Mas que empeñarte en espantar al infradotado Belcebú que vive en mí, me ayuda más que te empeñes en que *me crea* que realmente puedo o podría tener los méritos, y que todos estos episodios no son un lamentable error de identidad con otro participante mas idóneo
Date: Mon, 22 Dec 1997 17:17 To: “G.Onetto” artemis@adinet.com.uy From: jvarlott@adinet.com.uy Subject: Re: The day after.
Vos sabés, porque creo habértelo dicho más de ochenta u ochenta y dos veces, que en mi modesta opinión NADIE en este país puede escribir como vos; que sos pura literatura; que no conozco a nadie que reúna tantas cualidades; que sos Gardel.
Ahora bien: hay en vos una parte quintacolumna (llamada probablemente “narcisismo no asumido”) que no cree en esas cosas, ni cree en mí, pero sí cree en los concursos, en contra de todas las evidencias de que allí no se premia el talento sino que es un lugar más de luchas políticas. Muchas veces se premia a una obra que lo merece, cuando se da el juego apropiado de circunstancias; pero ello difícilmente porque se haya privilegiado la calidad de la obra. Esa calidad, que bien saben reconocer los corruptos (y a la cual temen), recién cuenta una vez dirimida la cuestión política. (Por ejemplo, una vez establecido que el concurso lo ganará una mujer, será muy difícil que alguien pueda presentar mayor mérito que vos). Y así sucesivamente.
Es muy peligrosa para vos esa asociación entre mérito y triunfo. A vos se te dio en este concurso; en otros, quizás hubieras merecido algo más que una mención. En fin; sea como fuere, *tenés* que creer en vos misma *independientemente* de esos resultados; y cuando no figures con ni siquiera una mención, no se te ocurra dudar ni por un instante de vos misma. En eso tenés que ser firme como una roca, porque el mundo es *muy* malo.
Está bien que te presentes a los concursos, está bien que ganes premios y menciones, está bien que leas en público y todo el show; lo que no está bien es que creas que todo eso implica un reconocimiento real y sincero por parte de esas gentes, y que dependas de ese (falso) reconocimiento para creer en vos misma.
Todo eso nos lleva a la cuestión de la quintacolumna, ese bicho asociado con el enemigo. (¿Te das cuenta? Es una sola y misma cosa: la duda con respecto a vos misma = credulidad con respecto al mundo).
Bueno, no sé si logro expresarme con la claridad necesaria. Pero que por lo menos te quede claro que NADIE escribe ni puede escribir como vos.
Besos,
CG
PS: En cuanto a la novela-diario, no sé qué decirte. Sería bueno que estuvieras conectada con alguna editorial extranjera, pero a esta altura no sé qué conviene. Yo estoy personalmente desorientado, con nuevos proyectos de una editorial propia de los que desconfío al momento siguiente. En todo caso, podrías intentar publicarla en Trilce, por ejemplo (aunque están tardando en leer), o sea en Uruguay, y orientar tu vida a vivir de las becas, por ejemplo. (Becas, proyectos, ese tipo de curros). (Eso te independizaría un poco del problema de dónde publicar). También podrías dirigir talleres literarios, o tener audiciones de radio. (Lo digo en serio).
Yo empecé este blog, El libro de los pedacitos mágicos, en el año 2004; estaba apenas interiorizándome de lo que consideraba una posible herramienta de independencia editorial (así fuera casera) y había hecho un único miserable post de prueba, cuando murió Mario Levrero. Amarguísimo, oscuro momento que durante años me quemó los ojos del alma cada vez que lo intentaba recordar; imaginarme a mí misma aquel lunes de mañana en Querétaro, sentada frente a la computadora con un bebé de dos semanas en brazos mientras leía, inocente, lo que -pensaba yo- sería un mail más de la luminosa Chl (aquí está la prueba de que no todo el mundo mata al mensajero: yo le agradeceré hasta el fin de mis días por haberme avisado unas pocas horas después, y por todos y cada uno de sus mails posteriores, como si su privilegiada mirada de duende bella, dolida -como yo- pero con cierta cuota de humor sobre las circunstancias -como él- pudiera curarme el desgarro). Por eso, la dirección de este blog terminó siendo adioslevrero.blogspot.com: porque se trata de un blog fúnebre desde su inicio (más tarde blog luctuoso, de esta y otras pérdidas), creado para no perder del todo a alguien amado que se muere.
Porque en un principio creí -qué ingenua- que escribiendo aquí (¡tanto, tanto que nos escribimos durante esos ocho años, a menudo varias veces al día!) podría seguirme comunicando con aquel sin el que de golpe la vida pareció haber perdido gran parte de su sentido. Aquel, mi mejor amigo, mi hermanito (frater mystico), mi socio, mi maestro, mi fan. El islote más contundente en el archipiélago de mi ánimus. Muerto, y entonces había que rearmar la vida desde una soledad atroz. Pararse sobre ese miedo oscuro y terciopelo, perseverar hasta que el dolor ya no quemara tanto. O sea, años.
Mi maniobra del blog no sirvió para nada: Levrero no apareció luego de muerto, así que desistí, perdí las escasas fuerzas que había acopiado para mi patética invocación escrita. Si algo me quedó claro en aquel momento, pero desoí años más tarde, es que Mario se había desprendido sin ningún tipo de culpa, sin aferrarse, sin nada pendiente en esta tierra. No importa lo que hiciera, no se sentía presencia alguna. Por eso dejé mi inútil blog para retomarlo recién tres años más tarde, ya sin pretensiones de tabla de ouija. Aparte de que yo le había pedido expresamente que, si él moría primero, me hiciera una señal: nada me convencía en un principio, y muy poco después el destello se desvaneció. Tengo que admitir que Mario no se comprometió a hacerme la famosa señal -como a nada, o a casi nada que se formulara por anticipado y en términos absolutos-, pero sí dijo que seguramente, dada la enorme conexión en la que vivíamos, se diera algún fenómeno espontáneo de un modo u otro.
Mujer de poca fe.
Dicen que hoy, 30 de agosto, era también el Día Internacional del Detenido Desaparecido. Nada más apropiado, cuando pienso en los siete años -ciclo finalizado- que hacen desde su muerte. Porque para mí desapareció. De un momento a otro, sin explicación, sin advertencia, sin que pudiera contemplar su cadáver. Lo curioso es que parece -recién me estoy dando cuenta ahora, tanto tiempo después- que para mucha gente apareció a partir de su muerte: una mitología cada vez más engordada y adulterada que me hace cuestionarme muchas cosas. “Rocé el borde de su manto, y si no, igual rocé el de aquellos que se sentaron a su mesa”. Para mí, fue el mejor amigo de carne y hueso que tuve jamás, no una figura pública; menos, todavía, un gurú de los planos invisibles, un alma máter por transitiva, una antorcha olímpica a custodiar en un apostolado. Si alguna vez entré en ese juego (y lo hice: recién a estas alturas vengo a caer, y no es juego de palabras), reconozco ahora que fue un error, un manotazo de ahogado inconsciente de mi propio desamparo. Hay asuntos que jamás debieron haber salido del ámbito de mi relación privada con él: chistes incomprensibles para terceros, como ser la mujer más bella del mundo o que me echara del taller; anécdotas, manías, impresiones. Sin duda él lo tenía todo para que se generara una mitología tras de sí; me arrepiento, en lo que a mí corresponde, si la he fomentado, además. No más altares, no más homenajes. Cuando se llega a valorar más las supuestas misiones y asistencias encomendadas por Levrero desde ultratumba que las amistades vivas que se tienen enfrente, es que algo no anda bien. O la gente está proyectando en esa entidad abstracta, “Levrero”, mucho más de la cuenta. Es lo malo de los países que se dicen ateos y agnósticos.
“A veces salimos y seguimos charlando rato en la esquina, tiritando de frío. En esos momentos es cuando pienso que Levrero está ahí con nosotros”, cita un reciente artículo a una participante de Narrares, espacio de autogestión literaria que inicialmente estuvo integrado por alumnos presenciales de Mario en un intento magnífico por continuar escribiendo (incluso publicaron con todo heroismo una colección de libros), poniendo en práctica lo que él les había dejado como guía. Pero en el espacio de aquel entonces, todos lo habían conocido personalmente: no era un arquetipo. En mis talleres, también hay (bastante) gente que dice sentir que lo conoce, tal como si hubiera sido realmente su maestro o como si fuera un amigo. Yo misma alimenté esa idea de la comunidad levreriana; por supuesto que es un fenómeno mucho mayor, algo que rebasa mis intervenciones limitadas a los alumnos, internet y algunas apariciones en los medios. Un curiosísimo fenómeno. Entiendo, desde luego, que cada uno tiene derecho a vivirlo como le venga en gana. Por mi parte, seguiré enseñando lo que sea que haya aprendido de él (que sin duda trasciende su “método no metódico”, como lo denominé alguna vez) en tanto sigo trabajando con el resto de mis proyectos de motivación literaria. Y seguiré atesorando su amor en mi interior, que es donde tiene que estar.
Tanto tiempo para reparar al fin en que nadie puede darme ni quitarme nada en este tema: debo haber sido yo misma la que salió a buscar patentes de idoneidad sin darse cuenta. Y -quién podría culparme- también fui yo la que hasta hace poco intentó que siguiera viviendo (como persona, como mito: como escritor no hay fecha de caducidad) mucho más allá de los años que le tocaron en suerte.
Pero ahora aviso oficialmente que Mario Levrero está muerto, por si alguien no se dio cuenta del todo. Muymuerto: lejos de nuestras pequeñeces, nuestros mundanos conflictos de poca monta. No nos mira por ninguna ventanita ni nos protege ni nos guía. Todos los asuntos de esta tierra le darían una pereza infinita. Estaba tan cansado. Y cada vez lo entiendo más, yo, que tan enojada me quedé por su abandono. ¡Irse sin mi permiso! ¡Y sin hacerme la señal post mórtem para saber que algo permanece, que no lo perdía para siempre!
Hace un rato encontré una correspondencia electrónica del 2005 con Alicia Hoppe, la ex mujer de Levrero. Fue antes de que me volviera de México. Parece que yo le había confiado una experiencia de esas inexplicables (porque son netamente intuitivas): a los pocos días de la muerte de Levrero, un pajarito se posó varias veces en mi ventana de Querétaro y golpeó insistentemente con su pico. Quién sabe por qué, pensé en aquel momento que se trataba del propio Mario (*).
(*) Quizás inconscientemente esta asociación venga de la vieja lectura de Diario de un canalla, en donde un gorrión -al que Levrero llama “Pajarito”- representa esa especie de “Espíritu”, de entrega a la escritura y sus misterios.
A mí con la fe nunca me basta. La desconfianza me gana frente al amor prácticamente siempre. Qué le voy a hacer. Era, por eso, más excepcional aún sentirme tan inequívocamente querida e importante para él. Pero, como dije antes, Mario Levrero está muerto. Ahora sí: adios, Levrero…
Hace unos días, con Astor, rumbo a la escuela:
-Mamá… ¿te acordás de un amigo tuyo, que te avisaron que murió y después había un pajarito que golpeaba con el pico en la ventana?
-Sí, me acuerdo…
-¿Y por qué no le abriste, entonces?
-La verdad es que en ese momento no se me ocurrió…
-Cuando tú te mueras… ¿me podés hacer alguna señal?
-Voy a intentarlo. No sé cómo es eso.
-¿Y qué podría ser?
-No sé… Hay que pensar…
-¿Un petirrojo?
-Un petirrojo podría ser: en Guanajuato veíamos muchos en el árbol junto a la ventana. Son lindos. Voy a intentar.
-¿Y cómo es un petirrojo?
-Y… como un canarito, pero rojo. “Petirrojo” era tu grupo de Jardinera.
-Sí: por eso se me ocurrió.
… que sean sólo los pedacitos mágicos de nuestros secretos…
Hace como una semana celebré mi cumpleaños yendo a un espectáculo en el Museo del Vino que hacía mucho quería ver, alentada por la conjunción de dos Carlos que me importan: Da Silveira, para mí Toto (guitarrista de primera y director musical del asunto), y Gardel, en quien se basa el recorrido tanguero de la propuesta. Según lo que comentó esa noche Luciano Álvarez, el presentador, hoy 7 de noviembre se cumplen 77 años de que El Mago pisara Uruguay por última vez: nunca más regresó, nunca más cantó Volver desde el barco. Como dicen Los Tigres del Norte en Al sur del Bravo, «tú sabes dónde naciste, no dónde quedas».
Me gustaba esa idea de festejar mi cumpleaños en un entorno de botellas de vino a la vista, coronado todo por un show que se llama Desde el alma. ¿Qué mejor que celebrar desde ese lugar invisible que para mí es tan importante? Más la coyuntura de los tres cuartos de siglo de la muerte del emblemático Carlitos, eje de tanta mitología conjunta que construimos Levrero y yo mientras vivió: Desde el alma de Gardel. O sea, El alma de Gardel. Gente muy apreciada en torno a la mesa y alguna botella reserva que invitó mi tío de México (el tercer Carlos del museo), inmejorable Tannat Viejo de Stagnari. Así que ahí estaba, dispuesta a escuchar, a dejar entrar en la dichosa alma aquella música y aquellas letras. Con buena compañía, sobre todo desde la silla de la izquierda. Es cierto que me hizo falta el Gardel reo, la voz de Discépolo, el lado tragicómico del tango, digamos, pero no deja de ser una linda propuesta. Los músicos que interpretan tienen mucho ángel: dieron todo el tiempo la impresión de que era la primera vez que cantaban aquello, la primera vez que se juntaban a tocar y crear magia, y sin embargo sé que llevan a cuestas como sesenta funciones. Eso me dio qué pensar: ¿cómo hacen, con qué energías del presente, del estar absortos se conectan para disfrutar con inocencia, en formas renovadas, lo tantas veces repetido?
Ese era el contexto: cumplir años, cuarenta y siete. Resulta que soy una mujer en plena mediana edad y, aunque la “franja etarea” me haya pegado maravillosamente a medida que fui acercándome a los cuarenta, supongo que desde mis bambalinas subterráneas no dejarán de moverse y cuestionar -con cierto grado de provocación- quién sabe qué cosas acerca del envejecer, el ser mujer, la juventud lejana, la belleza perdida, etc. Tuve suerte de que justo esa noche me tocara recibir un regalo simbólico que quiero consignar aquí para no olvidarme. La cantante líder de Desde el alma, Vera Sienra (a quien había visto solo una vez con Larbanois Carrero hace mucho, mucho tiempo, probablemente en el año 1983, durante uno de aquellos recitales masivos de canto popular en el Franzini, de esos en que todo el mundo cantaba textos casi en clave para eludir los ojos de Medusa de la Dictadura) me resultó ahora una persona fascinante en el escenario. No es el tipo de voz que me gusta especialmente -yo tiendo a enviciarme con voces angelicales, suaves-, aunque siempre que la escuché en discos o en la radio reconocí su capacidad interpretativa. Ahora verla actuar fue un plus increíble por todo lo que trasmite escénicamente. Tiene una sonrisa franca que muestra su placer de fluir, su estar trepada a la nube de sí misma, fuera de todo. Pero también establece el contacto con lo de afuera; no es un vuelo narcisista o embebido en lo de adentro, agotado, estéril. Me pareció una mujer bellísima, también exteriormente, y ni su edad ni su renguera al caminar -tengo una imagen que me vuelve de aquel concierto de hace más de 25 años en la que la veo en silla de ruedas, pero seguramente es algo que aportó posteriormente mi imaginación a la memoria- opacan esa belleza en absoluto. Porque viene de adentro, del gozo de hacer lo que se ama.
La vi deslumbrante, cantando, sonriendo, con la mano en el corazón, plena. En la foto de su primer disco, jovencita, parece muy linda; a todas las mujeres nos pega envejecer, pero lograr hacerlo a cara abierta cuando en la juventud se fue hermosa (algo que solo nuestros contemporáneos más cercanos pueden saber o recordar) es mucho más que simplemente envejecer con gracia. Es una toma de partido existencial.
Por lo que averigüé después, ella se retiró durante mucho tiempo del mundo creativo, del afuera de las tarimas (además de cantar, escribe poesía y pinta); también encaró la maternidad tardíamente, como yo. Eso de por sí genera un impasse natural , y más cuando el volverse madre de otra persona se vive con asombro, con fascinación y reverencia. Me es alentador que Vera haya logrado, en cierto punto de su proceso personal, renovar las zonas creativas, encontrar los tejidos truncos y no temerle a la reaparición, a la recreación de sí. Ahí está, en el escenario, muy hermosa. Me recordó mucho a mi abuela Dora, gran mujer. Sin duda es bueno -y ojalá yo sea o pueda serlo para otras- ese tener mujeres mayores que nos sean un modelo de ganancia, no únicamente de pérdida. Debe estar bien llamarse “Vera”, lo verdadero, lo auténtico, lo que soy realmente; además forma parte del nombre de una estación que, por cierto, florece, está llena de vida, de madreselvas. Me gustan esas pistas involuntarias que va dejando el azar. Los nombres dicen, las palabras dan forma, cristalizan.
Esa noche me vino de golpe a la cabeza un pensamiento, mirándola cantar y en mi propio trance de cumplir un año más: “¡Yo quiero envejecer como Vera, verdad de Dios! Y -quién lo hubiera dicho de mí- ya no quiero envejecer como Idea: eso me viene orquestado desde la mente, no necesariamente desde el alma“. Porque parece que un destino oscuro, con autocondenas sin voz, decretos mentales sin letra y una necia voluntad de soledad me llevaran desde la juventud a recorrer el camino de Idea. Esa asociación con el fracaso de la vida, con el “no” por default, con las raíces subterráneas y podridas, con el apartarse por gusto de la savia para comprobar quién sabe qué cosas, ese empecinamiento en negarse al amor y a las alegrías simples, eso siempre estuvo en mí. Desde que tengo memoria. Gracias a Dios, hubo treguas, y esas treguas me trajeron a Astor. Y ahí Idea Vilariño sencillamente no puede sostener su discurso: la vegetación la cubre y queda oculta como una pirámide devorada por la selva.
Idea no tuvo ningún Astor. A Idea se la llevó la muerte una vez que se le terminó la juventud. No ha sido mi caso. Todo lo contrario.
Cuando yo tenía veinte o veintiún años, averigüé que ella estaba dando clases de literatura uruguaya en mi facultad y le pedí permiso para asistir de oyente, simplemente porque quería estar en su cercanía, en su influjo energético. La admiraba muchísimo, había tenido que ver enormemente con mis incursiones en la poesía y era un placer leerla, saberme comprendida, gozar del vértigo doloroso. Pero me pareció una mujer tristísima, una mujer sin vida, nada que ver con la pasión y la intensidad que trasmitía en sus poemas. Recuerdo que sentí cierta desilusión, que conocerla me quebró alguna fantasía respecto a las profundidades oscuras: igual una podía convertirse en una mujercita normal, incluso cachetona, sin gracia, sin sangre bombeando, no importa cuánto mundo interno pujara por debajo. Esa soledad se la fue comiendo cuanto más vieja se puso; en aquellas clases que asistí, Idea Vilariño tendría más o menos la misma edad que Vera Sienra tiene ahora, y -no me importa cuántos amores pasionales haya vivido Idea en su juventud, con Onetti, Claps y toda la lista- en aquel momento era una mujer sin sazón, que no hubiera podido enamorar a más nadie sin recurrir a los interminables trucos de la memoria. Pero Vera no: Vera seguramente todavía fascina a más de uno. Ella sabrá. Y si no es así, es como si lo fuera. Canta y se siente su idoneidad para la vida. Para disfrutar todo mientras dure, para no dejarse morir en un vano intento de mantener el control, de domar el misterio, de decir “yo elijo”. Porque eso era lo que hacía Idea, lo que hacíamos: decir no para no correr los riesgos de decir sí.
Ahora creo que a cualquier mujer en sus cabales, si pudiera elegir, le gustaría más estar en los zapatos de Vera que en los de Idea. Quizás al final la historia no sea tan grandiosa, trágica, original, pero hay ciertos lugares comunes que, por el bien propio y ajeno, convendría aprender a aceptar con gusto, como una medicina salvadora. Por ejemplo, la vida, el amor, la pareja, la familia, la alegría simple.
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
No, no quiero que la mente me siga repitiendo año tras año que mi destino es ser Idea, caer oscuramente, ya sin temblor ni luz. Seguramente existan otras posibilidades más saludables que tampoco violenten a la que soy adentro. El asunto es desarmar esos malditos decretos silenciosos que lo manejan a uno desde las zonas fantasmas de su inconsciente. Porque en el fondo no quiero que los astros solo sean barro que brilla, no quiero que el mar no sea más que un pozo de agua amarga. ¿Servirá, acaso, el paraguas anticipado del ya no será para cubrirse de las inevitables lluvias, valdrán la pena todas las renuncias solo por un pero yo vivo sola como medalla de guerra?
y que ya no doliera
y que ya no doliera.
Debe ser más feliz poder decir sí, sin ambigüedades, porque la vida igual se encargará de que nos sobrevengan -cuando ella así decida- las separaciones, los aislamientos, los finales, los no. Y ahí aprovecharemos sus dolorosas bendiciones. Optar por dejar pasar las alegrías en defensa de la propia soledad es tan soberbio como pensar que dicha soledad no llegará solita, tarde o temprano, aunque ciertamente lo hará fuera de nuestro control y de nuestra voluntad. Vendrá, sí, porque existen las muertes, los abandonos, los ciclos que se terminan. No vale la pena aliarse con el enemigo, como hizo Idea. Balances de cumpleaños del retorcido signo de Escorpio.
Por cierto, leyendo en el Big Brother de Internet, no me sorprendió demasiado descubrir que Vera comparta conmigo el tan dual signo astrológico; de hecho, cumplirá 63 en unos pocos días más, en la misma fecha que Sor Juana Inés de la Cruz solía cumplir años cuando estaba en esta tierra. Escorpio suele estar en los ojos, en la mirada intensa de la gente de octubre y de noviembre, porque es la muerte subterránea que hace raíz en lo oscuro y (en el mejor de los casos) logra salir a la superficie como flor, como planta. Ellas dos, sin ir más lejos (Vera y mi alter ego cibernético Sor Juana) logran reivindicar para sí el misterio y la luminosidad que, en principio, nos tiene concedidos el complicado alacrán. Pero no per se: hay que ganárselo.
Porque sabemos que el signo también reserva otras facetas bastante menos atractivas, qué se va a hacer. Pero contra la naturaleza no se puede hacer mucho, más que seguir trabajando con paciencia en la alquimia de uno mismo. En tanto se intenta madurar con cierta gracia, claro. Y, si fuera necesario, con bastante menos leyenda.
Seguramente los publicistas -profesionales o empíricos nomás- lo tengan más que estudiado: rara sería tal insistencia de no ser así, porque pasan los años y la tanda de Radio Clarín siempre se ve bendecida con auténticas perlas de doctores que prometen curar “los trastornos sexuales del varón”. El esquema es una voz masculina que habla en una respetuosa segunda persona de “usted”, presentándose como el Dr. Fulano de Tal; a continuación, intenta propiciar un clima de confianza con el menguado candidato (en la tónica de “Lo escucharé atentamente” y “¡Hombre, si a todo el mundo le pasa!”). Y luego, como para rematar, detalla la enorme lista de los males que pueden estar aquejando al susodicho oyente, cosa que ya no le quede ninguna duda de la utilidad de la hipotética consulta: impotencia, eyaculación precoz, bajo deseo sexual, todo el catálogo… Como en los anuncios radiales no hay títulos sobreimpresos, el teléfono suele repetirse varias veces, tipo “Llame ya, lo estoy esperando”; la cosa debe funcionar así, supongo. Luego de haber escuchado casi en formato catálogo la lista de sus propios síntomas, más la nada velada promesa de una solución misteriosa, supuestamente el candidato debería correr desesperado hacia el teléfono.
Me pregunto si la persistencia de esta curiosa tanda -por más que le doy vueltas, no puedo imaginarme la escena real de un cristiano en apuros llamando para atenderse con un doctor al que escuchó anunciándose en Radio Clarín, pero insisto: si no diera resultado, ya la hubieran dado de baja hace rato- tiene o no relación con el prototipo del macho tanguero, varón de arrabal, para quien (muy especialmente) las herramientas de la honra deben portarse siempre en alto. ¿Será un hecho que el público de Radio Clarín en particular es el segmento más productivo para este tipo de avisos? ¿Por el tango, quizás, y su melancolía amarga (que podría afectar la performance en espíritus sensibles)? ¿Por la edad? (ahora que me empecé a fijar, es cierto que también abundan los avisos de residenciales, prótesis dentales y audífonos) ¿Por la extracción social, acaso? Nebulosos borradores para sociólogos de café.
Hace años que escucho y disfruto esta clase de publicidad allí; siempre me hizo gracia, sobre todo porque me sentía una intrusa involuntaria de las intimidades del apesadumbrado interlocutor, futuro paciente del Dr. Fulano de Tal. Pero ahora se ha puesto mucho más encantador el asunto, pues a un primer doctor se ha agregado un segundo doctor, en competencia por el mercado de los tangueros amedrentados. El doctor que me parece que es más nuevo en Clarín -abriendo su escaparate sexual entre anuncios de casas de cambio, marcas de yerba y control de plagas- es más canchero, entrador:
“Escuchemé (sic): soy el Dr. Carlos Russo…
… venga a verme, que sabré escucharlo!”
Al rato se escucha la voz del otro doctor, delimitando su duramente ganado territorio, y dándole un tan inesperado como original nombre a su clínica:
“Le habla el Dr. Moreira, 17 años de experiencia avalan…
… consultorio sexológico ‘Hombres’…”
Por lo general, entre uno y otro, como para matizar, se intercalan un sinnúmero de folklóricos anuncios que -no sé si me estoy sugestionando- parecen aludir a la misma temática:
El carburador que el andar destruye
Carbudis lo reconstruye
¡Qué no daría por escuchar la conversación telefónica de un interesado cualquiera con uno de estos doctores (o sus secretarias, si las hay)! ¿Cómo le explicará lo que le pasa? ¿O pedirá una cita sin más, simplemente mencionando que es oyente de Clarín y lo demás se supone, tal como si se tratara de una contraseña masónica? ¿Y si el doctor resultara no ser tal cosa, pero sí un médico brujo o chamán que le quiere hacer comer sospechosas hierbitas? ¿Podría negarse el paciente, teniendo el Cielo casi asegurado? ¿Cómo estar seguro de que, una vez con los datos clínicos en su poder, no lo chantajeará con la amenaza de revelarlos frente a los muchachos del café?
Es todo muy, muy misterioso. Si yo fuera hombre, ya estaría agarrando el teléfono para sacarme tal curiosidad. Llamaría y empezaría así la conversación:
“Doctor, tengo un amigo que… “
SERVICIO SOCIAL DE EL LIBRO DE LOS PEDACITOS MÁGICOS EN SOLIDARIDAD CON NUESTROS LECTORES DEL SEXO MASCULINO
Dr. Moreira: 2623 1412
Dr. Russo: 2481 2992
“Es ladino el corazón,
pero la lengua no ayuda”
CLARIN AM580, con mástil irradiante en 56º12’50” Longitud W., 34º47’50” Latitud S., trasmite las 24 horas al día, todo el año, en 580kc/s, desde la ciudad de Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay.
En la cafetería de la Alianza Francesa espero a F., que vuelve primaveral y divertida del baño.
-Allá tienen una foto tuya -me dice.
La primera reacción es de pánico visceral, existencial; ese mecanismo automático de preservación del ego, lejos de peligrosas miradas de Medusa, robos de alma y otros riesgos. Nada más tranquilizador que no existir, pero lamentablemente ya no es el caso. ¿Sería la entrevista del lunes pasado en La República? ¿Y por qué retorcido motivo podrían haber pegado eso allí, a la vista de todos? ¿Quizás una foto artística de la propia cafetería, en la que por azar yo aparecía ocupando una mesa?
Dudé enseguida de que, aun llegado el caso de que dicha foto existiera, la hubieran puesto como emblema del lugar: desde que cambió de dueño, la cafetería de la Alianza Francesa es un sitio en el que hacen sentir incómodo desde el “hola” al que va solamente a compartir un rato, tomar un capuchino o leer el diario con un café. Aunque las mesas estén vacías, hasta los mozos -que deben ganar una miseria, pero sufren del “síndrome de Estocolmo“- se aseguran de que la política del lugar les quede bien clara a los posibles habitué de charla y cafecito. Una sistemática mueca acompaña cada ausencia de almuerzo, esos platos con nombres complicados -quizás ricos, no lo dudo- convertidos en gourmet por obra y gracia de dos tomatitos cherry y un poco de estragón salpicado alrededor, y que cobran a escala de euros mientras el reloj de pared marca la hora de Paris y en el aire suena Jacques Brel o “Los paraguas de Cherburgo”. Si uno sortea el almuerzo y se muestra firme en su intención de no consumir más que café, sufre dos estocadas más antes de la declaración tácita de desprecio del mozo o la moza en turno:
-El café… ¿grande o mediano?
-Chico.
Y luego:
-¿Y para acompañar? Tenemos tartaletas de esto, de aquello, crème brûlée, pastiserie, le monde au chocolat…
-Sólo el café.
C´est la guerre, cherie. Diagnóstico: un par de escritoras pelagatos, posiblemente roba wi-fi. Ni mi iBook con la blanca manzanita -cuya ulterior utilidad debería ser jetear- me salvaba jamás de la mirada altiva de quien, con un tilt down descarado, me clasificaba ipso facto en ciudadana de segunda categoría (porque nunca almorzaba), en vez de verme como una posible aliada y asidua concurrente a conquistar. Solía ir a menudo; tenemos pocos cafés por el barrio Darnauchans, y cuando me cansaba de los posibles ex presidiarios, futbolistas y borrachos del Sabot, o en las épocas en que dicho bar rebosaba tanto de aroma a caño y mugre que se me dificultaba la lectura, me iba a la Alianza. Ahí vivía un rato protegida por la iconografía burguesa: jardincito con fuente, policía en la puerta, música sofisticada (siempre es importante que la ambientación sonora sea en idiomas europeos para dar ese toque tan classy), mesas de madera, moza de uniforme oscuro, platitos, tartitas, diarios y revistas…
-¿Te podés cambiar a esta mesa?
*
Aquel fue el último día que me vieron tipo oficina nómada o momento de paz conmigo. El lugar aún estaba vacío; al parecer los comensales llegan como malón al mediodía, así que previendo eso –no fuera que los ricachones tuvieran que esperar un momento a que me cambiara de puesto, como sin duda hubiera hecho sin que me dijeran nada, o se fueran a sentir descolocados por la presencia de una insociable que escribe, se viste mal y no muestra intenciones de consumir más que algunos cafés (por cierto, al precio de la Colonia)- optaron por sacrificarme a mí, que era el cliente concreto y a la vista. Cliente que pudo ser fiel en las buenas y en las malas, cuando a todas esas viejas copetudas no les alcance más que para un café, pero que, a diferencia de mí, se nieguen a pasar semejante escarnio público; por eso me hacían sentir incómoda, “por si acaso”.
Ese día se terminaron mis intentos de hacer de ese café uno de mis hogares. Ahora sólo voy alguna vez que quedo de juntarme un rato con alguien: me queda cerca, interrumpo menos mi trabajo y sé que el otro va a apreciar el entorno agradable (el Sabot sería demasiado arriesgado para mantener las amistades). Pero invariablemente esos amigos –que por algo lo son- perciben ese sutil destrato, tan uruguayo, del subalterno aliado con la causa del patrón, al menos en lo que a marcar “clases de consumidores” se refiere. Los dueños anteriores, una francesa y un muchacho guapo, eran macanudos, frescos, pero se fueron a trabajar a un castillo en Francia. Bien por ellos, lo merecían. La conclusión es que, del mismo estilo, recomiendo mil veces el Irazú en la Ciudad Vieja: lindo, buen café (también caro), y wi-fi ilimitado, pues nadie jode si uno se aposenta a escribir sus obras completas y en general son amables. Con mi amiga F. -que, irónicamente, reside en Francia- no recibimos en la Alianza Francesa ni una sola sonrisa durante las (pesadilla para ellos, que nos empezaron a acomodar las sillas y las mesas alrededor, con estratégicos cartelitos de “Reservado”, hasta que simplemente quedamos rodeadas) dos horas en que nos plantamos a charlar en su jardín sobre literatura y bueyes perdidos. Pero, claro, nosotras sí sonreíamos y nos reíamos.
-De verdad, hay una foto tuya allá, al lado de la puerta del baño… -insistió F.
-Ah, sí –le respondí. –Mi hijo, siempre que ve la Mona lisa, grita entusiasmado: “¡Mamá!” y la señala-. F. se rió, como si ocultara picardías inescrutables.
Me fui, entonces, al baño; la curiosidad me hacía disfrutar por anticipado cualquiera fuera la trampa que F. me tenía preparada. Éramos las únicas personas en la cafetería, salvo esa galería de mozos, encargados y dueños con cara de noble frente a plebeyo cuando la Revolución Francesa (para mi gozo, ya sabemos cómo terminó esa historia). Subí así las escaleras hacia el baño y allí estaba. La foto de Carlos Gardel.
*
Levrero decía a menudo que yo era “la mujer más bella del mundo”. No como Megan Fox, se entiende: era una forma simbólica de expresar nuestras afinidades espirituales y psíquicas, la encarnación –o lo más cercano a eso- de su Ánima en mi persona, su hermanita de viaje. También decía que yo era idéntica (físicamente) a Gardel. Difícil imaginar la simultaneidad de dichos eventos. “¡Sí que había sido fiera!“, dice una voz interna con tinte a Landriscina.
Entré luego al baño riéndome a cierto volumen; la corte de los nobles habrá intercambiado miradas de suficiencia, como diciendo: “Y, además, drogadictas…“. Me encantó encontrarme con Carlitos sin esperarlo.
Con Mario nos llamábamos “Carlitos” indistintamente. Muchas veces, los mails eran diálogos del tipo:
-Yo sé lo que te digo, Carlitos: esa persona no te conviene…
-No creas, Carlitos: mirá que tiene lo suyo.
Una vez soñó que teníamos que escribir una novela conjunta llamada Gardel, Gardel. Quedará para otra vida, al parecer.
Lo peor de todo es que, cuando salí al jardín y festejamos con F. su ocurrencia, ella insistió en que el asunto no era una mera alusión común a Levrero, que realmente me parezco a Gardel. “Qué sé yo, con un pelito largo…”
Es increíble la capacidad de persuasión que tenía ese individuo.
Creo que fue el último día que vi a Levrero (al menos en esta vida), en su casa, durante una visita mía desde México. O quizás no: sé que la última vez que lo vi canté “Volver” desde el ascensor, poniendo cara de Gardel (ya que él opinaba que nos parecíamos… ¡no sé cómo compaginaba eso con el hecho de ser “la mujer más bella del mundo”, es para preocuparse!), y por eso, dudo que hiciera tal payasada que sólo él entendería con tanta gente presente. Llegamos del Mercado del Puerto y el Bacacay con varios alumnos del taller virtual que ansiaban conocerlo; con todos ellos, era el primer día que nos veíamos en persona y de ahí salieron amistades duraderas (el famoso Primer Congreso Offline de Letras Virtuales, juas!). No sé cómo aceptó recibirlos, pero fue un momento increíble; además, nos puso a escribir. Incluso estaba Chepsy, que había venido de La Coruña y era toda una institución del taller. Memorable.
La foto es malísima, claro, pero me recuerda más el apartamento, el “museíto” a la entrada (se ve atrás), la virgen sobre la puerta, el ascensor.
A tu salud, Master! “Volver” quiere decir que hay que reencarnar para encontrarse nuevamente en otra vida…
Entre tanta muerte falsa, una muerte a recordar de verdad Adios Gardel!
Si no colgaba algo en homenaje a 73 años de tu muerte, gran Carlitos, Levrero me mataría o más bien me matará!
Solíamos llamarnos “Carlitos” el uno al otro, y firmar “CG” indistintamente. Éramos (somos) parte del alma de Gardel, como tantos otros conocidos y desconocidos….
Una de las dos canciones que quiero que suenen en mi velorio a modo de despedida es “Volver”. Quizás porque en el fondo apuesto a la reencarnación.
No nos abandones nunca, y que siempre sean horas pares hasta el fin de los tiempos!