La serpiente le muerde el tobillo al lobo. El lobo es el gigante Atlas, cargando sobre sus espaldas el peso del mundo. No: es un escuincle, un perro azteca, de esos que se enterraban con el muerto para que lo guiara a lo largo de su terrible viaje por las húmedas tierras del Mictlán. O es Anubis, la deidad egipcia de cuerpo humano y cabeza canina. Sí, es Anubis.
Encima de la rueda, la esfinge. Lleva una espada al hombro; la espada quiere decapitar al águila pero se contiene. El águila, inocente del peligro, sufre en secreto mientras tanto: moriría por ser una paloma mensajera y llevar el esperanzador olivo hasta las manos de Noé. Pero no puede, nada ni nadie le evitará ser lo que es: un águila majestuosa. Tiene un destino tirano que la condena a la grandeza.
Del otro lado, el ángel levanta la vista de su libro y desde su nube le reprocha en silencio. “Pudiendo volar, que no vuele… pudiendo ser grande, que quiera no ser vista…”. Mueve la cabeza en reprobación amarga, y el águila, avergonzada, desvía la mirada. Ahí se encuentra con la serpiente que le muerde el tobillo al lobo.
Más abajo, un buey alado y un león, también alado, se tumban plácidos al sol; sostienen entre sus patas delanteras un libro cada uno. Están entretenidos, se ven en paz; parecen figuras del establo de Belén. No tienen la menor idea de para qué podrían usar sus alas. Mejor para ellos.
Todo está lleno de nubes. Arriba y abajo. La rueda de la fortuna gira una vez más, y de súbito, antes de percatarse ella misma, la serpiente suelta al lobo, lo deja de morder. El lobo se da cuenta del alivio y no pierde un instante: se libera del peso del mundo. Al verlo actuar, el águila también se anima un poco; se larga a planear por los cielos en danza luminosa. Por eso mismo, al contemplarla, el ángel sonríe y deja de juzgar al prójimo; tanto el buey como el león sienten de pronto una punzada entre los omóplatos. Las cosas marchan. Hay liviandad.
Es cuando la esfinge, sin aviso, toma la empuñadura de la espada y hiere a alguien. A cualquiera que por azar pasara cerca de allí justo en ese momento.
Se escucha desde el fondo de la tierra un chirrido pesado; la rueda de la fortuna gira una vez más. Y la serpiente, sin saber por qué, no puede evitar volver a morderle el tobillo al lobo.
Cada tanto le cambio de melodías a mi celular; la más importante es la alarma, porque es la que me despierta cada mañana y también la que me hace bajar a tierra, encarnar nuevamente desde la computadora, recobrar la noción del tiempo, de las tareas por hacer, de los encuentros por venir, de las obligaciones, horarios, agendas. Casi nadie me llama por teléfono porque saben que no me gusta demasiado (no así los SMS), pero en estos días puse Uruguayos campeones como ringtone para divertirme las selectas veces que suena. Creo que por eso, paralelamente, puse Cielo de un solo color como alarma; después me di cuenta de que no había sido realmente por la temática futbolística, sino porque es una canción perfecta para despertarse (literal o metafóricamente) sin violencias. Creo que hace un par de años no la tenía tan clara; erróneamente, me inclinaba hacia tonadas como el tema de Batman, un instrumental de Tom Waits, el Caballero Rojo de Titanes en el Ring, la máquina contestadora de George, el de Seinfeld: todas pésimas opciones, porque ya empezaba la jornada como si me hubieran propinado un choque eléctrico y con taquicardia. En cambio, Cielo de un solo color comienza con unos acordes rítmicos casi imperceptibles, suaves, a los que luego de algunos compases se les agrega un redoblante discreto; luego una voz medio hipnótica (como si fuera la de un tipo desvelado o recién levantado, como yo) que va dando paso al hilado de un bandoneón; para cuando las cosas se ponen más intensas y expresivas, para cuando se cuela el rock o la murga, hace rato que apreté el stop y estoy a salvo.
El otro día me sentía triste en extremo; quizás por eso no atiné a detener la alarma en los comienzos mismos del tema. Cuando uno está realmente triste, con esa tristeza que no tiene motivo -es decir, que no es la reacción natural frente una pérdida, herida o fracaso-, el entorno y el mundo circundante se desdibujan casi hasta desaparecer por entero. No hay alarmas que valgan, no hay campanas que se oigan; ni siquiera escuchamos más ese constante avispero celestial de ángeles que (de buena gana y con la impresión de que hicieron buen negocio) aceptarían perder su inmortalidad vacía sólo a cambio del momento en que se apagan las luces en el cine, o para degustar las promesas del olor de un buen vino tinto antes de ser tomado. Pero cuando se está realmente triste, uno no quiere ni vinos, ni cine, ni ángeles ni demonios; uno se queda ahí, flotando simplemente a lo largo y ancho de un cielo negro, silencioso, con el único anhelo -que quizás no se atreve todavía a hacerse rezo- de que el dolor al fin termine. Ver Ítaca en el horizonte o, de lo contrario, ser engullido al fin por el remolino de Caribdis.
Y entonces, de repente, se produjo el milagro: escuché la canción desde ese lugar de la tristeza. No desde las tribunas del fútbol; no desde el puesto del hincha fiel que sueña con que su equipo gane, a pesar de que la realidad le demuestra una y otra vez que eso es solamente una quimera (por lo menos hasta que ocurre y la canción, entonces, se vuelve profecía, himno). Pensé en las voces de tantos amigos que, de una forma u otra, terminaron con sus vidas o fueron arrancados de ella; pensé en las numerosas luchas de cuerdas y mástiles que se libran por escapar de las sirenas, de la muerte. Esas odiseas invisibles que nadie ve hasta que dejan su gesta trás de sí. Me hizo gracia considerar la palabra “celeste” desde la tristeza, no desde una camiseta: el cielo, la vida, o mejor dicho la alegría de vivir. La oportunidad que nadie le dio jamás a esos ángeles aburridos que canjearían gustosos sus lugares con nosotros.
La canción se me antojó como un clamor de los sufrientes porque sí. De los tristes. Los desconsolados, como decía el Darno. Y el aferrarse, seguirse aferrando con desesperación a la vida, pese a todo. Haciendo tiempohasta que pase el temporal. Es decir, esperando que todo termine de des/esperar.
Era raro sentir todo eso en el medio de lágrimas mientras escuchaba una canción futbolera. Pero, se sabe, me gano la vida sobre todo gracias a mis dobles lecturas, el material simbólico que me sale y me encuentra a cada paso, el jugo de los limones invisibles, las señales de lo sincrónico.
Quizás alguien más quiera escuchar la canción y lo que dice tal como lo hice yo.
He estado involucrada últimamente con el retorno a Ítaca de La odisea. Bueno: sería justo, entonces, revisar lo que ocurrió justo antes de ese punto. Hace una semana fui a ver Homero, Ilíada, basada en una versión de Alessandro Baricco sobre el clásico homérico, con dirección de Jorge Curi (Teatro Victoria). Y lo que ocurre justo antes del trabajoso retorno de Ulises a Ítaca es una guerra, una verdadera carnicería, un sitio a una ciudad amurallada que duró diez años, un conflicto en el que ambas partes tenían la razón. Es decir, una tragedia.
Es todo un tema el estancamiento. Y las cosas parecían detenidas en la interminable Guerra de Troya, y aún más estancadas cuando el mejor de los guerreros griegos, Aquiles, enfurece sintiéndose estafado por Agamenón y se retira de la contienda. A eso se refieren con “la cólera de Aquiles”; hay que acercarse a este personaje e intentar entender su carácter iracundo, sus rabias ofendidas, sus airados castigos, porque si no La Ilíada entera pierde sentido. Aquiles es uno de sus latidos más claros; su cólera, la sangre que el corazón bombea. Y mucho más terrible que la furia que lo impulsa a alejarse, es la que luego lo devuelve a la batalla, cuando Héctor mata a su amadísimo amigo Patroclo. Al parecer, los tres gritos de Aquiles frente al cadáver le helaron la sangre hasta el último de los troyanos, peor que si hubieran provenido de la garganta de los dioses.
Sin embargo, hasta la cólera de Aquiles puede llegar a tambalear en un momento de compasión -por más semidiós que fuera, tenía un talón humano-, y es cuando el rey Príamo se presenta en su tienda, clandestino, arriesgando su vida, para suplicarle que le entregue el cadáver de Héctor. Esta escena siempre me estrujó particularmente, lo que llega a hacer el rey para recuperar el cadáver de su hijo: besar las manos del que le dio muerte, humillarse arrodillado frente a él. Tan fuerte es la necesidad del cuerpo muerto, desaparecido de lo cotidiano, tan necesario es poder enterrar el cadáver de un ser querido. Hacer el duelo de verdad. Habría que tomar nota en estos países antes de juzgar el dolor ajeno. Lo más hermoso es que terminan comiendo y bebiendo juntos; luego Príamo le pide un lecho para dormir, allí, en la tienda de su enemigo que bien podría degollarlo. Pero haber logrado su comprensión le da paz y duerme, duerme luego de tantas noches de insomnio. Aquiles lo acoge, tocado en su corazón por aquel amor de padre, por ese rey ya anciano que inclina su cabeza frente al destino. Llega, incluso, a llorar junto a Príamo. Pero, claro, orgulloso como era, igual no se priva de lanzar uno de sus siempre enconados desafíos: “Ahora no me irrites, viejo. Te devolveré a tu hijo, porque si has llegado vivo hasta aquí quiere decir que ha sido un dios el que te ha guiado, y yo no quiero molestar a los dioses. Pero no me irrites, porque soy capaz hasta de desobedecer a los dioses.”
Algo interesante en esta Ilíada -al menos tres veces el texto lo enfatiza en boca de los propios protagonistas, no de un narrador- es que lo que se está viviendo será contado y sabido por las generaciones venideras. Tenían conciencia de la dimensión épica, mitológica de sus vidas en tanto modelo, en tanto historia con potencial de comunicarse con otros seres humanos; incluso cuando sus vidas, finitas y limitadas, hubieran concluido. Más aún en el contexto de una guerra: parece razonable pensar que uno no saldrá vivo de ella, luego de diez años de empecinamiento vengativo de los griegos y diez de estar sitiados de los troyanos. Esa declaración de trascendencia, al futuro, cobró inusitada fuerza porque el teatro estaba lleno con al menos 150 liceales. Que estuvieron la hora y media en silencio total, atendiendo; aplaudieron mucho y se quedaron afuera conversando. Me hubiera encantado hacerme invisible como Sue Storm (mi sueño desde niña), y escuchar divertida, sin privarme, sus conversaciones; sin alterarlas con mi presencia cerca. Mientras hacía tiempo abriendo el paraguas, alcancé a escuchar a un grupito de varones que comentaban la obra, muy conformes, aunque uno de ellos se quejaba de que lo único que no había entendido era qué carajos representaba una especie de armatoste, de grúa, que desciende sobre los troyanos muertos mientras el aedo se niega a seguir contando los horrores del desenlace; las luces se apagan y la obra termina.
Tendría que cantar sobre aquella noche, pero tan sólo soy un aedo; que lo hagan las Musas, si son capaces de ello, porque sobre una noche de dolor como aquella yo no voy a cantar.
La verdad es que ni se me había pasado por la mente preguntarme por el significado de dicho armatoste descendiendo: simplemente viví el efecto que me produjo, sumado a las palabras, a la oscuridad creciente, y me conformó. Pero recordé entonces que, cuando tenía 13, 14, 15 años, solía hacer exactamente lo mismo: buscar equivalencias simbólicas inamovibles, como un alfabeto secreto que por cada carácter en un idioma me diera otro a cambio, a fin de permitirme develar el enigma, el mensaje cifrado. Las cosas, por supuesto, no funcionan así: son polisémicas. Me enloquecía tratando de captar el significado profundo, el simbolismo, de cada escena, de cada personaje de Tommy, la ópera rock. Empecé a verla a los 12 años, y la seguí viendo cada año o máximo cada par de años por mucho tiempo -aunque ahora nos cueste recordarlo, aquel era un mundo en el que no existía el video o DVD, y uno debía esperar pacientemente a que volvieran a dar la película en el cine por capricho del programador de los ciclos, o de lo contrario verla sucesivamente mientras estaba en cartel-; había encontrado paralelismos con la historia de Jesucristo -muchos-, pero chocolate y frijoles saliendo a litros por la pantalla de un televisor sobre una habitación decorada de blanco -por ejemplo- era difícil de ubicar en mis equivalencias. Uno es muy intelectual cuando adolescente, quiere controlarlo todo. No me importa cuántas grúas o pozos petroleros bajen acompañando el apagado de las luces: si funciona desde lo estético, lo emocional, me lo quedo. Pero tratando de identificarme con el joven espectador -que al parecer había entendido sin problemas cómo es posible que dos naciones se maten durante una década por una adúltera y un niño malcriado, que peleen usando espadas y lanzas, y que no existan celulares ni Internet-, puedo lanzar la atrevida teoría de que ese movimiento de la grúa, o lo que aquello fuera, hacia los personajes, alude a una epifanía, al descenso de la divinidad sobre el escenario de la tragedia humana (algo que era un recurso habitual para resolver los destinos). Deus ex machina. Y “máquina” es lo que vimos descender, finalizada esta representación de una obra del siglo VIII AC en la que los dioses fueron excluidos a propósito. Ellos siempre consiguen colarse.
En realidad, eso fue cosa de la puesta teatral; el texto literario no menciona nada de grúas, máquinas o dioses. Lo que sí nombra varias veces es al destino como causa detrás del resultado de las acciones humanas: el hombre elige y actúa en consecuencia, y debe hacerlo en paz, pues si su destino es lograr un resultado o lograr otro, ese lo será de todos modos. Aunque los dioses sean mudos e invisibles, de todos modos hay una certeza de su accionar por detrás. Uno simplemente los ayuda a expresarse decidiendo, pero dicha elección está en consonancia con una armonía que nos es imposible entender. No es determinismo; tampoco es libertad ilimitada, posibilidad irrestricta. Los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué motivo. Eso no quiere decir, desde luego, que no sea posible navegar hacia otro rumbo, o bajarse del barco y caminar, o esperar los vientos que favorezcan nuestras elecciones. Sólo quiere decir que los vientos soplan en cierta dirección, vaya uno a saber por qué.
Me cuesta el teatro porque -sé que es una pedantería de mi parte- el physique du role nunca me convence del todo: una Helena de Troya cuarentona, de baja estatura, con pancita y voz áspera, jamás me va a hacer quedar con la boca abierta contemplando la infinita belleza arquetípica de aquella excusa por la que los hombres son capaces de desplegar sus más sórdidos tableros; un Aquiles que bien podría ser el muchacho del kiosko no me impone el intimidado respeto que tendría que venir junto con la mención de su nombre (no digamos la aparición de su estampa); un Patroclo pelado nunca irá a sugerirme el amor casi homosexual de Aquiles por él, capaz de hacerle vencer su orgullo y despertar su segunda cólera, la más despiadada de las dos. Para la venganza, la guerra, las pasiones, necesitamos belleza. Belleza física, digo. El cine nos la da, cuando es necesario en el argumento; nos da la edad, la complexión, la raza adecuada. El teatro exige demasiado; al menos yo jamás puedo sustraerme del todo al marco mismo del escenario que rodea “la realidad”, a esa frontera visible de contacto con este mundo, como tampoco puedo dejar de oír los zapateos en el piso de madera ni de molestarme cuando el personaje gira y no escucho tan bien su voz. Es como hacer el amor pensando en que dejamos un guiso en el fuego y el agua podría consumirse. Yo soy una mujer de cine, qué le voy a hacer.
Pero salvo por estos detalles inevitables del casting en el teatro uruguayo, la puesta está muy buena, con un escenario que no es tal -usa una zona central de la platea-, escenografía mínima, vestuario evocador, interesantes contrapuntos, y una muy sugestiva ambientación sonora. Vale la pena conseguir el texto según Alessandro Baricco; yo aproveché el descuento de la librería La Lupa y me lo regalé: Homero, Ilíada, amarillo de Editorial Anagrama. Una obra que nos llevaría unas cuarenta horas, de ser leída en voz alta, aquí va a la esencia y logra momentos conmovedores. No será La Ilíada de Homero, pero ¿qué importa? No hay que rendir examen alguno, salvo que seamos liceales, de esos que había a montones: que se las arreglen ellos.
Es todo un tema el estancamiento, y también es todo un tema la guerra. Y más en obras como ésta, en las que el escritor original es tan maestro que, en el fondo, no logramos ponernos de ninguno de los dos lados. Quizás mi naturaleza me llevaría siempre a los troyanos, aunque me enoje conmigo misma porque de antemano conozco el final (siempre con los heridos, los vencidos, los losers, pero bueno, de ahí parten asimismo mis virtudes, si las tengo). Sin embargo, en La Ilíada uno puede ver claramente las razones de ambas partes; es casi imposible tomar partido por uno, si eso conlleva la destrucción del otro (es lo que me tocará pronto, salvando las distancias, en el desgraciado partido de fútbol en que Uruguay deberá medirse contra México). Malditos griegos, malditos troyanos. Lo que queda bien claro es que, en el momento en que se cuenta La Ilíada, ninguno de los dos bandos puede más. Desearían que el horror se precipitara cuanto antes, con tal de no seguir en esa angustiosa espera, con las vidas suspendidas.
La cólera de Aquiles también es todo un tema. La cólera que lo lleva a alejarse de la guerra -…mientras ésta va creciendo en su atormentado interior…-, y luego la cólera que lo lleva a arrastrar por doce días el cadáver de Héctor, enganchado de los tobillos a su carruaje, denigrándolo frente a sus conciudadanos y familiares frente a las murallas de Troya. Una nube de polvo y sangre, más la imposibilidad de recibir digno entierro, lo que en aquel mundo equivalía a vagar para siempre en las inhóspitas orillas del Aqueronte y no poder descansar como corresponde: en el mundo de los muertos. Pero Aquiles era implacable en su rabia, en su afán de destruir a quien le había hecho daño. Creo que sólo otro personaje lleva tan lejos su cólera y su venganza de corazón herido, y es Medea, que prefiere matar a sus propios hijos para así herir de muerte a Jasón.
O Poseidón, que con su ira consiguió desviar a Ulises diez años más -es decir, sumados a la propia Guerra de Troya- de su ansiado retorno a Ítaca. Lo que hubiera sido una afable navegación de quince días se convirtió en una peligrosísima década en alta mar, acosado tanto por maremotos y naufragios como por vientos que se negaban a soplar. Es difícil y arriesgado navegar en semejantes aguas, pero de todas formas al final Ulises logró llegar. Quizás más templado, más pulidos sus defectos natos, y ciertamente conectado con los aspectos “femeninos” gracias a diosas, magas y ninfas. No retornó a Ítaca aquel astuto y calculador guerrero que la dejara veinte años atrás: el viaje lo hizo mejor, mucho mejor.
Ni la ira de Poseidón ni la cólera de Aquiles -dejemos a Medea de lado, por destructora imbatible- lograron cambiar el curso del destino. O probablemente esas emociones sean colores del destino mismo, parte importante de su paleta de pintor malévolo.
Sí, es todo un tema la guerra.
Apostillas a las casualidades del malévolo pintor:
Este texto para el blog fue escrito inmediatamente de vista la obra. Había apuntado más o menos las palabras de cierre, que aquí cito textuales ya con el libro de Baricco en la mano. Pero resulta que, al buscarlas, descubrí que en la versión literaria el asunto continúa hasta el final de la página; me dejó dura, porque sin haberlo planeado redondea, como serpiente que se muerde la cola, el comienzo de este post. Luego de terminar el aedo su relato, el rey Alcínoo repara en que hay un hombre que llora entre el público; lo llama, le pregunta por qué le hace sufrir escuchar aquella historia y quiere saber quién es. El hombre baja la mirada y le dice en voz queda:
“Yo soy Ulises. Vengo de Ítaca y allí, algún día, regresaré.”
El martes, cerca de la medianoche, luego de que Astor se durmiera -he descubierto tardíamente la hipnótica capacidad de ciertas músicas para inducirlo al sueño: ¡de haberlo sabido hace cuatro o cinco años!-, prendí la televisión. AXN: el default, lleno de forenses, criminales, abogados, médicos. Por algún perverso motivo, ese tipo de serie me atrae, pero esa noche no daban ninguna; evidentemente, se trataba de una película, ya que la escena exudaba solemnidad, silencio, misterio. Un hombre joven (pero no tan joven: óptima combinación), agradable, con aspecto de buena persona, vestido de traje oscuro, acercaba su mano a la tapa de un ataúd y lo abría. Listo: entró la muerte a la imagen, el duelo, y ya no puedo dejar de mirar. Lo más desconcertante es que no encuentra nada: sólo unas almohadas blancas durmiendo su propio sueño. El hombre titubea, no entiende nada, se voltea hacia otro personaje que, al parecer, ya estaba presente, o quizás acaba de entrar a escena. En ese momento, me doy cuenta de que se trata de Jack Shephard, de la serie Lost, y que precisamente aquella noche emitirían -¡estaban emitiendo!- el capítulo final. No lo había reconocido, tan elegante, fuera de los salvajes entornos de la isla.El esperado cierre del programa de culto -que tan nerviosos tenía a los fanáticos ante la impenetrabilidad de sus guionistas y la secreta esperanza de una explicación, luego de seis temporadas devotas de eventos cada vez más pirados- a mí me tenía absolutamente sin cuidado, ya que a pesar de que la serie me parece atractiva, fascinante, osada incluso en lo comercial -en su momento, digo: ahora, como todo, empezó a inspirar “atrevidas propuestas” como Flash Forward, pero sobre camino recorrido cualquiera lo hace-, jamás vi nada en orden secuencial (más que la primera temporada durante una vieja gripe, la última que tuve). El argumento me resultaría el doble de desconcertante que a cualquiera, si no fuera porque simplemente me entrego a la narración en el momento en que la pesco: no busco respuestas, no interrogo, no tengo elementos ni información para exigir coherencia. Llego cuando llego, me subo al barco y desde allí miro la isla, sus laberintos, el zoom sobre el personaje en turno, y todos los hilos que se van entrecruzando, como si los tejiera una Ariadna loca que corre descalza de un pasillo a otro, soñando que con sus enredos de madeja al final termine tropezando el Minotauro.
La historia, o lo que sea, me gusta por cómo está armada, por su profundidad azarosa, por sus exageradas pistas que, supongo, no llevan a ninguna parte (nombres de filósofos, de figuras bíblicas, numerología), por animarse a rozar dimensiones intangibles, casi espirituales o metafísicas. Con eso, me basta y sobra: miro Lost cuando el destino la pone frente a mis ojos, en repeticiones, capítulos de temporadas salteadas. La linealidad -que la serie trata de romper todo el tiempo, pero que no deja de existir- no es una de mis preocupaciones. Entender, mucho menos: disfruto de la experiencia estética, la complejidad de niveles, la arquitectura del asunto.
El destino, entonces, puso frente a mí los últimos minutos del último capítulo de Lost. Jamás se me hubiera ocurrido moverme de allí, si podía presenciarlos, pero tampoco me calentaba no haber prendido la tele antes; de hecho, no me calentaba desconocer grandísima parte del corpus de la serie con su creciente mitología. No entendía nada, y así estaba bien. No es necesario conocer todos los vericuetos del Olimpo para dejarse tocar por un mito concreto, un episodio protagonizado por ciertos mortales y algun dios aderezando por ahí. Es placentero, sí, poder establecer relaciones, paralelismos y genealogías, pero no indispensable.
Tengo una relación ambigua con Jack Shephard. Lo veo como un hombre estupendo, idealista, leal, líder nato (con su muy peculiar estilo), competente. Sin embargo, no puedo evitar que los ojos, y todo lo que los ojos arrastran consigo cuando de hombres se trata, se me vayan sobre Sawyer (“James”, como el apóstol Santiago, que se suma a la pista alusiva al clásico personaje literario Tom Sawyer: no pienso entrar en estas trampas de guionistas malévolos y ociosos). Jack, el buen pastor (“shepherd“: casi, casi) quedaba totalmente opacado en mis deslumbramientos por el sexo opuesto frente al otro, cínico, egoísta, perro con las mujeres, vicioso en todos los flancos. Era como una atracción satánica que no intenté nunca resistir simplemente porque me sabía protegida por el obstáculo de la pantalla. Sawyer miraba a la cámara, con esa sonrisita inconfundiblemente jodida que tienen ciertos hombres conscientes de su belleza pero heridos, y yo inmediatamente recordaba aquel chiste o desafío lógico en el que a uno le preguntaban: “¿Qué te llevarías a una isla desierta?”. Y me sentía terriblemente culpable de que no me gustara Jack. Debe tratarse de algo arquetípico y potencialmente masoquista. Pero el conflicto no debe ser mío solamente, ya que los guionistas bien que lo explotaron sembrándolo en la encantadora Kate, nada menos (quien sin duda es la protagonista femenina más importante). Algo debe suceder con estos personajes como Sawyer, algo muy oscuro; en uno de los capítulos alternos de las últimas temporadas que miré alguna vez, aparecía destrozado, en pleno duelo, autodestrucción y mar de lágrimas, por una enamorada que tuvo en la isla misma y que, al parecer, había muerto. Me dio pena verlo así, pero para mi vergüenza ya no me parecía tan irresistible. “Parece que el actor hubiera envejecido más que los demás durante estos años de rodaje. Como que tiene papada, está abotagado… ¿le estará dando al alcohol?”.
Sí, debe ser algo arquetípico y oscuro, muy oscuro… Mientras tanto, en un estúpido test de Facebook -como todos los tests de Facebook- me dio como resultado que, entre todo el plantel de personajes de Lost, yo era precisamente Jack Shephard.
En esos últimos minutos que presencié -espero haber entendido bien-, Jack se encuentra con su padre muerto. Hay enorme emoción; el padre parece un ser pleno de sabiduría, de amor y compasión, como un Padre Universal. Es la primera vez que veo a Jack quebrarse, hacerse chiquito, dejarse sostener por un otro, por los demás. Inmediatamente me viene a la memoria Joseph Campbell y sus etapas del viaje del héroe: desde el primer capítulo, Jack Shephard fue el protagonista, la primera mirada e hilo conductor de la serie; ahora la historia llegaba a su fin, y la muerte, el reencuentro, el misterio espiritual de Lost se ofrecían también desde su particular vivencia como héroe. En cierto punto del viaje, el héroe masculino realiza su linaje, su origen, se asocia con su padre. Es una etapa de comunión, de integración y aceptación de sí mismo, y como tal aparece sobre el final de la travesía misma. The atonement with the Father, dice Campbell. Hasta en Star Wars, de George Lucas (quien ex profeso siguió paso a paso las etapas del héroe propuestas por el gran mitólogo, y no le fue nada mal, por cierto), Luke Skywalker descubre que Darth Vader, su archienemigo, es en realidad su propio padre: una extraña manera de verse obligado a integrar los polos. Pero los ejemplos de héroes huérfanos o de origen incierto que en cierto momento conocen a su verdadero padre (hecho que cambia su destino, como en el caso del rey Arturo, Edipo o Hércules), o que lo añoran y expían su ausencia con elegidas misiones protectoras (Batman, Superman, e incluso Jesucristo) abundan en la mitología, los cuentos infantiles y la literatura en general. El encuentro del héroe hombre con esa fuerza masculina del padre, que internamente es percibida como más poderosa que la suya propia y, sobre todo, protectora, es indispensable para llegar a destino. Aquí, Jack Shephard llora, ríe y no entiende nada, pero se siente sostenido; tampoco el Padre tiene todas las respuestas, pero eso no le preocupa en lo más mínimo.
Mi hermano Mopri, subido a la fiebre twittera y el revuelo frente al capítulo final, comentó:
Para los que no han visto la serie, los pongo al día rápido. Hasta ahora todo lo que ha pasado es: Plane crashes on island, weird shit happens…. everybody dies
Luego, frente a la orfandad en que quedaron sumidos los fans, la sensación de algunos de haber sido estafados por el desenlace, y la de otros de casi haber tocado los ocultos secretos del universo, mi hermano completó su intervención con envidiable e ingenioso poder de síntesis:
Y así termina Lost: Jack y Locke malo se pelean a muerte, muchos besos inecesarios, Desmond se convierte en Indiana Jones, los que estaban muertos viven felices en su vida paralela … al final sale un Oso Polar y se los come a todos.
(¡Mopri, spoiler! ¡Sólo me faltaban cinco temporadas y ya me vendiste el final! ¿Qué sentido tiene ahora?)
Otro excelente aporte de Kanuto, stage manager mexicano:
Así termina LOST: Vida paralela: Jack finds god. Isla: Jack finds dog. Punto.
Yo, de todo ese remate tan esperado, únicamente presencié el confuso descubrimiento de Jack sobre su propia muerte, su aceptación de que, de un modo u otro, la conciencia prevalece, y el emocionante encuentro con sus muertos queridos. Entre los que estaban -tal como reporta la sinopsis de mi hermano- sus amigos y compañeros de infortunio de la isla purgatorio de Lost. Lo recibían, luminosos, entregados de lleno a la celestial bienaventuranza. Cada uno estaba con su pareja, todos hermosos (hasta Hurley, me atrevo a decir), juntos y felices en los bancos de una iglesia. Por primera vez, encontré atractivo a Jack Shephard; parecía un niño, un joven ruborizado. No se sentía ya en la obligación de sostener, de salvar, de ser el fuerte. Era como era, en el fondo: sin misiones redentoras, sin cruces, sin luchar hasta el último instante por la supervivencia. Se había entregado a la muerte y sonreía; ya no tenía nada que perder, e increíblemente la vida que le esperaba detrás de lo desconocido era mil veces mejor que el miedo, la guerra, la tortura, los accidentes aéreos, las enfermedades sin medicamentos, los osos polares y las pérdidas constantes. Sí, sonreía, y eso lo volvía bello. Más bello incluso que Sawyer, allá sentado con su enamorada entre el gentío, totalmente inofensivo.
Al final, en el último minuto de la serie, pude desanudar el viejo error de enamorarme de Sawyer y no de Jack, que siempre fue el mejor de los dos. Claro que los malditos guionistas, como dije, siguieron explotando el conflicto hasta el final: al parecer, no me sucedió sólo a mí, sino también a Kate, que sentada a su lado jugueteaba y le sonreía en -¡al fin!- decidida aprobación como hombre. Con semejantes rivales estoy frita, como sea.
Lost ha fundado toda una mitología contemporánea, con personajes ricos y contradictorios que han terminado por convertirse en modelos para toda una generación de seguidores, picados por la curiosidad de sus misterios existenciales. Modelos éticos, modelos épicos, incluso; cada conflicto, cada decisión que estos tomaban movía algo en el interior de estos adictos espectadores, dándoles marco de referencia para entender asuntos de sus propias historias. Esto es lo que sucede cuando se entra en el camino de la mitologización, algo que en los vertiginosos tiempos que corren, con figuras e íconos desechables que se sustituyen antes de que puedan cuajar realmente en un modelo de vida, es sin duda muy festejable.
Por eso, decidí dejar arrumbado todo un largo comentario que había escrito ya sobre La Ilíada para dedicarme de lleno a estos pequeños chispazos de la incierta mitología contemporánea. Pero volveré otro día con la mitología clásica, que nunca pierde vigencia. Esperemos que la historia de Lost siga dando frutos y conserve esos imperfectos héroes marcados a fuego en quienes siguieron su llamado, más allá de los vicios y las modas de las temporadas que otros nos imponen.
“That is why I have laid so much stress on money and a room of one’s own.”
Virginia Woolf, A Room of One’s Own
Algo extraordinario me sucedió luego de la operación. Soy otra persona, o, mejor dicho, soy más yo otra vez. Más que nunca. Deben ser los efectos arquetípicos de la resurrección.Hace como un año estábamos varias amigas -vinculadas todas de uno u otro modo a la literatura- tomando unos vinos. Vesna me había regalado un tiempo atrás La azotea, de Fernanda Trías (un librazo, Ed. Trilce, difícil de conseguir, pero quien lo vea en Tristán Narvaja debería comprarlo). Esa noche, SuyFabi también me regaló un libro, El sótano de Mario Levrero, librillo para niños retorcidos -como Levrero- con lindísimas ilustraciones. La propia Fernanda dijo que era toda una casualidad: Levrero había escrito un sótano y ella una azotea.
Las casas tienen enormes poderes de evocación, simbolismos adheridos a cada pared, a cada ladrillo; en una casa, los espacios son habitaciones del alma, estados de ánimo, capas manifiestas del inconsciente. Azoteas y sótanos. Hay momentos en la vida para cada uno.Y también hay escaleras entre ellos.
Estoy a punto de escribir el tercer libro de esta trilogía involuntaria. Mi libro será invisible, estará escrito con tinta indeleble, no se publicará jamás porque el único papel que podría contenerlo sería el del calendario, y se llamará El altillo.
Y es que al fin lo arreglé. Mi cuarto privado, mi escritorio. Luego de tres años de tener el piso cubierto de papeles, las cajas esperando, vacías. Caos externo casi espejo de un desorden primario y una falta de espacio interno. Soy feliz aquí. Es mi refugio de escritura, de trabajo, de papeles, de memorias. Una ventanita a la claraboya soleada o lluviosa. Pero suelo tardar tanto en escribir lo que me pasa, que cuando lo hago encuentro que se ha desvanecido, como ahora. Miro adentro y ya no encuentro su expansiva fuerza, su fueguito sencillo de subir cada mañana, cada noche, a comprobar que todo siguiera tan armónico, tan arreglado e inconfundiblemente mío. Simplemente, se me pasó el momento de mirarme resucitar el altillo, o quizás de resucitar en el altillo, porque ahora irrumpen otros movimientos internos que me reclaman el apretado espacio. Esta vez, son manifestaciones que rugen desde una distante juventud y una lejanísima niñez. Justicias postergadas. Esperanzas que había sepultado. Y seguramente tampoco escribiré sobre ello, tampoco llegaré a tiempo, tironeada por las cosas de la vida.
Ya no importan tanto, entonces, los altillos. Al menos no este viernes, no mañana ni pasado mañana. Los altillos son torres, en esos casos.
Igual sé que soy y siempre seré una mujer de altillos. El mío me estará esperando, fiel, cuando esta nueva oleada termine.
¿Por qué, por qué, por qué tengo que estar procesando tantas cosas fuertes al mismo tiempo y no tengo tiempo para escribir? Hay épocas en que no pasa nada, la vida es un pantano de rutinas y apurones (salpicados con las inevitables y festejables cosas lindas), pero de pronto las placas tectónicas del alma hacen lo suyo, las sincronicidades se precipitan en un despliegue telúrico intimidante y los encuentros sacuden hasta hacer saltar la escala Richter del corazón.
Así estoy ahora. Tironeada, para variar, entre figuras clave de mi vida. Por ejemplo, el homenaje a Levrero en España. Por ejemplo, el cumpleaños-que-hubiera-sido-55 del Darno. Y todo lo que se mueve alrededor de estos ejemplos, que no son los únicos de estas fechas y siguen y siguen…
Prometo volver. En estos momentos debo acatar (y disfrutar al máximo) la llamada de mi vagabundo interior. Pero como dijo Schwarzenegger, co-estrella mío en Conan el Destructor (1984): “I´ll be back”.
Nota al pie: Jum… ahora que lo pienso, más que con el arquetipo del Vagabundo debo estar conectada con el arquetipo del Guerrero, tomando en cuenta la imagen. O el arquetipo del Banana, dicho en rioplatense…
Diego Rey es definitivamente el fan número uno de Eduardo Darnauchans. Hay, por supuesto, gente que guarda tesoros incunables (yo, entre ellos: no cualquiera tiene una mágica chalina del Darno colgada junto a su escritorio, cual prenda caballeresca que le guía a uno en las batallas), fotografías hermosas, recuerdos personales únicos, larguísimas charlas de café, bar y escenario. Pero ser fan es otra cosa, es un tipo de amor distinto, de incondicionalidad absoluta. Porque el fan sabe que dificilmente consiga en la vida la cercanía de su admirado: un saludo, unas palabras, una foto o un autógrafo ya sería menuda recompensa para agradecerle a los dioses, pero a veces ni siquiera eso sucede. No obstante, el fan ama, guarda, colecciona y busca; sabe, recuerda, conoce, relaciona, se vuelve miembro de una tribu invisible. Y Diego Rey, que tiene como treinta años menos que los que tendría Eduardo, es el tipo que debe tener más memorabilia y material sobre Darnauchans en el mundo entero. A cada quien sus méritos.
Él fue quien acuñó la expresión “Barrio Darnauchans” para un cierto cuadrado o rectángulo muy montevideano donde, por casualidad, se juntan varias casas de los amigos y admiradores del Darno.
Bueno, pues el Barrio Darnauchans se va para arriba! De ser un páramo triste, siempre alfombrado de hojas otoñales, sin supermercados que abran pero con almacenes de esquina que cierran, sin cafés (uno se ve debatido entre el viejo y querido Sabot de los borrachos y presumibles ex presidiarios, o la pipirisnais Alianza Francesa con wifi, y ya no tiene mayor opción intermedia), sin bares a no ser por el pálido recuerdo de aquella primera Commedia antes de su tonta huída a la Ciudad Vieja (o un misterioso Barbacana que abre cuando quiere, y cuando abre parece sentirse importunado por la llegada de clientes), en fin: de ser un olvidado puente entre Pocitos y el Centro, un peaje rumbo al Parque Rodó, está empezando a volverse una promesa. Sí, los hijos del ciego Tiresias somos algo exagerados, pero quien tenga ojos que vea. Las cosas están ahí, aunque todavía no aparezcan en esta dimensión.
Ahora en el Barrio Darnauchans tenemos el Gradiva, el Madre Deus (aunque sospecho que hay que asaltar un banco antes de ir, pero ¿qué restaurant tiene poemas de Pessoa en las paredes?), y próximamente un nuevo Don Trigo, allí donde estaba la parrillada Los Picapiedra. Por algo se empieza.
Ya sé, yo también quiero bares y cafés de verdad. Pero me encanta ir caminando a los lugares, y con los años ese ir caminando se va volviendo cada vez más cerca, hasta que al final, supongo, uno llega a desplazarse hasta la esquina con una silla de playa para ver pasar el tránsito a la hora de salida del trabajo.
Hablando una vez más del Darno, que ha dejado edificaciones a su paso por la tierra (todo un barrio, donde vivo ahora, y un Edificio Sansueña en la calle Ellauri, frente a mi casa anterior, en cuanto a las edificaciones visibles, claro), la Revista Gatopardo de julio sacó una crónica hermosísima sobre él. Me encantaría conseguir la versión impresa, con más fotos y esa sensación de papel que vuelve todo más importante, pero parece que no llega a Uruguay (supongo que Diego Rey ya la habrá conseguido en Argentina o en otro lado!). De todos modos, la crónica puede leerse en el sitio en línea de la revista. Y vale la pena, lo juro por Dios. Es de Martín E. Graziano; escribe muy bien y con sensibilidad. Es un retrato vivo y objetivo, dentro de lo personalísimo. Los deudos, muy agradecidos.
El calendario azteca tenía 18 meses de 20 días cada uno, y un mes llamado nemontemi de sólo cinco días y seis horas, lapso considerado como aciago por lo cual se interrumpía toda la actividad ordinaria, se ayunaba, se buscaba la instrospección, todo se vaciaba. Correspondía al fin del año civil, es decir, el nemontemi siempre implicaba un nuevo comienzo, o al menos hasta el fin del sol en curso (por cierto, este Quinto Sol terminará posiblemente por terremotos en diciembre de 2012, así que a dejar los asuntos pendientes en orden, por las dudas!). Bueno, yo al igual que los aztecas, también tengo mi “día nefasto”, ese día en el calendario personal en el que pueden pasar las cosas más tremendas e intensas, y que no se sabe bien por qué hay una tendencia a que se ubiquen allí, que se encaramen desde su extraña naturaleza cíclica. Dice el Diccionario de la Real Academia:
aciago, ga. (Del lat. aegyptiācus [dies], día fatal).
1. adj. Infausto, infeliz, desgraciado, de mal agüero.
A mí me han pasado cosas muy fuertes los 17 de abril de distintos años. Cuando fui al Claustro de Sor Juana, en la Ciudad de México, emocionada comprobé que la Décima Musa había muerto un día como hoy, un 17 de abril: más claro imposible, era una guiñada del universo, que utilizaba mi alter ego de Sor Juana para comunicarse conmigo y explicarme esta manía de la desgracia o de los territorios difíciles. Todo empezó en 1995: sin previo aviso, mi tío cómplice de la mirada ácida sobre el universo, mi tío transgresor, sensible y brillante, uno de mis compañeros de ruta más valorados, insoportable, paranoico, entrañable, murió sin darnos tiempo a nada. Estuve mucho tiempo oyendo tangos y sin poder soltar del todo el alma del Pocho Pedetti. Al año le di una misa y sentí que por fin empezaba (empezaba, nunca fue del todo) a recuperarme.
Al llegar a casa, encontré un mensaje en el contestador en el que mi amiga P. de México me decía simplemente que la llamara. ¿Ella, que es tan cálida, un mensaje así de seco y al grano? Ya desconfiada, la llamé desde la isla de edición aquella noche (yo trabajaba en el horario nocturno, de madrugada,que era cuando los impagables aparatos de Imágenes quedaban libres), y si bien no la encontré pude enterarme de la noticia: mi amiga Ana Gardos había muerto en un accidente, a los 32 años. Irreparable.
Pero la conciencia del 17 de abril se reafirmó cuando un par de semanas después me llegó una carta donde supe que inmediatamente después de la muerte de Ana, si no fue ese día fue el siguiente, mi compañero de graduación y amigo José Manuel de Rivas (alias “Pibody”) había muerto sin que se aclararan demasiado las circunstancias, en el metro Bellas Artes. El sentimiento del día aciago, del nemontemi durante el cual más nos vale quedarnos en casa, ayunar y rezar, se hizo más fuerte.
Durante ese mismo año, hicimos todo el proceso rumbo al implante coclear de mi compañero. Era una decisión muy dura, arriesgada, y la fecha de la operación se fue demorando. Al final, pasó para 1997, y como se atravesaba el verano (cuando todo se detiene) el doctor decidió aplazarla “para marzo o abril”. Yo sólo podía decirme interiormente: “…mientras no sea el 17 de abril…“
La autorización del hospital y la gestión del doctor enfrentaron mil complicaciones, así que no había margen para flexibilidad alguna. Un día, este doctor para el que no alcanzaría monumento alguno, Hamlet Suarez (nótese el nombre de pila), nos anunció: “Ya está la fecha. Es el 17 de abril”.
La suerte estaba echada. No quedó otra que enfrentarla.Y la operación duró 8 horas, no 4 como estaba previsto. Durante esa eternidad, no logramos que en la Asociación Española de Socorros Mutuos nos dieran el menor informe de la causa de la demora, si las cosas estaban saliendo bien, si había algún inconveniente, si G. había muerto, lo que fuera. Tuve la menstruación por segunda vez en el mes, a los diez días que la anterior. Quería que llegara mi madre cuanto antes (que había perdido el avión en EEUU y estaba varada en San Pablo tratando de volar hacia Montevideo) simplemente para poder desbarrancarme y caer en los brazos de alguien que me recogiera del piso, si algo llegaba a salir mal. Por suerte no fue el caso, pero pagué caro ese dolor una vez que pude aflojar.
Y así, salpicados 17 de abril siguieron siendo fechas clave del dolor y lo duro de enfrentar. Por ejemplo, hace dos años, una de las peores crisis depresivas de mi historia, tan importante como para reparar después en el calendario y ver la coincidencia (¿o sería inconscientemente el “síndrome de aniversario”?). Otra pincelada: la fiesta de despedida rumbo a México en 1999, en el sótano de mi casa, a dos semanas de partir rumbo a lo desconocido y con todas las despedidas que aquello implicaba. Algunas serían despedidas para siempre y ni siquiera lo sabíamos: fue la última vez que vi al Darno, a mi tío Pepe, a Pablito Pairá…
Día aciago. Cerrar las ventanas. Temblar ante cada correo que baja. Convocar a los dioses para que nos permitan mañana, viernes 18, “un nuevo comienzo”. Recordar a los que se fueron. Abrir el paraguas. Rezar bajito.