de humildad, por no poder inclinar la cabeza y permitir los movimientos del alma y los tableros. Enojada por la resistencia necia a aceptar la ayuda de mis padres. Por haber perdido todo placer en el juego de la vida: anhedonia, supongo que sería el término. Enojada por no haber publicado en el blog un larguísimo post que quedó manuscrito en mi cuaderno, “Exorcismos”; post odioso porque en realidad trataba sobre cómo -una vez más, igual que antes de mi fugaz reconexión con el Animus- se me fue demorando el escribir, desde la casi muerte de mi padre y el elogio a la garra charrúa, hasta que ya no tuvo sentido hacerlo porque en vez de materia viva eran mariposas pinchadas. Tampoco publiqué ese otro post guardado manuscrito acerca del primer taller de sueños, lindo, que tuvimos hace poco: uno más que se pasó de cocción, como el arroz. Enojada porque, por si fuera poco, también se pasó el tiempo interno de escribir un tercer post no publicado, esta vez sobre el homenaje a Levrero el lunes pasado, precioso, noche de paraguas previo a un pertinaz temporal de Santa Rosa (paraguas que ahora necesito para sobrevivir las tempestades, internas y externas, en una casa que gotea por todos lados, como su dueña). No quiero escribir como quien informa, en tono periodístico; soy una cronista de mis asuntos, no puedo llenar esto de retazos de agendas o de ideas. Enojada porque el incendio del caño de la chimenea reventó la pared de mi altillo y cayeron muchos pedazos al suelo, por lo que ahora cuando llueve se inunda y sigue desprendiéndose revoque sobre el piso de madera, cada vez más estropeado. Enojada por la vida de palanganas y goteras, triste, tristísima porque sé que el altillo me refleja, así como simboliza mi relación con la escritura. La tierra devastada está de nuevo aquí. La sanación del rey tullido que no llega. La esperanza del Grial, perdida una vez más entre las hojas de la supervivencia y las batallas cotidianas.
Enojada, enojadísima sencillamente por no escribir, por faltarme el respeto, por no saber cuándo parar de dar ni cómo hacerlo, o cómo seguir dando pero sin que eso me consuma. Enojadísima por echarme en cara no dar con la medida -mi propia medida delirante, autoexigente y perfeccionista al extremo-, por correr siempre de atrás por más que me esfuerce, y para colmos sentir culpa al no poder ser tan eficiente como solía. Enojada, descontenta conmigo simplemente por ese no poder, por no llegar a los estándares inhumanos que quiero cumplir, o que creo que debería cumplir para tener derecho a estar viva, a que me quieran, a que me valoren. Enojada por pasar noches sin dormir preparando, terminando, cumpliendo, mejorando, y más enojada conmigo cuando quienes no saben que dejé hasta la última gota de sangre en el proceso me reclaman más, más, y eso me afecta a mí, me genera más culpa, en vez de darme cuenta de que se trata de un problema de voracidad y lactancia ajena. Enojada por no convencerme, en el fondo, de que lo único que tendría que hacer es estar ahí, respirar, ser, disfrutar de las horas que tengo, hacer lo que pueda, respaldarme. Sí, sí, enojada. Por las erratas, lo mal escrito, la falta de ángel. Y mojada, toda la casa mojada, la claraboya quebrada por un cepillo misterioso; herida, vulnerable. Y el viento que la golpea amenazador en cada temporal. Y el altillo con su humedad corrosiva, dolorosa. Y la estufa a leña resentida conmigo, el agua que se desborda por la pared chorreando mis cuadros, la lluvia que no cesa, el sol que no sale. Y yo, enojada, furiosa, luchando internamente para convencerme de que tengo derecho, por ejemplo, a ir esta noche al cine, derecho a dejar de preocuparme por un rato, y que esa gran reivindicación no es motivo alguno para lágrimas. Pero sobre todo y antes que nada, enojada por no escribir, por no ser, por postergarme una y otra vez hasta el día de mi muerte.
El Cielo es el lugar donde yo no soy tan estúpida y me siento libre, donde escribo olvidándome del mundo, como hacía antes, como hacía cuando cantaba, cuando leía, cuando disfrutaba de la amistad, cuando me permitia sentarme en una iglesia mexicana a estar con Dios o sus sustitutos inasibles, cuando llenaba mi diario e inauguraba otro y otro, cuando registraba mis sueños en hermosas libretas, cuando creía que también yo merezco espacio para desplegarme, merezco espacio del alma, y que las cosas no solo se tratan de luchar por la supervivencia mostrando(me) cuánto me esfuerzo. Es el lugar donde no hay expectativas, ni propias ni ajenas, y donde el ocio y la creatividad y la fiesta y el arte valen por sí mismos, porque no ocupan el lugar de las urgencias o la necesidad agobiante de resultados prácticos. Aliento del Cielo: olvidarme del mundo mientras practico esos saludables derechos humanos para que una vocación no se coma a la otra, para poder recargarme a mí misma en vez de drenarme a mí misma. Aceptar no poder, aceptar que se precisa ayuda, admitir haber tocado el fondo de las fuerzas propias, buscar replantear las cosas en favor de uno mismo. Es decir, tomándome en cuenta también a mí en la ecuación, así como tomo en cuenta invariablemente a todos los demás elementos.
El Cielo es el lugar donde no me castigo más, por lo que no quedan más motivos para estar enojado. El Cielo es el lugar donde se escribe, donde se es libre. Donde los altillos no sufren, no se caen a pedazos, no se inundan por la negligencia de sus dueños.
Otra foto lluviosa de Levrero desde su ventana. No quiero ni pensar lo que me diría si viviese. -
Noche de Walpurgis: Ginebra, Arturo, Morgana, las hadas del bosque, mi novela y yo
Cuando la gente se va a un retiro (religioso, profesional o en el marco de un proceso terapéutico), generalmente lo hace para encontrar la paz que le permita acometer ciertos proyectos u objetivos, o para que terminen surgiendo espontáneamente procesos que, de otro modo -de no ser por ese “fuera del mundo” artificial que se crea-, costaría demasiado contactar o por lo menos llevaría muchísimo más tiempo. Uno se va, confiado en que su rutina, su mundo de todos los días, lo estará esperando allí cuando regrese, intacto e inmóvil, como el castillo de la Bella Durmiente que seguía preso del hechizo un siglo después.
Mi rutina, mi mundo de todos los días, saltó en pedazos recientemente, y “paz” es lo último que puedo esperar en medio del inmenso dolor que estoy viviendo ahora (dolor cuyo sentido es, precisamente, tratar de recuperar dicha paz). Creí que, para mí, el soñado retiro literario en Solís, con el ya probadísimo equipo femenino de escritoras -y amigas-, quedaría literalmente en el tintero. Nadie puede escribir una vez que el tsunami golpea y arrasa con todo: se dedica a salvar la vida, a recobrar las maltrechas pertenencias que flotan, a reparar la casa o improvisar un techito, a sostener a otros heridos, a dejarse curar por las brigadas solidarias, a buscar alimento día a día, sin acopio posible, a juntar leña para prender fuegos que recuerden el hogar. Sí: uno se dedica a sobrevivir cuando el tsunami golpea; lo último que podría hacer es escribir. Tampoco se puede escribir mientras se avista la ola a lo lejos, por cierto.
Un amante del cine arte me comentó una vez sobre una película de aquel director interesante (aunque demasiado arriesgado en sus propuestas estéticas, a mi gusto) que filma ese preciso momento y lo sostiene como en una cámara lenta eterna: la ola gigante a lo lejos, imponente, majestuosa, durante rollos y rollos de filme. Los espectadores permanecen, igual, en sus butacas, por la arrolladora belleza de otras secuencias en la historia. Personalmente, semejante imagen me causaría torturantes pesadillas por su contenido arquetípico.
“No importa, vení igual, aunque sea a pedacitos”, fue -más o menos- el mensaje de mis compañeras en la pasada noche de Walpurgis. Y milagrosamente fui. Claro que a pedacitos, pero rodearse de siete hadas y un bosque ayuda a la sanación, por más duros que hayan sido algunos momentos. El silencio creativo me hace bien; los momentos de amistad gozosa, también. Y aunque no haya escrito mucho más que mis bitácoras de la vida, leí con concentración mi novela trunca (no puedo llamarle ya “proyecto” cuando tiene 180 páginas escritas, aunque haya sido hace siglos) que sorprendentemente me dijo mucho de mí, de lo que estoy viviendo ahora mismo, a años de distancia; me conectó, página a página, con mis búsquedas de siempre. Retomé nada menos que el sentido del juego, el desafío y el misterio de escribir esa novela. La tríada bendita. Nada mal para un retiro en el medio de un tsunami.
Estuve llorando en la hamaca, tapada y escuchando música, hasta que en medio de esa desolación un hilito de luz, de esos que se filtran desde las copas de los árboles, me hizo sentir que encontraba algo como el camino de regreso a mí misma y a mi fuerza, a mi alegría de ser yo, la que soy. Al final, el Darno estaba cantando/me en francés; era parte de esos hilos de luz, de muchos hilos que se entretejen para sostenerme. No es cierto que la imagen de la telaraña implique lo malévolo, lo destructivo; quizás esa sea la realidad de los insectos. Para mí, los hilos, la red, la telaraña que se teje son todos huellas, rastros, señales y ovillos de salida.
En ese mágico momento de retorno, me pareció ver una línea que aparecía y desaparecía a medida que la hamaca se iba meciendo. Una finísima línea vertical que se ocultaba y se dejaba ver en una danza de brillos y transparencias. Bajaba desde no se sabe dónde hasta mi bota; parecía un inesperado rayo láser de la Guerra de las Galaxias.
Cuando al fin me di cuenta, quise correr a contarle a Morgana, pero me contuve para no distraerla de lo suyo. Allí, mientras estuve rearmando mis pedazos en la hamaca, asida a mis guías invisibles, entre temporales y naufragios, una araña tuvo el atrevimiento bendito de tejerme encima el primer hilo de su futura telaraña. Por un instante, tuve a Levrero frente a frente, o al menos habrá sido el recuerdo de su lección principal: la autenticidad, el valor de ser quien se es, incluso cuando la gente que amamos y que nos ama no pueda comprenderlo, mucho menos acompañarlo. Memento mori.
Observé por última vez, maravillada, el fortuito brillo que me hablaba al oído, y tomé entonces el hilo casi invisible con la mano izquierda. El regalo de la araña se quedó conmigo. Estaba en paz. Sabía que no duraría, pero lo estaba.
La noche de Walpurgis misma prendimos un gran brasero, comimos guiso de lentejas, tomamos vino, quemamos unos papelitos que guardaban todo aquello de lo que nos queríamos desprender en nuestras vidas y luego otros papelitos con lo que deseábamos con toda el alma. Fue una especie de ritual improvisado; yo comenté que iba a ser difícil que alguna iglesia lograra captarnos alguna vez, con semejante poder de autogestión. Cada una sacó, además, una carta del tarot del Rey Arturo que Morgana había llevado. Ocho cartas, como dardos certeros, con capas ocultas que continuarían luego, en los días por venir, su proceso de cebolla hasta develar la totalidad del oráculo. Un círculo de mujeres escritoras alrededor de un brasero prendido convoca fuerzas muy poderosas.
A mí me tocó el Cuatro de Espadas. No sé qué dirá la estadística de estas cosas, pero desde mi experiencia personal era imposible que saliera un palo distinto que el de espadas. Conozco bien la carta, sus significados habituales, pero no en esta versión del Rey Arturo, que además me llega especialmente por mi condición de Ginebra. La imagen que presentaba este tarot para ilustrar dicha carta era Isolda la de las Blancas Manos. Recién como una semana después, los insights me empezaron a golpear, pero esa es otra historia (que quizás escriba luego aquí). El significado liso y llano que el librillo daba sobre mi Cuatro de Espadas decía así:
Recuperación. Sanación. Retirada a un entorno seguro y tranquilo. Tomarse un respiro. Abandonar una situación tensa y caótica para aclarar la mente y evaluar los propios planes. Indagación serena en la propia alma. Recuperar la fuerza y dirección. Recibir protección y cálida hospitalidad. Convalescencia. Abandonar un estilo de vida peligroso. Puede indicar una estancia en el hospital.
[espero que esto último sea en un sentido metafórico, aunque a estas alturas todo es posible]El lugar común de hoy: “”Y, viejo, qué te voy a decir… ¡de que las hay, las hay!” Mucho más todavía un 30 de abril, aquelarre de Walpurgis. Noche en la que, a cierta hora, los cielos y la luna se oscurecen por la multitud de brujas que surcan los espacios. Yendo al encuentro con sus pares.
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Problemas de los anillos
Estoy haciendo hamburguesas, y mis manos tienen pegotes de los restos de carne picada. Zonas rojas, trozos sanguinolientos que se me escurren hasta alojarse entre los dos anillos que llevo ahora en el dedo anular. Una carnicería. Dos, más bien: primero fue la que me tocó a mí. Pero la del hacha y el cuchillo y la picadora, la de la misteriosa sierrita con chillido agudo de aquellas carnicerías de mi infancia, con coloridas tiritas de plástico a la entrada, esa tuve que ser yo.
En las cirugías también se corta, sale sangre, duele, se sufre. Pero, por lo general, después de un tiempo los órganos suelen funcionar mejor, o los peligrosos tumores dejan de ser una amenaza. Claro que también hay pacientes que se mueren.
Lástima que no haya laparoscopía para ciertos procesos. No: nos mandan al cirujano clásico nomás, carnicero como todos ellos (tengo buenas razones para creer que esto no es obra de un simple carnicero, de esos con delantal blanco y manos grandes). El único consuelo es que, de no intervenir, el paciente igual hubiera muerto poco a poco. Ahora existe el riesgo del paro cardíaco, la infección, la amputación, la septicemia, pero también se puede tener esperanzas de recuperación. La vida vale la pena cuando realmente se vive. No hay que esperar un diagnóstico mortal o el fallecimiento de un amigo cercano para uno plantearse empezar a vivir como se debe, a ser ese quien en verdad se es.
A lo mejor el paciente se salva y el final es feliz. Pero, igualmente, cómo duelen las heridas. Las mías, las ajenas. Y -continuando con la larga lista de lugares comunes en la que vengo cayendo, como cada vez que uno intenta adentrarse en lo importante- hay que tener en cuenta, además, aquel supuesto refrán chino; ese de crisis es igual a peligro más oportunidad (los habituales signos de “=” y “+” con lo que se suele presentar esta frase me parecen absurdos, como si fuera una fórmula de álgebra o de física).
Dicen que los dos anillos juntos se usan cuando uno se queda viudo. No es el caso, salvo que yo haya matado a alguien.
Para mí, más bien es un recordatorio. Falta mucho para que decida sacármelos.
Tiene la contra de que la carne picada de las hamburguesas se cuela entre ellos, se les pega, y eso me hace sufrir.
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Levrero, el necio (2004-2009)
Hace cinco años que murió Levrero. Me estoy convenciendo al fin: la cosa no tiene arreglo. Y sigo enojada, en el fondo, por su empecinada huída: ¿qué le costaba esperar un poco más? Fue un abandono dolorosísimo, incluso para gente que no lo conocía personalmente, pero para los que éramos sus amigos, sus interlocutores, sus referencias afectivas, fue y sigue siendo demoledor.
O quizás sí, quizás esperó más de lo que yo creo… El tipo no era de este mundo. Quién sabe desde cuándo escuchaba la llamada.
Murió Mario. Se fue Levrero, mi maestro, mi socio, mi hermanito del alma. Y es irremediable. Y es para siempre.
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Electrocardiograma del duelo (10)
Fue falsa alarma. El electrocardiograma del duelo -o mejor dicho el duelo mismo, el mío- goza de buena salud todavía.
El domingo mi papá cumplió 75 años y no pude estar con él. Hace 25 que no vivimos en el mismo país, que hemos rebotado repetidas veces sobre un extraño tablero de billar cuyas esquinas son Montevideo, Panamá y México en sus varias versiones: DF, Guanajuato, Querétaro. Quién sabe cuál será la cuarta esquina. En marzo, cuando vinieron, le di a mi madre un regalito para este momento; eran 3 CD. Mi padre no escucha mucha música; en realidad, le cuesta tomarse tiempos de ocio. Hasta sus intereses más personales terminan tiñéndose de trabajo, de energía generosa puesta a disposición de los otros, pero a estas alturas de la vida le resulta difícil aprender a hacerse tiempo para él mismo. Supongo que no quiere tomarlo, en el fondo, o quizás la programación de alguien que tiene responsabilidades sobre sus espaldas desde hace casi seis décadas es prácticamente imposible de desarticular. Cuando le insistía en que tenía que darse espacio para la lectura, empezó a leer la Biblia casi como un cabalista insomne; recién ahora se dio cuenta de que puede leer otras cosas, pero a estas alturas daría vuelta a cualquier Testigo de Jehová en una pulseada (cosa que no hace porque, con su manera de ser, le invitaría un café y terminarían siendo grandes amigos). Con la música igual: creo que le debe costar escuchar y no hacer nada. Sin embargo, en 1985 le regalé un cassette con una selección de Darnauchans (cuyos discos había descubierto ni bien llegué a Uruguay, a fines de 1982, música arrumbada en ejemplares únicos de pasta en Palacio de la Música que me fascinaron y fui comprando, intrigada); por ahí anda dando vueltas todavía, un cassette dedicado a mi padre que en aquel entonces tenía unos cincuenta años.
Le fascinó. Se sentaba y lo escuchaba con toda atención.
Cuando hace unos días lo llamé para felicitarlo, me dijo que le había encantado el regalo de los tres CD y que yo tenía razón, que debía tomarse un tiempo para su ocio. Y agregó que tanto Numa Moraes como Darnauchans eran “santos de su devoción”, una forma algo bíblica de demostrar su aprecio (el tercer CD era de Asaltantes con Patente, que le traería recuerdos pero era otra cosa). Yo le dije que ambos discos, el de Numa cantando a Benavidez como El ángel azul del Darno, eran clásicos desde el nacimiento, discos históricos, pináculos que compiten con toda dignidad con los mejores puntos de estos músicos en el pasado. “El ángel azul es el último suspiro del Darno, un maravilloso canto de cisne”, le dije.
Sería por imaginarme a mi padre escuchando al Darno allá en Panamá, sentado idealmente en un sillón, con tiempo para sí mismo, pero hoy me puse a escuchar yo misma El ángel azul. No pasé de la primera canción sin llorar, probablemente por ese juego de espejos del tema generacional y los padres que sangran para darnos paso, o simplemente por reencontrarme con la voz de Eduardo en aquel último momento mágico en que también sangró, pero por última vez sobre la tierra, sobre El ángel azul. Como el ruiseñor sangró sobre la rosa para que el amante tuviera una flor que entregar a la muchacha (mejor no recordemos cómo termina el cuento).
La canción que más me conmueve en ese disco es “Sonatina”. Me llega al alma imaginarlo cantándola, cantándose, reconociendo su juventud herida en tiempos de los tiranos (que es la de muchos en épocas de dictadura, porque somos parte de una generación hambrienta, desprovista). Pero lo que me cala más hondo es cuando dice que ningún general será recordado nunca, y uno sabe que Darnauchans sí, que a él lo recordaremos siempre. Es una forma de ganar la batalla final -siguiendo con la metáfora bélica- antes de que las cenizas se dispersen en el viento. Más de una vez he llorado cuando llega esta canción en mi MP3, recuerdo haberme parado en la esquina del Sabot deseando que ningún mozo me viera desde adentro. Es algo loco escuchar canciones y conmoverse mientras uno se desplaza por las calles: gajes de la tecnología actual. Prefiero parar, disfrutar el momento sublime, cuando todos los hilos se juntan y la telaraña de la vida misma se alza hermosa, brillante, frente a nuestros ojos.
Me pregunto por qué hay tan pocas fotos del Sorocabana en internet. No entiendo dónde estaban los fotógrafos en aquel entonces, qué hacían, qué podía importarles más cuando mi café existía.

(Foto de Panta Astiazarán)Bello número especial sobre el Darno este mes en 45RPM (que, a diferencia mía, no incluyeron el crédito de las fotos de Guzmán que utilizaron)
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Now playing: Eduardo Darnauchans – Sonatina
via FoxyTunes







