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  • Masoquismo 2.0

    Tengo pocas oportunidades de tomarme un ómnibus en el esquema o guión que sigue mi vida actualmente. El solitario trabajo vía internet; luego, los talleres presenciales en mi casa. Eso, sumado a las dichas y exigencias de la vida familiar y al poco tiempo libre. Todo, para colmo, en plena cruel mediana edad (cruel, entre otras cosas, por descargada de pilas).

    Mis desplazamientos obligatorios, entonces, se reducen a ir y venir del colegio de Astor (a cuatro paradas de casa); luego, a la tertulia semanal con mis viejos amigos en el café Tribunales, y finalmente, a la irregular aunque desesperada lucha contra mi naturaleza de monja de clausura. Quiero decir, en ocasiones me obligo a trabajar en algún café -laptop o papeles impresos de por medio- para apaciguar un poco esa tan conocida sensación de saberme, como nadie, una mónada de Leibniz. La habitación de mi mente/sin ventanas, decía y me decía un poema que escribí a los veinte años. Se extraña el mundo, tener compañeros de ruta, compartir presencia incluso sin hablarse. Luego se asombran de que uno se vuelva adicto a internet.

    Me gusta mirar por la ventana de un bar, ver a la gente hacer sus cosas, a la fauna habitual de un café tomar sus puestos. Sentirme, también, amparada por el reconocimiento de los meseros del lugar, tipo perrito adoptado (lo máximo es cuando ellos se adelantan y me preguntan “¿Un cortado cargado?”, o lo que sea que consuma allí: en el bar Sporting, donde paraba media hora por reloj todos los jueves, el mozo ya largaba el cortado al verme atravesar la puerta, sin siquiera corroborarlo). El placer de presenciar el desfile de la rutina cotidiana -seguramente porque no es la mía propia-, ese movimiento que me rodea pero no logra tocarme. Por eso, porque me hace bien, trato de salir de mi casa a trabajar afuera al menos dos veces por semana (además de las esperas en el club de Astor, donde no puedo más que garabatear un poco o empezar a leer alguna consigna impresa). “¿Adónde vas después?”, me pregunta el niño cuando lo dejo en la escuela esos días en que cargo con la laptop, cruzada al pecho. “A una oficina en la que a veces trabajo”, le contesto muy segura. Inocente. Ya bastante lo confundo con mis atipicidades como para que además piense que me instalo por ahí a tomar café en el epicentro de la tarde, mientras él tiene que lidiar con la letra cursiva, las sumas y el inglés.

    Por eso, porque salir al mundo 3D es, en mi caso, una excepción, es que lejos quedó aquel tiempo en que tomaba ómnibus todos los días, a menudo varios: que para ir a la universidad, que prácticamente a diario al Sorocabana, años después a la productora de video, más mi bien ganada fama de obsesiva espectadora de cine y habitué de los bares nocturnos (“…lejos quedó el tiempo…” para ambas cosas). El ómnibus es como una segunda naturaleza en la juventud; uno se vuelve casi un centauro de Cutcsa. Claro, la gente adulta con trabajos normales igual tiene que mantener tal condición, aunque en general la viva como un calvario. Pero para mí, para mi aislamiento (o hiperconexión por internet, depende), subirme a un ómnibus no deja de ser una oportunidad -quizás una esperanza- de que algo imprevisto pase fuera de mi mundo doméstico, de mi mente.

    El otro día, por ejemplo, el chofer saludaba con floridos “Buenos días” a cada uno de los pasajeros -quiero decir: uno por uno-  que abordábamos su ómnibus. Miré por todos lados a ver si se trataba de una cámara oculta, pero nada. Siguió dándole la bienvenida, amabilísimo, a cada nuevo que ingresaba por las escaleritas a lo largo de todo el viaje, hasta que al final llegué a mi destino. Entonces decidí irme por la puerta trasera, presa de la súbita timidez de imaginarme que también me despediría al bajar.

    Otro encuentro significativo fue con un muchacho new age que se subió a vender libros autoeditados por él y su grupo esotérico. Hablaba sin parar sobre el sentido del karma, el significado de la vida,  la misión personal, el estar perdido, la búsqueda, el camino. No me venía nada mal su speech motivacional, y la verdad es que parecía convencido de lo que decía. Yo también lo estuve, también iluminé y hasta vibré por cuanto predicaba, o quizás porque sentía hasta el alma ese rol tan importante de mentora, de inspiración y guía de otros que pretendía cumplir -quizás cumplía verdaderamente, o quizás cumpla todavía, no lo sé bien-. Pero ahora da la impresión que algo en mí se desengranó y pisa en falso, como tratando de hacer pie sobre el suelo fangoso de una nueva identidad. Estuve hasta tentada de comprarle el libro esotérico: la sola idea me avergonzó mucho más que la perspectiva de haber recibido un “Hasta luego” de aquel chofer tan inusualmente amable. Creo que nadie en el ómnibus le compró, pero -como corresponde a una persona cuya fe en un propósito le arde adentro como fuego del hogar- él ni se inmutó, guardó sus libros y continuó su viaje.

    Ahora bien: la experiencia más relevante que viví a bordo de un ómnibus en los últimos meses tuvo que ver con un músico. El tipo subió, sacó su guitarrita y empezó a cantar -como pudo- aquella conocida canción de José Luis Perales en que el protagonista, obviamente víctima de previos cuernos, quiere averiguarlo todo sobre su rival antes de separarse para siempre de la mujer que ama. ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre? Uno se preguntaba, en aquella extraña época previa a internet (A.I.), cómo era posible que el hombre de la canción fuera tan masoquista: in ille tempore, cuando existía la separación real, definitiva -ese “cada uno sigue su camino”-, bastaba con resistir al principio aquella tentación malsana de querer saber para simplemente ir dejando que la herida cauterizara tranquila. Cualquiera sabía que estar metiendo el dedo en la llaga sólo retrasaría la cura de lo que, por otra parte, no estaba en sus manos evitar; el sentido común prescribía no concurrir a los mismos lugares que se frecuentaban antes con el amante occiso; evitar por un tiempo a los amigos en común para no tener noticias: ni nuevos dolores ni tentadoras añoranzas; tampoco llamar por teléfono para escuchar su voz una vez más o, peor aún, para conocer al fin la temida voz de nuestro relevo, ya instalado en su casa; cualquiera sabía que guardando las cartas, fotos y objetos personales en una caja se minimizaba bastante la tortura; que, en lo posible, había que evitar pasar por delante de su casa, lugar de estudio o de trabajo, para no alimentar inconvenientemente los recuerdos, la curiosidad ni las casualidades. Y la piedra angular de la estrategia para sobreponerse al abandono era, por supuesto, saber lo menos posible del o la rival: si la comparación no nos favorecía (en el aspecto que fuera que nos quitara el sueño), el ego sufría y quedábamos devastados; en cambio, si la comparación nos favorecía, menos aún entendíamos el abandónico proceder del amante occiso y quedábamos devastados.

    Perdóname si te hago otra pregunta.

    Pero ahí estaba Perales reencarnado, en el ómnibus, trayéndome a la memoria aquel tema, himno al regodeo en el autopatetismo. Lo recordaba bien porque, cada vez que por azar lo escuchaba, se me daba por imaginar a mi primer novio cantándomela, si alguna vez le hubiera dado la oportunidad (o mejor dicho, si yo hubiera tenido las agallas). Es ilustrativo cómo el tipo de la canción, salvo cuando se despacha abiertamente “Es un ladrón que me ha robado todo”, muestra y dice una cosa por otra con tal de aparecer digno, civilizado y -por supuesto- más caballero que su rival. O de manipular con la culpa: como si en el fondo esperara que, con su teatrito del profundo respeto hacia su libertad, ella se fuera a echar para atrás en el último momento, conmovida por su nobleza:

    llévate el paraguas por si llueve/
    y abrígate
     (¡ojalá te agarres una pulmonía y te le mueras, bruja!)
    sonríete, que no sospeche que has llorado
    (¡ma´qué... que vea que estás destrozada por hacerme esto, cretina, y que se les arruine la noche!)  
    y déjame que vaya preparando mi equipaje
    (pero... ¿no te das cuenta de que me estás jodiendo la vida, so ramera?) 

    De pronto, me descubrí pensando en la nueva realidad vincular del Facebook y las redes sociales. Parece como que ahora los finales de antes se hubieran vuelto imposibles (y no hablo únicamente de relaciones amorosas: siempre que no se haya llegado a una declaración de guerra, hablo también de amistades que se terminan, de familiares políticos luego de una separación, de vínculos importantes que se diluyen). Uno convive en directo con todo aquello que, luego de un alejamiento, naturalmente le duele; tiene que ser testigo, por ejemplo, del reality show del embarazo de su ex cuñada mientras piensa que, por muy pocos meses, ese bebé bien podría haber sido su sobrinito. O tiene que contemplar cada mañana cómo su ex novia -que se ve divertida y feliz- ya está rodeada de galanes, multietiquetada en fotos de fiesta en fiesta, mientras uno apenas está logrando salir de la madriguera luego del golpazo. Nos sorprendemos a nosotros mismos embarcados en rituales tan masoquistas como los del tipo de la canción, visitando a menudo los perfiles de la misma gente que nos lastimó -en un sentido u otro, a total conciencia o en inocencia total, lo mismo da-, sólo para constatar una y otra vez el vacío que dejaron; tratamos de no perder del todo el rastro de sus vidas, ahora vividas lejos de nosotros; conocemos a sus nuevos amigos, parejas, colegas; seguimos escuchando sus opiniones o presenciando sus intercambios, pero ahora nuestras interacciones son en el más puro silencio de la mente; hasta sabemos adónde fueron o adónde irán. Allí, en la pantalla de las redes sociales, desfila nuestro pasado, nuestro presente y hasta nuestro futuro; las cordilleras y los oceanos tampoco existen. Difícil de manejar para seres que todavía venimos a la Tierra en formatos tridimensionales, con necesidades presenciales o des/presenciales.

    Porque hay algo medio perverso en ese seguir tan (semi) conectados cotidianamente cuando un vínculo de cualquier orden se complica, se enfría o se termina; por lo menos durante el período de duelo, eso no debe ayudar. Especialmente al más damnificado. Pero muchos psicólogos vienen recogiendo la impresión de que borrar a alguien del Facebook equivale casi como a matarlo: un último recurso que sólo se arriesga cuando el asunto es definitivo y gravísimo. Nadie lo hace con la gente que le importa o que alguna vez le importó (sí, claro, con desconocidos); el dejar de verse, que en el mundo real sería parte de los ciclos naturales de algunas relaciones, aquí se vuelve una salida de violencia extrema. Tampoco solucionan los settings de privacidad, porque -en la maraña de la hiperconexión por default– eso termina siendo el (también doloroso) equivalente de estar evitando a la persona o siendo evitado por ella. Y entonces se corre el riesgo de que la canción de Perales ya no sea la excepción, sino la nueva regla.
    ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre?

     
    Por algo, en sus preceptos de Remedium Amoris, Ovidio recomendaba irse de Roma cuanto antes. Y hacer, básicamente, todo lo contrario de lo que terminamos haciendo en un mundo cada vez más ubicuo. Pero ahora no nos queda otra que ser los forzados ciudadanos contemporáneos de una Roma virtual omnipresente. De la que huir, por cierto, es prácticamente imposible. 
    No te entretengas en leer las misivas que guardes de tu dulce amiga: 
    el temple más firme vacila con tan peligrosa lectura.

    Quiera el cielo que tengas el valor de pasar sin detenerte 
    por el umbral de tu abandonada amiga, 
    y los pies no desmientan tu resolución.
    Sobre todo huye, por fuertes que sean los vínculos que te encadenan, 
    huye lejos y emprende viajes de larga duración.
    Consejos no por añejos menos sabios. Y que todavía considerábamos vigentes hace (sólo) tres décadas, cuando Perales cantaba su canción y casi todos nos reíamos de su masoquismo sin el menor miramiento. ¡Pobre de él, si hubiera tenido Facebook, con semejantes inclinaciones naturales!

    Sí, tiene lo suyo tomar ómnibus. Tendré que hacerlo más a menudo.


  • Junkies virtuales (manifiesto)

    Hasta ahora, siempre había odiado los videojuegos. Debe ser por la natural resistencia a los cambios de conducta que siempre trae aparejada la tecnología, esa constante revolución imparable. Por ejemplo, decir(se) que uno nunca irá como un autista, escribiendo SMS mientras camina por la calle, y al tiempo quebrarse un tobillo por no haber visto el pozo. Aunque en mi caso, no es que no me diera cuenta del atractivo mismo de los videojuegos: como buena adicta a la virtualidad en todas sus formas (internet y su abanico de modelos, simuladores, avatares, robots con gestos humanos o que contestan inteligentemente los chats, Second Life, redes sociales e incluso el cine, y hasta la narrativa de ficción), no me era difícil imaginar qué es lo que encuentran los fanáticos de los videojuegos en sus universos laberínticos y vistosos. Sin embargo, me parecía reprobable, peligroso: en internet, uno es proactivo, interactivo, hiperactivo -decía- y aquí sólo consumen su tiempo en un entretenimiento estéril. ¡Mueran los videojuegos!

    Quizás en el fondo todo partía de un secreto encono, ya que las veces que jugaba con el Nintendo de mi hermano no entendía hacia dónde tenía que ir Donkey Kong ni por qué debía juntar las bananitas; en cambio, una vez perdida, terminaba explorando fascinantes escenarios, islas maravillosas, castillos con misterio, totalmente olvidada de los objetivos del juego. Con el tiempo, claro, ese afán aventurero se me iba volviendo aburrido.

    Hace una semana, Astor cumplió cinco años y le regalamos un Play Station 2, para su gran felicidad y algarabía. Yo no estaba tan convencida con esa inutilidad del juego por el juego mismo, que es muy ponderable y enriquecedora pero en contextos más abiertos, menos solitarios. Es decir, no virtuales. La imagen de esos niños obsesionados, que no sacan ni los ojos ni la mente de la pantalla, y cuyos deditos presionan botones en el aire mientras van en el ómnibus o hasta dormidos -cual pianista virtuoso que no pierde tiempo sin continuar con su tan necesaria práctica- eso me ponía los pelos de punta. Hay un término japonés, hikikomori (que más que palabra es un nuevo concepto) para los adolescentes que se encierran en su cuarto con cable, videojuegos e internet durante años, sin bañarse ni hablar con nadie. La imagen del consumo que no da nada a cambio. Seres pasivos que demandan, chupan, devoran, esperan todo de afuera como si fueran lactantes, sin mover un dedo para incidir en el mundo. Contemporáneos lotófagos, una de las tentaciones del héroe durante su odisea. Antítesis histórica de la revoltosa e idealista generación de jóvenes de los 60´s. Junkies que creen en las promesas del dealer, de ese sistema que al fin ha encontrado la fórmula para desarticular las funciones naturales y saludables de la juventud de cada época: cuestionar, revisar, criticar despiadadamente a las generaciones precedentes, moverles el piso, sacudir, volver(nos) a lo auténtico y, aunque sea un lugar común, luchar por un mundo mejor (en principio, mundo en 3D). Pero hoy en día, los padres debemos agradecer tener un hikikomori plantado en casa o una anoréxica bobita que quiere ser modelo a toda costa, en vez de un hijo con las neuronas hechas puré por la pasta base. Como sea, todas son formas -más destructivas unas, más entumecedoras otras- de distraer a los jóvenes de sus perturbadoras cualidades revolucionarias, que no tienen por qué venir necesariamente junto a las armas ni enfocarse siquiera en lo político: basta con sacudir los paradigmas existentes, con recordarnos que las cosas se pueden ver de otras maneras. Con plantarse frente al mundo y decir: “Esto no es suficiente, queremos más y mejor”.

    Por supuesto, con el paso del tiempo y habiendo conseguido ciertos “logros” en el mundo, esa juventud envejece y, sin siquiera darse cuenta, se echa para atrás en sus reivindicaciones, se adapta, se olvida. Pero el efecto ya está hecho, y siempre vendrá el recambio, la nueva juventud, el nuevo dedo índice implacable, el nuevo modelo, el nuevo ejemplo.

    Bah: eso es lo que había sido hasta ahora, hasta esta ingeniosa maniobra del establishment, que ha logrado desarticular a los adolescentes dándoles placer cerebral en adictivas dosis. Con padres, para colmos, criados por aquellos que vieron desfilar en T-shirts de moda al Che Guevara o que no pudieron evitar que el movimiento hippie se convirtiera en una interesante tendencia comercial, algo “in”, en su momento. Padres que, por supuesto, no creían en límites ni autoridades, en jerarquías ni prohibiciones (por lo que sus hijos no tienen ahora la menor idea de qué hacer como padres), pero afirmar que sacarle un cuchillo de las manos a un niño es atentar contra su libertad es una posición filosófica bastante rebuscada. A estos adolescentes lotófagos, a estos jóvenes de veinte (¡y de treinta!) que no estudian ni trabajan (…ni se lavan la ropa ni se hacen la comida ni estiran su cama y, menos que menos, hacen algo por el resto de la humanidad) hay que mandarlos a cortar caña de azúcar o su equivalente regional.

    Lo sé. Hablo ya por boca de los viejos del mundo frente a las juventudes que los sustituyen, con ese rechazo e incomprensión que caracterizan el ping pong generacional. Pero acá mi temor es, precisamente, perder el sano papel del terremoto juvenil, y perderlo para siempre. Que no me diga alguien que drogarse, estar conectado permanentemente a mundos virtuales e inutilizarse para incidir en el entorno físico es una nueva forma de rebeldía: a mí me lo vendieron como “evasión” y “alienación”. Salirse de todo y lavarse las manos tiene consecuencias, como bien podría atestiguar Poncio Pilates. Votar en blanco lo hace a uno sentirse inmaculado por no haber sido cómplice de la porquería que es la democracia fuera del ámbito teórico, pero -hasta en los casos en que esto se convierte en un movimiento representativo de una fracción dada- la democracia no se desarticula e incluso los resultados pueden ser aún más dramáticos. Votar en blanco sólo se justifica en el marco de una tiranía, en una verdadera imposibilidad de acción y de opinión. No salir a la calle, a la vida, a las confrontaciones y encuentros del mundo, es adoptar el voto en blanco por default, no estar, no involucrarse. Creo que el poder en todas sus formas -léase “gobiernos”, “monopolios comerciales”, “mafias”, “ideologías oficiales”, etc- se beneficia enormemente de esta postura existencial de las últimas décadas, más notoria e incluso alarmante entre los jóvenes, pero no privativa de ellos.

    ¿Por qué, entonces, regalarle el ansiado Play Station a un niño, si a la postre estas cosas resultan tan nefastas? Porque, sin que implique una aceptación pasiva, tenemos que lidiar con lo que hay. Prefiero que Astor forme parte de su tiempo y de su generación, con límites y elementos críticos, a tenerlo en la búrbuja de “lo que debería ser”. Que pueda comunicarse con sus pares en su idioma, interactuar; prefiero entender de qué se trata antes que satanizarlo sin conocerlo. Y que lo use en cierto porcentaje de su vida, que adquiera las destrezas que necesite y satisfaga plenamente su interés, pero hasta donde le marquemos los padres. Sin despeñarse por ese tobogán sin retorno del aislamiento, del consumismo glotón, de quedarse únicamente con la respuesta a lo planteado sin ser capaz de generar nuevas preguntas. No quiero negar la nueva realidad sino darle herramientas -las torpes, ingenuas e improvisadas herramientas que se me ocurren- para manejarla. Aquello de que “en casa no vemos TV” sólo sirvió para crear niños más versados en la materia que el suplemento Teleguía.

    Y ahora que empecé a jugar con Astor de vez en cuando al Star War Lego, por ejemplo, he descubierto algunas cosas interesantes. Resulta que darle de espadazos a un malo para desbaratarlo en monedas y corazones que nos sumen puntos es de lo más placentero, sobre todo para los papafritas a los que nos cuesta plantearnos objetivos personales que puedan afectar a terceros, y menos que menos si hubiera que competir y dejarlos tirados por el camino. Yo diría que el asunto es terapéutico, incluso. Otro entrenamiento muy atendible es la perseverancia frente a las dificultades, la tolerancia a la frustración: insistir, insistir hasta que lo logremos, hasta que el saltito no termine en caída al precipicio, hasta que la secuencia correcta del encendido de las lucecitas nos permita pasar a un nuevo nivel.

    También hay que desarrollar cierta plasticidad estratégica en cuanto al uso de las fórmulas que nos dan resultado: si hay que saltar, es mejor convertirse en el “caballito”, pero si queremos abrir puertas no hay como R2-D2. Ninguno de ellos tiene armas, así que frente a los androides enemigos hay que elegir a Obi Wan Kenobi o el Yoda. Hay otro personaje que se rodea de una burbuja energética, que bien sirve para bloquear ataques enemigos y avanzar, pero -como toda estrategia netamente defensiva- no para vencerlos. La reina Amidala dispara un arma de fuego, que no tiene la elegancia vistosa de las míticas espadas embuídas del “Use the Force, Luke“, pero permite acceder a otros espacios tirando al blanco. Elegir el personaje correcto para lidiar con cada dificultad específica parece ser más eficaz que arremeter una y otra vez con un plan rígido y predeterminado.

    Pero el entrenamiento más valioso que vengo encontrando en los videojuegos es que uno nunca sabe, en realidad, por dónde debe ir para llegar a la meta, ni tampoco sabe de antemano qué deberá hacer para lograrlo. Y, salvo que un aguafiestas crónico o emisario divino nos estropee el viaje, en eso se parecen endemoniadamente a la vida: no hay otra que lanzarse de lleno para llegar a entender de qué se trata y qué carajos tenemos que hacer. Supongo que sí, que hay una reina que liberar o una raza que salvar detrás de todo el asunto.

    Ahora pienso distinto que antes del cumpleaños: los videojuegos aportan habilidades, sirven para la vida, son un simulador interesante, una dramatización de conflictos y actitudes frente al conflicto que pueden ir mejorando. Por ejemplo, descubrí que cuando se arman los cocolazos, el zafarrancho de una guerra con naves que disparan desde arriba y enemigos que atacan desde abajo, Astor se va, disimulado, por los bordes de la acción y -hasta diría, “diplomáticamente”- trata de mantenerse vivo, mientras es el otro jugador el que golpea y ataca (y que precisaría de su miedosa ayuda). Ahora le digo que se meta en el borbollón y pelee. Seguro que tarde o temprano, por más derrotas que sufra, esa afirmación personal lo apoyará también para pelear por lo suyo en lo que le toque enfrentar fuera de la consola, y no intimidarse tanto frente a otros que vengan tirando bombas y granadas. Ya eso valdría cada peso invertido en el Play Station. El asunto es usar los videojuegos para la vida, pero no que sean un sustituto de la vida y sus desafíos. Que no serán tan espectaculares como son los de los guerreros, las reinas y los alienígenas, pero también son heroicos, al fin y al cabo.

    Claro que, sin duda, permitir la creciente virtualidad de nuestros tiempos poniendo límites es mucho más incómodo y conflictivo que permitirla a demanda del consumidor (que, al igual que con las drogas, es una demanda cada vez mayor) o simplemente prohibirla. Astor juega un rato martes, jueves y fines de semana: espera ansioso el momento. Confieso que a veces lo acompaño, a él le encanta. Me sumerjo en la ficción, como lo hago cuando leo, pero en esto tengo que poner un despertador -uno real, que haga “ring”- para asegurarme de poder salir yo misma del embrujo. Y entonces, una vez afuera, poder sacarlo también a él.

    Feliz Cumpleaños ASTOR… 5 añotes!!!! on 12seconds.tv
    Los tíos Mopri y Lorena, locatarios, tres tíos abuelos viajeros, un padrino residente en Houston, todos desde Monterrey, México. Viva internet!

  • Las tribulaciones de un blog que languidece frente a Twitter

    Sin duda, el constante botelleo al mar de Twitter le resta fuerzas al barco más pesado de los blogs.

    Y sí, me he estado conectando con mis estados de ánimo y quehaceres en estos tiempos (dentro de lo aburrido que puede ser un tobillo con grillete unido a una computadora), pero todo tiene que entrar en 140 caracteres. Esa miserable muestra propia y ajena es la que, sin embargo, me acompaña en el trajín virtual de todos los días. Meter un post en el blog, en cambio, me requiere tiempo, reflexión, entrar en ese mundo desconocido donde pueden agazaparse lobos o devolvérsele la vida a las estatuas. Una linterna, una botella de agua bendita y otra de vino, una mochila con objetos sin clasificar, la disposición a maravillarme con el aire frío de la mañana y los paisajes que guarda escondidos dicho mundo secreto y sin puertas evidentes.

    En una palabra, escribir en el blog me requiere escribir.

    Pero los tweets son, como su nombre indica (o al menos a mí me lo sugiere), meros gorgeos picoteaditos, dulce cancioncita de segundos, escalas con timbre de gorrión. Nada más. Claro que no es “o lo uno o lo otro”; sin embargo, el blog envejece pidiendo un rato de mi atención, un mínimo espacio, sin que por ahora pueda dárselo con palabra de honor de intermediaria.

    Por su parte, con ese carácter más liviano de “Las tres Gracias” de Botticelli, los tweets gorgean a mi alrededor y me envuelven, cual libélulas y cascarudos que buscan la luz sin saber mucho para qué. Y así está el mundo.

  • ¿Para qué gastarse en escribir lo que uno siente, si hay quienes lo hacen mucho mejor?

    I.

    “Soy un hombre enfermo. Soy un hombre malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que tengo mal el hígado. Pero no sé nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con seguridad dónde me duele”.

    (…)

    “Sí, tengo cuarenta años. Cuarenta años son toda la vida, son…ya una vejez. Vivir más de cuarenta años es una desgracia, es algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir los cuarenta años? Respondan sincera, honradamente. Yo se los digo: los imbéciles y los malvados. Sí, esos son los que viven más de cuarenta años (…) Tengo derecho a hablar así porque sé que yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, ochenta años!… ¡Esperad, dejadme recobrar el aire!”

    ***

    Hoy todavía no sabemos dónde se oculta la vida, qué sitio es ese ni cómo se llama. Si nos abandonan, si nos sacan los libros, nos veremos inmediatamente perdidos, todo lo confundiremos, no sabremos adónde ir ni cómo, ignoraremos qué se debe amar y qué se debe odiar, qué debe respetarse y qué no merece sino desprecio. Hasta nos molesta ser hombres, hombres de carne y hueso; eso nos da vergüenza, lo consideramos una falta y soñamos con llegar a convertirnos en una especie de seres abstractos y universales. EStamos muertos desde el momento mismo en que nacemos. Además, ya hace mucho tiempo que no nacemos de padres vivos, lo que nos llena de orgullo. Pronto descubriremos el modo de nacer directamente de las ideas.”

    Respectivamente, comienzo y fin de Memorias del subsuelo, de Fedor Dostoievski… ¡y qué subsuelo! Bien propio de un escorpiano, como el buen Fedor y esta servidora. Además de la genialidad obsesiva y pesimista de su impresionante narrativa (propia para gente angustiada luego de un fin de semana doloroso), además del chispazo genial de visualizar el peligro de internet y los medios de comunicación interpersonales que cada vez nos implican menos corporeidad y más mente, me encanta poder sacarme algunos años en esa confusión identificatoria con el escritor. Porque, finalmente, luego de los cuarenta -¡e incluso de los treinta, si somos sinceros!- más o menos es todo lo mismo: cuatro o cinco añitos no hacen nada al golpazo de tener cuarenta, si se me permite un poco de cinismo, pero sólo por hoy… 🙂