Etiqueta: ángeles

  • La Dolorosa

    La Dolorosa

    …y llorar en lugares como capillas del siglo XVII no ayuda, porque al sufrimiento que se adivina por detrás de las lágrimas mismas -sinuoso y escurridizo, como una diosa desnuda que se baña entre las caídas de agua de una catarata- se le suma, pesada como una cruz, la desmesurada resonancia de los sollozos contenidos, magnificados por un silencio casi sobrenatural, si no fuera por algunos pájaros en el atrio y el rasgar perseverante de esta lapicera…

  • Ánimos

    1.

    Necesito silencio. Un ataúd de cristal para poder recuperar el alma. Pero el niño no para de hablar, los platos se golpean en la cocina, el teléfono suena, los mozos gritan. El sonido es invasor por naturaleza; no respeta murallas con códigos implícitos ni fosos tácitos. No hay modo de detenerlo si decide entrar. O sí.

    Fracaso. En el intento de ir hacia adentro, un enorme cansancio me sorprende justo sobre las espaldas. Ese momento preciso en que el gigante Atlas descarga su peso aplastante sobre el desadvertido Hércules; hasta entonces, el héroe quizás desconociera la más alta dimensión de sus propias fuerzas.

    Bajo el rebozo, mi burka ocultadora, sé que estos días camino encorvada, como vencida. Es normal. Intento empezar a arreglarme un poco otra vez, volver a mí, pero tengo los ojos demasiado cansados, pesadísimos los párpados. Otra vez, hondo deseo del ataúd de cristal. Mi piel ya no emite luz, como venía haciendo antes; el pelo, atado al descuido, como si fuera una rienda con la reserva de mis últimas energías. Porque aún no es tiempo de soltar a los caballos hacia el campo nuevamente. No podría ir a buscarlos, si fuera necesario. Los mantengo, nerviosos, pateando la tierra con los cascos, todos amuchados en el potrero frente al galpón. Por si acaso.

    El niño sigue hablando, pidiendo, llamando. La moza también interrumpe y los caballos se me pierden. Lo de siempre, pero sin ningún ímpetu para intentar reencauzar nada. Que hagan lo que quieran.

    Hoy al mediodía, una voz de hombre intentaba despertarme, recordarme lo que habíamos planeado, devolverme a la vida real, a la vigilia. Y yo me sentía como Perséfone vuelta a raptar; esta vez por un Hades sólido y terreno que pretendía arrancarla de los reinos profundos del sueño, de los muertos, y llevarla en violenta ascensión hacia la verde superficie. Segundo rapto, porque ella ya se había acostumbrado al otro reino; tanto, que ahora lo sentía como su hogar, su refugio. Pero a nadie le importan los dramas de los exiliados de ida y vuelta: ahora el carruaje negro se abalanza sobre ella y la arrastra de regreso a la conciencia.

    Los caballos oscuros del carruaje relinchan; entonces me acuerdo de los míos. Estoy más o menos despierta.

    Por ahora los retengo. Los soltaré al campo en cuanto vea venir la tormenta a lo lejos.

    2.

    De noche, G. exclama frente a la pantalla: “¡Mira, Astor: en esta casa naciste!”. Levanto la vista y no doy crédito: es nuestra casa de Sóstenes Rocha, en Querétaro. La misma, con todos sus vecinos, el taller de enfrente, el puesto de los tacos en la esquina. Contentos, vamos sobre los adoquines de GoogleMaps recorriendo el caminito cotidiano hasta el corazón del Centro Histórico. El embeleso de la ubicuidad virtual.

    Sobre el final del embarazo, a duras penas lograba llegar hasta allá caminando, entre el cansancio, el peso y los tobillos hinchados; más adelante (una vez terminado ese tormentoso primer mes con que la vida recibió a Astor) sí volví a ir. “El Príncipe del Centro Histórico”, decía CS. Empujaba con trabajo la carriola -la capota cerrada para ocultar el tesoro de ojos azules, la manija atada a la muñeca, el dedo en el gas pimienta- hasta el Marrón Café, en la Plaza de Armas. Ahí, bajo la arcada, me sentaba a tomar un capuchino y a mirar la fuente del Marqués de la Villa del Villar del Águila   -“mirar” es un decir-  mientras el bebé dormía. Flotaba un buen rato en ese limbo protector, fuera de mi cuerpo y de mi alma.

    “Esa fuente tiene cuatro perros”, le digo a Astor. “Escupen agua”. Él se ríe y pide verlos de cerca; entonces GoogleMaps, deidad piadosa que concede los deseos de los que no pueden darse el lujo de viajar, hace aparecer frente a nuestros ojos al emblemático marqués de hierro con sus perros escupidores. 

    Su vista me corta la cara con un recuerdo inesperado: estar sentada en ese mismo café, escribiendo o pensando, y que de repente pasara aquel taxista que al instante captaba la atención de todo el mundo. Sacaba medio cuerpo por la ventanilla; manejaba lento e iba dando toda la vuelta a la plaza mientras, levantando el puño cerrado, gritaba con voz entusiasmada, una y otra vez, como si arreara vacas:

    ¡¡Ánimo!!
    ¡¡Ánimo!!

    Una vez, me miró a los ojos en el momento mismo que lanzaba su pregón de ángel fortuito, y yo sentí que era una señal del universo para que resistiera. Quizás aquel taxista loco, con su incomprensible ritual y las postales surrealistas que generaba a su paso, me haya salvado la vida. Beneficios colaterales.

    “El Ánimo”, le decíamos (no sé qué hubiera opinado Jung de esto, ahora que lo pienso). Pasaba sin anunciarse, sin días fijos; lo hacía cuando él quería, sin la menor posibilidad de prever su presencia. De ahí que el efecto de su arenga fuera percibido como una bendición, como una inmerecida brisa mentolada en una noche demasiado calurosa para poder dormir.

    Ánimo.
    Ánimo.

  • San Benito Ora Pro Nobis

    San_benito_himselfRevolviendo en el cajón, me topo de pronto con mi cruz de San Benito. Es enorme, pesada, casi medieval: un peto digno para una monja ad honorem, escudo metálico adornado con la intimidante cara de Medusa; compuerta brutal, esclusa de canales que le cierra el paso al corazón para intentar protegerlo. Hace tiempo que la tenía en el cajón de mi mesa de luz, bien cerca, por si acaso -San Benito es el patrón de la Buena Muerte-; en cambio, cuando vivía en Guanajuato solía usarla, aunque por debajo de la ropa para no sumarme al sello cristero del Bajío. Tiene un exorcismo grabado, un verdadero exorcismo contra demonios; supongo que cuentan por igual los propios o ajenos, internos o externos, reales o imaginarios.

    Non Draco Sit Mihi Dux/ No sea el demonio mi guía

    Me llega de pronto la certeza de que necesito el frío peso protector de la cruz custodiando ese oscuro escondite entre mis pechos: el corazón, flanco por el que podria filtrarse el mal y hacerme perder la vida, el alma. No: perderme a mí. La debilidad de no ser auténtica. Así que -sin darle más vueltas, sin pensar ni un instante en el país ateo y agnóstico e intelectual- tomo la tosca cadena y me la paso por la cabeza, quizás sugestionada por el inminente olor a hierro, a tardes solitarias, a tormentas por venir: “cadena al cuello” que no es igual a “cadena perpetua”. Y no entiendo nada de lo que me sucede. Como todo buen poseído por el diablo, no entiendo nada. Sin embargo, la función de la cruz de San Benito es traerle a uno la paz a toda costa: sea aplacando los demonios, expulsándolos o, mejor aún -esto lo agrego yo, desde una sensibilidad menos dualista que la judeocristiana-, redimiéndolos, transformándolos otra vez en bellos pero equivocados ángeles. O, en su defecto, por lo menos dándonos la garantía de una buena muerte. Tampoco está tan mal.

    Z_benito_crucifijo

    El padre que nos casó en Guanajuato era, precisamente, un exorcista. El abad Juan Rodríguez, de la Basílica, aunque nos casamos en el precioso y pequeño templito de San José que queda a la vuelta. Por supuesto que en su momento no conocíamos semejante detalle: lo averigüé años más tarde por azar, leyendo un artículo de la revista Gatopardo. “Con razón…”, me dije. “Él sí pudo”. Cuando le dije que no había ni siquiera tomado la Primera Comunión, el Abad -tampoco sabíamos que lo fuera- no se inmutó: lo hice allí mismo, a los 38 años, frente al altar y con nuestros siete invitados por testigos. Qué astuto exorcista, el Padre Juan.

    También en mi cuento “La ofrenda“, publicado en El mar de Leonardi y otras humedades, la narradora habla al final con un cura para que realice un exorcismo en la casa de unos amigos (por cuyo diabólico espíritu huésped se siente culpable). En la verdadera historia detrás del relato, en realidad fuimos Alinda y yo, juntas, quienes se lo pedimos al viejísimo sacerdote de la Iglesia de Punta Carretas, aunque finalmente el exorcismo jamás se concretó. Los dueños de la casa se rieron de nosotras. Lo bien que hicieron. Los exorcismos sólo dan resultado cuando es el dueño de la casa el que quiere deshacerse de los demonios, dice mi cuento.  

    Lo que tiene la cruz de San Benito es que equivale a exorcismo portátil. Siempre a mano, en una especie de USB móvil: así, uno se asegura siempre la conexión, sin tener que pasar por papelones al  pedirlo ni bochornos al enterarse de haberlo recibido en secreto.

    Ya pertrechada nuevamente con la cruz bajo la blusa, tapa blindada que ahora me cubre el cuarto chakra o Anahata, el del atormentado y delicado corazón -siempre que pienso en el corazón como órgano, me acuerdo de los aztecas y sus tzompantlis rebosantes de carne sangrienta que palpita-, siento cierto supersticioso alivio. Oh, mi Sagrado Corazón.

    Sagrado_corazon

    Vade Retro Satana/ ¡Apártate, Satanás!
    Numquam Suade Mihi Vana/ No sugieras cosas vanas

    En eso, reparo en un trocito de metal sobre la cama, una especie de horqueta, una i griega. Sé, desde lo racional, que sería imposible que se tratara de un dispositivo intrauterino (diu), pero eso es lo primero que me viene a la mente. Me perturba esa pieza triangulada de no se sabe dónde que apareció allí no se sabe cómo. ¿Un moco seco, enorme? ¿Una astilla del piso traída por las medias, gigantesca y opaca?

    Lo tomo al final entre los dedos y quedo estupefacta, en silencio total, incluso en los pensamientos. Se trata de un pequeño Jesús crucificado, un Cristo que -ahí lo recordé- solía ser parte de mi cruz. Siempre me puso mal aquel memento del martirio, la tortura, el sacrificio, la culpa, pero es que el artefacto de San Benito lo incluye por default: ni modo. No entiendo cómo llegó de la cruz hasta la cama: creo que se desprendió por su propia voluntad, se tiró desde la cruz como un suicida de pretiles y cornisas. Cauto, pudoroso, compasivo, me ahorró el contacto piel a piel con su bello cuerpo -magro, dolido- de hombre vital y todavía joven. Y, justamente, ahora la cruz de San Benito sin él se me figuraba perfecta.

    20080527002336-medalla-imagenAl no estar más la cruz por detrás, me pareció que los brazos del mini Jesús estaban, en realidad, extendidos hacia mí; festivos, lejos de clavos y sufrimientos. Danzaba, me recibía entusiasmado y libre (igual que cuando uno gira boca arriba la carta XII del tarot, El Colgado, y se le figura un bailarín en vez de un preso del tobillo). Pero yo seguía prefiriendo tener sólo aquella cruz de signos contra el pecho; despejada, lisa y sin nadie que no fuera yo misma junto a mi invisible San Benito protector. O -más certero todavía- sin nada más que todas esas letras y palabras, todo aquello que se concentra en la medalla central.

    Ipse Venena Bibas/ Bebe tú mismo el veneno

    LuciferSoy compasiva con los demonios que percibo afuera porque nunca se sabe si, en realidad, no podrían llegar a aparecer dentro de mí bajo alguna circunstancia. Hay una historia persa sobre Lucifer que reporta Joseph Campbell cuya versión cambia totalmente la idea que tenemos de la rebelión del demonio. No fue orgullo ni desobediencia: Luzbel se negó a inclinarse frente al hombre, como se le exigía, porque su amor por Dios era tan desmedido y absoluto que no soportaba la idea de reverenciar a nada ni a nadie más. Por eso su bien amado lo condenó al infierno; claro, tomando la idea del infierno como verse apartado de lo que se ama. Y ahí me viene a la memoria algo que leí (seguramente también fue en algún libro de Campbell, pero sería un libro 1.0 porque no encontré su cita en internet): ¿Cómo soporta Lucifer estar apartado para siempre de Dios, que era todo su amor? Por la memoria del eco de su voz cuando le dijo: “Vete al infierno”. Siempre me impresionó cómo aquella última reverberación de la presencia del amado podía ser capaz incluso de aportarle consuelo, aunque el dolor que implicaba en sí fuera terrible. Quizás todavía tengamos mucho que aprender del diablo, al menos según la tradición persa. Dice Nietzsche que los que más han amado al ser humano le han hecho siempre el máximo daño. “Han exigido de él lo imposible, como todos los amantes“. Me parece que se aplica a todo.

    Levanté entonces aquella figurita de Cristo de la cama. Me dio pena y la guardé en un bolsillito del monedero. Pero me siento más cómoda así. A solas con la azarosa configuración personal que ahora va oculta, como un secreto y contra mi cuerpo, en aquella viejísima cruz.

    Medallita
    Satanas_y_cristo
    “Demuéstramelo…”

  • Cinco de Bastos

    ¿Cómo podría defenderme con fuego de un dragón que escupe fuego? Me veo a mí misma confrontándolo, tan inútilmente temeraria que da pena; mal blandiendo dos antorchas -una en cada mano- que, sí, acaso podrán incendiar casas, quemar pieles suaves, humanas, hasta despellejarlas de dolor, pero que a un dragón no le harían mella con semejante coraza verde, con sus escamas de jade, sus espinas de hierro. Un dragón puro pincho, gigantesco, cerebro de reptíl, tonto, torpe pero con garras afiladas. Dragón dueño indiscutible de sus territorios -en el que yo soy la intrusa-, amo y señor de la princesa cautiva, del vellocino de oro, del baúl lleno de joyas. Que duerme, pero siempre dejando abierto uno de sus dos ojos de pescado muerto para así vigilar. Dragón fumarola de volcán dormido, dragón amenaza que ruge chispas y desparrama, expansivo, su aliento fétido. Y yo ahí enfrente, enojada, con mis dos antorchitas, mis inocentes casi velitas decorativas, happy birthday to you, mientras que el dragón muñeco asesino se me instala a vivir en la superficie de la torta. Dragón caramelo de menta, ácido contra la lengua, dolorosamente ígneo, fuego asfixiante de su hocico -como el de toda pasión-. Y yo ahí, con esos dos fosforitos patéticos, gritando con mi vocecita timorata: “¡Atrás, atrás!”. El monstruo siente que una mosca le molesta y se la trata de espantar moviendo la cabeza, pero la mosca persevera: “¡Atrás, atrás!”. No ceja en su cómico suicidio.

    Le prenderé fuego al vellocino de oro, sí; lo incendiaré antes que darlo por perdido: lograré el humo más caro del mundo. No sé qué rara enfermedad se ha apoderado de mí, que me hace enfrentar dragones cuando no soy más que una casi invisible mosca portando un fósforo prendido en cada mano. Mosquita muerta, pero no. Porque en el fondo quisiera rugir como sólo los dragones saben hacer, o como podrían hacerlo, si acaso existieran. Debe ser el amor irrenunciable al vellocino ese, a la piel del carnero degollado más resplandeciente del mundo; debe ser el amor al recuerdo dorado del cabello trigal del Principito, el amor a los girasoles amarillos de Van Gogh -los dos, suicidas, el niño y el loco-. Y por eso me empecino en vivir, a pesar de mis insignificantes fosforitos frente a un dragón verde que brama fuego y que agita sus enormes alas puntiagudas para alejarme, para que no lo fastidie más, para sacarse a la dichosa mosca de arriba. Pero nada: ahí, chiquititito, todavía me mantengo frente a la grandeza irracional y cruel de ese demonio encarnado. Lo bestial, lo que no sabe de reglas.

    Creo que no me atrevería a pararme como un desaforado y hacerle frente, si Medea no estuviera a mis espaldas y de vez en cuando me dijera en un susurro: “Ánimo, Jasón, tú puedes. Si te quema, te curaré de un modo u otro. Acá sostengo y guardo tres antorchas más, por si se te apagan las otras. Sí, ánimo, Jasón: saldrás de ésta, sobrevivirás otra vez. El dragón está en tu mente, aunque no quiero decir que por eso no exista, que no sea tan real como si estuviera afuera. Pero vive en un lugar más chico, al menos. Te prometo que podrás con él, que lo derrotarás”.

    “Y si no, yo misma me ocuparé de envenenarte para que tengas paz al fin, luego de tanta lucha”.

  • Love itself must rest / Electrocardiograma del duelo (13)

    Aunque en el título se mencione la palabra “duelo”, este es un post luminoso para mí.

    La otra noche estuve en el bar Girasoles, charla estupenda con una de las personas que pueden considerarse, con toda autoridad moral, testigos del último Darnauchans. Madre, también, de alguna forma (con los consoladores abrazos, con las necesarias puestas de límite). Él se pasó sobrevolando nuestra conversación, contento de esa inesperada reunión póstuma; nos hizo tomarnos un par de whiskys cada una a su salud (I can´t fly with just one wing, solía decir mi padre de más joven) y nos miró desde la barra un buen rato, si bien absorto en sus poemas. Me enteré de algunos detalles del final; del final de Patricia, que lo agarró de un tobillo y se lo arrastró a la tumba, seguramente sin proponérselo. De los últimos días de él. Me acuerdo del leit motiv de un poema que leyó Horacio Cavallo en el homenaje el año pasado, escrito una noche luego de verlos, de lejos, dando tumbos:

    ella, rota
    él, casi descosido

    ¿Y qué se puede hacer? Así fueron las cosas. Por algo fueron así. Misterios del Narrador.

    Siempre he sentido que en este mundo, las categorías con que se rotulan los vínculos afectivos son muy limitadas; eso crea confusiones, conflictos, huídas, pérdidas. Parece que entre hombres y mujeres el amor sólo puede existir, como en un nefasto examen de multiple choice, entre tres alternativas: pareja/pasión, familia, amistad. Pero las cosas no son así. El corazón está lleno de matices, de combinaciones, de sutilezas que a veces cuesta clasificar. Hace un tiempo me encontré unas cartas del Darno (bah: mails) de fines de milenio; cartas que me encantan, que me hacen sonreir cada vez que las pierdo y las vuelvo a recobrar, como si recuperaran al leerlas, por cierto olvido mío, su frescura y vigencia. Menos mal que se me ocurrió imprimirlas cuando las recibí (supongo que para leerlas mejor, ya que siempre he odiado bastante lo de la pantalla: me gusta el papel, entiendo mejor lo que está frente a mis ojos, lo asimilo distinto). Porque unos años después, Yahoo me borró toda la valiosísima correspondencia que tuve por aquellos años, los primeros de mi retorno a México. Como con algunos textos de Levrero, me siento una avara conservándolos sólo para mí, ahora que los autores ya no viven y mientras no afecte a terceros. Es como regalar un rato de resurrección ilusoria, como un pedacito inédito de libro o disco que el muerto dejara pendiente al desaparecer. Siento que aquí está Eduardo en pleno; seguramente con muchas copas encima, en la madrugada montevideana, dictándole a “Natasha”, esa misteriosa amiga que transcribía su actuación privada para mí. El show continuaba, siempre continuaba, con reverencias, confesiones, exageraciones, sutilezas y disfraces.

    Fue el mejor regalo que pude recibir en un conflictivo fin de milenio. Tengo un par más, todas vía “Natasha” de Tamborilearte, porque él no tenía mail. No son cosas esas para gente del siglo XII.

    Y me di cuenta de que soy algo así como una viuda platónica del Darno. Categoría extravagante, por cierto.

    El electrocardiograma marcha bien, en una fase positiva del duelo, de la aceptación sin olvido. Finalmente, aún tenemos -además de la música, de la voz de ángel- los pedacitos de memoria de mucha gente para intentar evitarle la muerte total.

    Cuando vuelvas a nacer ¿quién serás? 
    (dijo Shyra en su disco)




  • Electrocardiograma del duelo (11)

    Le comenté a mi amigo virtual Diego Rey (renombrado fan número uno del Darno, y que además tiene el amable buen gusto de mandarme postales y paquetes por correo tradicional) que el pasado 7 de marzo, en que se cumplían tres años de la muerte de Eduardo, estuve muy tranquila recordándolo, con el asunto ya plenamente aceptado. “Se ve que tres años es la fidelidad que uno le guarda a sus muertos queridos antes de resignarse a seguir sin ellos”, escribí en el mail. Él nunca me contestó.

    Y, sí: me di cuenta de que había llegado a otra meseta del proceso. Hasta pensé, con dolor, publicar este post número once sobre el tema únicamente con el temido “Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii” del electrocardiógrafo del duelo.

    Pero no pudo ser. Se sigue aplazando, por fortuna.

    En los últimos días, me he reencontrado con la música -las canciones, la poesía que se entrelaza con ellas, el misterio de la voz cantando- con tal virulencia que deseé volver a escuchar a Darnauchans. Hacía tiempo que no lo hacía, triste por la tristeza de no sentir más tristeza. Puse sus canciones. Entonces algo ocurrió.

    Ni bien apareció la voz dentro de los laberintos de mi celular y sus audífonos, me sentí envuelta por una especie de sensación de hogar, de pertenencia a la humanidad y el tiempo, de ángel recobrado. Era como la voz de mi Ánimus positivo, ese hombre que no está del todo en ningún hombre y que me recuerda quién soy, me guía. Su música iba y venía de mis mundos, mis secretos, lo guardado bajo llave que me hace latir. Y, como antes, se me cayeron las lágrimas con “Sonatina”, su despedida.

    Gracias a Dios, el duelo -mucho más benévolo, dulce y compasivo- sigue titilando en mi alma. Y quiero una camiseta también.

    Dicen que escapó este mozo
    del sueño de los sin jeta.
    Que a los poderosos reta
    y ataca a los más villanos
    sin más armas en la mano
    que al Darno en la camiseta. 

    (“Sonatina” es del último disco de Darnauchans, El ángel azul: no se enoje la disquera por incluirla aquí, es a modo de homenaje sin fines de lucro. Y así me mandó Diego Rey este versito, supuestamente del rock argentino. Feliz cumpleaños). 

    Sonatina by Eduardo Darnauchans
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    10-13 Sonatina.mp3 (4581 KB)

  • Levrero, el necio (2004-2009)

    Hace cinco años que murió Levrero. Me estoy convenciendo al fin: la cosa no tiene arreglo. Y sigo enojada, en el fondo, por su empecinada huída: ¿qué le costaba esperar un poco más? Fue un abandono dolorosísimo, incluso para gente que no lo conocía personalmente, pero para los que éramos sus amigos, sus interlocutores, sus referencias afectivas, fue y sigue siendo demoledor.

    O quizás sí, quizás esperó más de lo que yo creo… El tipo no era de este mundo. Quién sabe desde cuándo escuchaba la llamada.

    Murió Mario. Se fue Levrero, mi maestro, mi socio, mi hermanito del alma. Y es irremediable. Y es para siempre.

  • Cosas viejas en tercera persona

    (Rescaté esta pieza arqueológica del sótano. Es de hace 13 años, uf. No me gustan esas historias de “Juanes” y “Marías”, como decía Levrero, pero en ciertos casos se justifica).

    Aquella mañana, María salió temprano a alimentar a los animales. El establo olía a pasto fresco y a estiércol como siempre. Por entre las varillas del techo, se colaban los rayos del sol que iba ascendiendo lentamente. María llenó un cubo con agua del tinaco y refrescó el lomo de su burrito, le habló cariñosamente como todas las mañanas. Pero los animales estaban extraordinariamente inquietos, como si presintieran algo. Como si un ladrón estuviera agazapado entre ellos, escondido en el establo. A María le llamó la atención el creciente revuelo generalizado que empezaba a tener lugar: las aves corrían graznando y agitando las alas, como si de golpe sintieran nostalgias de un vuelo jamás vivido; los burros pateaban el piso con la bravura digna de un caballo árabe; los perros de la casa ladraban confundidos, sin saber a quién dirigir su reto temerario.

    María sintió miedo. En general, sus mañanas en el establo transcurrían en la mayor paz mientras cantaba y jugaba con las bestias. Pasaba sola la mayor parte del día y había aprendido a tener gran cariño por sus animales desde niña. Pero nunca los había visto comportarse en aquel temple desordenado, salvaje. Tuvo la sospecha de que había alguien más vigilando detrás de algún pajar. Quizás un caminante que se había cobijado en el establo, y ahora la vería a ella, apenas una muchacha y totalmente sola. María empezó a moverse con prudencia en dirección a la puerta. Su corazón latía desbocado; el caminante podria abalanzarse sobre ella si notaba que había sido descubierto. Si el hombre decidía tomarla por la fuerza, estaría perdida: no habría nadie para escuchar sus gritos, nadie para ayudarla. La muchacha palideció de pánico. Faltaba muy poco ya para su boda; si algo le pasaba con un hombre, todos pensarían que había sido por su culpa. Y nada estaba más lejos de la mente de María que engañar a su prometido. Pero las leyes eran las leyes; lo único que podía salvarla del castigo era escapar a tiempo.

    Los animales estaban cada vez más excitados y temerosos. La joven súbitamente tuvo una revelación: supo sin lugar a dudas que en el establo había otra persona, y que esa persona la estaba buscando a ella. Corrió hacia la puerta. Los perros ladraban hacia adentro del establo y hacia el techo, corriendo enloquecidos alrededor de ella. Una bandada de palomas cruzó los aires y salió libre, perdiéndose en los cielos.

    Pero a pesar de sus esfuerzos, María no logró salir del establo finalmente. Cuando estaba a punto de lograrlo, sintió que caía sobre sus espaldas un peso abrumador, caliente, que la tiraba al piso inmovilizándola. La joven trató de darse vuelta para ver la cara del hombre que la tenía sujeta, pero no lo conseguía: estaba totalmente paralizada por su cuerpo enorme. Extrañada, se dió cuenta de que no sentía nada: ni miedo ni dolor ni rabia alguna. Estaba quieta en el suelo del establo, esperando que ocurriera algo que no podía precisar siquiera. Debajo de aquel cuerpo, debajo de esa presión que le devolvía un calor singular que jamás había sentido antes, experimentaba una inmensa paz. Ese calor la acariciaba, la estremecía de alegría y no podía explicarse por qué le ocurría así.

    De pronto, otra nueva sensación inundó el interior de su cuerpo y entonces ella sintió que aquella unión con el desconocido era lo más importante que le ocurriría en la vida. No se asustó cuando tuvo la certeza de que había concebido un niño y que ese niño nacería, a pesar de las leyes humanas. Se vió a sí misma sentada en el desierto; el niño estaba jugando en la arena, a su lado. Sus manos pequeñitas cavaban un pozo, y de ese pozo surgía un manantial de agua purísima. Los dos reían bañándose en el agua y bebiendo todo lo que querían de ella. Suspiró aliviada y sonrió. Ya no le importaba nada lo que ocurriera con su boda.

    Entonces los animales se amansaron súbitamente; todos se quedaron quietos donde estaban, sin emitir sonido alguno. Apenas eran testigos perceptibles de la escena. María volvió a tener conciencia de la situación; pronto se percató de que ya no había hombre alguno a sus espaldas. En algún momento mientras estuvo al borde del desmayo, el caminante aquel había desaparecido. La muchacha se levantó y se sacudió las ropas. Se sorprendió cuando no encontró rastros de sangre entre sus piernas. Luego recogió su manto y se cubrió la cabeza, aún aturdida por lo que acababa de pasar. Cerca del tinaco de agua, levantó un cubo y se arrodilló para llenarlo.

    Entonces una luz dorada hermosísima inundó el espacio del establo. María soltó el cubo y toda el agua se volcó por el piso. Asombrada, escuchó una voz angelical que, llena de amor, le decía: “Dios te salve, María, llena eres de gracia...”

  • Vacío

    No soporto más ver la laxitud de mi blog, que fue hermosamente catalogado por Artemio Lupin como “melancolía y creatividad montevideana” en sus Artemio Lupin Awards a los diez mejores blogs de 2007 (hoy me enteré, no sé quién es esta persona, solo que vive en Chile y que es muy elegante según su foto de perfil). Pero justo hoy no tengo nada que decir.

    O quizás sí, quizás tendría demasiado y el embudo no me alcanza. Son las 2:22 a.m. La noche está quieta allá afuera. Hay un brasilero macumbero en la televisión exorcizando demonios, y yo quisiera exorcizar los míos. Pero el embudo no me alcanza.

    Igual, más vale poner algo aquí que me dé la impresión de que escribo.

    Iba a poner solo la primera frase, pero la frase continuó por su cuenta…

    El sábado hará cuatro años que murió Levrero. Astor tenía 15 días de nacido y estaba en mis brazos; por algún motivo, quizás propio de esos ángeles custodios que se compadecen en estos casos, esa mañana se me ocurrió llevarlo conmigo cuando bajé mi correo. Nunca lo había hecho. Y justo fue ese día, aquel momento congelado en que inocentemente abrí el mensaje de Chl, un correo con el subject “Re:” a alguna boludez mía de tiempo atrás. Me acuerdo que me dispuse a leer con agrado algun juego nuestro. Pero no, decía algo como “Esta mañana a las 9.35 hrs falleció Mario. No sufrió y estuvo rodeado de amigos y sus mujeres. Quería que lo supieras, ahora no puedo escribir”. En algún lado lo tengo guardado. Creo que fue la única vez en mi vida que la conciencia del duelo, de la muerte, de la pérdida y la separación me fulminó en el mismo momento en que me enteraba, y me puse a llorar inconsolablemente con aquel diminuto Astor en los brazos, que de algún modo me cuidó hasta que me encontró Guzmán. Cuando murió mi tío Pocho, cuando murió Ana, José Manuel, Manolo, incluso el Darno, me quedé paralizada hasta que pude aflojar. Pero con Levrero me atravesó el rayo. Sabía que nunca, nunca jamás lo volvería a ver, a oír, nunca más recibiría una mísera línea desde alvartot (y hasta la fecha, de vez en cuando, mando un correo solo para comprobar que rebota) ni podría preguntarle qué hacer con mi vida, la escritura, los talleres. Nunca me reiría tanto; nunca nos diríamos las verdades con alguien de ese modo, frontalmente, sin que se tambaleara un ápice nuestro cariño; nunca nadie –nunca más– me entendería del todo. El universo quedó desolado, yermo, lleno de árboles de otoño con los troncos carcomidos. Fue devastador. Chl fue ella misma otro ángel guardian para mí, y siempre le agradecí ese gesto de recordarme en el medio del temporal, de no dejarme librada a los siete mil kilómetros que me separaban de lo irreparable. Me hubiera enterado después y hubiera sido espantoso, traicionero, injusto. Al menos pude ir a inscribir a mi hijo al Registro Civil al mismo tiempo en que en Montevideo lo enterraban. Muerte y vida, ni modo. Era la letra chica del contrato.

    Por eso, y aunque suene ridículo, lloré en la escena de Kung Fu Panda en la que el Maestro Tortuga se va a No Se Sabe Dónde, feliz, envuelto en pétalos de rosa, y le pasa el bastón al pobre maestrito comadreja (o lo que fuera ese bicho). Y el atribulado maestrito Shifu (bah, era un gran maestro, pero es que el otro era sobrenatural!) le ruega que no, que no se vaya, que no está preparado para la tarea. Pero al Maestro Tortuga no se le mueve un pelo, porque él está listo y lo único que quiere es la libertad, así que se desvanece entre las rosas con una sonrisa beatífica, como esas sonrisas raras que se nos aparecen en los sueños llenos de paz. Entonces Shifu se queda ahí parado, en medio de la noche, a las 2:58 a.m., con el bastón en la mano y preguntándose si acaso podrá con la tarea sin su Maestro.

    Y claro que puede, la película lo demuestra: ¡entrena a Po, el panda protagónico, cultor de Mc Donald o su equivalente chino, gordito feliz, incapaz de tocarse la punta de los pies! Aunque que fuera tan negado era solo una apariencia, porque al final el maestrito Shifu resultó todo un estratega y logró motivarlo con lo que más le gustaba (la comida, en este caso). Nadie se convierte en un guerrero si no tiene madera. Y –ya sé que es una película– al final Po logró derrotar al malvado Tai Lung.

    Sabemos, sin embargo, que todo eso es bastante poco probable. Porque en la vida real, nadie se preocupa del obeso panda Po ni del maestrito Shifu y mucho menos del Maestro Tortuga (en la web de Kung Fu Panda ni siquiera figura). Al mundo solo le interesan los Cinco Furiosos.

    Como sea, yo lloré. Y también estaba Astor, en la butaca de al lado, con las piernitas colgando.

    Levrero se murió por cabezón, o quizás porque amaba más el aroma de las rosas que el peso de los bastones. Y no pongo foto de Kung Fu Panda porque no quiero sufrir una demanda de Dreamworks.