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Tejidos
Maté a la araña ni bien entré al cuarto. Era enorme.No me molestan, no me asustan: es solo esa irritante posibilidad de que me piquen mientras estoy dormida, una espada de Damocles que complicaría aún más mis insomnios. Imposible tolerarla en mi ecosistema.Le pedí perdón y la aplasté. Varias veces, para asegurarme de no haberla dejado en un inmerecido loop de sufrimiento. Se veía tan pequeña sin esa expansividad estelar que tienen las patas de las arañas. Lo mío fue ese acto incomprensible de nuestro Dios injusto: la araña nunca hubiera podido vislumbrar mis motivos ni remotamente.Al otro día, cuando me bañé, descubrí todo un maravilloso tapiz casi invisible que adornaba y unía el calefón con el vidrio al exterior. Flotaba, en su vaporosa condición de tejido mágico, movido por la brisa. Su brillo realzaba la vista del montecito arbolado, enmarcado por la ventana.Tuve conciencia por un momento de que esa era la obra de la araña, su legado. Bello. Frágil también. Y ya ni siquiera estaría allí la araña para arremangarse y poder reponerlo, si acaso yo lo deshacía en ese momento con un dedo.Cerré las canillas, me sequé y vestí. Afuera encontraría otros rastros de arañas todavía vivas. Ellas toman cada espacio, cada segundo; nunca pierden el tiempo. Saben bien quiénes son, y así lo expresan. No, no pierden el tiempo. -
Paraguas rojo
Miro las baldosas mientras camino. No sé si seguirán siendo las mismas de cuando era niña, pero sí son esas inconfundibles baldosas montevideanas. Mis pies ya están un poco húmedos; creo que, a estas alturas, casi todos mis botines tienen alguna rajadura en la suela. Pies torcidos, vulnerables, siempre lastimados. Como esas raíces podridas, fuera de lugar, que a veces terminan rompiendo las mismas baldosas grises y amarillas que miro mientras camino. Las quiebran en un momento justo: cuando el árbol ya no está dispuesto a ser menos de lo que es solo por no importunar a la vereda.
Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó…
Hay charcos. Los esquivo desde lejos. El sonido tímido de la llovizna contra el paraguas me consuela; es familiar, me hace sentir acompañada. No tengo otro remedio que agradecer el ser capaz de escucharlo: afuera se oyen atronadores ruidos de motor, de autos. Pero ni bien se calman un poco me doy cuenta de que desde abajo va emergiendo algo distinto. Otro manto sonoro, un algodón de bocinas distantes y ruedas contra el asfalto mojado. Esa compañía inesperada también me reconforta.

Foto de Mario Levrero Dice PCh que el silencio no implica ausencia de sentido. Puede ser, pero igual está esa enorme distancia, ese muro. La exclusión. Cierro los ojos en la última cuadra hasta la parada para poder escuchar mejor. Sí, el mundo sigue allí. Me tiene en cuenta. La conexión no se ha interrumpido, el cordón umbilical no se cortó.
En el ómnibus quiero llorar. Lo gris del día me ha calado hasta los huesos y lo único que tengo para defenderme es un paraguas rojo. El chofer pasa cumbias desde su radio, nos guste o no a los pasajeros. Reparo en los grandes limpiaparabrisas, su rítmico chirrido de goma gastada contra el vidrio, y me doy cuenta de que por casualidad están siguiendo el ritmo de la cumbia. Parece que me tomaran el pelo. Yo por llorar, y ellos me miran desde allá, como bailando.
Sí, quiero llorar. Pero me parece un exceso hacerlo justo en un día de lluvia.
Es extraño el déjà vu. Porque uno bien sabe que no estuvo allí, presente, la primera vez que la espada cortó. Todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa. Eso lo dijo el viejo Nietzsche.
No debería tranquilizarme, pero al menos le da cierto sentido a ese desubicado déjà vu.

Foto de Mario Levrero -
Job y el silencio
Dijo Job: Desnudo salí del vientre de mi madre/ y desnudo volveré a él./El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, / bendito sea el nombre del Señor.(Job 1, 21)1. “Ya salí”, decía el SMS.
Estoy agotado, pero como un león me persigues.Caminé, errática. Caminé y seguí llorando por lo que presentía. Pasé por el costado del Hospital Italiano; sus muros embrujados de asilo y hiedra acrecentaban mi angustia.
Él, que descubre fallas en sus mismos ángeles.Sí, era en el Obelisco, seguramente. Lo que pasa es que no pudimos entendernos. El ruido. Los motores. La furia tácita.
Entonces lo vi aparecer. La cara lo decía todo.
Mis ojos se cierran de penano soy más que la sombra de mí mismo2. Caminamos abrazados por Bulevar Artigas sin hablar. Él lloró casi para adentro hasta el Pereyra Rossell. Yo lloré, brutal y desconsolada, hasta la puerta de casa.
¿Qué es el hombre para que te fijes tanto en ély pongas en él tu mirada,para que lo vigiles cada mañanay lo pongas a prueba a cada instante?Le pregunto, o simplemente pregunto, por qué no me habré quedado sorda yo en vez de que él tenga que atravesar esto por segunda vez. Me responde que no diga tonterías. Que él tiene muchos más recursos internos para soportarlo. Y es cierto. No tengo más remedio que aceptarlo, que aceptar todo. Lo que entiendo y lo que no.
¡Ah, si supiera dónde vive, iría hasta su casa!Expondría ante él mi caso y le diría todos mis argumentos.Por lo menos conocería su respuestay trataría de comprender lo que él dijera.Pero ese fue mi único amague de increparle algo a Dios. Siempre tengo presente a Job, el justo, y todo lo que le pasó sin merecerlo (¿Quién lo “merece”? ¡Como si las pruebas y los sufrimientos fueran expresión de un castigo! Esa maldita mentalidad judeocristiana azuzándonos desde el inconsciente occidental). La respuesta de Dios, cuando finalmente se decide a romper su silencio, es imbatible. Entonces ¿para qué repetir la misma historia, emprender a ciegas ese terrible viaje de huérfana, si ya tengo un mito que me sirve como mapa?
¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?¡Habla, si es que sabes tanto!Tiene razón. Y Job lo reconoce. Y yo lo reconozco junto con Job. Hablé una vez… no volveré a hacerlo; dos veces… no añadiré nada. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí.
Dicen que las últimas palabras de Ludwig van Beethoven fueron Ich werde im Himmel hören! “¡Oiré en el Cielo!”.
Vaya uno a saber.
Como nota al margen y no tanto, se sigue sosteniendo que, más/menos un día, el 17 de abril siempre será el día aciago de mi calendario. -
Sobrecitos de azúcar (1)
Es la hora en que el calor empieza a apretar. Trato de resguardarme un poco del sol, cada vez más invasivo, pero la sombrilla no contiene lo suficiente el avance de la luz casi blanca, cegadora, de un mediodía rotundo en Alejandría. Cuando era niña, alguien me dijo que si miraba el sol de frente me quedaría ciega. En la sala de espera del dentista, cada dos por tres aparecía una ciega; tenía la mirada vacía, los ojos deformes detrás del escondite imperfecto de sus lentes con cristales verdes. Por si no fuera suficiente, sus rodillas mostraban profundas cicatrices y malformaciones; llevaba una muleta ortopédica casi adosada al cuerpo, como si ella misma fuera un centauro metálico y tullido. “Tuvo polio”, decía mi madre. “Antes no había vacunas para eso”.A mí me daba horror pensar en volverme ciega, en usar bastones, en ser minusválida. Dependiente de los demás. Adolorida. Marcada por el odio de no se sabe qué inmerecida condena, por la mezquindad de un dios ciego que me creara a su imagen y semejanza. Renga, sí, para siempre arrastrando mi marcha. Apoyada contra el inestable bastión de la piedad ajena.*
Nunca me pareció que ser discapacitado, en algún sentido u otro, era algo que le pasaba a los demás. Incluso de niña: cuando miraba a aquella ciega del consultorio del dentista, veía también toda la potencialidad de mí misma. De una identidad arrollada, doblada quietecita en mi interior -en el interior de cualquiera, solo que yo lo sentía así-, que no se desplegaba en los hechos simplemente por la benevolencia que el azar había tenido conmigo. Por eso sentía miedo, sí. Y reverencia. Y gratitud. Todavía siento todo eso cuando me doy contra tales heridas. Lástima no, nunca: ¿cómo sentir lástima de mí misma y seguir viviendo con semejante claudicación a cuestas? Ser el otro, ser yo. Una lotería nada más.Compadezco, eso sí. Padezco junto. Con cada uno. No me creo tan especial como para aspirar a ningún salvoconducto de los dioses.“Podría ser yo”, siempre he pensado. “Podría ser alguno de mis seres queridos”. Y es cierto. Pero la gente prefiere descargar esta horrenda sospecha sobre los chivos expiatorios. Ellos.Si he de quedarme ciega, por lo menos que sea en Alejandría. Escucharé música en sus calles, le pediré a algún niño que me lea a Cavafis, a Lawrence Durrell. Imaginaré la ciudad exactamente como hasta ahora la había imaginado; será suficiente para orientarme al principio.Con el tiempo, diré profecías a los turistas en los cafés; se cumplirán siempre, y con eso me iré ganando la vida.


