Etiqueta: Vesna Kostelich

  • Cuidado: pintura fresca/ algunos textos escritos anoche frente a los cuadros de Rodrigo Fló

    I.

    Traición atemoriza. Un campo de manzanilla, de vientos casi niños, y mansos caballitos y campanas. Noches con osos de peluche y estrellitas fosforescentes pegadas a la pared, y el Ángel de la Guarda colgado en la medalla. Pero de todos modos la oscuridad logra avanzar, hacerse carne, volverse tumor acaso, globo tóxico azul, enfermizo exorcismo casi anciano. Humedad corrosiva, canilla que gotea sin pausa cada noche con la sola intención de terminar de sacarme el sueño. Traición atemoriza. La cara inocente, la bella pastora de delantales y regazo de anís, de dulces galletas de canela, deja que me le acerque, cándida y bobita, confiada, maternal en tanto niña, para -una vez con su mano entre mi pelo, una vez con sus caricias soleadas de casi siesta infantil- atestarme el golpe de gracia, el sonido metálico de sus dientes en mi vientre, el desgarro de tripas, mi incrédula mirada de lobizón maltrecho. Traición atemoriza. Parece que todo fuera calma, que el cielo contuviera las lágrimas por mí, que la luna guardara sus ases bajo la manga por amor a mi juego. Pero es mentira: en cuanto me dé la vuelta, ese mismo cielo compasivo que caminaba en equilibrio, esa luna galante del fair play, esa calma que me hizo pensar en chimeneas y leñas, en sopa caliente, en música de grillos, todos se volverán mancha de tinta, sin aviso, todos ira febril, envejecida streaper de los cielos. Sí, se volverán olas furiosas reventando contra un murallón de piedra que apenas las contenga. Y la traición allí, agazapada. Y la traición allí creciendo firme y en silencio, como una yerba mala.

    *

    II.

    De feroz no tengo nada. Lástima. Esa corrección tonos pastel, esa nubosidad variable con tormentas violentas pero que llueven solo en el patio de la casa, mientras que afuera saco paraguas de colores y botitas de lluvia muy a tono para saltar baldosas flojas y hacer como si me asustara de los charcos. Sí, ¿quién puede ser feroz si amordaza sus noches, si las domestica hasta sacarles el brío, las ganas de correr sin hora de retorno por los campos, de galopar libre, sin alarmas ni timbres ni relojes ni despertadores ni timers? Ni siquiera -y tan solo- un reloj de sol, uno de arena; es más, sin un calendario, digo; sin un ábaco ni una agenda o documento cualquiera de identificación civil. Libre de no guardar unidad, de no sostener ni la intención de cierta coherencia personal. De tejer y deshacer, de provocar y después no hacerse cargo, de causar y mirar impávido el destrozo, de seducir y abandonar. De hacer sangrar, en suma. Libre de culpas, libre de rumbo como un taxi libre. Lástima.

    Feroz, feroz, feroz: no tengo nada. Salvo en las noches de luna llena, esas enormes lunas naranja con las que a veces me confundo. Que salen, si acaso, una vez cada diez años. Qué bello mi espíritu, tan plumas de ángel que me peino, tan ojos celestes y tan sacrificado. Como una estampita de Primera Comunión, con ribetes dorados y mi nombre, en cursivas, coronándolo todo. Dicen que he sido canonizada, albricias. Porque por el camino dejé toda pasión molesta, toda aspiración mundana, toda competencia cuerpo a cuerpo. Toda mirada desafiante, todo improperio de colores oscuros: eso lo voy barriendo, discreta, bajo la mancha roja, el desecho menstrual, el vergonzoso algodón de nuestras madres y abuelas. Yo no. Lástima. Hubiera querido ser la santa de tez de porcelana, la inmolada, la que jamás se desdice de sí ni de la apastelada armonía de su dormitorio (imaginario). Y ahora parece que la textura, que los chorretes blancos, que los desniveles y pequeños volúmenes de pintura sobre la tela, parece como si quisieran despertarme, recorrerme el cuerpo y el alma como en una despedida de amantes. Qué bien me harían, en este caso, aquellas alarmas y timbres y relojes y despertadores de los que quise escapar antes. Te estás muriendo, como todos, podrían acaso decirme. Pero el celeste apenas gris, el rosa casi pálido, el tenue amarillito, ninguno quiere comprender lo que en verdad me están diciendo. Te estás muriendo, repiten. Entonces sé que ese es el precio: que el espacio en blanco, el níveo nirvana, el cielo ganado, el qué buena era no me dejarán volver a ser feroz. Y mucho menos me dejarán ser tierna.

    No, no, de feroz no tengo nada. Qué lástima, qué maldita, perra lástima.

    *

    III.

    Me pesa la  prudencia, por más que hoy llueva y la encuentre hermosa. Letra chiquita, no vaya a ser. Hay algo en este cuadro que me hace sospechar, y sin embargo es (de todos) el que mejor me comprende.

    Sobre el artista:

  • El Santo Patrón de los temporales

    Me cansa mucho la tristeza, más todavía en ciertas coyunturas que parecen no dar tregua. Como me vino pasando estos últimos diez días, que de una marea amniótica pasé a una marea turbia para desembocar en un súbito e inesperado temporal. No sé cómo hago, pero siempre consigo que Dios me preste sus efectos especiales para acompasar mis ánimos. Efecto sensorround, Dolby, 3D. Creo que con los años he logrado una cierta banca en el reino de los cielos (también en los infiernos, pero eso en realidad no viene al caso ahora). “Siempre que llovió paró…”, me dijo ella por SMS, sospechándolo todo y aprovechando la meteorología bipolar de este país para camuflar su consuelo.

    ¡Tantas cosas que agotan, que me agotan! Tironear de las cuerdas, tratar de que las velas no se vayan volando, mantener el rumbo pese al zangoloteo de las olas enormes, resbalarse una y otra vez tratando de alcanzar el timón. Sí, da miedo escuchar todos esos truenos retumbando y no poder acordarse completa la oración al ángel de la guarda. Pero lo que más cansa, en verdad, es esa cruz de tener que -a la vez- ser marinero, ser barco y ser también tormenta. Qué fácil sería poder echarle la culpa a esas tormentas y considerarlas las enemigas a vencer, las maldiciones del afuera.

    En cambio, cuando ella está triste, es como un vendabal del cual uno no puede protegerse con un paraguas“, decía mi amiga V. acerca de esta servidora hace unos años (lo decía entre otras cosas más, sobre ella y sobre mí, igual de atinadas y a cual mejor dicha) en su precioso texto Tristes comparaciones.

    Mi padre siempre contaba que, cuando novios, iba con mi mamá a una confitería o bar (creo que se llamaba Payaso y estaba dentro de una de las otrora movidas galerías de Dieciocho) y ella a menudo se echaba a llorar en público. Él se ponía nerviosísimo; no sabía qué hacer y sentía todas las miradas de la gente sobre sí, reprobándolo. Como le llevaba diez años y era muy jovencita, en la mente de mi padre, trajeado y formal, sonaba lo que seguramente estarían pensando los otros concurrentes: “Mirá al cretino ese… seguro que hasta es casado y ahora se lo dijo a la pobre chiquilina, por eso la hace llorar!”. Las lágrimas femeninas son tramposas socialmente, lo sé. Mi madre seguro que también lo sabía, así que mi atribulado futuro progenitor pagaba por su torpeza frente a las emociones; en el fondo, se creería un villano. No me conocía a mí; lo de ella era apenas el tímido goteo de una manguera de balneario mal cerrada.

    Pero ella secuestra al resto del mundo con su tristeza, le pone un cerrojo ajustado y nadie más puede salir, clausura las salidas, derriba las puertas y no se puede pasar.

    No puedo menos que agradecerle a quienes se han ocupado de reflejarme en formatos varios mis temporales: no hay nada más doloroso que sentir semejantes fuerzas internas capaces de destruir y destruirnos, y que de afuera nos miren como si, con un poco de voluntad, bien pudiéramos haber pasado la tarde remontando cometas y soplando reguiletes de colores en el parque. Esos colegas de caminata que, cuando la negra ola se empieza a alzar una vez más por el horizonte, se han animado a sostenerle la mirada y a quedarse, así sea para devolverme un texto con matices tormentosos (como el de V.) o  un tranquilizador memento entre sus propias prisas. Tales gestos se cristalizan, se vuelven presencias internas. Porque me son la huella de que alguien entiende o entendió alguna vez el pathos de mis inundaciones, de mis mástiles desesperados en altamar, de esos recurrentes temporales que rugen y hasta rompen las claraboyas, simbólicas y materiales, pero que -en tanto quede vida- siempre se terminan, pasan. “Todo se pasa”, decía Santa Teresa de Ávila, patrona de los escritores. Poseidón, en cambio, es el santo patrón de los escritores que no escriben.

    Es terrible que los dolorosos vendabales propios lastimen a quienes amamos. Uno se siente indigno de ese amor, de esos amores. Qué maravilla sería disponer de acceso a alguna torre lejana, de durísima piedra, para cobijarse hasta que pase y  minimizar los daños. Sobre esto, a menudo me pregunto qué explicación darán los hombres lobo luego de sucumbir a la amarga tentación de la luna llena y volver en sí rodeados de cadáveres. Pero por suerte, los hombres lobo no existen.

    Sí, les agradezco mucho a esos que me valoran, aceptan, quieren o buscan todavía, a pesar de los vientos y de las mareas que no pienso ocultar nunca más (como hace muchos años hacía, escondiéndome del mundo avergonzada). Hay incluso quien, por amor, los ha presenciado una y otra vez, voluntariamente, en sus peores expresiones y es cierto que hasta la fecha consiguió sobrevivir (no sé si salir indemne). Yo trato de nadar hasta la otra orilla, como el pobre Leandro buscando la luz del faro. No logro hacer mucho más que eso ni nada menos egoísta.

    Uno puede ver en sus ojos las raíces de los árboles a la intemperie, arrancados para siempre por la tormenta.   

    La mayor paradoja y misterio es que, a pesar de las ocasionales y espectaculares zozobras, soy sin duda una estupenda capitana de barcos. Quizás por eso mismo: porque el mar embravecido me habla al oído, enamorado, y las sirenas toman el té conmigo entre las rocas, y los tritones me dedican canciones submarinas para arrullar mis sueños en el momento en que por fin logro soltar mis inútiles riendas y caigo, agotada del todo. Soy como el centauro Quirón: puedo curar la herida ajena porque bien sé lo que es estar herido.

    También es verdad que, cuando la posesión eólica y la inundación descontrolada termina, soy una de esas personas que se entienden en silencio con el sol y con la luz, con los frutos, y que van sembrando por pura generosidad y hasta iluminando, si sonríen. Las polaridades de Deméter y Perséfone, para empezar.

    Esta mañana íbamos caminando con Astor rumbo a la escuela y le saqué el tema: “No tenés que preocuparte cuando me ves triste. Yo soy así. Nadie tiene la culpa. Siento de golpe un gran dolor adentro mío y necesito llorar. Como a ti, con la piel tan blanquita,que te lastima el sol, y tenés que usar filtro y te salen pecas, pero a tu amiguito [ ], que es de raza negra, si está bajo ese mismísimo sol no le pasa nada”. Él asintió, tranquilo. Vaya uno a saber si entendió algo o si quiso simplemente contentarme desde su incondicional amor de niño.

    Y con la vana esperanza de que aprendiera en una frase lo que a mí me llevó, me seguirá llevando, toda una larguísima vida,  terminé nuestra conversación entonces: “Todos somos diferentes y yo, para bien o para mal, soy así”.

    (Será una torre, pero igual no da la impresión de ser demasiado segura…)
  • El altillo

    “That is why I have laid so much stress on money and a room of one’s own.”
    Virginia Woolf, A Room of One’s Own
    Algo extraordinario me sucedió luego de la operación. Soy otra persona, o, mejor dicho, soy más yo otra vez. Más que nunca. Deben ser los efectos arquetípicos de la resurrección.Hace como un año estábamos varias amigas -vinculadas todas de uno u otro modo a la literatura- tomando unos vinos. Vesna me había regalado un tiempo atrás La azotea, de Fernanda Trías (un librazo, Ed. Trilce, difícil de conseguir, pero quien lo vea en Tristán Narvaja debería comprarlo). Esa noche, SuyFabi también me regaló un libro, El sótano de Mario Levrero, librillo para niños retorcidos -como Levrero- con lindísimas ilustraciones. La propia Fernanda dijo que era toda una casualidad: Levrero había escrito un sótano y ella una azotea.

    Las casas tienen enormes poderes de evocación, simbolismos adheridos a cada pared, a cada ladrillo; en una casa, los espacios son habitaciones del alma, estados de ánimo, capas manifiestas del inconsciente. Azoteas y sótanos. Hay momentos en la vida para cada uno.Y también hay escaleras entre ellos.

    Estoy a punto de escribir el tercer libro de esta trilogía involuntaria. Mi libro será invisible, estará escrito con tinta indeleble, no se publicará jamás porque el único papel que podría contenerlo sería el del calendario, y se llamará El altillo.

    Y es que al fin lo arreglé. Mi cuarto privado, mi escritorio. Luego de tres años de tener el piso cubierto de papeles, las cajas esperando, vacías. Caos externo casi espejo de un desorden primario y una falta de espacio interno. Soy feliz aquí. Es mi refugio de escritura, de trabajo, de papeles, de memorias. Una ventanita a la claraboya soleada o lluviosa. Pero suelo tardar tanto en escribir lo que me pasa, que cuando lo hago encuentro que se ha desvanecido, como ahora. Miro adentro y ya no encuentro su expansiva fuerza, su fueguito sencillo de subir cada mañana, cada noche, a comprobar que todo siguiera tan armónico, tan arreglado e inconfundiblemente mío. Simplemente, se me pasó el momento de mirarme resucitar el altillo, o quizás de resucitar en el altillo, porque ahora irrumpen otros movimientos internos que me reclaman el apretado espacio. Esta vez, son manifestaciones que rugen desde una distante juventud y una lejanísima niñez. Justicias postergadas. Esperanzas que había sepultado. Y seguramente tampoco escribiré sobre ello, tampoco llegaré a tiempo, tironeada por las cosas de la vida.

    Ya no importan tanto, entonces, los altillos. Al menos no este viernes, no mañana ni pasado mañana. Los altillos son torres, en esos casos.

    Igual sé que soy y siempre seré una mujer de altillos. El mío me estará esperando, fiel, cuando esta nueva oleada termine.

  • Cositas mínimas que no logro entender del mundo (III)

    ¿Cómo es posible que las terminales de autobuses de la Ciudad de México -hablo de mi modestísima experiencia en viajes, pero si sumo los kilómetros de ida y vuelta entre mis dos países doy la vuelta al mundo, además del largo tiempo transcurrido en cada uno de ellos- puedan manejar con bastante eficiencia miles y miles de pasajeros diarios, y en cambio la “talla 0” terminal Tres Cruces de Montevideo se vea desbordada por un eructo de verano?

    La pregunta se vuelve acuciante, filosa y llena de fastidio -como estoy ahora, en el ómnibus rumbo a Solís luego de mil y una peripecias dignas del Principio de Peter, la Ley de Murphy y el Primer Manifiesto del Subdesarrollo (“Incompetentes del mundo… ¡uníos!”)- ante algunos hechos contundentes:

    1) Tanto México como Uruguay son países del Tercer Mundo: no estoy haciendo la zancadilla infantil de comparar con Europa o EE.UU.

    2) Los veranos se repiten cada año: no son una catástrofe inesperada que azote a un país desorganizándolo súbitamente. Las hordas estivales en la terminal de autobuses pueden preverse con tiempo, planificación y sentido de la eficiencia (sobre todo del servicio, algo difícil de encontrar aquí) (también es difícil de encontrar una oficina de Defensa del Consumidor o un abogado presto a poner una demanda). Tengo la impresión de que poner sin aviso previo un letrero de “Caja cerrada” cuando hay veinte o más personas en esa fila, no tener previsto a qué andén llega cada autobus ni a quién puede consultárselo ni quién lo asigna ni por dónde puede desplazarse tanta gente para ir y venir como títere mal informado, de un extremo de la terminal al otro, no una sino varias veces, mientras cruza un mar de gente propio de la estación Metro La Raza del mentado DF (y aún ahí era más organizado: descontando las horas picos, atroces, y la monstruosidad misma de la escala, por el metro de dicha ciudad pasan por día 6 millones de personas, y aún así, básicamente, los ríos de gente van por su cauce, hay represas y exclusas, lagos y, bueno, canaletas estrechas, pero también señalización, cronómetro, velocidad), sufriendo la mochila ajena en el ojo -fina imagen ¿eh?-, tengo la impresión de que terminar tomando el ómnibus de las 19.15 hrs a las 19.45 o que haya que llevar a los pasajeros del “Coche 4” en el “Coche 1” porque dicho “Coche 4” los dejó plantados en la parada y siguió de largo, tengo la impresión de que todo eso no colabora con la seriedad de los servicios turísticos uruguayos. Menos mal que sólo tuve que tomarme un taxi desde mi casa para contemplar (¡y participar de, iupi!) este caótico espectáculo vergonzoso: si hubiera venido a veranear desde otro país, me corto las venas.

    3) Si en vez de una terminal de ómnibus fuera un aeropuerto, los aviones colapsarían en el aire: ¡qué alivio! Para tragedias, todavía tenemos a Bush, más la franja de Gaza, asiduos terremotos, huracanes y todo el catálogo, no precisamos esforzarnos en generar adicionales.

    4) En la ciudad de México hay cuatro terminales de salida, según la dirección en la que se viaje, y por cierto la mayoría están bastante alejadas de la zona urbana central, no enclavadas en su epicentro. Bah, doy fe de que era así: el DF crece tan rápido que puede que ya se las haya tragado; cuando yo era niña, el aeropuerto quedaba en las afueras, y cuando volví hace diez años vivía en la colonia Narvarte y parecía que los aviones se metían en mi dormitorio…

    5) Desde que pisamos la terminal, nos llevó 4 horas llegar a este balneario que está a… 80 kms de Montevideo! Lo escribo y me da vergüenza ajena (y propia, como connacional). El anfitrión, extranjero, claro, nos dijo: “Bueno… ¡pues bienvenidos a Artigas!”. A esas alturas ya tendríamos que haber llegado a la frontera del país.

    6) Ya estoy esperando el paro, la huelga, la manifestación por aumentos dignos de salario, la movilización gremial, etc. de los eficientes empleados de Tres Cruces, sus líneas de ómnibus… auch!!! “Uruguay: país de servicios”. Servicios sanitarios, será. Turistas del mundo, no vengan en verano hasta que esta gente salga del Jardín de Infantes. You don´t deserve this, really.

    Por suerte, luego de la tortura aquí está hermoso, nos tratan maravillosamente, Astor juega en la piscina, tenemos resaca por el “4 X 4” de anoche (cuatro botellas de vino entre cuatro comensales pernoctadores, no hubo tango), todo está lleno de hamacas y, por si fuera poco, terminé pasando mis apuntes de carretera en laptop inalámbrica rodeada de jardín. El sol, la sombra, la comida, la buena música: después de la batalla, el paraíso. Al menos, ese es el argumento que promueven todas las guerras santas del mundo…

  • Escritoras temperamentales (mujeres con hormonas)


    El año pasado me presenté por fin a un concurso literario luego de más de tres años de no hacerlo (…que coincidía con la edad de Astor, por cierto). Para mí ya había sido suficiente logro llegar a corregir mi relato “La pistolera” y enviarlo en tiempo y forma, pero no contenta con eso, puse una consigna en el taller presencial que correspondía a lo que pedían las bases, de modo de que mis maravillosas alumnas de los jueves (tremendas escritoras) se pudieran presentar. No sé cuántas lo hicieron, pero dos salieron premiadas, como yo. Así que este miércoles, 19.30 hrs en el Museo Zorrilla, tendremos triple festejo con el lanzamiento del libro!

    Mi relato puede ser publicado ahora gracias a que –por desgracia– ya perdí la calidad de inmigrado en México. Como decía el Darno: “Esta es la única persona que conozco que se cruzó ilegal la frontera México-EEUU en sentido contrario!”.