Etiqueta: Uruguay

  • No más rituales a Huitzilopochtli hasta el año que viene!

    Ofrenda realizada por la colonia mexicana en Uruguay, Embajada de México,
    Día de Muertos 2007


    Calaveras, flores y tequila: un taller sobre la muerte basado en la sabiduría popular mexicana

    • El arte de morir: trabajar mi propia muerte
    • Introducción al Día de Muertos en México
    • La dulce memoria de los que ya no están: hacer una ofrenda para este 2 de noviembre


    A cargo de Gabriela Onetto, licenciada en Filosofía y coordinadora de talleres literarios
    Embajada de México en Uruguay/ Espacio Cultural
    Sábado 27 de octubre de 2007
    de 15 a 19 hrs

    Los que quieran ser incluidos en la convocatoria 2008, escriban a tallermuerte@onetto.net para quedar en la lista (ya hay 25). El taller se hace el sábado anterior al 2 de noviembre y es una actividad gratuita, mientras Dios me dé vida y salú!

  • Mis tribulaciones en este Día de Muertos

    Además del enorme resfrío que me ha estado haciendo zancadillas desde el martes (y del que no puedo zafar porque nunca me llega el momento de dormir, descansar o simplemente no tener algún plazo de trabajo que venza ese día), anoche ocurrieron varias cosas durante lo que debía ser, y terminó siendo contra mi voluntad, la velación. Es que estoy rodeada de mimosos, incluso entre los muertos me las apaño para conseguirlos divos, celosos e histriónicos. Y yo no ayudo mucho con esa naturaleza parrandera que trato de esconder en el baúl, por aquello de “madre”, “docente” y “resfriada”, pero justo en el día en que hay que celebrar la vida para cerrarle el paso a la Pelona no me voy a echar pa´atrás.

    Veamos:

    INVOLUNTARIA VELACIÓN DEL 1 AL 2 DE NOVIEMBRE, 2007
    MONTEVIDEO, URUGUAY

    • Embajada de México – El asunto empezó con la inauguración de la ofrenda a Frida Kahlo, que era, por otro lado y en cierto modo, la culminación de mi taller sobre la muerte. Estaba hermosa, monumental, y en México no hubiera tenido nada que envidiar. Había gente de los talleres presenciales, del sábado pasado, gente de la colonia mexicana que conocía y trabajó creando esta obrita de arte que estará toda la semana que viene en exhibición, y luego empezó a circular el chocolate y el pan de muerto entre la concurrencia nutrida. Astor se prendió y eso le dio más baterías para seguir jugando entre la gente (finalmente, es su embajada ¿no?), conocí al Embajador, macanudo, y luego la Agregada Cultural dijo que nos lleváramos nuestro itacate. Salimos con un pan de muerto para el desayuno.
    • Bar Bacacay – Allí nos esperaba la bruja V. y su consorte; llegamos cuatro más y Astor, quien sopeó papas fritas en el agua y comió dos bolas de helado de chocolate, además de improvisar una piscinita para dinosaurios en los vasos y dibujar los manteles. A mí me esperaba el altarcito que le había armado al Darno antes de salir, pero ¡una botella más! ¡otra cosita! ¡un nuevo tema! ¡pájaros pintados por doquier! ¡el mozo es un poeta cubano que no sabe que existe el Premio Casa de las Américas y cuya cara se transmuta cuando recita sus décimas! ¡coincidencias! ¡confesiones de borrachos! Astor se durmió y los rufianes padres (y tíos postizos, taxistas y demás) llegamos a las 2 AM a casa. Por lo menos ya era la noche de Muertos (tenía la inocente idea de que podría llegar a dormirme antes de la medianoche); yo le había dejado una lámpara prendida al altarcito de Eduardo, no fuera a ser que anduviera por ahí dando tumbos.
    • Altar del Darno – Una foto del diario, con los ojos llenos de tristeza, desesperación y cansancio. Sorprendido, como quien no se sabe observado en tales sombras. Candelabros y cirios del mismísimo Pátzcuaro, lugar de lo negro. Flores. Una chalina que siempre llevé conmigo desde 1999 en que me fui a México otra vez. Un par de mails que, más que eso, son actuaciones privadas del inconsciente del Darno para mí, con sus “cantinflescas cortesías”. Una botella de Chivas Regal y un vasito bien servido que hoy de mañana estaba más abajo (sí, ya sé, la evaporación, la ley de gravedad y el índice Dow-Jones). Discos para una grata visita (canciones de cuna sefaradíes, música medieval y renacentista, Nick Drake, una selección de tangos reos en disco de pasta), libros (clásicos como La Odisea, La Eneida, La Divina Comedia, poesía medieval italiana, y hasta un librito de Leopardi como guiñada). Fotos: montones. Bares, cafés, amigos, recortes de diario. El inhalador para el asma. El pan de muerto de la Embajada (no sólo de Chivas vive el hombre, aunque ahora sea cadáver!). También discos de él, por si le entra la nostalgia. Papel y pluma para escribir (la guitarra, suya, aparece en una foto que me regaló: supongo que servirá). La letra de “Sonatina” clavada con un milagrito mexicano de corazón, con los que decoré también cerca de su foto. Calaveritas. Una, grande y muy canchera, sentada con un vaso en una mano, como luego de una borrachera; a ese vaso le puse agua bendita just in case. Puse el disco de Canciones sefaradíes mientras prendía los cirios. Sí, el tiempo había pasado desde aquel recital mágico de 1984 cuyo cassette pirata también había colocado en el altar. Su voz estaba destruída, como la mía cuando trato de volver a cantar; la energía no fluye, la vida ya se retiró con un reproche ahogado. Este disco es lindo de oír sólo porque sabemos que efectivamente, se trataba del último aliento. Lindo de oír por la belleza que recuerda, no por la que en verdad crea. Pero era la música de su altar de muertos y, como tal, era perfecta.
    • Saqué fotos como recuerdo. Es bueno tener en mente que nuestro amigo realmente no está más en esta tierra, y que por eso protagoniza un altar, y no se trata de una broma cómplice. Las fotos me quedaron horribles: fuera de foco las que tenían flash (salvo las que tienen los cirios apagados, qué gracia), totalmente oscuras las otras, y en una de mis artísticas tomas me llamó la atención un brillito lindo que captaba el lente. Volví a mirar. Nada. Por el lente, más brillito. De pronto, reparé en que parte de los papeles, la calavera mayor de madera y una de las fotos del Darno se estaban prendiendo fuego (¡sobre piso de parquet!): tiré el vaso de agua bendita para refrescarle los pies a la Calaca, que quedó tiznada y en brasas por un rato. Una tapa plástica de Raras & Casuales se derritió un poquito. Al Darno se le hizo un agujero misterioso y lleno de colores en el aura, de la cabeza hacia arriba; en la foto se lo ve concentrado, con una lapicera en la mano, a punto de escribir algo. Lleva la chalina roja, distinta de la mía azul.
    • Después, leí los mails, reí, lloré, tomamos whisky, miré las fotos (especialmente la nuestra juntos), le dije un par de cosas, le pedí perdón por no haber ido cuando estaba mal (¡yo, la kamikase del inframundo, me daba cuenta de que me tenía que cuidar a mí misma!), y sobre todo le di las gracias por haber cambiado mi vida, por seguir cambiándola, por haber sido un privilegio en las casualidades, un honor.
    • También le prendí una velita a Levrero, Rubén y Pocho, no se fueran a sentir por mi dedicación al Darno. De nada sirvió. Pinches muertitos. No me dejaron dormir en toda la noche.
    • Eran ya las 4 AM. Ni miras de descansar y con resaca amenazando (no estoy para cocktails de Marylin Monroe, ya no estoy en edad). En la duermevela, un calambre terrible en una de las pantorrillas; trato de sacudirla para salir del espasmo muscular, levantarme. Inmediatamente entra en calambre la otra y me duele horrores. “Son mis muertitos rompebolas que quieren llamarme la atención. Claro, no les armé nada este año, sólo al Darno…me quiero dormir!”
    • Al rato: Astor por primera vez se cae de la cama. Cae arrodillado en el colchoncito, el cuerpo encima de la cama estirado, casi dormido. Parece que estuviera rezando. Lo acomodo. Son las 6 AM y todavía no logré dormir, me pasé “velando”. Al rato amanece y todo el mundo se pone a llamar por teléfono.

    Qué nochecita! El Darno casi me incendia la casa, los otros me tiraron de los pies (como si tuviera diez años y pudieran asustarme), y yo para colmos, con cruda. Por suerte, a partir de mañana empezamos a salir del ciclo de la muerte. Al menos del voluntario, claro.

  • Botines de cumpleaños

    No hay fiesta este año: sólo (y nada menos) los festejos de los dos talleres presenciales, que ya fueron esta semana, y una cena con mi marido engripado, si sobrevive, mañana en un lindo restaurant fuera del ámbito en boga.

    Botines recolectados hasta ahora:

    • 44 años, o casi
    • Un estupendo billete de mis bondadosos padres, que aplicaré en asuntos placenteros (léase libros, discos, cosas así: nada de terapias, cuentas asesinas de OSE y demás ramificaciones del Super Yo)
    • Un ticket completo para ir a la peluquería, tortura a la que sólo estoy dispuesta a someterme si me la pagan y si las nieves del tiempo platean mi sien, o al menos se ven algunos hilos de sabiduría demasiado evidentes
    • Un Luigi Bosca Malbec Reserva traído por una guerrera de plumas y lentejuelas
    • Un kit completo de “La Lupita” a domicilio, con quesadillas, guacamole, salsita, totopos y todo el paquete para los comensales
    • Unos chocolates, una hermosa flor, un marcador de libros, más vino, torta, alfajorcitos…
    • Un dibujo del Parque Rodó, con muchos colores y Gusano Loco, prometido por mi hijo

    Seguiremos informando.
    Por donaciones, visiten PayPal

  • El recuperador de pedacitos mágicos buen recuperador será

    El sábado pasado vivimos una cena mágica en casa de V. Ella había preparado un festín exótico para agasajarnos a nosotros, los afortunados invitados a su cumple. Una mezcla especiada e internacional de gente como para pasar una noche conversando, poniendo CDs al revés en un tocadiscos rebelde, tomando vino en torrencial abundancia, degustando delicias saladas, picantes y dulces, agitando el caldero invisible hasta que las velas ardan.

    Eso, en tiempos pasados, no nos hubiera parecido tan extraordinario como ahora. Me refiero a que saltábamos de alegría e incredulidad cuando nuestros hijos corrieron al piso de arriba y se dedicaron a jugar toda la noche casi sin ser notados. ¡Pudimos disfrutar de toda una noche como seres autónomos, charlando y embriagándonos (de vino y de estar contentos nomás) hasta las 4 AM! Se lo cuento a todo el que me encuentro; por dentro pensarán “¡Pobre!”. Pero para mí fue un rito iniciático, un antes y después en mi vida de los últimos años. Un terroncito de libertad otra vez. Lástima que el olfato (físico) ya no me funciona; casi lloro, literalmente hablando, cuando el delicioso vino de reserva que V. nos invitó generosamente (como todo lo suyo) tenía el mismo exacto aroma que el agua. Pero fue lo único que opacó mi simple y extraordinaria felicidad de aquella noche.

    Otro pedacito recuperado: el martes quedé de ver a mi amigo VF en el Café Irazú. Aproveché para quedar bien conmigo mismo diciéndome que allí también podría trabajar un rato antes porque hay wifi. Sí, trabajé (me encanta ir, allí o a casi cualquiera de los pocos cafés que quedan, pero ver gente pasar, gente haciendo sus cosas, viviendo ahí afuera). Pero las dos horas de trabajo no fueron nada comparadas con las cuatro horas que nos pasamos conversando y riendo (el activar los bordes, la resignificación, la intervención, los mapas, y todo el léxico con el que se construye el discurso actual de la crítica de arte en Uruguay, por no hablar de las “curadurías”) hasta que fue hora de irse. “Ir al baño hoy es hacer una intervención en la red cloacal montevideana”, dice VF. Descubrimos que fue un incomprendido artista conceptual de ultra vanguardia hace veinte años, cuando vivíamos en Ellauri, con aquellos botellones que me encontraba en el baño y que tenían al lado fotos de los botellones mismos, o los carteles que con flechitas apuntaban a un cuadrado que decía “Esta es una obra de arte” (que a su vez tenía un cuadrado en su interior, con su respectivo cartel y flechita apuntando, etc, ad infinitum). Mucha diversión para una sola tarde/noche, y a pocos días del evento de V. Mi espíritu amenazaba con salir desbocado, corriendo al galope por la rambla bajo la lluvia.

    Pero no: tomé el ómnibus y, no sin cierta nostalgia, volví a casa a las nueve…

  • Un poco de deporte nacional


    Nada. Que todos los días me duermo a las 2:00 a.m. Alguien en mi estado existencial de maternidad (con toda la alegría que eso me da, a estas alturas de conocer al maravilloso niño duende de los ojos azul hielo) no puede darse esos lujos porque al otro día la paga *con la saña despiadada del Universo*:

    “Mamá… vino el soi!!!!”

    y la rueda del día empieza, triturando los huesos y la mente, hasta las próximas 2:00 a.m.

    Nunca en la vida se me habían juntado tantas evaluaciones por hacer, atraso, atraso, y entonces me cuesta más encararlas porque me angustio. Mañana me siento y no me paro hasta ponerme al día (no digamos adelantar!). Una vez que empiezo con una, me meto en el asunto y me gusta; lo que no me gusta es la pila sobre mi escritorio virtual!

    Homenaje a Levrero el 31 en la Biblioteca Nacional. Una evaluación literaria de unas 50 páginas. Un texto (lindo, mirada literaria sobre la realidad) a escribir para la revista Dixit. Taller de portales web en la UCU en septiembre. Promoción urgente del taller de mitología y escritura. Y last but not least, los talleres presenciales.

    Pobrecilla de mí, con tanto laburo y casi diluída en internet…

    Lamentablemente y a pesar de la hora, no puedo quejarme: mis trabajos son simplemente maravillosos. La que está cansada y resfriada soy yo. Bolsa de agua caliente conmigo y hasta mañana.

  • Levrero y La Ciudad (no “La ciudad” de Levrero)

    El otro día me decidí a hacer un poco de arqueología e instalé mi entumecido lector de floppys para poder revisar algunos diskettes, o mejor dicho para copiar lo que me interesara a mi ibook y tenerlo más a mano. Encontré varias cosas, cómo no, pero aún no he tenido tiempo de leer nada con la calma que precisaría esa década o más de distancia. Sin embargo, reconocí inmediatamente un archivito “DIALEVR.doc” en el que figuran dos pequeñas historias que escribimos Levrero y yo “a cuatro manos” el primer día de taller con él, 18 de abril de 1996 en la Plaza Zabala (pobre de mí, primer día con el mismísimo Maestro y me tocó ser su pareja en un ping pong literario, ya que solo éramos tres alumnos y aquello tenía que hacerse en número par). Ya las publicaré acá. Nos reímos mucho tiempo con esto, e incluso durante años solíamos terminar algunos correos problemáticos, tragicómicos o que contaban situaciones aparentemente sin salida con la frase: “Después vinieron tiempos mejores“, que fue con la que él remató del todo el precipitado desenlace que yo escribí en una de las viñetas. Fue uno de nuestros acercamientos de aquel día (en realidad, las historias parecían escritas por una sola mente… por supuesto, una mente algo delirante).

    El otro acercamiento fue descubrir que ambos habíamos identificado una roñosa voz interna que maldice el lugar donde vive (él, Colonia; yo, Montevideo segunda etapa) en el poema La ciudad de Cavafis. Fue un momento mágico: yo comenté que me gustaba muchísimo L. Durrell y él dijo que a él lo que le había gustado era un poema que el autor citaba en uno de sus libros, y lo describió perfectamente; yo salté, cité (parafraseé) las primeras líneas, y no paramos de hablar de La Ciudad (no del poema: de ese sentimiento de vivir un exilio impuesto por fuerzas oscuras, imposible de romper, cuando en realidad hay algo dentro de uno que se niega al lugar, algo que se parece un poco al autosabotaje).

    Pasaron todavía tres años para que me fuera de Uruguay: sabía que por nada del mundo podría hacerlo si estaba peleada con el país (“La ciudad te seguirá“, advertía claramente). Uno tarda, pero con los años (y con los poemas, y con Levrero, y con las repeticiones de los errores, y con la intervención protectora de San Judas Tadeo) se vuelve un poco más sabio.

    Preferí partir tranquila, disfrutar el viaje que iba a ser para siempre, como quien paladea de lejos una Ítaca propia. Es decir, con la plena conciencia de todos sus defectos.

    Por suerte ya no tengo problemas con las ciudades. Vivo donde quiero vivir hoy (lo que no quiere decir que el puerto esté cerrado para cambiar de idea, o que haya renunciado a mi otra mitad del alma)

    “Dijiste: ‘Iré a otra tierra, iré a otro mar.
    Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
    Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
    y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
    ¿Hasta cuándo estará mi alma en este marasmo?
    Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
    veo aquí las negras ruinas de mi vida,
    donde pasé tantos años que arruiné y perdí’.
    No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
    La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas
    calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
    y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
    Siempre llegarás a esta ciudad. Para otras tierras -no lo esperes-
    no tienes barco, no hay camino.
    Como arruinaste aquí tu vida,
    en este pequeño rincón, así
    en toda la tierra la echaste a perder”.


  • Invierno en el sur

    Bueno, empezó junio y estoy sobreviviendo sin traumas, para mi sorpresa. Incluso llego a encontrar lindos algunos días. Es la época de la estufa a leña, del vino tinto, de la pasta y los guisos, del chocolate amargo, de la poesía triste, de las hojas amarillas y rojas pendiendo de los árboles, del agradecimiento cuando algún día sale el sol, a pesar del frío. Pero el frío no ha logrado penetrar en mi alma esta vez.

    Escucho “Zurcidor” y me pregunto al dejar circular por el aire esa voz otra vez, esas canciones perfectas y de otro tiempo, de un tiempo fuera del tiempo y del espacio: “¿Se da cuenta el mundo de lo que perdimos con la muerte de Darnauchans o ya dieron vuelta la página? ¿Tomaron conciencia de lo que implica esta pérdida? Porque si lo hubieran hecho, estarían llorando todavía, rasgándose las vestiduras, llevándole flores y flores a la tumba, prendiéndole velas para pedirle favores, construyendo estatuas y monumentos en su memoria, nombrando las calles con su nombre, enseñando sus canciones en la escuela junto con Artigas y demás, cubriendo de pétalos cada lugar por donde pasó, agradeciéndole una y otra vez que haya nacido en este país, que nos haya dado la oportunidad de descubrirlo, aun agazapado debajo de las piedras… “

    La verdad es que todavía no me animo a poner “El ángel azul”.